Besó A Un Desconocido Para Escapar De Su Ex Obsesi...

Besó A Un Desconocido Para Escapar De Su Ex Obsesivo—Pero Cuando Todos Se Inclinaron Ante Él, Descubrió Que Había Elegido Al Rey Vampiro

Besó A Un Desconocido Para Escapar De Su Ex Obsesivo—Pero Cuando Todos Se Inclinaron Ante Él, Descubrió Que Había Elegido Al Rey Vampiro

—Si cruzas esa puerta, Emily, voy a decirle a todos quién eres en realidad.

La voz de Jason Carter llegó desde detrás de ella, baja y venenosa, justo cuando Emily Parker tenía una mano sobre el tirador de bronce del salón principal del Blackwood Hotel.

No gritó.

No corrió.

Ni siquiera se volvió de inmediato.

Porque hacía tres años que había aprendido que los hombres como Jason se alimentaban de reacciones.

De miedo.

De lágrimas.

De explicaciones.

Así que Emily respiró una sola vez, despacio, observó su propio reflejo en el cristal oscuro de la puerta y respondió:

—Entonces asegúrate de contarles la versión completa.

El rostro de Jason cambió.

Solo un poco.

Pero Emily lo vio.

Él no esperaba eso.

Nunca esperaba que ella contestara con calma.

A sus treinta años, Emily había descubierto que la calma podía ser una forma de resistencia más afilada que cualquier grito.

Afuera, la tormenta de noviembre golpeaba las calles de Seattle con una lluvia fría que convertía los reflejos de los semáforos en largas manchas rojas sobre el pavimento.

Dentro del Blackwood, todo era mármol negro, lámparas de cristal y música de cuerdas.

Era la gala anual de la Fundación Mercer.

Un evento al que Emily jamás habría asistido si su mejor amiga, Hannah Brooks, no hubiera conseguido dos invitaciones a través de la firma de arquitectura donde trabajaba.

Emily había ido por una sola razón.

Recordarse que su vida ya no pertenecía a Jason.

Dos meses.

Eso había pasado desde que finalmente lo dejó.

Dos meses desde que empacó tres maletas mientras él estaba en una conferencia en Portland.

Dos meses desde que cambió de número.

Dos meses desde que entregó las llaves del apartamento.

Dos meses desde que bloqueó diecisiete cuentas nuevas que Jason creó para contactarla.

Y, sin embargo, allí estaba él.

Con un traje gris oscuro.

Cabello perfectamente peinado.

Sonrisa impecable.

Como si no hubiera pasado los últimos veinte minutos acorralándola en un corredor del hotel y diciéndole que ella no sabía sobrevivir sin él.

—No hagas esto difícil —murmuró Jason.

Emily soltó el tirador.

Se giró lentamente.

—Tú me seguiste hasta aquí.

—Vine porque estaba invitado.

Mentira.

Ella lo sabía porque Hannah había revisado la lista.

Jason no aparecía en ella.

Pero Jason siempre encontraba una manera.

Conocía gente.

Compraba favores.

Convencía a otros de que lo dejaran entrar en lugares donde no pertenecía.

Era una de las razones por las que Emily había tardado tanto en darse cuenta de lo que él hacía.

Jason nunca parecía amenazante.

Parecía encantador.

Ese era el problema.

—Déjame pasar —dijo ella.

Jason inclinó la cabeza.

—¿Para que vuelvas ahí dentro y sigas fingiendo que eres feliz?

Emily no contestó.

—Te conozco —continuó él—. Mejor que nadie. Sé cuándo estás actuando.

—Ya no me conoces.

—Sé que todavía miras la puerta cuando entras en una habitación.

La mandíbula de Emily se tensó.

—Sé que revisas dos veces la cerradura del coche.

Ella no parpadeó.

—Sé que aún duermes con una luz encendida.

Silencio.

La sonrisa de Jason se ensanchó.

Había encontrado una herida.

Y lo sabía.

—Sé que todavía tienes miedo —dijo.

Emily lo miró durante unos segundos.

Luego bajó la voz.

—Sí.

Jason pareció sorprendido.

—Tengo miedo.

Una pausa.

—Pero aprendí algo después de dejarte.

Jason frunció el ceño.

—Puedo tener miedo y marcharme de todos modos.

El rostro de él perdió la sonrisa.

Emily se giró de nuevo hacia el salón.

Jason agarró su muñeca.

No con violencia suficiente para llamar la atención.

Solo con la presión exacta para recordarle otros momentos.

Otras habitaciones.

Otras discusiones.

Emily bajó la mirada hacia los dedos de él sobre su piel.

Luego levantó los ojos.

—Suéltame.

—Escúchame.

—Suéltame, Jason.

—Necesitamos hablar.

—No.

Él dio un paso más cerca.

—Emily—

—Ha dicho que la sueltes.

La tercera voz surgió desde el extremo del corredor.

Profunda.

Tranquila.

Y tan fría que hasta Jason giró la cabeza.

Un hombre estaba de pie junto a las puertas del ascensor privado.

Alto.

Tal vez seis pies cuatro.

Traje negro sin corbata.

Camisa blanca.

Abrigo largo sobre un brazo.

Cabello oscuro.

Rostro anguloso.

No era el hombre más llamativo del hotel porque llevara joyas o mostrara riqueza.

No llevaba nada de eso.

Era llamativo porque permanecía absolutamente inmóvil.

Como si todo el corredor se hubiera construido alrededor de él.

Emily sintió algo extraño.

No miedo.

Algo más difícil de nombrar.

Una presión en el aire.

Jason soltó su muñeca.

—Esto es privado.

El desconocido lo observó.

—Ya no.

Jason soltó una risa corta.

—¿Y tú quién demonios eres?

El hombre no respondió.

Se limitó a mirar la mano de Jason.

La que acababa de soltar a Emily.

Algo cambió detrás de sus ojos.

Fue tan rápido que Emily pensó que lo había imaginado.

Un destello rojo oscuro.

Jason pareció verlo también porque retrocedió medio paso.

—Emily —dijo—. Vámonos.

Ella casi se rió.

Ese era Jason.

Un segundo antes la amenazaba.

Al siguiente hablaba como si fueran una pareja tomando una decisión juntos.

—No voy contigo.

—No armes una escena.

Emily sintió la antigua rabia subirle por el pecho.

Aquella frase.

Siempre esa frase.

No armes una escena.

Cuando él rompía algo.

No armes una escena.

Cuando él revisaba su teléfono.

No armes una escena.

Cuando él desaparecía durante noches enteras y después la acusaba a ella de ser desconfiada.

No armes una escena.

Cuando le hacía dudar de lo que acababa de escuchar.

No armes una escena.

Cuando la hacía sentir culpable por querer respirar.

Y entonces Emily decidió hacer exactamente lo contrario.

Miró al desconocido.

Él continuaba observándola.

Sereno.

Impenetrable.

Emily caminó hacia él.

Jason dijo su nombre.

Ella no se detuvo.

—Emily.

Dos pasos más.

—Emily, no seas ridícula.

Uno.

—Te vas a arrepentir.

Ella llegó frente al desconocido.

Estaba tan cerca que pudo notar que sus ojos no eran negros como parecían desde lejos.

Eran gris oscuro.

Casi plateados.

—Necesito un favor —susurró ella.

Una ceja del hombre se levantó apenas.

—¿Qué tipo de favor?

—Uno extraño.

—Los extraños suelen ser los más interesantes.

Jason avanzó.

—Emily, aléjate de él.

Ella mantuvo la mirada fija en el desconocido.

—¿Puedo besarte?

Por primera vez, el hombre pareció realmente sorprendido.

No mucho.

Pero sí lo suficiente.

Detrás de ella, Jason soltó una maldición.

Emily no apartó los ojos.

—Solo una vez —añadió—. Y puedes decir que no.

El desconocido miró por encima del hombro de Emily.

Hacia Jason.

Después volvió a ella.

—¿Quieres besarlo a él?

Emily casi sonrió.

—Prefiero besar una pared.

Una sombra de diversión pasó por el rostro del hombre.

—Eso responde a una pregunta distinta.

Emily entendió.

Él quería saber si ella estaba usando el beso únicamente para provocar a Jason.

—No —respondió—. No quiero besarlo a él.

—Bien.

—¿Eso significa que sí?

—Significa que si me besas, debería ser porque tú decidiste hacerlo.

El corazón de Emily golpeó una vez con fuerza.

No supo por qué aquellas palabras le afectaron tanto.

Tal vez porque Jason llevaba años convirtiendo todas sus decisiones en negociaciones.

Tal vez porque aquel desconocido, con una sola frase, acababa de devolverle algo que ella creía perdido.

Emily levantó el rostro.

—Entonces lo decido yo.

Y lo besó.

Esperaba algo rápido.

Una actuación.

Dos segundos.

Tal vez tres.

Lo suficiente para que Jason entendiera.

Pero el instante en que sus labios tocaron los del desconocido, el mundo pareció hacerse más silencioso.

El hombre no la tocó de inmediato.

Esperó.

Como si incluso entonces necesitara asegurarse de que ella no retrocedería.

Emily apoyó una mano contra su pecho.

Sintió un pulso.

Lento.

Demasiado lento.

Entonces él colocó una mano en su cintura.

Su piel estaba fría.

No desagradablemente fría.

Solo distinta.

Y Emily sintió una descarga inexplicable recorrerle la espalda.

El beso duró quizás cinco segundos.

Tal vez ocho.

Cuando se separó, tuvo que recordar por qué lo había hecho.

Jason estaba pálido.

—Estás enferma —dijo.

Emily giró la cabeza hacia él.

—No.

Se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.

—Estoy soltera.

Jason apretó los puños.

—Esto no ha terminado.

El desconocido habló antes de que Emily pudiera hacerlo.

—Sí.

Solo esa palabra.

Jason lo miró.

El hombre avanzó un paso.

—Para esta noche, sí.

Jason tragó saliva.

Y entonces ocurrió algo extraño.

Dos hombres aparecieron desde el vestíbulo.

Ambos llevaban trajes oscuros.

Uno tocó discretamente su oreja, como si usara un comunicador.

El otro miró al desconocido.

Esperó.

El desconocido hizo un movimiento mínimo con dos dedos.

Los hombres se detuvieron.

Jason miró de uno a otro.

Algo de su arrogancia se desinfló.

—Emily —dijo, más bajo—. Te llamaré.

—No lo hagas.

Él la miró durante un largo segundo.

Luego se marchó.

Emily esperó hasta que desapareció alrededor de la esquina.

Solo entonces dejó salir el aire.

—Gracias.

El desconocido seguía observándola.

—De nada.

Ella se frotó la muñeca.

Él miró el gesto.

—¿Te hizo daño?

—No.

Una pausa.

—No esta vez.

Los ojos grises se endurecieron.

—¿Esta vez?

Emily se arrepintió inmediatamente de haberlo dicho.

—No importa.

—Parece importar.

—No te conozco.

—Eso es cierto.

—Y acabo de besarte sin conocerte, así que probablemente ya agoté mi cuota de decisiones cuestionables para la noche.

El hombre sonrió.

Realmente sonrió.

Fue una transformación sorprendente.

De pronto parecía menos peligroso.

Y, de alguna manera, más.

—Adrian —dijo.

—¿Qué?

—Mi nombre. Adrian.

Emily dudó.

—Emily.

—Lo sé.

Ella frunció el ceño.

Adrian inclinó la cabeza hacia la tarjeta dorada prendida a su vestido.

EMILY PARKER.

—Ah.

Emily miró la tarjeta.

—Por un segundo eso fue inquietante.

—Intentaré ser más decepcionante.

—Sería un cambio.

Adrian volvió a mirar el corredor por donde Jason había desaparecido.

—¿Necesitas que alguien te acompañe a casa?

Emily negó con la cabeza.

—Mi amiga está dentro.

—¿Sabe lo que acaba de pasar?

—Todavía no.

—Entonces sospecho que estoy a unos minutos de ser interrogado.

Emily soltó una risa.

La primera risa real de toda la noche.

Adrian pareció escucharla con una atención extraña.

Como si hubiera memorizado el sonido.

Antes de que pudiera decir algo más, las puertas del salón principal se abrieron.

Hannah apareció.

Vestido azul oscuro.

Cabello rojizo recogido.

Expresión de alarma.

—¡Emily!

Corrió hacia ella.

—Te he buscado por todas partes. Tu teléfono está apagado y—

Se detuvo.

Miró a Emily.

Miró a Adrian.

Volvió a mirar a Emily.

—Oh.

Emily cerró los ojos.

—Hannah.

—¿Quién es él?

—Hannah.

—¿Y por qué tienes esa cara?

—¿Qué cara?

—La cara de “acabo de hacer algo que mañana voy a fingir que fue razonable”.

Adrian tosió discretamente.

Emily lo miró.

—No te rías.

—No lo estaba haciendo.

—Mentiroso.

Hannah abrió los ojos aún más.

—¿Lo conoces?

—Desde hace unos cuatro minutos.

—Cinco —corrigió Adrian.

Emily lo miró.

—Eso no ayuda.

Hannah llevó una mano al pecho.

—Emily Parker, dime que no acabas de—

—Fue un beso.

—¿Qué?

—Jason apareció.

La expresión divertida de Hannah desapareció.

—¿Dónde?

—Ya se fue.

—¿Te tocó?

Emily bajó la vista a su muñeca.

Hannah lo notó.

—Voy a romperle—

—No.

Emily tomó su mano.

—No vale la pena.

Hannah señaló a Adrian.

—¿Y él?

—Él ayudó.

Hannah respiró.

Luego le tendió la mano.

—Hannah Brooks. Gracias por ayudar a mi amiga.

Adrian observó la mano durante una fracción de segundo antes de estrecharla.

—Adrian.

—¿Adrian qué?

Él abrió la boca.

Pero antes de responder, las puertas del salón se abrieron otra vez.

Y esta vez nadie salió.

Todos dentro se quedaron en silencio.

Literalmente.

La música se detuvo.

Una conversación murió a mitad de una frase.

Hannah giró la cabeza.

Emily también.

Una mujer mayor, alta y elegante, con cabello plateado y un vestido color borgoña, estaba de pie dentro del salón.

A su lado había un hombre de unos cincuenta años con traje formal.

Ambos miraban a Adrian.

La mujer plateada inclinó ligeramente la cabeza.

Luego puso una mano sobre su corazón.

Detrás de ella, otras personas hicieron lo mismo.

Uno.

Luego tres.

Luego una docena.

Emily sintió que su estómago se hundía.

—Adrian —dijo la mujer.

Su voz atravesó el salón entero.

—Majestad.

Hannah dejó de respirar.

Emily parpadeó.

—¿Majestad?

Adrian cerró los ojos durante medio segundo.

Como un hombre que acababa de ver llegar exactamente el problema que esperaba evitar.

Emily lo miró.

—¿Qué demonios significa eso?

Hannah apretó los dedos alrededor del brazo de Emily.

—Em.

—¿Qué?

—Creo que acabas de besar a Adrian Vale.

—¿Quién es Adrian Vale?

Hannah giró lentamente la cabeza.

La expresión de su rostro no tenía nada de broma.

—El Rey de la Corte Nocturna.

Emily esperó.

—Eso no significa nada para mí.

Hannah tragó saliva.

—El rey vampiro.

El corredor se volvió demasiado silencioso.

Emily miró a Adrian.

Adrian la miró a ella.

—Técnicamente —dijo él—, prefiero Adrian.

Emily no supo si reír o desmayarse.

Así que hizo lo que siempre hacía cuando el mundo dejaba de tener sentido.

Pensó.

Observó.

Respiró.

—Vampiro —repitió.

—Sí.

—¿De verdad?

—Sí.

—¿Bebes sangre?

Hannah emitió un sonido ahogado.

Adrian, en cambio, parecía divertido.

—A veces.

—¿Duermes en un ataúd?

—No.

—¿Te conviertes en murciélago?

—Definitivamente no.

—¿El sol te mata?

—Me irrita.

Emily lo miró fijamente.

—Eso suena menos impresionante.

—Muchos mitos pierden elegancia bajo interrogatorio.

La mujer plateada se acercó.

—Majestad, los delegados esperan.

Adrian no apartó la mirada de Emily.

—Que esperen.

La mujer observó a Emily por primera vez.

Sus ojos descendieron brevemente hacia la mano de Adrian, todavía cerca de la cintura de Emily.

Algo indescifrable cruzó su expresión.

—Naturalmente.

Adrian se volvió hacia Emily.

—Debo entrar.

—Sí.

Ella dio un paso atrás.

—Por supuesto.

—Emily.

—¿Qué?

—No tengas miedo.

Ella lo estudió.

—No tengo miedo de ti.

La mujer plateada levantó una ceja.

Adrian pareció sorprendido.

—¿No?

—Todavía no.

Él sonrió.

—Eso es razonable.

Emily tomó a Hannah del brazo.

—Nos vamos.

—¿Nos vamos? —susurró Hannah—. ¿Después de besar al rey vampiro en un pasillo?

—Especialmente después de besar al rey vampiro en un pasillo.

Adrian caminó hacia las puertas.

Antes de cruzarlas, se volvió.

—Emily.

Ella lo miró.

—¿Sí?

—Jason Carter no entrará aquí esta noche.

No fue una amenaza.

No sonó a promesa.

Sonó a hecho.

Emily sintió el mismo escalofrío de antes.

—Gracias.

Adrian entró al salón.

Y todos aquellos hombres y mujeres que minutos antes bebían champaña y hablaban de donaciones millonarias se apartaron de su camino.

Hannah esperó hasta que desapareció entre ellos.

Luego agarró a Emily por ambos hombros.

—¿Qué acabas de hacer?

—Entrar en pánico con estilo.

—Besaste al rey vampiro.

—Ya lo mencionaste.

—Al hombre más peligroso de la costa oeste.

Emily miró hacia el salón.

—No parecía peligroso.

Hannah la miró como si acabara de decir que un tigre parecía abrazable.

—Emily.

—¿Qué?

—Hay historias sobre él.

—Hay historias sobre todos los hombres ricos.

—No así.

Hannah bajó la voz.

—La Corte Nocturna controla prácticamente todos los clanes vampiros desde Vancouver hasta San Diego. Adrian Vale heredó el trono hace ciento doce años.

Emily dejó de caminar.

—¿Ciento doce?

—Como rey.

—¿Y cuántos años tiene?

—Nadie lo sabe.

Emily volvió lentamente la cabeza hacia las puertas.

—Genial.

—¿Por qué?

—Porque besé a alguien que podría haber conocido a Abraham Lincoln.

—Lincoln murió antes de—

—No necesito precisión histórica ahora mismo.

Hannah tuvo que cubrirse la boca para no reír.

Caminaron hacia el guardarropa.

Emily recuperó su abrigo.

Intentó convencerse de que aquello era simplemente una historia absurda que contaría algún día.

El ex apareció.

Ella besó a un desconocido.

El desconocido resultó ser un vampiro.

Fin.

Pero, mientras salían del Blackwood, Emily miró una vez hacia las ventanas del piso superior.

Adrian estaba allí.

Detrás del cristal.

Observándola.

No levantó la mano.

No sonrió.

Solo la vio marcharse.

Emily apartó la mirada.

Y por primera vez en dos meses, Jason no fue el hombre en quien pensó mientras conducía a casa.

Eso debería haberla preocupado.

La semana siguiente comenzó con normalidad.

O al menos con la versión de normalidad que Emily había construido después de dejar a Jason.

Se levantaba a las seis y quince.

Café.

Ducha.

Cabello recogido.

Veinte minutos revisando planos en la mesa de su pequeño apartamento en Queen Anne.

Emily trabajaba como ingeniera estructural en Calder & Finch, una firma mediana que diseñaba hospitales, edificios residenciales y algunos proyectos públicos.

Amaba su trabajo porque los edificios no mentían.

Si una viga estaba sobrecargada, los números lo demostraban.

Si una columna fallaba, había una razón.

Las estructuras podían ser complicadas.

Pero no manipulaban.

El lunes a las nueve cuarenta, su jefe dejó una carpeta sobre su escritorio.

—Proyecto nuevo.

Emily abrió la cubierta.

BLACKWOOD HISTORIC RENOVATION.

Se quedó inmóvil.

—No.

Thomas Finch frunció el ceño.

—¿No?

—Quiero decir…

Emily carraspeó.

—¿Blackwood como el hotel?

—El mismo.

—¿Por qué nosotros?

—Porque el cliente pidió específicamente que lideraras la inspección preliminar.

Emily levantó la mirada.

—¿Quién es el cliente?

Thomas sonrió.

—Vale Holdings.

Emily cerró la carpeta.

—No.

—Otra vez esa palabra.

—Dáselo a Marcus.

—Marcus está en Denver.

—Priya.

—Hospital infantil.

—Daniel.

—Licencia.

Emily lo miró.

Thomas cruzó los brazos.

—¿Hay alguna razón profesional por la que no puedas aceptar este proyecto?

Profesional.

No.

Personalmente, había besado al propietario en un corredor sin saber que tenía colmillos.

Eso probablemente no pertenecía al formulario de conflicto de intereses.

—No —dijo Emily.

—Perfecto.

Thomas golpeó la carpeta.

—Inspección mañana. Nueve en punto.

Emily esperó hasta que se marchó.

Luego sacó el teléfono.

Tenía un mensaje de Hannah.

¿Has oído del Rey Drácula?

Emily respondió:

No.

Mentira.

Había buscado su nombre.

Solo una vez.

Bueno.

Cuatro veces.

Adrian Vale.

Empresario.

Filántropo.

CEO de Vale Holdings.

Fotografiado en eventos separados por décadas sin parecer haber envejecido.

Y, en páginas que no aparecían en Google fácilmente, títulos más extraños.

Rey de la Corte Nocturna.

Señor de los Nueve Pactos.

Custodio del Umbral Occidental.

Emily había cerrado la computadora cuando vio una fotografía fechada en 1924.

Adrian.

Mismo rostro.

Mismos ojos.

Ahora miró la carpeta del Blackwood.

Su teléfono vibró.

Número desconocido.

No contestó.

Dejó que sonara.

Segundos después llegó un mensaje.

Emily.

Jason.

Bloqueó el número.

Otro apareció dos minutos después.

Tenemos que hablar sobre tu padre.

Emily se congeló.

Su padre había muerto diez años atrás.

Accidente automovilístico.

Un camión cruzó la línea central cerca de Spokane.

No había nada que hablar.

Bloqueó también aquel número.

Pero no volvió a concentrarse en los cálculos.

A la mañana siguiente llegó al Blackwood a las ocho cincuenta y dos.

Era una regla personal.

Nunca llegar tarde.

Especialmente cuando estaba nerviosa.

El gerente del hotel la recibió en el vestíbulo.

—Señorita Parker.

—Emily está bien.

—Por supuesto. Soy Martin Shaw.

Cincuenta años.

Sonrisa profesional.

Traje azul.

—Tenemos los planos originales preparados en la sala norte.

—Perfecto.

—El señor Vale pidió que se le concediera acceso completo.

Emily lo miró.

—¿Completo?

—Áreas públicas, privadas, subsuelos y estructura oeste.

Eso era extraño.

Los propietarios casi nunca permitían acceso sin restricciones durante una evaluación preliminar.

—¿Alguna razón?

Martin dudó.

—El señor Vale es meticuloso.

Emily ocultó una sonrisa.

—Me di cuenta.

Caminaron hacia un ascensor.

Las puertas se abrieron.

Adrian estaba dentro.

Solo.

Emily se detuvo.

Él llevaba pantalones negros y una camisa oscura con las mangas ligeramente remangadas.

Sin traje.

Sin corbata.

Parecía peligrosamente normal.

—Buenos días —dijo.

Martin inclinó la cabeza.

—Majestad.

Emily miró al gerente.

—¿Todos hacen eso?

Adrian suspiró.

—He intentado que dejen de hacerlo.

—No con mucho éxito.

Martin murmuró algo sobre revisar los planos y se marchó.

Emily entró al ascensor.

Las puertas se cerraron.

Silencio.

—¿Tú pediste mi firma? —preguntó.

—Tu firma de ingeniería, sí.

—¿Por qué?

—Porque eres buena.

—Eso suena sospechosamente conveniente.

—Revisé tu trabajo.

—¿Antes o después de que te besara?

—Después.

Emily cruzó los brazos.

—Entonces esto sí tiene que ver con el beso.

—Indirectamente.

—Adrian.

—Emily.

Ella lo miró.

Él parecía disfrutar demasiado.

—No quiero trabajos por razones personales.

La expresión de Adrian cambió.

—No te lo ofrecí por eso.

—¿Entonces?

El ascensor comenzó a bajar.

—Después de conocerte busqué información sobre ti.

Emily sintió tensión en la espalda.

—Eso no me gusta.

—Lo entiendo.

—Jason hacía eso.

Adrian quedó inmóvil.

Luego habló más despacio.

—Entonces debería haberlo explicado antes.

Emily esperó.

—Vale Holdings estaba considerando varias firmas. Tu nombre apareció en dos proyectos hospitalarios. Revisé tus informes.

—¿Y?

—Encontraste un error que tres consultores habían ignorado.

—Una transferencia de carga mal calculada.

—Que habría costado millones.

—Probablemente.

—Y quizás vidas.

Emily bajó la mirada.

—Quizás.

—No te elegí porque me besaste.

Adrian se acercó un paso.

No demasiado.

—Te elegí porque detectas cosas que otros prefieren no ver.

Las puertas se abrieron.

Emily salió primero.

—Eso fue una buena respuesta.

—Era la verdad.

—Las buenas respuestas suelen serlo.

Llegaron a una sección antigua del hotel.

Paredes de piedra.

Tuberías expuestas.

Luces industriales.

Emily se concentró en el trabajo.

Tomó medidas.

Fotografió conexiones.

Golpeó columnas.

Revisó asentamientos.

Adrian permaneció a distancia.

No interfería.

No hacía comentarios innecesarios.

Eso la sorprendió.

Jason habría explicado su propio edificio a un ingeniero como si tuviera un doctorado en arquitectura.

Después de cuarenta minutos, Emily se arrodilló frente a una grieta diagonal.

—Esto no estaba en el informe de 2019.

Adrian se acercó.

—¿Grave?

—No lo sé todavía.

Tocó la pared.

—¿Qué hay detrás?

Adrian no respondió.

Emily lo miró.

—¿Qué?

—Una sección antigua.

—Eso no es una respuesta.

—Una sección muy antigua.

—Adrian.

Él suspiró.

—Túneles.

Emily se levantó.

—¿Qué tipo de túneles?

—Los que no aparecen en los planos municipales.

—Eso es exactamente el tipo de frase que un ingeniero nunca quiere escuchar.

Adrian casi sonrió.

—Tienen más de ciento cincuenta años.

—¿Para qué se usaban?

—Originalmente, contrabando.

—¿Y después?

—Otras cosas.

—¿Vampiros?

—Entre otras.

Emily cerró los ojos.

—Voy a necesitar café.

Adrian la llevó a una cocina de servicio.

Él preparó dos tazas.

Emily observó.

—¿Bebes café?

—Sí.

—¿Comes comida?

—Sí.

—Entonces internet miente mucho.

—Internet también dice que Keanu Reeves es inmortal.

—¿No lo es?

Adrian la miró.

Emily sonrió.

—Broma.

Él le entregó una taza.

Sus dedos se rozaron.

Otra vez aquel frío.

Emily miró su mano.

—Tu piel siempre está fría.

—La tuya siempre está caliente.

—Eso sonó más íntimo de lo necesario.

—Lo siento.

—No pareces sentirlo.

Adrian bebió café.

—No demasiado.

Emily negó con la cabeza.

Volvieron al subsuelo.

Durante dos horas trabajó sin incidentes.

Hasta que encontró la puerta.

Estaba escondida detrás de una pared falsa.

Una placa metálica antigua.

Sin manija visible.

Sobre ella había un símbolo tallado.

Un círculo atravesado por tres líneas.

Emily pasó el dedo cerca, sin tocarlo.

—Esto no es parte de la estructura original.

Adrian dejó de moverse.

—No.

Ella miró el símbolo.

Luego su cara.

—¿Qué es?

—Nada relacionado con tu inspección.

—Está instalado en un muro portante.

—Entonces técnicamente sí.

Adrian permaneció en silencio.

Emily señaló una fractura junto al marco.

—Algo detrás está ejerciendo presión.

—¿Puedes repararlo sin abrirlo?

—Quizás.

—Hazlo.

—Eso sonó a orden real.

—Petición urgente.

—¿Por qué no quieres abrir la puerta?

Adrian se acercó.

—Porque algunas puertas se construyen para mantener cosas fuera.

—¿Y otras?

Sus ojos grises se clavaron en ella.

—Para mantener cosas dentro.

Emily pensó que estaba bromeando.

Hasta que escuchó un golpe.

Desde el otro lado.

Uno.

Seco.

Profundo.

Emily dio un paso atrás.

Segundo golpe.

Más fuerte.

Adrian dejó la taza de café.

—Sube.

—¿Qué hay detrás?

Tercer golpe.

El metal vibró.

—Emily.

—No voy a correr sin saber—

La puerta se abolló hacia afuera.

Adrian estuvo frente a ella en un instante.

No lo vio moverse.

Literalmente.

Un momento estaba a tres metros.

Al siguiente bloqueaba la puerta con su cuerpo.

Emily dejó caer el medidor.

—¿Cómo…?

—Ahora.

Su voz cambió.

Más profunda.

Los ojos ya no eran grises.

Eran rojos.

Emily corrió.

No por obediencia.

Por lógica.

Algo acababa de golpear una puerta de acero con suficiente fuerza para deformarla.

El orgullo podía esperar.

Llegó a la escalera.

Detrás escuchó metal rasgándose.

Luego un sonido que jamás había oído.

No animal.

No humano.

Algo entre ambos.

Emily subió.

Dos hombres de seguridad bajaban corriendo.

Uno la tomó del brazo.

—Por aquí.

—Adrian está abajo.

—Lo sabemos.

—Está solo.

El guardia la miró como si eso fuera lo menos preocupante del mundo.

—Su Majestad prefiere estarlo.

Cinco minutos después Emily estaba en una sala cerrada del primer piso con una manta sobre los hombros que no había pedido.

Martin Shaw hablaba por teléfono.

Hannah estaba a veinte minutos porque Emily la había llamado automáticamente.

Y Adrian no aparecía.

Diez minutos.

Quince.

Veintitrés.

Emily dejó la manta.

—Voy abajo.

El guardia bloqueó la puerta.

—No.

—Soy la ingeniera responsable.

—Ya no.

—¿Perdón?

—El edificio ha sido evacuado.

—No me importa.

—A Su Majestad sí.

Emily lo miró.

—Muévete.

El hombre parecía sinceramente incómodo.

—Señorita Parker—

La puerta se abrió detrás de él.

Adrian entró.

La camisa estaba rota en un hombro.

Una línea oscura recorría su cuello.

Sangre.

Pero no roja.

Más oscura.

Casi negra.

Emily se levantó.

—Estás herido.

—Estoy bien.

—Eso dicen todos los hombres justo antes de necesitar puntos.

Adrian miró al guardia.

—Déjanos.

El hombre salió.

Emily se acercó.

—Siéntate.

—Emily—

—Siéntate.

Para su sorpresa, el rey vampiro obedeció.

Ella buscó un botiquín.

—¿Los vampiros usan desinfectante?

—A veces.

—¿Puntos?

—Raramente.

Emily abrió la camisa rota lo suficiente para ver una herida en su hombro.

Se quedó quieta.

La herida estaba cerrándose.

Frente a sus ojos.

—Eso es…

—Útil.

—Perturbador.

—También.

Emily levantó la mirada.

—¿Qué había ahí abajo?

Adrian no respondió.

—No me digas que no importa.

—Importa demasiado.

—Entonces dime.

Él la observó durante un largo momento.

—Un ghoul.

Emily parpadeó.

—¿Como en las películas?

—No.

—Claro. Porque eso habría sido demasiado fácil.

—Alguien lo encerró ahí hace tres noches.

Emily dejó el algodón.

—¿Alguien?

—Sí.

—¿Dentro de tu hotel?

—Sí.

—¿Para atacarte?

Adrian miró la puerta.

—Tal vez.

Emily recordó la grieta.

El muro deformado.

—No.

—¿No qué?

—No estaba destinado a ti.

Adrian volvió la mirada.

—Explícate.

Emily tomó su tablet.

Abrió fotografías.

—Mira la fractura.

Adrian observó.

—La presión comenzó desde esta esquina.

—Sí.

—¿Y?

—Si algo hubiera querido salir simplemente por fuerza, el daño sería radial alrededor del marco. Pero aquí…

Amplió la imagen.

—Alguien debilitó el punto exacto.

—Desde fuera.

—Sí.

Adrian se quedó muy quieto.

Emily continuó.

—La criatura no debía permanecer encerrada. Alguien quería que escapara.

—Durante tu inspección.

—Exacto.

Adrian se puso de pie.

—¿Quién sabía que estarías aquí?

—Mi jefe.

—¿Quién más?

—La administración del hotel. Probablemente cualquiera que viera el calendario.

Adrian caminó hacia la ventana.

—Jason.

Emily se tensó.

—No.

—Te siguió a la gala.

—Eso no significa que pueda meter monstruos en un sótano.

—No conoces toda su vida.

—Tú tampoco.

Adrian giró lentamente.

—Conozco suficiente.

Emily dio un paso hacia él.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—Adrian.

Silencio.

—Revisé a Jason Carter.

—Después del beso.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque te agarró.

—Eso no te da derecho a investigar mi vida.

—No investigué la tuya.

—Investigaste la de alguien conectado conmigo.

—Que representa una amenaza.

—Esa decisión me corresponde a mí.

Adrian abrió la boca.

Emily levantó una mano.

—No.

Él la miró.

—No voy a reemplazar a un hombre que controlaba todo con otro que dice hacerlo para protegerme.

Las palabras quedaron entre ellos.

Adrian no se defendió.

No dijo que era diferente.

No dijo que ella exageraba.

Simplemente asintió.

—Tienes razón.

Emily no esperaba eso.

—¿Qué?

—Tienes razón.

—Ah.

—No volveré a hacerlo sin tu permiso.

Ella lo estudió.

—¿Así de fácil?

—No es fácil.

Adrian dio un paso más cerca.

—Pero sigue siendo tu vida.

Emily sintió que algo dentro de ella se movía.

Pequeño.

Peligroso.

Algo parecido a confianza.

—¿Qué encontraste sobre Jason?

—¿Quieres saber?

—Sí.

—¿Me das permiso para decírtelo?

Ella exhaló por la nariz.

—Eso fue excesivamente literal.

—Estoy aprendiendo.

—Dime.

Adrian tomó un sobre de su bolsillo interior.

—Jason no trabaja únicamente en inversiones inmobiliarias.

Emily recibió el sobre.

Dentro había fotografías.

Jason entrando a un almacén.

Jason con hombres que ella no reconocía.

Jason entregando una caja metálica.

Otra imagen.

Jason hablando con alguien frente a un club privado.

Emily reconoció al hombre.

Lo había visto en la gala.

—¿Quién es?

—Victor Lang.

—¿Humano?

—No.

Emily levantó la mirada.

—¿Vampiro?

—Sí.

—¿Amigo tuyo?

—Todo lo contrario.

Emily volvió a las imágenes.

—¿Por qué Jason se reúne con él?

—Eso estoy intentando averiguar.

En aquel instante su teléfono vibró.

Número desconocido.

Un mensaje.

Bonito novio nuevo.

Emily sintió hielo en el estómago.

Luego llegó una fotografía.

Ella y Adrian en el corredor.

Besándose.

Tomada desde lejos.

Desde detrás de una puerta.

Adrian vio su rostro.

—¿Qué pasa?

Emily le mostró la pantalla.

Los ojos de Adrian cambiaron.

No completamente rojos.

Solo un destello.

—¿Cuándo fue tomada?

—La gala.

Otro mensaje.

Pregúntale qué pasó con tu padre.

Emily dejó de respirar.

Adrian vio las palabras.

—Emily.

—No.

—¿Qué pasó con tu padre?

Ella guardó el teléfono.

—Murió.

—¿Cómo?

—Accidente.

—¿Cuándo?

—Hace diez años.

Adrian se quedó inmóvil.

—¿Dónde?

—Cerca de Spokane.

—¿Qué fecha?

Emily frunció el ceño.

—Doce de noviembre.

La expresión de Adrian cambió.

No mucho.

Pero suficiente.

Emily lo notó.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso no fue nada.

—Emily—

—¿Qué pasó el doce de noviembre?

Adrian no respondió.

Ella dio un paso hacia él.

—¿Conocías a mi padre?

Silencio.

La puerta se abrió.

Una mujer entró sin llamar.

La misma mujer de cabello plateado de la gala.

—Majestad, tenemos un problema.

Adrian no apartó los ojos de Emily.

—¿Qué problema?

La mujer miró a Emily.

Dudó.

—Encontramos una marca en la puerta inferior.

—¿Cuál?

—La de los Ashcroft.

Adrian palideció.

Emily miró de uno a otro.

—¿Qué significa eso?

La mujer habló.

—Que la criatura no fue dejada para atacar al rey.

Adrian cerró los ojos.

Como si ya lo supiera.

Emily sintió que la sangre le abandonaba el rostro.

—Entonces ¿para quién?

La mujer plateada la miró.

—Para usted.

Esa noche Emily no volvió a su apartamento.

No porque Adrian lo ordenara.

De hecho, tuvo suficiente inteligencia para no hacerlo.

Fue Hannah quien insistió.

—Hay literalmente criaturas intentando matarte.

—No sabemos si intentaban matarme.

—Em, cuando nuestra defensa empieza con “quizás el monstruo del sótano tenía otra intención”, ya perdimos el argumento.

Emily estaba sentada en el apartamento de Hannah, usando pantalones deportivos prestados y bebiendo té.

Adrian permanecía junto a la ventana.

La mujer plateada se presentó como Eleanor Vale.

No era la madre de Adrian.

Tampoco su hermana.

—Consejera —había dicho.

Hannah esperaba más.

Eleanor no ofreció más.

Dos guardias estaban en el pasillo exterior.

Emily había protestado.

Adrian había preguntado:

—¿Quieres que se vayan?

Ella miró el mensaje en su teléfono.

Bonito novio nuevo.

Pregúntale qué pasó con tu padre.

—No.

Así que se quedaron.

A la una y cuarto de la madrugada, Hannah se durmió en el sofá.

Eleanor salió a hacer una llamada.

Emily quedó sola con Adrian.

—¿Qué sabes de mi padre?

Él no intentó evitarlo.

—Su nombre era Daniel Parker.

—Eso puedo encontrarlo en internet.

—Era ingeniero.

Emily asintió.

—Especializado en túneles y estructuras subterráneas.

Ella lo miró.

—Sí.

—Trabajó para Vale Holdings.

Emily dejó la taza.

—No.

—Brevemente.

—Mi padre trabajó para el condado.

—Y como consultor independiente.

—Nunca lo mencionó.

—Probablemente para protegerte.

Emily sintió rabia.

—Deja de decir eso.

—¿Qué?

—Protegerme.

Su voz seguía baja.

Pero más dura.

—Todos usan esa palabra cuando deciden que tienen derecho a ocultarme algo.

Adrian guardó silencio.

Emily continuó.

—Jason protegía mi carrera revisando mis correos. Protegía nuestra relación diciéndome con quién podía salir. Protegía mi reputación corrigiéndome frente a sus amigos.

Miró a Adrian.

—Así que no me digas que mi padre me protegió. Dime lo que hizo.

Adrian asintió.

—Daniel encontró algo bajo Seattle.

—¿Qué?

—Una cámara.

—¿De qué tipo?

—Una prisión.

Emily pensó en la puerta del hotel.

—¿Para ghouls?

—No.

Una pausa.

—Para algo mucho peor.

Emily esperó.

Adrian miró hacia Hannah dormida.

Luego bajó la voz.

—Hace siglos hubo familias humanas que colaboraban con nuestra especie. Constructores. Médicos. Jueces. Guardianes.

—Suena como una sociedad secreta.

—Lo era.

—¿Y mi padre pertenecía?

—No al principio.

Adrian caminó hacia la mesa.

—Daniel encontró registros durante una excavación. Planos que no debían existir.

—¿Qué mostraban?

—Una red de cámaras selladas.

Emily sintió un nudo en el estómago.

—¿Y él te contactó?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Tres meses antes de morir.

Silencio.

Emily miró el vapor de su té.

—¿Su muerte fue un accidente?

Adrian tardó demasiado.

Eso fue suficiente.

Ella levantó los ojos.

—Dilo.

—No lo sé.

—Mentira.

—No tengo pruebas.

—¿Qué crees?

Adrian sostuvo su mirada.

—Creo que alguien quería que Daniel Parker dejara de buscar.

Emily se puso de pie.

No lloró.

Ni siquiera estuvo cerca.

Pero el mundo pareció inclinarse un poco.

Diez años.

Diez años aceptando un informe.

Lluvia.

Una curva.

Un conductor cansado.

Una tragedia.

Nada más.

—¿Estabas allí?

Adrian negó con la cabeza.

—Llegué después.

—¿Al lugar del accidente?

—Sí.

—¿Por qué?

—Tu padre me llamó esa noche.

Emily sintió que el aire desaparecía.

—¿Qué dijo?

Adrian no contestó de inmediato.

—Que había encontrado la puerta equivocada.

—¿Qué significa?

—Nunca lo averigüé.

—¿Y después?

—La llamada terminó.

—¿Y tú fuiste a buscarlo?

—Sí.

—¿Estaba vivo?

Adrian cerró los ojos.

—Cuando llegué, no.

Emily giró la cabeza.

La ventana mostraba luces lejanas de Seattle.

Durante varios segundos no dijo nada.

Luego preguntó:

—¿Me viste?

Adrian frunció el ceño.

—¿Qué?

—En el funeral.

Silencio.

Emily lo miró.

—Estabas ahí.

Él no respondió.

—Yo te vi.

La memoria volvió como una fotografía olvidada.

Un hombre alto al fondo del cementerio.

Abrigo negro.

Bajo la lluvia.

Emily tenía veinte años.

No había podido recordar su rostro.

Hasta ahora.

—Eras tú.

—Sí.

—¿Por qué no hablaste conmigo?

—No sabía cuánto sabía la gente que lo perseguía.

—Así que desapareciste.

—Sí.

Emily soltó una risa sin humor.

—Excelente trabajo protegiéndome.

Adrian aceptó el golpe.

—Sí.

—¿Jason tiene algo que ver?

—No lo sé.

—Entonces averígualo.

Él la miró.

—¿Me das permiso?

Emily sostuvo sus ojos.

—Sí.

—Bien.

—Pero yo participo.

—Emily—

—No.

Ella se acercó.

—Mi padre. Mi ex. Mi vida.

Adrian apretó la mandíbula.

—Puede ser peligroso.

—Ya es peligroso.

—No sabes lo que hay detrás.

—Entonces enséñame.

Durante un segundo, el rey vampiro que podía ordenar a salones enteros inclinar la cabeza pareció no saber qué decir.

Finalmente asintió.

—Mañana.

Emily tomó su taza otra vez.

—Hoy.

—Son casi las dos.

—Los vampiros no duermen.

—Eso también es un mito.

—Adrian.

Él sonrió ligeramente.

—A las siete.

—Seis.

—Seis treinta.

—Trato.

Ella extendió la mano.

Adrian la miró.

Después la estrechó.

Fría.

Firme.

Y esa vez Emily notó que su pulso se aceleraba.

No el de él.

El suyo.

A las seis treinta, Eleanor llevó una caja metálica al apartamento de Hannah.

La colocó sobre la mesa.

—Fue encontrada entre las pertenencias de Daniel Parker.

Emily la miró.

—¿La tenían ustedes?

Eleanor no pestañeó.

—Sí.

—Durante diez años.

—Sí.

Emily volvió lentamente la cabeza hacia Adrian.

—¿Sabías esto?

—No.

Eleanor habló antes de que él lo hiciera.

—Yo la oculté.

Adrian se tensó.

—Eleanor.

—Era necesario.

—No era tu decisión.

Emily soltó una pequeña risa.

Ambos la miraron.

—Qué curioso escuchar eso viniendo de ti.

Adrian casi sonrió.

Eleanor no.

—Señorita Parker, su padre pidió que nadie abriera la caja hasta que apareciera una señal específica.

—¿Qué señal?

Eleanor sacó una fotografía.

El símbolo de la puerta del Blackwood.

Círculo.

Tres líneas.

Emily miró la caja.

Tenía el mismo símbolo grabado en la tapa.

—¿Y la llave?

Eleanor señaló a Emily.

—Usted.

Emily frunció el ceño.

—¿Yo?

—Su collar.

Emily tocó automáticamente la fina cadena que llevaba desde los diecisiete años.

Un pequeño colgante de plata.

Regalo de su padre.

Nunca se lo quitaba.

Lo sostuvo.

Era una pieza ovalada.

Simple.

Excepto por tres diminutas ranuras laterales.

Adrian la observó.

—Nunca lo había visto de cerca.

Emily se lo quitó.

El colgante encajó perfectamente en una abertura de la caja.

Clic.

Los seguros se soltaron.

Nadie habló.

Emily levantó la tapa.

Dentro había tres cosas.

Un cuaderno.

Una llave negra.

Y una fotografía.

Emily tomó la foto.

Su padre aparecía mucho más joven.

Treinta y tantos.

De pie junto a un hombre que Emily reconoció inmediatamente.

Adrian.

Pero había una tercera persona.

Una mujer rubia.

Emily sintió que el corazón se detenía.

—No.

Adrian se inclinó.

Su rostro cambió.

—¿Quién es?

Emily apenas pudo hablar.

—Mi madre.

Rebecca Parker.

Muerta cuando Emily tenía seis años.

O eso le habían dicho.

En el reverso de la fotografía había una fecha.

Y una frase escrita con la letra de Daniel.

Rebecca encontró la primera puerta.

Emily sostuvo la fotografía con dedos firmes.

—Mi madre murió en 2002.

Adrian negó lentamente.

—Emily.

—¿Qué?

—Conocí a esa mujer.

Emily lo miró.

—¿Cuándo?

—En 2007.

Cinco años después de que Rebecca Parker supuestamente muriera.

Hannah se despertó con el sonido de la taza de Emily rompiéndose contra el piso.

Las siguientes cuarenta y ocho horas destruyeron casi todo lo que Emily creía saber sobre su infancia.

Su madre no había muerto de cáncer cuando ella tenía seis años.

La lápida existía.

El certificado de defunción existía.

Las fotografías del hospital existían.

Pero Rebecca Parker no estaba enterrada allí.

Eleanor consiguió los registros.

El ataúd había sido cerrado por petición familiar.

No existía autopsia.

El médico que firmó el certificado murió dos años después.

Y Daniel nunca volvió a casarse.

Emily pasó una tarde entera leyendo el cuaderno de su padre.

Las primeras páginas eran técnicas.

Mapas.

Medidas.

Coordenadas.

Después aparecían nombres.

Ashcroft.

Lang.

Vale.

Y repetidamente una palabra:

Hollow.

Emily estaba en una biblioteca privada del Blackwood cuando levantó la mirada.

—¿Qué es Hollow?

Adrian estaba frente a ella.

—No qué.

Quién.

—Perfecto.

Emily cerró el cuaderno.

—Porque claramente no teníamos suficientes personas inmortales misteriosas.

Adrian se sentó enfrente.

—Hollow fue un rey.

—¿Vampiro?

—Sí.

—¿Antes de ti?

—Mucho antes.

—¿Bueno o malo?

—Esas palabras rara vez sobreviven cuatro siglos.

Emily lo miró.

—¿Intentó matar gente?

—Sí.

—Entonces podemos empezar con malo.

Adrian apoyó los brazos sobre la mesa.

—Hollow creía que humanos y vampiros no debían coexistir como iguales.

—Quería dominar.

—Sí.

—¿Y qué le ocurrió?

—Lo encerraron.

Emily miró la llave negra.

—En una cámara.

—Sí.

—Bajo Seattle.

—Tal vez.

—¿Tal vez?

—Nadie sabe dónde.

Emily abrió el cuaderno.

—Mi padre sí.

—Eso parece.

—Y mi madre también.

Adrian asintió.

Emily estudió una página.

—Entonces alguien mató a mi padre por saberlo.

—Posiblemente.

—Y mi madre fingió morir porque sabía lo mismo.

—Eso parece.

—Y Jason ahora trabaja con Victor Lang.

Adrian se quedó quieto.

—Sí.

Emily levantó la vista.

—No creo en coincidencias.

—Yo tampoco.

—Jason empezó a salir conmigo cuando yo tenía veintiséis.

—Sí.

—Cuatro años atrás.

—Sí.

Emily pasó páginas.

Encontró una entrada de su padre.

Si algo me ocurre, Emily jamás debe conocer el propósito de la llave hasta que cumpla treinta.

Emily dejó de respirar.

—Tengo treinta.

Adrian leyó la frase.

—Desde hace cuánto.

—Tres semanas.

Ambos se miraron.

Jason reapareció dos días después de su cumpleaños.

Con flores.

Pidiendo volver.

Emily había pensado que era nostalgia.

Obsesión.

Control.

Pero si Jason sabía sobre la llave…

—Él no me quiere —dijo.

Adrian no respondió.

—Nunca se trató de recuperarme.

—Emily.

—Quería esto.

Ella levantó el colgante.

La mandíbula de Adrian se endureció.

—Probablemente.

Aquello debería haberla destrozado.

En cambio, todo encajó.

Los años de Jason preguntándole por recuerdos familiares.

Las veces que insistió en revisar cajas del ático.

Su fascinación extraña con el collar.

Una vez incluso había bromeado:

¿Cuánto crees que vale?

Emily sintió una calma helada.

—Voy a llamarlo.

Adrian se puso de pie.

—No.

Ella levantó una ceja.

Él se corrigió.

—Creo que sería peligroso.

—Eso es mejor.

—Gracias.

Emily tomó el teléfono.

—Quiero que crea que todavía puede manipularme.

Adrian la miró.

—¿Puedes hacerlo?

—Viví con él tres años.

Marcó.

Jason respondió al segundo tono.

—Emily.

Su voz cambió inmediatamente.

Suave.

Preocupada.

Ensayada.

—Gracias a Dios.

Emily miró a Adrian.

—Tenemos que hablar.

Silencio.

Jason pareció sonreír desde el otro lado.

—Te lo dije.

Emily cerró los ojos.

Dejó que su voz temblara apenas.

Una actuación.

—Tenías razón.

Adrian la observó con una expresión nueva.

Respeto.

—¿Sobre qué?

—Sobre Adrian.

—¿Qué hizo?

—No puedo hablar por teléfono.

Jason respiró.

—Ven a mi casa.

—No.

—Emily—

—Lugar público.

Pausa.

—Hay una cafetería en Pioneer Square.

—La que solíamos visitar.

Emily tragó el asco.

—Sí.

—A las siete.

—Está bien.

Colgó.

Adrian cruzó los brazos.

—Eso fue perturbadoramente convincente.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo aceptaré como tal.

—Voy contigo.

—No.

—Emily.

—Si te ve, sabrá.

—Puedo permanecer cerca.

—¿Qué tan cerca?

—Suficiente.

Ella lo miró.

—¿Puedes escuchar desde fuera?

—Sí.

—¿Todo?

—Sí.

Emily pensó en el beso.

Adrian levantó una ceja.

—No estaba escuchando pensamientos.

—No dije nada.

—Tu cara lo hizo.

—Odio que seas observador.

—Es mutuo.

A las siete en punto Emily entró a la cafetería.

Jason ya estaba allí.

Mesa del fondo.

Dos cafés.

El suyo preparado como le gustaba.

Leche de avena.

Una cucharadita de canela.

No lo tocó.

Jason se levantó.

—Em.

Intentó abrazarla.

Ella retrocedió lo suficiente.

No demasiado.

—No.

Jason bajó los brazos.

Su expresión parecía herida.

—Está bien.

Emily se sentó.

—¿Por qué me advertiste sobre Adrian?

Jason miró alrededor.

—Porque sé cosas sobre él.

—¿Como qué?

—Es peligroso.

—¿Cómo lo conoces?

Jason sonrió ligeramente.

—Digamos que mis clientes se mueven en círculos extraños.

—Victor Lang.

La sonrisa desapareció.

Solo medio segundo.

Suficiente.

—¿Quién te dijo ese nombre?

Emily fingió dudar.

—Adrian.

Jason apoyó los codos sobre la mesa.

—¿Qué más te dijo?

—Sobre papá.

Jason no se movió.

Emily lo vio.

La pausa.

La pupila dilatándose.

El dedo índice presionando la taza.

—¿Qué dijo?

—Que no fue un accidente.

—Está intentando manipularte.

—¿Lo fue?

—Emily.

—¿Fue un accidente?

Jason bajó la voz.

—Tu padre se metió en cosas que no entendía.

Ahí estaba.

Emily mantuvo la expresión.

—Tú sabes algo.

—Sé que Daniel Parker no era el hombre que tú creías.

—¿Lo conociste?

—No personalmente.

Mentira.

Ella lo sintió.

—Entonces ¿cómo sabes tanto?

Jason se inclinó.

—Porque intenté protegerte.

Emily casi se rió.

Esa palabra otra vez.

—¿De qué?

—De ellos.

—¿Vampiros?

—De todo ese mundo.

—¿Trabajando con Victor?

Jason dejó de fingir sorpresa.

—Victor quiere impedir una guerra.

—Adrian dice lo contrario.

—Adrian es un rey. ¿Qué crees que hacen los reyes cuando quieren conservar el poder?

Emily permitió que el silencio creciera.

—¿Qué quieres de mí?

Jason la miró fijamente.

—Nada.

Mentira.

—Jason.

—Solo quiero que estés segura.

—¿Por qué preguntaste por mi collar?

Ahí.

Un cambio diminuto.

—¿Qué?

—Lo hacías.

—Era una joya de tu padre.

—La tocaste más de una vez.

—Emily, estás paranoica.

Aquella frase.

Paranoica.

Durante años le habría funcionado.

Ahora era casi graciosa.

Emily sonrió.

Jason frunció el ceño.

—¿Qué?

—Nada.

Ella se puso de pie.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por recordarme por qué me fui.

Jason agarró su mano.

Más rápido esta vez.

—Si sales de aquí con la llave, vas a morir.

Emily se congeló.

Los ojos de Jason se abrieron.

Demasiado tarde.

—¿Qué llave? —preguntó ella.

Él la soltó.

—Emily—

La puerta de la cafetería se abrió.

Adrian entró.

Jason palideció.

No llevaba guardias.

No los necesitaba.

Caminó hasta la mesa.

—La pregunta fue sencilla —dijo.

Jason se levantó.

—Esto no te concierne.

Adrian miró la mano con la que había agarrado a Emily.

—Sigo escuchando esa frase cerca de ti.

Emily tocó el brazo de Adrian.

—No.

Él la miró.

Ella negó con la cabeza.

—Yo manejo esto.

Adrian dio un paso atrás.

Jason observó aquello.

La sorpresa en su rostro fue casi cómica.

No entendía.

No entendía que un hombre poderoso pudiera retroceder porque Emily se lo pedía.

Eso decía mucho más sobre Jason que sobre Adrian.

Emily sostuvo la mirada de su ex.

—¿Qué llave?

Jason intentó recuperar la sonrisa.

—No sé de qué hablas.

—Entonces hemos terminado.

Caminó hacia la puerta.

Jason habló detrás de ella.

—Rebecca está viva.

Emily se detuvo.

Adrian también.

Jason sonrió.

—Sabía que eso funcionaría.

Emily giró lentamente.

—¿Dónde?

—No aquí.

—¿Dónde está mi madre?

—Dame la llave.

Adrian dio un paso.

Emily levantó la mano sin mirarlo.

Él se detuvo.

Jason vio eso también.

—La llave por tu madre.

Emily lo estudió.

—No la tienes.

—¿Quieres apostar?

—No la tienes porque si la tuvieras, no estarías negociando conmigo en una cafetería.

Jason perdió un poco de color.

Emily continuó.

—Si tuvieras a Rebecca, mostrarías una fotografía actual.

Silencio.

—Un audio.

—Emily—

—Una prueba.

Jason la miró.

Ella entendió.

—Sabes dónde está.

—Tal vez.

—Pero no la controlas.

Jason sonrió otra vez.

—Siempre fuiste inteligente.

—Y tú siempre pensaste que era un inconveniente.

Emily tomó su bolso.

—No habrá llave.

—Entonces ella muere.

—Si está viva, lleva veinticuatro años sobreviviendo sin tu ayuda.

Jason se inclinó.

—No sabes qué hay dentro de esa cámara.

Emily pensó en el cuaderno.

En las notas de su padre.

—Tú tampoco.

Jason no respondió.

Eso era respuesta suficiente.

Emily salió.

Adrian la siguió.

Ya en la calle, bajo una lluvia fina, él habló.

—Eso fue arriesgado.

—Sí.

—Podría haber mentido.

—Mintió.

—¿Sobre Rebecca?

—No.

Adrian frunció el ceño.

Emily abrió su bolso.

Había dejado el teléfono grabando.

—Cuando dije “si tuvieras a Rebecca”, no corrigió el nombre.

—¿Qué significa?

—Yo nunca le dije el nombre de mi madre.

Adrian se quedó inmóvil.

Emily lo miró.

—Jason conoce a Rebecca Parker.

Durante los siguientes cinco días, cazaron una historia enterrada durante décadas.

No con espadas.

No con magia.

Con registros.

Contratos.

Planos.

Fotografías.

Transferencias bancarias.

Emily descubrió rápidamente que los monstruos dejaban rastros burocráticos como cualquier otra persona.

Victor Lang poseía edificios a través de cinco empresas.

Una de ellas había comprado una antigua estación hidroeléctrica en las Cascade Mountains.

La compra ocurrió en 2007.

El mismo año en que Adrian había visto a Rebecca.

Emily encontró algo más.

Su padre había inspeccionado aquella estación en 2006.

—Está ahí —dijo.

Adrian miró el mapa.

—Es demasiado obvio.

—Después de veinte años deja de ser obvio.

Eleanor cruzó los brazos.

—Puede ser una trampa.

—Probablemente lo es.

Emily guardó la laptop.

—Entonces iremos preparados.

Adrian la miró.

—”Iremos”.

—Sí.

—No.

Emily levantó una ceja.

Él suspiró.

—Creo que no deberías ir.

—Mejor.

—Sigo aprendiendo.

—Lento.

La estación estaba a casi dos horas de Seattle.

Llegaron después del anochecer.

Adrian.

Emily.

Eleanor.

Y cuatro guardias.

El edificio parecía abandonado.

Ventanas rotas.

Concreto cubierto de musgo.

Agua rugiendo bajo las compuertas.

Emily examinó el exterior.

—Hay electricidad.

Eleanor la miró.

—¿Cómo lo sabe?

—Unidad de ventilación nueva.

Señaló el techo.

—Y cámaras.

Adrian miró hacia una esquina.

—Tres.

Emily se volvió.

—Yo solo vi dos.

—La tercera está dentro del canalón.

—Presumido.

—Vampiro.

Entraron por una puerta lateral.

No encontraron a nadie.

Primer piso vacío.

Segundo piso vacío.

Tercer piso…

Una mesa.

Dos vasos.

Uno todavía húmedo.

—Alguien estuvo aquí —dijo Emily.

Adrian tocó el vaso.

—Hace menos de una hora.

Eleanor levantó una mano.

Los guardias se distribuyeron.

Emily vio una pared demasiado gruesa.

—Ahí.

Adrian la miró.

—¿Qué?

—Espacio perdido.

Sacó una pequeña cinta láser.

—Exterior mide doce metros. Interior, nueve.

Uno de los guardias buscó una abertura.

Nada.

Emily examinó el piso.

Encontró marcas.

—Mueble.

Empujaron una estantería.

Detrás había una puerta.

Negra.

Con el símbolo.

Círculo.

Tres líneas.

Emily sacó su llave.

Adrian tomó su muñeca suavemente.

—Espera.

Ella lo miró.

—¿Qué?

—Escucho algo.

Todos se quedaron quietos.

Emily no oyó nada.

—¿Qué?

Adrian miró la puerta.

—Un corazón.

Emily sintió que el suyo se aceleraba.

Insertó la llave.

Giró.

Clic.

La puerta se abrió.

Una mujer estaba sentada dentro.

Cabello rubio mezclado con gris.

Rostro delgado.

Manos esposadas a una mesa.

Pero viva.

Emily no respiró.

La mujer levantó la cabeza.

Sus ojos azules se llenaron de incredulidad.

—Emily?

Aquella voz.

Veinticuatro años desaparecida.

Pero Emily la reconoció.

No de la memoria.

De cintas viejas.

Grabaciones de cumpleaños.

Videos que había visto cientos de veces.

—Mamá.

Rebecca Parker comenzó a llorar.

Emily no corrió hacia ella.

No todavía.

Miró las paredes.

Las esposas.

La mesa.

Los cables.

Una taza de agua.

—¿Quién hizo esto?

Rebecca miró detrás de Emily.

Vio a Adrian.

Su cara se volvió blanca.

—No.

Emily frunció el ceño.

—Mamá.

—Aléjate de él.

Adrian no se movió.

—Rebecca.

—No la toques.

Emily miró de uno a otro.

—¿Qué está pasando?

Rebecca forcejeó con las esposas.

—Él mató a tu padre.

El silencio fue brutal.

Emily giró lentamente hacia Adrian.

Adrian no negó inmediatamente.

Y ese segundo fue peor que cualquier respuesta.

—Dime que está mintiendo.

Adrian la miró.

—No puedo.

Emily sintió que algo dentro de ella se rompía.

No ruidosamente.

No dramáticamente.

Como una viga que falla en el centro, donde nadie puede verla hasta que todo el peso cambia.

—¿Lo mataste?

—No.

—Entonces ¿por qué no puedes decir que miente?

Rebecca gritó:

—Porque estaba allí.

Emily miró a Adrian.

—Lo dijiste.

—Sí.

—Dijiste que llegaste después.

Adrian apretó la mandíbula.

—Eso no era toda la verdad.

Emily dio un paso atrás.

—¿Qué hiciste?

Antes de que él respondiera, las luces se apagaron.

Disparos.

Los guardias gritaron.

Algo explotó en el corredor.

Adrian se movió frente a Emily.

Eleanor cayó al suelo junto a Rebecca.

Humo llenó la habitación.

—¡Emily! —gritó Rebecca.

Una figura apareció entre el humo.

Jason.

Llevaba una máscara respiratoria.

Y una ballesta.

Apuntó a Adrian.

Disparó.

La flecha entró en el pecho del rey.

Adrian cayó de rodillas.

Emily gritó su nombre.

Jason sonrió.

—Plata negra.

Adrian intentó levantarse.

No pudo.

Eleanor atacó.

Dos hombres la interceptaron.

Emily corrió hacia Rebecca.

Sacó una herramienta pequeña del bolso.

Jason la vio.

—No.

Emily insertó la punta metálica en el mecanismo de la esposa.

Había reparado suficientes cerraduras de obra para saber cómo funcionaban.

Un clic.

Primera mano libre.

Jason avanzó.

—¡Emily!

Segunda.

Rebecca se levantó.

Más rápido de lo que Emily esperaba.

Demasiado rápido.

Golpeó a Jason con una fuerza imposible.

Él cruzó la habitación y chocó contra una pared.

Emily la miró.

—Mamá…

Rebecca levantó la cabeza.

Sus ojos ya no eran azules.

Eran dorados.

Y sus colmillos descendieron.

Emily se quedó inmóvil.

Rebecca Parker no era humana.

Tal vez nunca lo había sido.

Rebecca tomó la mano de su hija.

—Tenemos que irnos.

Emily miró a Adrian.

Estaba en el suelo.

La flecha negra sobresalía de su pecho.

—No sin él.

Rebecca apretó su brazo.

—Emily.

—No.

—Él te ha mentido.

—Tú también.

Las palabras golpearon a Rebecca.

Emily se soltó.

Corrió hacia Adrian.

Jason intentó levantarse.

—¡Déjalo!

Emily ignoró todo.

Se arrodilló.

—Adrian.

Sus ojos estaban apagándose.

—No la saques —susurró él.

—¿Por qué?

—Punta… se abre.

Emily observó la flecha.

Tecnología extraña.

—Entonces ¿cómo?

—Rompe… eje.

Ella lo hizo.

Adrian soltó aire.

Jason llegó hasta ella.

La tomó del cabello.

Emily giró y hundió el extremo roto de la flecha en su muslo.

Jason gritó.

Ella se levantó.

—Nunca vuelvas a tocarme.

Rebecca sonrió pese al caos.

—Esa sí es mi hija.

Salieron por un túnel de mantenimiento.

Eleanor cubrió la retirada.

Dos guardias sobrevivieron.

Adrian apenas podía caminar.

Emily pasó un brazo suyo sobre sus hombros.

—Pesas demasiado para alguien que casi no tiene pulso.

—Lo siento.

—No estás autorizado a bromear.

—No era…

—Cállate.

Llegaron al bosque.

Un SUV esperaba.

Cuando Emily ayudó a Adrian a entrar, Rebecca se detuvo.

—Yo no voy con ustedes.

Emily giró.

—¿Qué?

—Si me encontraron, encontrarán el vehículo.

—Mamá—

Rebecca se acercó.

Le sostuvo el rostro con ambas manos.

—Mírate.

Emily no supo qué decir.

Rebecca tampoco.

Veinticuatro años cabían entre ellas.

No podían arreglarse en treinta segundos.

—Ven con nosotros.

Rebecca negó.

—Necesito saber quién dio la orden.

—¿Qué orden?

Rebecca miró a Adrian.

—La de matar a Daniel.

Adrian, pálido, levantó la cabeza.

—Rebecca—

—No mientas más.

Emily miró al rey.

—¿Qué está ocultando?

Adrian cerró los ojos.

Rebecca respondió.

—Tu padre no murió porque descubriera Hollow.

Una pausa.

—Murió porque descubrió quién quería liberarlo.

Emily sintió frío.

—¿Quién?

Rebecca miró hacia los árboles.

—Alguien dentro de la Corte Nocturna.

Eleanor palideció.

Adrian la miró.

—Eso es imposible.

Rebecca soltó una risa amarga.

—¿Todavía dices eso?

Un ruido apareció entre los árboles.

Motores.

Rebecca empujó a Emily hacia el SUV.

—Vete.

—¡Mamá!

—Te encontraré.

—¡No vuelvas a desaparecer!

Rebecca se detuvo.

Sus ojos dorados se suavizaron.

—Nunca quise hacerlo la primera vez.

Cerró la puerta.

Eleanor aceleró.

Emily miró por la ventana trasera.

Su madre quedó sola en la carretera.

Hasta que desapareció entre los árboles.

Adrian perdió el conocimiento cinco minutos después.

Durante tres días, Emily permaneció en Blackwood.

No por romance.

No por miedo.

Porque necesitaba respuestas.

Adrian se recuperó lentamente.

La plata negra impedía su regeneración.

El cuarto día, Emily entró en su habitación.

Él estaba sentado junto a la ventana.

—Hola.

—¿Mataste a mi padre?

Sin preámbulo.

Adrian la miró.

—No.

—¿Lo dejaste morir?

Silencio.

—Adrian.

—Sí.

Emily se quedó inmóvil.

Él continuó antes de que ella pudiera hablar.

—Daniel estaba herido cuando llegué.

—Dijiste que estaba muerto.

—Lo estaba minutos después.

—¿Podías salvarlo?

—Tal vez.

Emily sintió que su visión se estrechaba.

—¿Por qué no lo hiciste?

Adrian miró sus manos.

—Porque llevaba algo dentro.

—¿Qué?

—Sangre de Hollow.

Emily no entendió.

—¿Cómo?

—Alguien lo infectó.

—¿Y eso qué significa?

—Si hubiera intentado convertirlo para salvarlo, Hollow habría tenido un huésped.

Emily guardó silencio.

Adrian siguió.

—Daniel lo sabía.

—¿Te pidió que no lo salvaras?

—Sí.

—¿Tienes pruebas?

Adrian señaló una caja junto a la cama.

Emily la abrió.

Dentro había una grabadora vieja.

—La encontré con él.

Ella presionó reproducir.

Ruido.

Respiración.

Luego la voz de su padre.

Déjame ir, Adrian.

Emily cerró los ojos.

No quiero que ella me vea así.

Una voz más joven de Adrian:

Puedo intentarlo.

Daniel:

No.

Pausa.

Prométeme que protegerás a Emily.

Adrian:

Lo prometo.

Daniel:

No como un rey.

Como alguien que todavía recuerde lo que significa elegir.

La grabación terminó.

Emily permaneció de pie durante mucho tiempo.

Finalmente dijo:

—No cumpliste muy bien.

Adrian sonrió tristemente.

—No.

—Pero tampoco lo mataste.

—No.

Emily se sentó.

—Mi madre cree otra cosa.

—Rebecca no estuvo allí.

—¿Por qué te culpa?

—Porque alguien le mostró una fotografía.

—¿De qué?

—De mí junto al cuerpo.

Emily comprendió.

—La manipularon.

—Sí.

—Igual que a mí.

—Sí.

Silencio.

Emily miró hacia la ciudad.

—¿Quién?

Adrian negó.

—No lo sé.

—Eleanor dijo que era imposible que fuera alguien de tu Corte.

—Eleanor cree en instituciones.

—¿Y tú?

—He vivido demasiado para hacerlo.

Emily lo miró.

Adrian parecía cansado.

No físicamente.

Más antiguo que eso.

—¿Cuántos años tienes?

Él levantó una ceja.

—¿Ahora?

—Necesito cambiar de tema antes de arrojar una silla por la ventana.

—Cuatrocientos dieciséis.

Emily parpadeó.

—Eso es ridículo.

—Suele ser la reacción.

—Besé a un hombre de cuatrocientos dieciséis años.

—Técnicamente fui yo quien fue besado.

—No mejora nada.

Él sonrió.

Emily también.

Solo un segundo.

Luego volvió a ponerse seria.

—Jason escapó.

—Sí.

—Mi madre desapareció.

—Sí.

—Victor Lang sigue libre.

—Sí.

—Y alguien de tu Corte quiere abrir una prisión.

—Parece que sí.

Emily se levantó.

—Entonces tenemos trabajo.

Adrian la miró.

—¿Tenemos?

—No malinterpretes.

—No lo haré.

—Sigo enfadada.

—Lo merezco.

—Y no confío completamente en ti.

—También razonable.

—Pero confío menos en Jason.

—Ese estándar es ofensivamente bajo.

Emily sonrió.

—Empieza donde puedas.

Durante las siguientes dos semanas, ocurrió algo que Emily jamás habría imaginado.

Se convirtió en parte de la Corte Nocturna.

No oficialmente.

No había coronas.

Ni vestidos negros.

Ni ceremonias.

Había reuniones.

Muchas reuniones.

Al parecer, incluso los vampiros inmortales sufrían burocracia.

Emily conoció clanes.

Abogados.

Banqueros.

Guardias.

Diplomáticos.

Descubrió que la mayoría de los vampiros no se parecían en nada a los monstruos de películas.

Pagaban hipotecas.

Tenían trabajos.

Discutían sobre estacionamiento.

Algunos llevaban siglos en la misma profesión.

Uno era dentista.

Emily decidió no hacer preguntas.

Adrian comenzó a incluirla en investigaciones.

No porque fuera humana.

Sino porque veía patrones.

Las empresas de Victor habían comprado propiedades siguiendo una línea.

Cuando Emily las colocó sobre un mapa, formaban un arco.

—Túneles —dijo.

Adrian se inclinó sobre la mesa.

—¿Todos?

—Probablemente.

—¿Hacia dónde?

Emily dibujó la extensión.

Las líneas convergían.

Bajo Pioneer Square.

—Ahí.

Eleanor miró.

—No hay cámara registrada.

—No registrada.

Emily tocó el cuaderno de su padre.

—Pero Daniel escribió “primera puerta”.

Adrian frunció el ceño.

—Blackwood.

—No.

Emily señaló coordenadas.

—El hotel era una distracción.

—¿Entonces?

—La verdadera entrada está aquí.

Un edificio abandonado.

Antiguo juzgado federal.

Propiedad del ayuntamiento.

O eso parecía.

Emily buscó registros.

Empresa de mantenimiento.

Subcontratos.

Una firma aparecía repetidamente.

Carter Development.

Emily dejó el bolígrafo.

—Jason.

Eleanor maldijo.

Adrian no dijo nada.

Su rostro fue suficiente.

Aquella noche Emily regresó al apartamento de Hannah.

No quería vivir permanentemente en el hotel.

No quería que el miedo decidiera su dirección.

Hannah estaba cocinando pasta.

—Entonces —dijo—, ¿cómo está el novio vampiro?

Emily dejó las llaves.

—No es mi novio.

—Besaste al hombre.

—Una vez.

—Y después lo cargaste por un bosque.

—Estaba herido.

—Romántico.

—Pesaba cien kilos.

—Más romántico.

Emily abrió el refrigerador.

—No voy a discutir contigo.

—Eso es lo que dice alguien que está perdiendo.

Emily tomó agua.

Hannah la miró.

—Te gusta.

—Es complicado.

—Eso no fue un no.

Emily cerró la nevera.

—Tiene cuatrocientos dieciséis años.

—Experiencia.

—Hannah.

—¿Qué?

Emily intentó no reír.

Su teléfono vibró.

Un mensaje de Adrian.

Encontramos a Jason.

La sonrisa desapareció.

Treinta minutos después, Emily estaba de nuevo en Blackwood.

Adrian la esperaba en una sala de seguridad.

En una pantalla aparecía video de un estacionamiento.

Jason.

Entrando en un vehículo.

—¿Dónde?

—Tacoma.

—¿Cuándo?

—Hace dos horas.

—¿Y?

Adrian cambió la cámara.

Otra figura apareció.

Rebecca.

Emily se acercó.

—Mi madre.

Rebecca subió al coche con Jason.

Voluntariamente.

Emily sintió algo helado.

—No.

Adrian no dijo nada.

Video siguiente.

Rebecca entregando una caja a Jason.

La misma clase de caja metálica.

—¿Está trabajando con él?

Eleanor habló.

—Puede parecerlo.

Emily miró la pantalla.

Jason tomó la caja.

Rebecca sonrió.

No parecía prisionera.

No parecía amenazada.

—¿Qué hay en la caja?

Adrian negó.

Emily volvió a observar.

Entonces vio algo.

Rebecca tocó su oreja izquierda.

Dos veces.

Emily se quedó inmóvil.

—Retrocede.

Adrian rebobinó.

Rebecca tocó la oreja.

Dos veces.

Emily sintió que el corazón golpeaba.

—Eso es para mí.

—¿Qué?

—Cuando era niña, mamá y yo teníamos señales.

—¿Señales?

—En la tienda. En parques. Si me perdía.

Adrian observó.

—¿Qué significa dos veces?

Emily respiró.

—No confíes en la persona que está a mi lado.

Miraron a Jason.

Eleanor se acercó.

—Entonces está infiltrada.

—Sí.

Emily observó el resto del video.

Rebecca subió al coche.

Antes de cerrar la puerta, se tocó la muñeca.

Una vez.

—¿Y eso?

Emily sonrió.

—Sígueme.

Adrian ya estaba tomando su abrigo.

Encontraron el vehículo abandonado cerca del puerto.

Dentro había sangre.

No mucha.

Un teléfono roto.

Y una tarjeta de acceso.

Emily la recogió.

Logo municipal.

Antiguo juzgado federal.

—Quieren que vayamos.

Adrian la miró.

—Es una trampa.

—Obviamente.

—No podemos simplemente entrar.

—No.

Emily sacó el cuaderno de su padre.

—Entraremos por debajo.

Los planos mostraban una línea de drenaje abandonada.

Acceso desde una estación de bombeo.

A medianoche estaban dentro.

Emily.

Adrian.

Eleanor.

Seis guardias.

Túnel estrecho.

Agua hasta los tobillos.

Adrian caminaba delante.

Emily detrás.

—Esto es oficialmente la peor segunda cita de mi vida.

Adrian giró la cabeza.

—¿Esto es una cita?

—No.

—Entonces ¿por qué la comparas con una?

—Cállate.

—¿Cuál fue la peor?

—Jason me llevó a una degustación de vinos y pasó tres horas hablando con el dueño.

—Eso suena terrible.

—Lo fue.

—¿Murciélagos?

Emily miró el techo.

Decenas colgaban arriba.

—No digas nada.

Adrian sonrió.

Llegaron a una compuerta.

Emily usó la llave.

Se abrió.

Al otro lado había piedra antigua.

Mucho más antigua que Seattle.

Adrian tocó una pared.

—Esto no debería estar aquí.

—Eso dijiste de los túneles del hotel.

—Estos son distintos.

—¿Cómo?

—No fueron construidos por humanos.

Un sonido llegó desde adelante.

Voces.

Caminaron en silencio.

Llegaron a una cámara.

Victor Lang estaba allí.

Jason a su lado.

Rebecca estaba atada a una columna.

Y alrededor de ellos había al menos veinte vampiros.

Emily reconoció algunos.

Había visto sus rostros en reuniones de la Corte.

Adrian también.

Su expresión se volvió piedra.

—Traidores.

Victor sonrió.

—Una palabra tan dramática.

Jason miró a Emily.

—Sabía que vendrías.

Emily observó el lugar.

Una puerta enorme ocupaba la pared posterior.

Negra.

Sin bisagras.

En el centro, una abertura.

Para su llave.

—Hollow —susurró.

Victor extendió las manos.

—Bienvenida.

Adrian mostró los colmillos.

—Libera a Rebecca.

—Después.

—Ahora.

Victor sonrió.

—Todavía das órdenes como si el mundo funcionara así.

Emily vio a Jason.

Tenía algo en la mano.

Un control.

Probablemente explosivos.

Jason la vio mirando.

—No seas heroína, Em.

—Nunca me gustaron las capas.

—Dame la llave.

—No.

Jason presionó un botón.

Una explosión sacudió el túnel detrás.

Piedra cayó.

Salida bloqueada.

Emily no se movió.

—Ahora —dijo Jason— no tienes muchas opciones.

Ella miró a Rebecca.

Su madre negó discretamente.

No la entregues.

Victor habló.

—Daniel cometió el mismo error.

Emily lo miró.

—¿Lo conociste?

—Muy bien.

—¿Tú lo infectaste?

Victor sonrió.

Adrian avanzó.

Veinte vampiros se tensaron.

—Respóndele.

Victor observó al rey.

—Siempre tan protector.

Emily notó algo.

Jason no miraba a Victor como un aliado.

Lo miraba como un empleado mira a un jefe que teme.

Y Victor…

Victor no miraba la llave.

Miraba a Emily.

—No necesitan la llave —dijo Emily.

Silencio.

Adrian la miró.

Jason frunció el ceño.

Victor no reaccionó.

Eso confirmó todo.

—La puerta no necesita la llave —repitió.

Victor sonrió lentamente.

—Interesante.

Emily señaló.

—Si la necesitara, ya me habrías atacado. Tienes veinte vampiros.

Jason la miró.

—Dámela.

—Tú crees que la necesitan.

Emily entendió.

—Victor te mintió.

Jason palideció.

Victor soltó una risa.

—Los humanos son adorables cuando empiezan a pensar.

Emily no apartó los ojos.

—La llave no abre a Hollow.

Miró a Adrian.

—Lo cierra.

Adrian comprendió.

—Daniel la escondió para sellar la cámara.

Rebecca gritó:

—¡Emily, corre!

Victor se movió.

Todo ocurrió de golpe.

Vampiros chocando.

Guardias atacando.

Adrian lanzándose contra Victor.

Jason corriendo hacia Emily.

Ella retrocedió hacia la puerta.

Jason levantó el control.

—¡Dámela!

Emily sacó la llave.

Jason sonrió.

—Buena chica.

Aquellas dos palabras.

Buena chica.

Durante tres años, Jason las había usado cuando ella cedía.

Cuando cancelaba planes.

Cuando le entregaba el teléfono.

Cuando dejaba de discutir.

Ahora Emily sonrió.

—Cometiste un error.

—¿Cuál?

—Pensaste que sigo teniendo miedo de decepcionarte.

Insertó la llave.

Pero no giró hacia la derecha.

Giró hacia la izquierda.

El piso tembló.

Jason abrió los ojos.

—¿Qué hiciste?

—Ingeniería básica.

La puerta comenzó a cerrarse más.

Sellos metálicos emergieron de las paredes.

Victor gritó.

—¡DETÉNGANLA!

Adrian lo derribó.

Rebecca rompió una de sus cadenas.

Eleanor apareció detrás de Jason.

Lo golpeó.

El control cayó.

Emily lo pateó hacia una grieta.

Rebecca rompió la otra cadena.

Corrió hacia su hija.

—¡La llave!

—¿Qué?

—¡Sácala antes de que termine!

Emily intentó.

No salía.

—¡Está atascada!

Rebecca agarró la llave.

La puerta vibró.

Algo golpeó desde el otro lado.

Una vez.

Todos se detuvieron.

Segundo golpe.

Más fuerte.

Victor sonrió desde el suelo.

Sangre en los labios.

—Demasiado tarde.

Adrian palideció.

—No.

Tercer golpe.

La piedra se agrietó.

Emily tiró de la llave.

Nada.

Rebecca también.

—Está fusionándose.

—¿Qué significa?

—Que el sello anterior ya estaba roto.

Jason comenzó a reír.

Emily lo miró.

—Tú sabías.

—No.

Jason sonreía de una manera extraña.

—Pero él sí.

Señaló detrás de Adrian.

Eleanor.

Todos giraron.

La consejera de cabello plateado tenía una daga contra el cuello de Adrian.

Durante un segundo nadie entendió.

Adrian tampoco.

—Eleanor.

Ella lo miró con tristeza.

—Lo siento.

Emily sintió que el mundo se detenía.

Victor comenzó a levantarse.

—Finalmente.

Eleanor no era víctima.

No era guardiana.

Era la persona dentro de la Corte.

La persona que Daniel había descubierto.

La persona que llevaba diez años esperando.

Adrian habló suavemente.

—Fuiste tú.

Eleanor cerró los ojos.

—Tenía que ser alguien.

—¿Daniel?

—Descubrió demasiado.

Rebecca dio un paso.

—Tú lo infectaste.

—Sí.

La respuesta fue apenas un susurro.

Adrian parecía más herido por esa palabra que por la flecha de plata.

Emily entendió por qué.

Eleanor había estado a su lado durante siglos.

Consejera.

Confidente.

Familia, en todo excepto sangre.

Victor se limpió la boca.

—Y ahora la puerta se abrirá.

Emily miró la llave atrapada.

—No.

Todos la miraron.

—Todavía no.

Ella observó las grietas.

Los sellos.

Las líneas estructurales.

Pensó como ingeniera.

No como hija.

No como humana rodeada de vampiros.

Carga.

Presión.

Transferencia.

Falla.

—La puerta no está abriéndose.

Adrian la miró.

—¿Qué?

—La pared sí.

Emily señaló el techo.

—Hollow está empujando, pero el sello resiste. Está transfiriendo la fuerza al marco.

Rebecca comprendió.

—¿Podemos reforzarlo?

—No.

Emily miró las columnas.

—Pero podemos derrumbar el túnel.

Jason soltó una carcajada.

—Moriríamos todos.

Emily lo miró.

—Tal vez.

Jason dejó de reír.

Adrian sonrió.

—Me gusta.

—Eso es preocupante.

Eleanor presionó la daga.

—No lo hagas.

Emily ignoró la advertencia.

—Adrian, ¿qué tan rápido puedes moverte?

—Muy.

—¿Cargar a cuatro personas?

—Tres.

Emily miró a Jason.

—Perfecto.

—¡Emily!

Ella tomó el control caído entre las piedras.

Jason palideció.

—No sabes cuál botón.

—Rojo suele ser una apuesta decente.

Presionó.

Nada.

Jason sonrió.

—Idiota.

Emily le mostró la pequeña batería que había sacado antes.

—¿Esta?

La sonrisa murió.

Adrian rió.

Incluso con una daga en el cuello.

—Cásate conmigo.

Emily lo miró.

—Momento terrible.

Rebecca parpadeó.

—¿Qué?

—Después —dijo Emily.

Insertó la batería.

Presionó.

Explosiones sacudieron las columnas.

El techo comenzó a caer.

Adrian se movió.

Un instante.

Eleanor estaba desarmada.

Victor golpeó la pared.

Rebecca tomó a Emily.

Los guardias corrieron.

Jason gritó.

Piedra cayó entre ellos.

Emily vio la puerta una última vez.

Una grieta.

Un ojo apareció del otro lado.

Rojo.

Antiguo.

Mirándola.

Y una voz atravesó la cámara.

No fuerte.

Pero todos la escucharon.

—Emily Parker.

Ella se congeló.

Hollow conocía su nombre.

Adrian la agarró.

—¡Ahora!

Corrieron.

El túnel colapsó detrás.

Llegaron a una salida secundaria segundos antes de que todo quedara sepultado.

Pero Jason no salió.

Victor tampoco.

Eleanor sí.

Y desapareció en la oscuridad antes de que pudieran detenerla.

Horas después, al amanecer, Emily estaba sentada en la escalinata de un edificio industrial.

Rebecca a su lado.

Adrian frente a ellas.

Cubierto de polvo.

—Me propusiste matrimonio —dijo Emily.

Adrian cerró los ojos.

—Estaba bajo estrés.

—Eres un rey vampiro de cuatrocientos años.

—Todos tenemos límites.

Rebecca los miró.

—Me perdí mucho.

Emily soltó una risa.

Por primera vez, su madre también.

Fue pequeña.

Dolorosa.

Pero real.

Adrian se sentó.

—La puerta sigue sellada.

Rebecca negó.

—Temporalmente.

Emily miró el amanecer.

—Hollow sabía mi nombre.

Nadie respondió.

—¿Por qué?

Rebecca apretó las manos.

Emily la miró.

—Mamá.

Rebecca tardó demasiado.

—Hay algo que tu padre nunca supo.

Adrian frunció el ceño.

—¿Qué?

Rebecca miró a Emily.

—Tú no eres completamente humana.

Silencio.

Emily se quedó inmóvil.

—No.

—Lo siento.

—No vuelvas a decir “lo siento” antes de destruir mi realidad.

Rebecca respiró.

—Cuando naciste, pensé que eras como Daniel.

—Humana.

—Sí.

—¿Y?

Rebecca sacó algo del bolsillo.

Una fotografía.

Un bebé.

Emily.

En brazos de Daniel.

Y detrás…

Un hombre.

No Adrian.

Otro.

Ojos rojos.

Rostro que Emily había visto apenas una hora antes.

A través de la grieta.

Hollow.

Emily dejó caer la fotografía.

—No.

Adrian se puso de pie lentamente.

Rebecca tenía lágrimas en los ojos.

—Hollow no estaba llamándote porque Daniel encontró su prisión.

Emily sintió que todo su cuerpo se enfriaba.

—Entonces ¿por qué?

Rebecca respondió:

—Porque es tu padre biológico.

El silencio fue absoluto.

Emily miró la fotografía.

Después a Adrian.

Después a Rebecca.

—Eso es imposible.

Rebecca negó.

—Ojalá.

Emily se levantó.

—Daniel era mi padre.

—Sí.

—Él me crió.

—Sí.

—Él es mi padre.

—Sí.

Rebecca tomó su mano.

—Pero Hollow te dio su sangre.

Emily se soltó.

No por rechazo.

Porque necesitaba espacio para respirar.

Su teléfono vibró.

Número desconocido.

Un mensaje.

Solo cuatro palabras.

Hola, hija.

Emily dejó de moverse.

Adrian vio la pantalla.

Rebecca también.

Luego llegó otro mensaje.

La puerta que derrumbaste no era la única.

Una fotografía apareció.

Seattle.

Vista aérea.

Nueve puntos rojos marcados bajo la ciudad.

Adrian palideció.

—Nueve cámaras.

Rebecca susurró:

—No.

Tercer mensaje.

Una dirección.

Emily la reconoció.

Su antiguo apartamento.

El que había compartido con Jason.

Último mensaje.

Ven sola si quieres saber cuál de tus padres sigue mintiéndote.

Emily levantó la cabeza.

La calle estaba vacía.

Pero al otro lado, sobre el techo de un edificio, una figura los observaba.

Alta.

Inmóvil.

Ojos rojos.

Adrian se puso frente a Emily.

Rebecca mostró los colmillos.

La figura sonrió.

Y antes de desaparecer, levantó una mano.

No hacia Adrian.

No hacia Rebecca.

Hacia Emily.

Como un padre saludando a su hija después de una ausencia demasiado larga.

Emily miró el mensaje de nuevo.

La dirección.

La amenaza.

La promesa.

Luego cerró el teléfono.

—Adrian.

—¿Sí?

—Necesito que me enseñes cómo matar a un rey vampiro.

Adrian la miró durante un largo segundo.

Después sonrió sin humor.

—Eso, Emily Parker, es exactamente lo que tu padre me pidió que nunca hiciera.

Y muy lejos, bajo las calles de Seattle, algo enorme golpeó una segunda puerta.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

La ciudad siguió despertando como si nada hubiera cambiado.

Los autobuses comenzaron sus rutas.

Las cafeterías encendieron sus luces.

Los ferris cruzaron Elliott Bay.

Miles de personas revisaron sus teléfonos, besaron a sus hijos, corrieron al trabajo y se quejaron de la lluvia.

Ninguna sabía que ocho puertas antiguas seguían enterradas bajo sus pies.

Ninguna sabía que una de ellas acababa de abrir una grieta.

Y ninguna sabía que la mujer que podía volver a cerrarlas acababa de descubrir que la sangre del monstruo que estaba detrás corría por sus propias venas.

Emily guardó la llave negra.

Miró a Adrian.

Miró a la madre que acababa de recuperar.

Luego miró la ciudad.

Jason había pensado que podía controlarla.

Victor había pensado que podía usarla.

Eleanor había pensado que podía engañarla.

Hollow parecía creer que podía reclamarla.

Todos cometían el mismo error.

Seguían mirando la sangre de Emily.

Nadie estaba mirando su mente.

Y eso, decidió ella mientras el primer rayo pálido del amanecer atravesaba las nubes de Seattle, sería el error que los destruiría.

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