Gerente De Restaurante ARRASTRÓ A Mesera Tímida Al Baño — Sin Saber Que El Rey Vampiro Estaba Cerca
Gerente De Restaurante ARRASTRÓ A Mesera Tímida Al Baño — Sin Saber Que El Rey Vampiro Estaba Cerca
Brent Calloway agarró a Emma Carter por la muñeca delante de tres empleados y la arrastró hacia el pasillo de los baños como si fuera una ladrona.
—Vas a borrar lo que viste —le susurró, clavándole los dedos en la piel—. O esta será la última noche que alguien en Seattle vuelva a contratarte.
Emma no gritó.
Y ése fue el primer error de Brent.
Porque el hombre sentado a menos de veinte metros, detrás de una copa de vino que no había probado, levantó lentamente la mirada al escuchar aquellas palabras.
Adrian Blackwood no parecía un rey.
No llevaba corona.
No tenía capa.
No necesitaba ninguna de las dos cosas.
Vestía un traje negro impecable, una camisa del mismo color y un reloj discreto que costaba más que el pequeño apartamento donde Emma llevaba cinco años viviendo.
Había llegado solo.
Eso era lo extraño.
Los hombres como Adrian nunca estaban realmente solos.
La camarera de recepción había palidecido al reconocerlo.
El chef había salido personalmente de la cocina.
El dueño del restaurante había llamado dos veces desde su casa de vacaciones en Aspen para asegurarse de que la mesa del rincón estuviera perfecta.
Incluso Brent, que trataba a los empleados como muebles reemplazables, había estado acomodándose la corbata cada cinco minutos desde que Adrian entró.
Todos sabían quién era.
El presidente de Blackwood Holdings.
El propietario de hospitales, edificios, clubes privados y media docena de compañías que aparecían constantemente en las noticias financieras.
El hombre cuyo apellido estaba grabado en una torre de cuarenta y siete pisos frente a Elliott Bay.
Pero en ciertos círculos de Seattle conocían un título diferente.
Uno que nunca aparecía en Bloomberg.
Uno que los humanos pronunciaban como una broma y los vampiros sólo en voz baja.
El Rey.
Adrian Blackwood llevaba ciento treinta y cuatro años gobernando a las familias vampíricas del noroeste estadounidense.
Y cuando Brent arrastró a Emma por el corredor, Adrian escuchó una frase que nadie más pudo distinguir bajo la música del restaurante.
—No deberías haber abierto esa caja.
La expresión de Adrian cambió.
Muy poco.
Pero cambió.
Apretó un dedo contra el borde de la copa.
Y el cristal produjo un crujido diminuto.
Emma tampoco parecía alguien destinada a llamar la atención de un rey.
Tenía veintisiete años.
Cabello castaño oscuro recogido en una trenza sencilla.
Ojos grises.
Un delantal negro que ya había sido lavado tantas veces que comenzaba a desteñirse en los bordes.
Hablaba poco.
Nunca participaba en los chismes de cocina.
Nunca pedía que la dejaran salir antes.
Nunca lloraba cuando Brent le descontaba veinte dólares por una copa rota que otro mesero había tirado.
La mayoría del personal pensaba que era tímida.
Brent pensaba que era débil.
Ambos estaban equivocados.
Emma había aprendido hacía años que el silencio podía ser una jaula.
Pero también podía ser un escondite.
Y aquella noche necesitaba esconder lo que sabía durante exactamente cuarenta y cinco minutos más.
Brent la empujó dentro del pequeño vestíbulo que conducía a los baños privados del segundo piso.
La puerta oscilante se cerró detrás de ellos.
El sonido del comedor quedó reducido a un murmullo distante.
Emma miró primero la cámara del techo.
Después la salida de incendios.
Después la mano de Brent.
No parecía asustada.
Parecía estar contando.
—Suéltame.
Brent soltó una risita.
—¿Qué vas a hacer?
Emma bajó los ojos hacia sus dedos.
—Te lo pediré una vez.
Él acercó la cara.
Olía a menta artificial y bourbon.
—Escúchame bien. No encontraste nada. No viste nada. Entraste en mi oficina sin permiso, tomaste una foto de algo que no entiendes y ahora vas a darme tu teléfono.
Emma sostuvo su mirada.
—No.
Brent parpadeó.
Quizá esperaba lágrimas.
Quizá esperaba súplicas.
Quizá esperaba la versión de Emma que él había construido en su cabeza durante los últimos nueve meses.
La muchacha que aceptaba los peores turnos.
La muchacha que sonreía cuando otros clientes dejaban propinas miserables.
La muchacha que bajaba la cabeza cuando Brent le hablaba demasiado cerca.
Pero Emma no bajó la cabeza.
No aquella noche.
—No vuelvas a tocarme —dijo.
—¿O qué?
—O dejarás de poder fingir que esto fue un malentendido.
La sonrisa de Brent se apagó.
No gritó Emma cuando él la arrastró.
No gritó Emma cuando la amenazó.
No gritó Emma cuando comprendió que él sabía exactamente lo que había encontrado.
No gritó Emma cuando vio miedo detrás de los ojos del hombre que llevaba meses intimidándola.
No gritó Emma porque, por primera vez, el hombre peligroso en aquel pasillo no era el que tenía más fuerza.
Era quien tenía la prueba.
Brent endureció la mandíbula.
—Dame el teléfono.
Emma no se movió.
—No lo tengo.
Él la registró con la mirada.
—Lo llevabas hace diez minutos.
—Hace diez minutos todavía creías que eras inteligente.
Brent dio un paso hacia ella.
Entonces alguien habló detrás de la puerta.
—Señor Calloway.
La voz era tranquila.
Profunda.
Casi aburrida.
Brent quedó inmóvil.
Emma no necesitó mirar para saber quién era.
Había atendido la mesa de Adrian treinta minutos antes.
Había sentido algo extraño desde el momento en que él levantó la vista del menú.
Una quietud antinatural.
Como la sensación que produce una tormenta antes de romper.
Brent se volvió.
Adrian Blackwood estaba apoyado contra el marco de la puerta.
No había nadie detrás de él.
No había guardaespaldas.
Eso lo hacía peor.
—Señor Blackwood —dijo Brent inmediatamente—. Lamento muchísimo. Una situación con una empleada. Nada que deba preocuparlo.
Adrian miró la mano que aún rodeaba la muñeca de Emma.
—Entonces me tranquiliza saber que usted suele manejar situaciones laborales sujetando físicamente a las empleadas.
Brent abrió la mano como si acabara de descubrir que estaba tocando una estufa.
Emma retrocedió un paso.
Adrian miró su muñeca enrojecida.
Después miró a Brent.
—Regrese al comedor.
—Claro. Por supuesto.
Brent intentó pasar.
Adrian no se movió.
—No usted.
Silencio.
Emma alzó lentamente la mirada.
—Señorita Carter —dijo Adrian—, ¿está usted herida?
Ella observó el pasillo.
La cámara.
La puerta de servicio.
La cara de Brent.
—No.
Adrian arqueó apenas una ceja.
Emma agregó:
—Pero él necesita creer que puede irse ahora.
Brent giró hacia ella.
—¿Qué diablos significa eso?
Adrian la estudió durante dos segundos.
Luego sonrió.
No fue una sonrisa amable.
—Significa —respondió él— que probablemente debería hacerlo.
Brent miró de uno al otro.
—Señor Blackwood, esta mujer entró sin autorización en mi oficina. Está tratando de crear problemas. Si me permite explicarle…
—No.
Sólo una palabra.
Brent cerró la boca.
Adrian sacó un pañuelo negro del bolsillo interior de su chaqueta y se lo ofreció a Emma.
Ella miró su muñeca.
Había una pequeña línea roja donde una uña de Brent había raspado la piel.
No era nada.
Pero Adrian había visto algo diferente.
Una gota.
Sólo una.
Se había formado en la superficie.
Y durante una fracción de segundo, sus pupilas se estrecharon.
Emma lo notó.
Adrian también notó que ella lo había notado.
Aquella pequeña herida cambió la temperatura del pasillo.
El Rey Vampiro dio medio paso hacia atrás.
No por miedo.
Por disciplina.
—No necesito eso —dijo Emma.
—No se lo ofrecía por la herida.
Ella lo miró.
—Entonces, ¿para qué?
Adrian señaló discretamente la cámara del techo.
Emma siguió su mirada.
Había una luz roja.
Parpadeaba.
Ella entendió.
Tomó el pañuelo.
Lo sostuvo alrededor de la muñeca sin limpiar la gota.
Brent soltó una carcajada nerviosa.
—Esto es ridículo.
Adrian volvió los ojos hacia él.
—¿Qué había en la caja?
Brent dejó de sonreír.
Emma sintió que algo encajaba.
Adrian había escuchado.
Todo.
—No sé de qué habla —respondió Brent.
Adrian inclinó la cabeza.
—Me decepciona.
Brent tragó saliva.
—Señor Blackwood…
—Su pulso subió cuando pregunté por la caja.
Emma sintió un escalofrío.
Brent también.
Los humanos no podían oír un latido a tres metros.
Adrian sí.
—Y ahora —continuó el Rey— está considerando correr.
Brent palideció.
Adrian sonrió otra vez.
—Eso sería descortés.
Emma aprovechó el silencio.
—Necesito volver a mi mesa siete.
Brent la miró como si hubiera perdido la razón.
—¿Qué?
—La pareja del aniversario pidió crème brûlée.
—Emma —dijo Adrian—, acaba de ser amenazada.
—Y ellos llevan cuarenta y dos años casados.
Adrian no respondió.
—El señor Palmer me dijo que ésta podría ser la última cena elegante de su esposa antes de comenzar quimioterapia el lunes. Le prometí que pondría una vela extra.
Brent soltó una risa incrédula.
—¿Eso es lo que te importa ahora?
Emma lo miró.
—Sí.
La respuesta fue tan simple que incluso Adrian pareció sorprendido.
Ella caminó hacia la puerta.
Adrian se apartó.
Antes de cruzar, Emma se detuvo.
—No deje que Brent salga del edificio en los próximos treinta y ocho minutos.
—¿Por qué treinta y ocho?
—Porque a las diez y cuarto se enviará automáticamente una copia de todo lo que encontré a tres personas.
Brent perdió el color del rostro.
Emma vio aquella reacción.
Y supo algo que había necesitado confirmar.
El gerente no estaba improvisando.
Sabía perfectamente qué contenía la caja.
—¿A quién? —preguntó Brent.
Emma acomodó el delantal.
—Si te lo dijera, dejaría de ser útil.
Y volvió al comedor.
La mesa siete recibió su crème brûlée con dos velas.
Una por el aniversario.
Otra porque la señora Palmer había dicho que una sola llama parecía demasiado triste.
Emma la encendió.
La anciana mujer tomó la mano de su esposo.
—Gracias, cariño.
—Feliz aniversario.
El señor Palmer deslizó discretamente un billete bajo el plato.
Emma lo vio.
—No es necesario.
—Lo sé —respondió él—. Por eso quiero hacerlo.
Ella sonrió.
En el reflejo oscuro de una ventana, vio a Adrian regresar lentamente a su mesa.
Brent no apareció.
Cinco minutos después, el sous-chef salió de la cocina.
—Emma.
—¿Sí?
—Hay dos hombres preguntando por Brent en la entrada trasera.
—¿Policía?
—No parecen policías.
Emma miró el reloj.
9:42.
Treinta y tres minutos.
Demasiado pronto.
—¿Trajes grises?
El chef asintió.
—Sí.
Emma sintió un peso en el estómago.
No eran de Brent.
Eran de alguien por encima de Brent.
Y eso significaba que él había enviado un aviso antes de arrastrarla al pasillo.
Emma tomó una jarra de agua.
—Dile a Luis que cierre el compactador y deje libre la salida del callejón.
—¿Por qué?
—Porque en cinco minutos alguien va a activar la alarma contra incendios.
El chef la miró.
—¿Cómo sabes eso?
Emma siguió sirviendo agua.
—Porque es lo que yo haría.
A las 9:47, la alarma comenzó a sonar.
Los clientes levantaron la cabeza.
Las luces de emergencia parpadearon.
Un camarero dejó caer una bandeja.
Brent reapareció desde la zona de oficinas.
—¡Todo el mundo afuera! —gritó—. ¡Procedimiento de emergencia!
Emma vio los dos hombres de traje gris entrando por la puerta lateral.
Uno llevaba un auricular.
El otro miraba directamente hacia ella.
Adrian no se levantó.
Permanecía sentado junto a la ventana, observando.
Emma tomó a la señora Palmer del brazo.
—Por aquí, señora. Despacio.
Los clientes comenzaron a salir.
Uno de los hombres grises avanzó contra la corriente.
Emma condujo a la pareja mayor hacia una puerta lateral.
Cuando el desconocido estuvo a menos de cuatro metros, ella giró.
Y vació accidentalmente una jarra de agua sobre el piso pulido.
El hombre pisó la superficie mojada.
Resbaló.
No cayó por completo, pero golpeó el hombro contra una columna.
Los clientes gritaron.
Emma aprovechó el caos para desaparecer tras la estación de servicio.
Entró en la cocina.
Luis esperaba junto a la puerta del congelador.
—¿Qué está pasando?
—Nada que quieras saber.
—Emma.
Ella le entregó su delantal.
—Guárdalo.
—¿Por qué?
—Porque tiene una memoria USB cosida detrás de la etiqueta.
Luis abrió los ojos.
—¿Qué?
—Si no vuelvo en diez minutos, sal por el muelle de carga y entrégaselo a la primera patrulla uniformada que veas.
—¿Qué hiciste?
—Mi trabajo.
—Tu trabajo es llevar platos.
Emma miró hacia el comedor.
—Esta noche no.
Entró en el pasillo del almacenamiento.
El segundo hombre de traje gris apareció al fondo.
Emma se detuvo.
Él se acercó.
—Señorita Carter.
Ella no respondió.
—El señor Calloway necesita hablar con usted.
—Ya hablamos.
—Entonces sabe que tiene algo que no le pertenece.
Emma miró sus zapatos.
Su chaqueta.
El bulto bajo el brazo.
No era un arma.
Probablemente un radio.
—¿Quién te contrató?
Él sonrió.
—Vamos a evitar complicaciones.
—Eso no respondió mi pregunta.
—Deme su teléfono.
—No lo tengo.
—La memoria.
Emma sintió alivio.
No sabía que había más de una copia.
Bien.
—Tampoco.
El hombre avanzó.
Una voz habló desde detrás de él.
—Ha tenido una noche difícil.
Adrian.
El desconocido giró.
Su cara cambió.
No mucho.
Lo suficiente.
—Señor Blackwood.
—¿Nos conocemos?
—No personalmente.
—Entonces tiene ventaja.
El hombre intentó mantener la compostura.
Adrian caminó hacia ellos.
Con cada paso, algo en la postura del desconocido se desmoronaba.
—¿Quién es su empleador? —preguntó Adrian.
—Seguridad privada.
—Eso describe un negocio, no un cliente.
—No estoy autorizado…
Adrian se detuvo frente a él.
—Tiene razón.
—¿Perdón?
—No está autorizado a tocar a una persona bajo mi protección.
Emma miró a Adrian.
—No estoy bajo su protección.
Él no apartó la vista del hombre.
—Lo está desde hace aproximadamente seis minutos.
—No acepté.
—Podemos discutir la burocracia más tarde.
El desconocido comenzó a retroceder.
—Esto es un asunto privado.
—En mi ciudad no.
—Seattle no le pertenece.
Adrian sonrió.
—Me agrada que alguien todavía crea eso.
El hombre se dio vuelta.
No corrió.
Pero estuvo cerca.
Emma miró a Adrian.
—Lo dejó ir.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque ahora nos llevará hasta la persona que lo envió.
Emma cruzó los brazos.
—O llamará para decir que usted está involucrado.
—También.
—Eso empeora mi situación.
—Temporalmente.
—No me gustan las soluciones que empeoran mi situación primero.
—Entonces sospecho que no le gusta la política.
Emma casi sonrió.
Casi.
La alarma dejó de sonar.
A través de las puertas se escuchó al personal informando que había sido una falsa alerta.
Emma consultó el reloj.
9:53.
Veintidós minutos.
Adrian la observaba.
—¿Qué encontró?
—Todavía no sé si puedo confiar en usted.
—Acabo de impedir que un desconocido la secuestrara en la cocina de un restaurante.
—También dejó que se fuera.
—Táctica.
—Conveniente palabra.
Adrian inclinó la cabeza.
—¿Qué tendría que hacer para ganarme su confianza?
Emma respondió sin pensarlo.
—Decirme por qué una gota de mi sangre hizo que usted retrocediera.
El silencio fue inmediato.
Adrian la miró de una manera completamente distinta.
—Usted presta demasiada atención.
—Es una habilidad útil cuando los clientes creen que una mesera forma parte del mobiliario.
—¿Sabe lo que soy?
—Sé lo que la gente dice.
—La gente dice muchas cosas.
—La gente no escucha el ritmo cardíaco de un hombre al otro extremo de un pasillo.
Adrian no respondió.
Emma señaló sus ojos.
—Y los suyos cambiaron.
Por primera vez aquella noche, Adrian Blackwood pareció no tener preparada una respuesta.
Después habló.
—Su sangre tiene un aroma que no he percibido en ochenta y nueve años.
Emma dejó de respirar por un instante.
—¿De quién?
Adrian observó el pañuelo todavía enrollado en su muñeca.
—De una mujer llamada Eleanor Vale.
El nombre golpeó a Emma más fuerte de lo que Brent había conseguido.
Su rostro permaneció sereno.
Pero sus dedos se cerraron.
Adrian lo vio.
—La conocía.
No era una pregunta.
Emma respondió:
—Era mi madre.
Ahora fue Adrian quien quedó completamente inmóvil.
El ruido de la cocina parecía venir desde muy lejos.
—Eso es imposible.
—Murió cuando yo tenía catorce años.
—Eleanor Vale murió en 1998.
Emma frunció el ceño.
—Mi madre murió en 2013.
Adrian dio un paso hacia ella.
—¿Está segura de su nombre?
—Creo que sé cómo se llamaba mi madre.
—¿Tenía una cicatriz aquí?
Él tocó su propio cuello, justo bajo la oreja izquierda.
Emma sintió frío.
—Sí.
—¿En forma de media luna?
Ella no respondió.
Adrian cerró los ojos brevemente.
Cuando volvió a abrirlos, ya no había curiosidad en ellos.
Había preocupación.
—Señorita Carter, necesitamos salir de este edificio.
—Aún faltan veinte minutos.
—Olvide el correo automático.
—No.
—No entiende.
—Entonces explíqueme.
Adrian miró hacia la puerta por donde se había marchado el hombre gris.
—Si su madre era quien creo que era, Brent Calloway no es su problema.
—Eso ya lo había deducido.
—La caja que encontró…
—¿Sí?
—¿Tenía un símbolo grabado?
Emma sintió un cosquilleo en la nuca.
—Una corona partida por la mitad.
Adrian no mostró ninguna reacción externa.
Pero su voz bajó.
—Venga conmigo.
—No.
—Emma.
Era la primera vez que utilizaba su nombre.
—No me ordene.
—No es una orden.
—Sonó exactamente como una.
—Entonces lo intentaré de otra manera.
Adrian se acercó lo suficiente para que nadie más pudiera escuchar.
—La corona partida es el sello de una organización que intentó matar a mi familia hace treinta años. Si ese símbolo estaba dentro de la oficina de Brent, todos aquí están en peligro.
Emma lo miró.
—¿Incluido usted?
—Especialmente yo.
Las puertas de la cocina se abrieron.
Brent entró.
Detrás de él venían dos agentes de policía.
—Ahí está —dijo, señalando a Emma—. Ella es la empleada que robó documentos confidenciales y atacó a un miembro de seguridad.
Emma ni siquiera pestañeó.
Uno de los oficiales se acercó.
—Señora, necesitamos hablar con usted.
Adrian avanzó.
—Oficial.
El policía lo reconoció.
—Señor Blackwood.
Brent tensó la mandíbula.
Emma lo vio.
Interesante.
—El señor Calloway afirma que usted entró en su oficina y tomó propiedad del restaurante.
—Entré a buscar el registro de alergias de la mesa doce.
—Mentira —dijo Brent.
Emma no lo miró.
—La clienta tenía alergia severa a las nueces. El chef necesitaba confirmar si el proveedor del postre había cambiado el extracto de vainilla. Brent guarda los documentos de proveedores en su oficina porque desconfía del personal.
Luis, desde la cocina, levantó la voz.
—Es verdad.
Brent se giró.
—Cállate.
El policía anotó algo.
Emma continuó.
—El cajón estaba abierto. Dentro había una caja metálica. Se cayó al suelo cuando moví la carpeta.
—La forzó.
—No.
—Tengo cámaras.
Emma miró la pequeña cámara del pasillo.
—Perfecto.
El rostro de Brent cambió apenas.
Adrian sonrió.
—Me parece una excelente idea revisar las cámaras.
Brent habló demasiado rápido.
—El sistema tuvo una falla esta noche.
El segundo policía lo miró.
—¿Una falla?
—Durante la alarma.
Emma contestó:
—La alarma fue a las 9:47. Yo entré en su oficina a las 9:31.
Silencio.
Adrian miró al policía.
—Se está volviendo interesante.
Brent señaló a Emma.
—Encontramos mercancía faltante en su casillero.
Ahora sí.
Emma comprendió el siguiente movimiento.
—¿Qué mercancía?
—Una botella de Domaine de la Romanée-Conti.
Luis soltó una maldición.
El policía preguntó:
—¿Cuánto vale?
Brent respondió:
—Más de veinte mil dólares.
Emma miró a Brent.
Él esperaba miedo.
Ella sintió algo distinto.
Confirmación.
Había preparado una acusación con antelación.
No desde que la había visto abrir la caja.
Desde mucho antes.
—Revisen mi casillero —dijo.
Brent sonrió.
—Con gusto.
Caminaron hacia el cuarto del personal.
Brent abrió el casillero número diecisiete.
Dentro, bajo el suéter gris de Emma, había una botella de vino.
Uno de los policías la sacó.
Luis quedó boquiabierto.
—Eso no estaba ahí.
Brent cruzó los brazos.
—Claro.
El oficial miró a Emma.
—¿Es suyo este casillero?
—Sí.
—¿Tiene una explicación?
—Sí.
Brent sonrió.
—Quiero escucharla.
Emma señaló una pegatina blanca casi invisible en la base de la botella.
—Ese inventario tiene una etiqueta RFID del almacén.
Brent perdió la sonrisa.
—¿Y?
—El sistema registra cuándo sale una botella de la bodega.
Adrian miró al gerente.
—Continúe, Emma.
—El vino de esa categoría sólo puede retirarse con la tarjeta del gerente o del sommelier. Yo no tengo acceso.
Brent apretó los labios.
Emma señaló la cerradura del casillero.
—Además, ése no es mi candado.
El policía se inclinó.
—¿Cómo puede saberlo?
—El mío tiene un arañazo diagonal junto al número tres. Se lo hice con una llave hace dos meses.
Luis abrió otro casillero.
—Aquí.
Sacó un candado pequeño que estaba detrás de una bolsa.
Tenía una raya profunda.
Emma asintió.
—Ése es el mío.
Brent palideció.
—Está montando esto.
—Entonces las cámaras demostrarán quién cambió el candado.
Adrian miró a los policías.
—¿Pueden revisar el registro RFID?
—Necesitaremos acceso al sistema.
—Yo se los doy —dijo una voz.
Todos giraron.
Una mujer de unos cincuenta años estaba en la puerta.
Cabello plateado corto.
Traje azul oscuro.
Emma la conocía.
Rebecca Shaw.
Directora financiera del grupo propietario del restaurante.
Brent quedó helado.
—Rebecca. ¿Qué haces aquí?
—Recibí un correo programado a las 9:45.
Emma cerró los ojos un segundo.
Una de las copias.
Rebecca levantó su teléfono.
—Con fotografías de facturas que no reconozco y transferencias desde nuestra cuenta de proveedores a tres compañías fantasma.
Brent miró a Emma.
La amenaza en sus ojos desapareció.
Ahora había miedo.
Rebecca avanzó.
—También había una nota: “Si recibe esto antes de las diez y cuarto, significa que Brent descubrió que lo sé”.
Emma miró el reloj.
9:59.
Adrian la miró.
—Mintió sobre los treinta y ocho minutos.
—Quería ver quién reaccionaba antes.
Él soltó una pequeña risa.
—Me cae mejor a cada minuto.
Rebecca miró a Brent.
—Entrega tus llaves.
—No puedes despedirme así.
—No te estoy despidiendo.
—Entonces…
—Te estoy suspendiendo mientras la policía revisa nuestros registros.
Brent respiró hondo.
Parecía estar tomando una decisión.
Emma observó su mano derecha.
Había comenzado a deslizarla hacia el bolsillo interior de su chaqueta.
—No —dijo Emma.
Uno de los agentes se volvió.
—¿Qué?
—Su mano.
Brent sacó algo.
No era un arma.
Era un pequeño dispositivo negro.
Presionó un botón.
Las luces se apagaron.
Esta vez no fue una alarma.
Fue oscuridad total.
Alguien gritó.
Se escuchó el golpe de una puerta.
Luego un estruendo metálico.
Emma no se movió.
Contó.
Uno.
Dos.
Tres.
Un cuerpo pasó cerca.
Ella extendió el pie.
Alguien tropezó.
Un hombre maldijo.
Emma reconoció la voz de Brent.
Se lanzó hacia adelante y sujetó la tela de su chaqueta.
Brent tiró.
Emma no intentó vencerlo con fuerza.
Giró la muñeca.
Soltó la tela.
Brent, esperando resistencia, perdió el equilibrio y chocó contra una mesa.
Entonces las luces de emergencia se encendieron.
Brent estaba en el suelo.
Adrian estaba de pie a dos metros.
No parecía haberse movido.
Pero el dispositivo negro ahora estaba en su mano.
—Qué tecnología tan decepcionante —dijo.
Uno de los policías esposó a Brent.
Rebecca respiró aliviada.
Emma no.
Porque había visto otra cosa durante el segundo de luz roja.
La puerta trasera.
Abierta.
Y una silueta saliendo.
No Brent.
Alguien más.
—Luis.
El sous-chef se giró.
—¿Qué?
—Mi delantal.
Su cara cambió.
—Está en el congelador.
Emma corrió.
Abrió la puerta.
El delantal había desaparecido.
La memoria USB también.
Emma se volvió hacia Adrian.
—Había otra persona.
Él ya lo sabía.
—Sí.
—Se llevó una copia.
—Entonces tendremos que averiguar por qué.
Brent, todavía en el suelo, comenzó a reír.
Fue una risa pequeña.
Casi derrotada.
Pero no completamente.
Emma se acercó.
—¿Qué te parece gracioso?
Brent levantó la cabeza.
—Crees que ganaste.
—No.
—Ni siquiera sabes lo que encontraste.
—Tú tampoco sabías que había copias.
Brent sonrió.
—No importa.
Adrian dio un paso adelante.
—¿Para quién trabaja?
Brent miró al Rey Vampiro.
Y por primera vez desde que comenzó la noche, pareció genuinamente tranquilo.
—Usted debería saberlo.
Adrian se quedó inmóvil.
Brent continuó:
—Después de todo, lleva su sangre.
Uno de los policías lo levantó.
Emma miró a Adrian.
Él no respondió.
Pero algo oscuro apareció detrás de sus ojos.
Los agentes comenzaron a sacar a Brent por el pasillo.
Antes de desaparecer, él volvió la cabeza hacia Emma.
—Tu madre también pensó que podía detenerlos.
Emma sintió que el mundo se estrechaba.
—¿Qué dijiste?
Brent sonrió.
—Pregúntale al rey cómo murió realmente.
Los policías se lo llevaron.
Emma no persiguió.
No gritó.
No pidió explicaciones.
Simplemente se volvió hacia Adrian.
—¿Cómo murió mi madre?
Adrian permaneció en silencio.
Ese silencio fue respuesta suficiente.
Emma se quitó el pañuelo negro de la muñeca.
La pequeña herida ya había dejado de sangrar.
—Usted la conocía.
—Sí.
—Creía que había muerto en 1998.
—Eso creía.
—Pero sabía que alguien quería matarla.
—Sí.
—Y no me lo dijo.
—Lo descubrí hace treinta segundos.
—No.
Emma dio un paso hacia él.
—Usted reconoció mi sangre antes de que apareciera la caja. Reconoció su nombre. Reconoció su cicatriz. Reconoció el símbolo.
Adrian mantuvo la voz baja.
—No voy a mentirle.
—Eso sería novedoso.
—Su madre trabajó para mí.
Emma sintió una presión en el pecho.
—¿Qué hacía?
—Protegía secretos.
—¿Qué clase de secretos?
Adrian miró a Rebecca y a los policías.
—No aquí.
Emma soltó una risa seca.
—Interesante. Brent dijo exactamente lo mismo.
El rostro de Adrian se endureció.
—No me compare con él.
—Entonces déme una razón para no hacerlo.
Rebecca se acercó.
—Emma, deberíamos ir a la oficina principal. La policía necesitará una declaración.
Emma miró a Adrian una última vez.
—Primero voy a trabajar.
Rebecca abrió los ojos.
—¿Trabajar?
—Quedan clientes afuera.
—Emma, acabamos de descubrir un posible fraude de cientos de miles de dólares.
—Y ninguno de ellos tiene la culpa.
Volvió al comedor.
Treinta minutos después, el restaurante funcionaba de nuevo.
Era absurdo.
También era exactamente lo que Emma necesitaba.
Platos.
Cubiertos.
Pedidos.
Cosas con reglas claras.
Una mesa necesitaba agua.
Otra necesitaba la cuenta.
Una mujer quería saber si el salmón contenía gluten.
Nadie le preguntaba si su madre, oficialmente muerta hacía trece años, había fingido su identidad durante más de una década.
Nadie le preguntaba por qué un vampiro centenario reconocía su sangre.
Nadie le preguntaba por qué un gerente corrupto conocía secretos de su familia.
Hasta que Adrian se sentó en la mesa doce.
Emma se acercó.
—Esa no era su mesa.
—Me cambié.
—¿Por qué?
—La vista es mejor.
Ella miró alrededor.
La mesa daba directamente a la estación donde trabajaba.
—Qué coincidencia.
—No creo mucho en ellas.
—Ya me di cuenta.
—¿Puede sentarse?
—Estoy trabajando.
—Yo soy cliente.
—Entonces debería pedir comida.
Adrian tomó el menú.
—¿Qué recomienda?
—Irse.
Él sonrió.
—Eso no aparece en el menú.
—Especial de la casa.
—Emma.
Ella dejó la jarra sobre la mesa.
—Tiene dos minutos.
—Su madre se llamaba Eleanor Vale cuando la conocí. Era humana.
—Yo también.
Adrian la miró.
—No exactamente.
Emma permaneció inmóvil.
—Explíquese.
—Su sangre.
—¿Qué tiene?
—Los vampiros podemos distinguir linajes humanos con ciertas características. Algunas familias portan rasgos que afectan nuestros sentidos. Pero lo suyo es diferente.
—¿Soy venenosa?
—No.
—Qué decepción.
—Es resistente.
—¿A qué?
—A nosotros.
Emma lo miró durante varios segundos.
—Eso suena muy conveniente.
—Un vampiro no podría convertirla de la manera normal.
—No tenía planes.
—Tampoco podría hipnotizarla.
Emma pensó en algunas conversaciones extrañas de su infancia.
En personas que olvidaban cosas después de hablar con su madre.
En una vez, cuando tenía once años, un hombre le dijo que se quedara sentada en un auto.
Ella simplemente abrió la puerta y se fue.
—¿Mi madre era igual?
—Sí.
—¿Por eso trabajaba para usted?
—En parte.
—¿Cuál es la otra parte?
Adrian apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Eleanor podía entrar en lugares donde los vampiros poderosos no podían controlar su voluntad.
Emma miró hacia la cocina.
—¿Era espía?
—Era investigadora.
—¿Para usted?
—Para la Corona.
—Eso suena peor.
—Probablemente.
Emma observó su expresión.
—¿La amaba?
Adrian no esperaba la pregunta.
Ella lo supo por la pausa.
—No.
—¿Ella lo amaba?
—No.
—Bien.
—¿Por qué pregunta eso?
—Porque las historias largas suelen complicarse con romances secretos. Prefiero eliminar hipótesis.
Adrian soltó una breve risa.
—Definitivamente es hija de Eleanor.
Emma sintió algo en el pecho.
No dolor.
No exactamente.
Una memoria.
Su madre cortando manzanas en la cocina.
Su madre enseñándole a cambiar una rueda.
Su madre diciéndole: “Cuando alguien trate de asustarte, mira qué necesita que hagas. El miedo siempre quiere algo”.
Emma había pensado que era una frase de madre protectora.
Ahora sonaba como entrenamiento.
—¿Cómo murió?
La sonrisa de Adrian desapareció.
—El vehículo cayó desde un puente en Montana.
—Eso dice el informe policial.
—No encontramos el cuerpo.
Emma lo sabía.
Habían enterrado un ataúd vacío.
Ella tenía catorce años.
Había permanecido frente a aquella caja de madera mientras vecinos que apenas conocía le acariciaban el hombro.
Su padre ya había muerto cuando ella tenía cuatro.
O eso le habían dicho.
—La policía dijo que el río se llevó el cuerpo.
—Nosotros pensamos que alguien la había extraído antes.
—¿Nosotros?
—Mi gente.
—¿Y decidió no buscar a su hija?
La acusación llegó suave.
Por eso dolió más.
Adrian sostuvo su mirada.
—No sabía que existía una hija.
Emma quedó inmóvil.
—Mentira.
—No.
—Viví con ella catorce años.
—Eleanor desapareció de nuestra red en 1998. Cuando reapareció brevemente en 2013, utilizó otra identidad. Para cuando comprendimos que era ella, su coche ya había caído del puente.
Emma sintió frío.
—¿Qué identidad?
Adrian dudó.
—Sarah Carter.
Emma dio un paso atrás.
Toda su infancia había sido construida alrededor de ese nombre.
Sarah Carter.
Su madre.
Enfermera de noche.
Mujer divorciada.
Sin familia cercana.
Sin fotografías de juventud.
Sin viejos amigos.
Emma siempre había creído que era reservada.
Ahora entendía que había sido escondida.
—¿Por qué volvió?
—No lo sabemos.
—Brent lo sabe.
—Tal vez.
Emma miró al corredor.
—Entonces necesitamos que hable.
—La policía lo interrogará.
—No me refiero a la policía.
Adrian la observó.
—¿Qué está sugiriendo?
—Usted es el Rey Vampiro.
—La manera en que lo dice hace que suene ridículo.
—Lo es.
—Gracias.
—¿Puede leer mentes?
—No.
—¿Obligar a alguien a hablar?
—A veces.
—¿A Brent?
—Probablemente.
—Entonces hágalo.
Adrian negó con la cabeza.
—No.
—¿Tiene una repentina preocupación por sus derechos civiles?
—Tengo una preocupación por la verdad.
—No entiendo.
—La compulsión vampírica no funciona como una grabadora. Si un sujeto resiste, sus recuerdos pueden mezclarse. Si quien lo entrenó sabía lo que hacía, podría haber plantado información falsa.
Emma pensó.
—Así que cualquier confesión podría ser una trampa.
—Exactamente.
—Entonces necesitamos pruebas físicas.
—Sí.
Emma miró el reloj.
10:36.
—El dispositivo que usó para apagar las luces.
—Lo tengo.
—Démelo.
Adrian lo sacó del bolsillo.
Emma lo examinó.
Negro.
Sin marca.
Un solo botón.
—No es un apagador.
—No.
—Es un transmisor.
Adrian pareció impresionado.
—¿Cómo lo sabe?
—La alarma ya había demostrado que Brent podía cortar sistemas desde el panel del edificio. No necesitaría cargar otro dispositivo para repetirlo.
Giró el aparato.
Había un minúsculo puerto lateral.
—Esto envió una señal.
—¿A quién?
—A quien se llevó mi delantal.
Adrian se puso de pie.
—Mi equipo puede rastrearlo.
—Su equipo no.
—¿Por qué?
—Porque no sé en quién puede confiar.
Él endureció la mirada.
—Yo sí.
—¿Como confiaba en que mi madre había muerto?
Silencio.
Emma recogió su bandeja.
—Conozco a alguien.
—¿Quién?
—Una persona aburrida.
—Eso no ayuda.
—Precisamente por eso confío en él.
A las once y doce de la noche, Emma terminó su turno.
Rebecca insistió en pagarle la jornada completa.
También le ofreció un auto.
Emma rechazó ambos.
Tomó su abrigo.
Adrian la esperaba junto a la entrada.
—Voy con usted.
—No.
—No era una pregunta.
—Entonces sigue sin entender cómo funciona esto.
—Dos hombres trataron de quitarle evidencia esta noche.
—Uno.
—Había dos.
—El primero nunca llegó a tocarme.
Adrian la miró.
—Eso no lo convierte en menos peligroso.
Emma salió a la calle.
Seattle estaba húmeda.
No llovía todavía, pero el aire tenía ese olor metálico que anunciaba agua.
Adrian caminó a su lado.
—¿Dónde está su auto?
—No tengo.
—¿Cómo llegó?
—Autobús.
—Son las once de la noche.
—Los autobuses funcionan después de las once.
—No va a tomar uno.
Emma se detuvo.
—¿Siempre es así?
—¿Así cómo?
—Convencido de que su opinión se convierte mágicamente en regla.
—Ciento treinta años de experiencia producen hábitos.
—Pues ha conocido a la excepción.
Un auto negro se detuvo junto a ellos.
Adrian abrió la puerta.
Emma siguió caminando.
El vehículo avanzó lentamente a su lado.
Adrian caminaba con ella.
—Esto es absurdo —dijo él.
—Puede irse.
—No.
—Entonces disfrute del paseo.
Llegaron a una parada.
Emma se sentó.
Adrian permaneció de pie.
Un adolescente con audífonos lo miró de arriba abajo.
Luego miró el elegante auto negro que seguía detenido a unos metros.
—¿Problemas de Uber? —preguntó.
Emma ocultó una sonrisa.
Adrian respondió:
—Algo así.
El autobús llegó.
Emma subió.
Adrian también.
El conductor lo miró.
—Tarifa.
Adrian buscó en sus bolsillos.
No llevaba efectivo.
Emma pagó por los dos.
—Me debe tres dólares —dijo.
—Agregaré intereses.
—No.
Se sentaron al fondo.
Durante diez minutos, ninguno habló.
Entonces Emma dijo:
—Mi amigo vive en Capitol Hill.
—¿Humano?
—Sí.
—¿Sabe de nosotros?
—Cree que los vampiros son metáforas para multimillonarios.
—No está completamente equivocado.
Emma miró por la ventana.
—Se llama Noah Greene. Trabaja en ciberseguridad para una compañía de seguros. Nos conocimos en un curso nocturno.
—¿Qué estudiaba usted?
—Contabilidad forense.
Adrian volvió la cabeza.
—Usted es mesera.
—También sé leer balances.
—¿Por qué trabaja en un restaurante?
—Porque el mercado laboral no siempre recompensa el talento a tiempo.
—Podría contratarla mañana.
—No.
—Ni siquiera sabe qué puesto.
—Sí sé cuál sería.
—¿Cuál?
—Una persona útil a la que usted mantendría cerca para vigilarla.
Adrian sonrió ligeramente.
—Tal vez.
—Por eso no.
—¿Siempre desconfía de todos?
Emma pensó en su madre.
—Sólo de la gente que puede permitirse mentir sin consecuencias.
El autobús frenó.
Subieron cuatro pasajeros.
Entre ellos, un hombre con gorra azul.
Emma lo reconoció.
Traje gris sin la chaqueta.
El hombre de la cocina.
No la miró.
Se sentó tres filas adelante.
Emma siguió mirando por la ventana.
—Nos siguen —murmuró.
—Lo sé.
—¿Desde cuándo?
—Desde el restaurante.
Emma lo miró.
—¿Y no dijo nada?
—Quería ver hasta dónde llegaba.
—Tiene un concepto fascinante de protección.
—Está en un autobús público con treinta testigos.
—Veintidós.
Adrian contó rápidamente.
—Veintitrés incluyendo al conductor.
—Él mira la carretera.
—Buen punto.
Emma tocó el botón de parada.
—Bajamos en la siguiente.
—Noah vive dos paradas más.
—Ya no vamos a Noah.
El autobús se detuvo.
Emma bajó.
Adrian la siguió.
El hombre de gorra también.
Caminaron por una calle llena de bares.
Emma entró en una tienda abierta veinticuatro horas.
Adrian la siguió.
El hombre esperó afuera.
Emma compró una botella de agua.
Después tomó una segunda salida que daba al estacionamiento trasero.
—¿A dónde vamos? —preguntó Adrian.
—A su auto.
—Está junto al restaurante.
—No.
Ella señaló.
El sedán negro esperaba al final del callejón.
Adrian se detuvo.
—¿Cómo sabía?
—Su conductor nos siguió a dos cuadras de distancia.
—No lo vi.
—Porque estaba mirando al hombre de la gorra.
Por primera vez, Adrian pareció genuinamente divertido.
—Tiene razón.
—Suba.
—¿Ahora quiere mi auto?
—Quiero confundir a quien nos sigue.
Entraron.
El conductor, un hombre alto llamado Marcus, miró por el espejo.
—Señor.
—Capitol Hill —dijo Adrian.
Emma negó.
—No.
Marcus la miró.
—Queen Anne.
Adrian frunció el ceño.
—Dijo que Noah vive en Capitol Hill.
—Mentí.
—¿Por qué?
—Para ver si la persona que nos seguía recibía instrucciones basadas en lo que decíamos.
—¿Y?
Emma miró por la ventana.
El hombre de gorra había salido por la puerta lateral de la tienda.
Miraba en dirección contraria.
Hacia Capitol Hill.
Adrian dejó escapar una respiración.
—Hay un micrófono.
—Sí.
—¿Dónde?
Emma tomó el transmisor de Brent.
Abrió el pequeño panel lateral con la uña.
Dentro había un punto verde parpadeando.
—Aquí.
Adrian la miró.
—¿Lo sabía desde antes?
—Lo sospechaba.
—Y me dejó hablar.
—No dijo nada interesante.
Marcus soltó una tos que ocultó una risa.
Adrian lo miró por el espejo.
—Ni una palabra.
—Sí, señor.
Emma sacó el pequeño chip.
Lo metió dentro de una botella vacía y la dejó en un contenedor frente a un club.
—Ahora pensarán que vamos a bailar.
—Eso sí sería aterrador —dijo Adrian.
Noah vivía en Queen Anne.
Cuando abrió la puerta a las 11:48, llevaba pantalones de pijama con pequeños cohetes y una camiseta universitaria.
Miró a Emma.
Miró a Adrian.
Volvió a mirar a Emma.
—Tienes una explicación increíble o mi vida acaba de mejorar muchísimo.
—Necesito tu computadora aislada.
—Eso no responde nada.
—Y café.
—Eso sí responde algo.
Entraron.
Noah conocía a Emma desde hacía seis años.
Sabía que nunca pedía ayuda sin una razón.
Por eso dejó las preguntas para después.
Conectó el transmisor a un equipo sin acceso a internet.
—Esto no es comercial.
—¿Qué es?
—Modificado. Alguien cambió la placa.
Adrian observaba desde una silla.
Noah lo miró.
—¿Usted es realmente Adrian Blackwood?
—Sí.
—¿El Blackwood?
—Depende de cuál.
—El que compró Northlake Medical.
—Sí.
—Despidieron a mi primo.
—Probablemente había una razón.
—Robaba analgésicos.
—Entonces estoy satisfecho con la decisión.
Noah asintió.
—Justo.
Emma se inclinó sobre la pantalla.
—¿Puedes recuperar el destino de la última transmisión?
—Tal vez.
Tecleó durante varios minutos.
El silencio se llenó con el sonido del ventilador de la computadora.
Finalmente apareció una dirección parcial.
Noah frunció el ceño.
—Eso es raro.
—¿Qué?
—La señal rebotó a través de una red cerrada.
—¿Dónde?
Noah amplió.
Una cadena de números apareció.
Adrian dejó de moverse.
Emma lo vio.
—La reconoce.
—Sí.
—¿Qué es?
Adrian tardó demasiado en responder.
—Un nodo privado de Blackwood Holdings.
Noah giró la silla.
—Entonces alguien dentro de su propia compañía estaba recibiendo la señal.
Emma miró a Adrian.
—Brent tenía razón.
—No necesariamente.
—“Lleva su sangre”.
Adrian mantuvo la mandíbula tensa.
—Mi familia es grande.
—¿Cuántos?
—Biológicamente, quedan cuatro.
—Nombres.
—Mi hermana Vivian.
—¿Más?
—Mi sobrino Caleb.
—Más.
Adrian guardó silencio.
Emma esperó.
—Mi hermano mayor, Lucian.
—¿Dónde está?
—Muerto.
—Eso no parece una respuesta útil esta noche.
—Murió en 1987.
—¿Cuerpo?
Adrian la miró.
—Sí.
—¿Lo vio?
—Sí.
—¿Está seguro de que era él?
—Emma.
—Mi madre murió dos veces según usted. Permítame cierta flexibilidad con los certificados de defunción.
Noah levantó una mano.
—No quiero interrumpir lo que claramente es una cena familiar muy rara, pero encontré algo más.
En la pantalla apareció una serie de paquetes de datos.
—El transmisor envió un código junto con la señal.
Emma se inclinó.
—¿Puedes leerlo?
—No está cifrado. Son seis caracteres.
Noah amplió.
EVA-17.
Emma sintió que el aire desaparecía.
Adrian la miró.
—¿Qué ocurre?
—Eva.
—¿Quién es Eva?
Emma tardó varios segundos en responder.
—Era el segundo nombre de mi madre.
Adrian se puso de pie.
Noah miró a ambos.
—¿Y diecisiete?
Emma pensó.
Un recuerdo.
Su madre guardando cajas.
Etiquetas.
Fechas.
Una pequeña llave de latón.
—Tenía una caja de seguridad.
—¿Dónde? —preguntó Adrian.
—No lo sé.
—Emma.
—Tenía catorce años. Después de su muerte, servicios sociales vació el apartamento. Yo fui con una familia temporal durante seis meses antes de que una tía lejana consiguiera la custodia.
—¿Qué pasó con sus cosas?
—Algunas llegaron conmigo.
—¿Algo con diecisiete?
Emma cerró los ojos.
Recordó un viejo libro.
Una Biblia que su madre nunca leía.
En la parte interior había escrito una serie de números.
17-4-21.
Durante años Emma creyó que era una fecha.
—Necesito ir a mi apartamento.
Adrian negó.
—No.
—Ahí están sus cosas.
—Precisamente por eso.
Noah levantó los ojos.
—¿Creen que alguien ya está allí?
Emma sacó su teléfono.
Abrió la aplicación de una cámara barata que había instalado sobre la puerta de su apartamento después de un robo en el edificio.
La pantalla tardó en cargar.
Después mostró una imagen.
Su puerta.
Cerrada.
Nada.
Emma deslizó hacia atrás.
10:52.
Nada.
11:04.
Nada.
11:17.
Una figura apareció al final del pasillo.
Sudadera gris.
Gorra.
Guantes.
Se acercó a su puerta.
La cámara perdió señal.
Volvió cuatro minutos después.
La puerta parecía igual.
Emma guardó el teléfono.
—Ya entraron.
Adrian sacó el suyo.
—Marcus, envía un equipo.
Emma le quitó el teléfono de la mano.
Noah abrió la boca.
Adrian miró a Emma como si nunca nadie hubiera hecho algo así.
—¿Acaba de quitarme mi teléfono?
—Sí.
—Eso es extremadamente imprudente.
—No envíe a su gente.
—Alguien registró su casa.
—Y sabía dónde encontrarme.
—Puede obtener direcciones de registros de empleo.
—O de alguien en su compañía.
Adrian entendió.
—No confía en ninguno.
—Todavía no.
Él tomó su teléfono de vuelta.
—Entonces vamos nosotros.
—Eso tampoco es buena idea.
—Es mejor que ir sola.
Emma miró a Noah.
—¿Puedes copiar todo lo del transmisor?
—Sí.
—Haz tres copias.
—¿Tres?
—Una para ti. Una encriptada en la nube. Otra en un dispositivo físico.
Noah la estudió.
—Emma, ¿en qué diablos te metiste?
Ella miró a Adrian.
—Creo que en algo que empezó antes de que yo naciera.
A las 12:36 llegaron al edificio de Emma en Ballard.
Marcus se quedó en el auto.
Adrian subió con ella.
El pasillo olía a detergente y pizza.
La puerta del apartamento no tenía daños.
Emma sacó la llave.
Adrian le agarró suavemente la mano.
—Espere.
Ella miró sus dedos.
Él la soltó inmediatamente.
—Lo siento.
Fue la primera disculpa real de la noche.
Adrian acercó el oído a la puerta.
—No hay nadie adentro.
—¿Seguro?
—Escucho dos ratones en la pared, una televisión en el apartamento 4B y a alguien roncando arriba.
Emma abrió.
Nada parecía alterado.
Un sofá barato.
Una mesa pequeña.
Libros.
Una planta que necesitaba agua.
Emma entró.
No miró cajones.
No revisó objetos valiosos.
Fue directamente al armario.
Sacó una caja azul.
Vacía.
—Se llevaron cosas.
—¿Qué había?
—Documentos de mi madre.
—¿Cuáles?
—Cartas. Fotos. Su Biblia.
Adrian miró alrededor.
—Sabían exactamente qué buscar.
Emma se arrodilló.
Revisó el fondo del armario.
Nada.
Después miró las bisagras de la puerta.
—No.
—¿Qué?
—Mi madre nunca guardaba lo importante donde parecía.
Se puso de pie.
Fue a la cocina.
Abrió el gabinete bajo el fregadero.
Sacó productos de limpieza.
Quitó una tabla trasera floja.
Adrian observó.
Detrás había una pequeña bolsa de plástico.
Emma la sacó.
Dentro había una llave de latón.
Y una tarjeta amarillenta.
Adrian se inclinó.
En la tarjeta había escrito a mano:
E.V.
Emma respiró lentamente.
—Diecisiete.
Adrian miró la llave.
—Caja de seguridad.
—Sí.
—¿De qué banco?
Emma dio vuelta la tarjeta.
Había un logo antiguo.
Cascade Federal Savings.
Adrian cerró los ojos.
—Ese banco ya no existe.
—¿Qué pasó?
—Blackwood Holdings lo compró en 2009.
Emma lo miró.
—Por supuesto.
—No fue intencional.
—No lo acusa de nada que yo sepa.
Adrian sonrió con cansancio.
Emma guardó la llave.
Entonces vio algo debajo de la mesa.
Un pedazo de papel.
Lo recogió.
No era suyo.
Un ticket de estacionamiento.
Hora de entrada: 11:06 p. m.
Lugar: Blackwood Tower Garage.
Emma se lo mostró.
—La persona que entró aquí estuvo antes en su edificio.
Adrian tomó el ticket.
—Eso no demuestra que trabaje para mí.
—No.
—Pero lo piensa.
—Sí.
El teléfono de Adrian sonó.
Miró la pantalla.
Su expresión cambió.
—¿Quién?
—Mi hermana.
—Conteste.
—No.
Emma frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Vivian nunca me llama después de medianoche.
El teléfono dejó de sonar.
Volvió a sonar inmediatamente.
Adrian respondió.
—Vivian.
Una voz de mujer habló tan fuerte que Emma pudo escuchar fragmentos.
—…dónde estás…
—¿Qué ocurrió?
Pausa.
El rostro de Adrian se endureció.
—¿Cuándo?
Más palabras.
—No toques nada. Voy para allá.
Colgó.
Emma lo miró.
—¿Qué pasó?
—Entraron en mi oficina.
—¿Qué se llevaron?
—Un archivo.
—¿Cuál?
Adrian miró la llave en su mano.
—Eleanor Vale.
A la una y veinte de la madrugada, el vestíbulo de Blackwood Tower parecía un museo después del cierre.
Mármol gris.
Cristales altos.
Silencio.
Emma nunca había estado allí.
Había pasado delante del edificio cientos de veces.
Siempre parecía una estructura diseñada para recordar a la ciudad quién tenía dinero.
Ahora parecía algo diferente.
Una fortaleza.
Dos guardias se acercaron.
—Señor Blackwood.
Adrian levantó una mano.
—Nadie entra o sale sin mi autorización.
Emma observó al primer guardia.
Su pulso no podía oírlo.
Pero vio la vena en su cuello.
Rápida.
El segundo parecía tranquilo.
Adrian también lo notó.
—Marcus.
El conductor apareció.
—Sí, señor.
—Revise el turno de seguridad de las últimas tres horas.
Emma añadió:
—Y no avise al supervisor.
Marcus la miró.
Adrian dijo:
—Haga lo que pide.
Subieron al piso cuarenta y siete.
Vivian Blackwood los esperaba.
Parecía de treinta y cinco años.
Adrian había dicho que tenía más de cien.
Cabello negro corto.
Traje blanco.
Ojos azules muy pálidos.
Miró a Emma.
Y luego a su muñeca.
—Así que es verdad.
Emma se detuvo.
—¿Qué es verdad?
Vivian miró a Adrian.
—Tiene su olor.
—No empieces.
—¿Eleanor?
—Su hija.
El rostro de Vivian se transformó.
La frialdad desapareció.
—Eleanor tenía una hija.
Emma sostuvo su mirada.
—Todo el mundo parece sorprendido.
Vivian se acercó despacio.
—¿Cómo te llamas?
—Emma Carter.
—¿Cuántos años tienes?
—Veintisiete.
Vivian calculó.
Emma lo vio.
—Dígalo.
La vampira levantó los ojos.
—Eleanor desapareció veintiocho años atrás.
Emma sintió un escalofrío.
—¿Y?
—Y si tienes veintisiete…
—Estaba embarazada.
Vivian miró a Adrian.
—Por eso huyó.
—No sabemos eso.
—Yo sí.
—¿Cómo?
Vivian caminó hacia un escritorio.
Abrió un cajón.
Sacó una vieja fotografía.
La colocó frente a Emma.
La imagen mostraba a cuatro personas.
Adrian.
Más joven sólo por la ropa.
Vivian.
Una mujer que Emma reconoció de inmediato.
Su madre.
Y un hombre alto de cabello rubio.
Emma tocó la foto.
—¿Quién es él?
Nadie respondió.
—¿Quién?
Adrian habló.
—Mi hermano.
Emma levantó lentamente la mirada.
—Lucian.
—Sí.
—El que murió.
—Sí.
Emma volvió a mirar la foto.
Su madre estaba de pie junto a Lucian.
No junto a Adrian.
Lucian tenía una mano en su espalda.
La expresión de ambos era íntima.
Cómplice.
Familiar.
Emma sintió que una conclusión imposible comenzaba a tomar forma.
—No.
Adrian habló suavemente.
—No sabemos…
—No.
Emma retrocedió.
Vivian la miraba como si también acabara de comprenderlo.
—Tus ojos —susurró.
Emma se volvió.
—¿Qué tienen?
Vivian se acercó.
—Lucian tenía ojos grises.
Adrian tensó la mandíbula.
—Vivian.
—No podemos ignorarlo.
Emma sintió calor en la cara.
—Mi padre se llamaba Daniel Carter. Murió cuando yo tenía cuatro años.
Adrian preguntó:
—¿Tiene fotografías?
—Dos.
—¿Recuerda algo?
—Muy poco.
—Emma…
—No.
Se obligó a respirar.
Una vez.
Dos.
Tres.
Su madre le había enseñado eso también.
Nunca respondas mientras alguien más controle tu respiración.
—Primero el archivo robado.
Adrian pareció aprobar la decisión.
—Mi oficina.
La puerta no estaba forzada.
Tampoco la caja fuerte.
Adrian señaló una pared abierta detrás de una pintura.
—Sólo seis personas conocían el código.
Emma se acercó.
—¿Quiénes?
—Yo. Vivian. Marcus. Mi jefe de seguridad. Mi abogado. Caleb.
—Su sobrino.
—Sí.
Vivian habló.
—Caleb está en Vancouver.
—¿Seguro? —preguntó Emma.
—Lo vi esta tarde por videollamada.
—Eso demuestra que estaba frente a una cámara.
Vivian sonrió brevemente.
—También eres como Eleanor.
Emma examinó el interior de la caja fuerte.
Había carpetas intactas.
Una marca rectangular de polvo.
—El ladrón no buscó.
—No —dijo Adrian—. Sabía exactamente dónde estaba el archivo.
—¿Cámaras?
—Desactivadas durante once minutos.
Emma miró el techo.
—¿Con un transmisor similar al de Brent?
Adrian habló por intercomunicador.
—Seguridad. Tráiganme el registro técnico.
Cinco minutos después llegó un hombre llamado Owen Pierce.
Cincuenta años.
Cabello gris.
Traje oscuro.
Jefe de seguridad.
Emma lo observó entrar.
No parecía nervioso.
Adrian le explicó.
Owen respondió rápido.
—Fue una actualización automática. A veces reinicia las cámaras.
Emma miró el reloj en la pared.
—¿A la una de la mañana?
—Los sistemas empresariales se actualizan de noche.
—¿Cada cámara del piso al mismo tiempo?
—Sí.
—¿Incluyendo las de los ascensores?
Owen la miró.
—¿Quién es usted?
—La persona cuya casa también fue registrada esta noche.
Adrian levantó una mano.
—Responda.
Owen apretó la mandíbula.
—Necesito revisar los logs.
Emma señaló su muñeca.
—Bonito reloj.
Owen miró hacia abajo.
—Gracias.
—Es nuevo.
—¿Cómo sabe?
—Todavía tiene una pequeña película protectora junto al cierre.
Owen cubrió instintivamente el reloj con la mano.
Emma continuó.
—¿Regalo?
—Me lo compré.
—Qué bien.
Adrian la miró.
Ella dijo:
—Brent llevaba el mismo modelo.
Owen no se movió.
Vivian sí.
—¿Estás segura?
—Mismo bisel. Misma correa. Mismo pequeño botón lateral.
Owen soltó aire por la nariz.
—Miles de personas tienen estos relojes.
Emma asintió.
—Entonces no le molestará quitárselo.
—¿Por qué?
—Porque el dispositivo que Brent usó era suficientemente pequeño para integrarse en uno.
Owen miró a Adrian.
—Esto es absurdo.
Adrian extendió la mano.
—El reloj.
—Señor…
—Ahora.
Owen se lo quitó.
Lo dejó en la palma de Adrian.
Emma lo tomó.
Lo giró.
No había nada evidente.
—No es igual —dijo Owen.
Emma presionó el botón lateral.
Una pequeña luz verde apareció.
La misma del transmisor.
Vivian mostró los colmillos.
Owen retrocedió.
Adrian habló.
—Explíquese.
—No sé qué es eso.
—Su corazón dice lo contrario.
Owen miró la puerta.
Emma lo vio un segundo antes.
—No corras.
Él corrió.
No llegó lejos.
Vivian se movió tan rápido que Emma apenas vio un borrón blanco.
Un instante después, Owen estaba contra la pared.
Vivian lo sostenía por el cuello de la camisa.
—Qué decepción.
—Vivian —dijo Adrian.
Ella lo soltó.
Owen cayó de rodillas.
Emma se acercó.
—¿Dónde está el archivo?
—No sé.
—¿Para quién trabaja Brent?
Silencio.
—¿Quién entró en mi apartamento?
Nada.
Emma se agachó.
—Mírame.
Owen la miró.
—No voy a amenazarte.
Él se rió.
—Entonces eres más tonta de lo que pareces.
—No. Simplemente no necesito hacerlo.
Sacó la llave de latón.
La sostuvo frente a él.
Owen perdió el color.
Emma sonrió.
—Gracias.
Guardó la llave.
Adrian comprendió.
—Sabe qué abre.
Owen cerró la boca.
Emma se puso de pie.
—Y ahora sabemos que lo que hay en la caja diecisiete es más importante que el archivo robado.
Vivian miró a Owen.
—¿Quieres decírnoslo tú?
Owen se quedó en silencio.
Emma caminó hacia la puerta.
—No hace falta.
Adrian la siguió.
—¿A dónde va?
—Al antiguo Cascade Federal.
—Son casi las dos.
—¿Dónde están las cajas ahora?
—En una bóveda de almacenamiento de Blackwood Trust.
Emma se detuvo.
—¿Aquí?
—En el subsuelo.
Ella cerró los ojos.
—Por supuesto que sí.
La bóveda estaba seis pisos bajo tierra.
Dos guardias.
Tres puertas biométricas.
Una cámara acorazada construida cuando el edificio todavía era sede bancaria.
Adrian abrió la última puerta.
Filas de cajas metálicas se extendían bajo luces blancas.
Emma sintió que cada paso la llevaba hacia una versión diferente de su propia vida.
Caja 17.
Pequeña.
Antigua.
La llave entró.
Giró.
Emma abrió.
Dentro había tres objetos.
Una cinta de casete.
Un sobre.
Y una fotografía.
Emma tomó la foto primero.
Su madre.
Más joven.
Sentada en un banco junto a un hombre.
Lucian Blackwood.
Él sostenía a un bebé.
Emma.
En la parte posterior había una fecha.
23 de septiembre de 1999.
Emma nació el 18.
Cinco días antes.
Debajo, una frase escrita por su madre:
“Si algún día ella encuentra esto, significa que fallamos.”
Emma no respiró durante varios segundos.
Adrian estaba detrás.
No tocó nada.
No dijo nada.
Emma abrió el sobre.
Había una hoja.
Sólo una.
“Emma:
Si estás leyendo esto, probablemente ya conociste a Adrian.
No confíes en él sólo porque te proteja.
No desconfíes de él sólo porque sea un Blackwood.
Ambas cosas serían errores.
Tu padre no murió cuando tenías cuatro años.
Porque Daniel Carter nunca fue tu padre.
Lo elegí para darte un apellido y una vida normal.
Tu verdadero padre se llamaba Lucian Blackwood.”
Emma tuvo que sentarse.
El banco metálico estaba frío.
Adrian permaneció inmóvil.
Ella siguió leyendo.
“Lucian murió antes de que nacieras.
Al menos eso fue lo que me hicieron creer.
Años después descubrí que la noche de su muerte hubo dos cuerpos en la casa, pero sólo uno fue identificado.
Si Lucian sigue vivo, nunca permitas que te encuentre sola.
Si está muerto, entonces alguien lleva treinta años utilizando su nombre.
Ambas posibilidades son peligrosas.”
Emma miró a Adrian.
—Usted dijo que vio el cuerpo.
—Lo vi.
—Mi madre dudaba.
—No sabía esto.
—¿Cómo murió?
Adrian apoyó ambas manos en la mesa.
—Incendio.
—Eso no responde.
—Hubo una rebelión interna. Lucian fue acusado de entregar información a un grupo que quería destruir el Consejo.
—¿Era cierto?
—Pensé que sí.
—¿Y ahora?
Adrian miró la carta.
—Ahora no sé qué pensar.
Emma continuó leyendo.
“Tu sangre no te hace vampiro.
Pero tampoco eres completamente humana.
Lucian fue cambiado cuando era adulto, así que eso no debería haberse heredado.
Sin embargo, algo ocurrió antes de tu nacimiento.
Algo que nunca llegué a comprender.
No permitas que nadie tome una muestra de tu sangre.
Ni siquiera Adrian.
Especialmente no el Consejo.”
Emma dobló lentamente la hoja.
Adrian la miraba.
—¿Qué dice?
Ella guardó la carta.
—Nada que necesite saber todavía.
—Emma.
—Confianza.
—Esto puede afectar…
—Mi sangre, mi decisión.
Adrian cerró la boca.
Ella tomó la cinta.
Había una etiqueta.
EVA 17.
—Necesitamos un reproductor.
Adrian la miró.
—Tengo uno.
Emma levantó una ceja.
—¿Usted?
—Viví los ochenta.
Por primera vez en horas, Emma soltó una risa real.
Duró sólo un segundo.
Pero cambió algo entre ellos.
Subieron a una sala privada.
Vivian esperaba con Marcus.
Owen había sido encerrado bajo guardia.
Adrian colocó la cinta en un viejo reproductor que Marcus consiguió del archivo.
Emma presionó play.
Estática.
Después la voz de su madre.
Emma dejó de respirar.
No la había escuchado en trece años.
“Mi nombre es Eleanor Vale.
Si esta grabación ha sido encontrada por Emma, entonces ya no pude mantenerla lejos de la Corona.”
Emma cerró los ojos.
La voz continuó.
“Adrian, si estás escuchando esto, sé que vas a querer protegerla.
Pero protegerla no significa controlar lo que sabe.
Cometiste ese error conmigo.
No lo cometas con ella.”
Vivian miró a Adrian.
Él no reaccionó.
“Lucian descubrió que alguien dentro de la familia estaba vendiendo nombres de humanos protegidos a recolectores clandestinos.
No era sólo dinero.
Buscaban linajes raros.
Personas resistentes a compulsión.
Personas como yo.
Cuando quedé embarazada, Lucian quiso sacarnos del país.
Nunca llegamos al aeropuerto.”
La cinta crujió.
Emma apretó los dedos.
“Me dijeron que Lucian murió.
Vi un cuerpo.
Pero la cara estaba demasiado quemada.
Adrian confirmó la identificación por un anillo.”
Adrian se quedó helado.
Emma miró su mano.
Llevaba un anillo negro.
La voz de Eleanor continuó.
“Lucian tenía dos anillos idénticos.
Adrian sólo conocía uno.”
Vivian se volvió hacia su hermano.
—¿Dos?
—No lo sabía.
La grabación siguió.
“Alguien quería que Adrian creyera que Lucian estaba muerto.
Alguien quería que Lucian desapareciera.
Y alguien siguió buscándome durante quince años.”
Emma sintió que la garganta se cerraba.
“Si desaparezco otra vez, no fue un accidente.
Busca la corona partida.
No es el símbolo de nuestros enemigos.
Es el símbolo de quienes se esconden dentro de los Blackwood.”
La cinta terminó.
Nadie habló.
Finalmente Vivian susurró:
—Eso no puede ser cierto.
Adrian miró el reproductor.
—Puede.
—La corona partida era de los Ashen Circle.
—Eso nos dijeron.
Emma se levantó.
—Brent tenía el símbolo.
—Sí.
—Owen también estaba conectado.
—Sí.
—Y alguien dentro de Blackwood Holdings recibió la señal.
Adrian caminó hacia la ventana.
Seattle brillaba abajo.
—Entonces mi familia ha sido infiltrada durante décadas.
Emma negó.
—No.
Adrian se volvió.
—¿Qué?
—No infiltrada.
—¿Cuál es la diferencia?
—Los infiltrados entran desde afuera.
Emma miró a Vivian.
Después a Marcus.
Después a Adrian.
—Mi madre dijo que se esconden dentro de los Blackwood. No dentro de su compañía.
Dentro de su familia.
Vivian quedó inmóvil.
El teléfono de Adrian vibró.
Un mensaje.
Lo abrió.
Emma vio cómo su expresión cambiaba.
—¿Qué?
Adrian giró la pantalla.
Una fotografía.
Tomada hacía segundos.
Owen Pierce.
Muerto en la habitación donde lo habían dejado.
Sobre su pecho había una tarjeta blanca.
Una corona partida.
Debajo de la foto, un mensaje:
“LA HIJA YA ABRIÓ LA CAJA.”
Emma miró la hora.
2:41 a. m.
—¿Quién recibió esto?
—Yo.
—¿Número?
—Oculto.
Vivian caminó hacia la puerta.
—Voy a seguridad.
Emma habló.
—No.
Vivian se volvió.
—Acaban de matar a nuestro jefe de seguridad.
—Precisamente.
—¿Qué propones?
Emma miró a Adrian.
—Que nadie salga de este piso.
Marcus endureció la expresión.
—¿Está diciendo que el asesino está aquí?
—Estoy diciendo que Owen estaba bajo vigilancia. Si alguien llegó hasta él sin activar alarmas, no necesitamos buscar un intruso.
Adrian entendió.
—Necesitamos buscar permisos.
Emma asintió.
—Quién podía abrir esa puerta.
Marcus habló.
—Yo.
Vivian lo miró.
—¿Quién más?
—El señor Blackwood. Usted. Caleb. Dos guardias asignados.
Emma preguntó:
—¿Dónde está Caleb?
Vivian respondió:
—Vancouver.
Emma la miró.
—Llámelo.
Vivian marcó.
Esperaron.
Una vez.
Dos.
Tres.
Caleb contestó por video.
Un hombre de unos treinta años apareció en pantalla.
Cabello oscuro.
Sonrisa cansada.
—Tía, son casi las tres.
Vivian giró la cámara.
—Muéstrame dónde estás.
Caleb frunció el ceño.
—¿Qué?
—La habitación.
—Estoy en el hotel.
—Muéstrala.
Caleb giró el teléfono.
Cama.
Ventana.
Luces de Vancouver.
Emma observó.
—La ventana.
Vivian la miró.
—¿Qué?
—Pídele que abra la cortina por completo.
Caleb escuchó.
—¿Quién es ella?
—Hazlo.
Él abrió.
Al fondo se veía un edificio con un letrero luminoso.
Emma buscó en su teléfono.
Coincidía.
Estaba en Vancouver.
—Bien —dijo.
Caleb frunció el ceño.
—¿Alguien quiere explicarme?
Adrian tomó el teléfono.
—Luego.
Colgó.
Vivian se cruzó de brazos.
—Eso elimina a Caleb.
Emma negó.
—Elimina la posibilidad de que estuviera físicamente aquí.
—No la de que haya dado una orden.
Adrian la miró.
—No confía en nadie.
—Ya lo comentamos.
Marcus recibió una llamada.
Escuchó.
Su rostro se endureció.
—Señor, tenemos el registro de acceso.
—¿Quién abrió la habitación de Owen?
Marcus miró a Emma.
—Nadie.
—Eso es imposible —dijo Vivian.
—La puerta no registró ninguna apertura después de que lo encerramos.
Emma sintió algo.
—¿Ventilación?
—Demasiado pequeña.
—Pasadizo.
Adrian negó.
—No existe.
Emma miró el plano en una pantalla.
—Todo edificio viejo tiene espacios que ya no aparecen en los planos nuevos.
Marcus amplió.
Blackwood Tower había sido un banco.
Bóvedas.
Conductos.
Escaleras de servicio.
Emma señaló una pared detrás de la habitación de Owen.
—¿Qué hay aquí?
Marcus frunció el ceño.
—Archivo sellado.
—¿Sellado desde cuándo?
—1994.
Adrian y Vivian se miraron.
—¿Qué? —preguntó Emma.
Adrian respondió:
—Tres años después del incendio donde murió Lucian.
Bajaron al archivo sellado.
La puerta tenía polvo.
Pero la cerradura mostraba una marca reciente.
Emma se agachó.
—Alguien la abrió.
Adrian introdujo un código maestro.
La puerta se abrió.
Oscuridad.
Marcus encendió las luces.
Estantes vacíos.
Cajas viejas.
Al fondo, una pared.
Emma caminó hacia ella.
Sintió corriente de aire.
Golpeó el panel.
Hueco.
Marcus ayudó a retirar una estantería.
Había una puerta estrecha.
Detrás, un túnel de mantenimiento.
Conducía directamente hacia la zona donde habían retenido a Owen.
En el suelo encontraron una fibra azul.
Emma la recogió con una bolsa.
—¿Uniforme?
Marcus asintió.
—Nuestros guardias usan azul marino.
Vivian parecía furiosa.
—Entonces uno de ellos…
—O alguien quiere que pensemos eso —dijo Emma.
Adrian la miró.
—¿Por qué siempre elige la opción más complicada?
—Porque alguien lleva treinta años preparando esto.
Caminaron por el túnel.
A mitad de camino, Emma vio algo escrito en la pared.
Una pequeña E.
Casi borrada.
Se detuvo.
—Mi madre estuvo aquí.
Adrian se acercó.
Debajo de la E había tres rayas.
Un símbolo que Emma reconocía.
—Ella dibujaba eso en mis loncheras.
—¿Qué significa?
—Decía que eran tres montañas.
Adrian palideció.
—No.
—¿Qué?
—Es un símbolo de juramento.
—¿De quién?
—De Lucian.
Emma sintió que la historia volvía a abrirse.
El túnel terminaba detrás de una placa metálica.
Marcus la quitó.
Entraron en un cuarto pequeño.
Owen seguía donde lo habían dejado.
No había sangre.
No había señales visibles de lucha.
Sólo la tarjeta sobre el pecho.
Emma no se acercó demasiado.
—¿Cómo murió?
Adrian se inclinó.
Olfateó el aire.
—Veneno.
—¿Vampiros pueden ser envenenados?
—Con ciertas sustancias.
Emma vio un vaso en la mesa.
—¿Le dieron agua?
Marcus asintió.
—Uno de los guardias.
—Nombre.
—Ethan Cole.
—¿Dónde está?
Marcus llamó.
Nadie respondió.
Pidió localización.
El guardia había salido del edificio tres minutos después de que encontraron a Owen.
Adrian apretó los puños.
—Encuéntrenlo.
Emma miró el vaso.
—No.
Adrian se volvió.
—¿Qué?
—No persigan todavía.
Vivian abrió los ojos.
—¿Quieres dejarlo escapar?
—Quiero saber adónde va.
Adrian sonrió sin humor.
—Empiezo a comprender por qué su madre me volvía loco.
Emma ignoró el comentario.
Marcus rastreó el auto de Ethan.
Se dirigía al sur.
Tacoma.
Después cambió hacia una carretera industrial.
Emma miró el mapa.
—¿Qué hay ahí?
Marcus buscó.
—Almacenes.
Adrian señaló uno.
—Ése es nuestro.
Emma lo miró.
—¿Qué guardan?
—Suministros médicos.
—¿Incluyendo sangre?
Silencio.
Adrian asintió.
—Sí.
Emma pensó en lo que había dicho Eleanor.
Recolectores clandestinos.
Linajes raros.
—Vamos.
A las 4:03 llegaron al almacén.
No se acercaron por la entrada principal.
Emma insistió en detener el auto a dos cuadras.
—Si Ethan está ahí, espera que lo sigan.
Adrian observó el edificio.
—Puedo entrar en diez segundos.
—Y si hay cámaras, sabrán exactamente qué sabe.
—Ya saben que estamos investigando.
—No saben cuánto.
Marcus trajo un dron pequeño del auto.
Emma lo miró.
—¿Siempre lleva eso?
—Trabajo para un vampiro paranoico.
Adrian arqueó una ceja.
Marcus tosió.
—Previsor.
El dron recorrió el perímetro.
Había cuatro vehículos.
Una puerta lateral abierta.
Dos hombres moviendo cajas.
Emma amplió la imagen.
Las cajas tenían códigos médicos.
—¿Esas pertenecen a su empresa?
Adrian asintió.
—Sí.
—¿Deberían estar moviéndolas a las cuatro de la mañana?
—No.
Otro hombre apareció.
Ethan.
Hablaba con una mujer.
Emma sólo veía su espalda.
Abrigo largo.
Cabello rubio.
La mujer giró ligeramente.
Adrian quedó inmóvil.
Vivian soltó un sonido ahogado.
Emma miró a ambos.
—¿La conocen?
Adrian susurró:
—No puede ser.
—¿Quién?
La mujer levantó el rostro hacia una cámara exterior.
Durante dos segundos quedó completamente visible.
Era mayor que en la fotografía.
Pero Emma reconoció la mandíbula.
Los ojos.
La cicatriz bajo la oreja.
Su respiración se detuvo.
—Mamá.
La palabra salió sin fuerza.
La mujer en la pantalla era Eleanor Vale.
Sarah Carter.
La mujer a la que Emma había enterrado trece años antes.
Viva.
Ethan le entregó una carpeta.
Eleanor la abrió.
Leyó.
Después levantó la mirada directamente hacia el dron.
Como si supiera que la observaban.
Emma sintió que el corazón golpeaba contra sus costillas.
Su madre sonrió.
No una sonrisa cálida.
No la sonrisa que Emma recordaba.
Era una sonrisa cansada.
Triste.
Y completamente consciente.
Entonces levantó una pequeña tarjeta frente a la cámara.
Había escrito una sola frase.
“NO CONFÍES EN ADRIAN.”
La pantalla se apagó.
El dron cayó.
Adrian no se movió.
Emma tampoco.
Marcus dijo algo.
Vivian dio un paso.
Nadie escuchó.
Emma miró al hombre que durante horas había protegido su vida.
El hombre que conocía la verdadera identidad de su madre.
El hombre cuya familia aparecía en cada rincón de aquel misterio.
Adrian sostuvo su mirada.
—Emma…
Ella levantó una mano.
—No.
Su voz permaneció tranquila.
Eso fue lo que hizo más aterrador el momento.
Sacó la llave de latón.
La observó.
Después recordó algo.
La parte posterior.
Una pequeña ranura que antes parecía un rasguño.
La presionó.
La llave se abrió en dos.
Dentro había una tira minúscula de papel enrollado.
Emma la sacó.
Leyó.
Sólo siete palabras.
“Si ves esto, busca al verdadero rey.”
Emma levantó la mirada.
Adrian seguía frente a ella.
Rey Vampiro de Seattle.
Gobernante durante más de un siglo.
Heredero de una familia que posiblemente había mentido sobre todo.
Y desde el interior del almacén comenzó a sonar una alarma.
Las puertas se abrieron.
Una docena de figuras aparecieron.
Ethan estaba entre ellas.
Eleanor no.
Emma buscó a su madre desesperadamente con la mirada.
Entonces su teléfono vibró.
Número desconocido.
Un video.
Lo abrió.
Su madre aparecía dentro de un vehículo en movimiento.
—Emma, si estás viendo esto, significa que Adrian ya te contó que Lucian era tu padre.
Emma miró a Adrian.
El video continuó.
—Eso fue lo primero que tuve que hacerte creer.
Emma dejó de respirar.
Eleanor acercó el rostro a la cámara.
—Lucian Blackwood no era tu padre.
Pausa.
—Adrian lo era.
El teléfono cayó casi de las manos de Emma.
Vivian giró hacia su hermano.
Marcus dejó de respirar.
Adrian parecía convertido en piedra.
Pero Eleanor aún no había terminado.
—Y si Adrian te dice que nunca estuvo conmigo, pregúntale qué ocurrió en Nueva Orleans el 18 de diciembre de 1998.
La imagen tembló.
Se escuchó un golpe fuera de cámara.
Eleanor miró hacia atrás.
Cuando volvió a hablar, lo hizo rápidamente.
—No hay tiempo. La corona partida no quiere matarte, Emma.
Otro golpe.
—Quiere coronarte.
La transmisión se cortó.
Adrian dio un paso hacia ella.
—Emma, puedo explicarlo.
Ella retrocedió.
—¿Estuvo con mi madre en Nueva Orleans?
Silencio.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Adrian cerró los ojos.
—Sí.
Emma sintió que todo lo que creía saber sobre aquella noche se hacía pedazos.
Las puertas del almacén seguían abiertas.
Las figuras avanzaban.
Y entonces, desde la oscuridad detrás de ellos, una voz masculina habló.
Una voz idéntica a la de Adrian.
—No le creas, Emma.
Todos giraron.
Un hombre salió de las sombras.
Mismo rostro que Adrian.
Mismos ojos.
Misma altura.
Pero una cicatriz atravesaba su mejilla izquierda.
Vivian se quedó blanca.
—Lucian…
El desconocido sonrió.
—Hola, hermana.
Emma miró a Adrian.
Luego al hombre que todos creían muerto.
Lucian levantó una mano.
En su dedo brillaban dos anillos negros idénticos.
—Ahora —dijo— quizá podamos contarle a mi hija quién de nosotros ha estado usando el nombre equivocado durante los últimos ciento treinta años.
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