La camarera dio sus últimos 20 dólares — sin saber...

La camarera dio sus últimos 20 dólares — sin saber que el rey vampiro lo vio todo

La camarera dio sus últimos 20 dólares — sin saber que el rey vampiro lo vio todo

A Emily Carter le quedaban veinte dólares para sobrevivir hasta el viernes.

Los entregó todos.

Y mientras su gerente la humillaba delante de un restaurante lleno, llamándola “demasiado pobre para darse el lujo de ser generosa”, un hombre sentado en la mesa más oscura dejó de mover su copa.

Nadie en el Blue Harbor Diner sabía quién era realmente.

Nadie excepto dos hombres vestidos de negro que esperaban dentro de un Cadillac estacionado frente a la ventana.

Y ninguno de ellos se atrevía a pronunciar su verdadero título en público.

Rey.

Rey Vampiro.

Nathaniel Blackwood llevaba más de un siglo gobernando a los suyos sin permitir que una emoción humana alterara una sola de sus decisiones.

Aquella noche, sin embargo, una camarera de veintisiete años acababa de hacer algo que sus ministros, sus nobles y sus aliados más ricos habían olvidado hacía mucho tiempo.

Había dado todo lo que tenía.

Sin esperar nada.

Emily ni siquiera lo había visto.

Estaba demasiado ocupada mirando al anciano sentado junto a la puerta.

El hombre tendría unos setenta años.

Tal vez más.

Su abrigo gris estaba empapado por la lluvia de noviembre de Seattle. Tenía las manos temblorosas alrededor de una taza de café vacía y mantenía la cabeza baja cada vez que alguien pasaba junto a él.

Había pedido sopa.

Después había metido la mano en los bolsillos.

Una vez.

Dos veces.

Tres veces.

Nada.

El gerente, Derek Palmer, había aparecido antes de que Emily pudiera intervenir.

—Señor, si no puede pagar, tendrá que retirarse.

El anciano levantó la vista.

—Pensé que tenía dinero.

—Todos dicen eso.

—Derek —dijo Emily.

Él ni siquiera la miró.

—No te metas.

—Solo pidió sopa.

—Y nosotros vendemos sopa. No somos un refugio.

Varias personas comenzaron a observar.

El anciano parecía querer desaparecer dentro de su propio abrigo.

Emily sintió algo conocido.

No lástima.

Recordó.

Recordó a su padre sentado en una clínica seis años atrás, contando billetes doblados mientras intentaba decidir si podía pagar la medicina y la comida de esa semana.

Recordó a su madre fingiendo no tener hambre.

Recordó lo que era bajar la mirada porque no querías que nadie supiera que veinte dólares podían decidir cómo terminaría tu día.

Metió la mano en el bolsillo de su delantal.

Sacó un billete de veinte.

Era todo.

Literalmente todo.

Su tanque de gasolina estaba casi vacío.

El alquiler vencía en cuatro días.

Su cuenta bancaria mostraba nueve dólares con treinta y siete centavos.

Y aun así dejó el billete sobre el mostrador.

—Cobra la sopa de aquí.

Derek la miró.

Después miró el billete.

Después volvió a mirarla.

—¿Hablas en serio?

—Sí.

—Te quejaste esta mañana porque necesitabas horas extra.

—Las sigo necesitando.

—¿Y regalas veinte dólares?

—No los estoy regalando.

El anciano levantó la cabeza.

Emily sonrió suavemente.

—Estoy comprando una cena.

Derek soltó una risa seca.

—Esto es exactamente por lo que personas como tú nunca salen adelante.

El restaurante quedó extraño y silencioso.

Emily sintió cómo varias miradas se volvían hacia ella.

Derek continuó.

—Trabajas cuarenta horas. Siempre estás atrasada con algo. Tu coche parece que puede morir en cualquier semáforo. Y ahora vienes a jugar a la heroína.

Emily no levantó la voz.

No discutió.

No le dio el espectáculo que él esperaba.

Enderezó el recibo junto a la caja.

—¿La sopa cuesta seis con cincuenta?

Derek frunció el ceño.

—Sí.

—Entonces todavía quedan trece con cincuenta.

Empujó el billete hacia él.

—Agrega un sándwich.

Alguien soltó una risita nerviosa.

Derek se puso rojo.

—Eres increíble.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo sé.

Desde la mesa del fondo, Nathaniel Blackwood observaba cada movimiento.

No la sonrisa.

No el uniforme azul barato.

No el cabello castaño recogido de cualquier manera porque el turno había empezado a las seis de la mañana.

Observaba sus manos.

Firmes.

Ni una temblaba.

Había sentido el miedo de Emily cuando Derek mencionó sus dificultades económicas.

Los vampiros de sangre antigua podían detectar ciertas alteraciones humanas.

Miedo.

Deseo.

Mentira.

Culpa.

No pensamientos.

No palabras.

Solo los cambios diminutos que corrían por el pulso como códigos invisibles.

Emily estaba preocupada.

Eso era evidente.

Pero no se arrepentía.

Ni siquiera un poco.

Nathaniel apoyó un dedo sobre el borde de su vaso.

—Interesante —murmuró.

El hombre sentado frente a él no respondió.

Marcus Hale era su consejero de seguridad y llevaba suficiente tiempo junto a Nathaniel para saber cuándo el rey hablaba consigo mismo.

—¿Su Majestad desea marcharse? —preguntó finalmente.

Nathaniel miró hacia la tormenta detrás de las ventanas.

Después volvió a Emily.

—Todavía no.

Derek arrancó el billete del mostrador.

—Tu problema —dijo— es que crees que ser buena persona paga las cuentas.

Emily tomó una bandeja.

—No.

Se volvió hacia él.

—Mi problema es que trabajo para alguien que cree que tener dinero le da permiso para hacer sentir pequeño a quien no lo tiene.

Una mujer en la barra dejó de cortar su pastel.

Marcus levantó una ceja.

Nathaniel casi sonrió.

Derek dio un paso hacia Emily.

—Ten cuidado.

—Siempre lo tengo.

—Puedo quitarte horas.

—Lo sé.

—Puedo darte los peores turnos.

—También lo sé.

—Puedo despedirte.

Emily lo miró directamente.

—Entonces tendrás que explicar al dueño por qué despediste a la camarera que pagó la comida de un cliente mientras tú lo humillabas frente a treinta personas.

Derek se quedó inmóvil.

Emily levantó la bandeja.

—¿Algo más?

No porque no tuviera miedo.

Lo tenía.

Muchísimo.

Pero Emily había descubierto muy joven que el miedo solo era útil cuando te decía dónde estaba el peligro.

No cuando decidía por ti.

Y aquella noche decidió algo más.

No iba a convertirse en una persona cruel solo porque ser amable era caro.

No iba a mirar hacia otro lado solo porque mirar resultaba incómodo.

No iba a aprender indiferencia para encajar con quienes la practicaban.

No iba a guardar el último billete si eso significaba dejar que otro ser humano se sintiera invisible.

No iba a permitir que veinte dólares costaran más que su propia conciencia.

El anciano recibió una sopa caliente.

Después un sándwich de pavo.

Emily añadió una rebanada de pastel que técnicamente no había pagado.

—Eso no venía incluido —susurró el hombre.

—Error de cocina.

—No creo que sea un error.

—Entonces no se lo diga a la cocina.

El anciano sonrió.

Tenía unos ojos grises extraordinariamente claros.

—¿Cómo se llama?

—Emily.

—Gracias, Emily.

—No tiene que agradecerme.

—La gente siempre dice eso cuando hace algo que merece agradecimiento.

Ella le dejó una servilleta.

—Coma antes de que se enfríe.

Cuando se alejó, el anciano dirigió una mirada breve hacia la mesa del fondo.

Nathaniel lo vio.

Por una fracción de segundo, sus ojos se encontraron.

Nathaniel se quedó completamente inmóvil.

Marcus también lo notó.

—¿Lo conoce?

—No.

Pero Nathaniel no estaba seguro.

Había algo en aquel hombre.

Algo demasiado quieto debajo de la apariencia frágil.

Emily siguió trabajando.

A las nueve y treinta quedaban seis mesas ocupadas.

A las diez, tres.

A las diez y cuarto, Derek se encerró en la oficina.

A las diez y veinte, el anciano se había marchado.

Dejó el plato limpio y una servilleta doblada.

No dejó propina.

Emily no esperaba ninguna.

A las diez y cuarenta, Nathaniel pidió la cuenta.

Emily se acercó.

—¿Todo estuvo bien?

—Perfectamente.

Su voz hizo que ella lo mirara por primera vez con atención.

No parecía un cliente habitual.

Tendría, al menos en apariencia, unos treinta y cinco años.

Cabello negro.

Traje oscuro impecable.

Sin corbata.

Rostro demasiado sereno para alguien que llevaba dos horas sentado en un diner de carretera sin revisar el teléfono una sola vez.

Sus ojos eran casi negros.

Emily no sabía por qué, pero tuvo la sensación absurda de que aquel hombre veía demasiado.

—¿Algo más? —preguntó.

—Una pregunta.

Emily sostuvo su libreta.

—Depende de la pregunta.

Marcus escondió una sonrisa.

Nathaniel miró hacia el lugar donde había estado sentado el anciano.

—¿Hace eso con frecuencia?

—¿Qué cosa?

—Pagar por desconocidos.

Emily guardó el bolígrafo.

—No.

—Entonces, ¿por qué hoy?

Ella se encogió de hombros.

—Hoy estaba aquí.

Nathaniel esperó.

Emily añadió:

—Y yo también.

Era una respuesta simple.

Pero lo golpeó con una fuerza ridícula.

Durante ciento treinta y siete años, Nathaniel había escuchado discursos sobre obligación.

Juramentos.

Honor.

Sangre.

Linaje.

Deber.

Nunca algo tan sencillo.

Él necesitaba ayuda.

Yo estaba allí.

Eso era todo.

—¿Veinte dólares no eran importantes para usted? —preguntó.

Emily lo miró un segundo de más.

—¿Estuvo escuchando?

—Era difícil no hacerlo.

—Entonces también escuchó que sí eran importantes.

—Por eso pregunto.

Ella apoyó una mano en el respaldo de la silla vacía.

—Hay cosas que solo puedes entender cuando alguna vez has necesitado que alguien hiciera lo mismo por ti.

Nathaniel dejó de respirar.

No porque necesitara hacerlo.

Sino porque durante un instante olvidó imitarlo.

Emily no lo notó.

—Son nueve dólares con ochenta —dijo.

Nathaniel sacó una tarjeta negra.

Ella negó con la cabeza.

—La máquina no acepta eso.

Marcus tosió para disimular una risa.

Nathaniel observó la tarjeta como si jamás hubiera considerado la posibilidad de que una máquina pudiera rechazar algo suyo.

—¿No?

—No.

—¿Por qué?

—Porque tiene un chip raro.

—Es una tarjeta Centurion.

—Genial.

Emily señaló la caja.

—Mi computadora tiene quince años y se reinicia cuando alguien ordena demasiado tocino. No le impresionan las tarjetas Centurion.

Marcus bajó la cabeza.

Nathaniel sintió una emoción que al principio no reconoció.

Diversión.

Sacó efectivo.

Un billete de cien.

Emily hizo ademán de buscar cambio.

—Quédese con él —dijo Nathaniel.

Ella se detuvo.

—No.

Él parpadeó.

—¿Perdón?

—Su cuenta es nueve ochenta.

—Lo sé.

—Eso sería más de noventa dólares de propina.

—También sé restar.

—No dije que no supiera.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

Emily observó el billete.

Después a él.

—Usted vio lo que pasó y ahora quiere convertirlo en una historia bonita donde recompensa a la camarera pobre.

Marcus alzó lentamente la vista.

Nathaniel sintió algo parecido a sorpresa genuina.

—No era mi intención.

—Quizá no conscientemente.

—¿Y cuál sería una propina aceptable?

Emily tomó un billete de veinte de la caja, cambió el suyo y dejó quince dólares sobre la mesa.

—Eso es demasiado, pero no insultante.

Nathaniel la observó.

—¿Insultante?

—No quiero que alguien me pague por haber hecho lo correcto.

—¿Y si simplemente considero que dio un excelente servicio?

—Entonces deje quince.

—Podría dejar cien.

—Podría.

Emily sonrió.

—Y yo podría devolverle ochenta y cinco.

Nathaniel también sonrió.

Fue mínimo.

Marcus se quedó mirándolo.

Emily tomó la bandeja.

—Buenas noches, señor…

—Blackwood.

Ella se congeló medio segundo.

El apellido le resultaba familiar.

No sabía de dónde.

—Buenas noches, señor Blackwood.

—Buenas noches, Emily Carter.

Ella frunció el ceño.

—Yo no le dije mi apellido.

Nathaniel miró la placa de identificación en su uniforme.

Debajo de EMILY, en letras pequeñas, estaba CARTER.

—Lo lleva puesto.

—Ah.

Emily se sintió ridícula.

—Cierto.

Nathaniel se levantó.

Medía más de lo que parecía sentado.

Demasiado elegante.

Demasiado silencioso.

Caminó hacia la puerta.

Marcus lo siguió.

Cuando las campanillas sonaron y ambos desaparecieron en la noche, Emily miró los quince dólares sobre la mesa.

Cinco minutos después, encontró algo debajo del vaso.

Una pequeña tarjeta blanca.

Sin número de teléfono.

Sin dirección.

Solo un símbolo negro.

Un árbol con raíces profundas.

Y debajo, una frase escrita a mano:

“Las personas que dan cuando tienen poco son más raras que las personas que dan cuando les sobra.”

Emily la sostuvo unos segundos.

Después la guardó en su bolsillo.

No sabía que aquel árbol era el emblema de la Casa Blackwood.

No sabía que su imagen estaba grabada en puertas que ningún humano común había atravesado.

No sabía que cien miembros del Consejo Nocturno juraban obediencia frente a ese símbolo.

Y tampoco sabía que, al salir del restaurante, Nathaniel había dado una orden que cambiaría su vida.

—Marcus.

—Majestad.

—Averigua quién es.

Marcus lo miró de reojo.

—¿La camarera?

—Sí.

—¿Por qué?

Nathaniel abrió la puerta del Cadillac.

—Porque alguien que entrega lo último que tiene merece que sepamos quién está dispuesto a quitárselo.

Emily terminó su turno a las once y doce.

Derek había desaparecido sin despedirse.

Eso nunca era buena señal.

Se puso su abrigo.

Revisó el teléfono.

Tres llamadas perdidas.

Todas de su hermana menor, Lily.

Emily llamó inmediatamente.

—¿Qué pasó?

Lily respondió al segundo tono.

—No te asustes.

Emily cerró los ojos.

—Cuando alguien empieza con “no te asustes”, significa que debería asustarme.

—El calentador volvió a apagarse.

—¿Completamente?

—Sí.

—¿Probaste el interruptor del sótano?

—Dos veces.

Emily miró la lluvia.

—Voy para allá.

—Em…

—¿Qué?

Silencio.

—Llegó otra carta.

Emily supo exactamente qué carta.

No necesitó preguntar.

—¿Del hospital?

—Sí.

—Déjala sobre la mesa.

—Dice final notice.

Emily respiró despacio.

—Déjala sobre la mesa.

—Podría conseguir otro trabajo.

—Tienes diecinueve años y universidad a tiempo completo.

—Tú tienes veintisiete y trabajas en dos sitios.

—Eso es diferente.

—No lo es.

—Sí lo es.

Emily se puso la capucha.

—Nos vemos en veinte minutos.

Colgó.

Su Toyota Corolla de 2008 tardó tres intentos en arrancar.

En el segundo intento, las luces del tablero parpadearon.

En el tercero, el motor tosió y finalmente respondió.

Emily apoyó la frente sobre el volante.

Los veinte dólares habrían comprado gasolina.

Lo sabía.

Pero cuando recordó al anciano sosteniendo aquella taza vacía, no se arrepintió.

Metió primera.

Condujo bajo la lluvia.

A seis calles del diner, un Cadillac negro salió discretamente de un estacionamiento y tomó otra dirección.

Emily nunca lo vio.

Marcus sí.

—Su apartamento está en Rainier Valley —dijo mirando la tableta.

Nathaniel permanecía junto a la ventana.

—¿Familia?

—Una hermana. Lily Carter. Diecinueve. Estudiante de enfermería.

—¿Padres?

Marcus tardó medio segundo.

—Fallecidos.

Nathaniel giró la cabeza.

—¿Ambos?

—Madre hace ocho años. Cáncer pancreático. Padre hace seis.

—¿Causa?

Marcus leyó.

Después lo miró.

—Ataque cardíaco.

Nathaniel percibió algo en el tono.

—Hay más.

—Sí.

Marcus deslizó otra página.

—El padre acumuló deuda médica durante la enfermedad de la madre. Después refinanció la casa. La perdieron. Emily dejó la universidad a los veintiuno para mantener a Lily.

Nathaniel volvió a mirar la ciudad.

—¿Trabajos?

—Blue Harbor Diner. Turnos de fin de semana en una librería. Limpia una oficina dos noches por semana.

—Tres empleos.

—Sí.

—¿Deudas?

Marcus sonrió sin humor.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

Nathaniel no respondió.

Marcus siguió.

—Cuarenta y dos mil en deuda médica heredada y algunas obligaciones familiares cuestionables. Préstamo estudiantil pequeño. Dos meses atrasada con una cuenta del hospital de Lily.

Nathaniel giró lentamente.

—¿Lily está enferma?

—Tuvo una cirugía cardíaca de niña. Controles periódicos. El seguro cubre parte.

La mandíbula de Nathaniel se tensó.

—¿Y aun así entregó sus últimos veinte dólares?

—Parece que sí.

Marcus cerró la tableta.

—También encontré algo curioso.

—¿Qué?

—Hace tres meses, la compañía propietaria del edificio donde vive empezó un proceso de remodelación.

—¿Eso es curioso?

—La compañía es una subsidiaria de Meridian Urban Holdings.

Nathaniel no cambió de expresión.

Pero el aire dentro del automóvil pareció enfriarse.

—¿Victor?

—Indirectamente.

Victor Graves.

El nombre no necesitaba explicación.

Durante setenta años había sido uno de los aliados más útiles de Nathaniel.

Durante los últimos siete, se había convertido en un problema.

Un vampiro antiguo.

Rico.

Ambicioso.

Popular entre las familias tradicionales que consideraban las reformas de Nathaniel una amenaza.

—¿Cuántos edificios controla Meridian en esa zona? —preguntó Nathaniel.

—Diecisiete.

—Investígalo.

—Ya lo estoy haciendo.

Nathaniel miró nuevamente la lluvia.

—Y Palmer.

—¿El gerente?

—Sí.

—¿Qué quiere saber?

—Todo.

Emily llegó a casa a las once cuarenta y tres.

El edificio era una construcción de ladrillo de tres pisos.

Vieja.

Barata para Seattle, lo que solo significaba demasiado cara en cualquier otro lugar.

Subió las escaleras.

Lily abrió antes de que pudiera usar la llave.

—Hace frío.

—Me di cuenta.

Emily entró.

Su aliento casi se veía.

Lily llevaba dos sudaderas.

—El propietario dijo que mandaría a alguien mañana.

—Eso dijo la última vez.

Emily dejó las llaves.

Sobre la mesa estaba el sobre.

FINAL NOTICE.

$1,843.72.

Venció hacía doce días.

Emily lo abrió aunque ya sabía el contenido.

—Puedo llamar mañana.

—¿Y decir qué?

Emily levantó la vista.

Lily se arrepintió instantáneamente.

—Perdón.

—No.

Emily dejó la carta.

—Es una buena pregunta.

Abrió la aplicación bancaria.

$24.37.

Quince dólares de propina más lo que ya tenía.

—Me pagan el viernes.

—El alquiler es el lunes.

—También.

—Emily.

—Lo sé.

Lily se sentó.

Tenía el cabello rojizo de su madre.

Emily siempre había odiado cuánto la hacía parecerse a ella.

No porque no quisiera recordar a su madre.

Porque la recordaba demasiado.

—Voy a tomar más horas en el campus —dijo Lily.

—Tus calificaciones…

—Mis calificaciones sobrevivirán.

—Tu beca depende de ellas.

—Y tú no puedes seguir haciendo esto.

Emily dobló la carta.

—¿Haciendo qué?

—Todo.

La respuesta llegó demasiado rápido.

Emily guardó silencio.

Lily bajó la voz.

—No eres mi madre.

—Ya lo sé.

—Entonces deja de actuar como si tuvieras que reemplazarla.

Emily miró la mesa.

Por primera vez en toda la noche, su control se agrietó.

No en lágrimas.

Solo un pequeño movimiento en la mandíbula.

—No intento reemplazarla.

—Entonces deja que te ayude.

Emily se sentó.

—Termina este semestre.

—Em…

—Termina este semestre con la beca intacta. Después hablamos.

Lily la observó.

—Siempre dices después.

Emily abrió una sonrisa cansada.

—Porque antes es complicado.

Lily soltó una risa corta.

Después vio la tarjeta blanca que sobresalía del bolsillo de Emily.

—¿Qué es eso?

Emily la sacó.

—Un cliente raro.

Lily tomó la tarjeta.

—Blackwood.

Emily parpadeó.

—¿Cómo sabes?

—El árbol.

—¿Conoces ese símbolo?

—Todo el mundo conoce ese símbolo.

Emily la miró.

—Yo no.

—Porque trabajas veintiséis horas al día.

Lily giró el teléfono, buscó algo y le mostró la pantalla.

BLACKWOOD FOUNDATION.

El mismo árbol aparecía en el logotipo.

Emily frunció el ceño.

—¿Fundación?

—Financia hospitales, museos, investigación médica. Nathaniel Blackwood es… espera.

Amplió una fotografía.

Emily reconoció inmediatamente al hombre del diner.

—Ese.

Lily abrió la boca.

—No.

—Sí.

—Emily.

—¿Qué?

—Ese hombre vale miles de millones.

Emily tomó el teléfono.

La fotografía mostraba a Nathaniel frente a un edificio de cristal.

El pie de foto decía:

“Nathaniel Blackwood, presidente de Blackwood Industries, rara vez concede entrevistas y mantiene un perfil extraordinariamente privado.”

—Eso explica la tarjeta rara —murmuró Emily.

Lily la miró como si hubiera perdido la cabeza.

—¿Le serviste café a Nathaniel Blackwood?

—Té.

—¿Y qué hizo?

—Pagó.

—Emily.

—¿Qué quieres que te diga?

—¿Cuánto dejó?

Emily hizo una pausa.

—Quería dejar cien.

—¡¿Quería?!

—Le devolví el cambio.

Lily dejó caer la frente sobre la mesa.

—No puedo contigo.

Emily tomó la carta del hospital.

—Eran noventa dólares de propina.

Lily levantó la cabeza lentamente.

—Tenemos veinticuatro dólares.

—Lo sé.

—El calentador está roto.

—Lo sé.

—Debemos casi dos mil al hospital.

—También lo sé.

—Y devolviste ochenta y cinco dólares a un multimillonario.

Emily cruzó los brazos.

—Cuando lo dices así suena mal.

—Porque es mal.

Emily se levantó.

—Voy a revisar el calentador.

Lily la siguió con la mirada.

—¿Qué escribió?

—¿Quién?

—Blackwood.

Emily volvió a mirar la tarjeta.

Leyó la frase.

Lily guardó silencio.

Después preguntó:

—¿Crees que quería decir algo?

Emily metió la tarjeta en un cajón.

—Los ricos siempre creen que quieren decir algo.

A la mañana siguiente, Derek la esperaba junto a la puerta del personal.

Eso sí era mala señal.

—Oficina.

Emily dejó su bolso.

—Buenos días para ti también.

—Ahora.

Entró.

Derek cerró.

Sobre el escritorio había una hoja impresa.

—Recibimos una queja.

Emily observó el papel.

—¿Por qué?

—Conducta poco profesional.

—¿De quién?

—Un cliente.

Mentira.

Emily lo supo inmediatamente.

Derek nunca miraba a los ojos cuando mentía.

En cambio, organizaba cosas.

Esta vez alineaba un bolígrafo con el borde del escritorio.

—¿Qué cliente?

—No puedo revelar eso.

—Sí puedes.

Derek apretó la mandíbula.

—No tengo que discutirlo contigo.

—Entonces no firmaré nada.

—No te pedí que firmaras.

—Todavía.

Derek la miró.

Emily bajó los ojos hacia la hoja.

—¿Suspensión?

—Tres días.

Eso sí dolía.

Tres días eran casi cuatrocientos dólares.

—¿Por pagar una comida?

—Por desafiarme frente a clientes.

—¿Eso dice la queja?

—Dije que no voy a discutir.

Emily señaló el documento.

—Entonces quiero una copia.

—Es interno.

—Quiero una copia.

—Emily.

—Derek.

El silencio duró varios segundos.

Finalmente él empujó la hoja.

—Tómala.

Emily la dobló.

—Gracias.

—Y devuélveme la tarjeta de acceso.

—¿Estoy suspendida o despedida?

—Suspendida.

—Entonces no devuelvo la tarjeta.

Derek se inclinó hacia atrás.

—Sabes, podrías hacer tu vida mucho más fácil si dejaras de convertir todo en una batalla.

Emily abrió la puerta.

—No convierto todo en una batalla.

Lo miró.

—Solo me niego a perder antes de que empiece.

Salió.

No vio al hombre sentado en el sedán gris al otro lado de la calle.

Tampoco vio la fotografía que tomó cuando Derek salió cinco minutos después y se reunió con otro hombre.

Marcus sí la recibió.

Nathaniel estaba en una reunión del consejo cuando su teléfono vibró.

No revisaba mensajes durante reuniones.

Nunca.

Aquella vez lo hizo.

Una fotografía.

Derek Palmer.

Y junto a él, un hombre que Nathaniel reconoció inmediatamente.

Caleb Voss.

Asistente personal de Victor Graves.

Nathaniel dejó el teléfono sobre la mesa.

Doce pares de ojos lo observaban.

Victor Graves estaba sentado a su derecha.

Cabello plateado.

Traje color carbón.

Sonrisa educada.

—¿Algún problema, Nathaniel?

Nathaniel sostuvo su mirada.

—Ninguno.

Victor sonrió.

—Excelente.

La reunión continuó.

Nathaniel no escuchó la siguiente intervención.

Pensaba en una camarera.

En veinte dólares.

Y en por qué demonios uno de los hombres de Victor se reunía con el gerente que acababa de suspenderla.

Emily salió del diner sin saber qué hacer.

La librería no tenía turnos disponibles.

La empresa de limpieza solo podía darle una noche extra.

Cuarenta y ocho dólares.

Necesitaba cuatrocientos.

Se sentó dentro del Toyota.

El motor no arrancó.

Una vez.

Dos.

Nada.

Apoyó las manos sobre el volante.

—Perfecto.

Probó otra vez.

Clic.

Nada.

Llamó a Lily.

—Voy a llegar tarde.

—¿Qué pasó?

—El coche.

—¿Murió?

—Está evaluando sus opciones.

—¿Dónde estás?

—Trabajo.

—Pensé que entrabas temprano.

Emily miró la carta de suspensión.

—Cambiaron el horario.

Era una mentira pequeña.

Y la odió.

—Toma el autobús —dijo Lily—. Yo puedo…

—Estoy bien.

—Emily.

—Estoy bien.

Colgó.

No lo estaba.

Pero estar bien nunca había sido requisito para seguir adelante.

Tomó su bolso.

Caminó hacia la parada.

Una camioneta negra se detuvo a pocos metros.

La puerta trasera se abrió.

Marcus Hale descendió.

Emily lo reconoció.

—Usted estaba con el señor Blackwood.

—Sí.

—¿Olvidaron algo?

Marcus observó el Toyota.

—Parece que usted sí.

Emily siguió su mirada.

—Está descansando.

—Parece muerto.

—No diga eso delante de él.

Marcus sonrió.

—El señor Blackwood quisiera hablar con usted.

Emily miró la camioneta.

—¿Está dentro?

—No.

—Entonces dígale que puede llamarme.

—No tiene su número.

—Eso es tranquilizador.

Marcus la estudió.

—No le gustan mucho los hombres ricos.

—No tengo suficientes datos para generalizar.

—Pero tiene una hipótesis.

—Fuerte.

Marcus sacó una tarjeta.

—El señor Blackwood está al frente de la fundación que financia parte del programa cardiológico del Northwest Medical Center.

Emily se quedó inmóvil.

Marcus lo notó.

—Su hermana recibe atención allí.

Toda la calidez desapareció de su expresión.

—¿Cómo sabe eso?

—Investigamos a las personas que interactúan directamente con el señor Blackwood.

—¿Investigamos?

—Seguridad.

—Eso suena menos tranquilizador todavía.

Marcus le ofreció la tarjeta.

Emily no la tomó.

—Dígale al señor Blackwood que agradezco el interés. Pero mi hermana no es asunto suyo.

—No está intentando invadir su privacidad.

—Ya lo hizo.

Marcus aceptó el golpe con calma.

—Tiene razón.

Eso la sorprendió.

—¿Perdón?

—Tiene razón. Debí empezar por eso.

Guardó la tarjeta.

—No vine por su hermana.

—Entonces, ¿por qué?

Marcus miró hacia el diner.

—Porque parece que su suspensión podría tener menos que ver con su comportamiento y más con alguien que estaba observando.

Emily no dijo nada.

—¿Conoce a Caleb Voss? —preguntó Marcus.

—No.

—¿Victor Graves?

—He visto el nombre.

—¿Dónde?

Emily pensó.

Después recordó.

Una carta.

La renovación del edificio.

Meridian Urban Holdings.

Firmado por una oficina legal vinculada a Graves Development.

—El edificio donde vivo.

Marcus la observó con atención.

—Eso pensaba.

—¿Qué tiene que ver mi apartamento con Derek?

—Todavía no lo sabemos.

—Entonces no tienen nada.

—Tenemos una coincidencia.

—Las coincidencias son datos perezosos.

Marcus sonrió.

—Ahora entiendo por qué le interesa tanto.

Emily frunció el ceño.

—¿A quién?

—Al señor Blackwood.

—No le intereso.

Marcus no respondió.

Aquello fue peor.

Emily miró el reloj.

—Tengo que irme.

—¿Le consigo un auto?

—No.

—¿Un taxi?

—No.

—¿Al menos una batería?

Emily abrió la boca para rechazarlo.

Después miró su Toyota.

Después el cielo.

Después la parada del autobús.

—Una batería no sería caridad.

—No.

—Sería…

—Una batería.

Emily suspiró.

—Está bien.

Marcus sacó el teléfono.

—Sabia decisión.

—No se acostumbre.

Veinticinco minutos después apareció un mecánico.

No un servicio de carretera normal.

Un hombre con uniforme de una empresa privada que pareció saber exactamente qué hacer.

Revisó la batería.

—Está acabada.

—¿Puede cargarla?

—Podría.

—¿Pero?

—Morirá otra vez.

Emily calculó mentalmente.

—¿Cuánto cuesta reemplazarla?

El mecánico miró a Marcus.

Error.

Emily lo vio.

—No.

Marcus guardó las manos en los bolsillos.

—¿No qué?

—No va a pagarla.

—No dije nada.

—Su cara lo dijo.

—Mi cara no habla.

—La suya sí.

Marcus suspiró.

—Señorita Carter.

—Emily.

—Emily, una batería cuesta menos que la comida que el señor Blackwood sirve a sus invitados en una reunión.

—Ese es exactamente el problema.

—¿Cuál?

—Para ustedes nada cuesta lo suficiente como para importar.

Marcus la observó.

Ella continuó:

—Para mí, una batería son horas. Turnos. Presupuesto. Decisiones. Si ustedes empiezan a solucionar cosas porque pueden hacerlo sin sentirlo, yo termino debiendo favores que ustedes tampoco sienten.

Marcus no tenía respuesta inmediata.

—Ponga una usada —dijo Emily al mecánico.

—Puede conseguir una reacondicionada por setenta y cinco.

—Hágalo.

—Yo…

Emily sacó su teléfono.

—Tarjeta.

Marcus la miró como si estuviera viendo algo extraño.

No pobreza.

No orgullo.

Una frontera.

—¿Siempre es así? —preguntó.

—¿Así cómo?

—Difícil de ayudar.

Emily sonrió.

—Solo cuando la ayuda parece tener condiciones que nadie quiere explicar.

Marcus pensó en Nathaniel.

En el Consejo.

En Victor.

En un conflicto de setenta años.

—Justo —dijo.

Aquella noche, Nathaniel recibió un informe.

No sobre Emily.

Sobre Derek.

Derek Palmer debía ciento ochenta mil dólares.

Apuestas deportivas.

Préstamos privados.

Tres meses antes había recibido treinta mil dólares de una empresa fantasma.

La empresa estaba vinculada a Caleb Voss.

—¿Para qué? —preguntó Nathaniel.

Marcus puso fotografías sobre el escritorio.

—Todavía no lo sabemos.

Una mostraba a Derek entrando en un almacén.

Otra, a Caleb.

Otra, a un hombre que Nathaniel reconoció como miembro de una familia vampírica menor.

Nathaniel se levantó.

Su oficina ocupaba el piso setenta y uno de Blackwood Tower.

Seattle brillaba abajo.

Miles de luces.

Miles de vidas.

Emily estaba en alguna parte entre ellas.

—¿Palmer sabe quién soy?

—Probablemente no.

—¿Voss sabe que estuve en el diner?

—Eso me preocupa.

Nathaniel giró.

—¿Por qué?

Marcus sacó otra fotografía.

—Porque Caleb entró al diner dos horas después de que usted se marchó.

—¿Anoche?

—Sí.

—¿Habló con Palmer?

—Diecisiete minutos.

Nathaniel miró la imagen.

—Entonces Emily no fue suspendida por ayudar al anciano.

—Quizá no.

—Fue suspendida porque me habló.

Marcus asintió lentamente.

Nathaniel apretó la mandíbula.

Eso cambiaba todo.

—Quiero vigilancia discreta.

—Ya está.

—No cerca de ella.

—Entendido.

—Y encuentra al anciano.

Marcus dudó.

—Eso será más difícil.

—¿Por qué?

—Porque no existe.

Nathaniel se volvió.

Marcus abrió la tableta.

—No aparece en ninguna cámara después de salir del diner.

—¿Qué?

—Cruza la puerta. Camina hasta la esquina. Cámara municipal lo capta durante siete segundos.

Deslizó la pantalla.

—Después nada.

—¿Autobús?

—No.

—Vehículo.

—No.

—Callejón.

—Revisado.

Nathaniel miró la imagen congelada.

El anciano caminaba bajo la lluvia.

Abrigo gris.

Cabeza baja.

—¿Antes del diner?

—Lo mismo.

Marcus mostró otra imagen.

—Aparece a una cuadra. Sin registro previo.

Nathaniel sintió una presión antigua en el pecho.

No miedo.

Reconocimiento sin memoria.

—Busca archivos antiguos.

—¿De qué?

Nathaniel miró los ojos grises del hombre.

—De todos.

Dos días después, Emily estaba trabajando en la librería cuando recibió una llamada del hospital.

—¿Señorita Carter?

—Sí.

—Llamamos sobre la cuenta de Lily Carter.

Emily cerró los ojos.

—Sé que está atrasada.

—No llamamos para cobrar.

—¿Entonces?

—El saldo ha sido cubierto.

Emily se quedó inmóvil.

—¿Por quién?

—Una subvención del Fondo Blackwood de Atención Cardíaca.

Su mano se apretó alrededor del teléfono.

—¿Cuándo?

—Ayer.

—¿Quién solicitó la subvención?

—La paciente calificaba automáticamente por historial médico y nivel de ingresos.

—Eso nunca había pasado.

—El programa amplió cobertura esta semana.

Emily miró hacia la puerta de la librería.

—¿A cuántas personas?

La mujer hizo una pausa.

—¿Perdón?

—¿Cuántos pacientes recibieron la ampliación?

—No tengo ese número.

—¿Puede averiguarlo?

—Señorita Carter, su saldo es cero.

—Lo sé.

—¿No es una buena noticia?

Emily apoyó la espalda contra la pared.

—Puede serlo.

Terminó la llamada.

Después buscó el número de Blackwood Foundation.

No llamó.

Encontró un comunicado.

“Blackwood Foundation amplía el programa de asistencia cardíaca a 412 familias del área de Puget Sound.”

Emily leyó dos veces.

Cuatrocientas doce familias.

No solo Lily.

Eso cambió algo.

Aun así, tomó la tarjeta blanca de su bolso.

Miró el árbol.

Volvió a guardarla.

A las cinco, cuando salió, Nathaniel estaba esperando al otro lado de la calle.

Solo.

Sin Marcus.

Sin Cadillac.

Llevaba un abrigo negro y sostenía un paraguas.

Emily lo vio inmediatamente.

—Eso es sutil.

Nathaniel cruzó.

—Buenas tardes.

—¿Está siguiéndome?

—No.

—Está afuera de mi trabajo.

—Sé dónde trabaja.

—Eso no ayuda.

Nathaniel inclinó ligeramente la cabeza.

—Quería hablar con usted.

—¿Sobre la subvención?

—Así que ya lo sabe.

—Cuatrocientas doce familias.

Algo en los ojos de Nathaniel cambió.

—Investigó.

—No iba a aceptar si solo lo hizo por mí.

—No necesitaba aceptarlo. Era automático.

—Después de que lo conocí.

—La ampliación estaba en discusión desde hace meses.

—Pero la firmó ayer.

—Sí.

Emily cruzó los brazos.

—¿Por qué?

Nathaniel podría haber mentido.

No lo hizo.

—Porque usted me recordó que esperar también es una decisión.

Emily guardó silencio.

La lluvia golpeaba el paraguas.

—No amplié el fondo por usted —continuó Nathaniel—. Lo hice porque tenía sentido. Pero probablemente habría esperado hasta el próximo trimestre si no la hubiera conocido.

—Cuatrocientas doce familias.

—Sí.

—Eso es mucho dinero.

—Tengo mucho dinero.

Emily casi sonrió.

—Al menos es consciente.

—Intento serlo.

Ella lo estudió.

—Gracias.

Nathaniel no esperaba la palabra.

—No tiene que agradecerme.

Emily levantó una ceja.

—La gente siempre dice eso cuando hace algo que merece agradecimiento.

Nathaniel la miró.

Ella sonrió.

—Me pareció justo devolvérsela.

Por primera vez en décadas, Nathaniel Blackwood rió.

No una sonrisa.

Una risa breve.

Baja.

Real.

Emily se quedó quieta.

No porque fuera especialmente gracioso.

Porque el sonido parecía extraño en él.

Como si no lo usara mucho.

Nathaniel también pareció sorprendido.

—¿Hace cuánto no hacía eso? —preguntó Emily.

—¿Qué?

—Reír.

—No lo sé.

—Eso es triste.

—No necesariamente.

—Sí. Lo es.

Nathaniel la observó.

—¿Siempre decide tan rápido lo que piensa de alguien?

—No.

—Parece que sí.

—Solo cuando dan señales fáciles.

—¿Qué señales he dado?

Emily comenzó a caminar.

Nathaniel la siguió.

—Tarjeta negra. Auto con chofer. Guardaespaldas. Investiga camareras. Financia hospitales. No sabe cuánto cuesta una batería.

—Sé cuánto cuesta una batería.

—Marcus no.

—Marcus sabe cuánto cuesta una batería.

—Entonces actuó demasiado rico para recordarlo.

Nathaniel sonrió nuevamente.

Caminaron una cuadra.

—¿A dónde va? —preguntó.

—Casa.

—¿A pie?

—Mi coche está en el taller.

—Puedo llevarla.

—No.

—Esperaba esa respuesta.

—Entonces está aprendiendo.

—¿Puedo caminar?

Emily lo miró.

—¿No tiene reuniones de multimillonario?

—Terminaron.

—¿Reuniones secretas en habitaciones oscuras?

Nathaniel la observó.

—Algunas.

Emily se rió.

—Eso fue una broma.

—Yo también.

Ella lo miró.

—Tiene que trabajar en su tono.

Caminaron bajo la lluvia.

Nathaniel no recordaba la última vez que había caminado veinte minutos sin propósito político, sin escolta visible, sin plan.

Emily habló del clima.

Del autobús.

De una panadería que vendía los mejores cinnamon rolls de la ciudad.

No preguntó cuánto dinero tenía.

No preguntó por su empresa.

No intentó impresionarlo.

Eso le resultaba casi desconcertante.

—¿Por qué estaba en el diner? —preguntó ella.

Nathaniel tardó demasiado.

—Cena.

—No parecía tener hambre.

Correcto.

Los vampiros podían comer comida humana.

Pero no les servía.

—Tenía una reunión cerca.

—¿A las diez de la noche?

—Mis horarios son extraños.

Emily sonrió.

—Eso explica su palidez.

Nathaniel casi tropezó.

Ella no lo notó.

—Debería tomar vitamina D.

—Lo consideraré.

Llegaron a una esquina.

Emily se detuvo.

Su edificio estaba a dos calles.

—Hasta aquí.

Nathaniel miró más allá.

—Puedo acompañarla.

—Hasta aquí.

Él entendió.

No quería que supiera exactamente dónde vivía.

Aunque ya lo sabía.

—Buenas noches, Emily.

—Buenas noches, Nathaniel.

Fue la primera vez que usó su nombre.

Algo absurdo ocurrió en el pecho de Nathaniel.

Una sensación que no tenía lugar en un ser de ciento sesenta y ocho años.

Calidez.

Emily caminó.

Nathaniel esperó hasta que dobló la esquina.

Después dijo:

—Marcus.

Una voz respondió por el auricular invisible.

—Estoy aquí.

—Dime que no estuviste escuchando.

—No estuve escuchando.

—Mentiroso.

—Su Majestad parecía estar divirtiéndose.

—Vete a casa.

—¿Eso es una orden?

—Sí.

—¿Y la vigilancia?

Nathaniel miró hacia la esquina.

—Mantén distancia.

Marcus guardó silencio un segundo.

—Nathaniel.

El uso del nombre significaba que ya no hablaba como empleado.

—¿Qué?

—Victor preguntó por ella.

Nathaniel se quedó completamente inmóvil.

—¿Cuándo?

—Hace una hora.

La lluvia siguió cayendo.

—¿Qué preguntó?

—Quién era la camarera con la que te vieron saliendo del diner.

La expresión de Nathaniel se endureció.

—¿Quién se lo dijo?

—Aún no sé.

—Averígualo.

—Lo haré.

—Y Marcus.

—Sí.

—Duplica la seguridad.

Emily llegó al edificio.

Encontró una nota pegada a la puerta.

“INSPECCIÓN DE UNIDAD. VIERNES. 9:00 A.M.”

Debajo había un sello de Meridian Urban Holdings.

Frunció el ceño.

Subió.

Lily estaba estudiando.

—¿Sabías de esto?

Le mostró la nota.

—No.

Emily dejó el bolso.

—¿Vinieron hoy?

—No mientras estuve aquí.

—¿El calentador?

—Funciona.

—¿Vinieron a arreglarlo?

—Cuando regresé del campus ya estaba encendido.

Emily miró hacia el pasillo.

—¿Entraron sin avisar?

—No sé.

Algo le molestó.

No sabía qué.

Esa noche revisó dos veces las ventanas.

Cerró la puerta con pestillo.

A las tres y diecisiete de la madrugada, despertó.

No por ruido.

Por silencio.

Seattle nunca estaba completamente silenciosa.

Siempre había un coche.

Una sirena.

Un vecino.

Una tubería.

Ahora nada.

Emily se incorporó.

Lily dormía en la otra habitación.

Miró hacia la puerta.

Una sombra pasó por debajo.

Muy lenta.

Emily no gritó.

Tomó el teléfono.

Marcó 911.

No presionó llamar todavía.

Escuchó.

Un clic suave.

Alguien probaba la cerradura.

Emily caminó hacia la cocina.

Tomó una sartén de hierro.

Otro clic.

La puerta se abrió tres centímetros.

El pestillo la detuvo.

Emily presionó llamar.

En ese instante algo golpeó desde afuera.

No la puerta.

Un cuerpo.

Un sonido seco.

Después silencio.

Emily sostuvo el teléfono.

—911. ¿Cuál es su emergencia?

Antes de responder, alguien llamó suavemente.

Tres golpes.

—Emily.

Conocía esa voz.

Nathaniel.

Abrió solo un poco.

Él estaba en el pasillo.

Sin abrigo.

Camisa negra.

Una mancha oscura en el puño.

Detrás de él, un hombre estaba tendido en el suelo.

Vivo.

Gemía.

Marcus se arrodillaba junto a él.

Emily abrió más.

—¿Qué demonios…?

Nathaniel la miró.

Sus ojos parecían más oscuros que nunca.

—Cierra la puerta.

—¿Qué pasó?

—Cierra la puerta.

—¿Quién es ese?

—Alguien que no debería estar aquí.

Emily no se movió.

—¿Cómo sabía usted que estaba aquí?

Silencio.

Nathaniel había cometido el error que llevaba evitando días.

No tenía una explicación humana convincente.

Marcus levantó la vista.

—Seguimiento de seguridad.

Emily lo miró.

—¿Me estaban vigilando?

Nathaniel respondió:

—Sí.

—¿Sin permiso?

—Sí.

—¿Por qué?

El hombre del suelo intentó moverse.

Marcus lo inmovilizó.

Algo metálico cayó de su chaqueta.

Una jeringa.

Emily dejó de hablar.

Nathaniel la miró.

—Por eso.

La policía llegó seis minutos después.

El hombre llevaba identificación falsa.

Guantes.

Herramientas.

La jeringa contenía un sedante.

No pudieron determinar el objetivo.

Emily sí.

Ella.

Lily apareció en el pasillo con una manta alrededor de los hombros.

Pálida.

—¿Qué está pasando?

Emily caminó hacia ella.

—Nada.

Nathaniel la observó.

Era mentira.

Y por primera vez comprendió que Emily usaba esa palabra de la misma manera que otras personas usaban un escudo.

Nada.

Cuando era demasiado.

Nada.

Cuando tenía miedo.

Nada.

Cuando quería proteger a Lily.

Uno de los oficiales habló con Marcus.

Nathaniel se acercó a Emily.

—No puede quedarse aquí esta noche.

—Sí puedo.

—Emily.

—La policía está aquí.

—No sabemos quién envió a ese hombre.

Ella lo miró.

—Usted sí sospecha.

Nathaniel no respondió.

—Dígamelo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no tengo pruebas.

—Pero tiene un nombre.

—Sí.

—¿Quién?

Nathaniel la miró varios segundos.

—Victor Graves.

Emily conocía el nombre.

—¿El desarrollador?

—Entre otras cosas.

—¿Por qué enviaría alguien a mi apartamento?

—No lo sé.

—¿Tiene que ver con usted?

Silencio.

Eso fue respuesta suficiente.

Emily dio un paso atrás.

—Entonces esto empezó cuando usted apareció.

Nathaniel sintió la acusación.

Y no podía negarla.

—Puede ser.

Emily miró a Lily.

Después al hombre esposado.

Después a Nathaniel.

—Quiero que se vaya.

Marcus alzó la cabeza.

Nathaniel no se movió.

—Emily…

—Quiero que se vaya.

—No hasta que esté segura.

—No estaba en peligro antes de conocerlo.

Aquello fue exactamente lo que Nathaniel ya se había dicho.

—Tiene razón.

Emily esperaba discusión.

No llegó.

Nathaniel sacó una tarjeta.

La dejó sobre una mesa cercana.

—Hay un número. Si ocurre cualquier cosa…

—No voy a llamarlo.

—Espero que no tenga que hacerlo.

Se volvió hacia Marcus.

—Vamos.

Marcus dudó.

Nathaniel repitió:

—Ahora.

Salieron.

Emily cerró.

Esperó hasta escuchar el ascensor.

Entonces sus manos comenzaron a temblar.

Lily lo vio.

No dijo nada.

Solo sostuvo la sartén que Emily todavía llevaba.

—¿Ibas a golpearlo con esto?

Emily miró el hierro.

—Era el plan.

Lily examinó la sartén.

—Mamá estaría orgullosa.

Emily soltó una risa ahogada.

Después se sentó en el suelo.

No lloró.

Pero permaneció allí durante mucho tiempo.

Nathaniel volvió a Blackwood Tower antes del amanecer.

—Quiero a Graves aquí —dijo.

Marcus cerró la puerta de la oficina.

—No.

Nathaniel giró.

—¿Qué dijiste?

—Dije no.

—Marcus.

—Quieres confrontarlo sin pruebas. Él negará todo. Después sabrá cuánto sabes.

Nathaniel caminó hacia la ventana.

—Entraron en su casa.

—Lo sé.

—Con sedante.

—Lo sé.

—Lily estaba allí.

Marcus se quedó callado.

Nathaniel golpeó el escritorio.

La madera se quebró.

Silencio.

Nathaniel miró su propia mano.

Había perdido el control.

Marcus también lo sabía.

—Eso —dijo Marcus lentamente— es exactamente lo que Victor quiere.

Nathaniel levantó la mirada.

—¿Qué?

—Que reacciones.

Marcus se acercó.

—Piénsalo. ¿Por qué una operación tan torpe? ¿Por qué un hombre con identificación falsa pero rastreable? ¿Por qué la misma semana que preguntas por Meridian?

Nathaniel guardó silencio.

—No intentaban llevársela —continuó Marcus—. Querían que supiéramos que podían llegar hasta ella.

—Una amenaza.

—Sí.

—Contra mí.

—O contra ella.

Nathaniel miró la madera rota.

—No es parte de nuestro mundo.

Marcus respondió suavemente:

—Ahora sí.

Emily fue a trabajar al día siguiente.

No al diner.

Seguía suspendida.

A la empresa de limpieza.

Lily protestó.

Emily ignoró la protesta.

Necesitaba normalidad.

Pasó tres horas limpiando oficinas vacías.

Escritorios.

Cristales.

Papeleras.

A la medianoche entró al piso catorce.

Las luces se encendieron por sensores.

Emily empujó el carro.

Llegó a una oficina de esquina.

La puerta estaba abierta.

Dentro había un hombre.

Emily se detuvo.

—La oficina está cerrada.

El hombre estaba de espaldas.

Traje gris.

Cabello plateado.

—Lo sé.

Se volvió.

Emily reconoció el rostro.

Victor Graves.

Lo había visto en internet.

—Emily Carter.

Ella no entró.

—¿Nos conocemos?

—No personalmente.

—Entonces es raro que sepa mi nombre.

Victor sonrió.

—Últimamente su nombre aparece en lugares interesantes.

Emily sostuvo el mango del carro.

—¿Necesita que vuelva después?

—Solo quería hablar.

—Estoy trabajando.

—Le pagaré el tiempo.

—No es necesario.

Victor caminó hacia el escritorio.

—Nathaniel Blackwood tiene una debilidad curiosa.

Emily no respondió.

—Se interesa por cosas rotas.

—No soy una cosa.

Victor sonrió.

—Exactamente lo que imaginaba que diría.

Emily dio medio paso atrás.

—Si conoce al señor Blackwood, hable con él.

—Prefiero hablar con usted.

—Yo no.

Victor la observó.

No parecía molesto.

Eso era peor.

—¿Sabe qué es él?

Emily pensó en multimillonario.

Fundación.

Empresas.

Extraño.

Pálido.

—Un hombre con demasiados empleados.

Victor soltó una risa.

—Eso también.

Emily retrocedió.

—Buenas noches, señor Graves.

—Su padre trabajó para Blackwood Industries.

Emily se detuvo.

Victor vio el cambio.

Pequeño.

Pero suficiente.

—Eso no es cierto.

—¿Está segura?

—Mi padre era electricista.

—Sí.

Victor tomó una carpeta.

—Contratista en varios proyectos.

Emily lo miró.

—¿Qué quiere?

—Que tenga cuidado con Nathaniel.

—¿Por qué?

—Porque cuando Nathaniel Blackwood se interesa por alguien, rara vez es casual.

—¿Y su interés en mí sí lo es?

Victor sonrió.

—Inteligente.

Emily no tomó la carpeta.

—No quiero nada suyo.

—La necesitará.

—No.

Victor dejó la carpeta sobre el escritorio.

—Pregúntele a Nathaniel por el Proyecto Red Hollow.

Emily sintió un escalofrío.

—No sé qué es eso.

—Su padre sí.

Victor caminó hacia la salida.

Pasó junto a ella.

No la tocó.

—Y pregúntele por qué murió realmente.

Emily quedó inmóvil.

El ascensor se cerró detrás de Victor.

Miró la carpeta.

No la abrió durante casi un minuto.

Después lo hizo.

Dentro había una fotografía.

Su padre.

Más joven.

Casco de seguridad.

Junto a otros trabajadores.

Detrás de ellos, un letrero.

BLACKWOOD INDUSTRIES.

RED HOLLOW FACILITY.

Emily sintió que el piso se inclinaba.

En la parte posterior de la fotografía había una fecha.

Tres semanas antes de la muerte de su padre.

Nathaniel estaba en su oficina cuando recibió la llamada.

—¿Emily?

—¿Qué es Red Hollow?

Silencio.

Marcus, al otro lado del escritorio, levantó la cabeza.

Nathaniel cerró los ojos.

—¿Quién te habló de eso?

—Victor Graves.

Nathaniel se levantó.

—¿Dónde estás?

—No cambie de tema.

—¿Dónde estás?

—Trabajo.

—¿Graves está allí?

—Se fue.

Nathaniel ya estaba caminando.

—No toques nada que te haya dado.

—Tarde.

—Emily.

—¿Mi padre trabajó para usted?

Silencio.

—Sí.

—¿Lo sabía?

—No hasta hace dos días.

—¿Y no pensaba decírmelo?

—Estaba intentando confirmar información.

Emily apretó el teléfono.

—¿Qué es Red Hollow?

Nathaniel miró a Marcus.

Marcus negó con la cabeza.

No por ignorancia.

Por advertencia.

—Un proyecto cerrado.

—Eso no es una respuesta.

—Es la respuesta que puedo darte por teléfono.

—¿Mi padre murió por ese proyecto?

Nathaniel sintió cómo la pregunta atravesaba décadas.

—No lo sé.

—Graves cree que sí.

—Graves quiere que desconfíes de mí.

—Está funcionando.

Nathaniel cerró los ojos.

—Lo sé.

Emily respiró.

—No venga.

—Ya estoy saliendo.

—Nathaniel.

—No voy a discutir eso.

—Entonces no estaré aquí cuando llegue.

Colgó.

Nathaniel miró el teléfono.

Marcus se puso el abrigo.

—Red Hollow.

—Sí.

—Pensé que esos archivos estaban destruidos.

—También yo.

Marcus abrió una caja fuerte.

—Entonces tenemos un problema.

—Tenemos muchos.

—No.

Marcus miró a Nathaniel.

—Este es diferente.

Veintinueve años antes, Red Hollow había sido una instalación subterránea en las montañas Cascade.

Oficialmente, un centro de investigación energética.

En realidad, algo más.

Un proyecto creado por el padre de Nathaniel.

Alaric Blackwood.

Un vampiro tan antiguo que incluso pronunciar su nombre todavía podía silenciar habitaciones.

Alaric creía que humanos y vampiros nunca podrían coexistir abiertamente.

También creía que un día esa coexistencia sería inevitable.

Red Hollow buscaba una solución.

Una forma de modificar temporalmente ciertos rasgos vampíricos.

Tolerancia a la luz.

Reducción de necesidad sanguínea.

Estabilización cardíaca en humanos expuestos a compuestos derivados de sangre vampírica.

El proyecto terminó mal.

No con una explosión.

No con un desastre público.

Con una desaparición.

Doce investigadores.

Tres técnicos.

Un director.

Ninguno volvió a ser visto.

Después Alaric ordenó cerrar la instalación.

Quemó los registros.

Dos años más tarde, desapareció también.

Nathaniel heredó la corona.

Y una pregunta que nunca había podido responder.

¿Qué ocurrió realmente en Red Hollow?

Ahora el padre de Emily aparecía fotografiado allí seis años atrás.

Eso era imposible.

La instalación había cerrado mucho antes.

Nathaniel llegó a la empresa de limpieza.

Emily ya se había ido.

Encontraron la carpeta.

Nada más.

Marcus miró la fotografía.

—La fecha.

—Lo veo.

—Red Hollow no debería haber estado operando.

—Lo sé.

—¿Quién tenía acceso?

Nathaniel miró el rostro del padre de Emily.

Thomas Carter.

—Yo.

—Y…

—Victor.

Emily tomó un autobús.

No fue a casa.

Fue al cementerio.

A la una y media de la madrugada.

No era racional.

Lo sabía.

Pero necesitaba estar en un lugar que perteneciera a su padre y no a Blackwood, Graves o ninguna empresa.

Se sentó frente a la lápida.

THOMAS CARTER.

1968–2020.

Padre amado.

Hombre bueno.

Emily miró la fotografía.

—¿Qué hiciste?

El viento movió las ramas.

—Me dijiste que trabajabas en Bellevue.

Silencio.

—Dijiste que eran oficinas.

Nada.

Emily apretó la fotografía.

—¿Por qué mentiste?

Una voz respondió detrás de ella.

—Probablemente para protegerte.

Emily se levantó de golpe.

El anciano del diner estaba allí.

Abrigo gris.

Mismos ojos.

—¿Usted?

Él se acercó lentamente.

—Buenas noches, Emily.

—¿Cómo sabe dónde estoy?

—Te seguí.

—Eso no mejora mi semana.

El anciano sonrió.

—No.

Emily retrocedió.

—¿Quién es usted?

—Alguien que conoció a tu padre.

Ella se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Thomas Carter.

—¿Lo conoció?

—Sí.

—¿Dónde?

El anciano miró la fotografía.

—Red Hollow.

Emily dejó de respirar.

—¿Trabajó allí?

—Durante un tiempo.

—¿Qué era?

El anciano levantó la vista.

—Una mala idea nacida de buenas intenciones.

—Eso no significa nada.

—Significa más de lo que parece.

—¿Mi padre murió por eso?

El anciano guardó silencio.

Emily dio un paso hacia él.

—Dígamelo.

—No.

—¿Por qué todo el mundo decide qué puedo saber?

—Porque saber ciertas cosas cambia el mundo en el que crees vivir.

Emily casi se rió.

—Mi mundo ya cambió.

—No.

Los ojos del anciano se volvieron extrañamente claros.

—Todavía no.

Emily sintió frío.

—¿Quién es usted?

El hombre la observó durante varios segundos.

—Mi nombre es Elias.

—¿Apellido?

—Blackwood.

Emily sintió que su cuerpo se congelaba.

—¿Pariente de Nathaniel?

Elias sonrió con tristeza.

—Sí.

—¿Qué clase de pariente?

Una sombra cruzó su rostro.

—Una complicada.

Pasos.

Nathaniel apareció entre las lápidas.

Marcus detrás.

Cuando vio al anciano, se detuvo.

Todo en él cambió.

No sorpresa.

Impacto.

—No —susurró.

Elias lo miró.

—Hola, hijo.

Emily giró hacia Nathaniel.

—¿Hijo?

Nathaniel no se movió.

—Mi padre está muerto.

Elias inclinó la cabeza.

—Eso te dijeron.

Marcus sacó un arma.

Emily miró de uno a otro.

—¿Qué está pasando?

Nathaniel seguía mirando al anciano.

—Alaric.

El nombre salió como una acusación.

Elias cerró los ojos.

—Hace mucho que nadie me llama así.

Emily sintió que cada pieza del mundo acababa de caer al suelo.

Nathaniel avanzó.

—Desapareciste hace treinta y nueve años.

—Sí.

—Te declararon muerto.

—Lo sé.

—Yo enterré un ataúd vacío.

—También lo sé.

La voz de Nathaniel se quebró por primera vez.

Solo una fracción.

—¿Por qué?

Alaric miró la tumba de Thomas Carter.

—Porque alguien tenía que descubrir qué hicimos en Red Hollow.

Marcus mantuvo el arma levantada.

—¿Y lo descubrió?

Alaric miró a Emily.

—Sí.

Nathaniel vio esa mirada.

—No.

Alaric no respondió.

Nathaniel dio otro paso.

—No la metas en esto.

Emily lo miró.

—Ya estoy metida.

—No sabes…

—Entonces díganme.

Alaric caminó hacia la lápida.

Colocó una mano sobre la piedra.

—Thomas Carter no era investigador.

Emily apretó los puños.

—Era electricista.

—Sí.

—Entonces, ¿por qué estaba allí?

Alaric levantó la vista.

—Porque encontró algo.

—¿Qué?

—Una cámara.

Emily frunció el ceño.

—¿Qué cámara?

—Una habitación sellada debajo del nivel principal.

Nathaniel palideció aún más.

—No había un nivel inferior.

Alaric lo miró.

—Eso creíamos.

—¿Qué había dentro?

Alaric respiró.

—Personas.

Emily sintió náusea.

—¿Qué personas?

—Los desaparecidos originales.

Nathaniel quedó inmóvil.

—Eso es imposible.

—No.

—Habrían muerto.

Alaric negó lentamente.

—No envejecieron.

El viento dejó de sentirse como viento.

Emily miró a Nathaniel.

Después a Alaric.

—No entiendo.

Alaric respondió:

—Porque todavía piensas que esto es una historia sobre una empresa.

Nathaniel cerró los ojos.

Sabía que ya no podía impedirlo.

Alaric miró directamente a Emily.

—Tu padre descubrió un laboratorio donde seres humanos llevaban décadas vivos sin envejecer.

Emily soltó una risa incrédula.

—Eso no existe.

Alaric la miró con una tristeza extraña.

—Los vampiros tampoco.

Silencio.

Emily esperó una sonrisa.

Una explicación.

Una broma.

Nada llegó.

Miró a Nathaniel.

—¿Qué quiso decir?

Nathaniel no respondió.

—Nathaniel.

Él levantó lentamente los ojos.

Por primera vez dejó de ocultarlo.

El marrón oscuro desapareció.

Sus iris se volvieron rojos.

No brillantes.

No teatrales.

Profundos.

Antiguos.

Imposibles.

Emily retrocedió.

Su espalda chocó con una lápida.

—No.

Nathaniel bajó la mirada.

—Lo siento.

—No.

—Emily…

—No.

Ella miró a Marcus.

—¿Él también?

Marcus asintió.

Emily volvió hacia Alaric.

—¿Usted?

Él abrió apenas los labios.

Dos colmillos aparecieron.

Emily cerró los ojos.

Contó hasta tres.

Después los abrió.

Seguían allí.

—Bien —dijo.

Nathaniel la miró sorprendido.

Emily respiró.

—Bien.

—¿Bien?

—No.

Señaló a los tres.

—Nada está bien. Pero entrar en pánico no va a hacer que dejen de tener colmillos.

Marcus casi sonrió.

Nathaniel no pudo.

Emily miró a Alaric.

—Continúe.

Alaric parecía impresionado.

—Tu padre reaccionó parecido.

—No use eso para caerme bien.

—Entendido.

—¿Qué descubrió?

—Que alguien había reactivado Red Hollow.

—Victor.

—Eso creyó Thomas.

—¿Y usted?

Alaric guardó silencio.

Emily entendió.

—No está seguro.

—No.

Nathaniel preguntó:

—¿Dónde están los registros?

—Thomas los sacó.

Emily sintió otro golpe.

—¿Mi padre tenía pruebas?

—Sí.

—¿Dónde?

—No lo sé.

—¿Murió por ellas?

Alaric la miró.

—Sí.

Emily no parpadeó.

No lloró.

Su voz salió apenas más baja.

—El informe dijo ataque cardíaco.

—Eso provocaron.

Nathaniel apretó los puños.

—¿Quién?

Alaric respondió:

—No lo vi.

—Entonces no sabes que fue Victor.

—No.

—Pero lo sospechas.

—Sí.

Emily miró la lápida de su padre.

Seis años.

Seis años pensando que su corazón simplemente había fallado.

Seis años preguntándose si había ignorado señales.

Si debía haber llamado antes.

Si debía haberlo obligado a ir al hospital aquella semana.

Culpa.

Seis años de culpa.

Y ahora un desconocido le decía que Thomas Carter no había muerto porque su corazón fuese débil.

Había muerto porque sabía demasiado.

Emily apoyó una mano sobre la piedra.

Respiró una vez.

Dos.

Después miró a Alaric.

—¿Cómo lo hicieron?

Nathaniel dio un paso.

—Emily…

—Necesito saber.

Alaric contestó:

—Una sustancia. No deja rastros después de ciertas horas. Detiene el corazón.

Emily cerró los ojos.

La última mañana.

Su padre había tomado café.

Había dicho que le dolía la cabeza.

Había prometido llamarla después del trabajo.

Nunca llamó.

—¿Estaba solo?

—No lo sé.

—¿Tuvo miedo?

Alaric tardó.

—Sí.

Nathaniel miró al suelo.

Emily tragó.

—Gracias por no mentir.

Se quedó frente a la tumba.

Después dijo:

—Quiero encontrar las pruebas.

Nathaniel levantó la cabeza.

—No.

Emily lo miró.

—No es su decisión.

—Graves ya intentó llegar a ti.

—Entonces tengo más razón.

—No entiendes contra qué estás…

Emily avanzó.

—Mi padre entendía.

Nathaniel se quedó callado.

—Era humano —continuó ella—. No tenía guardaespaldas. No tenía torres. No tenía millones. No tenía ciento sesenta años.

Nathaniel frunció el ceño.

—¿Cómo sabes mi edad?

Emily señaló a Alaric.

—Él dijo hace treinta y nueve años y usted parece de treinta y cinco. No es difícil.

Marcus murmuró:

—Te dije que era lista.

Nathaniel lo ignoró.

Emily continuó:

—Mi padre encontró algo y trató de hacer lo correcto. Si murió por eso, no voy a fingir que no pasó porque ustedes creen que soy frágil.

—No creo que seas frágil.

—Entonces deje de decidir por mí.

Nathaniel la miró largamente.

Finalmente:

—Hay una condición.

Emily levantó una ceja.

—No está en posición de ponerlas.

—Protección.

—No.

—Entonces no.

—Puedo investigar sin usted.

—Y Graves te encontrará.

—Ya lo hizo.

Nathaniel se quedó en silencio.

Emily respiró.

—Protección discreta.

—Veinticuatro horas.

—No dentro de mi casa.

—De acuerdo.

—Lily no sabe nada.

—Tiene que saber algo.

—Yo decidiré cuánto.

Nathaniel asintió.

—De acuerdo.

Alaric sonrió.

Nathaniel lo miró.

—Tú no vienes.

—También es mi investigación.

—Desapareciste cuarenta años.

—Treinta y nueve.

—No ayuda.

Emily los observó.

—¿Esto es normal?

Marcus respondió:

—En esta familia, bastante.

La investigación empezó con una caja de herramientas.

Thomas Carter había conservado la misma durante treinta años.

Emily la tenía en un armario.

Vieja.

Roja.

Abollada.

Dentro había destornilladores, pinzas, cinta aislante, tornillos, fotografías familiares y un multímetro roto.

Nada.

Alaric examinó la caja.

—Thomas escondía cosas en lugares comunes.

Emily sacó todo.

—No hay nada.

Nathaniel tocó el fondo.

—Sí hay.

Emily lo miró.

—¿Dónde?

Él golpeó suavemente.

Un lado sonaba distinto.

Emily tomó un destornillador.

Retiró cuatro tornillos.

Debajo del panel falso había una llave.

Pequeña.

Negra.

Y una memoria USB.

Emily la sostuvo.

—¿Eso es todo?

Alaric negó.

—No la conectes a internet.

Marcus sacó una laptop aislada.

—Por eso traje esto.

La memoria tenía un solo archivo.

Video.

Fecha: 14 de mayo de 2020.

Dos días antes de la muerte de Thomas.

Emily presionó play.

Su padre apareció.

Cabello canoso.

Camisa de trabajo azul.

Ojeras.

Miraba constantemente hacia una puerta fuera de cámara.

Emily sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

“Em.”

Su voz.

Real.

Viva.

“Si estás viendo esto, fallé.”

Emily apretó los dedos.

Nathaniel miró hacia otro lado.

Thomas continuó.

“No sé quién está involucrado. No confío en Graves. Tampoco confío completamente en Blackwood.”

Nathaniel quedó inmóvil.

“Pero hay algo debajo de Red Hollow. Algo que nadie debería haber creado.”

Thomas levantó una tarjeta metálica.

“El nivel inferior no aparece en planos. Entré porque el sistema eléctrico estaba fallando.”

Respiró.

“Hay gente allí.”

Emily cerró los ojos.

“Personas que deberían tener sesenta, setenta, ochenta años. Pero parecen iguales que en fotografías de hace décadas.”

La imagen vibró.

“Están dormidas.”

Thomas miró a cámara.

“No creo que sean prisioneros.”

Nathaniel frunció el ceño.

“Creo que están esperando.”

Marcus miró a Alaric.

Thomas continuó:

“Escuché a dos hombres hablar. Uno dijo que el Rey no sabe nada.”

Nathaniel se acercó a la pantalla.

“El otro preguntó cuánto falta.”

Thomas tragó.

“La respuesta fue: hasta que encontremos a la portadora.”

Emily frunció el ceño.

Thomas miró directamente a cámara.

“Si algo me ocurre, busca el locker 317 de King Street Station.”

La grabación terminó.

Nadie habló.

Emily rompió el silencio.

—¿Portadora de qué?

Nathaniel miró a Alaric.

—Tú sabes.

Alaric estaba pálido.

Por primera vez parecía viejo.

—No.

Nathaniel se levantó.

—Padre.

—Dije que no.

—Mientes.

Alaric apretó la mandíbula.

Emily golpeó la mesa.

Los tres hombres la miraron.

—Se acabó.

Silencio.

—Se acabó que todos decidan qué información puedo manejar.

Miró a Alaric.

—¿Qué significa portadora?

Alaric cerró los ojos.

—Cuando diseñamos Red Hollow, necesitábamos estabilizar el compuesto.

—¿Qué compuesto?

—Sangre vampírica modificada.

Emily hizo una mueca.

—Siga.

—En la mayoría de humanos causaba rechazo.

—¿Y en algunos?

—En algunos, no.

Nathaniel comenzó a entender.

—Marcadores genéticos.

Alaric asintió.

—Muy raros.

Marcus preguntó:

—¿Cuán raros?

Alaric miró a Emily.

—Uno entre varios millones.

Emily sintió un nudo en el estómago.

—No.

Alaric no dijo nada.

—No me mire así.

Nathaniel intervino:

—No sabemos que seas tú.

—Thomas buscaba proteger a alguien —dijo Alaric.

Emily se levantó.

—Tenía dos hijas.

Silencio.

La sangre abandonó su rostro.

—Lily.

Nathaniel habló inmediatamente.

—No sabemos.

Emily ya estaba buscando el teléfono.

—Tengo que llamarla.

Lily no respondió.

Emily llamó otra vez.

Nada.

Tercera vez.

Buzón.

Emily agarró las llaves.

Nathaniel se puso delante.

—Marcus.

Marcus ya estaba hablando por teléfono.

—Equipo dos, ubicación de Lily Carter.

Silencio.

La expresión de Marcus cambió.

—Repita.

Nathaniel lo vio.

—¿Qué?

Marcus levantó la mirada.

—No está en el campus.

Emily sintió hielo.

—¿Dónde está?

Marcus escuchó.

—Su teléfono se apagó hace veintitrés minutos cerca de King Street Station.

Emily dejó de respirar.

Locker 317.

Nathaniel se movió.

—Vamos.

Llegaron en siete minutos.

Emily nunca preguntó cómo un coche podía cruzar Seattle así.

King Street Station estaba casi vacía.

Dos guardias de Blackwood ya los esperaban.

—No hay señal de Lily.

Emily caminó directo hacia los lockers.

—317.

Encontraron la fila.

Emily llegó al 317.

Introdujo la llave negra.

Encajó.

Nathaniel se colocó junto a ella.

—Espera.

—No.

—Podría estar manipulado.

Marcus revisó.

—Está limpio.

Emily giró la llave.

La puerta se abrió.

Dentro había una mochila.

La reconoció.

De Lily.

Emily la sacó.

—No.

Abrió.

Cuadernos.

Cargador.

Botella de agua.

Su cartera.

Teléfono.

Y un sobre.

EMILY.

Lo abrió.

Una nota.

“Trae la memoria. Red Hollow. Sola. Amanecer.”

Emily leyó dos veces.

Nathaniel tomó la hoja.

Su rostro cambió.

—No irás sola.

Emily miró la mochila de Lily.

—Sí.

—No.

—Si creen que voy acompañada…

—Ya saben que estás conmigo.

—Entonces esperan que intente engañarlos.

Alaric habló desde atrás.

—Emily tiene razón.

Nathaniel giró.

—No.

—Quieren que vaya.

—¿Cómo sabes?

Alaric miró la nota.

—Porque esto no es un secuestro.

Emily lo observó.

—¿Qué es?

Alaric levantó los ojos.

—Una invitación.

Red Hollow estaba a casi tres horas de Seattle.

Nathaniel tardó una hora y veintiséis minutos.

Emily decidió no preguntar cómo.

La instalación estaba escondida entre montañas.

Un edificio de concreto abandonado.

Ventanas rotas.

Hierba alta.

Nieve fina comenzando a cubrir el terreno.

El amanecer teñía el horizonte de gris.

Emily bajó del vehículo.

—Me dijeron sola.

Nathaniel permaneció dentro.

—Entrarás sola.

—¿Y ustedes?

—Cerca.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente.

Emily tomó la memoria USB.

Alaric le entregó una pequeña linterna.

—El nivel inferior está detrás de la sala eléctrica.

Nathaniel lo miró.

—¿Cómo sabes?

—Thomas me mostró.

—¿Cuándo?

—Antes de morir.

Nathaniel apretó la mandíbula.

—Tienes muchas explicaciones pendientes.

—Si salimos, te daré todas.

Emily miró hacia el edificio.

—Cuando salga.

Nathaniel la corrigió.

—Cuando.

Ella lo miró.

Por un segundo desaparecieron secretos, vampiros y conspiraciones.

Solo quedó un hombre preocupado.

—Cuando —repitió.

Entró.

El edificio olía a humedad y metal.

Emily caminó con la linterna.

Pasillos.

Puertas.

Señales antiguas.

RED HOLLOW ENERGY RESEARCH FACILITY.

Encontró la sala eléctrica.

Dentro había paneles cubiertos de polvo.

Al fondo, una pared de concreto.

Thomas había marcado una esquina con tinta roja.

Emily la tocó.

Un clic.

La pared se abrió.

Escaleras.

Descendió.

El aire cambió.

Más frío.

Limpio.

Las luces se encendieron automáticamente.

Eso significaba electricidad.

Eso significaba que Red Hollow nunca había estado abandonado.

Emily siguió.

Llegó a una puerta de cristal.

Más allá había un corredor moderno.

No viejo.

Modernísimo.

Pantallas.

Equipos.

Cámaras.

—Lily.

Su voz rebotó.

Nadie respondió.

Emily avanzó.

Pasó una habitación.

Dentro había cápsulas.

Diez.

Veinte.

Personas.

Dormidas.

Tal como Thomas había descrito.

Emily sintió que su estómago se revolvía.

Una mujer dentro de una cápsula parecía de treinta años.

Una placa decía:

DR. MARGARET LEWIS.

Nacimiento: 1949.

Emily retrocedió.

—Dios.

—Dios no tuvo mucho que ver con esto.

Victor Graves apareció detrás del cristal.

Emily giró.

Él estaba solo.

—¿Dónde está Lily?

—Segura.

—Quiero verla.

—Primero la memoria.

Emily levantó la USB.

—Primero Lily.

Victor sonrió.

—Te pareces muchísimo a Thomas.

—No me diga eso como si lo hubiera conocido.

—Lo conocí.

—Lo mató.

Victor no reaccionó.

—Eso cree Alaric.

Emily observó su rostro.

No había culpa.

Tampoco sorpresa.

—¿No fue usted?

—No.

—Entonces, ¿quién?

—Dame la memoria.

—Muéstreme a Lily.

Victor tocó una pantalla.

Una cámara apareció.

Lily estaba sentada en una habitación.

Viva.

Despierta.

Furiosa.

Golpeaba una puerta.

Emily respiró.

—Déjela salir.

—Cuando terminemos.

—¿Qué quiere de mí?

Victor la miró largamente.

—Sangre.

Emily sintió frío.

—Claro.

Victor sonrió.

—No como piensas.

—No sé cómo cree que estoy pensando.

—Necesitamos una muestra.

—¿Para qué?

Victor señaló las cápsulas.

—Ellos están muriendo.

—Parecen bastante vivos.

—El sistema que los mantiene estables se degrada.

—Entonces despiértelos.

—No podemos.

—¿Por qué?

—Porque sus cuerpos dependen del compuesto.

Emily apretó la USB.

—¿Y yo?

—Tu madre tenía el marcador.

Emily se quedó inmóvil.

—Mi madre.

—Sí.

—Pensé que buscaban a Lily.

—Lily no tiene el marcador.

—¿Cómo sabe?

—Ya hicimos pruebas.

El miedo se convirtió en furia.

—¿La tocaron?

—Una muestra de sangre. Nada más.

Emily avanzó hacia el cristal.

—Si le hicieron daño…

—Está bien.

—Abra la puerta.

—Primero escucha.

Victor parecía extrañamente cansado.

—Tu madre fue parte de un programa clínico hace treinta años.

Emily negó.

—No.

—No lo sabía.

—¿Qué programa?

—Tratamiento experimental.

—Mi madre murió de cáncer.

—Muchos años después.

Victor se acercó al cristal.

—Pero durante el programa descubrieron que su sangre estabilizaba el compuesto.

Emily recordó hospitales.

Facturas.

Su madre evitando médicos hasta demasiado tarde.

—¿Mi padre sabía?

—Al final.

—¿Por eso trabajaba aquí?

—Sí.

La historia cambió nuevamente.

Thomas no había llegado por accidente.

Había venido buscando respuestas.

—¿Y yo heredé el marcador?

Victor asintió.

—Probablemente.

—Probablemente.

—Necesitamos confirmarlo.

Emily sostuvo la USB.

—¿Y si digo que no?

Victor miró a Lily en la pantalla.

Emily vio el movimiento.

—No la use.

—No quiero hacerlo.

—Pero lo hará.

Victor no respondió.

Eso era suficiente.

Emily respiró.

—Una muestra.

Victor asintió.

—Una.

—Lily sale primero.

—No.

—Entonces no hay trato.

—Emily.

—Puede tener toda la gente armada que quiera. Puede tener vampiros, laboratorios y dinero.

Levantó la memoria.

—Pero usted necesita algo que está dentro de mí.

Victor guardó silencio.

Emily lo miró.

—Eso significa que por primera vez en esta habitación, yo tengo más poder que usted.

Victor sonrió lentamente.

—Thomas estaría orgulloso.

—Abra la puerta de Lily.

Victor tocó la pantalla.

Se oyó un clic.

La puerta detrás de Lily se abrió.

Emily observó cómo su hermana salía.

—¿A dónde conduce?

—Escalera norte.

—Quiero verla salir del edificio.

—No tenemos tiempo.

—Entonces tendrá menos.

Victor apretó la mandíbula.

Cambió la cámara.

Lily corría por un corredor.

Después subía escaleras.

Exterior.

Nathaniel apareció.

La abrazó.

Emily soltó el aire.

—Ahora.

Victor abrió la puerta de cristal.

Emily entró.

Un técnico apareció.

Humano.

Sacó una aguja.

Emily se sentó.

—Una muestra.

—Sí.

El técnico limpió su brazo.

La aguja entró.

Llenó un tubo.

Lo retiró.

Victor tomó el tubo.

Lo colocó en una máquina.

Esperaron.

Emily miró las cápsulas.

—¿Quiénes son?

—Los primeros voluntarios.

—¿Voluntarios?

—Algunos.

—¿Y los demás?

Victor no respondió.

Emily entendió.

La máquina emitió un sonido.

Una pantalla cambió.

Victor miró.

Su rostro perdió color.

—No.

Emily se levantó.

—¿Qué?

Victor retrocedió.

—Eso no es posible.

—¿Qué?

El técnico miró la pantalla.

Después a Emily.

—Señor Graves…

Victor agarró el brazo de Emily.

Ella intentó soltarse.

—¿Qué dice?

Victor no parecía amenazante ahora.

Parecía aterrorizado.

—No eres portadora.

—Entonces déjeme ir.

—No.

—¿Qué soy?

Victor miró la pantalla.

Emily siguió su mirada.

No entendía códigos médicos.

Pero sí vio una palabra.

ORIGIN.

—¿Qué significa origen?

Victor la soltó.

—Tenemos que salir.

Una alarma comenzó.

Luces rojas.

Emily miró alrededor.

—¿Qué hizo?

—Yo no hice nada.

Victor tomó su teléfono.

Sin señal.

—¡Evacúen!

Las cápsulas comenzaron a abrirse.

Una.

Dos.

Cinco.

Diez.

Emily retrocedió.

Las personas dentro comenzaron a respirar.

Después a moverse.

Victor la agarró.

—Corre.

—¿Quiénes son?

—¡Corre!

Una mujer abrió los ojos.

Rojos.

Emily se congeló.

Victor la empujó hacia la puerta.

—¡Ahora!

Nathaniel escuchó la alarma desde afuera.

Alaric palideció.

—No.

—¿Qué?

—Despertaron.

Nathaniel corrió.

Marcus lo siguió.

Lily intentó ir detrás.

—¡Emily está ahí!

Alaric la detuvo.

—Tú no.

Nathaniel descendió.

Pasillos.

Luces rojas.

Olor.

Sangre.

No fresca.

Antigua.

Concentrada.

Nathaniel sintió sus colmillos reaccionar.

Marcus también.

—¿Qué demonios es eso?

—No sé.

Llegaron al laboratorio.

Victor apareció.

—¡Sácala!

Nathaniel vio a Emily.

Corrió hacia ella.

Las cápsulas estaban abiertas.

Doce personas se levantaban.

No parecían confundidas.

Parecían esperar.

Una mujer miró a Emily.

Después a Nathaniel.

Habló en una lengua antigua.

Nathaniel se quedó inmóvil.

Emily lo miró.

—¿Qué dijo?

Nathaniel no respondió.

La mujer repitió.

Alaric llegó detrás.

Escuchó.

Su rostro cambió.

—No.

Nathaniel lo miró.

—¿Qué significa?

Alaric retrocedió.

—No puede ser.

Emily agarró a Nathaniel del brazo.

—¿Qué dijo?

Nathaniel la miró.

—Dijo…

La mujer de la cápsula cayó de rodillas frente a Emily.

Uno por uno, los demás hicieron lo mismo.

Doce seres que llevaban décadas dormidos inclinaron la cabeza.

Nathaniel terminó:

—“La heredera ha vuelto.”

Silencio.

Emily soltó su brazo.

—No.

Victor también estaba pálido.

—La prueba la identificó como origen.

Nathaniel lo miró.

—Eso no existe.

—La máquina no se equivoca.

Alaric murmuró:

—Entonces Thomas tenía razón.

Emily giró.

—¿Sobre qué?

Alaric cerró los ojos.

—Tu madre no tenía el marcador por casualidad.

—¿Qué quiere decir?

—La línea Carter no era humana.

Emily se rió.

No porque fuera gracioso.

Porque ya no sabía qué otra cosa hacer.

—Mi madre era humana.

Alaric la miró con dolor.

—Tu madre sí.

—Entonces…

—Su madre no.

Emily se quedó inmóvil.

Abuela Rose.

La mujer que había muerto antes de que Emily naciera.

O eso siempre le dijeron.

—Mi abuela murió en 1987.

Alaric negó.

—No.

Nathaniel lo miró.

—¿Quién era?

Alaric respondió:

—La última reina antes de los Blackwood.

El silencio fue absoluto.

Nathaniel dio un paso atrás.

—Eso es imposible.

Alaric negó.

—Tu abuelo la derrotó.

Emily sintió que las palabras flotaban sin sentido.

—Reina de qué.

Nadie respondió.

Emily levantó la voz.

—¿Reina de qué?

La mujer arrodillada habló nuevamente.

Esta vez en inglés.

—De nosotros.

Emily miró las cápsulas.

—¿Vampiros?

La mujer sonrió.

—No.

Nathaniel se tensó.

Victor retrocedió.

Marcus levantó su arma.

La mujer continuó:

—Somos lo que existía antes.

El edificio tembló.

Polvo cayó del techo.

Alaric gritó:

—Tenemos que salir.

Nathaniel tomó la mano de Emily.

—Vamos.

Corrieron.

Detrás, los doce los siguieron.

No atacaron.

No corrieron.

Simplemente caminaron mientras el laboratorio comenzaba a colapsar.

Llegaron afuera.

Lily corrió hacia Emily.

La abrazó.

Emily la sostuvo con fuerza.

—¿Estás bien?

—¿Yo? ¿Tú estás…?

Se detuvo.

Miró detrás de Emily.

Los doce salieron del edificio.

La mujer al frente observó el amanecer.

La luz tocó su rostro.

No se quemó.

Nathaniel se quedó inmóvil.

Marcus también.

Victor susurró:

—Dios mío.

La mujer respiró profundamente.

—Ciento tres años.

Después miró a Emily.

Se inclinó.

Los demás hicieron lo mismo.

Lily miró a su hermana.

—Emily.

—No preguntes.

—Pensaba preguntar quiénes son.

—No sé.

Nathaniel observó el cielo.

El sol subía.

Los doce permanecían bajo la luz.

Eso era imposible para vampiros antiguos.

Alaric caminó hacia la mujer.

—Margaret Lewis.

Ella lo miró.

—Alaric Blackwood.

—Pensé que estabas dormida.

—Lo estaba.

—¿Quién te despertó?

Margaret miró a Emily.

—Ella.

Emily negó.

—No hice nada.

—Entraste.

—Eso fue todo.

—Era suficiente.

Nathaniel se acercó.

—¿Por qué la llaman heredera?

Margaret sonrió.

—Porque su sangre abrió las cámaras.

Victor negó.

—Las cámaras se abrieron por un fallo.

Margaret lo miró.

Victor dejó de hablar.

—Las cámaras estaban esperando una señal —dijo ella.

—¿Qué señal? —preguntó Emily.

Margaret extendió una mano.

En su palma había una marca.

Un círculo atravesado por tres líneas.

Emily sintió que su cuerpo se enfriaba.

Tenía la misma marca.

En la espalda.

Desde nacimiento.

Su madre la llamaba luna rota.

Nunca le había dado importancia.

—No —susurró Emily.

Margaret sonrió.

—Sí.

Nathaniel la miró.

—Emily.

Ella no podía responder.

Margaret se acercó.

—Tu abuela se llamaba Rosalie Vale.

Emily tragó.

—Rose Carter.

—Ese fue el nombre que tomó después.

—¿Después de qué?

Margaret miró a Alaric.

—Después de escapar.

Alaric bajó la mirada.

Nathaniel lo vio.

—¿Tú la ayudaste?

Alaric no respondió.

—Padre.

—Sí.

Nathaniel se quedó helado.

—¿Traicionaste a nuestra casa?

Alaric levantó los ojos.

—Salvé a una mujer embarazada.

Emily sintió que el mundo volvía a moverse.

—Mi abuela estaba embarazada.

—De tu madre.

—¿Y los Blackwood querían matarla?

Alaric miró a Nathaniel.

—Tu abuelo sí.

Nathaniel apretó la mandíbula.

—¿Por qué?

Margaret respondió:

—Porque Rosalie era la única persona que podía reclamar el trono.

Emily se frotó la frente.

—No quiero ningún trono.

Margaret sonrió.

—Eso suele decir la gente que merece uno.

—No me conoce.

—Conocí a tu abuela.

—Eso no significa que me conozca.

Margaret inclinó la cabeza.

—También hablas como ella.

Victor empezó a alejarse.

Marcus lo vio.

—¿A dónde vas?

—Necesitamos sacar información antes de que el edificio colapse.

Nathaniel miró hacia él.

—No vas a ninguna parte.

Victor sonrió.

—No eres mi rey aquí.

Los ojos de Nathaniel se volvieron rojos.

—Siempre soy tu rey.

Margaret soltó una risa suave.

Todos la miraron.

—Ese es el problema de los Blackwood.

Nathaniel giró.

—¿Qué?

—Gobernaron tanto tiempo que olvidaron que su corona fue prestada.

El aire cambió.

Alaric cerró los ojos.

—Margaret.

—No.

Ella miró a Nathaniel.

—Debe saberlo.

Emily sintió una presión extraña.

—Saber qué.

Margaret señaló a Emily.

—La sangre de la primera Casa corre en ella.

Nathaniel miró a Emily.

Margaret continuó:

—Según las leyes antiguas, si vive una heredera Vale…

Alaric intentó detenerla.

—Basta.

Margaret terminó:

—Un Blackwood no tiene derecho al trono.

Nadie habló.

Emily miró a Nathaniel.

Nathaniel la miró a ella.

No hubo odio.

No hubo ambición.

Solo una comprensión terrible.

Emily había pasado toda su vida intentando pagar alquiler.

Nathaniel había pasado más de un siglo gobernando.

Y ahora una ley enterrada afirmaba que ella podía quitarle todo.

Victor comenzó a sonreír.

Ahí estaba.

Su motivo.

No quería destruir a Emily.

La necesitaba.

Necesitaba una heredera viva para sacar a Nathaniel del poder.

Nathaniel lo vio.

—Tú sabías.

Victor no negó.

—Sabía que existía una línea.

—¿Thomas?

—Encontró demasiado.

Emily dio un paso.

—¿Lo mató?

Victor la miró.

Silencio.

Emily supo.

No por confesión.

Por la ausencia de sorpresa.

Nathaniel avanzó.

Emily extendió el brazo.

—No.

Él se detuvo.

Victor observó la escena.

—Interesante.

Emily mantuvo la mirada en Nathaniel.

—Si lo mata ahora, perdemos respuestas.

—Mató a tu padre.

—Y quiero que responda por eso.

—Responderá.

—No aquí.

Nathaniel respiró.

Su ira era casi visible.

Pero retrocedió.

Emily miró a Victor.

—¿Por qué mi padre?

Victor la estudió.

—Encontró tu nombre.

—¿Dónde?

—En los registros de Red Hollow.

—¿Cómo estaba mi nombre en un proyecto anterior a mi nacimiento?

Victor sonrió débilmente.

—Esa es la pregunta correcta.

Margaret dejó de sonreír.

Alaric se tensó.

Emily miró a ambos.

—¿Qué?

Victor dio un paso atrás.

—La fecha de los registros no era 2020.

—¿Entonces?

—1979.

Emily sintió vértigo.

—Yo nací en 1999.

—Lo sé.

Victor continuó:

—Pero tu nombre completo ya aparecía allí.

Emily Carter.

Fecha de nacimiento.

Nombre de su madre.

Incluso una descripción de la marca en su espalda.

Nathaniel frunció el ceño.

—Eso es imposible.

Victor lo miró.

—En Red Hollow, esa palabra ha perdido utilidad.

Emily habló muy despacio.

—¿Quién escribió los registros?

Victor miró hacia Alaric.

Alaric palideció.

—No fui yo.

Victor sonrió.

—No.

Sacó una pequeña tarjeta de su bolsillo.

—Thomas la encontró dentro de una cámara que nadie podía abrir.

Emily reconoció la escritura.

La de su padre.

En la tarjeta había una sola frase:

“Si Emily llega a Red Hollow, no permitan que toque la puerta negra.”

Emily levantó la vista.

—¿Qué puerta?

Un estruendo salió del edificio.

Todos giraron.

La instalación había comenzado a colapsar parcialmente.

Pero entre polvo y humo, una sección inferior permanecía intacta.

Una entrada negra apareció donde antes había concreto.

Sin manija.

Sin cerradura.

Solo el mismo símbolo que Emily tenía en la espalda.

Margaret cayó de rodillas.

Alaric susurró:

—No puede ser.

Nathaniel miró la puerta.

—¿Qué hay detrás?

Alaric no respondió.

Emily dio un paso.

Nathaniel la sujetó.

—No.

—Mi padre dejó una advertencia.

—Exactamente.

—Eso significa que sabía que llegaría aquí.

—Y dijo que no la tocaras.

Emily miró la puerta.

Algo pulsaba detrás.

No sonido.

Sensación.

Como un latido.

Uno.

Dos.

Tres.

Lily se abrazó los brazos.

—Emily, vámonos.

Ella asintió.

—Sí.

Se volvió.

Entonces una voz salió de la puerta.

—Emily.

Todos se congelaron.

Emily dejó de respirar.

Conocía esa voz.

La había escuchado cientos de veces en mensajes viejos.

En videos familiares.

En sueños.

—No —susurró.

La voz volvió.

—Em.

Nathaniel la agarró con fuerza.

—No te acerques.

Las piernas de Emily temblaron.

—Papá.

Lily comenzó a llorar.

—Eso es papá.

Marcus miró a Nathaniel.

—Thomas murió hace seis años.

La puerta emitió otro pulso.

La voz volvió.

Más débil.

—Emily, si puedes oírme…

Ella dio un paso.

Nathaniel no la soltó.

—No.

Emily lo miró.

—Es mi padre.

—No sabemos qué es.

—Es su voz.

—Eso no significa que sea él.

La lógica era perfecta.

Emily la odiaba.

La puerta comenzó a abrirse.

No hacia afuera.

Se separó por el centro.

Una oscuridad absoluta apareció.

Margaret retrocedió.

Victor también.

Alaric parecía aterrorizado.

—Ciérrenla.

Nathaniel miró a su padre.

—¿Qué hay ahí?

Alaric respondió:

—La razón por la que Red Hollow fue construido.

Emily sintió que Nathaniel la sujetaba.

La abertura aumentó.

Del interior llegó aire caliente.

Después pasos.

Lentos.

Humanos.

Una silueta apareció.

Lily dejó escapar un sonido.

Emily no pudo moverse.

El hombre salió a la luz.

Cabello gris.

Camisa azul de trabajo.

Misma cicatriz en la ceja.

Mismos ojos.

Thomas Carter.

Exactamente como el día que había muerto.

No había envejecido ni un minuto.

Emily sintió que todo se detenía.

Thomas la miró.

Sus ojos se llenaron de alivio.

—Em.

Ella abrió la boca.

Ningún sonido salió.

Nathaniel soltó lentamente su brazo.

Thomas dio un paso.

Después otro.

Lily corrió.

—¡Papá!

Emily reaccionó.

—¡No!

Demasiado tarde.

Lily llegó hasta él.

Thomas la abrazó.

Cerró los ojos.

—Mi niña.

Emily sintió que sus rodillas casi cedían.

Pero algo estaba mal.

Muy mal.

Thomas levantó la vista hacia ella.

Sonrió.

La sonrisa de su padre.

Exacta.

—Emily.

Ella dio un paso.

Entonces Nathaniel siseó.

Un sonido animal.

Peligroso.

Emily miró hacia él.

Sus ojos estaban rojos.

Sus colmillos expuestos.

—¿Qué pasa?

Nathaniel no miraba a Thomas.

Miraba su pecho.

—No tiene latido.

Emily se congeló.

Lily seguía abrazándolo.

Thomas abrió los ojos.

La sonrisa desapareció lentamente.

Nathaniel avanzó.

—Lily.

Ella retrocedió.

Thomas no intentó detenerla.

Emily sintió un terror frío.

—Papá.

Thomas la miró.

—Lo siento.

—¿Por qué?

—Por no haberte contado.

—¿Contarme qué?

Miró a Nathaniel.

Después a Alaric.

Después a Margaret.

Su expresión cambió.

—Entonces ya despertaron.

Margaret se acercó.

—Thomas.

Él inclinó la cabeza.

—Doctora Lewis.

Emily sintió que la realidad se deformaba otra vez.

—¿Qué eres?

Thomas la miró.

—Tu padre.

—Nathaniel dice que no tienes pulso.

—Eso también es cierto.

—No eres vampiro.

—No.

—Entonces, ¿qué eres?

Thomas miró la puerta negra detrás de él.

—Un guardián.

Alaric murmuró:

—Eso no existe.

Thomas sonrió.

—Existía antes de ustedes.

Nathaniel se puso delante de Emily.

Thomas lo observó.

—El Rey Blackwood.

—Thomas Carter.

—Has tardado.

—¿En qué?

Thomas señaló la puerta.

—En traerla.

Nathaniel se tensó.

Emily lo miró.

—¿Traerme?

Thomas la observó con tristeza.

—No quería que vinieras.

—Entonces, ¿por qué dejaste pistas?

—Yo no las dejé.

Emily se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—El video no lo grabé yo.

Silencio.

Marcus reaccionó primero.

—Lo vimos.

—Vieron mi cara.

Thomas tocó su pecho.

—No a mí.

Emily sintió frío.

—La llave.

—No era mía.

—La memoria estaba en tu caja.

—Alguien la puso después de mi muerte.

Victor retrocedió.

Nathaniel lo vio.

—¿Tú?

Victor negó.

Por primera vez parecía genuinamente confundido.

—No.

Thomas miró a Victor.

—Él no.

Emily sintió que algo aterrador encajaba.

—Entonces alguien quería que encontrara Red Hollow.

Thomas asintió.

—Sí.

—¿Quién?

La puerta negra emitió otro pulso.

Thomas giró.

—Eso.

Emily sintió que la piel de sus brazos se erizaba.

—Una puerta no puede querer nada.

Thomas la miró.

—No es una puerta.

—¿Qué es?

—Una prisión.

Nathaniel preguntó:

—¿Para quién?

Thomas no respondió.

El suelo tembló.

Desde dentro llegó una voz.

No humana.

No exactamente.

Pronunció una sola palabra.

Emily.

Margaret cayó de rodillas.

Los once seres detrás de ella hicieron lo mismo.

Alaric palideció.

Victor dio otro paso atrás.

Nathaniel tomó la mano de Emily.

Thomas gritó:

—¡No dejes que te llame tres veces!

Emily lo miró.

—¿Qué?

La voz volvió.

Emily.

Segunda vez.

Thomas corrió hacia la puerta.

—¡Todos atrás!

Oscuridad comenzó a salir por el marco.

No humo.

Algo más.

Sombras moviéndose contra la dirección de la luz.

Nathaniel empujó a Emily hacia Marcus.

—Sácala.

—¡No!

—Ahora.

Marcus tomó su brazo.

Emily se resistió.

—¡Mi padre está ahí!

Thomas miró hacia ella.

—Emily.

Por primera vez su voz sonó como antes.

Como cuando ella tenía diez años.

Como cuando él revisaba debajo de su cama después de una pesadilla.

—Escúchame.

Ella dejó de luchar.

—No soy el único que volvió.

El aire se congeló.

Emily sintió un golpe en el pecho.

—¿Qué quiere decir?

Thomas miró hacia la oscuridad.

—Tu madre también está viva.

Lily dejó escapar un grito ahogado.

Emily se quedó completamente inmóvil.

—No.

Thomas asintió.

—Está detrás de la puerta.

Emily sintió que el mundo desaparecía.

Su madre.

Sarah Carter.

Muerta hacía ocho años.

—¿Por qué?

—Porque nunca murió.

Thomas miró a Alaric.

—Ninguno de nosotros entendió lo que ella era.

Alaric susurró:

—Rosalie…

—No era la última.

Thomas miró a Emily.

—Sarah era la reina.

Nathaniel se quedó helado.

Emily negó.

—Mi madre era contadora.

Thomas casi sonrió.

—También.

—Papá…

La voz habló por tercera vez.

Emily.

Thomas giró.

—¡NO!

La puerta se abrió completamente.

Algo cruzó la oscuridad.

Una mujer.

Delgada.

Cabello castaño.

Vestido blanco.

Emily dejó de respirar.

Lily cayó de rodillas.

—Mamá.

Sarah Carter salió de la prisión.

No había envejecido.

No parecía enferma.

No parecía humana.

Sus ojos eran dorados.

Miró a Thomas.

Después a Lily.

Después a Emily.

Y sonrió.

—Mis niñas.

Emily dio un paso.

Nathaniel la detuvo.

Sarah lo miró.

Su sonrisa desapareció.

—Un Blackwood.

Nathaniel se puso delante de Emily.

Thomas gritó:

—Sarah, no.

Ella levantó una mano.

Nathaniel salió despedido varios metros.

Emily gritó su nombre.

Marcus sacó el arma.

Alaric lo detuvo.

—No servirá.

Sarah miró a Emily.

—Ven conmigo.

Emily negó.

—No.

La expresión de Sarah cambió.

—Emily.

—Mi madre nunca me habría pedido que caminara hacia algo sin explicarme qué es.

Sarah parpadeó.

Emily sintió el dolor.

Pero no se movió.

—Si eres mi madre, demuéstralo.

Sarah la observó.

Después sonrió.

—Cuando tenías seis años, escondiste un pez dorado muerto en mi bolso porque creías que si lo llevábamos al hospital podrían salvarlo.

Lily soltó una risa entre lágrimas.

Emily sintió que algo dentro se quebraba.

—Mamá.

Sarah abrió los brazos.

Emily dio un paso.

Thomas gritó:

—¡No!

Demasiado tarde.

Sarah agarró la muñeca de Emily.

La marca en su espalda ardió.

Emily gritó.

La puerta negra respondió.

Un rayo de luz roja atravesó el suelo.

Margaret levantó la cabeza.

—La corona.

Nathaniel intentó levantarse.

—¡Emily!

Sarah sostuvo a su hija.

—Lo siento.

Emily la miró.

—¿Por qué?

—Porque necesitaba que vinieras voluntariamente.

—¿Para qué?

Sarah miró a Nathaniel.

Después a los doce seres arrodillados.

Después a Victor.

—Para terminar una guerra que empezó antes de que naciera la primera Casa Blackwood.

Emily intentó soltarse.

No pudo.

—Suéltame.

Sarah acercó los labios a su oído.

—No puedo.

—¿Por qué?

Su madre respondió:

—Porque tú no eres la heredera, Emily.

Emily dejó de respirar.

Sarah sonrió.

—Tú eres la llave.

Detrás de ellas, algo enorme se movió dentro de la oscuridad.

Thomas gritó:

—¡Nathaniel, sácala de ahí!

Nathaniel corrió.

Sarah levantó una mano.

Pero esta vez Nathaniel estaba preparado.

Desapareció de la vista humana.

Apareció junto a Emily.

La agarró.

Sarah siseó.

Emily sintió que dos fuerzas tiraban de ella.

Luz roja explotó alrededor.

Alaric gritó algo en una lengua antigua.

Margaret respondió.

Los doce se levantaron.

Victor corrió hacia una consola.

Marcus fue tras él.

Lily gritaba el nombre de Emily.

Thomas intentaba cerrar la puerta.

Y desde el interior, dos ojos enormes se abrieron.

Dorados.

Antiguos.

La criatura respiró.

Todo Red Hollow tembló.

Sarah soltó a Emily.

Nathaniel cayó con ella.

Thomas empujó la puerta.

—¡AYÚDENME!

Alaric corrió.

Margaret también.

Entre los tres comenzaron a cerrar la prisión.

La criatura extendió una mano.

No humana.

Demasiado larga.

Emily vio marcas en la piel.

El mismo símbolo de su espalda.

—¿Qué es eso? —gritó.

Thomas la miró.

Terror absoluto.

—El primer rey.

Nathaniel se quedó inmóvil.

Alaric palideció.

Margaret gritó:

—¡CIERREN!

La puerta avanzó.

La criatura rugió.

Sarah apareció junto a Emily.

Nathaniel se interpuso.

—No vuelvas a tocarla.

Sarah lo miró.

—¿La protegerás?

—Sí.

—Incluso cuando reclame tu trono.

Nathaniel respondió sin vacilar.

—Sí.

Emily lo miró.

Sarah sonrió.

—Entonces tal vez sí seas digno.

La puerta se cerró.

Silencio.

Por un segundo.

Después una grieta apareció en el centro.

Thomas retrocedió.

—No.

Una línea roja atravesó la puerta.

La marca de Emily ardió.

Ella gritó.

Nathaniel la sostuvo.

La grieta creció.

Sarah miró hacia el cielo.

—Ya empezó.

Emily respiraba con dificultad.

—¿Qué empezó?

Su madre volvió los ojos hacia ella.

—El despertar.

A lo lejos, desde las montañas, llegó un sonido.

Después otro.

Después otro.

Como campanas.

Nathaniel sacó su teléfono.

La pantalla estaba llena de mensajes.

Marcus miró el suyo.

Su rostro perdió color.

—Nathaniel.

—¿Qué?

Marcus levantó el teléfono.

—Reportes de todas las Casas.

—¿Qué reportes?

—Cámaras antiguas abriéndose.

Alaric cerró los ojos.

—No.

Marcus continuó:

—Boston. Chicago. New Orleans. San Francisco. Vancouver.

Nathaniel miró a Emily.

—¿Todas?

Marcus tragó.

—Todas.

Margaret levantó la vista.

—La sangre de la llave despertó la red.

Emily negó.

—Yo no sabía.

Nathaniel apretó su mano.

—Lo sé.

El teléfono de Emily vibró.

Todos la miraron.

Número desconocido.

Un mensaje.

Solo una fotografía.

Emily la abrió.

Era el Blue Harbor Diner.

Tomada en ese instante.

Derek Palmer estaba detrás del mostrador.

Atado a una silla.

Vivo.

Asustado.

Detrás de él había una figura encapuchada.

Y sobre la pared, escrita con pintura negra, una frase:

VEINTE DÓLARES ABRIERON LA PUERTA.

Emily sintió que su sangre se helaba.

Llegó otro mensaje.

Una foto del anciano en el diner.

Alaric.

Pero algo no coincidía.

La fecha de la imagen.

Había sido tomada dos horas antes de que Alaric asegurara haber llegado a Seattle.

Nathaniel miró a su padre.

—¿Dónde estabas esa noche?

Alaric observó la fotografía.

Su expresión se vació.

—Yo no estaba en el diner.

Emily dejó de respirar.

—Sí estaba.

—No.

—Le di sopa.

Alaric negó lentamente.

—Nunca entré a ese restaurante.

Silencio.

Emily sintió que el mundo se inclinaba otra vez.

El hombre al que había dado sus últimos veinte dólares.

El hombre que había iniciado todo.

No era Alaric.

Había usado su rostro.

El teléfono vibró una tercera vez.

Video.

Emily presionó play.

El anciano aparecía sentado en el diner.

La misma noche.

Mirando directamente a la cámara.

Sonrió.

Después su rostro cambió.

Los rasgos de Alaric desaparecieron.

Por un instante apareció otro rostro.

Joven.

Pálido.

Ojos dorados.

El mismo ser detrás de la puerta.

Antes de que la imagen terminara, habló.

—Gracias por la cena, Emily.

Ella soltó el teléfono.

Nathaniel lo recogió.

El video continuó.

—Necesitaba saber qué clase de mujer eras.

La criatura sonrió.

—Ahora lo sé.

La pantalla se volvió negra.

Un último mensaje apareció.

NO BUSQUES PART 2.

YO IRÉ POR TI.

Emily levantó la mirada hacia la puerta agrietada.

Del otro lado, algo golpeó una vez.

Después dos.

Después tres.

Y una voz antigua, usando exactamente el tono amable del anciano al que ella había dado sus últimos veinte dólares, susurró desde el interior:

—Te dije que volveríamos a vernos, Emily Carter.

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