Rey Vampiro Encontró Una Chica Sin Hogar Durmiendo En Su Auto —Lo Que Ella Dijo Lo Hizo Arrodillarse
Rey Vampiro Encontró Una Chica Sin Hogar Durmiendo En Su Auto —Lo Que Ella Dijo Lo Hizo Arrodillarse
Cuando Adrian Blackwood abrió la puerta del viejo Honda cubierto de nieve, esperaba encontrar a una ladrona.
Encontró a una joven temblando debajo de tres chaquetas, con una llave inglesa agarrada contra el pecho y una fotografía arrugada entre los dedos.
Pero fue lo que ella dijo al reconocerlo lo que hizo que el hombre más temido de Colorado cayera de rodillas sobre el hielo.
—Mi madre me dijo que si alguna vez veía tus ojos… debía preguntarte por la habitación número trece.
Durante varios segundos, Adrian no respiró.
El viento de diciembre cruzó el estacionamiento de la pequeña gasolinera abandonada y levantó polvo de nieve alrededor de sus botas negras.
Dos de sus guardaespaldas permanecieron inmóviles detrás de él.
Ninguno entendió por qué su rey acababa de arrodillarse frente a una desconocida que dormía en un automóvil de veinte años.
Nadie sabía que la habitación número trece llevaba diecinueve años sellada.
Nadie sabía que solo tres personas habían conocido lo que ocurrió allí.
Y dos de ellas estaban muertas.
Adrian levantó lentamente la mirada.
La joven tendría unos veintidós años.
Quizá veintitrés.
Tenía el cabello castaño oscuro pegado a las mejillas por la humedad, una sudadera gris demasiado grande, pantalones gastados y botas que habían sido reparadas con cinta negra cerca del tobillo izquierdo.
No lloraba.
Eso fue lo primero que Adrian notó.
Estaba pálida.
Estaba congelándose.
Tenía las manos rojas por el frío.
Pero observaba cada salida del estacionamiento, calculaba la distancia hasta los hombres armados detrás de Adrian y mantenía la llave inglesa en una posición desde la cual podría golpear una rodilla antes de intentar escapar.
Inteligente.
Asustada, pero inteligente.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Adrian.
La joven vaciló.
—Emma Carter.
El apellido le golpeó con más fuerza que el viento.
Adrian miró otra vez la fotografía entre sus dedos.
—Enséñamela.
Emma apretó la mandíbula.
—Primero dime si conocías a mi madre.
—¿Cómo se llamaba?
—Rachel Carter.
El mundo se quedó en silencio.
No porque el viento hubiera parado.
No porque los camiones de la carretera interestatal hubieran dejado de rugir a la distancia.
Sino porque Adrian Blackwood había pasado diecinueve años intentando olvidar aquel nombre.
Rachel Carter.
La única mujer humana que había entrado voluntariamente al castillo Blackwood durante una guerra entre clanes.
La única que había salvado su vida sin pedir nada a cambio.
La única que una noche desapareció dejando sangre en un pasillo, una ventana abierta y una habitación sellada desde dentro.
Adrian extendió la mano.
—La conocía.
Emma estudió su rostro.
—Eso no responde mi pregunta.
Uno de los guardaespaldas, Mason Reed, dio un paso adelante.
—Señor, la temperatura está bajando. Deberíamos—
Adrian levantó dos dedos.
Mason calló inmediatamente.
Adrian mantuvo los ojos en Emma.
—Sí. Conocí a Rachel Carter.
—¿La querías?
La pregunta fue tan directa que Mason desvió la mirada.
El otro guardia, Cole Bennett, fingió revisar la carretera.
Adrian, en cambio, no se movió.
—Sí.
Emma tragó saliva.
—Entonces necesito saber por qué pasó los últimos diecinueve años escondiéndose de ti.
Aquello fue peor.
Mucho peor.
Adrian se puso de pie lentamente.
—Sal del auto.
Emma levantó la llave inglesa.
—No.
—Te estás congelando.
—He pasado noches peores.
—No esta noche.
—No sabes nada de mis noches.
Adrian miró la escarcha formada en el interior de las ventanas.
Una botella de agua medio congelada estaba en el portavasos.
En el asiento trasero había dos bolsas de supermercado.
Una contenía ropa.
La otra, latas de sopa, una linterna, un paquete de vendas y un viejo ejemplar de “Jane Eyre”.
Todo lo que Emma poseía parecía caber dentro de aquel automóvil.
—¿Cuándo fue la última vez que comiste algo caliente? —preguntó Adrian.
—No necesito caridad.
—No te ofrecí caridad.
—Entonces ¿qué?
Adrian la observó.
—Respuestas.
Por primera vez, la seguridad de Emma vaciló.
Solo un instante.
Luego miró a Mason y Cole.
—¿Y ellos?
—Harán lo que yo ordene.
—Eso dicen todos los hombres ricos antes de hacer algo horrible.
Mason dejó escapar una respiración que casi fue una risa.
Adrian le dirigió una mirada.
Mason recuperó inmediatamente la expresión de piedra.
Emma señaló a Adrian con la llave inglesa.
—Tú tampoco pareces exactamente un voluntario de refugio comunitario.
—No lo soy.
—¿Mafioso?
—No.
—¿Político?
—Peor.
—Eso fue sorprendentemente sincero.
Adrian casi sonrió.
Casi.
—Soy Adrian Blackwood.
—Ya sé quién eres.
Aquello lo sorprendió.
La mayoría de los humanos conocían el apellido Blackwood por las compañías, hoteles, clínicas privadas y propiedades que aparecían en revistas financieras.
Muy pocos sabían lo que significaba realmente.
—¿Qué sabes? —preguntó.
Emma bajó la vista hacia la fotografía.
—Lo suficiente para saber que no eres completamente humano.
Mason llevó la mano hacia el interior de su abrigo.
Emma reaccionó al instante.
Giró la llave inglesa.
Abrió la puerta del conductor.
Metió una mano debajo del asiento.
—Mason —dijo Adrian.
Una sola palabra.
El guardaespaldas se detuvo.
Emma sacó algo.
No era un arma.
Era un pequeño atomizador de plata.
Adrian reconoció el olor incluso antes de verlo.
Agua con nitrato de plata, ajo concentrado y verbena.
Una fórmula anticuada.
Poco eficaz contra vampiros viejos.
Pero suficiente para incapacitar a uno joven durante varios minutos.
Adrian arqueó una ceja.
—Tu madre te enseñó bien.
Emma lo miró con frialdad.
—Mi madre me enseñó que los monstruos más peligrosos suelen llevar trajes caros.
Mason volvió a mirar hacia otro lado.
Cole tosió para ocultar otra risa.
Adrian decidió que después tendría una conversación con ambos.
—¿Rachel está viva? —preguntó.
Emma bajó ligeramente el atomizador.
Y entonces Adrian vio algo distinto en su rostro.
No miedo.
Dolor.
Controlado.
Comprimido.
El tipo de dolor que uno aprende a guardar porque no puede permitirse desmoronarse.
—Murió hace seis semanas —respondió Emma.
Adrian sintió que algo antiguo se rompía dentro de él.
No se movió.
No pestañeó.
Pero la nieve bajo sus botas crujió cuando sus manos se cerraron.
—¿Cómo?
—Oficialmente, insuficiencia cardíaca.
—¿Y extraoficialmente?
Emma miró la carretera.
—Alguien entró en nuestra casa tres días antes.
Adrian quedó inmóvil.
—Continúa.
—No robaron dinero. No se llevaron la televisión. No tocaron mi computadora. Revolvieron únicamente el cuarto de mi madre.
—¿Qué buscaban?
—Ella nunca quiso decírmelo.
—¿Y después?
—Tres noches más tarde la encontré en la cocina.
Emma respiró por la nariz.
Una vez.
Despacio.
—Había preparado café. Dos tazas. Como si estuviera esperando a alguien.
Adrian endureció la mandíbula.
—¿Había señales de lucha?
—Una silla caída. Una copa rota. Nada más.
—¿Heridas?
—No visibles.
Adrian sintió cómo sus instintos despertaban.
—¿Qué dijo el médico?
—Ataque cardíaco.
—¿Le creíste?
Emma lo miró como si la pregunta fuera ofensiva.
—Mi madre corría cinco millas cada mañana.
Adrian volvió la vista hacia la fotografía.
—¿Qué te dejó?
Emma frunció el ceño.
—¿Cómo sabes que me dejó algo?
—Porque Rachel jamás confiaba en la suerte.
La joven permaneció en silencio.
Adrian continuó.
—Y porque si mencionó la habitación trece, sabía que algún día vendrías a buscarme.
Emma guardó el atomizador dentro del bolsillo de la puerta.
No soltó la llave inglesa.
—Me dejó tres cosas.
Adrian esperó.
—Una fotografía.
Le mostró la imagen.
Rachel tendría unos veinticinco años.
Estaba frente a una vieja casa de piedra.
Junto a ella había un hombre joven de cabello negro y ojos claros.
Adrian.
Diecinueve años antes.
Detrás de ambos se distinguía apenas una puerta marcada con un número metálico.
Adrian tomó la fotografía.
En el reverso había una frase escrita con la letra de Rachel.
“Cuando la mentira finalmente encuentre a Emma, llévala hasta él.”
Adrian leyó aquello dos veces.
—¿Cuál fue la segunda cosa?
Emma sacó una pequeña llave de latón que llevaba colgada al cuello.
Adrian la reconoció inmediatamente.
Era la llave de la habitación trece.
—¿Y la tercera?
Emma lo miró.
—Una advertencia.
—¿Cuál?
Emma guardó silencio durante un segundo demasiado largo.
—Que si tú intentabas llevarme al castillo Blackwood… debía correr.
Los ojos de Adrian se oscurecieron.
—¿Eso dijo?
—Exactamente.
—Entonces ¿por qué me buscaste?
Emma soltó una pequeña risa sin humor.
—No te busqué.
Adrian miró el automóvil.
—¿Crees que aparecer a nueve millas de mi propiedad fue casualidad?
—Estoy aquí porque mi auto murió.
—¿Dónde ibas?
—Denver.
—¿Desde dónde?
—Bozeman.
Montana.
Cientos de millas.
Adrian observó las placas del vehículo.
Montana.
—¿Por qué Denver?
—Trabajo.
—¿Qué trabajo?
—Entrevista en una firma de arquitectura.
—¿Dormías en el auto porque no había habitaciones disponibles?
—Dormía en el auto porque tenía cuarenta y siete dólares hasta el viernes.
Adrian miró el Honda.
Emma entendió la mirada.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Tu cara sí.
—¿Qué dice mi cara?
—“Voy a comprarle un hotel a esta pobre chica.”
Cole realmente tosió esta vez.
Adrian giró la cabeza.
—¿Necesitas atención médica, Cole?
—No, señor.
—Excelente.
Emma volvió a guardar la fotografía en su bolsillo.
—Mira, señor rey vampiro o empresario misterioso o lo que seas, agradezco que no hayas llamado a la policía. Mi automóvil arrancará cuando deje de hacer tanto frío.
—No lo hará.
—¿Ahora también eres mecánico?
Adrian señaló el suelo.
—Estás perdiendo anticongelante.
Emma miró debajo del auto.
Una mancha verde brillante se extendía sobre el hielo.
Cerró los ojos.
—Perfecto.
La palabra salió seca.
Sin lágrimas.
Sin dramatismo.
Solo cansancio.
Adrian conocía ese tipo de cansancio.
El cansancio de alguien que llevaba demasiado tiempo resolviendo cada desastre solo.
—Ven conmigo —dijo.
Emma lo miró.
—Mi madre dijo que corriera.
—Rachel también te dijo que me preguntaras por la habitación trece.
—Sí.
—No puede haber querido ambas cosas sin razón.
Emma apretó los labios.
Adrian añadió:
—Puedes conservar tu llave inglesa.
Ella lo observó durante tres segundos.
—¿Y el spray?
—También.
—¿Funcionaría contigo?
—No.
—¿Con ellos?
Mason carraspeó.
Adrian miró a Emma.
—Definitivamente.
Ella guardó el atomizador en el bolsillo de la sudadera.
—Eso mejora tu oferta.
Cinco minutos después, Emma estaba sentada en la parte trasera de un SUV negro blindado.
Su viejo Honda era remolcado por otro vehículo del convoy.
Adrian se sentó frente a ella.
Mason conducía.
Cole ocupaba el asiento delantero.
La calefacción llenó el interior.
Emma mantuvo las manos frente a la salida de aire hasta recuperar sensibilidad.
No preguntó por qué había tres SUV.
No preguntó por qué los hombres llevaban auriculares.
No preguntó por qué todos parecían reconocer a Adrian como si fuera algo más que un jefe.
Solo observaba.
Eso impresionó a Adrian.
A la mayoría de las personas les asustaba el poder.
A Emma parecía interesarle más entender su estructura.
Después de diez minutos, preguntó:
—¿Cuánta gente vive en tu casa?
—Depende de lo que consideres vivir.
—Eso suena innecesariamente siniestro.
—Setenta y tres.
Emma giró la cabeza.
—¿Setenta y tres?
—Personal, seguridad, familia extendida.
—¿Y vampiros?
Mason miró el espejo retrovisor.
Adrian respondió:
—Cuarenta y uno.
—Humanos.
—Treinta y dos.
—¿Y comen juntos?
Adrian parpadeó.
De todas las preguntas posibles, esa no estaba entre las primeras cien que había esperado.
—A veces.
—¿Los humanos saben?
—Sí.
—¿Y se quedan voluntariamente?
—Sí.
Emma apoyó la cabeza contra el asiento.
—Entonces mi madre omitió bastantes detalles.
—Rachel omitía detalles como otros respiran.
—Eso sí suena como ella.
Hubo un silencio.
Emma miró por la ventana.
Los pinos aparecían oscuros bajo la nieve.
—¿Cuándo la viste por última vez? —preguntó.
Adrian contempló su reflejo en el cristal.
—El 17 de octubre de 2007.
Emma giró inmediatamente.
—¿Recuerdas la fecha exacta?
—Recuerdo cada segundo.
La respuesta cambió algo en la expresión de Emma.
No confianza.
Todavía no.
Pero sí una pequeña grieta en la sospecha.
—¿Qué ocurrió?
—Todavía no lo sé.
—Eso no tiene sentido.
—Lo sé.
Adrian cruzó las manos.
—Rachel apareció en Blackwood Manor durante una tormenta. Estaba herida. Dijo que alguien la perseguía.
—¿Quién?
—Nunca me lo dijo.
—¿Y la dejaste quedarse?
—Durante nueve días.
—¿Solo nueve?
—La décima noche desapareció.
—¿Así de simple?
—No.
Adrian miró la llave colgada del cuello de Emma.
—Encontramos sangre en el corredor este. Una ventana abierta. La puerta de la habitación trece cerrada desde dentro.
—¿La abriste?
—No.
—¿Durante diecinueve años?
—No.
Emma soltó una risa incrédula.
—¿Por qué?
—Porque Rachel me pidió que no lo hiciera.
—¿En una nota?
—En persona.
Emma frunció el ceño.
—Dijiste que desapareció.
—La noche anterior me dijo: “Si mañana no estoy aquí, no abras esa habitación hasta que alguien vuelva con la llave.”
Emma tocó el pequeño objeto de latón.
—Yo.
—Eso parece.
—¿Y obedeciste diecinueve años?
Adrian la miró.
—Cuando Rachel Carter hablaba en serio, era mejor escuchar.
Emma sonrió.
Fue mínimo.
Pero ocurrió.
—Eso definitivamente suena como mi madre.
El convoy abandonó la carretera principal.
Dos grandes puertas de hierro aparecieron entre los árboles.
Emma se incorporó.
Las cámaras siguieron los vehículos.
Guardias armados abrieron el paso.
Más allá se extendía un camino de casi una milla bordeado por pinos y faroles bajos.
Entonces apareció Blackwood Manor.
No era exactamente un castillo.
Era peor.
Una enorme residencia de piedra oscura construida contra una montaña, con torres cuadradas, ventanales altos y alas modernas añadidas alrededor de la estructura histórica.
Emma miró el edificio.
—Eso no es una casa.
—Legalmente sí.
—Legalmente es una crisis de ego con calefacción central.
Mason volvió a toser.
Adrian suspiró.
—Mason.
—Perdón, señor.
El vehículo se detuvo frente a la entrada.
Emma no salió inmediatamente.
Miró los escalones.
Después las cámaras.
Después a Adrian.
—Una cosa.
—¿Sí?
—Si intento irme, ¿me dejarás?
—Sí.
—Sin hombres siguiéndome.
Adrian tardó medio segundo.
Emma lo notó.
—Eso fue demasiado lento.
—Te dejaré ir sin impedirlo.
—No fue lo que pregunté.
Adrian abrió la puerta.
—No puedo prometer que no te protegeré.
—No necesito protección.
—Rachel probablemente pensaba lo mismo.
Emma quedó quieta.
Adrian vio el impacto.
—Eso fue bajo —dijo ella.
—Fue eficaz.
Emma recogió su mochila.
—Empiezo a entender por qué mi madre te soportaba.
Dentro de la casa, el mármol del vestíbulo brillaba bajo enormes lámparas.
Emma miró una escalera doble.
Retratos antiguos.
Una chimenea de piedra.
Dos mujeres del personal atravesaron el corredor llevando ropa limpia.
Un niño pasó corriendo detrás de ellas con un dinosaurio de plástico.
Emma parpadeó.
El niño tenía colmillos.
—No esperaba eso.
—¿Qué cosa?
—Un vampiro de seis años con pijama de astronautas.
—Tiene siete.
—Ah. Mucho más aterrador.
El niño frenó al ver a Adrian.
—Tío Adrian.
—Ethan.
El pequeño miró a Emma.
—¿Es humana?
Emma respondió antes que Adrian.
—Los martes.
Ethan abrió mucho los ojos.
Adrian cerró los suyos un segundo.
—Ella es Emma.
—¿Puedes comer pizza?
—Puedo destruir una pizza entera.
—Entonces eres humana.
El niño siguió corriendo.
Emma miró a Adrian.
—Tu sistema de clasificación biológica necesita trabajo.
Adrian empezó a caminar.
—Ven.
Una mujer rubia de unos cincuenta años apareció al final del pasillo.
Su expresión cambió cuando vio a Emma.
—Adrian.
—Claire.
La mujer miró la ropa húmeda de la joven.
—¿Quién es?
Adrian sostuvo su mirada.
—Emma Carter.
El rostro de Claire perdió color.
Emma lo notó.
—Tú conocías a mi madre.
Claire abrió la boca.
Luego volvió a cerrarla.
Adrian la observó con atención.
—Claire.
—No aquí.
Fue suficiente para que Emma endureciera los hombros.
—No me gustan las frases “no aquí”.
Claire respiró.
—Entonces no te gustará esta casa.
Adrian habló con voz baja.
—Prepárale una habitación.
Emma negó.
—Primero quiero ver la trece.
—Necesitas comer.
—La habitación.
—Emma—
—Mi madre murió hace seis semanas. He conducido desde Montana. He dormido cuatro noches en un automóvil. Tengo una llave que ella escondió durante diecinueve años. No voy a dormir bajo este techo sin saber qué abre.
No había súplica en su voz.
Solo lógica.
Adrian miró a Claire.
Claire cerró los ojos.
—No puede ser.
Emma tomó la llave.
—Parece que sí.
Adrian se volvió hacia el corredor este.
—Vamos.
La casa cambió a medida que avanzaban.
Las áreas modernas desaparecieron.
El mármol dio paso a madera antigua.
Las luces se hicieron más tenues.
Los corredores se estrecharon.
Emma notó cámaras nuevas instaladas sobre puertas centenarias.
—¿Tanta seguridad para una habitación vacía?
—No era por la habitación —dijo Adrian.
—¿Entonces?
—Era para saber si alguien intentaba abrirla.
—¿Alguien lo hizo?
Adrian miró a Mason.
—Cuatro veces.
Emma se detuvo.
—¿Quién?
—No lo sabemos.
—¿Cuatro personas distintas?
—Cuatro intentos.
—¿Cuándo?
—El último, hace tres meses.
Emma sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.
—Tres meses antes de que mi madre muriera.
Adrian asintió.
Siguieron caminando.
Entonces llegaron.
La puerta era negra.
El número 13 seguía sujeto con dos pequeños tornillos de latón.
No parecía especial.
Eso la hacía más inquietante.
Emma levantó la llave.
Claire dio un paso atrás.
Adrian miró a Mason.
—Cierra el corredor.
—Sí, señor.
Emma introdujo la llave.
No giró.
Frunció el ceño.
—Está trabada.
Adrian se acercó.
—Gírala a la izquierda primero.
—¿Cómo sabes?
—Rachel era zurda.
Emma hizo lo indicado.
La llave hizo clic.
Luego giró hacia la derecha.
Un mecanismo interno se liberó.
La puerta se abrió cinco centímetros.
Un olor seco salió del interior.
Madera vieja.
Papel.
Lavanda.
Emma se congeló.
—Ese perfume.
Adrian la miró.
—¿Qué?
—Mi madre.
Empujó la puerta.
La habitación estaba cubierta de polvo.
Había una cama.
Una mesa.
Un armario.
Una silla frente a la ventana.
Y sobre la pared del fondo…
fotografías.
Decenas.
Emma entró lentamente.
Adrian la siguió.
La primera fotografía mostraba a Rachel.
La segunda también.
La tercera…
Emma.
Recién nacida.
Adrian dejó de caminar.
Emma se acercó.
Había una fotografía de una bebé envuelta en una manta azul.
Otra de Rachel sosteniéndola.
Otra de la niña durmiendo en una cuna.
Otra…
Adrian tomó aire.
En aquella imagen, Rachel estaba sentada en la cama de la habitación trece.
Sostenía a la bebé.
Junto a ella había una figura masculina.
La mitad del rostro había sido arrancada de la fotografía.
Emma sintió que el corazón golpeaba sus costillas.
—¿Quién es?
Adrian no respondió.
—¿Quién es?
—No puedo saberlo con certeza.
Emma se volvió.
—Mientes.
Adrian sostuvo la fotografía.
Solo quedaba un hombro.
Parte de una camisa blanca.
Una mano apoyada en el respaldo de la cama.
Un anillo negro.
Adrian conocía ese anillo.
También Claire.
La mujer se llevó una mano a la boca.
—Dios mío.
Emma miró entre ambos.
—¿Qué?
Claire susurró:
—Ese anillo pertenecía a la familia Blackwood.
Emma observó a Adrian.
—¿Tuyo?
—No.
Una pausa.
—De mi hermano.
Emma quedó inmóvil.
Adrian pronunció el nombre que llevaba casi dos décadas evitando.
—Julian.
La habitación pareció inclinarse.
Emma miró la fotografía otra vez.
—¿Tu hermano conocía a mi madre?
Claire respondió:
—Más que conocerla.
Adrian le lanzó una mirada.
—Claire.
—Ya no podemos ocultarlo.
Emma se volvió hacia ella.
—¿Ocultar qué?
Claire miró a Adrian.
Él permaneció en silencio.
Emma golpeó la fotografía contra su pecho.
—¿Ocultar qué?
—Julian y Rachel estaban juntos —dijo Claire.
Emma no respiró.
—¿Juntos cómo?
Nadie respondió.
Ella cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, su voz era tranquila.
—Voy a hacer una pregunta. Y quiero una respuesta clara.
Adrian asintió.
Emma levantó la fotografía de la bebé.
—¿Ese bebé soy yo?
—Sí.
—¿Julian Blackwood podría ser mi padre?
Silencio.
Emma bajó la mirada.
Una risa pequeña y amarga escapó de su garganta.
—Por supuesto.
Dejó la fotografía sobre la mesa.
—Por supuesto que esto tenía que ponerse peor.
—Emma—
—No.
Levantó una mano.
—Necesito treinta segundos.
Adrian guardó silencio.
Emma caminó hasta la ventana.
Apoyó ambas manos en el alféizar.
Miró la nieve.
Respiró.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Cuando se volvió, sus ojos estaban húmedos, pero ninguna lágrima cayó.
—Mi madre decía que mi padre murió antes de que yo naciera.
Adrian contestó:
—Julian desapareció dos semanas después de que Rachel se fuera de esta casa.
—¿Desapareció?
—Sí.
—¿No murió?
—Nunca encontramos un cuerpo.
Emma miró las fotografías.
—Entonces ella me mintió.
—Tal vez intentaba protegerte.
—La gente siempre dice eso después de descubrir una mentira.
Adrian aceptó el golpe.
Emma examinó la habitación.
Había cajones.
Libros.
Una maleta vieja.
—Ayúdame a buscar.
Claire habló:
—Emma, quizá deberías descansar.
—He descansado suficiente sin saber quién soy.
Abrió el primer cajón.
Vacío.
Segundo.
Papeles en blanco.
Tercero.
Una caja metálica.
Adrian se acercó.
Emma la sacó.
Tenía otro pequeño candado.
—¿Otra llave?
Adrian negó.
Emma examinó el mecanismo.
—No.
Sacó una horquilla del cabello.
Claire la miró.
—¿Sabes abrir cerraduras?
Emma comenzó a trabajar.
—Dormir en automóviles amplía tus habilidades.
Treinta segundos.
Clic.
La caja se abrió.
Dentro había una cinta de casete.
Emma la levantó.
—¿Esto es una broma?
Claire se acercó.
—Rachel odiaba los archivos digitales.
—Decía que todo lo conectado podía ser robado —murmuró Emma.
Adrian miró el casete.
Había una fecha.
17-10-2007.
La noche en que Rachel desapareció.
También había una palabra.
“ADRIAN.”
Emma lo observó.
—Es para ti.
Adrian tomó la cinta.
Su mano estaba completamente quieta.
Su voz no.
—Hay un reproductor en la biblioteca.
Cinco minutos después, estaban reunidos alrededor de una vieja máquina que uno de los empleados encontró en un armario.
Mason permaneció junto a la puerta.
Cole había sido enviado a revisar el Honda de Emma.
Claire se sentó.
Emma no.
Adrian colocó la cinta.
Presionó play.
Primero apareció un siseo.
Después…
la voz de Rachel.
Adrian cerró los ojos.
Diecinueve años desaparecieron en un instante.
“Adrian, si estás escuchando esto, significa que Emma finalmente llegó hasta ti.”
Emma dejó de respirar.
La voz continuó.
“No sé cuántos años tendrá cuando ocurra. No sé cuánto habré conseguido protegerla. Y no sé si todavía estarás dispuesto a perdonarme.”
Adrian miró al suelo.
“Pero antes de que hagas cualquier cosa, necesito que entiendas algo.”
Hubo una pausa.
Después Rachel dijo:
“No confíes en Julian.”
Claire palideció.
Emma miró a Adrian.
La grabación siguió.
“Sé lo que piensas. Sé que es tu hermano. Sé que me viste con él. Sé que probablemente creerás que Emma es su hija.”
Emma apretó el borde de la mesa.
“Eso es exactamente lo que él quería que pensaras.”
Adrian levantó la cabeza.
La cinta siseó.
Y Rachel pronunció seis palabras.
“Julian Blackwood no es su padre.”
Emma cerró los ojos.
Adrian quedó inmóvil.
Claire susurró:
—Entonces ¿quién…?
La grabación se interrumpió.
Un sonido.
Una puerta cerrándose.
La respiración acelerada de Rachel.
Después una voz masculina muy lejana.
Ininteligible.
Rachel regresó al micrófono.
Su tono había cambiado.
Más urgente.
“Adrian, no tengo tiempo.”
Ruido.
“Escúchame.”
La cinta crujió.
“Emma es importante no por quién fue su padre.”
Otra pausa.
“Sino por lo que ella es.”
Emma abrió los ojos.
“Si Julian descubre que sobrevivió, irá por ella.”
Adrian miró a Emma.
“Y si descubre la verdad sobre su sangre…”
La grabación se deformó.
Emma golpeó el reproductor.
—No.
El sonido volvió.
“…nunca estará segura.”
Un golpe en la cinta.
Después Rachel susurró:
“Perdóname.”
Fin.
Emma presionó play otra vez.
Nada.
Rebobinó.
Escucharon toda la cinta una segunda vez.
Luego una tercera.
No apareció nada más.
Emma se quedó mirando el aparato.
—“Lo que ella es”.
Adrian no respondió.
—¿Qué significa?
—No lo sé.
—¿Puedes dejar de decir eso?
—Preferiría mentirte, pero supongo que ya has tenido suficiente de eso.
Emma lo miró.
—Correcto.
Un golpe sonó en la puerta.
Cole entró.
Su rostro estaba tenso.
—Señor.
Adrian se volvió.
—¿Qué encontraste?
—El automóvil.
Cole miró a Emma.
—Alguien instaló un rastreador debajo del chasis.
Emma quedó inmóvil.
Adrian preguntó:
—¿Activo?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—No puedo saberlo todavía.
Emma tomó su mochila.
—Me voy.
Adrian bloqueó la salida.
No agresivamente.
Solo se colocó frente a la puerta.
—No.
—Dijiste que podía.
—Puedes. Pero ahora sabemos que alguien te siguió.
—Precisamente.
—Si sales sola, te encontrarán.
—Si me quedo aquí, los traeré hasta ustedes.
Adrian la miró con algo parecido a incredulidad.
—Emma, esta casa ha sobrevivido nueve guerras de clanes.
—¿Eso debía tranquilizarme?
—Sí.
—Falló.
Claire se levantó.
—El rastreador podría haber sido colocado hace semanas.
Emma negó.
—Revisé el auto antes de salir de Montana.
Cole la miró.
—¿Debajo del chasis?
—Trabajo ocasionalmente en un taller. Cambié aceite dos días antes de salir.
Adrian se acercó a Cole.
—Entonces fue instalado durante el viaje.
Emma enumeró:
—Dormí en Billings. Sheridan. Casper. Y anoche en un área de descanso al norte de Denver.
Cole tomó nota.
Mason habló desde la puerta.
—Podemos revisar cámaras de seguridad.
Emma guardó silencio.
Adrian la observó.
—¿Quién sabía que venías a Colorado?
—Nadie.
—¿Nadie?
—La firma donde tenía la entrevista.
—Nombre.
—Lawson & Pierce Architecture.
Mason ya estaba escribiendo.
Emma añadió:
—Y el propietario de mi apartamento sabía que me iba.
—¿Nombre?
—Donald Price.
—¿Familia?
Emma negó.
—No tengo.
La palabra quedó suspendida.
Adrian sintió un impulso extraño y furioso.
No lástima.
Algo más profundo.
Rachel había muerto.
La joven había enterrado a su madre.
Había empaquetado su vida en dos bolsas.
Condujo cientos de millas.
Durmió en un automóvil.
Y nadie había ido con ella.
Adrian miró a Mason.
—Quiero toda la información sobre cada persona que tuvo contacto con Emma desde la muerte de Rachel.
Emma intervino:
—No.
Adrian giró.
—¿No?
—No investigues mi vida sin preguntarme.
Claire arqueó una ceja.
Mason dejó de escribir.
Adrian sostuvo la mirada de Emma.
Nadie le hablaba así.
Nadie.
Pero Rachel sí lo había hecho.
Muchas veces.
Emma cruzó los brazos.
—Puedes ayudarme. Pero no vas a convertir esto en una jaula de oro.
Adrian respondió:
—Alguien te está cazando.
—Entonces dame información, no órdenes.
—Eres increíblemente terca.
—Eso también lo heredé de mi madre.
Adrian casi sonrió.
—Bien.
Miró a Mason.
—Solo datos relacionados con amenazas directas y con permiso de Emma para cualquier cosa personal.
Mason asintió.
Emma pareció sorprendida.
—Gracias.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
Aquella noche, Emma recibió una habitación en el ala oeste.
No era la suite más grande.
Ella la rechazó.
Eligió una habitación pequeña con una sola puerta y dos ventanas.
Adrian entendió por qué.
Más fácil de defender.
Claire le llevó ropa limpia que alguna empleada joven prestó.
Emma aceptó únicamente una camiseta, pantalones deportivos y calcetines.
Rechazó todo lo que pareciera nuevo.
—No quiero deberle nada a nadie —dijo.
Claire dejó la ropa sobre la cama.
—Aquí la gente no lleva cuentas por los calcetines.
Emma sonrió ligeramente.
—He conocido familias que llevan cuentas por mucho menos.
Claire se quedó mirándola.
—Rachel nunca habló de nosotros.
—No.
—¿Nunca?
—Nunca mencionó vampiros, castillos, Julian, Adrian… nada.
—¿Cómo explicaba las fotografías?
—No vi ninguna hasta que murió.
Claire se sentó en una silla.
Emma permaneció cerca de la ventana.
—¿Cómo era ella? —preguntó Claire.
Emma la miró sorprendida.
—Tú la conociste.
—Hace diecinueve años.
Emma bajó los ojos.
—Era obstinada.
Claire sonrió.
—Eso no cambió.
—Trabajaba como enfermera en una clínica rural. Turnos largos. Odiaba los tomates. Amaba las tormentas. Nunca compraba café caro porque decía que pagar seis dólares por algo que podía preparar en casa era una estafa legal.
Claire rio suavemente.
Emma continuó.
—Cantaba mal.
—Terriblemente.
—¿También lo hacía aquí?
—Constantemente.
Emma sonrió.
Luego la sonrisa desapareció.
—¿Ella amaba a Adrian?
Claire tardó demasiado.
Emma lo notó.
—No importa.
—Sí.
Emma levantó la mirada.
Claire habló con cuidado.
—Rachel lo amaba.
—¿Y Julian?
—Eso es más complicado.
—Todo aquí parece ser complicado.
Claire miró la puerta.
—Julian era encantador. Inteligente. Ambicioso. Siempre parecía saber exactamente qué necesitaba escuchar cada persona.
—¿Y Adrian?
Claire sonrió un poco.
—Adrian normalmente dice lo que nadie quiere escuchar.
—Lo he notado.
—Julian quería el trono.
Emma frunció el ceño.
—¿Literalmente?
—Nuestra sociedad conserva ciertas estructuras antiguas.
—¿Adrian es realmente rey?
—Sí.
Emma se frotó la frente.
—Mi semana continúa mejorando.
Claire soltó una risa.
Después su rostro se endureció.
—Hace diecinueve años, su padre murió. Adrian heredó el liderazgo. Julian no lo aceptó bien.
—¿Intentó derrocarlo?
—No abiertamente.
—Eso significa que sí.
Claire observó a Emma con aprobación.
—Exactamente.
—¿Y mi madre estaba en medio?
—No al principio.
—¿Cómo llegó aquí?
—Eso tendrás que preguntárselo a Adrian.
Emma asintió.
Claire se levantó.
—Intenta dormir.
—Probablemente no pueda.
—Entonces al menos come.
Sobre una mesa había sopa caliente, pan, pollo, fruta y café.
Emma miró la bandeja.
—¿Todo eso para mí?
—Adrian preguntó qué comían los humanos cuando estaban exhaustos.
Emma soltó una carcajada corta.
—¿Y alguien respondió “todo el supermercado”?
—Básicamente.
Claire llegó a la puerta.
Emma habló.
—Claire.
La mujer se volvió.
—¿Sí?
—¿Tienes miedo de mí?
La pregunta la sorprendió.
—¿Por qué tendría?
—Desde que escuchaste la grabación no has dejado de mirar mis manos.
Claire bajó la vista.
Emma continuó.
—Adrian también.
Claire tardó un segundo.
—No es miedo.
—¿Entonces?
—Curiosidad.
—Eso fue una respuesta diplomática.
Claire sonrió.
—Viví ochenta y nueve años. Aprendí algunas.
Emma la observó salir.
Después cerró la puerta.
Puso una silla debajo del picaporte.
Comió la sopa.
Guardó el pan extra en su mochila.
Luego se quedó mirando la nieve.
No sabía que Adrian estaba en el piso inferior, revisando una vieja caja fuerte que no había abierto en dieciocho años.
Mason entró en el despacho.
—Encontramos algo.
Adrian no levantó la cabeza.
—Habla.
—El rastreador usa tecnología reciente. Transmite a través de una red privada.
—¿Origen?
—Una empresa fantasma.
—Naturalmente.
—Pero hubo un error.
Adrian levantó los ojos.
—¿Cuál?
—Uno de los servidores hizo una conexión hace cuarenta minutos.
Mason colocó una tableta sobre el escritorio.
—Desde una propiedad en Aspen.
Adrian vio la dirección.
Su rostro cambió.
—Eso es imposible.
—La propiedad está registrada bajo una compañía de Delaware.
—Sé quién vivía ahí.
Mason guardó silencio.
Adrian se levantó.
La casa de Aspen había pertenecido a Julian.
Antes de desaparecer.
—Envía un equipo.
—Ya está en camino.
—Discreto.
—Sí.
Mason no se movió.
Adrian lo miró.
—¿Algo más?
—La firma donde Emma tenía la entrevista.
—¿Qué pasa con ella?
—No existe.
Adrian quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Lawson & Pierce Architecture cerró hace ocho meses.
—Emma recibió una entrevista.
—Alguien recreó su sitio web. Correos. Número telefónico. Perfiles profesionales. Todo falso.
Adrian miró hacia el techo, como si pudiera ver a Emma dos pisos arriba.
—Querían que viniera a Colorado.
—Exactamente.
Adrian cerró la caja fuerte.
—Y dejaron que creyera que fue idea suya.
Mason asintió.
—¿Se lo decimos?
—Sí.
—Ahora.
Adrian pensó.
Emma acababa de perder a su madre.
Acababa de descubrir que casi toda la historia de su nacimiento era mentira.
Y ahora descubriría que la única oportunidad laboral que creía tener también era una trampa.
—Sí —repitió—. Ahora.
Subió.
Golpeó la puerta.
—Emma.
—Un segundo.
Escuchó movimiento.
La silla raspó el suelo.
La puerta se abrió solo unos centímetros.
Emma llevaba la llave inglesa.
Adrian miró el objeto.
—¿Duermes con eso?
—Ha demostrado ser más fiable que muchas personas.
—Necesito mostrarte algo.
Emma vio su expresión.
Abrió la puerta.
Adrian entró.
Le entregó la tableta.
Emma leyó.
No reaccionó al principio.
Leyó una segunda vez.
Luego encontró la página archivada de Lawson & Pierce.
“Permanently closed.”
Sus dedos se tensaron.
—No.
—Lo siento.
—Hablé con una mujer.
—Probablemente usó un nombre falso.
—Me entrevistó por video.
—Tenemos gente intentando identificarla.
Emma caminó hacia la cama.
Se sentó.
No lloró.
Solo miró sus propias manos.
—Me eligieron.
Adrian guardó silencio.
—No vine porque alguien me obligara. Revisé trabajos durante semanas. Envié treinta y ocho solicitudes.
Levantó los ojos.
—Ellos respondieron.
—Sí.
—Me hicieron creer que finalmente alguien había visto mi portafolio.
Adrian sintió rabia.
No contra ella.
Contra quien hubiera diseñado aquello.
Porque no habían usado miedo para moverla.
Habían usado esperanza.
Y eso era mucho más cruel.
Emma se levantó otra vez.
—¿Dónde estaba la oficina?
—El edificio existe.
—Entonces mañana vamos.
—No.
Emma lo miró.
—¿Perdón?
—Podría ser una emboscada.
—Precisamente por eso debemos ir.
—Enviaré hombres.
—Estaban intentando atraerme a mí.
Adrian cruzó los brazos.
—Y quieres ayudarles.
—Quiero saber quién aparece cuando creen que mordí el anzuelo.
—No.
—No eres mi padre.
La frase cayó con más fuerza de lo esperado.
Adrian quedó completamente quieto.
Emma también notó algo en su reacción.
—Lo siento.
—No tienes por qué.
—No debí—
—Tienes razón.
Emma respiró.
—Entonces iremos.
—No dije eso.
—Eres agotador.
—Me lo han dicho.
—Principalmente mujeres, supongo.
—Principalmente Claire.
Emma caminó hasta la ventana.
—Si esperamos, sabrán que algo salió mal.
Adrian no respondió.
—Si aparezco en la entrevista como estaba previsto, todavía podemos controlar la situación.
—No.
—Adrian.
—Podrían dispararte desde un edificio vecino.
—¿Las balas matan vampiros?
—Las suficientes, sí.
—Excelente. Entonces tampoco eres invencible.
—Eso no ayuda a tu argumento.
Emma se volvió.
—Escúchame. Quien hizo esto sabe mi nombre, mi historial laboral y dónde vivía. Sabe que mi madre murió. Probablemente sabe que estoy aquí.
Señaló la tableta.
—La única ventaja que tenemos es que creen que sigo ignorándolo.
Adrian sostuvo su mirada.
Ella tenía razón.
Eso lo irritó aún más.
—No estarás sola.
—No esperaba que aceptaras tanto.
—No he aceptado.
—Tu cara sí.
Adrian recordó lo que ella había dicho en el auto.
Suspiró.
—Dormirás cuatro horas.
—Tres.
—Cuatro.
—Tres y media.
—Cuatro.
Emma extendió una mano.
—Trato.
Adrian la miró.
—¿Estás negociando tu horario de sueño conmigo?
—Estoy intentando que practiques compromisos.
Adrian estrechó su mano.
Y algo ocurrió.
Un pulso.
No eléctrico.
No exactamente.
Calor.
Adrian soltó su mano inmediatamente.
Emma también.
Los dos se miraron.
—¿Qué fue eso? —preguntó ella.
Adrian no respondió.
Su corazón llevaba siglos latiendo apenas lo necesario.
Ahora golpeaba violentamente.
Una vez.
Dos.
Tres.
Mason apareció en el corredor.
—Señor.
Adrian seguía mirando la mano de Emma.
—¿Qué?
—El equipo llegó a Aspen.
—¿Y?
Mason estaba pálido.
—Encontraron un cadáver.
Emma salió de la habitación.
—¿Quién?
Mason miró a Adrian.
—No sabemos.
—¿Humano? —preguntó Adrian.
—Vampiro.
Silencio.
—¿Cuánto tiempo muerto?
—Parece reciente.
—¿Identificación?
Mason tragó saliva.
—Encontraron un anillo.
Emma miró inmediatamente la fotografía que había llevado consigo.
El anillo negro.
Adrian habló muy bajo.
—¿El anillo de Julian?
Mason asintió.
Emma se acercó.
—¿Encontraron a Julian?
—No podemos saberlo todavía.
—Necesito verlo.
—Emma—
—Si mi madre pasó diecinueve años huyendo de él, necesito saber si está muerto.
Adrian la miró.
—Te quedarás aquí.
Emma negó lentamente.
—No.
—Mañana tenemos otra prioridad.
—Tú dijiste que nadie me mantendría prisionera.
—Y no lo haré.
—Entonces voy.
Adrian la observó.
—¿Siempre eres así?
—Solo cuando alguien intenta decidir mi vida por mí.
Hubo un silencio.
Después Adrian preguntó:
—¿Qué quieres hacer?
Emma respondió sin vacilar.
—Primero la entrevista falsa. Después Aspen.
Adrian arqueó una ceja.
—Acabas de recuperar el control de la operación.
—Gracias.
—No fue un cumplido.
—Lo aceptaré igual.
A las ocho de la mañana siguiente, Emma llevaba un traje gris que Claire había encontrado en su talla.
No era caro.
Emma se negó al primero que le ofrecieron cuando descubrió la etiqueta.
—No pienso presentarme a una trampa usando un traje de tres mil dólares.
—¿Por qué? —preguntó Claire.
—Porque si termino saltando una cerca, quiero poder ensuciarlo sin sentir culpa.
Adrian apareció en la puerta.
Traje negro.
Abrigo oscuro.
Sin corbata.
Emma lo examinó.
—Tú sí pareces vestido para una emboscada.
—Es mi ropa habitual.
—Eso es un problema distinto.
Mason entregó a Emma un pequeño auricular.
—Tienes comunicación directa con nosotros.
—¿Micrófono?
—Sí.
—¿Rastreador?
Mason vaciló.
Emma levantó una ceja.
—Uno autorizado —dijo.
—Bien.
Adrian la observó.
—Entras. Te sientas. Si algo parece extraño, sales.
—Todo parece extraño.
—Más extraño.
—Eso es subjetivo.
Adrian se acercó.
—Emma.
Ella perdió la sonrisa.
Él habló en voz baja.
—No necesitas demostrar nada.
—No estoy intentando demostrar nada.
—Entonces no seas valiente por orgullo.
Emma lo miró.
—Mi madre decía lo mismo.
Adrian endureció el rostro.
—Rachel era más inteligente que ambos.
—En eso estamos de acuerdo.
El edificio estaba en las afueras de Denver.
Moderno.
Cristal.
Acero.
La supuesta oficina de Lawson & Pierce ocupaba el cuarto piso.
Emma entró sola.
Adrian observaba las cámaras desde una camioneta estacionada a media cuadra.
Mason estaba junto a él.
Cole controlaba otra salida.
Emma llegó al ascensor.
—¿Me escuchan?
—Perfectamente —dijo Mason.
—Bien.
Adrian tomó el micrófono.
—No improvises.
Emma respondió:
—Eso es exactamente lo que alguien dice justo antes de que algo obligue a improvisar.
Las puertas se abrieron.
Cuarto piso.
Recepción vacía.
Una mujer estaba sentada detrás de un escritorio.
Cabello rubio.
Traje azul.
Emma la reconoció.
La entrevistadora del video.
—Señorita Carter —dijo la mujer sonriendo—. Me alegra que haya venido.
Emma sonrió también.
—Yo también.
Desde la camioneta, Mason buscó el rostro en una base de datos.
—Sin coincidencias.
Adrian observó la pantalla.
—Amplía.
Emma se sentó.
—¿La señora Pierce está aquí?
—Llegará pronto.
La mujer le ofreció agua.
Emma no tocó el vaso.
—¿Tuviste buen viaje desde Montana?
—Largo.
—¿Dónde te alojas?
Emma sonrió.
—En casa de una amiga.
La mujer sonrió también.
—Pensé que no tenías familiares ni amigos en Colorado.
Emma sintió que algo se endurecía en el pecho.
Eso no estaba en su solicitud.
—Hice amigos rápido.
En la camioneta, Adrian habló.
—Sal.
Emma ignoró la orden.
Miró un portarretratos sobre el escritorio.
Una fotografía de Denver.
Nada raro.
Luego miró el reloj de pared.
No funcionaba.
11:16.
Congelado.
Las plantas eran falsas.
No había computadoras conectadas.
No había papeleras.
No había café.
Era un escenario.
Emma se puso de pie.
—Disculpa. Dejé mi portafolio en el auto.
La mujer también se levantó.
—No será necesario.
Emma giró.
Dos hombres aparecieron desde un corredor lateral.
Adrian abrió la puerta de la camioneta.
Mason lo detuvo.
—Equipo entrando.
Emma retrocedió.
—Interesante proceso de contratación.
La mujer dejó de sonreír.
—Solo queremos hacerte unas preguntas.
—Podrían haber enviado un correo.
—Sobre tu madre.
Emma se quedó quieta.
—¿Qué quieren saber?
—Qué te dejó.
—Deudas.
—Emma.
—Facturas médicas.
Uno de los hombres avanzó.
Emma levantó ambas manos.
—Tranquilo.
La mujer dijo:
—La llave.
Emma inclinó la cabeza.
—¿Qué llave?
—No hagas esto difícil.
Emma escuchó a Adrian en el auricular.
—Tres segundos.
Ella miró las ventanas.
El hombre de la izquierda estaba más cerca.
El de la derecha bloqueaba el corredor.
La mujer tenía una mano dentro del escritorio.
Emma respondió:
—Mi madre me dejó una receta de pastel de manzana. ¿Eso sirve?
El hombre avanzó.
Dos segundos.
Emma dio un paso hacia atrás.
Un segundo.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Nada.
Vacías.
Los hombres miraron.
Emma no.
Sabía que era distracción.
La puerta contra incendios explotó hacia dentro.
Mason entró primero.
Cole detrás.
Dos guardias más.
La mujer metió la mano debajo del escritorio.
Emma lanzó la silla.
Golpeó sus rodillas.
La mujer cayó.
Adrian apareció por el corredor.
Uno de los hombres intentó sacar un arma.
No llegó a hacerlo.
Adrian cruzó la habitación tan rápido que Emma apenas vio el movimiento.
Un segundo el hombre estaba de pie.
Al siguiente estaba contra la pared, inmovilizado por Adrian.
Emma parpadeó.
—Bien.
Adrian miró al hombre.
Sus ojos ya no parecían humanos.
—¿Quién te envió?
El hombre sonrió.
—Llegas tarde, Majestad.
Emma miró a Adrian.
El título era real.
Adrian apretó la mandíbula.
—Nombre.
—Ella ya está despierta.
Adrian se congeló.
—¿Quién?
El hombre rio.
Y mordió algo escondido entre sus dientes.
Mason reaccionó.
Demasiado tarde.
El hombre se desplomó.
Emma retrocedió.
—¿Qué hizo?
—Veneno —dijo Mason.
—¿Muerto?
Mason comprobó el pulso.
—Sí.
La mujer detrás del escritorio intentó levantarse.
Emma puso un pie sobre el cajón abierto.
—No.
La mujer la miró.
—No sabes con qué estás jugando.
Emma respondió:
—Eso parece ser un problema recurrente esta semana.
Adrian se acercó.
—¿Quién está despierta?
La mujer sonrió.
—Pregúntale a Claire.
Adrian quedó inmóvil.
Emma lo miró.
—¿Qué significa eso?
La mujer continuó.
—Pregúntale qué guardan debajo de Blackwood Manor.
Adrian agarró a la mujer por el cuello de la chaqueta.
—Habla.
Ella sonrió más.
—Pregúntale por Evelyn.
Adrian la soltó como si hubiera tocado fuego.
Emma observó su rostro.
—¿Quién es Evelyn?
Adrian no respondió.
Emma se volvió hacia Mason.
—¿Quién es?
Mason miró el suelo.
—No lo sé.
Adrian habló.
—Nos vamos.
Emma no se movió.
—No.
—Ahora.
—No hasta que—
Una alarma comenzó a sonar.
Mason miró su dispositivo.
—Incendio.
Humo apareció por debajo de una puerta.
Cole gritó:
—¡Salida oeste!
Todo ocurrió rápido.
Guardias arrastraron a los dos detenidos.
Emma corrió hacia la escalera.
Adrian permaneció detrás de ella.
El humo llenó el corredor.
Alguien había preparado el incendio.
No para matar.
Para borrar.
Llegaron al tercer piso.
Un estallido sacudió el edificio.
Emma perdió el equilibrio.
Adrian la agarró antes de que cayera.
Sus manos se tocaron.
Otra vez.
El mismo pulso.
Pero esta vez fue más fuerte.
Emma gritó.
No de dolor.
De sorpresa.
Una onda invisible atravesó la escalera.
Las luces explotaron.
Adrian fue lanzado contra la pared.
Emma cayó de rodillas.
Durante un instante, algo brilló debajo de la piel de su mano.
Una línea plateada.
Como luz bajo hielo.
Mason la vio.
Adrian también.
Emma miró sus dedos.
—¿Qué demonios…?
Adrian agarró su muñeca.
—Tenemos que salir.
—¿Qué fue eso?
—Ahora no.
—¡Adrian!
—Emma, ahora.
Salieron del edificio segundos antes de que las ventanas del cuarto piso estallaran.
Bomberos llegaban.
Sirenas.
Humo.
Gente corriendo.
Emma se apoyó en el SUV.
Miró sus manos.
La luz había desaparecido.
Adrian se acercó.
—¿Te duele?
—No.
—¿Mareo?
—No.
—¿Fiebre?
—No.
Emma levantó los ojos.
—Quiero respuestas.
—Yo también.
—Tú viste lo que pasó.
—Sí.
—¿Qué fue?
Adrian tardó demasiado.
—Algo que no debería existir.
Emma soltó una risa seca.
—Perfecto.
Mason llegó corriendo.
—Señor, tenemos otro problema.
—¿Cuál?
—Claire no contesta.
Adrian cambió.
No físicamente.
Pero toda su presencia se volvió peligrosa.
—Llama a seguridad de la casa.
Mason lo hizo.
Silencio.
Intentó otra vez.
Nada.
Adrian tomó las llaves.
—Nos vamos.
El convoy recorrió la carretera a una velocidad que habría terminado con cualquier licencia humana.
Emma estaba atrás junto a Adrian.
—¿Quién es Evelyn?
—Mi madre.
Emma lo miró.
—¿Tu madre?
—Murió hace setenta y cuatro años.
—Entonces ¿por qué esa mujer dijo que estaba despierta?
—No lo sé.
—¿Qué hay debajo de tu casa?
Adrian permaneció en silencio.
Emma exhaló.
—No vuelvas a hacer esto.
—¿Qué?
—Cerrar la boca cuando la verdad se vuelve incómoda.
Adrian la miró.
Emma continuó.
—Mi madre hizo eso toda mi vida. Ahora está muerta y yo tengo que reconstruir su historia siguiendo migas de pan dejadas para un vampiro que se niega a contarme cosas.
Aquello golpeó.
Adrian miró por la ventana.
—Hay criptas debajo de la casa.
—¿Criptas?
—Blackwood Manor fue construido sobre una fortaleza anterior.
—¿Qué guardan ahí?
—Los muertos de mi familia.
—¿Incluida Evelyn?
—Sí.
Emma se quedó callada.
Luego:
—¿Los vampiros muertos pueden despertar?
—No.
—Eso sonó bastante definitivo.
—Porque lo es.
—Entonces alguien miente.
—Sí.
Llegaron a las puertas.
Estaban abiertas.
Eso era peor que encontrarlas cerradas.
Dos guardias estaban inconscientes.
Vivos.
Mason frenó.
Adrian salió antes de que el vehículo se detuviera completamente.
Emma fue detrás.
—Quédate—
Adrian vio su expresión.
No terminó la frase.
Entraron.
El vestíbulo estaba vacío.
Una mesa rota.
Cristales.
Nada de sangre.
Emma miró hacia arriba.
—Claire.
Corrieron.
La encontraron en la biblioteca.
Sentada en el suelo.
Aturdida.
Pero viva.
Adrian cayó a su lado.
—Claire.
Ella abrió los ojos.
—Se llevaron la caja.
—¿Qué caja?
Claire miró a Emma.
—La de Rachel.
Emma sintió hielo en la espalda.
—¿De la habitación trece?
Claire asintió.
—Había otra.
Adrian se quedó quieto.
—¿Otra caja?
—Debajo del suelo.
Emma se acercó.
—¿Tú sabías?
Claire cerró los ojos.
—Sí.
—¿Y no nos dijiste?
—Rachel me hizo prometerlo.
Emma se rio sin humor.
—Estoy empezando a odiar las promesas de mi madre.
Adrian ayudó a Claire a levantarse.
—¿Qué había dentro?
Claire miró a Emma.
—Muestras de sangre.
Silencio.
Emma palideció.
—¿De quién?
—Tuyas.
Emma dio un paso atrás.
—¿Cómo tendría mi sangre si yo era un bebé?
—Rachel tomó muestras antes de irse.
—¿Para qué?
Claire miró a Adrian.
—Porque sabía que algún día alguien intentaría encontrarte por lo que llevabas dentro.
Emma miró sus manos.
La línea plateada había desaparecido.
—¿Qué llevo dentro?
Claire se acercó.
—No lo sabemos.
—Eso ya no me sirve.
—Emma—
—No.
La joven señaló a Adrian.
—Él sabe cosas que no me cuenta. Tú sabes cosas que no me cuentas. Mi madre sabía cosas que nunca me contó. Y alguien acaba de incendiar un edificio para secuestrarme.
Respiró.
—Se acabó.
Adrian habló bajo.
—Tienes razón.
Claire lo miró.
Él continuó.
—Nada más de secretos.
Emma sostuvo su mirada.
—Empieza por Julian.
Adrian asintió.
—Julian creía que los vampiros estaban desapareciendo.
—¿Desapareciendo?
—Nuestra especie tiene cada vez menos nacimientos.
—¿Y?
—Buscaba una manera de cambiarlo.
Emma comenzó a comprender.
—Experimentación.
Adrian no respondió.
No hacía falta.
—¿Con humanos?
—Sí.
Emma sintió náuseas.
—¿Mi madre?
—Rachel era enfermera. Descubrió algo que Julian hacía.
Claire añadió:
—Una clínica privada.
—¿Qué clase de clínica?
Adrian habló.
—Fertilidad.
Emma quedó helada.
—Dios.
—Rachel reunió evidencia.
—Y huyó.
—Sí.
—¿Por eso llegó aquí?
—Sí.
Emma caminó hasta una silla.
No se sentó.
—¿Y estaba embarazada?
Adrian asintió.
—Creemos que sí.
—¿Julian era el padre?
—Rachel aseguraba que no.
—Entonces ¿quién?
Adrian guardó silencio.
Emma golpeó el respaldo de la silla.
—Dijiste nada más de secretos.
—No es un secreto.
—Entonces habla.
Adrian la miró.
—Yo no sé quién era tu padre.
Emma frunció el ceño.
—Pero sospechas algo.
—Sí.
—¿Qué?
Adrian miró a Claire.
Ella cerró los ojos.
Emma sintió que el aire cambiaba.
—Adrian.
Él habló.
—La noche antes de desaparecer, Rachel vino a mi habitación.
Emma esperó.
—Estaba aterrada.
—¿Por Julian?
—Sí.
—¿Qué dijo?
Adrian tragó saliva.
—Dijo que Julian había alterado algo antes de que ella supiera que estaba embarazada.
—¿Alterado qué?
—Su sangre.
Emma dejó de moverse.
—No.
Claire susurró:
—Rachel temía que tú no fueras completamente humana.
Emma miró sus propias manos.
—Pero tampoco soy vampiro.
Adrian negó.
—Puedes caminar bajo el sol.
—Como comida.
—Tu corazón late normalmente.
—Entonces ¿qué soy?
Nadie respondió.
Y por primera vez desde que había llegado a Blackwood Manor, Emma pareció verdaderamente asustada.
No gritó.
No lloró.
Solo preguntó:
—¿Esto fue lo que él quiso decir con “ella ya está despierta”?
Adrian negó lentamente.
—No lo sé.
Mason entró.
—Señor.
—¿Ahora qué?
—El equipo de Aspen confirmó la identidad del cadáver.
Emma giró.
—¿Julian?
Mason negó.
—No.
Adrian endureció el rostro.
—¿Quién?
—Peter Sloan. Uno de los antiguos investigadores de Julian.
Emma respiró.
—Entonces pusieron el anillo de Julian en el cadáver.
—Para que creyéramos que estaba muerto —dijo Adrian.
Mason asintió.
—Hay más.
Adrian lo miró.
—Encontraron un sótano oculto.
—¿Qué había?
Mason sostuvo una tableta.
—Archivos.
Emma se acercó.
—¿Sobre mi madre?
—Sí.
—¿Sobre mí?
Mason dudó.
—Cientos.
Emma tomó la tableta.
Había fotografías.
Emma a los seis años.
Emma caminando hacia la escuela.
Emma a los once.
Emma con Rachel en una feria.
Emma a los dieciséis.
Emma saliendo de la universidad.
Emma trabajando en un café.
Emma entrando al hospital seis semanas antes.
La noche en que Rachel murió.
Emma dejó de deslizar.
—Me observaron toda mi vida.
Adrian miró las imágenes.
Algo oscuro cruzó sus ojos.
—Sí.
Emma encontró una carpeta.
“SUBJECT E.”
Fecha de creación: 2007.
Actualizada hacía cuatro días.
—Cuatro días —susurró.
Adrian se acercó.
Dentro había análisis médicos.
Pruebas genéticas.
Registros escolares.
Notas.
“Sin síntomas.”
“Desarrollo normal.”
“Exposición solar tolerada.”
“Respuesta regenerativa no confirmada.”
Emma leyó esa última línea.
—¿Regenerativa?
Claire la miró.
—¿Alguna vez te has roto un hueso?
—No.
—¿Heridas graves?
—Una vez me corté el brazo con vidrio.
—¿Cuánto tardó en sanar?
Emma pensó.
—Una semana.
Adrian la miró.
—¿Cuántos puntos?
—Doce.
Claire palideció.
—Doce puntos no desaparecen en una semana.
Emma levantó la manga.
No había cicatriz.
—Pensé que había tenido suerte.
Mason encontró otro archivo.
—Hay un video.
Emma presionó play.
Era reciente.
Una cámara de hospital.
Rachel estaba sentada en una cama.
Tres días antes de morir.
Una doctora entró.
Emma reconoció a la mujer.
La misma que la había entrevistado para el trabajo.
—Esa es ella.
Adrian miró el video.
La doctora se acercó a Rachel.
No había audio.
Rachel parecía discutir.
La mujer le entregó algo.
Una fotografía.
Rachel la vio.
Y quedó inmóvil.
Después escribió algo en una hoja.
La doctora tomó el papel.
Se marchó.
Emma pausó.
—¿Qué le mostró?
Mason amplió.
La fotografía era borrosa.
Una figura masculina.
Cabello oscuro.
Emma miró a Adrian.
—¿Julian?
—Podría ser.
Mason avanzó el video.
Dos minutos después, Rachel se levantó.
Sacó su teléfono.
Marcó un número.
—¿A quién llamó? —preguntó Emma.
Mason revisó los registros.
Su rostro cambió.
—A Blackwood Manor.
Adrian quedó quieto.
—Nunca recibí una llamada.
Claire frunció el ceño.
—Yo tampoco.
Mason miró la pantalla.
—La llamada duró doce segundos.
—¿Quién respondió?
—Una extensión interna.
Adrian se acercó.
—¿Cuál?
Mason no respondió inmediatamente.
—Mason.
El hombre levantó la vista.
—La oficina del antiguo administrador.
Claire palideció.
Adrian susurró:
—Thomas.
Emma miró entre ellos.
—¿Quién es Thomas?
Adrian respondió:
—Thomas Vale administró esta casa durante cuarenta años.
—¿Dónde está ahora?
Claire respondió:
—Murió hace cinco.
Mason negó.
—Según estos registros, alguien seguía usando su extensión hace seis semanas.
Emma sintió otro escalofrío.
Adrian tomó la tableta.
—Revisa los sistemas.
Mason salió.
Emma permaneció mirando el video.
Rachel.
Viva.
Moviéndose.
Tres días antes de morir.
La última vez que Emma la había visto realmente bien.
Su madre había preparado panqueques aquella mañana.
Había discutido con ella porque Emma quería conducir hasta Denver con neumáticos viejos.
Rachel le había dicho:
“Ser independiente no significa hacer todo sola.”
Emma casi se había reído.
Ahora aquellas palabras pesaban distinto.
Claire se acercó.
—Emma.
—Estoy bien.
—No tienes que estarlo.
—Sí.
—¿Por qué?
Emma miró la pantalla.
—Porque si dejo de pensar, empiezo a sentir.
Claire no respondió.
Emma continuó.
—Y si empiezo a sentir ahora, no voy a ser útil.
Adrian la observó.
Aquello también era Rachel.
No la forma de la nariz.
No el cabello.
Aquella disciplina.
Aquel modo de convertir dolor en movimiento.
—Entonces seguimos pensando —dijo Adrian.
Emma asintió.
—Bien.
Se sentó.
—Tenemos dos objetivos.
Adrian arqueó una ceja.
—¿Tenemos?
—Sí. Deja de parecer sorprendido cada vez que participo en mi propia crisis.
Claire sonrió débilmente.
Emma señaló la pantalla.
—Primero: averiguar qué le mostraron a mi madre en ese hospital.
—Segundo —dijo Adrian—: encontrar quién recibió su llamada.
—Y tercero.
—Dijiste dos.
—Cambié de opinión.
Adrian casi sonrió.
Emma continuó:
—Descubrir por qué querían atraerme a Colorado justamente ahora.
Claire frunció el ceño.
—Tal vez la muerte de Rachel cambió algo.
Emma negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque prepararon la falsa empresa antes de que muriera.
Adrian la miró.
—¿Estás segura?
—Recibí el primer correo ocho semanas atrás.
Dos semanas antes de la muerte.
Silencio.
Claire se sentó.
—Entonces no reaccionaban a su muerte.
Emma asintió.
—Su muerte fue parte del plan.
La habitación quedó muda.
Adrian habló primero.
—Mason necesita esa fecha.
Emma la envió.
Cinco minutos después regresó.
—Tienes razón.
Puso información en pantalla.
—El dominio falso se creó nueve semanas atrás.
—¿Desde dónde? —preguntó Adrian.
—Servidor anónimo.
—Pero.
Mason conocía a Adrian demasiado bien.
—Pero el pago se hizo con una tarjeta corporativa.
—Nombre.
Mason miró a Claire.
Emma vio la reacción.
—¿Qué?
Mason respondió:
—Blackwood Holdings.
Adrian quedó inmóvil.
—Eso es imposible.
—La tarjeta estaba asociada a una cuenta antigua.
—¿De quién?
Mason giró la pantalla.
ADRIAN BLACKWOOD.
Emma miró lentamente al hombre frente a ella.
Adrian no se movió.
Claire susurró:
—Alguien está usando tus credenciales.
Mason asintió.
—Credenciales cerradas hace diecisiete años.
Emma preguntó:
—¿Quién tenía acceso?
Adrian respondió:
—Cuatro personas.
—Tú.
—Sí.
—Claire.
—Sí.
—Thomas.
—Sí.
Emma esperó.
—¿Y la cuarta?
Adrian levantó los ojos.
—Julian.
Emma respiró lentamente.
—Entonces está vivo.
Adrian no contestó.
No hacía falta.
Aquella tarde revisaron la extensión antigua de Thomas.
La línea física atravesaba partes de la casa construidas antes de la electricidad moderna.
Alguien la había reactivado.
Pero no terminaba en la oficina.
Un cable nuevo descendía hacia los niveles inferiores.
Las criptas.
Mason quiso enviar un equipo.
Emma insistió en ir.
Adrian discutió.
Emma ganó al señalar que si había información sobre Rachel, ella reconocería detalles que los demás no.
Bajaron seis personas.
El acceso estaba detrás de la antigua capilla.
Escaleras de piedra.
Aire frío.
Luces amarillas.
Emma caminaba junto a Adrian.
—Esto sí parece un castillo de vampiros.
—¿La parte de arriba no?
—La parte de arriba parece un hotel de lujo con problemas familiares.
Mason sonrió.
Adrian lo vio.
Mason volvió a mirar al frente.
Llegaron a las criptas.
Filas de puertas de hierro.
Nombres.
Fechas.
EVELYN BLACKWOOD.
Emma se detuvo.
La puerta estaba abierta.
Adrian también.
—¿Siempre está así?
—No.
Entraron.
El sarcófago estaba vacío.
Claire palideció.
Emma miró el interior.
—Tu madre no está aquí.
Adrian tocó el borde de piedra.
Polvo alterado.
Marcas recientes.
Mason inspeccionó el suelo.
—Algo fue arrastrado.
Emma vio una mancha.
—Espera.
Se agachó.
Un pequeño trozo de tela.
Azul oscuro.
Adrian lo reconoció.
—Uniforme médico.
Siguieron el rastro.
Terminaba frente a una pared.
Emma pasó una mano sobre la piedra.
—Hay corriente de aire.
Mason examinó los bordes.
Encontró un mecanismo.
La pared se abrió.
Detrás había un corredor moderno.
Con luces LED.
Emma miró a Adrian.
—¿Esto estaba debajo de tu casa y nadie lo sabía?
—Alguien lo sabía.
Caminaron.
El corredor desembocó en un laboratorio.
Computadoras.
Refrigeradores.
Equipamiento médico.
Todo reciente.
Emma se quedó mirando.
—Dios.
Adrian abrió un refrigerador.
Tubos.
Muestras.
Etiquetas.
Códigos.
Emma encontró una carpeta.
“CARTER, EMMA.”
La abrió.
Resultados.
Fechas.
Gráficos.
Y una palabra repetida.
“HÍBRIDO.”
Emma soltó la carpeta.
Claire se acercó.
—Emma.
—No.
Retrocedió.
—No me toques.
Nadie se movió.
Emma respiró.
Miró sus manos.
Después la carpeta.
—¿Híbrido de qué?
Adrian tomó una hoja.
Leyó.
Su rostro cambió.
—No.
Emma se acercó.
—¿Qué?
Adrian no quería entregársela.
Ella extendió la mano.
—Dijiste nada más de secretos.
Adrian se la dio.
Emma leyó.
“Componente humano: compatible.”
“Componente vampírico: estable.”
“Componente tercero: desconocido.”
Emma levantó la vista.
—Tercero.
Claire leyó sobre su hombro.
—Eso no tiene sentido.
Mason encontró un monitor activo.
—Hay registros recientes.
Adrian se acercó.
Una entrada datada cuatro días antes.
“SUJETO E ingresó en zona Blackwood.”
Otra.
“Activación prevista tras contacto.”
Emma miró a Adrian.
—Contacto.
Los dos pensaron lo mismo.
Cuando se habían dado la mano.
El pulso.
La luz.
Claire también comprendió.
—Adrian activó algo.
Emma sintió náuseas.
—¿Cómo?
Mason leyó otra línea.
“Catalizador: sangre real Blackwood.”
Adrian palideció.
—No.
Emma lo miró.
—¿Qué?
Él no respondió.
Claire sí.
—“Sangre real” no significa cualquier Blackwood.
Emma sintió el corazón acelerarse.
—¿Entonces?
Claire miró a Adrian.
—Significa la sangre del monarca.
Silencio.
Emma retrocedió.
—¿Mi madre sabía esto?
—Probablemente —dijo Adrian.
Emma recordó la cinta.
“No confíes en Julian.”
“Emma es importante no por quién fue su padre.”
“Sino por lo que ella es.”
Emma caminó hacia un escritorio.
Había cajones.
Abrió uno.
Vacío.
Otro.
Una fotografía.
Rachel.
Y Adrian.
Emma quedó congelada.
No era una fotografía antigua cualquiera.
Rachel estaba embarazada.
Adrian tenía una mano sobre su vientre.
Emma levantó la imagen.
Adrian la vio.
Y todo color desapareció de su rostro.
—No.
Emma lo miró.
—Explícame.
—No recuerdo esa fotografía.
—Pero eres tú.
—Sí.
—Ella estaba embarazada.
—Sí.
—¿Sabías que estaba embarazada?
Adrian se quedó callado.
Emma lo miró fijamente.
—Adrian.
—Sí.
Aquella respuesta cambió todo.
—Me dijiste que no sabías quién era mi padre.
—No lo sé.
—¿Pero sabías que mi madre estaba embarazada?
—Sí.
—¿Y no pensaste que era relevante?
—Ella me dijo que el niño no era mío.
Emma quedó inmóvil.
Claire cerró los ojos.
Mason observó el suelo.
—¿Tuyo?
Adrian no contestó.
Emma dio un paso.
—¿Tú y mi madre…?
—Sí.
La palabra salió casi inaudible.
Emma soltó una risa vacía.
—Claro.
Dejó la foto sobre la mesa.
—Claro que sí.
—Emma—
—¿Cuándo?
—Antes de que llegara aquí.
—¿Cuánto tiempo?
—Meses.
—¿La amabas?
Adrian la miró.
—Sí.
Emma cerró los ojos.
Cuando habló, su voz era extrañamente tranquila.
—Entonces tú podrías ser mi padre.
—Rachel dijo que no.
—Rachel también dijo que mi padre estaba muerto.
Adrian no respondió.
—¿Hiciste una prueba?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque ella desapareció.
—¿Y durante diecinueve años nunca la buscaste?
Aquello lo golpeó.
Adrian respondió:
—La busqué durante once años.
Emma se quedó quieta.
—¿Qué?
—Cada ciudad. Cada alias. Cada registro. Encontré pistas falsas. Personas pagadas para mentir. Documentos fabricados.
—Entonces ¿por qué paraste?
—Porque alguien empezó a morir cada vez que me acercaba.
Emma sintió frío.
—¿Qué significa eso?
—Un investigador en Phoenix. Una mujer en Seattle que creyó reconocerla. Un empleado de banco en Omaha.
—Julian.
—Eso pensé.
—Entonces dejaste de buscar para protegerla.
Adrian asintió.
Emma miró la fotografía.
—¿Y a mí?
—Nunca supe que existías.
La respuesta la dejó sin aire.
Adrian continuó:
—Si hubiera sabido…
No terminó.
Emma levantó una mano.
—No digas algo que no puedas deshacer.
Adrian calló.
Ella sostuvo la fotografía.
—Necesitamos una prueba.
Claire asintió.
—Sí.
Mason abrió la boca.
Las luces se apagaron.
Oscuridad.
Adrian empujó a Emma detrás de él.
Una alarma comenzó.
—Mason.
—Sistema desconectado.
Emma escuchó un sonido metálico.
Las puertas del laboratorio se cerraron.
Una voz apareció en los altavoces.
Masculina.
Calmada.
—Hola, hermano.
Adrian se quedó completamente inmóvil.
Emma sintió que el aire desaparecía.
Julian.
La voz continuó.
—Diecinueve años y todavía llegas exactamente donde necesito que llegues.
Adrian miró hacia las cámaras.
—Muéstrate.
Julian rio.
—Siempre tan dramático.
Emma buscó una salida.
Mason revisó una puerta.
Bloqueada.
Julian habló:
—Y tú debes ser Emma.
Emma miró el techo.
—Tú debes ser el hombre que necesita empresas falsas para conseguir una cita.
Silencio.
Luego una risa.
—Definitivamente eres hija de Rachel.
Adrian cambió el peso de sus pies.
Emma lo notó.
Iba a atacar algo.
—No sabes quién es su padre —dijo Adrian.
Julian respondió:
—Tampoco tú.
Emma preguntó:
—¿Por qué mataste a mi madre?
Silencio.
Julian habló más bajo.
—Yo no maté a Rachel.
Emma apretó los puños.
—Conveniente.
—Rachel era demasiado importante.
—Entonces ¿quién?
—Eso, pequeña Emma, es la pregunta correcta.
Adrian gruñó:
—Deja los juegos.
—¿Juegos? Tú has vivido dentro de uno durante casi veinte años.
Una pantalla se encendió.
Video.
Un cuarto de hospital.
La noche de la muerte de Rachel.
Emma se acercó.
Rachel estaba en la cocina de su casa.
No hospital.
Era la cámara de seguridad que Emma nunca supo que existía.
Su madre preparaba café.
Dos tazas.
Como Emma había dicho.
Una figura entró.
Capucha.
Rachel no parecía asustada.
Le entregó café.
Hablaron.
Entonces la persona bajó la capucha.
Emma sintió que sus piernas dejaban de responder.
Claire dejó escapar un grito ahogado.
Adrian quedó petrificado.
La visitante era una mujer.
Cabello negro.
Rostro pálido.
Ojos idénticos a los de Adrian.
Claire susurró:
—Evelyn.
Emma miró a Adrian.
—Tu madre.
Adrian no respondió.
No podía.
La mujer que llevaba setenta y cuatro años enterrada estaba sentada en la cocina de Rachel seis semanas antes.
Julian habló por los altavoces.
—Como dije, hermano.
—Ella está despierta.
El video continuó.
Rachel y Evelyn discutieron.
No había audio.
Rachel señaló algo fuera de cámara.
Evelyn negó.
Rachel golpeó la mesa.
Después ocurrió algo inesperado.
Evelyn tomó la mano de Rachel.
Y se arrodilló frente a ella.
Emma se acercó a la pantalla.
La imagen le resultaba extrañamente familiar.
Como Adrian arrodillándose junto a su automóvil.
Rachel sacó algo de su bolsillo.
Una llave.
No la llave de la habitación trece.
Otra.
Más pequeña.
Se la entregó a Evelyn.
La imagen terminó.
Emma miró hacia la cámara.
—¿Dónde está Evelyn?
Julian respondió:
—Si te lo dijera, arruinaría la reunión.
Adrian dio un paso hacia la pantalla.
—¿Qué quieres?
—No a ti.
Una pausa.
—Nunca se trató de ti.
Emma sintió que todos la miraban.
Julian continuó.
—Quiero a Emma.
Adrian respondió:
—Tendrás que atravesarme.
—Eso puede arreglarse.
Un siseo llenó el laboratorio.
Claire miró hacia los conductos.
—Gas.
Adrian arrancó una rejilla.
—Cubran sus rostros.
Mason golpeó la puerta.
Emma arrancó su bufanda.
El gas era blanquecino.
Claire cayó primero.
—Claire.
Adrian la sostuvo.
Mason tambaleó.
Emma sintió ardor en los pulmones.
Adrian permanecía de pie.
—No respires.
Emma casi se rio.
—Gran consejo.
La visión empezó a oscurecerse.
Entonces la luz plateada volvió a aparecer bajo la piel de sus manos.
Más intensa.
Emma miró.
El ardor desapareció.
Su respiración se estabilizó.
Adrian la observó.
—Emma.
La luz subió por sus muñecas.
Los sensores del laboratorio comenzaron a fallar.
Chispas.
La puerta se abrió de golpe.
Mason cayó al suelo.
Adrian cargó a Claire.
—Muévete.
Emma ayudó a Mason.
Salieron.
El corredor detrás de ellos comenzó a cerrarse.
Mason recuperó el equilibrio.
Llegaron a las criptas.
Adrian dejó a Claire contra una pared.
Ella abrió los ojos.
—Estoy bien.
Emma miró sus manos.
La luz se apagó.
—Eso me protegió.
Adrian no dijo nada.
—Del gas.
—Sí.
Mason miró un pequeño medidor.
—Era sedante diseñado para vampiros.
Emma lo miró.
—¿Para vampiros?
—Sí.
—Y a mí no me hizo nada.
Adrian respondió:
—No después de activarte.
Emma lo miró.
—No vuelvas a usar esa palabra como si yo fuera una máquina.
—Tienes razón.
Claire respiró.
—Tenemos que salir de aquí.
Regresaron al piso principal.
La seguridad fue restaurada.
No encontraron a Julian.
El laboratorio se borró remotamente.
Los discos duros se destruyeron.
Pero Emma había guardado la fotografía de Rachel y Adrian.
Y Mason había copiado parte de los registros.
Esa noche, nadie durmió.
Un médico vampiro llamado Dr. Nathan Brooks tomó muestras de Emma.
Ella aceptó solo después de leer cada etiqueta y observar cómo sellaba los tubos.
Adrian dio también una muestra.
La prueba de parentesco podía hacerse en horas utilizando el laboratorio privado.
Emma esperó en la biblioteca.
Adrian permaneció al otro lado.
No hablaban.
Finalmente Emma dijo:
—Si eres mi padre, no cambia automáticamente nada.
Adrian la miró.
—Lo sé.
—No voy a empezar a llamarte papá.
—No esperaba que lo hicieras.
—No vas a decidir dónde vivo.
—No.
—Ni dónde trabajo.
—No.
—Ni con quién salgo.
Adrian arqueó una ceja.
—No estaba pensando en eso.
—Tu cara acaba de hacerlo.
Por primera vez, Adrian sonrió.
Realmente sonrió.
Emma negó con la cabeza.
—Eso no ayuda.
Él volvió a mirar el fuego.
—Si soy tu padre, solo cambiará una cosa.
—¿Cuál?
—Nunca volverás a estar sola a menos que elijas estarlo.
Emma dejó de respirar.
Miró el fuego.
No respondió.
No podía.
Porque esa frase encontró una parte de ella que llevaba años demasiado cansada para admitir que existía.
A los quince años, Emma había trabajado después de clases para ayudar con el alquiler.
A los diecisiete, había aprendido a cambiar una bomba de agua porque no podían pagar un mecánico.
A los diecinueve, había rechazado una universidad más cara para quedarse cerca de Rachel.
A los veintidós, había sostenido la mano de su madre mientras el monitor cardíaco se convertía en una línea plana.
Siempre había resuelto.
Siempre había calculado.
Siempre había apretado los dientes.
Siempre había dicho “yo puedo”.
Siempre había fingido que poder sola significaba querer estar sola.
Emma bajó la mirada.
—No prometas cosas grandes cuando todavía no sabes quién soy.
Adrian respondió:
—Sé lo suficiente.
El doctor entró.
Ambos se levantaron.
Nathan sostenía un sobre.
Su expresión era extraña.
—Tengo los resultados.
Emma sintió que el corazón golpeaba.
Adrian permaneció inmóvil.
Nathan abrió la hoja.
—La prueba de parentesco es concluyente.
Emma miró a Adrian.
Nathan continuó:
—Adrian Blackwood no es el padre biológico de Emma Carter.
Silencio.
Emma cerró los ojos.
No sabía por qué aquello dolía.
No debería.
Lo había conocido el día anterior.
Pero alguna parte estúpida de ella había empezado a imaginar una explicación sencilla.
Una línea directa.
Rachel.
Adrian.
Ella.
No.
Adrian bajó la mirada.
Emma vio algo en su rostro que él intentó ocultar.
Decepción.
Ella casi dijo algo.
Nathan habló otra vez.
—Sin embargo…
Ambos lo miraron.
—Hay un problema.
Adrian frunció el ceño.
—¿Qué problema?
Nathan dejó la hoja sobre la mesa.
—Emma comparte el cuarenta y nueve punto ocho por ciento de marcadores familiares contigo.
Emma parpadeó.
—Pero acabas de decir que no es mi padre.
—Correcto.
—Entonces ¿qué significa?
Nathan miró a Adrian.
—Significa que su padre fue un pariente de primer grado tuyo.
Claire, que acababa de entrar, se quedó inmóvil.
—Julian.
Nathan asintió.
Emma soltó aire.
—Entonces Julian sí era mi padre.
—Probablemente.
—Mi madre mintió en la cinta.
Nathan levantó una mano.
—No necesariamente.
Emma lo miró.
—¿Cómo puede no ser?
Nathan señaló otra página.
—Porque hay algo más.
Adrian se acercó.
—Habla.
—El ADN vampírico asociado a Julian representa solo parte del componente no humano de Emma.
—¿Y el resto?
Nathan palideció.
—No coincide con nada en nuestra base de datos.
Emma soltó una risa cansada.
—El “componente tercero”.
—Sí.
—¿Qué es?
—No lo sé.
Adrian miró al doctor.
—¿Natural?
Nathan tardó.
—No.
Emma sintió el estómago caer.
—¿Qué significa “no”?
Nathan respiró.
—Hay secuencias que parecen ensambladas.
—¿Ensambladas?
—Diseñadas.
Emma miró sus manos.
—Julian.
Nathan asintió lentamente.
—Probablemente.
Emma apretó los dientes.
—Entonces mi madre tenía razón.
Adrian la miró.
—¿Sobre qué?
Emma recordó la cinta.
—“No es importante por quién fue su padre, sino por lo que ella es.”
Claire se sentó.
—Julian usó su propio material genético.
—Y algo más —dijo Nathan.
Adrian quedó muy quieto.
—¿Qué podría ser?
Nathan negó.
—Necesitamos comparar muestras antiguas.
Emma miró la fotografía de Rachel.
—¿Dónde?
Adrian pensó.
—El archivo de Julian.
—¿Aspen?
—No.
Claire comprendió antes.
—La clínica.
Adrian asintió.
Emma miró entre ambos.
—¿La clínica todavía existe?
—El edificio sí.
—¿Dónde?
Adrian respondió:
—Nevada.
—¿Qué parte?
—A las afueras de Reno.
Emma tomó su chaqueta.
—Vamos.
Adrian la miró.
—Ahora no.
Emma se volvió lentamente.
—¿Estamos empezando otra vez?
—Son casi las dos de la mañana.
—Julian sabe dónde estoy.
—Precisamente.
—Y cada hora que esperamos le permite borrar evidencia.
Adrian abrió la boca.
Mason entró corriendo.
—Señor.
Emma levantó una ceja.
—Estoy empezando a odiar la forma en que aparece diciendo “señor”.
Mason ignoró eso.
—Recibimos un paquete.
—¿De quién?
—Sin remitente.
Adrian endureció el rostro.
—¿Escaneado?
—Sí.
—¿Explosivos?
—Nada.
Mason colocó una caja pequeña sobre la mesa.
Emma vio su nombre.
“EMMA CARTER.”
Ella se acercó.
Adrian bloqueó la caja.
—Yo la abro.
Emma lo miró.
—Compromiso.
Adrian suspiró.
Mason abrió con herramientas.
Dentro había un teléfono viejo.
Y un sobre.
Emma abrió el sobre.
Una sola línea.
“TU MADRE NO MURIÓ DE UN ATAQUE CARDÍACO.”
Emma dejó de respirar.
Debajo había una dirección.
Reno, Nevada.
Adrian miró el papel.
—Es la clínica.
Emma sostuvo el teléfono.
La pantalla se encendió.
Un mensaje.
“48 HORAS.”
Luego otro.
“VEN SOLA.”
Emma soltó una risa seca.
—Eso no va a pasar.
Adrian la miró.
—Estamos de acuerdo.
El teléfono vibró.
Video entrante.
Emma presionó play.
La imagen era oscura.
Una habitación.
Una silla.
Alguien sentado.
Emma se acercó.
Su corazón se detuvo.
—No.
Adrian miró.
Una mujer levantó la cabeza.
Cabello canoso.
Rostro pálido.
Ojos cansados.
Rachel Carter.
Emma dejó caer el teléfono.
Adrian lo atrapó.
—No.
Claire se llevó las manos a la boca.
La mujer del video habló.
—Emma.
La voz.
La voz de su madre.
Emma dio un paso hacia atrás.
—Eso es falso.
Rachel continuó.
—Si estás viendo esto, significa que Adrian te encontró.
Adrian quedó congelado.
—No puede ser en vivo.
Mason revisó la señal.
—Es una transmisión.
Emma volvió a agarrar el teléfono.
—Mamá.
Rachel pareció escuchar algo.
Miró hacia un lado.
—Emma, escucha.
—Mamá.
—No vengas sola.
Emma lloró por primera vez.
No de manera ruidosa.
Una sola lágrima bajó por su mejilla.
—Te vi morir.
Rachel cerró los ojos.
—Lo sé.
Emma perdió el color.
—¿Qué?
—Lo siento.
—Te enterré.
—Lo sé.
La imagen tembló.
Rachel miró directamente a la cámara.
—Lo que enterraste no era yo.
El video se cortó.
Emma quedó inmóvil.
Nadie habló.
El teléfono vibró otra vez.
Un último mensaje apareció.
“48 HORAS PARA RECLAMARLA.”
Debajo:
“TRAIGAN A LA HEREDERA.”
Emma miró a Adrian.
—¿Heredera de qué?
Y desde algún lugar profundo bajo Blackwood Manor, mucho más abajo que las criptas que acababan de descubrir, sonó una campana que nadie había escuchado en setenta y cuatro años.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Claire perdió todo color.
Adrian giró hacia el suelo.
—No puede ser.
Emma sintió la vibración bajo sus botas.
—¿Qué significa?
La campana sonó una cuarta vez.
Adrian miró a Emma con una expresión que ella todavía no le había visto.
Miedo.
Puro miedo.
—Significa que alguien acaba de abrir la Cámara de la Corona.
—¿Qué hay dentro?
La quinta campanada recorrió la casa.
Adrian susurró:
—Algo que mi familia juró no volver a liberar jamás.
Y entonces todas las luces de Blackwood Manor se apagaron.
Desde el corredor exterior llegó el grito de Mason.
—¡SEÑOR, TENEMOS MOVIMIENTO EN LA PUERTA NORTE!
Adrian corrió hacia la ventana.
Emma fue detrás.
Decenas de figuras caminaban entre la nieve.
No atacaban.
No corrían.
Avanzaban en absoluto silencio.
Al frente caminaba una mujer alta con un abrigo negro.
Cabello oscuro.
Rostro pálido.
Evelyn Blackwood.
La madre de Adrian.
La mujer que debía llevar setenta y cuatro años muerta.
Se detuvo frente a las puertas de la mansión.
Levantó la cabeza.
Y aunque estaba a más de cien metros, sus ojos encontraron directamente los de Emma.
Emma sintió que algo bajo su piel despertaba.
La luz plateada apareció otra vez.
Pero esta vez no se limitó a sus manos.
Subió por sus brazos.
Alcanzó su cuello.
Y en el vidrio de la ventana apareció un símbolo brillante reflejado sobre su pecho.
Una corona.
Adrian lo vio.
Claire también.
Evelyn sonrió desde la nieve.
Después se arrodilló.
Una por una, las figuras detrás de ella hicieron lo mismo.
Cincuenta.
Cien.
Quizá más.
Todos de rodillas frente a Emma.
Emma retrocedió.
—Adrian…
Él no respondió.
No podía.
Porque había reconocido el símbolo.
Una marca que no aparecía en ningún cuerpo desde antes de la Guerra de Sangre.
Una marca perteneciente a una línea que los Blackwood creían extinguida.
Emma agarró su brazo.
—¿Qué significa esa corona?
Adrian finalmente la miró.
—Significa que Julian nunca quiso convertirte en vampiro.
—Entonces ¿qué quiso hacer?
Otra campanada hizo temblar los cristales.
Adrian respondió:
—Crear algo capaz de gobernarnos.
Emma quedó helada.
Abajo, Evelyn levantó una mano.
Las puertas de Blackwood Manor se abrieron por sí solas.
Y justo antes de que el video del teléfono se encendiera nuevamente, mostrando a Rachel encadenada frente a un hombre cuyo rostro todavía permanecía oculto, apareció un nuevo mensaje.
Solo seis palabras.
“PREGÚNTALE A ADRIAN QUIÉN MATÓ A JULIAN.”
Emma levantó lentamente los ojos.
Adrian se quedó inmóvil.
Demasiado inmóvil.
Y en ese segundo ella comprendió algo peor que todos los secretos anteriores.
Adrian sabía la respuesta.
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