Se Burlaron De La Mesera Por Su Acento… Sin Saber Que El Rey Vampiro Observaba
Se Burlaron De La Mesera Por Su Acento… Sin Saber Que El Rey Vampiro Observaba
La primera carcajada estalló antes de que Emily Carter terminara de pronunciar la palabra bourbon.
La segunda llegó cuando el hombre de la mesa siete levantó su teléfono para grabarla.
La tercera fue peor.
—Vamos, cariño —dijo Bradley Whitmore, heredero de una fortuna inmobiliaria de Chicago, imitando el suave acento sureño de Emily—. Dilo otra vez. Suena como si una granjera estuviera tratando de hablar francés.
Sus amigos soltaron una risotada.
Emily no dejó caer la bandeja.
No apretó los puños.
No les dio el espectáculo que estaban buscando.
Simplemente colocó el vaso frente a Bradley, giró la servilleta exactamente cuarenta y cinco grados y respondió:
—Kentucky no está en Francia, señor Whitmore. Y su bourbon tampoco.
La mesa quedó en silencio durante medio segundo.
Luego una mujer con un vestido plateado se echó a reír.
—Oh, Dios mío. Encima contesta.
Bradley sonrió.
Una sonrisa lenta.
De esas que nacen cuando un hombre está acostumbrado a que el dinero convierta cualquier crueldad en una broma.
—¿Cómo dijiste que te llamabas?
—Emily.
—No. Tu apellido.
—Carter.
El hombre arqueó una ceja.
—Carter.
Repitió el nombre como si estuviera probando algo barato.
Emily sostuvo su mirada.
Aquella noche, el Blackthorn Room estaba lleno de personas que podían comprar edificios enteros sin mirar su cuenta bancaria.
Ejecutivos.
Senadores retirados.
Dueños de equipos deportivos.
Dos actores.
Una heredera de Manhattan que había llegado con tres guardaespaldas y un perro más caro que la casa donde Emily había crecido.
Nadie prestaba atención a una mesera de veintisiete años con cabello castaño recogido en un moño sencillo, zapatos negros gastados y un acento de las montañas de Tennessee que no había desaparecido después de seis años viviendo en Nueva York.
Nadie excepto el hombre sentado solo en la esquina más oscura del salón.
Adrian Vale.
Para los humanos, Adrian era el reservado fundador de Vale Meridian, una empresa privada cuya red de inversiones se extendía desde hospitales hasta sistemas ferroviarios.
Para quienes conocían la verdad, poseía un título mucho más antiguo.
Rey.
No de una nación que apareciera en los mapas.
Rey de una sangre que había sobrevivido imperios, guerras y hogueras.
Rey de los vampiros de Norteamérica.
Y desde el instante en que Emily pronunció su apellido, Adrian dejó de escuchar la conversación de sus consejeros.
Su copa quedó inmóvil a medio camino de sus labios.
Carter.
Aquella voz.
Aquella cadencia.
Y, sobre todo, aquella pequeña pausa antes de pronunciar ciertas consonantes.
La había escuchado una vez.
Veintiséis años atrás.
La noche en que una mujer moribunda le había puesto un bebé en los brazos y le había suplicado una sola cosa.
No permitas que la Corona la encuentre.
Adrian bajó lentamente la copa.
Al otro lado del restaurante, Emily continuaba trabajando.
No sabía que un rey la observaba.
No sabía que el anillo de plata escondido bajo su uniforme llevaba un símbolo que había causado una guerra.
No sabía que su madre no había muerto en el accidente que le habían contado cuando era niña.
Y no sabía que el hombre que acababa de burlarse de su acento había cometido el peor error de su vida.
Bradley tomó el vaso.
Probó el bourbon.
Luego hizo una mueca exagerada.
—No está bien.
Emily se volvió.
—¿Perdón?
—El trago.
—Es exactamente lo que pidió.
—Pedí dos cubos de hielo.
Emily miró el vaso.
Dos cubos transparentes flotaban bajo el whisky.
—Tiene dos.
—Ahora hay uno y medio.
Sus amigos rieron.
Emily comprendió.
No era sobre el hielo.
Nunca había sido sobre el hielo.
Bradley quería verla agacharse.
Disculparse.
Tal vez conseguir que su supervisor la reprendiera frente a todos.
Era una clase de entretenimiento que Emily conocía demasiado bien.
Había crecido sirviendo mesas en el diner de su tía en Tennessee.
Había visto hombres ricos lanzar billetes al suelo para obligar a una camarera a recogerlos.
Había visto esposas aburridas hacer llorar a chicas de diecinueve años por una cucharilla.
Había visto clientes convertir la dignidad ajena en parte del servicio.
Emily había aprendido otra cosa.
La persona más peligrosa de una habitación no siempre era quien gritaba más fuerte.
A veces era quien sabía esperar.
—Puedo traerle otro vaso —dijo.
—Y decirlo con ese acento otra vez.
La mujer del vestido plateado rió.
—Bradley.
—¿Qué? Estoy aprendiendo dialectos.
Emily lo miró.
—¿Desea otro bourbon, señor?
Bradley imitó su tono.
—“¿Desea otro bourbon, señó?”
Ahora sí hubo varias carcajadas.
Dos mesas cercanas se giraron.
Una mujer levantó el teléfono.
El gerente del Blackthorn Room, Richard Kane, apareció desde el corredor con el rostro ya tenso.
Emily conocía esa expresión.
No era preocupación por ella.
Era preocupación por el cliente.
Richard se acercó.
—¿Hay algún problema?
Bradley recostó un brazo en la silla.
—Tu mesera tiene actitud.
Richard miró a Emily.
—Emily.
Solo dijo su nombre.
Pero ella oyó todo lo que venía detrás.
No arruines esto.
Esa mesa gasta miles.
Necesito que te disculpes.
Emily respiró.
—El señor Whitmore recibió exactamente la bebida que pidió. Se ofreció reemplazarla.
—No dije que solo fuera la bebida —contestó Bradley—. Me está haciendo sentir incómodo.
Emily casi sonrió.
Richard palideció.
—Emily, discúlpate con el señor Whitmore.
La música de piano continuó flotando sobre el salón.
Los cubiertos tintineaban.
Adrian Vale permanecía inmóvil en su rincón.
Emily sabía que todos estaban mirando.
Así que dejó la bandeja sobre la estación más cercana.
Se giró hacia Bradley.
Y habló con una calma tan limpia que incluso Richard pareció sorprenderse.
—Señor Whitmore, lamento profundamente que escuchar la voz de alguien que creció en una región distinta a la suya le resulte incómodo. También lamento que dos cubos de hielo se derritan cuando se colocan dentro de whisky. Ninguna de esas dos cosas está bajo mi control.
La mujer del vestido plateado abrió la boca.
Bradley dejó de sonreír.
Richard susurró:
—Emily.
Pero ella todavía no había terminado.
—Puedo cambiar su bebida. No puedo cambiar de dónde vengo para hacer que su cena resulte más divertida.
Silencio.
Esta vez duró más.
Una señora mayor en otra mesa ocultó una sonrisa detrás de la copa.
Bradley apoyó ambas manos sobre el mantel.
—¿Sabes quién soy?
Emily inclinó la cabeza.
—Sí.
—Entonces deberías saber qué tan fácil puedo conseguir que te despidan.
—Eso también lo sé.
La sonrisa de Bradley regresó.
—Perfecto.
Le hizo una seña a Richard.
—Despídela.
Richard tragó saliva.
Emily lo miró.
Durante tres años había cubierto turnos dobles.
Durante tres años había llevado café al chef cuando su esposa estuvo hospitalizada.
Durante tres años había aprendido los nombres de clientes, alergias, vinos, reservas y cumpleaños.
Durante tres años jamás había faltado sin avisar.
Richard ni siquiera necesitó cinco segundos.
—Emily, ve a la oficina.
Algo pequeño se rompió dentro de ella.
No su dignidad.
No su calma.
Algo distinto.
La última ilusión de que el buen trabajo siempre era recompensado.
No era verdad.
No siempre.
A veces hacer todo bien solo conseguía que te explotaran con mayor eficiencia.
Emily asintió.
—Entendido.
Se quitó el delantal.
Lo dobló.
Lo colocó sobre una silla.
Y entonces ocurrió.
Una silla se movió en el rincón.
No con estrépito.
No hizo falta.
Toda la sala pareció notar de manera instintiva que Adrian Vale se había puesto de pie.
Richard se congeló.
Bradley también.
Adrian medía casi un metro noventa.
Traje negro.
Camisa blanca.
Sin corbata.
Cabello oscuro peinado hacia atrás.
El rostro de un hombre de treinta y pocos años.
Los ojos de alguien que había visto ciudades arder antes de que los Estados Unidos tuvieran nombre.
Cruzó el restaurante sin prisa.
Los miembros de seguridad ubicados discretamente en dos entradas cambiaron de postura.
Adrian llegó hasta la mesa siete.
Miró a Bradley.
—Si desea demostrar que tiene poder —dijo—, escoger como adversaria a una mujer que depende de sus propinas es una elección extraña.
Bradley parpadeó.
—Señor Vale.
—Adrian —intervino Richard—, lamento que esto haya interrumpido su cena.
Adrian no lo miró.
—No me ha interrumpido.
Sus ojos fueron hacia Emily.
—Me ha aclarado muchas cosas.
Bradley intentó reír.
—Solo estábamos bromeando.
—Entonces explique la broma.
Bradley se acomodó en la silla.
—¿Qué?
—Explíquela.
El salón entero estaba ahora en silencio.
Adrian señaló suavemente hacia Emily.
—Explique por qué su acento es gracioso.
Bradley abrió la boca.
Nada salió.
Adrian esperó.
—Vamos.
La mujer del vestido plateado bajó los ojos.
—Fue una tontería —murmuró Bradley.
—Eso no es una explicación.
Bradley se puso rojo.
Adrian miró a Richard.
—¿Es política del Blackthorn Room despedir empleados cuando un cliente se burla de ellos?
Richard tragó saliva.
—No, claro que no.
—Acabo de verlo hacerlo.
—Yo… estaba manejando la situación.
—La estaba manejando contra la persona más fácil de castigar.
Richard quedó mudo.
Emily observaba.
Había algo extraño en Adrian.
No solo autoridad.
Quietud.
Una inmovilidad demasiado perfecta.
Como si cada movimiento fuera elegido.
Como si la respiración fuera opcional.
Adrian volvió a mirar a Bradley.
—Pague su cuenta.
Bradley soltó una risa incrédula.
—¿Perdón?
—Escuchó bien.
—Vale, este no es tu restaurante.
Adrian finalmente sonrió.
No fue una sonrisa amable.
—Sí lo es.
Richard cerró los ojos.
Bradley miró al gerente.
—¿Qué?
Adrian sacó una tarjeta negra del bolsillo interior de su chaqueta y la dejó sobre la mesa.
No era bancaria.
En una esquina aparecía el emblema de Vale Meridian.
—Mi grupo adquirió el edificio hace catorce meses. Y la sociedad operadora del restaurante hace siete.
Bradley dejó de sonreír.
—Entonces…
—Entonces está sentado en mi propiedad, humillando a mi empleada y ordenando a otro de mis empleados que la despida.
Richard parecía querer desaparecer.
Adrian miró hacia él.
—La señorita Carter no está despedida.
Luego señaló la salida.
—El señor Whitmore sí está invitado a marcharse.
Una persona en una mesa cercana soltó una pequeña risa.
Bradley se levantó.
—Esto es ridículo.
—Probablemente.
Adrian inclinó un poco la cabeza.
—Pero al menos lo he dicho sin imitar su acento.
Un par de clientes sonrieron.
Bradley sacó su cartera, lanzó una tarjeta sobre la mesa y salió con sus amigos detrás.
La mujer del vestido plateado fue la última.
Antes de irse miró a Emily.
No dijo nada.
Pero la vergüenza en su rostro era nueva.
Richard dio un paso hacia Adrian.
—Señor Vale, yo…
—Mañana a las ocho.
—Por supuesto.
—Con Recursos Humanos.
Richard palideció aún más.
Adrian se volvió hacia Emily.
Ella esperaba algún gesto heroico.
Alguna sonrisa.
Tal vez esa forma condescendiente de bondad que algunas personas ricas utilizaban para sentirse nobles.
No recibió nada de eso.
Adrian simplemente tomó el delantal doblado y se lo tendió.
—Usted decide si quiere seguir trabajando esta noche.
Emily tomó la tela.
—Necesito el turno.
—No pregunté si necesita el dinero.
Sus miradas se encontraron.
—Pregunté qué quiere hacer.
Era una diferencia pequeña.
Para Emily, fue enorme.
Durante años la gente había preguntado qué necesitaba.
Nadie preguntaba qué quería.
—Quiero terminar mi turno.
Adrian asintió.
—Entonces termínelo.
Volvió a su mesa.
Y Emily respiró por primera vez desde que todo había comenzado.
No sabía que Adrian podía escuchar su corazón desde doce metros de distancia.
No sabía que lo había escuchado acelerarse cuando él dijo su apellido.
No sabía que mientras regresaba al rincón, el rey vampiro ya había enviado un único mensaje cifrado desde su teléfono.
BUSQUEN A EMILY CARTER.
TODO.
DESDE SU NACIMIENTO.
Porque aquella voz no era simplemente familiar.
Era imposible.
La mujer que había hablado así veintiséis años atrás se llamaba Sarah Carter.
Y había muerto en los brazos de Adrian.
O al menos eso había creído.
Emily terminó el turno a la una y diecisiete de la madrugada.
No recibió disculpas de Richard.
Él se había encerrado en su oficina.
Tampoco volvió a ver a Adrian.
Cuando recogió sus cosas del pequeño casillero del personal, encontró un sobre blanco dentro.
Su primer pensamiento fue que Richard había cambiado de opinión.
Lo abrió.
Dentro había un cheque.
Emily miró la cifra.
Dos mil dólares.
En la línea de concepto decía:
“Compensación por incidente con cliente.”
Ella frunció el ceño.
Debajo había una tarjeta.
“Esto no es una propina.
A. Vale.”
Emily cerró los ojos.
Dos mil dólares significaban una parte importante de la deuda médica de su tía Ruth.
Significaban respirar.
Significaban no elegir entre el alquiler y enviar dinero a Tennessee ese mes.
También significaban aceptar dinero de un hombre que apenas conocía.
Guardó el cheque en el sobre.
No pensaba cobrarlo todavía.
Se puso su abrigo.
Salió por la puerta de empleados.
Nueva York estaba húmeda y fría.
Las luces de Midtown convertían las aceras mojadas en espejos de neón.
Emily caminó tres cuadras hasta la estación del metro.
Solo entonces notó al hombre.
Abrigo gris.
Gorra negra.
A unos treinta metros.
Podía ser cualquiera.
Emily dobló hacia Lexington.
Él también.
Se detuvo frente a una tienda abierta.
El hombre disminuyó el paso.
Emily sintió un pequeño pinchazo en la nuca.
No miedo.
Alerta.
Su tía Ruth le había enseñado de niña:
“Cuando algo no se siente bien, no pierdas tiempo tratando de demostrarte que estás exagerando.”
Emily entró en una farmacia.
Caminó por los pasillos.
Miró a través de los espejos convexos.
El hombre se quedó afuera.
Sacó su teléfono.
Emily abrió la aplicación de transporte.
Diecisiete minutos.
Demasiado.
Llamó a Mia, su compañera de piso.
Nada.
Probó otra vez.
Buzón.
Fue entonces cuando vio un automóvil negro detenerse frente a la farmacia.
La puerta trasera se abrió.
Adrian Vale bajó.
Emily se quedó inmóvil.
Él entró.
No parecía sorprendido de verla.
Eso la molestó más que el hombre de afuera.
—¿Me está siguiendo? —preguntó.
Adrian miró a través de la ventana.
—No.
—Qué coincidencia.
—No creo demasiado en ellas.
—Yo tampoco.
Adrian observó al hombre de la gorra.
Este se alejó.
—¿Lo conoce? —preguntó Emily.
—No.
—Entonces ¿por qué salió corriendo en cuanto lo vio?
Adrian no respondió de inmediato.
Emily cruzó los brazos.
—Señor Vale, esta noche ya tuve suficiente gente tratándome como si fuera estúpida.
Algo pasó por los ojos de Adrian.
¿Respeto?
Tal vez.
—No creo que sea estúpida.
—Perfecto. Entonces no me dé una respuesta estúpida.
Adrian miró nuevamente hacia afuera.
El hombre había desaparecido.
—Suba al auto.
Emily soltó una pequeña risa.
—Definitivamente no.
—Alguien la estaba siguiendo.
—Lo sé.
Adrian volvió la mirada hacia ella.
—Lo notó.
—Hace tres cuadras.
—¿Por qué no llamó a la policía?
—Porque todavía no había cometido ningún delito.
—¿Y su plan?
Emily señaló la caja registradora.
—Farmacia con cámaras, dos empleados, un guardia junto a cosméticos y salida trasera.
Adrian miró discretamente.
Todo era cierto.
—También mandé mi ubicación a mi compañera de piso —añadió Emily— y tomé una foto del tipo reflejado en la ventana cuando entré.
Adrian la estudió durante un segundo.
Sarah también había sido así.
Nunca pánico.
Nunca desperdiciar movimientos.
Evaluar.
Esperar.
Actuar.
—Bien —dijo.
—¿Bien?
—Buen plan.
Emily exhaló.
—Gracias por la evaluación.
—Aún quiero llevarla a casa.
—Y yo aún digo que no.
—Señorita Carter…
—Emily.
Adrian quedó callado.
Ella lo señaló con el sobre blanco.
—Y esto.
—¿Qué ocurre?
—Dos mil dólares.
—Correcto.
—Es demasiado.
—No.
—Para veinte minutos de humillación, sí.
—No es un pago por veinte minutos.
La mandíbula de Adrian se tensó.
—Es una compensación por una falla de mi empresa que permitió que un gerente considerara su dignidad menos valiosa que la cuenta de un cliente.
Emily lo miró.
Eso no sonaba como relaciones públicas.
Parecía personal.
—No lo voy a cobrar todavía.
—Es suyo.
—Eso no significa que tenga que aceptarlo.
Adrian casi sonrió.
—También era así.
Emily parpadeó.
—¿Quién?
Adrian comprendió demasiado tarde lo que había dicho.
—Nadie.
—Eso fue claramente alguien.
—Emily.
Era la primera vez que pronunciaba su nombre.
Y el estómago de ella se apretó.
No porque sonara romántico.
Porque sonó familiar.
Como si lo hubiera pronunciado antes.
Muchas veces.
—¿Nos conocemos? —preguntó.
Adrian guardó silencio.
Emily dio un paso hacia él.
—¿Conoció a mi madre?
La pregunta golpeó el aire.
Adrian no se movió.
Eso fue suficiente.
Emily palideció.
—La conoció.
—Deberíamos hablar en un lugar más seguro.
—No.
—Emily.
—Dígame cómo conoció a mi madre.
—No aquí.
—Mi madre murió cuando yo tenía once meses.
Adrian la miró.
—Eso le dijeron.
Emily sintió que el suelo se inclinaba.
No retrocedió.
—¿Qué significa eso?
La puerta automática de la farmacia se abrió.
Una corriente fría entró.
El guardia de seguridad bostezó.
Adrian bajó la voz.
—Significa que esta noche alguien la siguió pocos minutos después de que su nombre se escuchara en un restaurante lleno de personas conectadas con algunas de las familias más antiguas del país.
Emily lo miró.
—Eso no tiene sentido.
—Lo tendrá.
—¿Mi madre está viva?
Adrian tardó demasiado en responder.
—No lo sé.
Emily sintió un nudo en la garganta.
Pero no lloró.
—Usted dijo que la conoció.
—Sí.
—¿Cómo?
Adrian observó el anillo de plata que asomaba por debajo del cuello de su uniforme.
—Primero dígame de dónde sacó eso.
Emily lo tocó instintivamente.
—Era de mi madre.
—¿Quién se lo dio?
—Mi tía Ruth.
—¿Cuándo?
—Cuando cumplí dieciocho.
Adrian extendió la mano.
—¿Puedo verlo?
Emily dudó.
Luego sacó la cadena.
El pequeño anillo cayó sobre su palma.
Adrian dejó de respirar.
Grabada en el interior había una luna partida por una línea vertical.
El sello de Aster.
Una casa de sangre destruida hacía veintiséis años.
Una familia que, según todos los registros, no tenía supervivientes.
Excepto quizá una niña.
—¿Qué es? —preguntó Emily.
Adrian levantó la mirada.
—Una razón para no volver sola a casa esta noche.
Por primera vez, Emily creyó que estaba asustado.
No por sí mismo.
Por ella.
Cinco minutos después aceptó subir al automóvil.
No porque confiara en Adrian.
Porque el hombre de la gorra había regresado.
Y esta vez no estaba solo.
Dos figuras esperaban al otro lado de la calle.
Emily se sentó en el asiento trasero del sedán negro.
Adrian ocupó el lugar frente a ella.
Un conductor llamado Marcus cerró las puertas.
El automóvil arrancó.
—Dirección —dijo Adrian.
Emily se la dio.
—¿Quiénes eran?
—Todavía no lo sé.
—Miente muy mal para ser multimillonario.
Marcus ocultó una sonrisa.
Adrian lo vio en el espejo.
—Marcus.
—No dije nada, señor.
Emily miró por la ventana.
—Mi madre.
Adrian supo que no podría evitarlo.
—Se llamaba Sarah.
—Eso lo sé.
—Sarah Elaine Carter.
Emily giró.
—Su segundo nombre era Rose.
Adrian frunció el ceño.
—No.
—En su certificado de defunción dice Sarah Rose Carter.
—Era Elaine.
Emily sintió frío.
—¿Está seguro?
—Sí.
—¿Cómo?
Adrian observó las luces de la ciudad pasando por el cristal.
—Porque vi su licencia de conducir la primera noche que la conocí.
—¿Dónde?
—Boston.
Emily soltó una risa seca.
—Mi madre nunca vivió en Boston.
—Sí vivió.
—Mi tía dijo que nunca salió de Tennessee.
—Su tía le mintió.
Emily giró hacia la puerta.
—Detenga el auto.
—Emily.
—Deténgalo.
Marcus miró por el espejo.
Adrian levantó una mano.
El automóvil se detuvo junto a una avenida concurrida.
Emily tomó la manija.
Adrian no trató de impedirlo.
—Antes de bajar —dijo—, llame a su tía.
Emily lo miró.
—¿Por qué?
—Pregúntele qué significa Aster.
Silencio.
—¿Qué?
—Solo pregúntele.
Emily sacó el teléfono.
Marcó.
Ruth respondió después de cuatro tonos.
—¿Em? ¿Sabes qué hora es?
La voz cálida y cansada de su tía hizo que el mundo pareciera normal durante un segundo.
—Tía Ruth.
—¿Qué pasó?
Emily miró a Adrian.
—¿Qué significa Aster?
Silencio.
No estática.
No mala señal.
Silencio humano.
El silencio de alguien que acaba de escuchar una palabra enterrada durante décadas.
—Emily —dijo Ruth lentamente—. ¿Dónde estás?
Adrian cerró los ojos.
Emily sintió que se le erizaba la piel.
—¿Qué significa?
—Necesito que me digas dónde estás.
—Tía.
—Ahora.
Emily miró por la ventana.
—Estoy en Nueva York.
—Eso ya lo sé. ¿Con quién?
Emily sostuvo la mirada de Adrian.
—Adrian Vale.
Al otro lado de la línea, Ruth soltó algo.
Un vaso.
Quizá un plato.
Se oyó romperse.
—Aléjate de él.
Adrian abrió los ojos.
Emily apretó el teléfono.
—¿Por qué?
—Emily, escúchame. No importa lo que te diga. No importa lo que te enseñe. No importa lo que creas recordar. Aléjate de Adrian Vale.
Adrian se quedó completamente inmóvil.
Emily habló despacio.
—¿Lo conoces?
Ruth comenzó a respirar más rápido.
—Vete a un lugar lleno de gente.
—Estoy en un auto.
—Baja.
—¿Por qué?
—Porque ese hombre estuvo allí la noche en que murió tu madre.
Emily sintió que el aire desaparecía.
Miró a Adrian.
—¿Es verdad?
Ruth respondió antes que él.
—Emily, Adrian Vale mató a tu madre.
Marcus frenó de golpe.
Un SUV negro acababa de cruzarse frente al sedán.
Emily chocó contra el asiento.
Adrian se movió tan rápido que ella apenas lo vio.
Un segundo estaba frente a ella.
Al siguiente, su brazo estaba extendido protegiéndola mientras el auto giraba.
—Marcus.
—Tres vehículos —respondió el conductor.
Emily seguía con el teléfono pegado al oído.
—Tía.
—¡Emily!
Adrian miró por la ventana trasera.
—Agáchate.
—No voy a…
El cristal explotó.
No por una bala.
Algo metálico se incrustó en la puerta.
Emily cayó hacia el suelo.
Adrian la cubrió.
Cuando levantó la cabeza, vio el objeto.
Una flecha pequeña.
Negra.
La punta plateada.
Adrian la arrancó.
Su expresión cambió.
—Plata consagrada.
Emily lo miró.
—¿Qué demonios…?
El segundo impacto atravesó la ventana.
Adrian lo atrapó con la mano.
Emily dejó de respirar.
No debería haber sido posible.
La flecha viajaba demasiado rápido.
Adrian la había detenido.
Con los dedos.
La punta cortó su palma.
Una gota oscura apareció.
Luego humo.
Humo saliendo de su piel.
Emily retrocedió.
—¿Qué eres?
Adrian la miró.
Sus ojos ya no eran marrones.
Eran rojos.
No brillantes.
No como en las películas.
Peor.
Profundos.
Antiguos.
La herida de su mano se cerró frente a ella.
—Alguien a quien su tía esperaba que nunca volviera a encontrarla.
El teléfono de Emily cayó al piso.
La voz de Ruth seguía saliendo del altavoz.
—¡Emily! ¡Emily!
Marcus giró bruscamente.
El SUV de atrás golpeó el parachoques.
Adrian habló con una calma helada.
—Marcus, túnel este.
—Ya vamos.
Emily lo miraba sin pestañear.
—Vampiro.
Adrian no respondió.
No hacía falta.
—Un maldito vampiro.
—No diría maldito.
—¡Acabas de atrapar una flecha con la mano!
—No es el momento más extraño para discutir vocabulario.
Emily casi se rio.
No porque fuera gracioso.
Porque su cerebro estaba tratando de sobrevivir a lo imposible.
—Mi tía dijo que mataste a mi madre.
La expresión de Adrian se endureció.
—Su tía cree lo que necesitaba creer.
—Eso no es una respuesta.
—No la maté.
—¿Entonces cómo murió?
Adrian miró hacia la ventana.
—Intentando mantenerla con vida.
Emily sintió el peso de la frase.
—¿A mí?
—Sí.
Otro impacto.
Marcus maldijo.
El automóvil descendió por una rampa de servicio y entró en un túnel.
Dos motocicletas aparecieron detrás.
Emily vio algo que parecía una pistola.
Adrian golpeó el vidrio divisor.
—Luces.
Marcus pulsó un botón.
El túnel quedó oscuro.
Emily sintió que el coche aceleraba.
Adrian seguía viendo.
Perfectamente.
—¿Quiénes son? —preguntó.
—Cazadores.
—¿Cazadores de vampiros?
—Ahora mismo, cazadores de usted.
Eso fue peor.
—¿Por qué?
Adrian miró el anillo.
—Por eso.
Emily lo agarró.
—Es una baratija.
—No.
—Mi madre lo compró en una feria.
—Eso le dijeron.
—¿Qué significa el símbolo?
—Aster era una casa real.
—¿Una familia de vampiros?
—No exactamente.
Emily negó con la cabeza.
—No puedo creer que esta conversación esté sucediendo.
—Los Aster eran humanos.
—¿Entonces?
Adrian la miró.
—Humanos cuya sangre podía cambiar a los nuestros.
Emily se quedó quieta.
—¿Cambiar cómo?
—Eso fue lo que inició la guerra.
Las motocicletas desaparecieron cuando una compuerta descendió detrás del automóvil.
Marcus exhaló.
—Los perdimos.
—Por ahora —dijo Adrian.
Emily recogió su teléfono.
Ruth seguía conectada.
—Tía.
Nada.
—¿Tía Ruth?
Se oyó una respiración.
Luego Ruth susurró:
—Él sabe.
Adrian miró el teléfono.
Emily frunció el ceño.
—¿Qué?
—Adrian sabe quién eres.
La llamada se cortó.
Emily volvió a marcar.
Nada.
Otra vez.
Buzón.
—Tenemos que ir a Tennessee.
Adrian ya estaba sacando el teléfono.
—Marcus.
—El jet puede estar listo.
Emily lo miró.
—No voy contigo a ninguna parte.
—Su tía acaba de cortar una llamada después de decir que yo sé quién es usted.
—Y también dijo que la asesinaste.
Adrian guardó silencio.
Emily se inclinó hacia él.
—Esto termina ahora. Me dices todo.
Adrian sostuvo su mirada.
—Hay cosas que no puedo confirmar hasta hablar con Ruth.
—No.
—Emily…
—No vuelvas a usar mi nombre como una forma elegante de evitar preguntas.
Marcus volvió a ocultar una sonrisa.
Adrian pareció resignarse.
—Muy bien.
Se acomodó frente a ella.
—Hace veintiséis años, su madre apareció en Boston con usted en brazos.
—Yo tenía once meses.
—Diez.
Emily frunció el ceño.
—Mi cumpleaños es en marzo.
—Usted nació en abril.
El silencio cayó como una piedra.
—¿Qué?
—El quince de abril.
—Mi certificado dice nueve de marzo.
—Fue falsificado.
Emily miró su teléfono.
Su fecha de nacimiento.
Su identidad.
Veintisiete años celebrando un día que quizá nunca había sido suyo.
—Sigue.
Adrian habló.
Sarah Carter había llegado a Boston durante una tormenta.
No llevaba equipaje.
Solo una mochila.
Dinero en efectivo.
El bebé.
Y una herida bajo las costillas.
Había pedido reunirse con Adrian porque conocía una contraseña que únicamente miembros de la Casa Aster utilizaban.
El alba no pertenece al sol.
Adrian la recibió en una casa segura.
Sarah no confiaba en él.
Pero estaba desesperada.
Alguien había matado al esposo de Sarah.
Alguien buscaba a su hija.
Y alguien dentro del propio consejo de Adrian había entregado información a los cazadores.
—¿Mi padre? —preguntó Emily.
—Daniel Carter.
—Mi tía dijo que se fue antes de que yo naciera.
—Murió tres semanas antes de que usted llegara a Boston.
Emily miró sus manos.
—¿Cómo?
Adrian tardó.
—Incendio.
—¿Accidente?
—No.
La mandíbula de Emily se endureció.
—Entonces fue asesinado.
—Sí.
—¿Por quién?
—Nunca lo supimos.
—¿Y mi madre?
Adrian continuó.
Sarah había descubierto algo.
Un registro.
Una lista de nombres.
Humanos infiltrados en empresas, gobiernos, universidades y organizaciones vampíricas.
No eran cazadores tradicionales.
Eran una sociedad más antigua.
La Orden de Saint Orison.
Su objetivo no era exterminar vampiros.
Era controlarlos.
Usando la sangre Aster.
—Eso parece una película mala —murmuró Emily.
—Ojalá lo fuera.
Sarah había entregado a Adrian una llave.
Una dirección.
Y el bebé.
Luego los hombres de Orison atacaron.
Adrian había sacado a Emily de la casa mientras Sarah se quedó atrás para recuperar los documentos.
La casa ardió.
Encontraron restos.
Una mujer.
Demasiado dañados para identificación normal.
El ADN coincidía con Sarah.
—Entonces murió.
—Eso creí.
Emily lo observó.
—¿Y me diste a Ruth?
—Sí.
—¿Por qué no me criaste?
Adrian parecía genuinamente sorprendido.
—Porque era un rey vampiro de ciento ochenta y siete años perseguido por una conspiración internacional.
Emily parpadeó.
—Buen punto.
—Ruth parecía la opción más responsable.
—¿Y nunca comprobaste cómo estaba?
Aquello sí lo golpeó.
—Lo hice.
—Nunca te vi.
—Esa era la intención.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Hasta que cumplió doce.
—¿Y después?
Adrian bajó los ojos.
—Ruth desapareció de los sistemas que usábamos para protegerlas.
—Nos mudamos a una granja en Tennessee.
—Lo sé ahora.
—¿Por qué dejaste de buscarnos?
Adrian no contestó.
Emily comprendió.
—Pensaste que habíamos muerto.
—Sí.
El automóvil salió del túnel dentro de un estacionamiento subterráneo.
Decenas de cámaras.
Puertas de acero.
Dos hombres armados esperaban.
Emily miró alrededor.
—¿Dónde estamos?
—Una residencia segura.
—¿Tu castillo?
—Penthouse.
—Menos dramático.
—Tengo un castillo.
Emily lo miró.
Adrian no sonreía.
—Por supuesto que tienes un castillo.
El ascensor los llevó hasta el piso sesenta y ocho.
Cuando las puertas se abrieron, Emily esperaba lujo.
Lo encontró.
Pero también mapas.
Pantallas.
Un equipo de personas.
Una mujer de cabello corto se acercó.
—Tenemos identificación parcial del hombre que siguió a la señorita Carter.
Adrian se tensó.
—Nombre.
—Caleb Monroe.
Emily frunció el ceño.
—Conozco ese nombre.
Todos la miraron.
—Trabajaba con mi tía.
—¿Dónde? —preguntó Adrian.
—En una clínica rural. Hace años.
La mujer del equipo abrió un archivo.
—No existe ningún Caleb Monroe registrado como empleado médico en Tennessee.
Emily tragó saliva.
Adrian miró la pantalla.
Una fotografía apareció.
El hombre de la gorra.
Más joven.
Sin barba.
Emily dio un paso atrás.
Lo recordaba.
Tenía siete años.
Él estaba en la fiesta de cumpleaños.
Había llevado un caballo de madera.
—Estuvo en mi casa.
Adrian la miró.
—¿Cuándo?
—Muchas veces.
La mujer del equipo habló:
—Hay más.
Amplió otra fotografía.
Tomada décadas atrás.
Caleb estaba al lado de Sarah Carter.
Emily dejó de respirar.
—Mi madre.
Adrian se acercó.
La foto mostraba a Sarah con un bebé.
A Caleb.
Y a otra persona.
Ruth.
Emily miró a Adrian.
—Mi tía conocía al hombre que acaba de intentar atacarnos.
Adrian respondió despacio.
—Parece que sí.
—¿Entonces por qué me dijo que huyera de ti?
Nadie respondió.
En la pantalla surgió otra imagen.
Una casa.
Fecha: 1999.
El refugio de Boston.
Horas antes del incendio.
Emily vio a Sarah entrar.
Luego Ruth.
Luego Caleb.
Finalmente Adrian.
—Sigue —dijo Emily.
El video cambió.
Sarah salía de cuadro.
Ruth llevaba al bebé.
Adrian no aparecía.
Luego Caleb apareció arrastrando un recipiente.
Gasolina.
Emily sintió hielo en las venas.
—Él provocó el incendio.
Adrian habló.
—Parece que sí.
—¿Y mi tía?
El video mostraba a Ruth mirando alrededor.
Luego ayudando a Caleb a entrar.
Emily retrocedió.
—No.
Adrian no dijo nada.
—No.
La voz de Emily apenas salió.
—Ella me crió.
Nadie necesitó responder.
—Ella trabajó tres empleos cuando yo era niña.
Emily señaló la pantalla.
—Vendió su camioneta para pagar mi universidad.
Su respiración se volvió más lenta.
Más controlada.
Más peligrosa.
—Ella me enseñó a leer.
La imagen seguía congelada.
Ruth.
Caleb.
El combustible.
—Ella me cuidó cuando tuve neumonía.
Adrian se acercó.
—Una imagen no cuenta toda la historia.
Emily se giró.
—¿Estás defendiéndola?
—Estoy diciendo que no sabemos por qué estaba allí.
Emily lo miró durante varios segundos.
Era la primera cosa que había dicho esa noche que ella necesitaba escuchar.
No una excusa.
No una acusación.
Un hecho.
—Bien.
Respiró.
—Entonces averigüémoslo.
Adrian hizo una señal al equipo.
—Conexión satelital. Casa de Ruth.
Una pantalla mostró una propiedad rural.
Porche.
Granero.
Camioneta azul.
Nada parecía extraño.
Emily observó.
—La luz de la cocina está apagada.
—¿Es raro?
—Siempre la deja encendida.
Adrian miró a su equipo.
—Térmica.
La imagen cambió.
No había nadie dentro.
—Teléfono.
—Apagado.
—Vehículo.
—Sigue allí.
Emily cerró los ojos.
—Hay un sótano.
La mujer del equipo preguntó:
—¿Entrada?
—Debajo del granero.
—¿Térmica?
Un operador amplió.
Dos firmas de calor.
Una sentada.
Otra de pie.
Emily agarró el borde de la mesa.
—Está viva.
Adrian ya estaba dando órdenes.
—Equipo de Knoxville. Entrada silenciosa.
—No.
Todos se volvieron hacia Emily.
—Voy.
—No.
—Es mi tía.
—Precisamente.
—Adrian.
—Hay gente disparando plata consagrada por usted.
—Y esa gente tiene a la mujer que me crió.
—No sabemos si la tienen.
Emily señaló el video.
—Entonces iré a averiguarlo.
Adrian la miró.
La terquedad.
La calma.
La manera de mantener la barbilla alta incluso cuando todo lo que sabía sobre su vida acababa de romperse.
Sarah.
Era como mirar un fantasma.
Adrian exhaló.
—Viajamos en veinte minutos.
Emily arqueó una ceja.
—Eso sonó mucho como si siempre hubieras sabido que ibas a ceder.
—No cedí.
—Claro.
Marcus tosió para ocultar otra risa.
Dos horas y cuarenta minutos después, el jet privado descendía sobre Tennessee.
Emily había pasado casi todo el vuelo leyendo archivos.
Daniel Carter.
Su supuesto padre.
Ingeniero.
Treinta y un años.
Muerto en un incendio de automóvil.
Sarah Carter.
Nombre real posiblemente Sarah Elaine Mercer.
Sin registro verificable antes de 1992.
Ruth Carter.
Hermana declarada.
Ninguna coincidencia genética confirmada.
Emily dejó la tableta.
—Ruth podría no ser mi tía.
Adrian estaba sentado frente a ella.
—Sí.
—¿Tú lo sabías?
—No.
Emily miró por la ventana.
—Entonces toda mi familia podría ser inventada.
—No.
Ella se volvió.
Adrian señaló el anillo.
—Su madre murió intentando protegerla. Daniel murió por la misma razón. Ruth la crió durante veintiséis años. La genética no decide por sí sola quién es familia.
Emily lo estudió.
—Para ser un monstruo nocturno, eres sorprendentemente sentimental.
—Para ser una mesera, hace demasiadas observaciones sobre monstruos nocturnos.
—Me despidieron.
—No la despidieron.
—Estuve despedida aproximadamente tres minutos.
—Administrativamente, no se procesó.
—No arruines mi historia.
El gesto más pequeño curvó la boca de Adrian.
Emily lo vio.
Por primera vez parecía menos rey.
Más hombre.
Luego recordó las palabras de Ruth.
Adrian Vale mató a tu madre.
La sonrisa desapareció de Emily.
—Hay algo que todavía no me has dicho.
Adrian no respondió.
—Algo sobre esa noche.
—Sí.
—¿Qué?
El avión comenzó a descender.
Adrian miró las luces pequeñas bajo ellos.
—Sarah me pidió que hiciera una promesa.
—¿Cuál?
—Que si alguna vez la sangre Aster despertaba en usted…
Se detuvo.
—¿Qué?
—Debía matarla antes de que Orison pudiera usarla.
Emily lo miró.
El ruido del avión pareció desaparecer.
—¿Mi madre te pidió que me mataras?
—Solo si ocurría algo específico.
—Eso no mejora la frase.
—Lo sé.
—¿Y ocurrió?
Adrian la observó.
—Todavía no lo sé.
Emily sostuvo su mirada.
—¿Y si ocurre?
Adrian no respondió.
Aquello era la respuesta.
Emily se recostó.
—Magnífico.
—No permitiré que nadie la use.
—Qué reconfortante.
—Emily.
—Incluyéndote, supongo.
Adrian guardó silencio.
—Eso pensé.
Aterrizaron en un pequeño aeropuerto privado.
Dos SUV los esperaban.
La granja de Ruth quedaba a cuarenta minutos.
Emily reconoció cada curva del camino.
La gasolinera donde había comprado su primer boleto de lotería.
La iglesia bautista.
El puente cubierto de grafitis.
La vieja tienda de herramientas.
Todo parecía igual.
Pero ella no.
Cuando llegaron a la propiedad, no había sirenas.
No había policía.
El equipo de Adrian ya estaba allí.
Un hombre se acercó.
—La señora Carter está viva.
Emily soltó el aire.
—¿Y la segunda persona?
—Desapareció.
—¿Cómo?
—Túnel.
Emily frunció el ceño.
—No hay túnel.
—Sí lo hay.
El hombre señaló el granero.
—Parece tener varias décadas.
Emily miró la estructura donde había jugado de niña.
Veintiséis años.
Nunca lo supo.
Bajó del vehículo.
Adrian caminó a su lado.
—Quédate detrás de mí.
—No.
—No era una sugerencia.
—Entonces fue una pérdida de aire.
Adrian la miró.
Ella siguió.
Dentro del granero olía a heno, aceite y madera húmeda.
Una trampilla estaba abierta bajo un armario que Emily recordaba desde niña.
Escaleras.
Descendieron.
Ruth estaba sentada en una silla.
No atada.
Tenía un corte en la frente.
Un miembro del equipo médico le limpiaba la herida.
—Tía.
Ruth levantó la cabeza.
Sus ojos se llenaron de alivio.
Luego vio a Adrian.
El alivio murió.
—No.
Emily se acercó.
—¿Estás bien?
Ruth quiso levantarse.
—Tenemos que irnos.
—Ya estamos rodeados por seguridad.
—No entiendes.
—Entonces explícame.
Ruth miró a Adrian.
—No delante de él.
Emily sintió algo endurecerse dentro de ella.
—Durante toda mi vida confíe en ti.
Ruth bajó la mirada.
—Lo sé.
—Ahora he visto un video donde ayudas a un hombre a entrar en una casa horas antes de que mi madre muriera.
Ruth cerró los ojos.
Emily continuó.
—He descubierto que mi cumpleaños es falso.
Ruth palideció.
—Que quizá no eres mi tía.
Silencio.
—Que mi padre fue asesinado.
Ruth apretó las manos.
—Y que ese anillo que me diste no era una baratija.
Ruth levantó los ojos.
Emily se arrodilló frente a ella.
—No voy a gritarte.
Su voz era baja.
—No voy a llamarte mentirosa hasta escuchar lo que tengas que decir.
Ruth comenzó a temblar.
—Pero vas a decírmelo ahora.
Adrian permaneció varios pasos atrás.
Ruth lo miró.
—Prométeme que no la tocarás.
Adrian contestó:
—Depende de lo que me diga.
—¡Promételo!
Emily giró.
—No necesito que nadie prometa no tocarme.
Volvió hacia Ruth.
—Habla.
Ruth inhaló.
—Sarah no era mi hermana.
Emily asintió lentamente.
Ya lo sospechaba.
—¿Quién era?
—Mi mejor amiga.
Ruth contó la verdad.
Habían trabajado juntas en un laboratorio privado de Carolina del Norte.
Ruth como técnica.
Sarah como investigadora.
El laboratorio pertenecía a una compañía farmacéutica.
O eso creían.
En realidad, era financiado por Orison.
Investigaban muestras de sangre.
Sujetos con una mutación hereditaria.
La línea Aster.
—Sarah era Aster —dijo Ruth.
—Sí.
—¿Y yo?
Ruth miró a Adrian.
—También.
Emily tocó el anillo.
—¿Por qué necesitaban nuestra sangre?
Adrian respondió.
—Porque puede alterar la biología vampírica.
Ruth negó.
—Eso es lo que crees.
Adrian se quedó quieto.
—¿Qué quiere decir?
Ruth lo miró con una expresión cansada.
—Nunca fue sobre alterar vampiros.
—Ruth.
—Era sobre crearlos.
El silencio se volvió pesado.
Emily frunció el ceño.
—Creía que los vampiros…
—Nacen o convierten humanos mediante sangre —dijo Adrian.
Ruth negó otra vez.
—Los Aster podían hacer algo distinto.
Adrian dio un paso.
—Eso es imposible.
—No.
Ruth miró a Emily.
—Podían devolver a un vampiro al estado humano.
Adrian dejó de moverse.
Emily lo miró.
Por primera vez desde que lo conocía, el rey vampiro parecía verdaderamente sorprendido.
Ruth continuó.
—Y podían hacer lo contrario.
—¿Convertir a alguien? —preguntó Emily.
—Sin mordida. Sin intercambio.
Ruth tragó saliva.
—Solo mediante la sangre correcta.
Adrian habló casi en un susurro.
—No hay registro de eso.
—Porque los destruyeron.
—¿Quién?
Ruth sonrió con tristeza.
—Tus antepasados.
Adrian se quedó helado.
Emily giró hacia él.
—¿La familia Vale?
Ruth asintió.
—Hace más de doscientos años, la Casa Vale comprendió lo que los Aster podían hacer. Un mundo donde los vampiros podían recuperar la mortalidad significaba perder su control. Un mundo donde humanos podían ser transformados sin permiso significaba perderlo también.
Adrian endureció la mandíbula.
—Yo no sabía esto.
—Tu padre sí.
—Mi padre murió en 1864.
—Y dejó instrucciones.
Ruth señaló un archivador oxidado.
—Sarah las encontró.
Uno de los hombres de Adrian abrió el mueble.
Dentro había carpetas.
Cintas.
Fotografías.
Un diario.
Adrian lo tomó.
Reconoció la letra.
Su padre.
Samuel Vale.
Emily observó cómo algo se quebraba detrás de sus ojos.
Un rey descubriendo que el trono heredado estaba construido sobre una mentira.
Ruth continuó.
—Sarah quería revelar todo. Orison quería capturarla. Los Vale antiguos querían silenciarla. Los cazadores querían usarla.
—¿Y Caleb? —preguntó Emily.
Ruth bajó la cabeza.
—Caleb era nuestro enlace con Orison.
Emily apretó los dientes.
—¿Lo ayudaste a entrar en la casa?
—Sí.
Adrian levantó la mirada del diario.
—¿Por qué?
Ruth comenzó a llorar en silencio.
—Porque tenían a Daniel.
Emily dejó de respirar.
—Dijiste que murió antes.
—Eso creíamos.
Ruth explicó que Caleb había mostrado una fotografía.
Daniel vivo.
Golpeado.
Cautivo.
Prometieron liberarlo si Ruth les permitía entrar.
Ruth lo hizo.
Pero Caleb nunca quiso rescatar a Daniel.
Solo quería a Sarah.
Cuando Ruth comprendió la trampa, ya era tarde.
—¿Tú provocaste el incendio? —preguntó Emily.
—No.
—¿Quién?
Ruth miró a Adrian.
—Él.
Emily se volvió.
Adrian no negó.
El mundo se detuvo.
—Dijiste que no mataste a mi madre.
—No la maté.
—¿Quemaste la casa?
—Sí.
—¿Con ella dentro?
Adrian apretó la mandíbula.
—Pensé que había salido.
Emily se levantó.
Su rostro estaba pálido.
Su voz, tranquila.
—Explícalo.
Adrian habló.
Los cazadores habían entrado.
Había vampiros traidores con ellos.
Adrian tomó al bebé.
Intentó sacar a Sarah.
Ella volvió por los archivos.
Él prendió fuego al ala oeste para bloquear a los atacantes.
El fuego se extendió más rápido de lo previsto.
Cuando regresó, el techo había colapsado.
—Encontramos un cuerpo —dijo.
—El cuerpo no era Sarah —respondió Ruth.
Adrian se quedó inmóvil.
Emily giró.
—¿Qué?
Ruth respiró hondo.
—Sarah sobrevivió.
El corazón de Emily golpeó su pecho.
—¿Mi madre está viva?
—Lo estaba hace doce años.
Emily se tambaleó.
Adrian extendió una mano.
Ella retrocedió.
—No.
Se volvió hacia Ruth.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—¿Cómo puedes no saberlo?
—Porque me pidió que jamás la buscara.
—¿Por qué?
Ruth miró hacia el anillo.
—Porque estaba infectada.
Emily frunció el ceño.
—¿Con qué?
Ruth respondió:
—Sangre de Vale.
Adrian palideció.
—No.
—Durante el ataque recibió sangre de uno de ustedes.
—¿Se convirtió?
—No completamente.
Ruth apretó las manos.
—Se convirtió en algo intermedio.
Emily sintió que el mundo volvía a moverse bajo sus pies.
—¿Y me abandonó?
—No.
Ruth tomó sus manos.
—Te salvó.
Sarah descubrió que la sangre que llevaba dentro reaccionaba a Emily.
Cuando se acercaba a su hija, el pulso de Emily cambiaba.
La temperatura aumentaba.
Y aparecían marcas bajo su piel.
Por eso se fue.
Para impedir activar lo que los científicos llamaban la Herencia Aster.
—¿Qué ocurre si se activa? —preguntó Emily.
Ruth miró a Adrian.
—Pregúntale a él qué le pidió Sarah.
Emily ya sabía.
Mátala.
—¿Qué ocurre? —repitió.
Ruth abrió la boca.
Un disparo retumbó arriba.
Todos se movieron.
Adrian empujó a Emily contra la pared.
Otro impacto.
Gritos.
Radio.
—Intrusión norte.
Marcus apareció en la escalera.
—Orison.
Adrian mostró los colmillos.
Esta vez Emily los vio claramente.
—Cuántos.
—Doce confirmados.
—Quince —dijo Ruth.
Todos la miraron.
—Siempre vienen en grupos de quince.
Adrian habló hacia su comunicador.
—Sellen el perímetro.
Emily tomó una linterna metálica.
Adrian la vio.
—¿Qué piensa hacer con eso?
—Improvisar.
—Es una linterna.
—Gracias, rey de lo obvio.
Arriba se escucharon pasos.
Adrian miró a Marcus.
—Sácalas por el túnel sur.
Ruth palideció.
—No.
—¿Qué?
—No existe túnel sur.
Marcus frunció el ceño.
—Nuestros planos muestran…
—Yo construí este lugar.
Ruth se puso de pie.
—Solo hay uno.
Emily sintió frío.
—Entonces el plano fue alterado.
Adrian giró hacia uno de sus hombres.
Demasiado tarde.
El agente levantó el arma.
Apuntó directamente a Emily.
Adrian se movió.
El disparo sonó.
Adrian recibió el proyectil en el hombro.
Cayó.
Emily no gritó.
Golpeó la muñeca del traidor con la linterna.
Una vez.
Dos.
El arma cayó.
Marcus lo derribó.
Adrian arrancó la bala.
Plata.
Su piel humeó.
—Estoy bien.
Emily lo miró.
—Eres un mentiroso terrible.
Él casi sonrió.
Entonces las luces se apagaron.
Oscuridad.
Emily escuchó respiraciones.
Pasos.
Un clic.
La voz de Caleb Monroe surgió desde algún punto del sótano.
—Emily.
Ella reconoció el tono.
Amable.
El hombre que le había regalado un caballo de madera cuando tenía siete años.
—Han pasado veinte años.
Adrian se levantó.
Sus ojos rojos brillaron en la oscuridad.
—Caleb.
—Majestad.
—Sal.
—No vine por ti.
—Entonces elegiste mal la noche.
Caleb rio.
—No. Elegí la única noche que importaba.
Una luz roja de emergencia se encendió.
Caleb estaba al otro extremo del sótano.
No apuntaba a Emily.
Apuntaba a Ruth.
—Hola, Ruth.
Ella palideció.
—No te acerques a ella.
—Me prometiste hace mucho tiempo que dejarías de jugar a ser madre.
Emily dio un paso.
—Déjala.
Caleb sonrió.
—Mírate.
Sus ojos recorrieron el rostro de Emily.
—Tienes los ojos de Sarah.
Emily habló con calma.
—¿Dónde está mi madre?
Caleb sonrió más.
—Mucho más cerca de lo que crees.
Adrian se tensó.
—No le creas.
Caleb levantó una ceja.
—¿Todavía das órdenes, Adrian? Qué adorable.
Marcus apuntó.
Caleb no parecía preocupado.
—Si me disparan, jamás sabrán dónde está Sarah.
Emily levantó una mano.
—Nadie dispara.
Adrian la miró.
—Emily.
—Dije nadie.
El rey vampiro la observó.
Luego bajó ligeramente la mano.
Marcus hizo lo mismo.
Caleb sonrió.
—Ahí está.
—¿Qué?
—La autoridad.
Emily no reaccionó.
—Mi madre.
—Viva.
Ruth soltó un pequeño sonido.
Emily no apartó la mirada.
—Prueba.
Caleb sacó un teléfono.
Lo lanzó.
Emily lo atrapó.
Un video.
Fecha de tres días antes.
Una habitación blanca.
Una mujer sentada frente a la cámara.
Cabello oscuro con mechones grises.
Rostro delgado.
Ojos verdes.
Los mismos ojos de Emily.
La mujer miró directamente a la cámara.
—Emmy.
Emily dejó de respirar.
Nadie la llamaba así excepto Ruth.
La mujer continuó:
—Si estás viendo esto, Caleb finalmente te encontró.
Emily sintió que sus dedos temblaban.
Los obligó a quedarse quietos.
—No confíes en la Corona.
Adrian cerró los ojos.
Sarah seguía hablando.
—No confíes en Orison.
Caleb dejó de sonreír.
—Y, sobre todo, no confíes en quien diga que tu sangre pertenece a alguien.
La grabación se entrecortó.
Sarah se inclinó hacia la cámara.
—Hay una caja debajo del viejo roble donde Ruth te llevaba a jugar.
Emily miró a Ruth.
Ella palideció.
—Dentro está la verdad sobre tu nacimiento.
La imagen tembló.
Sarah miró hacia una puerta fuera de cuadro.
—Y Emily…
Su voz cambió.
Miedo.
—Si Adrian Vale ya está contigo, pregúntale qué ocurrió realmente el quince de abril de 1999.
El video terminó.
Emily levantó lentamente la mirada hacia Adrian.
—Dijiste que nací ese día.
—Eso muestran los registros.
Caleb soltó una carcajada.
—Oh, Adrian.
Emily no apartó los ojos de él.
—¿Qué pasó ese día?
Adrian guardó silencio.
—Adrian.
Ruth susurró:
—Díselo.
Emily giró.
—Tú también lo sabes.
Ruth cerró los ojos.
Caleb parecía disfrutar cada segundo.
—Esto se pone interesante.
Emily volvió hacia Adrian.
—¿Qué ocurrió?
Adrian finalmente habló.
—Moriste.
El aire desapareció.
Emily lo miró.
—¿Qué?
—Durante seis minutos.
Ruth comenzó a llorar.
Adrian continuó.
—Naciste sin pulso.
—Eso es imposible.
—Sarah me llamó.
Emily retrocedió.
—¿Por qué te llamó a ti?
Adrian miró sus propias manos.
—Porque yo estaba allí.
—¿Dónde?
—En la habitación.
—¿Por qué?
Adrian no respondió.
Caleb lo hizo.
—Porque no fue un parto normal.
Emily giró.
—Cállate.
Caleb sonrió.
—Tu madre necesitaba sangre vampírica para salvarte.
Adrian cerró los ojos.
Emily entendió.
—Tu sangre.
Adrian asintió.
Ruth susurró:
—Sarah dijo que no había otra opción.
Emily miró a Adrian.
—¿Me convertiste?
—No.
—¿Qué hiciste?
—Te di mi sangre.
El silencio fue absoluto.
Emily bajó la mirada hacia sus manos.
Humanas.
Siempre humanas.
—Entonces ¿qué soy?
Nadie contestó.
Caleb levantó el arma.
—La primera.
Adrian giró.
—No.
—La primera en doscientos años.
—Cállate.
Caleb apuntó al pecho de Emily.
—La primera Aster nacida con sangre real de Vale dentro de sus venas.
Ruth se movió.
El disparo sonó.
Emily vio a Ruth caer.
—¡Tía!
Adrian cruzó el sótano.
Caleb disparó otra vez.
Marcus abrió fuego.
Las luces explotaron.
Emily cayó de rodillas junto a Ruth.
—Mírame.
Ruth jadeaba.
La bala había entrado cerca del hombro.
Sangre.
Demasiada.
—Presiona aquí.
Emily arrancó tela de su propia camisa.
Aplicó presión.
—Quédate conmigo.
Ruth la agarró de la muñeca.
—El roble.
—Luego.
—Emily.
—Luego.
—Escúchame.
Ruth apretó sus dedos.
—La caja.
Emily sintió que algo caliente recorría su brazo.
Pensó que era sangre.
No.
Venía de dentro.
Las venas de su muñeca comenzaron a brillar bajo la piel.
Una línea roja.
Luego otra.
Ruth abrió los ojos.
—No.
Emily miró.
Las marcas se extendían por su brazo.
Adrian apareció.
Su rostro cambió al verlas.
—Todos atrás.
Emily levantó la mirada.
—¿Qué está pasando?
Adrian retrocedió un paso.
El rey vampiro.
El hombre que había enfrentado armas sin pestañear.
Retrocedió de ella.
—La Herencia.
Emily sintió calor en el pecho.
Su corazón golpeó una vez.
Dos.
Luego se detuvo.
Completamente.
Emily abrió la boca.
No podía respirar.
Ruth gritó su nombre.
Adrian llegó a ella.
—Mírame.
Emily intentó.
Todo se volvió rojo.
Podía escuchar.
No solo voces.
Corazones.
Marcus.
Rápido.
Ruth.
Débil.
Los hombres arriba.
Muchos.
Y Adrian.
Su corazón…
Emily frunció el ceño.
No había ninguno.
Entonces escuchó otra cosa.
Una voz.
Dentro de su cabeza.
Una mujer.
Emmy.
Emily cayó.
Adrian la sostuvo.
Las marcas bajo su piel subieron por el cuello.
—No luches —dijo.
—No puedo…
—Mírame.
Sus ojos se encontraron.
Rojo contra verde.
Y durante un segundo Emily vio un recuerdo que no era suyo.
Una habitación.
Sarah gritando.
Un bebé inmóvil.
Adrian cortándose la muñeca.
Sangre sobre labios diminutos.
Un latido.
Luego otro.
Sarah llorando.
Adrian sosteniendo al bebé.
Y alguien observando desde la puerta.
Ruth.
No.
No Ruth.
Un hombre.
Alto.
Cabello oscuro.
Un anillo con el símbolo de Vale.
Emily volvió en sí.
Jadeó.
Su corazón comenzó otra vez.
Adrian la miró.
—¿Qué vio?
Emily levantó lentamente la cabeza.
—Había otro hombre.
Adrian palideció.
—¿Quién?
—Llevaba tu anillo.
—Muchos miembros de mi casa lo llevaban.
Emily negó.
—Se parecía a ti.
Adrian quedó inmóvil.
Ruth comenzó a llorar.
—No.
Adrian la miró.
—Ruth.
Ella cerró los ojos.
—No debería saberlo.
Emily se incorporó.
—¿Quién era?
Ruth apretó los labios.
Adrian habló.
—Mi hermano.
Emily miró entre ambos.
—¿Tienes un hermano?
—Tenía.
—Murió en 1998.
Ruth negó.
—No murió.
Adrian parecía incapaz de procesarlo.
—Yo vi el cuerpo.
—Viste un cuerpo.
Silencio.
Adrian dio un paso hacia Ruth.
—¿Dónde está Nathaniel?
Antes de que ella respondiera, algo explotó en el exterior.
El sótano tembló.
Marcus gritó:
—¡Tenemos que movernos!
Emily se puso de pie.
—El roble.
Adrian entendió.
Salieron por las escaleras mientras el equipo defendía la propiedad.
El viejo roble estaba detrás de la casa.
Emily había trepado ese árbol cientos de veces.
Ruth le había enseñado a atarse los zapatos bajo sus ramas.
Había enterrado allí un gato.
Había tenido allí su primer beso.
Y jamás había sabido que debajo podía existir una caja capaz de explicar su vida.
Emily corrió.
Adrian a su lado.
Marcus detrás.
Llegaron.
—¿Dónde? —preguntó Adrian.
Emily recordó el video.
Donde Ruth te llevaba a jugar.
Había una marca en el tronco.
E + R.
Ella la había tallado con once años.
—Aquí.
Cavaron.
Treinta centímetros.
Nada.
Cincuenta.
La pala golpeó metal.
Emily se arrodilló.
Retiró tierra.
Una caja negra.
Vieja.
Sellada.
La sacaron.
Tenía dos cerraduras.
Una normal.
Otra con una hendidura circular.
Emily miró su anillo.
—Claro.
Lo colocó.
Clic.
La caja se abrió.
Dentro había papeles.
Una cinta de video.
Tres fotografías.
Y un sobre.
En el frente:
PARA EMILY.
Ella lo abrió.
La letra coincidía con la del video.
Sarah.
“Mi querida Emmy:
Si lees esto, significa que fracasé en darte la única vida que quería para ti: una vida aburrida.
Espero que hayas tenido mañanas comunes.
Espero que hayas discutido por cosas pequeñas.
Espero que hayas trabajado demasiado, amado a personas equivocadas, reído con amigas, quemado alguna cena y tenido la libertad de creer que los monstruos solo existían en historias.
Porque una vida normal era el regalo más grande que podía darte.”
Emily tuvo que detenerse.
Adrian permaneció en silencio.
Ella siguió.
“Te mintieron sobre tu nacimiento.
Yo también.
No naciste Aster.
Te convertiste en Aster.”
Emily frunció el ceño.
Siguió leyendo.
“La sangre Aster no es una familia.
Es un estado.
Una adaptación.
Una respuesta del cuerpo humano a una sustancia que los Vale descubrieron siglos atrás.”
Adrian palideció.
Emily leyó más rápido.
“Tu padre biológico no fue Daniel Carter.
Daniel fue el hombre que te amó como hija antes de que nacieras.
El hombre que arriesgó todo por protegerte.
Pero no te dio su sangre.”
Emily dejó de respirar.
Adrian miró el papel.
Ella avanzó hasta la siguiente línea.
“Tu padre biológico fue el hombre que hizo posible tu nacimiento.”
Los dedos de Emily temblaron.
“Fue un vampiro.”
Adrian cerró los ojos.
Emily miró hacia él.
—No.
Él negó.
—No soy yo.
—¿Cómo lo sabes?
—Nunca estuve con Sarah.
Emily volvió a la carta.
“Su nombre era Nathaniel Vale.”
Adrian se quedó petrificado.
La noche pareció detenerse.
Emily sintió que su mente se negaba a ordenar las palabras.
Nathaniel.
El hermano de Adrian.
Vivo.
Presente en su nacimiento.
Su padre.
Siguió leyendo.
“Si Nathaniel sigue vivo, no lo busques.
Si Adrian está contigo, no permitas que su culpa decida por ti.
Adrian intentó salvarnos.
Pero hay algo que él nunca supo.
Nathaniel no trabajaba para Orison.
Nathaniel creó Orison.”
Adrian arrancó la mirada de la carta.
—No.
Marcus miró hacia el perímetro.
—Señor…
—No.
Emily terminó la última línea.
“Y si las marcas han aparecido en tu piel, entonces él ya sabe que estás despierta.”
El teléfono de Emily vibró.
Todos se congelaron.
Número desconocido.
Un mensaje.
UNA FOTO.
Emily la abrió.
Ruth estaba en una ambulancia.
Eso significaba que alguien seguía observando.
Debajo apareció un texto.
“HOLA, EMILY.
HAS CRECIDO EXACTAMENTE COMO TU MADRE ESPERABA.
Y EXACTAMENTE COMO YO NECESITABA.
— PAPÁ.”
Adrian miró la pantalla.
Su rostro perdió todo color.
Entonces llegó un segundo mensaje.
No texto.
Video en vivo.
Una habitación desconocida.
Sarah Carter estaba sentada frente a la cámara.
Viva.
Mayor.
Cansada.
Pero viva.
Un hombre entró detrás de ella.
Alto.
Cabello oscuro con gris en las sienes.
El mismo rostro de Adrian, solo ligeramente más duro.
Nathaniel Vale apoyó una mano en el hombro de Sarah.
Miró directamente a la cámara.
Sonrió.
Y sus ojos se volvieron rojos.
—Hola, hermanito.
Adrian dejó de respirar.
Nathaniel inclinó la cabeza.
—Devuélveme a mi hija.
Emily sintió que las marcas bajo su piel ardían otra vez.
La imagen se acercó a Sarah.
Ella levantó la cabeza.
Sus labios formaron tres palabras sin sonido.
Emily las leyó.
No soy tu madre.
La transmisión se cortó.
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