El rey vampiro encontró a una pianista ciega en su...

El rey vampiro encontró a una pianista ciega en su castillo — su melodía aceleró su corazón

El rey vampiro encontró a una pianista ciega en su castillo — su melodía aceleró su corazón

La primera nota hizo que el rey vampiro soltara la copa de cristal.

La segunda hizo que los doce guardias de la sala del trono llevaran las manos a sus armas.

Pero fue la tercera la que consiguió algo que nadie en Blackthorne Castle había visto en más de un siglo:

el corazón muerto de Adrian Blackwood volvió a latir.

Una vez.

Fuerte.

Doloroso.

Imposible.

Adrian se quedó inmóvil bajo el arco de piedra que comunicaba el ala oeste con el gran salón.

La copa que había sostenido durante la reunión privada con sus consejeros acababa de romperse contra el piso de mármol.

Nadie se atrevió a moverse.

Nadie excepto Marcus Vale.

—Majestad —murmuró su consejero principal—. ¿Está herido?

Adrian ni siquiera lo miró.

Al otro lado de las puertas cerradas había un piano.

Y alguien estaba tocándolo.

No cualquier piano.

El Steinway negro había pertenecido a Evelyn Blackwood, la madre de Adrian.

Había permanecido cerrado durante noventa y siete años.

Ningún sirviente podía acercarse.

Ningún invitado podía tocarlo.

Dos empleados habían sido despedidos simplemente por quitar la cubierta sin permiso.

Adrian había prohibido aquella sala desde la noche en que su madre murió.

Sin embargo, ahora alguien estaba dentro.

Tocando su canción.

No una pieza conocida.

No Beethoven.

No Chopin.

No una melodía popular.

Aquellas notas eran una canción que Evelyn había compuesto para su hijo cuando él todavía podía caminar bajo el sol.

Una canción que nunca había sido escrita.

Una canción que solo dos personas conocían.

Evelyn.

Y Adrian.

Evelyn llevaba casi cien años muerta.

El corazón de Adrian golpeó otra vez.

Tum.

Marcus lo oyó.

Sus ojos se abrieron.

—Eso no puede ser.

Adrian avanzó.

La temperatura del corredor pareció bajar con él.

Dos guardias abrieron las pesadas puertas.

Y allí estaba ella.

Una mujer joven sentada frente al piano.

Cabello castaño oscuro cayendo sobre un abrigo gris demasiado sencillo para aquel castillo.

Botas mojadas.

Una pequeña maleta apoyada junto al banco.

Las manos finas se movían sobre las teclas con una seguridad extraordinaria.

Y junto a ella, apoyado contra el piano, había un bastón blanco.

Era ciega.

Adrian no habló.

La mujer tampoco podía saber que él estaba allí.

Siguió tocando.

Su rostro permanecía tranquilo.

No había miedo.

No había reverencia.

No había idea alguna de que detrás de ella se encontraba Adrian Blackwood, dueño del castillo, fundador de Blackwood Industries, el hombre que las revistas financieras llamaban el multimillonario más reservado de Nueva Inglaterra…

y a quien una sociedad mucho más antigua llamaba Rey de la Sangre del Norte.

La melodía terminó.

Silencio.

La joven dejó las manos sobre las teclas.

Respiró.

Y dijo:

—Puedes dejar de mirarme como si fueras a matarme.

Marcus miró a Adrian.

Los guardias intercambiaron expresiones.

Adrian avanzó un paso.

—Eres ciega.

Ella giró ligeramente el rostro hacia su voz.

—Excelente observación.

Uno de los guardias ahogó una tos.

Marcus parecía horrorizado.

Nadie hablaba así con Adrian Blackwood.

Nadie.

Adrian, sin embargo, solo observó a la extraña.

—¿Cómo sabes que te estaba mirando?

—Porque dejaste de respirar.

La respuesta fue inmediata.

Calmada.

—Y porque todos los hombres que entraron contigo hicieron suficiente ruido como para parecer un equipo de fútbol americano intentando caminar de puntillas.

Un guardia miró sus botas.

La comisura de la boca de Adrian casi se movió.

Casi.

—¿Quién eres?

—Claire Bennett.

—¿Cómo entraste aquí?

—Por la puerta.

Marcus intervino.

—Eso es imposible. El ala oeste permanece cerrada.

Claire giró hacia él.

—Entonces alguien debería hablar con la señora de recepción, porque me dijo que esperara aquí mientras localizaba al señor Blackwood.

Adrian miró a Marcus.

—¿Recepción?

Marcus tragó saliva.

El castillo funcionaba también como sede privada de la Fundación Blackwood, y durante aquella semana varias habitaciones estaban siendo utilizadas para entrevistas de trabajo.

—Contratamos personal temporal —explicó.

Adrian volvió a mirar a Claire.

—¿Viniste buscando empleo?

—Sí.

—¿Como pianista?

—Como archivista musical.

Eso hizo que Marcus frunciera el ceño.

—No tenemos esa vacante.

Claire metió una mano en el bolsillo de su abrigo y sacó una hoja doblada.

—Según el anuncio publicado por la Fundación Blackwood hace nueve días, sí.

Marcus tomó el papel.

Su expresión cambió.

Adrian lo notó.

—¿Qué ocurre?

—Yo no autoricé esto.

Claire sonrió apenas.

—Eso explica por qué la entrevista está resultando tan extraña.

Adrian extendió la mano.

Marcus le entregó el papel.

El anuncio estaba impreso con el logotipo auténtico de la fundación.

Buscaban a una especialista en catalogación de partituras históricas.

Salario alto.

Alojamiento temporal incluido.

Incorporación inmediata.

Al pie aparecía una firma digital.

Marcus Vale.

Marcus palideció.

—No fui yo.

Adrian levantó los ojos.

—Ya hablaremos de eso.

Luego volvió a Claire.

—Todavía no has explicado la canción.

Por primera vez, la expresión de ella cambió.

Muy poco.

Pero cambió.

Sus dedos abandonaron las teclas.

—¿Qué pasa con ella?

—¿Dónde la aprendiste?

—No lo sé.

Marcus soltó una risa seca.

—Conveniente.

Claire giró hacia él.

—No dije que no quisiera decírtelo. Dije que no lo sé.

Adrian se acercó al piano.

—Tócala otra vez.

—No.

Los guardias quedaron inmóviles.

Marcus cerró los ojos un instante, como si esperara una ejecución.

Adrian inclinó la cabeza.

—¿No?

—Mis manos están frías.

Claire levantó los dedos.

—Y ese piano necesita afinación.

Adrian miró el Steinway de valor incalculable.

—Fue restaurado hace tres meses.

—Entonces pide que te devuelvan el dinero.

Adrian la observó durante varios segundos.

Algo dentro de él, algo que no había sentido desde hacía demasiado tiempo, se movió.

No era afecto.

No todavía.

Era curiosidad.

Y la curiosidad podía ser más peligrosa que el hambre.

Claire se levantó.

Buscó con la mano el bastón.

Adrian lo tomó antes que ella.

Ella extendió los dedos y encontró su muñeca.

El contacto duró menos de un segundo.

El efecto fue brutal.

Tum.

El corazón de Adrian golpeó por tercera vez.

Claire retiró la mano.

Su expresión se endureció.

—¿Qué fue eso?

Adrian no respondió.

—¿Qué sentiste?

preguntó.

Ella se quedó quieta.

—Tu pulso.

Marcus dejó de respirar.

Claire frunció el ceño.

—Excepto que…

Adrian esperó.

—No tenías uno.

Silencio.

Claire inclinó la cabeza.

—Y luego sí.

Adrian le entregó el bastón.

—Señorita Bennett, la entrevista terminó.

—Perfecto.

Ella tomó la maleta.

—Supongo que no conseguí el trabajo.

Adrian miró la falsa oferta laboral.

Después miró el piano.

Luego a ella.

—Al contrario.

Marcus dio un paso.

—Adrian.

—Empiezas esta noche.

Claire levantó una ceja.

—¿Siempre contratas gente después de interrogarla como sospechosa?

—Solo cuando tocan canciones que llevan muertas noventa y siete años.

Ella dejó de sonreír.

Adrian lo vio.

Una pausa pequeña.

Un cambio en la respiración.

Claire sabía algo.

Tal vez no sabía qué.

Pero sabía algo.

Y él pensaba descubrirlo.

Porque aquella noche no era la primera anomalía ocurrida en Blackthorne Castle.

Tres semanas antes alguien había abierto la tumba de Evelyn Blackwood.

No se había llevado joyas.

No se había llevado objetos.

Solo había desaparecido una cosa.

Un pequeño relicario de plata que Evelyn llevaba al morir.

Adrian no había contado aquello ni siquiera a la mayoría de su consejo.

Sin embargo, ahora, mientras Claire recogía su maleta, algo escapó del cuello de su abrigo.

Una cadena.

Plata antigua.

Y al final…

un relicario.

Idéntico.

Adrian sintió que el mundo se estrechaba.

No dijo nada.

No todavía.

Porque un rey que había sobrevivido doscientos años aprendía ciertas reglas.

No preguntes antes de saber qué respuesta puede destruirte.

No acuses antes de conocer quién observa.

No ataques antes de encontrar la verdadera garganta del enemigo.

No confíes solo porque alguien parece indefenso.

No ames aquello que podría haber sido enviado para matarte.

Claire ajustó el abrigo.

El relicario desapareció.

Adrian levantó los ojos hacia Marcus.

Su consejero también lo había visto.

Y por un instante demasiado breve…

Marcus pareció asustado.

No sorprendido.

Asustado.

Adrian archivó aquella reacción en silencio.

—Señorita Bennett —dijo—, la señora Hayes la llevará a una habitación.

—¿Habitación?

—El anuncio prometía alojamiento.

—¿Y ahora lo respetas aunque digas que es falso?

—Blackwood nunca rompe una promesa escrita bajo su nombre.

Claire sonrió levemente.

—Eso suena agotador.

—Lo es.

—Entonces espero que pagues horas extra.

Adrian volvió a sentir aquella casi sonrisa.

Marcus, en cambio, no sonrió.

Mientras Claire era conducida fuera del salón, Adrian permaneció junto al piano.

Solo cuando sus pasos desaparecieron habló.

—Cierra el castillo.

Marcus palideció.

—¿Qué?

—Nadie entra.

Nadie sale.

—Adrian, hay cuarenta empleados y varios huéspedes de la fundación.

—Entonces esta noche habrá cuarenta empleados y varios huéspedes que dormirán aquí.

Marcus bajó la voz.

—¿Crees que ella robó el relicario?

Adrian giró lentamente.

—Yo no te dije qué vi.

Marcus se quedó inmóvil.

Un segundo.

Dos.

El error ya estaba cometido.

Adrian se acercó.

—Interesante.

Marcus intentó recuperarse.

—Vi la cadena. Supuse…

—No.

La voz de Adrian fue tranquila.

Eso la hacía peor.

—Dijiste relicario.

Marcus abrió la boca.

—Adrian…

—Solo cinco personas sabían lo que desapareció de la tumba de mi madre.

Marcus lo miró.

—Yo soy una de ellas.

—Exactamente.

Adrian caminó hacia las ventanas.

La tormenta cubría las montañas de Vermont.

Blackthorne Castle había sido construido sobre una formación de granito en 1891, lejos de las carreteras principales, rodeado por bosques de pinos que en invierno parecían un océano negro.

Durante décadas, los habitantes del pequeño pueblo de Ashcroft habían contado historias sobre luces en las ventanas.

Carros que llegaban de noche.

Gente que nunca envejecía.

Adrian había permitido los rumores.

Los rumores eran útiles.

Convertían la verdad en folclore.

—Vigílala —ordenó.

Marcus asintió.

—¿Discretamente?

Adrian lo miró.

—Si ella descubre que la estás vigilando, te despediré.

Marcus esbozó una sonrisa incómoda.

—Es ciega.

—Y en diez minutos ha notado más que la mayoría de mis ejecutivos en diez años.

Marcus no respondió.

Adrian volvió al piano.

Pulsó una tecla.

Después otra.

El eco de la canción seguía dentro de él.

Y debajo de aquel eco…

Tum.

Otro latido.

Más débil.

Pero real.

Adrian apoyó dos dedos sobre su pecho.

Aquello era imposible.

Los vampiros de su linaje no tenían latido tras la transformación.

No lo necesitaban.

Su sangre circulaba por una fuerza distinta.

Más antigua.

Más oscura.

Solo existían tres relatos históricos sobre un corazón vampírico que había vuelto a latir.

Los tres terminaban de la misma manera.

Con una Vinculación.

Un lazo entre dos almas capaz de devolver funciones humanas al inmortal.

Pero aquello pertenecía a libros ceremoniales.

No a la realidad.

Adrian había pasado cien años burlándose de aquellas historias.

No tenía intención de dejar de hacerlo por una desconocida.

Mucho menos por una desconocida que llevaba el relicario de su madre.

Aquella noche, Claire cenó sola en una pequeña sala contigua a las cocinas.

No sabía que dos cámaras la observaban.

Tampoco sabía que Adrian estaba frente a una de ellas.

O tal vez sí.

Porque a mitad de la cena levantó el rostro hacia la cámara oculta en una moldura.

—La sopa está excelente —dijo.

Adrian frunció el ceño.

Claire tomó otra cucharada.

—Pero si alguien piensa seguir observándome, podría al menos mandar pan.

El jefe de seguridad que estaba junto a Adrian murmuró:

—No puede ver la cámara.

Adrian respondió:

—Ya me había dado cuenta.

—Entonces…

—Mándale pan.

El hombre dudó.

—¿En serio?

Adrian lo miró.

Cinco minutos después apareció una cesta.

Claire tocó los panecillos.

Sonrió.

Miró aproximadamente hacia la cámara.

—Gracias.

Adrian cruzó los brazos.

Aquello iba a ser un problema.

Un problema de cinco pies y seis pulgadas, cabello oscuro, bastón blanco y una extraña habilidad para irritarlo.

A las once, la mayoría del castillo estaba en silencio.

Claire no dormía.

Había memorizado el camino desde su habitación hasta la escalera principal.

Setenta y ocho pasos hasta la esquina.

Doce hasta la alfombra.

Tres escalones.

Descanso.

Giro.

Había aprendido hacía mucho tiempo que los lugares nuevos dejaban de ser extraños cuando uno contaba.

Las personas también.

Tres segundos antes de responder significaban cautela.

Respiración alta significaba miedo.

Una mandíbula tensándose tenía sonido.

La ropa cara también.

Los zapatos caros eran fáciles de reconocer.

El hombre del piano…

Adrian…

era distinto.

Se movía demasiado silenciosamente.

Su voz no llevaba el pequeño rebote de aire que acompañaba el pecho de una persona normal.

Y su piel estaba fría.

Claire había tocado suficientes manos para saber que aquello no era normal.

Sin embargo, no era la razón por la que no podía dormir.

Era la canción.

Desde niña, aquella melodía aparecía en sus sueños.

Su madre adoptiva, Sarah Bennett, solía escucharla tararearla.

—¿Dónde aprendiste eso, sweetheart?

Claire nunca lo supo.

A los seis años podía tocarla con un dedo.

A los diez, completa.

A los diecisiete, después del accidente que le quitó la vista, la música se convirtió en la única habitación del mundo donde nada había desaparecido.

Las teclas seguían allí.

Do central seguía siendo do central.

Un acorde de mi menor no la compadecía.

Un piano nunca bajaba la voz porque estuviera ciega.

Nunca agarraba su brazo sin preguntar.

Nunca decía qué valiente eres solo porque cruzaba una calle.

La música no la trataba como cristal.

Quizá por eso se había convertido en musicóloga.

Quizá por eso había aceptado un trabajo extraño en un castillo remoto.

O quizá porque dos semanas antes había recibido una carta.

Una carta escrita a máquina.

Solo decía:

SI QUIERES SABER QUIÉN ERA TU MADRE, VE A BLACKTHORNE.

TOCA LA CANCIÓN.

Y NO CONFÍES EN EL HOMBRE QUE LLEVA EL ANILLO DEL LOBO.

Claire había quemado la carta.

Pero recordaba cada palabra.

En el salón, Marcus Vale llevaba un anillo con cabeza de lobo.

Por eso Claire no estaba dormida.

Y por eso, cuando oyó tres golpes suaves en la puerta a las once y veinte, ya tenía el bastón en la mano.

—¿Quién es?

—Adrian.

Claire abrió.

—¿El multimillonario o el interrogador?

—Esta noche, el pianista frustrado.

Ella apoyó el hombro en el marco.

—No sabía que tocaras.

—No lo hago.

—Entonces eres un pianista extremadamente frustrado.

Adrian guardó silencio.

Claire sonrió.

—¿Qué quieres?

—Respuestas.

—Son caras.

—Puedo pagarlas.

—No las que buscas.

La voz de Adrian cambió.

No mucho.

—¿Quién te dio el collar?

Claire tocó instintivamente el relicario.

Maldijo en silencio.

Había esperado que no lo notara.

—Mi madre.

—¿Sarah Bennett?

Claire se puso rígida.

—¿Investigaste sobre mí?

—Te contraté.

—Hace cinco horas.

—Soy eficiente.

—Eres inquietante.

—También.

Claire cruzó los brazos.

—Sarah me dio el collar cuando cumplí dieciocho.

—¿De dónde lo obtuvo?

—Dijo que venía conmigo cuando me adoptó.

Adrian sintió un frío distinto al de su propia sangre.

—¿Adoptada dónde?

—Boston.

—¿Qué agencia?

—Saint Catherine Children’s Services.

Adrian conocía el nombre.

Demasiado bien.

La institución había sido fundada por su madre en 1912.

—¿Tienes documentos?

—Los normales.

—¿Fecha de nacimiento?

—Nueve de octubre de 1994.

Adrian hizo una pausa.

—¿Lugar?

Claire soltó una risa pequeña.

—Si lo supiera, probablemente no habría viajado hasta un castillo porque un desconocido me envió una carta anónima.

Adrian se quedó quieto.

—¿Qué carta?

Claire se arrepintió apenas las palabras salieron.

Demasiado tarde.

—Nada.

—Claire.

—No uses mi nombre como una amenaza.

—No era una amenaza.

—Entonces tienes una forma muy particular de conversar.

Adrian respiró por costumbre.

No necesidad.

—Alguien te trajo aquí deliberadamente.

—Eso parece.

—¿Quién?

—Si lo supiera, ya te lo habría dicho.

—¿Por qué?

Ella respondió con serenidad.

—Porque hay algo en este lugar que no entiendo, y cuando no entiendo algo prefiero tener información antes que enemigos.

Adrian la estudió.

Inteligente.

Controlada.

Nada de pánico.

Nada de dramatismo.

—La carta mencionaba una canción —continuó Claire— y a un hombre con un anillo de lobo.

Adrian no parpadeó.

—Marcus.

—Sí.

—¿Qué decía exactamente?

Ella repitió el mensaje.

Adrian sintió que una pieza encajaba.

No de forma tranquilizadora.

—No salgas de esta habitación esta noche.

Claire ladeó el rostro.

—Eso ha sonado bastante parecido a una orden.

—Lo era.

—Entonces la respuesta es no.

Adrian apretó la mandíbula.

—Hay una persona dentro del castillo que podría querer hacerte daño.

—Y tu solución es dejarme sola en una habitación que esa persona sabe que ocupo.

Adrian guardó silencio.

Claire continuó.

—Puerta de madera. Una sola salida. Ventana probablemente demasiado alta. Excelente plan.

Adrian miró la ventana.

Maldita mujer.

—Entonces vendrás conmigo.

—¿A dónde?

—A una habitación segura.

—¿Tu habitación?

—No.

Pausa.

—Está al lado.

Claire sonrió.

—Eso no suena sospechoso en absoluto.

—Puedo pedir que te acompañe la señora Hayes.

—Me parece mejor.

Adrian hizo una llamada.

Diez minutos después, Claire se instaló en una suite interior protegida por un sistema de seguridad biométrico.

La señora Hayes, una mujer de sesenta y ocho años que llevaba cuarenta trabajando para los Blackwood, permaneció con ella.

Antes de irse, Adrian se detuvo.

—Claire.

—¿Sí?

—El relicario.

Ella tocó la cadena.

—¿Qué?

—No se lo enseñes a nadie.

—Tú ya lo viste.

—Especialmente a nadie más.

—¿Por qué?

Adrian pensó en la tumba vacía.

En Marcus pronunciando una palabra que no debía conocer.

En la canción.

En el corazón.

—Porque creo que alguien mató para conseguirlo.

Claire no retrocedió.

Solo preguntó:

—¿A quién?

Adrian respondió:

—A mi madre.

Aquella vez sí consiguió dejarla sin palabras.

Adrian cerró la puerta.

Claire permaneció inmóvil.

La señora Hayes no dijo nada.

Pasaron casi treinta segundos.

Finalmente Claire preguntó:

—¿Cuándo murió su madre?

La mujer mayor respondió:

—Hace mucho tiempo.

—Eso no es una fecha.

La señora Hayes suspiró.

—Con el señor Blackwood aprenderá que algunas preguntas tienen respuestas extrañas.

—¿Qué tan extrañas?

—Lo suficiente para que esta noche prefiera no contestar.

Claire tocó el relicario.

No tenía miedo.

Al menos no exactamente.

Tenía la sensación que había aprendido a respetar desde que perdió la vista.

La sensación de estar a punto de descubrir una verdad que cambiaría el significado de todas las verdades anteriores.

En el pasillo, Adrian encontró a Marcus esperándolo.

—Tenemos un problema —dijo Marcus.

—Tenemos varios.

—Encontraron a Daniel Cross.

Daniel era uno de los guardias asignados a la cripta familiar.

Adrian levantó la mirada.

—¿Dónde?

—En el bosque.

—¿Vivo?

Marcus tardó una fracción de segundo.

—Sí.

Adrian notó el retraso.

—Llévame.

El bosque detrás del castillo estaba cubierto de nieve.

Daniel yacía junto a un viejo muro de piedra.

Respiraba.

Apenas.

No tenía heridas visibles.

Eso era peor.

Adrian se arrodilló.

Tocó su cuello.

Frío.

Demasiado frío para un humano vivo.

Daniel abrió los ojos.

—Majestad.

—¿Quién te hizo esto?

Los labios del guardia temblaron.

—No… era… ella.

—¿Quién?

Daniel intentó agarrar el abrigo de Adrian.

—La pianista…

Adrian se inclinó.

—¿Qué pasa con ella?

—No es… la que creen.

Su cuerpo se tensó.

Adrian sostuvo su cabeza.

—Daniel.

—La canción…

Un jadeo.

—La canción es una llave.

Adrian sintió algo pesado en el estómago.

—¿Llave para qué?

Daniel abrió la boca.

No salió sonido.

Sus ojos se cerraron.

Marcus se arrodilló.

—¿Está muerto?

Adrian volvió a buscar pulso.

—No.

Se levantó.

—Hospital privado. Ahora.

Dos guardias tomaron a Daniel.

Marcus miró hacia el castillo.

—¿Una llave?

Adrian también lo miró.

Desde aquella distancia, una ventana permanecía encendida.

La habitación de Claire.

—Averigua qué abre.

A las tres de la mañana, Adrian estaba en la biblioteca secreta.

No la biblioteca que conocían los invitados.

Aquella estaba detrás de una pared giratoria en su estudio.

Contenía documentos familiares desde 1644.

Registros de transformaciones.

Tratados.

Guerras.

Matrimonios.

Traiciones.

Marcus estaba a su lado.

Adrian hojeaba un diario de su madre.

—¿Qué buscas?

—La melodía.

—Has leído esos diarios cientos de veces.

—No desde que murió.

Marcus no dijo nada.

Adrian encontró una página.

Había una frase.

“Si mi hijo alguna vez escucha otra vez la canción, significará que ella ha regresado.”

Adrian se quedó helado.

Marcus leyó sobre su hombro.

—¿Ella?

Adrian pasó la página.

Faltaba.

Arrancada.

La siguiente también.

Y la siguiente.

Seis páginas.

Adrian cerró lentamente el diario.

—¿Quién ha entrado aquí?

—Nadie.

—Alguien arrancó seis páginas.

Marcus revisó la cerradura.

—Solo tú tienes acceso.

Adrian levantó los ojos.

—Y tú.

Silencio.

Marcus no apartó la mirada.

—¿Crees que fui yo?

—Todavía no sé qué creo.

Marcus dio un paso.

—He estado contigo ciento treinta años.

—Lo sé.

—Luché contigo en Quebec.

—Lo recuerdo.

—Estuve allí cuando enterraste a Evelyn.

—También lo recuerdo.

—Entonces no me mires como a un traidor.

Adrian cerró el libro.

—Cuando dejaste de ser mi amigo para convertirte en mi consejero, me pediste una cosa.

Marcus apretó la mandíbula.

Adrian continuó.

—Me pediste que si alguna vez tenía motivos para sospechar de ti, no permitiera que nuestra amistad afectara mi juicio.

Marcus bajó la mirada.

—Sí.

—Estoy cumpliendo tu petición.

—¿Y tienes motivos?

—Sabías lo del relicario.

—Porque tú me lo dijiste.

—Sabías que lo llevaba Claire antes de que yo mencionara qué habíamos visto.

—Lo inferí.

—Entonces demuéstralo.

Marcus levantó la mirada.

—¿Cómo?

—Dame tu anillo.

La expresión de Marcus cambió.

—¿Para qué?

—Dámelo.

Lentamente, Marcus retiró el anillo del lobo.

Adrian lo tomó.

Era pesado.

Plata ennegrecida.

El símbolo pertenecía a la Orden de Fenrir, una antigua alianza de guerreros vampíricos que había servido a la familia Blackwood.

—¿Cuánto tiempo llevas este anillo?

—Desde 1906.

—¿Alguna vez te lo quitas?

—No.

Adrian lo giró.

En la parte interior encontró una marca.

Una diminuta letra E.

No la había visto antes.

—¿Qué significa?

Marcus miró.

Por primera vez, pareció genuinamente confundido.

—No lo sé.

Adrian lo acercó a la lámpara.

La letra no estaba grabada.

Era una abertura.

Presionó.

Click.

Una pequeña sección se abrió.

Dentro había un rollo minúsculo de papel.

Marcus retrocedió.

—Adrian, juro que…

Adrian desplegó el papel.

Tres palabras.

ELLA YA LLEGÓ.

Debajo aparecía una fecha.

12 de agosto.

Ese mismo día.

Adrian miró a Marcus.

—¿Todavía quieres decir que no sabes nada?

Marcus parecía pálido incluso para un vampiro.

—Alguien manipuló mi anillo.

—¿Quién podría acercarse lo suficiente?

Marcus no respondió.

Adrian sí conocía una respuesta.

Celia Frost.

Prometida de Marcus.

Miembro del Consejo Oriental.

Había llegado al castillo cuatro días antes.

Adrian cerró el papel.

—Busca a Celia.

Un guardia fue enviado.

Regresó siete minutos después.

—Majestad…

—Habla.

—La habitación de la señora Frost está vacía.

Adrian sintió la ira llegar.

Fría.

Precisa.

—¿El auto?

—Sigue aquí.

—Revisen las cámaras.

El jefe de seguridad llamó.

—Señor, tenemos algo peor.

—¿Qué?

—La cámara del corredor interior muestra a la señora Frost entrando en el ala segura hace seis minutos.

Adrian ya estaba corriendo antes de que el hombre terminara.

Claire oyó el sonido de la cerradura.

No el bip normal.

Un clic diferente.

La señora Hayes dormía en la habitación contigua.

Claire se levantó sin hacer ruido.

Tomó el bastón.

La puerta se abrió.

Perfume.

Jazmín.

Tacones bajos.

Respiración lenta.

Mujer.

Claire no habló.

La visitante tampoco.

Claire calculó distancia.

Seis pies.

Cinco.

Cuatro.

—No grites —dijo la mujer.

Claire sostuvo el bastón horizontalmente.

—No pensaba hacerlo.

—Bien.

—Los gritos hacen difícil escuchar dónde está alguien.

La mujer se detuvo.

Claire sonrió.

—Y tú acabas de decirme exactamente dónde estás.

Movió el bastón.

Rápido.

La punta golpeó la muñeca de la intrusa.

Algo metálico cayó al piso.

Claire lo pateó debajo de la cama.

La mujer maldijo.

Se abalanzó.

Claire giró.

No intentó luchar con fuerza.

Sabía que perdería.

Usó espacio.

Sonido.

Equilibrio.

Golpeó detrás de la rodilla.

La mujer cayó contra una mesa.

Un florero se rompió.

La señora Hayes despertó.

—¡Claire!

—¡Cierra tu puerta!

La intrusa agarró el bastón.

Claire lo soltó inmediatamente.

La mujer perdió equilibrio por esperar resistencia.

Claire retrocedió hacia la pared.

La intrusa volvió a atacar.

Entonces la puerta principal salió de sus bisagras.

Adrian entró.

La temperatura pareció desplomarse.

Celia Frost se giró.

Adrian la reconoció.

Cabello rojo.

Vestido negro.

Ojos dorados.

Y colmillos extendidos.

Claire no podía verlo.

Pero sí oyó algo.

Un sonido animal.

—Celia —dijo Adrian.

Solo el nombre.

La mujer retrocedió.

—No entiendes.

—Aléjate de ella.

—Adrian, escucha.

—Te quedan tres segundos.

Celia levantó las manos.

—Ella no es humana.

Claire frunció el ceño.

—Qué agradable.

Celia no la miró.

—La familia Bennett no existe. Los archivos fueron fabricados. La adopción fue preparada.

Adrian se acercó.

—¿Por quién?

—Tu madre.

Silencio.

—Mi madre murió décadas antes de que Claire naciera.

—Eso crees.

Marcus llegó al corredor.

—Celia.

Ella giró.

Su rostro cambió.

—Marcus.

Había dolor verdadero en aquella palabra.

Marcus vio el objeto debajo de la cama.

Una daga.

La hoja estaba cubierta de plata.

—¿Ibas a matarla?

Celia negó.

—No.

—Trajiste una daga.

—Para protegerla.

Adrian miró la puerta.

—¿De quién?

Celia respondió:

—De ti.

Claire soltó una risa sin humor.

—¿Alguien quiere explicarme por qué cada persona de este castillo parece saber quién soy excepto yo?

Adrian miró a Celia.

—Habla.

—No aquí.

—Habla.

—Hay oídos.

Adrian señaló al jefe de seguridad.

—Revisa la habitación.

Encontraron un micrófono detrás del cabecero.

No pertenecía al sistema Blackwood.

Marcus palideció.

Celia lo miró.

—Te dije que no era seguro.

Adrian tomó el dispositivo.

—¿Quién está escuchando?

Celia respiró.

—El hombre que abrió la tumba de Evelyn.

—Nombre.

—No puedo dártelo.

Adrian avanzó.

—Puedes.

—No.

—¿Porque le eres leal?

La expresión de Celia se quebró.

—Porque si digo su nombre, sabe que lo dije.

Claire inclinó la cabeza.

—¿El micrófono transmite?

Celia la miró.

—Sí.

—Entonces ya sabe que estás hablando.

Celia permaneció inmóvil.

Claire señaló aproximadamente hacia la mano de Adrian.

—Rompe eso.

Adrian aplastó el transmisor.

Claire continuó.

—Ahora dile.

Celia tragó saliva.

—Silas Blackwood.

El nombre cayó como piedra.

Marcus se apoyó contra la pared.

Adrian no reaccionó.

Pero su corazón…

Tum.

No por Claire.

Por furia.

—Silas murió en 1929.

Celia negó.

—No.

Adrian dio otro paso.

—Yo vi su cuerpo quemarse.

—Viste un cuerpo.

—Era mi hermano.

—Y llevaba treinta años preparándose para engañarte.

Adrian recordó el incendio.

La finca de Maine.

El cuerpo carbonizado.

El anillo familiar.

El ataúd cerrado.

Silas Blackwood.

Su hermano menor.

El hombre que había intentado derrocarlo.

Muerto durante casi un siglo.

—¿Dónde está?

preguntó Adrian.

—No lo sé.

—Mientes.

—Si lo supiera, ya estaría muerta.

Marcus miró a Celia.

—¿Desde cuándo trabajas para él?

Ella cerró los ojos.

—No trabajo para Silas.

—Entonces ¿cómo sabes esto?

—Porque él me encontró primero.

Marcus retrocedió.

Celia dio un paso hacia él.

—Hace ocho años.

Marcus parecía herido.

—Llevamos comprometidos doce.

—Lo sé.

—Ocho años mintiéndome.

—Ocho años intentando mantenerte vivo.

Marcus soltó una risa amarga.

Adrian levantó una mano.

—Basta.

Miró a Claire.

—Tienes derecho a escuchar esto.

Claire asintió.

—Por fin algo en lo que estamos de acuerdo.

Celia se sentó lentamente.

—Silas llevaba décadas buscando a alguien capaz de tocar la Canción del Despertar.

Adrian miró el pasillo.

—Ese nombre no aparece en ningún archivo.

—Porque Evelyn eliminó todos los registros.

—¿Por qué?

Celia miró a Claire.

—Porque la melodía no fue escrita para Adrian.

Claire se quedó inmóvil.

—¿Entonces para quién?

—Para ti.

Adrian sintió otro latido.

Claire apretó el relicario.

—Eso es imposible.

—La melodía es más vieja de lo que crees.

Celia continuó.

—Tu madre biológica la conocía.

Evelyn también.

Ambas pertenecían a una línea que existía antes de los Blackwood.

Una línea que podía hacer algo que ninguna familia vampírica podía hacer.

Claire dijo:

—¿Vampírica?

Silencio.

Adrian cerró los ojos.

No era así como quería contárselo.

Claire giró hacia él.

—Adrian.

—Sí.

—¿Qué significa vampírica?

Celia respondió antes que él.

—Significa que el hombre que te contrató murió en 1817.

Claire no habló.

Marcus miró al techo.

La señora Hayes salió lentamente de su habitación.

—Quizá debería preparar té.

Claire giró hacia ella.

—¿Té?

La mujer se encogió de hombros.

—Normalmente ayuda.

Claire soltó una carcajada.

Una sola.

Incrédula.

—Estoy en un castillo con supuestos vampiros y usted quiere preparar té.

—English Breakfast.

Claire volvió a reír.

Adrian la observaba, esperando pánico.

No llegó.

Claire respiró profundamente.

—Bien.

Señaló hacia Adrian.

—Tú.

—¿Yo?

—Acércate.

Adrian obedeció.

Claire levantó una mano.

—Permiso.

Él entendió.

—Sí.

Ella tocó su rostro.

Frente.

Mejilla.

Mandíbula.

Su piel estaba fría.

Después encontró su cuello.

Nada.

No había pulso.

Claire retiró lentamente los dedos.

Adrian no se movió.

—Dime que hay una explicación médica —dijo.

—No la hay.

—Dime que todos están haciendo una broma extremadamente elaborada.

—No.

Claire respiró.

—Enséñame tus dientes.

Marcus abrió la boca para hablar.

Adrian levantó una mano.

Claire añadió:

—No puedo verlos, obviamente. Acerca mi mano.

Adrian tomó sus dedos.

Los guio hasta sus labios.

Abrió la boca.

Claire tocó cuidadosamente un colmillo.

Retiró la mano.

Silencio.

—Bueno —dijo finalmente—. Eso explica algunas cosas.

Adrian casi se atragantó con una risa.

—¿Eso es todo?

—No.

Claire volvió a cruzar los brazos.

—También significa que quiero un aumento.

La señora Hayes sí se rio.

Hasta Marcus dejó escapar una exhalación.

Celia no.

—Claire, esto no es divertido.

—No.

La joven giró hacia ella.

—Pero entrar en pánico no me devolverá información. Así que prefiero preguntar.

Adrian sintió respeto.

Genuino.

Peligroso.

—Pregunta.

Claire señaló hacia Celia.

—¿Qué puede hacer esa línea?

Celia dudó.

—Despertar corazones.

Claire quedó quieta.

Adrian también.

—Explícalo —ordenó él.

—Los antiguos lo llamaban Resonancia. Algunas personas nacían con la capacidad de alterar la sangre inmortal mediante sonido.

—Música.

—No cualquier música.

Celia miró a Claire.

—La tuya.

Adrian sintió otro latido.

Celia continuó.

—Cuando tocaste el piano, el corazón de Adrian respondió porque su sangre reconoce la tuya.

Claire se tensó.

—¿Por qué?

—Eso es lo que Silas quiere descubrir.

Adrian preguntó:

—¿Y mi madre?

—Evelyn sabía.

—¿Cómo?

—Porque ella protegió a la última Resonante antes de Claire.

—¿Quién?

Celia tragó saliva.

—Una mujer llamada Margaret Hale.

Claire palideció.

—Ese era el apellido de mi madre biológica.

Todos miraron hacia ella.

Claire tocó el relicario.

—Según mi expediente incompleto. Margaret Hale.

Adrian sintió que el piso desaparecía debajo de siglos de certezas.

—¿Cuándo murió?

—La noche en que nací.

Celia cerró los ojos.

—Entonces funcionó.

—¿Qué funcionó?

—Ocultarte.

Claire se acercó.

—Celia.

Su voz permanecía tranquila.

Pero ahora había acero.

—Quiero respuestas completas.

Celia respiró.

—Margaret era perseguida.

Silas sabía que estaba embarazada.

Creía que su hija podría ser usada para abrir algo que Evelyn había sellado.

—¿Qué cosa?

Celia miró a Adrian.

—La Cámara del Primer Rey.

Marcus murmuró una maldición.

Adrian quedó inmóvil.

La Cámara del Primer Rey era una leyenda incluso entre vampiros.

Supuestamente existía debajo de la primera fortaleza Blackwood.

Contenía la sangre del fundador.

Y un objeto conocido como la Corona Nocturna.

Adrian nunca había creído que fuera real.

—Blackthorne fue construido sobre las ruinas de esa fortaleza —dijo Marcus.

Celia asintió.

Claire preguntó:

—Entonces la canción…

Adrian comprendió.

—Es la llave.

Exactamente lo que Daniel había dicho.

Celia miró hacia el suelo.

—Sí.

Un sonido atravesó el castillo.

Grave.

Metálico.

Como una cerradura enorme moviéndose en las profundidades de la montaña.

Todos quedaron quietos.

Otro sonido.

THOOM.

El piso vibró.

Polvo cayó del techo.

La señora Hayes agarró el marco.

Claire levantó el rostro.

—¿Qué fue eso?

Adrian miró hacia el corredor que conducía al salón del piano.

—La canción.

Celia palideció.

—No.

Corrieron.

Cuando llegaron al gran salón, el Steinway estaba en silencio.

Pero el piso detrás del piano había cambiado.

Una grieta atravesaba el mármol.

Una línea perfecta.

Adrian apartó el instrumento.

Debajo había aparecido un círculo de símbolos antiguos.

Claire llegó guiada por Marcus.

Adrian se volvió.

—No te acerques.

—¿Por qué?

—Porque esta cosa reaccionó después de que tocaste.

Claire sostuvo su bastón.

—Entonces probablemente necesitarás a la persona que hizo reaccionar esa cosa.

—Podría ser una trampa.

—Todo este castillo parece una trampa.

Adrian no pudo discutir.

Los símbolos comenzaron a emitir un resplandor tenue.

Celia se arrodilló.

—No había visto esto antes.

—¿Puedes leerlo?

—Parte.

Marcus se acercó.

—Está escrito en dialecto prelatino.

Adrian reconoció algunas palabras.

Sangre.

Voz.

Corazón.

Rey.

Claire se arrodilló.

Adrian dijo:

—No lo toques.

Ella ignoró la orden.

Pasó los dedos sobre las marcas.

El círculo vibró.

Adrian la agarró de la cintura y la apartó.

Demasiado tarde.

Click.

El suelo se abrió.

Una escalera descendía hacia la oscuridad.

Aire antiguo subió desde abajo.

Claire quedó contra el pecho de Adrian.

Su corazón golpeó.

Tum.

Tum.

Dos veces seguidas.

Ella lo oyó.

—Eso es nuevo.

Adrian la soltó.

—No comentes.

—Definitivamente es nuevo.

Marcus encendió una linterna.

—Hay escalones.

Celia miró hacia atrás.

—Deberíamos cerrar esto.

Adrian negó.

—Silas quería abrirlo.

—Exactamente.

—Eso significa que hay respuestas abajo.

—También podría significar que estamos haciendo exactamente lo que él quiere.

Adrian la miró.

Celia tenía razón.

Claire habló.

—Entonces hagamos algo diferente.

Todos giraron.

—¿Qué sugieres? —preguntó Marcus.

—Que no bajemos todos.

Adrian negó inmediatamente.

—Tú no bajas.

Claire sonrió.

—No recuerdo haberte preguntado.

—Claire.

—Adrian.

Marcus miró de uno a otro.

Celia murmuró:

—Esto va a ser insoportable.

Adrian ignoró el comentario.

—Si esa cámara necesita tu sangre, eres la última persona que debería entrar.

Claire se acercó.

—Si esa cámara necesita mi sangre, soy la única persona que puede descubrir cómo funciona antes de que Silas lo haga.

—No sabes qué hay abajo.

—Tú tampoco.

—He vivido dos siglos.

—Y sigues discutiendo mal.

Adrian apretó los dientes.

Claire continuó.

—Además, puedo escuchar cosas que ustedes probablemente no notan.

—Somos vampiros.

Pausa.

—Podemos escuchar un ratón detrás de una pared.

Claire inclinó el rostro.

—Entonces será divertido comparar.

La señora Hayes apareció con un termo.

—Preparé té.

Todos la miraron.

—¿Qué? —preguntó ella—. Ya estaba hecho.

Quince minutos después, Adrian descendía primero.

Claire iba detrás con una mano sobre la pared y la otra en el bastón.

Marcus los seguía.

Celia había quedado arriba con los guardias.

Adrian había decidido que todavía no confiaba lo suficiente en ella.

La escalera descendía cincuenta pies.

Después cien.

Finalmente llegaron a una puerta circular.

No tenía cerradura.

Solo cinco depresiones en forma de dedos.

Claire tocó la piedra.

—Mano.

Adrian la detuvo.

—Podría cortarte.

—Entonces pon la tuya primero.

Adrian apoyó la mano.

Nada.

Marcus intentó.

Nada.

Claire extendió la suya.

El mecanismo se activó antes de que tocara por completo.

La puerta se abrió.

Adrian no dijo nada.

Pero algo dentro de él se endureció.

El pasillo más allá estaba cubierto de murales.

Claire no podía verlos.

Adrian describió.

—Personas.

—¿Humanas?

—Algunas.

—¿Y las otras?

—Vampiros.

Había una mujer sentada frente a un instrumento parecido a un arpa.

A su lado, un hombre con una corona oscura se llevaba una mano al pecho.

Adrian tragó saliva.

—Es la misma historia.

Claire tocó la pared.

—¿Qué historia?

—La Resonante.

Siguieron.

Otro mural.

La mujer y el rey tomados de la mano.

Otro.

Un niño.

Otro.

Guerra.

Otro.

La mujer muerta.

El rey arrodillado.

Claire sintió que Adrian se detenía.

—¿Qué ves?

Él tardó.

—Nada importante.

Claire giró hacia él.

—Mientes peor de lo que crees.

Marcus miró el mural.

—Adrian.

—Sigue.

Llegaron a una cámara.

En el centro había un piano.

No.

No exactamente.

Un instrumento antiguo de teclas negras y marfil.

Parecía imposible que hubiera sobrevivido.

Claire se acercó.

—Hay algo aquí.

Adrian escuchó.

Nada.

—¿Qué?

—Un zumbido.

Marcus también se concentró.

—No oigo nada.

Claire caminó.

—Viene del instrumento.

Adrian sostuvo su brazo.

—No toques.

Ella suspiró.

—¿Vamos a repetir esto toda la noche?

—Probablemente.

Claire se sentó.

Adrian se colocó a su lado.

—Una nota.

—Una.

Ella presionó una tecla.

El sonido fue profundo.

La habitación se iluminó.

En las paredes aparecieron palabras rojas.

Marcus retrocedió.

—Dios.

Adrian leyó.

CUANDO EL CORAZÓN DEL REY VUELVA A LATIR, LA SANGRE PERDIDA ENCONTRARÁ SU CAMINO.

Claire quedó quieta.

—¿Qué dice?

Adrian se lo leyó.

Ella tragó saliva.

—Continúa.

Debajo apareció otra frase.

PERO EL REY QUE DESPIERTA TAMBIÉN DESPIERTA A SU VERDUGO.

Adrian dejó de hablar.

Claire golpeó suavemente el piso con el bastón.

—Terminaste demasiado rápido.

—No había más.

—Mentira.

Adrian la miró.

Ella continuó.

—Respiraste diferente.

Marcus soltó una exhalación.

—Será mejor que se lo digas.

Adrian leyó la segunda línea.

Claire guardó silencio.

Luego dijo:

—Entonces dejamos de tocar.

Un aplauso sonó desde la entrada.

Una vez.

Dos.

Tres.

Adrian giró.

Silas Blackwood estaba allí.

No había envejecido.

Mismo cabello negro.

Mismos ojos grises que Adrian recordaba.

El hermano que había enterrado en 1929 sonreía desde la puerta.

—Siempre fuiste inteligente, Adrian.

Adrian se movió frente a Claire.

—Silas.

Claire apretó el bastón.

—Supongo que no es un empleado.

Marcus desenvainó una daga.

Silas sonrió.

—Marcus Vale. Siempre leal. Siempre aburrido.

Adrian no apartó los ojos.

—¿Cómo entraste?

—La puerta estaba abierta.

Claire murmuró:

—Todo el mundo dice eso en este castillo.

Silas soltó una carcajada.

—Me agrada.

Adrian mostró los colmillos.

—No digas una palabra sobre ella.

—¿Por qué? ¿Porque tu corazón late?

Adrian se tensó.

Silas lo había oído.

—Cien años —continuó Silas—. Cien años buscando a la última hija de Margaret.

Claire levantó el rostro.

—¿Conociste a mi madre?

Silas sonrió.

—Mucho mejor que Adrian.

Ella se puso rígida.

—¿Qué significa?

Adrian dijo:

—No escuches.

Silas rio.

—Claro. El gran rey dando órdenes.

Claire habló:

—Yo decido a quién escucho.

Silas inclinó la cabeza.

—Entonces pregunta por qué Adrian nunca encontró a Margaret.

Claire giró hacia Adrian.

—¿La buscabas?

Adrian no respondió.

Silas sí.

—Porque estaba comprometido con ella.

El silencio fue brutal.

Claire quedó inmóvil.

Adrian sintió algo parecido a una herida abrirse bajo las costillas.

—Eso ocurrió mucho antes de que nacieras —dijo.

—¿Mi madre estaba comprometida contigo?

—Su antepasada.

Silas sonrió.

—No, hermano.

Adrian lo miró.

Silas señaló el relicario de Claire.

—Abre eso.

Claire lo sujetó.

—No.

—Ábrelo y dile quién aparece en la fotografía.

—No hay fotografía.

—Hay una segunda tapa.

Claire frunció el ceño.

Había tenido el relicario toda su vida.

Nunca había encontrado una segunda tapa.

Silas indicó:

—Presiona el borde izquierdo.

Claire lo hizo.

Click.

Una sección oculta se abrió.

Dentro había una lámina diminuta.

Claire pasó el pulgar.

—Hay papel.

Adrian la tomó.

Una fotografía.

Años noventa.

Una mujer joven.

Cabello oscuro.

Sonrisa tranquila.

Margaret Hale.

Adrian la reconoció.

No porque la hubiera conocido en los años noventa.

Sino porque tenía el mismo rostro que una mujer fotografiada en 1918.

Una mujer llamada Margaret Hale.

La mujer que oficialmente había muerto aquel año.

Adrian sintió que la cámara giraba.

—No.

Silas sonrió.

—Sí.

Marcus miró la fotografía.

—Es la misma mujer.

Claire preguntó:

—¿Qué?

Adrian no pudo responder.

Silas lo hizo.

—Tu madre no era descendiente de Margaret Hale.

Era Margaret Hale.

Claire dejó de respirar.

—Eso es imposible.

Silas dio un paso.

—Dile, Adrian. Dile cómo algunas Resonantes envejecen.

Adrian recordó antiguos textos.

Muy lentamente.

—No envejecen mientras permanecen vinculadas.

Claire giró hacia su voz.

—¿Vinculadas con quién?

Silas extendió una mano teatralmente.

—Ahí está la tragedia.

Adrian entendió antes de que lo dijera.

—No.

Silas sonrió.

—Margaret estaba vinculada contigo.

Claire retrocedió.

Adrian sintió horror.

—Nunca.

—Sin saberlo.

—Eso no ocurrió.

—¿Recuerdas 1918? ¿Aquellos cuatro meses en los que tu corazón volvió a latir?

Adrian quedó inmóvil.

Marcus lo miró.

—Nunca me dijiste eso.

Adrian recordaba.

Había pensado que era una enfermedad.

Su madre había insistido en que no saliera del castillo.

Después Margaret desapareció.

Y su corazón volvió a detenerse.

Silas continuó.

—Evelyn separó el vínculo.

—¿Por qué?

—Porque descubrió lo que Margaret podía abrir.

Claire habló:

—La cámara.

—Exactamente.

Silas la miró.

—Y porque temía que Adrian eligiera a Margaret antes que a su corona.

Adrian apretó los puños.

—Mi madre nunca…

Silas lo interrumpió.

—Tu madre hizo lo que todos los gobernantes hacen cuando sienten miedo.

Eligió el reino.

Claire bajó la cabeza.

—Entonces mi madre vivió casi cien años.

Silas asintió.

—Sí.

—¿Y murió en 1994?

—Eso te dijeron.

Claire levantó lentamente el rostro.

—¿Está viva?

Silas sonrió.

Adrian sintió que la trampa aparecía.

—No respondas.

Silas ignoró.

—Sí, Claire.

El mundo pareció detenerse.

Claire sujetó el relicario.

—¿Dónde?

—Eso depende.

Adrian dio un paso.

—No.

Silas extendió las manos.

—Yo puedo llevarte hasta ella.

—¿A cambio de qué? —preguntó Claire.

Silas señaló el instrumento.

—Termina la canción.

Adrian respondió:

—No.

Claire no habló.

Silas continuó.

—Toca la melodía completa y la cámara interior se abrirá.

Después te llevaré con Margaret.

—¿Por qué debería creerte?

—Porque sé algo que nadie más sabe.

Silas dijo una serie de números.

4-9-2-7.

Claire palideció.

Adrian lo notó.

—¿Qué son?

Claire apenas susurró:

—La contraseña que mi madre adoptiva utilizaba para su caja fuerte.

Silas sonrió.

—Sarah Bennett trabajaba para mí.

Claire se puso rígida.

—Mientes.

—Pregúntate por qué nunca tuvo fotografías tuyas antes de los tres años.

Claire lo sabía.

Sarah decía que se habían perdido durante una mudanza.

Silas continuó.

—Pregúntate por qué te llevó a un especialista diferente cada vez que preguntabas por tus ojos después del accidente.

—Mi ceguera fue causada por el choque.

—No.

Claire dejó de respirar.

Adrian giró hacia Silas.

—Cuidado.

Silas sonrió.

—El accidente dañó parcialmente tus ojos.

Pero todavía podías ver.

Claire sacudió la cabeza.

—No.

—La ceguera total apareció dos semanas después.

Adrian vio su rostro.

Era verdad.

Claire lo recordaba.

—Los médicos dijeron que hubo degeneración del nervio.

—Porque Sarah les pagó para que lo dijeran.

Claire apretó la mandíbula.

No lloró.

—¿Por qué?

Silas miró el instrumento.

—Porque una Resonante que puede ver puede leer los símbolos.

Una Resonante ciega solo puede tocar la llave sin saber qué está abriendo.

Adrian sintió una furia oscura.

—Tú lo ordenaste.

Silas no respondió directamente.

—Era necesario.

Claire giró hacia él.

Su voz fue fría.

—¿Tú provocaste mi ceguera?

Silas hizo una pausa.

Demasiado larga.

Adrian atacó.

Fue tan rápido que un humano no habría visto el movimiento.

Silas chocó contra la pared.

Adrian lo sostuvo por el cuello.

—Te voy a matar.

Silas sonrió.

—Entonces nunca encontrará a su madre.

Adrian apretó.

Claire dijo:

—Suéltalo.

Adrian no reaccionó.

—Adrian.

Algo en su voz.

Él giró.

Claire estaba erguida.

Calmada.

—Lo necesito vivo.

Adrian soltó a Silas.

El hombre cayó.

Claire caminó hacia él guiándose por el sonido.

—Quiero una respuesta.

Silas tosió.

—Ya la tienes.

—No.

Claire se inclinó ligeramente.

—Pregunté si tú provocaste mi ceguera.

Silas sonrió.

—No directamente.

Claire golpeó.

El bastón alcanzó su rostro.

Marcus soltó una exhalación sorprendida.

Silas tocó su labio.

Había sangre.

Claire enderezó el bastón.

—Eso tampoco fue directamente.

Adrian la miró.

Su corazón volvió a golpear.

No por magia.

O tal vez sí.

Silas rio.

—Definitivamente eres hija de Margaret.

Claire giró hacia el instrumento.

—¿Qué ocurre si termino la canción?

Silas respondió:

—La puerta interior se abre.

—¿Y qué hay detrás?

—La Corona Nocturna.

—¿Qué hace?

Silas dudó.

Claire sonrió sin alegría.

—Ahí está.

Adrian entendió.

—No quieres solo abrir la puerta.

Silas guardó silencio.

Marcus dijo:

—Necesita a Claire para activar la corona.

Silas miró al consejero.

—Siempre fuiste menos tonto de lo que parecías.

Adrian se acercó.

—¿Para qué?

Silas extendió la mandíbula.

—Para terminar una guerra antes de que comience.

—¿Qué guerra?

—La del sur.

Adrian sintió inquietud.

—No hay guerra.

—Todavía.

Silas metió la mano lentamente en su abrigo.

Marcus levantó la daga.

—Despacio.

Silas sacó un teléfono.

Lo arrojó al suelo.

En la pantalla había una fotografía.

Docenas de cuerpos.

Una mansión destruida.

Adrian reconoció el emblema.

Consejo de Virginia.

—¿Cuándo ocurrió esto?

—Hace seis horas.

—¿Quién?

—Los Ashen.

Adrian sintió un escalofrío.

Los Ashen eran una facción que no había aparecido públicamente en cincuenta años.

—Imposible.

—Pensé lo mismo.

Silas miró a Claire.

—Han vuelto.

Y buscan a la Resonante.

—¿Por qué?

—Porque pueden usar tu música para despertar algo mucho peor que un corazón.

Un estruendo interrumpió.

Arriba.

Explosión.

El castillo tembló.

Adrian giró.

Otro impacto.

Marcus habló por radio.

Nada.

Solo estática.

Silas sonrió amargamente.

—Demasiado tarde.

Adrian corrió hacia la escalera.

Claire lo siguió.

—Quédate.

—No.

—Claire.

—No voy a quedarme encerrada bajo tierra con el hombre que ordenó dejarme ciega.

Silas levantó las manos.

—Justo.

Adrian señaló a Marcus.

—Llévala.

Marcus tomó suavemente el brazo de Claire.

Ella se soltó.

—Hombro.

Marcus entendió.

Le ofreció el hombro.

Claire apoyó la mano.

Subieron.

El castillo era caos.

Alarmas.

Humo.

Cristales rotos.

Guardias corriendo.

Celia apareció.

—Entraron por el túnel este.

—¿Cuántos?

—Treinta.

Adrian mostró los colmillos.

—Protege a Claire.

Celia asintió.

Claire escuchó.

—¿Qué harás?

—Mi trabajo.

—Eso no responde.

—Soy rey.

Adrian sacó una espada de una vitrina.

—Ahora sí.

Desapareció por el corredor.

Claire oyó gritos.

Golpes.

Metal.

No pudo ver la batalla.

Pero construyó el espacio con sonido.

Dos hombres a la izquierda.

Uno corriendo.

Celia detrás.

Marcus delante.

Entonces Claire escuchó algo distinto.

Una campana.

No real.

Una nota.

La misma frecuencia del instrumento subterráneo.

—Esperen.

Marcus siguió avanzando.

—Tenemos que sacarte.

—Esperen.

La nota volvió.

Claire giró.

—Viene del salón.

Celia dijo:

—No podemos regresar.

Claire escuchó.

Tres notas.

La canción.

Pero nadie estaba tocando el piano.

—Hay alguien allí.

Celia sacó un arma.

Entraron.

El salón estaba vacío.

El Steinway permanecía abierto.

Una sola tecla descendió sola.

Plink.

Claire caminó.

—No.

Marcus intentó detenerla.

Ella levantó una mano.

Otra tecla.

Plink.

Después otra.

Era una secuencia.

Claire la reconoció.

—Mi madre.

Adrian apareció cubierto de sangre ajena.

—¿Qué ocurre?

Claire levantó el rostro.

—Alguien está enviando un mensaje.

—¿Cómo?

—Las teclas.

Escuchó.

Do.

Sol.

Mi.

Re.

Una secuencia.

Claire tradujo usando un código que Sarah le había enseñado de niña.

Un juego musical.

Una forma de convertir intervalos en letras.

M.

A.

R.

G.

A.

R.

E.

T.

Claire dejó de respirar.

—Dice Margaret.

Adrian miró el piano.

Las teclas continuaron.

V.

I.

V.

A.

Claire tembló por primera vez.

—“Margaret viva.”

Adrian se acercó.

Otra palabra.

N.

O.

Claire escuchó.

C.

O.

N.

F.

I.

E.

S.

Luego…

A.

D.

R.

I.

A.

N.

El salón quedó en silencio.

Claire sintió que Adrian se había quedado completamente quieto.

—¿Qué dijo? —preguntó Marcus.

Claire no respondió.

Adrian sí.

—“No confíes en Adrian.”

Marcus levantó la mirada.

Celia retrocedió.

Silas apareció al final del corredor, custodiado por dos guardias.

Sonrió.

—Qué interesante.

Adrian se volvió hacia él.

—Cállate.

Claire tocó las teclas.

—Hay más.

La secuencia continuó.

T.

U.

M.

A.

D.

R.

E.

Claire tragó saliva.

N.

O.

M.

U.

R.

I.

O.

E.

N.

Silencio.

Claire casi no respiraba.

—“Tu madre no murió en 1994.”

Adrian miró la oscuridad más allá del piano.

Otra secuencia.

E.

S.

T.

A.

A.

Q.

U.

I.

Claire levantó lentamente la cabeza.

—“Está aquí.”

Marcus miró alrededor.

—¿Aquí dónde?

Entonces llegó una última serie.

D.

E.

B.

A.

J.

O.

D.

E.

L.

T.

R.

O.

N.

O.

Adrian palideció.

—Debajo del trono.

Todos miraron hacia la sala principal.

Adrian empezó a caminar.

Claire lo siguió.

Silas gritó:

—¡No!

Adrian se detuvo.

Era la primera vez que Silas parecía realmente aterrorizado.

—¿Qué?

Silas tiró de los guardias.

—No abras eso.

Adrian sonrió sin humor.

—¿Ahora quieres detenerme?

—No entiendes.

—Explícame.

Silas miró a Claire.

—Margaret no está ahí porque la encarcelaron.

Claire sintió frío.

—Entonces ¿por qué?

Silas bajó la voz.

—Porque pidió que la encerraran.

Adrian frunció el ceño.

—¿De qué estaba huyendo?

Silas negó.

—No huyó de algo.

Miró a Claire.

—Se encerró para mantener algo dentro.

Otro golpe sacudió el castillo.

Esta vez vino de debajo del piso.

Claire oyó un sonido.

Un latido.

Enorme.

Profundo.

No era el corazón de Adrian.

Venía de las profundidades.

BOOM.

BOOM.

BOOM.

Silas cerró los ojos.

—La canción ya lo despertó.

Adrian llevó la mano a la espada.

—¿Qué?

Silas lo miró.

—El verdadero Primer Rey.

Adrian quedó helado.

—El Primer Rey murió hace mil años.

—No.

Silas sonrió con tristeza.

—Solo estaba dormido.

El suelo bajo el trono se quebró.

Una línea negra apareció.

Claire escuchó piedra deslizándose.

Adrian la sujetó.

—Atrás.

Una figura emergió lentamente desde la oscuridad.

Primero una mano.

Blanca.

Delgada.

Después cabello largo.

Una mujer.

Claire no podía verla.

Pero oyó su respiración.

Y entonces oyó una voz.

Una voz que conocía.

No de recuerdos conscientes.

De sueños.

De canciones.

De una infancia perdida.

—Claire.

Las rodillas de Claire casi cedieron.

—Mamá.

Adrian miró a la mujer que emergía del suelo.

Margaret Hale.

Exactamente igual que en la fotografía de 1918.

No había envejecido un día.

Claire soltó el bastón.

Margaret corrió.

La abrazó.

Durante unos segundos nadie habló.

Claire enterró el rostro en su hombro.

No lloró.

Pero sus manos temblaban.

—Pensé que estabas muerta.

Margaret la sostuvo.

—Lo sé.

—¿Por qué?

—Para mantenerte viva.

Claire se separó.

—¿Sarah?

El rostro de Margaret se endureció.

—Intentó protegerte.

Silas soltó una risa amarga.

—Qué versión tan conveniente.

Margaret giró.

Sus ojos se clavaron en él.

—Tú.

Adrian levantó la espada.

—¿Quién miente?

Margaret miró a Adrian.

Algo antiguo cruzó entre ambos.

Dolor.

Historia.

Y una emoción que Claire podía escuchar incluso sin verla.

—Adrian.

El corazón de él golpeó.

Tum.

Margaret quedó inmóvil.

—Tu corazón.

Adrian miró a Claire.

—Ella lo despertó.

El rostro de Margaret cambió.

No alegría.

Horror.

—No.

Claire se tensó.

—¿Qué ocurre?

Margaret agarró sus manos.

—Escúchame.

—Estoy escuchando.

—No vuelvas a tocar esa canción.

—¿Por qué?

Margaret miró hacia el piso.

BOOM.

El latido subterráneo volvió.

—Porque nunca fue una canción de amor.

Adrian frunció el ceño.

—Mi madre me dijo…

—Evelyn mintió.

Margaret miró a todos.

—La melodía no despierta corazones.

—Acabas de oír el suyo —dijo Silas.

Margaret negó.

—Eso es un efecto secundario.

Claire apretó sus dedos.

—Entonces ¿qué hace?

Su madre quedó en silencio.

BOOM.

Las lámparas temblaron.

Margaret respondió:

—Busca un recipiente.

Adrian sintió frío.

—¿Para qué?

Margaret lo miró directamente.

—Para él.

Otro golpe.

BOOM.

El piso se abrió un poco más.

Desde abajo llegó una voz.

No humana.

No exactamente.

Una palabra pronunciada en un idioma muerto.

Claire se dobló.

Adrian la sostuvo.

—¿Qué pasa?

Ella se llevó las manos a los oídos.

—Lo escucho dentro de mi cabeza.

Margaret palideció.

—Ya te encontró.

—¿Quién?

Margaret abrazó el rostro de su hija.

—El hombre que fundó la línea Blackwood.

Adrian retrocedió.

—Aldric.

Margaret asintió.

—El Primer Rey.

Silas gritó:

—Tenemos que abrir la cámara y destruir la corona.

Margaret giró.

—No.

—Es la única forma.

—La corona no puede destruirlo.

Silas apretó la mandíbula.

—Puede controlarlo.

Margaret lo miró con desprecio.

—Eso es lo que quieres.

Silas no respondió.

Adrian comprendió.

—Nunca quisiste evitar una guerra.

Silas sonrió tristemente.

—Quería ganar la que viene.

Un estruendo sacudió las ventanas.

Afuera, docenas de vehículos se acercaban.

Celia miró.

—Más Ashen.

Adrian ordenó:

—Sella las puertas.

Los guardias corrieron.

Margaret tomó el rostro de Claire.

—Escúchame.

Claire sostuvo sus muñecas.

—Dime la verdad.

—Tú no eres la llave.

—Entonces ¿qué soy?

Margaret cerró los ojos.

—La cerradura.

Claire quedó inmóvil.

Adrian se acercó.

—Explícalo.

Margaret respiró.

—Aldric no puede regresar mientras el último Resonante permanezca sin vincular.

Adrian sintió que todo se detenía.

Claire comprendió lentamente.

—¿Y mi música?

—Busca a un rey compatible.

Silencio.

Claire giró hacia Adrian.

Margaret también.

—Cuando su corazón late por completo —susurró—, el vínculo queda cerrado.

Adrian sintió otro latido.

Tum.

Más fuerte.

Margaret palideció.

—¿Cuántos?

—¿Qué?

—¿Cuántos latidos ha tenido?

Adrian no respondió.

Claire sí.

—Muchos.

Margaret cerró los ojos.

—Dios.

—¿Qué ocurre cuando queda cerrado? —preguntó Claire.

Margaret la abrazó con fuerza.

—Aldric puede usar el vínculo para regresar.

Adrian retrocedió.

—Entonces me alejo de ella.

Margaret negó.

—Ya es tarde.

—No.

—El proceso comenzó cuando escuchaste la canción.

Adrian miró a Claire.

—Entonces lo detendremos.

—Solo existe una forma.

Margaret bajó la voz.

Claire entendió antes de oírla.

—Uno de nosotros debe morir.

Adrian respondió inmediatamente.

—Yo.

Claire giró hacia él.

—No.

—No es una discusión.

—Todo contigo es una discusión.

—Claire.

—No vas a decidir que tu vida vale menos porque llevas más tiempo viviéndola.

Adrian se acercó.

—Si la alternativa eres tú…

—No.

El corazón golpeó.

Tum.

Margaret levantó la cabeza.

—Cada latido acelera el vínculo.

Claire quedó inmóvil.

Adrian retrocedió varios pasos.

Tum.

Tum.

Más rápido.

—¿Por qué ahora? —preguntó Marcus.

Margaret miró a Claire.

Después a Adrian.

—Porque ya no es solo la canción.

Claire entendió.

—¿Qué?

Margaret casi sonrió con tristeza.

—Él se está enamorando de ti.

Silencio absoluto.

Marcus miró hacia otro lado.

Celia levantó las cejas.

Silas sonrió.

Adrian parecía querer asesinar a toda la habitación.

Claire permaneció inmóvil.

—Eso parece poco científico.

Tum.

Margaret murmuró:

—Eso cuenta como confirmación.

Claire sintió calor en el rostro.

Adrian dijo:

—No es relevante.

Tum.

Claire sonrió a pesar del terror.

—Tu corazón no está de acuerdo.

—Este no es el momento.

BOOM.

El latido bajo el castillo respondió.

Adrian miró al piso.

—Necesitamos ganar tiempo.

Margaret asintió.

—Hay una forma de ralentizarlo.

—¿Cómo?

—Separación física.

—¿Distancia?

—Mucha.

Adrian tomó una decisión.

—Claire sale del país.

—No.

Él la miró.

—No puedes discutir cada plan.

—Puedo si todos son malos.

—Los Ashen están rodeando el castillo.

—Entonces salir ahora parece especialmente inteligente.

Margaret sostuvo a Claire.

—Hay otro lugar.

Adrian miró.

—¿Dónde?

—La capilla de Saint Gabriel.

Marcus frunció el ceño.

—Está abandonada.

—Debajo hay un santuario.

Margaret señaló el relicario.

—Ese collar abre la entrada.

Claire lo tocó.

—¿Qué hay allí?

—Una partitura.

Adrian preguntó:

—¿Otra canción?

—La Canción del Silencio.

Silas palideció.

—No existe.

Margaret lo miró.

—Existe.

—Evelyn la destruyó.

—Evelyn destruyó una copia.

Adrian sintió una esperanza peligrosa.

—¿Qué hace?

—Puede romper el vínculo sin matar a ninguno.

Claire respiró.

—Entonces vamos.

Margaret negó.

—Hay un problema.

Adrian soltó una exhalación.

—Naturalmente.

—Solo la Resonante puede leerla.

Silencio.

Claire apretó el bastón.

—Soy ciega.

—Sí.

Claire comprendió.

—Por eso Silas lo hizo.

Todos miraron a él.

Silas negó.

—No.

Margaret avanzó.

—Sabías de la partitura.

—No.

—Por eso ordenaste que perdiera la vista.

Silas apretó los puños.

—¡No fui yo!

Claire giró.

Su respiración cambió.

Silas continuó.

—Yo ordené vigilarla. Sí.

Ordené que Sarah impidiera que regresara a Blackthorne.

Pero jamás ordené el accidente.

Margaret quedó inmóvil.

—Entonces ¿quién?

Silas miró a Adrian.

—Pregúntale a Evelyn.

Adrian sintió una punzada.

—Mi madre estaba muerta.

Silas rio sin humor.

—La organización que creó no.

Marcus palideció.

—La Guardia Blanca.

Adrian lo miró.

La Guardia Blanca había sido disuelta en 1963.

Al menos eso creía.

Silas continuó.

—Evelyn dejó instrucciones.

Si nacía otra Resonante, debía ser incapaz de leer la Canción del Silencio.

Claire apretó la mandíbula.

—¿Por qué?

Margaret respondió:

—Porque romper el vínculo también destruye la protección de la Corona.

Adrian entendió.

—Mi madre quería que Aldric siguiera atrapado.

—A cualquier precio.

Claire rio suavemente.

Sin humor.

—Incluidos mis ojos.

Nadie respondió.

Afuera sonaron disparos.

La puerta principal tembló.

Celia gritó:

—¡Ya entraron al patio!

Adrian se volvió.

—Marcus, lleva a Margaret y Claire al túnel norte.

—¿Y tú?

—Voy a cerrar la puerta.

Claire agarró su manga.

—Vienes con nosotros.

Adrian la miró.

—No.

—No era una pregunta.

—Claire.

—Necesitamos llegar a esa partitura y descubrir si existe otra forma.

Tum.

El corazón respondió.

Ella sonrió apenas.

—Además, parece que tienes un problema siguiéndome.

Adrian sostuvo su mano.

—Ese es precisamente el problema.

Durante un segundo, el ruido desapareció.

Solo estaban ellos.

Una mujer que había vivido quince años en oscuridad.

Un hombre que había vivido casi dos siglos en algo parecido.

Claire levantó la mano hasta encontrar su rostro.

—Entonces ayúdame a encontrar la salida.

Adrian cerró los ojos.

Apoyó la frente contra la de ella.

Tum.

Tum.

Margaret dio un paso.

—Adrian.

Él se separó.

—Vamos.

Escaparon por un túnel mientras Blackthorne Castle se convertía en campo de batalla.

Marcus lideraba.

Margaret detrás.

Claire junto a Adrian.

Silas, esposado con cadenas de plata, iba custodiado por Celia.

—No entiendo por qué lo llevamos —dijo Claire.

—Porque todavía sabe cosas —respondió Adrian.

Silas sonrió.

—Y porque en el fondo me extrañaba.

Adrian siguió caminando.

—Puedo cambiar de opinión.

—Ahí está mi hermano.

El túnel desembocaba a media milla del castillo.

Había un SUV blindado oculto en un garaje de piedra.

Marcus condujo.

Adrian se sentó con Claire atrás.

Margaret frente a ellos.

Mientras descendían por la carretera helada, Claire permaneció callada.

Adrian no intentó llenar el silencio.

Finalmente ella preguntó:

—¿Cómo era?

—¿Quién?

—Mi madre.

Margaret soltó una risa pequeña.

—Estoy aquí.

Claire sonrió por primera vez.

—Todavía estoy acostumbrándome.

Margaret tomó sus manos.

—Era insoportable.

Claire rio.

—Eso suena familiar.

Adrian casi sonrió.

Margaret continuó.

—Tocabas el piano antes de caminar.

—Eso no es posible.

—Golpeabas las teclas.

—Entonces técnicamente hacía ruido.

—Ruido con mucha confianza.

Claire apretó sus manos.

—¿Por qué me dejaste?

Margaret guardó silencio.

La pregunta había llegado.

—Porque Silas me encontró.

Él habló desde el asiento delantero.

—No la amenacé.

Margaret ignoró.

—Había tres grupos buscándonos.

La Guardia Blanca.

Los Ashen.

Y una facción de nuestra propia línea.

—¿Por qué?

—Porque naciste diferente.

Claire frunció el ceño.

—¿Cómo?

Margaret tocó su mejilla.

—Eres la primera Resonante nacida mientras su madre seguía vinculada.

Adrian se tensó.

—¿Vinculada conmigo?

Margaret bajó la mirada.

—El vínculo nunca desapareció completamente.

Silencio.

Claire retiró suavemente las manos.

—Entonces…

No terminó.

Adrian comprendió la pregunta.

Silas también.

—No —dijo Margaret rápidamente—. Adrian no es tu padre.

Claire soltó el aire.

Adrian no sabía si sentirse aliviado por razones que prefería no examinar.

Margaret continuó.

—Tu padre era humano.

Daniel Hale.

Murió antes de que nacieras.

Claire conocía ese nombre de los documentos.

—¿Lo amabas?

Margaret sonrió.

—Mucho.

Adrian miró por la ventana.

Una sensación antigua lo atravesó.

No celos.

Eso sería absurdo.

¿Verdad?

Claire percibió el silencio.

—¿Adrian?

—¿Sí?

—Tu corazón acaba de latir.

—Bache en la carretera.

Claire sonrió.

—Claro.

Margaret lo miró, divertida a pesar de todo.

Adrian decidió concentrarse en sobrevivir.

La capilla de Saint Gabriel estaba a treinta millas.

Llegaron antes del amanecer.

Era una iglesia pequeña abandonada en medio del bosque.

Claire bajó.

El aire olía a nieve.

Pinos.

Piedra húmeda.

Adrian la guio hasta la entrada.

Ella encontró el cerrojo con el relicario.

Encajó perfectamente.

La puerta se abrió.

Dentro no había bancos.

Solo polvo.

Un altar.

Margaret caminó hasta una estatua.

—Aquí.

Movieron la base.

Una escalera.

Claire suspiró.

—¿Toda mi vida va a consistir en escaleras secretas ahora?

Adrian respondió:

—Puedo instalar ascensores.

Ella rio.

—Multimillonario.

—Práctico.

Descendieron.

El santuario era pequeño.

En el centro había una caja de cristal.

Dentro…

una partitura.

Adrian miró las notas.

—Está aquí.

Claire se acercó.

—Describe.

Él lo hizo.

Cinco líneas.

Símbolos.

Notas.

Margaret parecía confundida.

—No es la original.

Adrian miró.

—¿Qué?

—La original tenía siete páginas.

Esta tiene una.

Silas soltó una carcajada.

—Evelyn.

Margaret revisó la caja.

—Alguien estuvo aquí.

Claire tocó el marco.

—Recientemente.

Adrian la miró.

—¿Cómo sabes?

—Polvo.

Pasó los dedos.

—El borde está limpio.

Marcus revisó el suelo.

—Huellas.

Celia alumbró.

—Dos personas.

Adrian sintió la trampa.

—Nos esperaban.

La puerta se cerró arriba.

Click.

Marcus corrió.

Bloqueada.

Silas sonrió.

—Ahora sí tenemos un problema.

Adrian se volvió.

—¿Puedes leer la página?

Claire apretó los labios.

—No.

Margaret tomó la hoja.

—Quizá pueda tocarla si alguien le dice las notas.

Adrian miró.

—Podría funcionar.

Claire negó.

—No.

Todos se volvieron.

—¿Por qué?

Claire extendió la mano.

—Dámela.

Adrian colocó la partitura en sus dedos.

Ella pasó las yemas.

—Esto no es tinta.

Marcus miró de cerca.

—Parece tinta.

—Tiene textura.

Margaret palideció.

—Relieve.

Claire sonrió lentamente.

—No necesito verla.

Adrian sintió esperanza.

Claire recorrió los símbolos.

—Es un código táctil.

—¿Braille?

—No.

Más antiguo.

Pero repetitivo.

Dame tiempo.

Adrian se sentó junto a ella.

—Tienes todo el que podamos darte.

Durante cuarenta minutos Claire estudió la página.

Afuera, golpes comenzaron contra la puerta.

Alguien intentaba entrar.

Celia miraba la escalera.

Marcus permanecía armado.

Silas estaba sentado contra la pared.

Margaret ayudaba a Claire.

Adrian no apartaba los ojos de ella.

Finalmente Claire levantó el rostro.

—Lo tengo.

—¿Puedes tocarla?

—Sí.

—¿Qué necesitas?

Claire sonrió.

—Un piano.

Todos miraron la cámara de piedra vacía.

Silas soltó una carcajada.

—Excelente.

Adrian miró alrededor.

No había instrumento.

Solo altar.

Celia gritó:

—¡La puerta no aguantará!

Claire sostuvo la partitura.

—Puedo cantarla.

Margaret palideció.

—No sabemos si eso funciona.

—La Resonancia es sonido, ¿verdad?

—Sí.

—Entonces probamos.

Adrian se acercó.

—¿Qué podría salir mal?

Claire sonrió.

—Preguntaste eso en el castillo y mira cómo terminó.

Un golpe.

La puerta superior se quebró.

Adrian levantó la espada.

—Hazlo.

Claire respiró.

Cantó.

La primera nota fue suave.

Pura.

Adrian sintió dolor en el pecho.

Tum.

Claire siguió.

Tum.

Tum.

Los latidos aceleraron.

Margaret gritó:

—¡Adrian!

Él cayó de rodillas.

Claire dejó de cantar.

—¿Qué pasa?

Adrian apretó el pecho.

—Sigue.

—Te está haciendo daño.

—Sigue.

—No.

Adrian levantó la mirada.

—Confía en mí.

Claire quedó quieta.

Luego continuó.

La melodía cambió.

El dolor aumentó.

Adrian sintió como si su corazón estuviera recordando doscientos años en segundos.

Su infancia.

El rostro de Evelyn.

La guerra.

Las personas que había enterrado.

Las mañanas que jamás volvería a ver.

Después…

Claire.

Riéndose del piano desafinado.

Pidiendo pan a una cámara.

Golpeando a Silas con el bastón.

Tum.

Tum.

Tum.

El mundo explotó en luz.

Claire cayó.

Adrian la atrapó.

Silencio.

Su corazón…

se detuvo.

Claire tocó su pecho.

Nada.

—Adrian.

Él abrió los ojos.

—Estoy aquí.

Ella soltó el aire.

Margaret sonrió.

—Funcionó.

Entonces Adrian tocó el cuello de Claire.

Pulso normal.

El vínculo estaba roto.

Por primera vez desde que la conoció…

su corazón permanecía completamente inmóvil.

Debería haber sentido alivio.

En cambio sintió una pérdida inexplicable.

Claire también lo percibió.

—¿Se terminó?

Margaret asintió.

—Sí.

Un golpe destrozó la puerta.

Figuras bajaron.

Adrian se levantó.

—Detrás de mí.

Pero los hombres que entraron no eran Ashen.

Llevaban uniformes blancos.

En el pecho…

el símbolo de Evelyn Blackwood.

La Guardia Blanca.

Marcus palideció.

—Imposible.

Una mujer descendió.

Cabello plateado.

Traje blanco.

Parecía de cincuenta años.

Adrian la reconoció.

—Elizabeth.

Claire preguntó:

—¿Quién?

Adrian no podía creerlo.

Elizabeth Shaw.

La secretaria personal de Evelyn.

Supuestamente muerta en 1958.

Elizabeth sonrió.

—Hola, Adrian.

Él levantó la espada.

—Todos mis muertos parecen estar teniendo una semana muy ocupada.

Elizabeth miró a Claire.

—La canción funcionó.

Margaret se colocó frente a su hija.

—No la tocarás.

Elizabeth sonrió.

—Ya no la necesitamos.

Adrian frunció el ceño.

—Entonces ¿por qué estás aquí?

Elizabeth señaló la hoja.

—Porque esa no era la Canción del Silencio.

Margaret quedó inmóvil.

Claire apretó el papel.

—¿Qué?

Elizabeth sonrió.

—Era la segunda mitad de la Canción del Despertar.

Silencio.

Adrian sintió horror.

—No.

Elizabeth miró hacia el suelo.

El santuario comenzó a vibrar.

BOOM.

BOOM.

BOOM.

Mucho más fuerte.

Claire palideció.

—El latido.

Margaret comprendió.

—Nos engañaron.

Elizabeth asintió.

—La primera melodía despertaba el recipiente.

La segunda…

Abrió los brazos.

—Despertaba al rey.

El piso se quebró.

Una luz roja emergió de las grietas.

Adrian agarró a Claire.

—Corre.

Pero no había dónde.

La piedra se levantó.

Algo ascendía debajo de ellos.

Silas rio.

No de alegría.

De puro terror.

—Finalmente.

Adrian lo miró.

—¿Sabías?

Silas negó.

—Creía que la corona podía controlarlo.

Elizabeth respondió:

—Nadie controla al Primer Rey.

Margaret gritó:

—¡Entonces por qué hicieron esto!

Elizabeth la miró.

—Porque hay cosas peores que él acercándose.

Adrian sintió que aquello era imposible.

—¿Peores?

—Mira al cielo cuando salgas.

El techo vibró.

Claire agarró la camisa de Adrian.

—No puedo.

Él la sostuvo.

—Yo miraré por los dos.

Una mano atravesó la piedra.

No blanca.

Negra como carbón.

Después otra.

Una figura inmensa comenzó a levantarse.

Adrian preparó la espada.

Claire escuchó una respiración de siglos.

Aldric Blackwood abrió los ojos.

Rojos.

Antiguos.

Inhumanos.

Miró a Adrian.

Luego a Claire.

Y sonrió.

—Resonante.

Claire se quedó inmóvil.

Adrian se colocó delante.

—No la tocarás.

Aldric inclinó la cabeza.

—Adrian.

El rey vampiro se tensó.

—¿Cómo sabes mi nombre?

La criatura sonrió.

—Porque yo estaba dentro de tu sangre antes de que nacieras.

Adrian atacó.

Aldric levantó una mano.

Lo lanzó contra la pared.

Claire gritó su nombre.

Adrian cayó.

Intentó levantarse.

Aldric caminó hacia Claire.

Margaret se interpuso.

La criatura la miró.

—Margaret.

Ella tembló.

—No.

Aldric la apartó con un gesto.

Claire levantó el bastón.

—Un paso más y descubrirás que esto duele.

Aldric se detuvo.

Luego rio.

Un sonido profundo.

—No tienes miedo.

—Tengo muchísimo miedo.

Claire levantó el mentón.

—Solo que no pienso convertirlo en tu ventaja.

Aldric la observó.

—Ahora entiendo por qué te eligió.

Claire frunció el ceño.

—¿Quién?

Aldric miró a Adrian.

—Él no despertó por tu canción.

Claire sintió frío.

—¿Entonces?

—Despertó porque alguien puso mi sangre dentro de él hace doscientos años.

Adrian se incorporó.

—Mientes.

Aldric sonrió.

—Pregunta a Evelyn.

Adrian apretó la espada.

—Evelyn está muerta.

Elizabeth Shaw habló desde atrás.

—No.

Todos giraron.

Adrian quedó inmóvil.

—¿Qué dijiste?

Elizabeth respiró.

—Evelyn nunca murió.

Adrian sintió que el mundo se partía.

Claire giró hacia él.

—Adrian.

Su rostro había perdido todo color.

—Vi su cuerpo.

Elizabeth negó.

—Viste lo que ella necesitaba que vieras.

—¿Dónde está?

Elizabeth miró hacia arriba.

Hacia Blackthorne Castle.

—Esperándote.

Adrian dio un paso.

—¿Mi madre está viva?

—Sí.

—¿Desde hace noventa y siete años?

—Sí.

—¿Por qué?

Elizabeth bajó la mirada.

—Porque era la única persona capaz de mantener a Aldric dormido.

La criatura rio.

—Era.

Adrian miró a Claire.

Después a Margaret.

Después a Aldric.

—Entonces vamos al castillo.

Elizabeth negó.

—No entiendes.

—¿Qué?

—Evelyn no está prisionera en Blackthorne.

—Entonces ¿qué hace allí?

Elizabeth tragó saliva.

—Está sentada en tu trono.

Silencio.

Adrian sintió la furia llegar.

—Eso no tiene sentido.

Elizabeth respondió:

—Lo tendrá cuando descubras quién ha estado gobernando realmente durante los últimos cien años.

Aldric sonrió.

—Ahora sí estás haciendo la pregunta correcta.

El techo del santuario se abrió.

A través de la grieta se veía el cielo antes del amanecer.

Pero no era negro.

Era rojo.

Miles de puntos oscuros se movían sobre las montañas.

No pájaros.

No aviones.

Figuras.

Ejércitos.

Adrian miró.

Claire apretó su mano.

—¿Qué ves?

Él tardó demasiado.

—Adrian.

Su voz salió baja.

—Una guerra.

—¿Cuántos?

—Demasiados.

Aldric caminó hasta el centro de la cámara.

—Mis hijos regresaron.

Silas palideció.

—Los Ashen.

Aldric sonrió.

—Los Ashen no son mis hijos.

Entonces señaló el cielo.

—Ellos huyeron de mis hijos.

Adrian sintió algo que no había sentido en dos siglos.

Miedo verdadero.

Claire sostuvo su mano con más fuerza.

Aldric miró sus dedos entrelazados.

Y su sonrisa desapareció.

—Interesante.

Adrian levantó la espada.

—¿Qué?

Aldric se acercó.

—La Canción del Silencio no rompió el vínculo.

Margaret palideció.

—Sí lo hizo.

—No.

Aldric escuchó.

Adrian también.

Nada.

Su corazón seguía quieto.

Aldric señaló a Claire.

—Escucha el suyo.

Claire tocó su pecho.

Tum.

Tum.

Tum.

Normal.

Después…

otro sonido.

Más profundo.

Debajo de su propio pulso.

Tum.

Claire abrió los ojos inútiles.

—Hay dos.

Adrian se quedó helado.

Margaret llevó una mano a la boca.

—No.

Claire retrocedió.

—¿Qué significa?

Aldric sonrió lentamente.

—Significa que no rompiste el vínculo.

—Entonces ¿qué hice?

La criatura miró su vientre.

Adrian siguió la dirección de su mirada.

Claire quedó inmóvil.

—No.

Margaret susurró:

—Eso es imposible.

Aldric rio.

—No para una Resonante.

Claire apretó la mano de Adrian.

—¿Qué está diciendo?

Adrian no pudo hablar.

Margaret sí.

—El segundo latido no es tuyo.

Claire dejó de respirar.

El santuario quedó en silencio.

Aldric sonrió.

—El heredero ya está aquí.

Y en ese preciso instante, desde la radio de Marcus llegó una voz.

Una voz femenina.

Vieja.

Elegante.

Una voz que Adrian no había oído desde 1929.

—Adrian.

Él se quedó petrificado.

Claire preguntó:

—¿Quién es?

La voz continuó:

—Si puedes escucharme, no traigas a la pianista al castillo.

Adrian cerró los ojos.

—Madre.

Evelyn Blackwood respondió desde Blackthorne:

—Porque el hijo que Claire lleva no es tuyo.

Silencio.

Claire soltó la mano de Adrian.

La radio crujió.

Evelyn pronunció la última frase antes de que la señal muriera.

—Es de Aldric.

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