“No Hables”—Mesera Salvó Al Rey Vampiro En Restaurante Después De Notar Algo Impactante
“No Hables”—Mesera Salvó Al Rey Vampiro En Restaurante Después De Notar Algo Impactante
—Si vuelves a interrumpir a un cliente importante, Emma, te vas a la calle esta misma noche.
El gerente lo dijo lo bastante alto para que las mesas cercanas escucharan.
Algunos clientes sonrieron.
Uno incluso soltó una pequeña carcajada mientras Emma Reed permanecía junto a la barra con una bandeja vacía entre las manos.
Pero Emma no estaba mirando al gerente.
Estaba mirando la copa que acababan de colocar frente al hombre más peligroso de Estados Unidos.
Y había algo moviéndose en el fondo del vino.
Algo que no debería estar allí.
El hombre sentado en la mesa número doce era Lucian Blackwood.
Para el público, Blackwood era el reservado propietario de una red de hoteles, empresas de seguridad privada y edificios históricos repartidos por media docena de estados.
Para quienes conocían el mundo que existía después de la medianoche, tenía otro título.
Rey.
No presidente.
No jefe.
No magnate.
Rey.
Rey de una antigua comunidad de vampiros que llevaba siglos mezclándose con las ciudades humanas sin llamar demasiado la atención.
Aquella noche había entrado en Hawthorne House, uno de los restaurantes privados más caros de Chicago, acompañado por cuatro guardaespaldas.
Todos vestían de negro.
Todos parecían capaces de detectar una amenaza al otro lado de una habitación llena de gente.
Y aun así ninguno había visto lo que Emma acababa de ver.
Una fina línea gris descendía por el cristal de la copa de Lucian.
No era sedimento.
No era polvo.
No era una burbuja.
Emma sabía exactamente qué era.
Y sabía lo que ocurriría si él bebía.
—¿Me estás escuchando? —espetó el gerente, Richard Cole.
Emma no respondió.
Lucian levantó la copa.
La llevó hacia sus labios.
Emma dejó la bandeja sobre el mostrador.
Caminó directamente hacia la mesa doce.
Richard la agarró del brazo.
—¿Qué demonios estás haciendo?
Emma se soltó sin violencia.
No corrió.
No gritó.
No hizo una escena.
Solo siguió avanzando.
Lucian inclinó la copa.
Emma llegó a su lado.
Entonces se acercó lo suficiente para que únicamente él pudiera oírla.
—No hables.
Los ojos de Lucian se alzaron hacia ella.
Eran grises.
Demasiado claros.
Demasiado inmóviles.
Emma tomó la copa de su mano.
Toda la mesa quedó en silencio.
Uno de los guardaespaldas se incorporó.
Otro abrió ligeramente la chaqueta.
Richard palideció.
—¡Emma!
Ella no apartó la vista de Lucian.
—No beba esto.
El guardaespaldas más alto dio un paso adelante.
—Señorita, retroceda.
Emma dejó la copa sobre la mesa con mucho cuidado.
—Si quieren mantenerlo con vida, nadie toca el vaso.
Aquello consiguió algo que parecía imposible.
Lucian Blackwood sonrió.
No fue una sonrisa amable.
Fue la sonrisa breve de alguien que acababa de descubrir una pieza inesperada en un tablero que creía conocer por completo.
—¿Y por qué no debería beberlo? —preguntó.
Emma miró la copa.
Después miró al camarero que la había servido.
El hombre había desaparecido.
—Porque alguien acaba de intentar matarlo.
El restaurante entero pareció quedarse sin aire.
Richard se abalanzó hacia ellos.
—Señor Blackwood, le pido disculpas. Esta empleada lleva semanas teniendo problemas de comportamiento. Evidentemente está—
Lucian levantó un dedo.
Richard se calló.
No porque el gesto hubiera sido brusco.
Precisamente porque no lo fue.
—Ella estaba hablando —dijo Lucian.
Richard tragó saliva.
Emma señaló la copa.
—Mire la base del cristal.
Lucian no se inclinó.
Uno de sus hombres sí.
Tenía unos cuarenta años, cabello oscuro con algunas hebras plateadas y una pequeña cicatriz bajo la oreja derecha.
Sacó una diminuta linterna del bolsillo.
La luz atravesó el vino.
La línea gris volvió a aparecer.
El guardaespaldas frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
—Plata coloidal mezclada con extracto de verbena negra —dijo Emma.
Esta vez Lucian dejó de sonreír.
Sus cuatro hombres la miraron.
Richard soltó una risa nerviosa.
—Eso es absurdo. La verbena negra ni siquiera—
—Existe —dijo Lucian.
Richard cerró la boca.
Emma continuó.
—En una persona normal causaría una reacción desagradable, quizá una visita al hospital dependiendo de la dosis. En alguien como usted…
Se detuvo.
Había demasiados oídos alrededor.
Lucian terminó por ella.
—Sería considerablemente peor.
—Sí.
El guardaespaldas de la cicatriz se acercó a la copa.
—¿Cómo lo reconociste?
Emma miró la línea gris.
—Porque la plata no se integra completamente cuando se mezcla con un vino con alto contenido de taninos. Se pega al cristal durante unos segundos antes de volver a caer. Y la verbena negra deja un olor parecido a almendras mojadas.
El guardaespaldas acercó la nariz.
Su expresión cambió.
Richard retrocedió medio paso.
Lucian apoyó lentamente las manos sobre la mesa.
—¿Cómo sabes eso?
Emma tardó dos segundos en responder.
Dos segundos eran demasiado tiempo para un hombre como Lucian.
Él lo notó.
—Mi madre trabajaba con plantas medicinales —dijo Emma.
No era mentira.
Pero tampoco era toda la verdad.
Lucian la estudió.
Una joven de veintisiete años.
Cabello castaño sujeto en un moño sencillo.
Uniforme negro de restaurante.
Zapatos baratos.
Una pequeña mancha de salsa en la manga izquierda.
Nada extraordinario.
Excepto los ojos.
Emma no miraba alrededor buscando aprobación.
No temblaba.
No intentaba explicar demasiado.
Y eso, para Lucian, era mucho más interesante que cualquier explicación.
El guardaespaldas de la cicatriz habló por un diminuto micrófono en su muñeca.
—Sellar salidas. Nadie entra. Nadie sale.
Varias puertas del restaurante se cerraron.
La música se detuvo.
Los clientes comenzaron a murmurar.
Richard parecía a punto de desmayarse.
—Señor Blackwood, por favor. Tenemos senadores aquí. Tenemos jueces. Tenemos—
—Entonces será una excelente oportunidad para que aprendan paciencia —respondió Lucian.
Emma miró hacia la cocina.
—El camarero que trajo esa copa no trabaja aquí.
Richard parpadeó.
—¿Qué?
—Nunca lo había visto.
—Tenemos treinta y dos empleados.
—Yo conozco a todos.
—No conoces al personal temporal.
—No contratamos temporales los jueves.
Richard abrió la boca.
Emma añadió:
—Y llevaba zapatos de cocina con suela azul. Nuestro proveedor solo vende suela negra desde hace ocho meses.
Lucian giró lentamente la cabeza hacia Richard.
El gerente comenzó a sudar.
—Yo… tendría que revisar las listas.
El guardaespaldas de la cicatriz habló.
—Hazlo.
Richard se marchó apresuradamente.
Lucian señaló la silla vacía frente a él.
—Siéntate.
Emma negó con la cabeza.
—Estoy trabajando.
Uno de los guardaespaldas pareció desconcertado.
Lucian volvió a sonreír.
—Acabas de anunciar un intento de asesinato en mi mesa.
—Lo sé.
—Y te preocupa tu turno.
—Si resulta que estoy equivocada, necesitaré el empleo mañana.
Por primera vez, Lucian soltó una pequeña carcajada.
No había humor en los rostros de sus hombres.
Pero él sí parecía divertido.
—Si estás equivocada, señorita Reed, tendrás problemas mayores que conseguir otro empleo.
Emma arqueó una ceja.
—Entonces supongo que sentarme no empeorará demasiado las cosas.
Tomó la silla.
Apenas se había acomodado cuando un hombre apareció desde la cocina.
Era uno de los guardias de seguridad del restaurante.
—Encontramos algo.
El hombre de la cicatriz se movió inmediatamente.
—¿Qué?
—Un uniforme tirado detrás del congelador. Y una puerta de servicio abierta hacia el callejón.
Lucian miró a Emma.
Emma no pareció sorprendida.
Eso le preocupó más que cualquier otra cosa.
—Nombre —dijo él.
—Emma Reed.
—Eso ya lo sé.
—Entonces ¿para qué pregunta?
El guardaespaldas de la cicatriz tuvo que disimular una sonrisa.
Lucian entrecerró los ojos.
—Porque quiero escucharte decirlo.
—Emma Grace Reed.
—Edad.
—Veintisiete.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Once meses.
—¿Y antes?
—Dos restaurantes. Una cafetería. Un trabajo de recepción. Un semestre intentando convencerme de que terminar enfermería era una buena idea.
—¿No la terminaste?
—Mi madre enfermó.
Una pausa.
—¿Qué enfermedad?
Emma miró la copa.
—Cáncer.
El rostro de Lucian se volvió un poco menos duro.
—Lo siento.
—Fue hace seis años.
—A veces seis años no son tanto.
Emma levantó la vista.
Por primera vez aquella noche, algo cambió entre ellos.
Lucian no había dicho aquellas palabras como cortesía.
Las había dicho como alguien que conocía perfectamente la distancia entre una pérdida y el calendario.
Emma apartó los ojos.
—Encontraron al impostor —dijo una voz detrás de ellos.
Dos hombres de seguridad entraron arrastrando al camarero falso.
Tenía unos treinta años.
Cabello rubio.
Barba corta.
Ya no llevaba chaqueta de camarero.
Había intentado cambiarse detrás del contenedor del callejón.
Tenía una herida en la ceja.
Uno de los hombres de Lucian lo obligó a arrodillarse.
Los clientes comenzaron a sacar teléfonos.
El guardaespaldas de la cicatriz les dedicó una mirada.
Los teléfonos descendieron rápidamente.
Lucian observó al desconocido.
—¿Quién te envió?
El hombre sonrió.
Tenía sangre en los dientes.
—Llegas tarde.
Emma sintió un pequeño escalofrío.
No por las palabras.
Por la forma en que las dijo.
El hombre no parecía derrotado.
Parecía satisfecho.
Emma miró alrededor.
Mesa doce.
Cuatro guardaespaldas.
Lucian.
El impostor.
La copa.
Los platos.
El vino.
Los cubiertos.
Las velas.
Entonces vio algo que no había visto antes.
El camarero falso no estaba mirando a Lucian.
Estaba mirando el reloj de la pared.
8:47.
Emma se puso de pie.
—Todos atrás.
Uno de los guardias la miró.
—¿Qué?
—¡Atrás de la mesa!
Lucian no preguntó.
La obedeció.
Aquello salvó a tres personas.
Una explosión seca sacudió la lámpara sobre la mesa doce.
No fue una gran explosión.
No necesitaba serlo.
Una lluvia de vidrio cayó exactamente donde Lucian había estado sentado.
Un fragmento largo como un cuchillo se clavó en el respaldo de su silla.
La gente gritó.
Las mesas se volcaron.
Richard cayó al suelo.
Los guardaespaldas rodearon a Lucian.
Emma se agachó detrás de una columna.
El atacante comenzó a reír.
—Te dije que llegabas tarde.
El guardaespaldas de la cicatriz lo golpeó contra el suelo.
—¿Qué había en la lámpara?
Emma miró hacia arriba.
El soporte metálico había explotado desde dentro.
—Carga pequeña —dijo—. Colocada antes de esta noche.
Lucian se volvió hacia ella.
—¿También aprendiste explosivos cultivando hierbas con tu madre?
Emma no respondió.
Y aquella ausencia de respuesta fue la primera verdadera alarma en el rostro de Lucian Blackwood.
No porque pensara que ella era la atacante.
Sino porque comprendió que la mesera sabía mucho más de lo que estaba diciendo.
Cinco minutos después, el restaurante estaba cerrado.
Diez minutos después, la policía esperaba fuera.
Quince minutos después, dos vehículos negros bloqueaban ambos extremos de la calle.
Emma permanecía sentada en una pequeña oficina junto a la cocina mientras Lucian hablaba con sus hombres detrás de una puerta parcialmente abierta.
Podía irse.
Al menos eso creía.
Richard había dejado de preocuparse por despedirla.
Ahora estaba sentado en un rincón tratando de recordar cuántas cámaras tenía el restaurante y quién había accedido a ellas.
Emma se quitó el delantal.
Lo dobló.
Lo dejó sobre una silla.
Y pensó en su madre.
Pensó en una caja de madera guardada bajo su cama.
Pensó en una frase que llevaba seis años intentando olvidar.
Si alguna vez ves plata flotando donde no debería, Emma, no preguntes. Corre.
Pero Emma nunca había sido especialmente buena huyendo.
La puerta se abrió.
Entró Lucian.
Solo.
Cerró detrás de él.
—Mis hombres creen que deberías venir conmigo.
—Eso suena más a secuestro que a invitación.
—Mis hombres rara vez son buenos redactando invitaciones.
—Entonces dígales que no.
—Ya lo hice.
Emma lo miró.
Lucian se apoyó contra la mesa.
Sin sus guardaespaldas alrededor parecía menos un rey y más un hombre cansado de unos treinta y cinco años.
Aparentemente.
Emma sabía que las apariencias eran engañosas.
Había historias sobre Lucian Blackwood que se remontaban mucho más atrás de lo que cualquier fotografía podía demostrar.
—Quiero preguntarte algo —dijo él.
—Ya me ha preguntado muchas cosas.
—Esta importa.
Emma esperó.
Lucian sacó del bolsillo una pequeña pieza metálica.
La dejó sobre la mesa.
Era uno de los fragmentos recuperados de la lámpara.
En un borde había un símbolo.
Un círculo atravesado por tres líneas.
A Emma se le secó la boca.
Lucian no apartó los ojos de ella.
—Lo reconoces.
—No.
—Mientes mal.
—No me conoce lo suficiente para saberlo.
—He conocido mentirosos durante mucho tiempo.
—Entonces felicidades.
Lucian acercó el fragmento.
—¿Qué significa?
Emma lo miró.
El símbolo estaba ennegrecido por la explosión.
Pero seguía siendo visible.
Tres líneas.
Un círculo.
Una pequeña marca en forma de media luna.
Su madre había dibujado ese símbolo docenas de veces.
En cuadernos.
En sobres.
En la parte posterior de viejas fotografías.
Emma había pensado que era un sello de algún herbolario extraño.
Hasta la noche en que su madre murió.
Aquella noche, Evelyn Reed le sostuvo la mano.
Estaba tan débil que apenas podía levantar la cabeza.
Y dijo:
Nunca dejes que un Blackwood vea la marca.
Emma tenía veintiún años.
No sabía quiénes eran los Blackwood.
Pensó que la morfina hablaba por su madre.
Se equivocaba.
—No significa nada para mí —dijo Emma.
Lucian la observó durante varios segundos.
Después guardó el metal.
—De acuerdo.
Emma esperaba presión.
Amenazas.
Preguntas.
No llegaron.
Lucian abrió la puerta.
—¿Eso es todo?
—Por ahora.
—¿Puedo irme?
—Sí.
Emma dio dos pasos.
—Señorita Reed.
Se volvió.
Lucian tenía una expresión diferente.
Más seria.
—Hoy me salvaste dos veces.
—Solo hice lo que cualquiera habría hecho.
—No.
Su voz fue tranquila.
—Eso es precisamente lo que hace que la mayoría de las personas sean fáciles de matar. Casi nadie hace lo que tú hiciste.
Emma no respondió.
—Te debo una deuda —continuó él.
—No quiero una.
—Las deudas no necesitan ser deseadas para existir.
—Entonces considere que estamos a mano.
—¿Por qué?
—Porque me dejó salir.
Una sombra de sonrisa cruzó su rostro.
—Todavía no has llegado a la puerta.
Emma lo miró fijamente.
Lucian abrió más.
—Era una broma.
—Necesita practicar.
Emma salió.
El guardaespaldas de la cicatriz estaba esperándola en el corredor.
—Malcolm Hayes —dijo, extendiendo la mano.
Emma se la estrechó.
—Emma.
—Ya lo sé.
—Todo el mundo parece saberlo esta noche.
Malcolm le entregó una tarjeta negra.
Solo tenía un número.
—Si ves algo extraño.
Emma miró la tarjeta.
—Trabajo en un restaurante de lujo. Veo cosas extrañas todos los días.
—Algo más extraño.
—¿Como vampiros ricos siendo envenenados?
Malcolm arqueó una ceja.
Emma guardó la tarjeta.
—Lo consideraré.
—No esperaba que supieras lo que era él.
—No dije que lo supiera.
—Acabas de decir vampiro.
Emma se quedó quieta.
Malcolm sonrió.
—Tranquila. Lucian ya lo sabe.
—Excelente.
—Y otra cosa.
—¿Qué?
Malcolm bajó la voz.
—Cuando mencionaste verbena negra, Lucian no fue el único que reaccionó.
Emma sintió tensión en la nuca.
—¿Quién más?
Malcolm miró hacia la sala principal.
—Uno de nuestros hombres.
—¿Cuál?
—No lo sé todavía.
—¿Cómo puede no saberlo?
—Porque cuando revisé las grabaciones, faltaban noventa segundos.
Emma lo miró.
Malcolm perdió la sonrisa.
—Alguien de nuestro equipo borró esos noventa segundos antes de que pudiéramos asegurar el sistema.
Emma pensó en los cuatro guardaespaldas.
Pensó en la facilidad con que el asesino había entrado.
Pensó en la lámpara preparada horas antes.
No era un ataque improvisado.
Alguien había conocido la mesa.
El horario.
El vino.
El protocolo.
—Tiene un traidor —dijo.
—Eso parece.
—Entonces no le entregue esa información a cualquiera.
—No lo haré.
Emma señaló la puerta de la oficina.
—¿Él lo sabe?
—Lucian siempre sabe cuando alguien está mintiéndole.
—Eso no responde mi pregunta.
—Sí. Lo sabe.
Emma salió del restaurante a las 10:16 de la noche.
Chicago estaba húmedo y frío.
Una llovizna fina cubría las luces de la calle.
Había cámaras.
Patrullas.
Curiosos.
Emma caminó tres cuadras antes de tomar el autobús.
No vio el vehículo gris que la siguió.
Tampoco vio al hombre sentado en el asiento trasero hablando por teléfono.
—La chica reconoció la mezcla —dijo.
Una voz respondió al otro lado.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
—¿Blackwood sospecha?
—Blackwood siempre sospecha.
—¿Y ella?
El hombre observó el autobús detenerse.
—Todavía cree que su madre murió de cáncer.
Hubo silencio.
—Entonces no la toques.
—Podría ser un problema.
—He dicho que no la toques.
La voz se endureció.
—Todavía no.
Emma llegó a su apartamento poco después de las once.
Vivía en un edificio antiguo en Ravenswood.
Tercer piso.
Una habitación.
Cocina pequeña.
Una planta de romero en la ventana.
Tres libros sobre una mesa.
Una bicicleta apoyada contra la pared.
Nada que indicara que aquella mujer acababa de frustrar dos intentos de asesinato contra una criatura que llevaba más de un siglo caminando por el mundo.
Emma cerró con llave.
Después puso la cadena.
Se quitó los zapatos.
No encendió las luces.
Esperó.
Diez segundos.
Veinte.
Treinta.
Escuchó el edificio.
Una tubería vibrando.
Televisión en el apartamento de abajo.
Pasos en el pasillo.
Una puerta.
Silencio.
Solo entonces encendió la lámpara.
Fue directamente al dormitorio.
Se arrodilló junto a la cama.
Sacó una caja.
Madera de nogal.
Cerradura de latón.
Había pertenecido a Evelyn Reed.
Emma no la había abierto en casi tres años.
Encontró la llave detrás del cajón de la cómoda.
La caja contenía fotografías.
Cartas.
Un rosario que su madre nunca utilizaba.
Un pequeño cuchillo de plata envuelto en tela.
Y cinco cuadernos.
Emma tomó el último.
Las primeras páginas estaban llenas de recetas.
Raíz de valeriana.
Salvia.
Verbena.
Árnica.
Después aparecían páginas escritas en código.
Nombres.
Fechas.
Símbolos.
Emma pasó rápidamente hasta encontrarlo.
El círculo.
Las tres líneas.
La media luna.
Debajo había dos palabras.
ORO NEGRO.
Emma frunció el ceño.
Pasó otra página.
Encontró una fotografía.
Su madre.
Mucho más joven.
Quizá veinticinco años.
Estaba de pie frente a una casa enorme cubierta de nieve.
A su lado había cinco personas.
Emma reconoció a una.
Lucian Blackwood.
La fotografía tenía al menos treinta años.
Lucian parecía exactamente igual.
Emma dejó de respirar.
Giró la fotografía.
Había una frase escrita por su madre.
Lucian no sabe quién soy.
Y debajo:
Nunca debe saber quién es Emma.
Emma sintió que el suelo se movía bajo ella.
—¿Qué hiciste, mamá?
Alguien tocó la puerta.
Tres golpes.
Emma congeló la mano sobre la fotografía.
Miró el reloj.
11:42.
Nadie visitaba a esa hora.
Los golpes se repitieron.
Emma guardó la foto.
Cerró la caja.
Tomó el cuchillo de plata.
Se acercó sin hacer ruido.
—¿Quién es?
Silencio.
Después una voz.
—Malcolm Hayes.
Emma no abrió.
—¿Cómo sé que es usted?
—Porque me dijiste que mi jefe necesitaba practicar sus bromas.
Emma miró por la mirilla.
Malcolm estaba solo.
Abrió con la cadena puesta.
—¿Qué ocurre?
—Tenemos un problema.
—¿Otro?
—Este tiene tu nombre.
Le mostró una fotografía a través del espacio de la puerta.
Era una captura de una cámara de seguridad.
Emma entrando a Hawthorne House esa tarde.
Había un círculo rojo alrededor de su rostro.
En la parte inferior aparecía una frase.
CONFIRMAR IDENTIDAD. NO ELIMINAR.
Emma sintió frío.
—¿Dónde encontró eso?
—En el teléfono del atacante.
—¿Por qué tendría una foto mía?
—Eso vine a preguntarte.
Emma cerró los ojos un segundo.
Después abrió la puerta.
Malcolm entró.
Su mirada recorrió el apartamento.
No vio la caja escondida bajo la cama.
—¿Alguna vez habías visto al atacante?
—No.
—¿Has trabajado para alguien relacionado con Blackwood?
—No.
—¿Tu familia?
Emma tardó demasiado.
Malcolm lo notó.
—Mi madre era enfermera —dijo.
—Pensé que trabajaba con plantas medicinales.
—Hacía ambas cosas.
—¿Dónde?
—Diferentes lugares.
—Emma.
—Está muerta.
Malcolm bajó un poco la voz.
—No estoy tratando de acusarte.
—Entonces deje de interrogarme.
—Alguien llevó tu fotografía a un intento de asesinato. Necesito entender por qué.
Emma caminó hacia la cocina.
Llenó un vaso de agua.
Sus manos seguían firmes.
—No lo sé.
Malcolm se apoyó en el marco de la puerta.
—Lucian quiere ofrecerte protección.
—No.
—Ni siquiera escuchaste los detalles.
—Porque la respuesta sigue siendo no.
—Podría haber alguien siguiéndote.
Emma bebió.
—¿Hay alguien siguiéndome?
Malcolm no respondió.
Eso era respuesta suficiente.
Emma dejó el vaso.
—Desde el restaurante.
—Sí.
—¿Vehículo gris?
Ahora Malcolm pareció sorprendido.
—¿Lo viste?
—No.
—Entonces ¿cómo…?
—Cuando subí al autobús, una mujer que estaba fumando frente a la farmacia miró detrás de mí dos veces. No me estaba mirando a mí. Miraba algo en la calle. Cuando bajé, un perro empezó a ladrar hacia un coche estacionado con el motor encendido. Supuse que era gris porque los vehículos oscuros reflejan distinto las luces naranjas.
Malcolm la contempló.
—¿Qué clase de enfermera era tu madre?
Emma sostuvo su mirada.
—Una muy cuidadosa.
Malcolm sacó su teléfono.
—Vendrás conmigo.
—No.
—Emma.
—Si quieren encontrarme, sabrán que Blackwood vino a buscarme. Si desaparezco en uno de sus vehículos, confirmará que soy importante.
—Ya saben que eres importante.
—No saben cuánto.
Malcolm guardó silencio.
—Tiene un equipo siguiéndome —continuó Emma—. Déjelos.
—¿Como carnada?
—Como ruido.
—Lucian nunca aceptará.
—Entonces no se lo pregunte.
Malcolm soltó una risa sin humor.
—Definitivamente no sabes cómo funciona esto.
—Yo sé que alguien dentro de su organización está filtrando información. Si informa a todo el equipo que me trasladarán, el traidor sabrá dónde buscarme.
Eso lo detuvo.
Emma se acercó.
—Diga que me negué.
—Es verdad.
—Después haga que dos vehículos salgan de aquí en direcciones diferentes.
—¿Y tú?
—Me quedaré.
—¿Sola?
—No.
—¿Tienes a alguien?
—Tengo vecinos.
—Eso no cuenta.
—Para alguien que quiere evitar atención, un edificio con veinticuatro apartamentos cuenta bastante.
Malcolm estudió su rostro.
—Entiendo por qué Lucian está interesado.
—No me gusta cómo suena eso.
—No quise decirlo así.
—Claro.
Malcolm caminó hacia la puerta.
—Te dejaré dos hombres afuera.
—Uno.
—Dos.
—Uno visible. Otro no.
Malcolm volvió a mirarla.
—¿Por qué?
—Porque si el hombre visible desaparece, sabremos que alguien sabe dónde está el segundo.
Malcolm sonrió lentamente.
—Definitivamente tu madre no era solo enfermera.
Emma no respondió.
Cuando él se marchó, cerró.
Esperó cinco minutos.
Después volvió a sacar la caja.
Abrió el segundo cuaderno.
Esta vez buscó Blackwood.
Encontró el apellido en nueve páginas.
Lucian Blackwood.
Nathaniel Blackwood.
Rose Blackwood.
Casa Blackwood.
Pero había otro nombre repetido.
Adrian Vale.
Y al lado de una fecha de 1999, su madre había escrito:
A.V. descubrió la niña.
Emma leyó aquello tres veces.
La niña.
No una niña.
La niña.
Pasó la página.
Encontró una frase tachada.
Emma no debe tener contacto con Lucian.
Otra.
Su sangre reaccionará.
Otra.
Si Lucian la reconoce, el pacto termina.
Emma cerró el cuaderno.
Necesitaba aire.
Se acercó a la ventana.
Abajo, la calle parecía tranquila.
Un coche gris estaba estacionado frente a una boca de incendio.
Dos edificios más allá había un SUV negro.
Probablemente Malcolm.
Emma apoyó una mano contra el cristal.
Su palma ardía.
La retiró.
Miró.
En el centro había aparecido una fina línea roja.
No era un corte.
Era el mismo símbolo del fragmento metálico.
Círculo.
Tres líneas.
Media luna.
Emma retrocedió.
La marca brilló durante tres segundos.
Después desapareció.
A veinte minutos de allí, Lucian Blackwood se encontraba en el asiento trasero de su automóvil cuando su cuerpo se tensó.
Malcolm había vuelto.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
Lucian miró su propia mano.
Una antigua cicatriz en su palma acababa de ponerse roja.
Hacía ciento veintinueve años que no ocurría.
—Regresa —dijo.
—¿Al restaurante?
—A casa de Emma.
Malcolm lo miró.
—¿Por qué?
Lucian cerró la mano.
—Porque ella no me salvó por casualidad.
El coche giró.
Cuando llegaron al edificio de Emma, la puerta principal estaba abierta.
El guardia visible había desaparecido.
Malcolm sacó su arma.
—Eso no estaba así.
Subieron.
Tercer piso.
La puerta del apartamento estaba entreabierta.
Había sangre en el marco.
Lucian entró primero.
—Emma.
Silencio.
La cocina estaba vacía.
La ventana abierta.
Una silla rota.
La caja de madera estaba en el suelo.
Los cuadernos habían desaparecido.
Emma también.
Malcolm maldijo.
Entonces Lucian vio la fotografía.
Había quedado debajo de la cama.
Se agachó.
La recogió.
Su rostro cambió.
—¿Qué? —preguntó Malcolm.
Lucian no respondió.
Miraba a Evelyn Reed.
Treinta años antes.
La mujer que aparecía junto a él en la fotografía.
—La conocías —dijo Malcolm.
Lucian cerró los ojos.
—Se llamaba Evelyn Mercer.
—Emma dijo Reed.
—Porque Reed no era su apellido entonces.
—¿Quién era?
Lucian giró la fotografía.
Leyó las palabras.
Lucian no sabe quién soy.
Nunca debe saber quién es Emma.
Durante varios segundos no hubo sonido en aquella habitación.
Malcolm habló finalmente.
—Lucian.
Él levantó la vista.
Y por primera vez desde que Malcolm lo conocía, el Rey Vampiro parecía realmente asustado.
—Evelyn Mercer murió hace treinta y un años.
Malcolm miró la fotografía.
—Emma dijo que su madre murió hace seis.
—Entonces alguien mintió.
—¿Quién?
Lucian miró la ventana abierta.
—Todos.
Emma despertó con olor a tierra mojada.
No sabía cuánto tiempo había pasado.
Tenía las muñecas atadas.
Una capucha sobre la cabeza.
Escuchó un motor.
Vehículo grande.
Furgoneta, probablemente.
Contó curvas.
Frenadas.
Cambios de superficie.
Asfalto.
Adoquines.
Asfalto otra vez.
No se movió.
No gritó.
Respiró despacio.
Había al menos tres personas.
Una conducía.
Otra a su izquierda.
Otra detrás.
Podía escuchar la respiración.
Treinta minutos después, el vehículo se detuvo.
La sacaron.
Bajó cuatro escalones.
Después nueve.
Olor a humedad.
Puerta metálica.
La sentaron.
Le quitaron la capucha.
Emma parpadeó.
Estaba en una habitación subterránea.
Paredes de ladrillo.
Mesa.
Dos sillas.
Una bombilla amarilla.
Frente a ella había una mujer.
Cabello rubio perfectamente peinado.
Traje blanco.
Quizá cincuenta años.
Emma la reconoció.
No personalmente.
De revistas.
Eventos benéficos.
Fotografías junto a gobernadores.
Senadores.
Empresarios.
Victoria Vale.
Directora de la Fundación Vale.
Una de las organizaciones filantrópicas más poderosas del Medio Oeste.
La mujer sonrió.
—Te pareces mucho a ella.
Emma permaneció inmóvil.
—¿A quién?
Victoria inclinó la cabeza.
—Tu madre.
—Mi madre está muerta.
—Sí.
—Entonces no tenemos mucho de qué hablar.
Victoria apoyó las manos sobre la mesa.
—Sigues tranquila.
—¿Eso la decepciona?
—Me sorprende.
—Debería contratar mejores secuestradores.
La sonrisa de Victoria se endureció.
—Tienes su humor también.
Emma miró las puertas.
Dos hombres.
Uno llevaba un anillo con el símbolo.
Círculo.
Tres líneas.
Media luna.
—Oro Negro —dijo Emma.
Victoria dejó de sonreír.
Emma observó la reacción.
Pequeña.
Pero suficiente.
—Así que encontraste los cuadernos —dijo Victoria.
—No sé de qué habla.
—Ahora eres tú quien miente mal.
Emma sostuvo su mirada.
—¿Por qué intentaron matar a Lucian?
Victoria se reclinó.
—¿Quién dijo que fuimos nosotros?
—Su hombre lleva el mismo símbolo de la bomba.
Victoria miró al guardia.
Después volvió a Emma.
—Buen ojo.
—¿Por qué?
—Esa no es la pregunta importante.
—Para mí sí.
—La pregunta importante es por qué tú reconociste la plata.
Emma no respondió.
Victoria acercó una pequeña caja metálica.
La abrió.
Dentro había una aguja.
Y un frasco.
—No necesito matarte —dijo—. Solo necesito una gota.
Emma miró el frasco.
—¿De sangre?
—Exactamente.
—¿Para qué?
Victoria sonrió.
—Para descubrir qué era exactamente lo que Evelyn intentó esconder.
Emma sintió la palma arder otra vez.
Mantuvo la mano cerrada.
Victoria hizo un gesto.
Uno de los hombres se acercó.
Emma esperó.
Cuando estuvo suficientemente cerca, movió la silla.
El borde golpeó su rodilla.
El hombre perdió el equilibrio.
Emma giró las manos atadas por debajo de las piernas.
Se levantó.
Golpeó con ambas manos el mentón del segundo.
No intentó correr hacia la puerta.
Eso era lo que esperaban.
En lugar de eso tomó la bombilla.
La arrancó.
Oscuridad.
Alguien maldijo.
Emma se movió hacia la pared que había memorizado.
Tres pasos.
Giro.
Cuatro.
Escuchó un golpe detrás.
Después otro.
Un hombre gritó.
Emma se detuvo.
Aquello no había sido ella.
Se encendieron luces rojas de emergencia.
Uno de los guardias estaba en el suelo.
El otro también.
Victoria se había levantado.
Y detrás de ella había un hombre que Emma nunca había visto.
Alto.
Cabello gris.
Abrigo negro.
Tenía los ojos rojos.
No claros.
No metafóricos.
Rojos.
—Llévatela —ordenó Victoria.
El desconocido no se movió.
—No.
Victoria palideció.
—¿Qué has dicho?
—He dicho que no.
El hombre miró a Emma.
—Evelyn me pidió una sola cosa hace veintisiete años.
Emma tragó saliva.
—¿Quién es usted?
El hombre inclinó la cabeza.
—Alguien que le falló.
Victoria llevó la mano a su bolso.
Él estuvo frente a ella antes de que pudiera abrirlo.
La sujetó por la muñeca.
No parecía rápido.
Parecía que el espacio había desaparecido entre ambos.
—No vuelvas a tocar a la chica —dijo.
Victoria sonrió a pesar del dolor.
—Llegas tarde, Adrian.
Emma sintió que todo su cuerpo se tensaba.
Adrian.
El nombre de los cuadernos.
A.V.
Adrian Vale.
Él soltó lentamente a Victoria.
Emma lo miró.
—¿Es usted Adrian Vale?
—Sí.
—¿Padre de Victoria?
El hombre sonrió con tristeza.
—No.
Victoria se ajustó la manga.
—Es mi hermano.
Emma miró de uno a otro.
Adrian parecía veinte años mayor.
—Eso no tiene sentido.
—Pocas cosas tendrán sentido esta noche —respondió Adrian.
Cortó las ataduras de Emma.
—Tenemos que irnos.
Victoria comenzó a reír.
—¿Irse?
Adrian se detuvo.
—No puedes esconderla otra vez.
—No estoy intentando esconderla.
—Lucian ya vio la marca.
Emma miró a Adrian.
—¿Qué marca?
Victoria sonrió.
—La tuya.
Adrian agarró el brazo de Emma.
—No la escuches.
—Mi madre escribió que Lucian no debía saber quién soy.
—Emma.
—¿Quién soy?
Adrian apretó la mandíbula.
Victoria respondió.
—La razón por la que Lucian Blackwood nunca tuvo herederos.
Silencio.
Emma la miró.
—¿Qué significa eso?
—Significa que—
Adrian golpeó la mesa con la palma.
La madera se quebró.
—Basta.
Victoria no parecía asustada.
—Puedes romper muebles. No puedes cambiar la sangre.
Emma se soltó del brazo de Adrian.
—Quiero respuestas.
—Y las tendrás.
—Ahora.
Adrian la miró.
—Tu madre no murió de cáncer.
Las palabras golpearon más fuerte que cualquier grito.
Emma quedó inmóvil.
—No.
—La enfermedad existió —dijo Adrian—. Pero no fue natural.
—No.
—Alguien la enfermó poco a poco.
—Cállese.
—Emma—
—La vi morir.
—Lo sé.
—Estuve allí.
—Lo sé.
—Los médicos—
—Nunca supieron qué buscar.
Emma respiró por la nariz.
Una vez.
Dos.
No iba a llorar delante de ellos.
No les daría eso.
—¿Quién?
Adrian miró a Victoria.
Victoria dejó de sonreír.
Emma siguió la mirada.
—¿Ella?
—No —dijo Adrian.
Victoria habló al mismo tiempo.
—No.
Emma percibió algo extraño.
Por primera vez estaban de acuerdo.
—Entonces ¿quién?
Adrian escuchó algo.
Pasos.
Muchos.
Se volvió hacia la puerta.
—Demasiado tarde.
La puerta metálica salió de sus bisagras.
Malcolm entró primero.
Detrás de él aparecieron tres hombres.
Lucian fue el último.
Sus ojos encontraron a Emma.
Durante medio segundo, toda la frialdad desapareció de su rostro.
—¿Estás herida?
Emma negó con la cabeza.
Lucian miró a Adrian.
El ambiente cambió.
—Tú.
Adrian extendió las manos.
—Lucian.
—Ciento nueve años.
—Ciento doce.
—No estoy de humor para correcciones.
Victoria retrocedió.
Malcolm bloqueó la salida.
Lucian se acercó a Adrian.
—Pensé que estabas muerto.
—Era la idea.
—Funcionó.
—Durante bastante tiempo.
Lucian miró a Emma.
Después de nuevo a Adrian.
—Explícame.
—No aquí.
—Aquí.
—Todavía hay gente buscándola.
—¿Tu gente?
Adrian miró a Victoria.
—Algunos.
—¿La bomba era tuya?
—No.
Lucian se acercó un paso.
—Te recomiendo elegir cuidadosamente tus siguientes palabras.
Adrian lo miró directamente.
—La bomba llevaba el símbolo de Oro Negro porque alguien quería que pensaras que nosotros lo hicimos.
—¿Nosotros?
—La organización existe desde antes de que tú fueras rey.
—Lo sé.
—Entonces también sabes que no usamos explosivos.
Lucian no respondió.
Adrian continuó:
—El veneno era real. La bomba era real. Pero ninguno llevaba la intención de matarte.
Emma frunció el ceño.
—¿Entonces qué intención tenía?
Adrian la miró.
—Hacerte actuar.
Emma se quedó quieta.
Lucian también.
—¿A mí? —preguntó ella.
—Sabían que reconocerías la mezcla.
—¿Cómo?
—Porque tu madre te enseñó.
—No me enseñó venenos.
—Te enseñó a observar.
Emma recordó frascos.
Olores.
Pequeñas pruebas que Evelyn hacía en la cocina.
¿Qué falta?
¿Qué cambió?
¿Qué ves que los demás no ven?
Creía que eran juegos.
—Todo fue para que yo interviniera —dijo Emma.
Adrian asintió.
—Y para que Lucian te viera.
Malcolm habló desde la puerta.
—¿Por qué querría alguien ponerlos en contacto?
Nadie respondió.
Lucian miró a Emma.
Su expresión se volvió distinta.
—Tu mano.
Emma sintió el ardor.
La abrió.
La marca había vuelto.
Más roja.
Más brillante.
Lucian hizo lo mismo.
En su palma había una cicatriz idéntica.
Emma sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
Victoria susurró:
—Ahí está.
Lucian miró su propia mano.
Después la de Emma.
—No.
Adrian cerró los ojos.
—Sí.
Lucian retrocedió un paso.
Era la primera vez que Emma lo veía hacerlo ante algo.
—Eso terminó —dijo él.
—Nunca terminó —respondió Adrian—. Evelyn lo retrasó.
—¿Qué terminó? —preguntó Emma.
Lucian no podía apartar los ojos de la marca.
—Un juramento.
—¿Qué juramento?
—Uno que nunca debería haberse hecho.
Victoria sonrió.
—Díselo, Lucian.
Él la ignoró.
Emma se acercó.
—Me han secuestrado. Intentaron utilizarme en un asesinato. Acabo de descubrir que mi madre fue envenenada. Creo que ya superamos la etapa en la que todos deciden qué puedo soportar.
Lucian levantó la vista.
Emma no retrocedió.
—Dígamelo.
Lucian tardó varios segundos.
—En 1897, mi familia hizo un pacto con otra línea de sangre.
—¿Humana?
—En parte.
—¿Qué significa en parte?
—Significa que tu familia nunca fue completamente humana.
Emma soltó una pequeña risa incrédula.
—Claro.
Nadie más rió.
Eso hizo que dejara de hacerlo.
Adrian señaló la marca.
—Esa es la prueba.
Emma la frotó.
No desapareció.
—¿Qué era mi madre?
—Una Guardiana —dijo Adrian.
—Eso no significa nada.
—Los Guardianes podían caminar entre humanos y vampiros. No necesitaban sangre para sobrevivir. Envejecían, pero lentamente. Podían detectar ciertas sustancias. Resistían algunas heridas. Y tenían una característica particular.
Emma esperó.
Adrian miró a Lucian.
—Su sangre podía vincularse a un rey.
Victoria se rió suavemente.
—Ahora llegamos a la parte interesante.
Lucian la miró.
—Una palabra más y Malcolm te sacará de aquí.
—No lo hará.
Malcolm dio un paso.
Victoria levantó las manos.
—De acuerdo.
Emma sintió que su paciencia desaparecía.
—¿Qué significa vincularse?
Adrian habló.
—Los primeros Blackwood no gobernaron solo por fuerza. Un Guardián elegía al rey. El vínculo equilibraba ciertas… tendencias.
—¿Tendencias?
Lucian respondió esta vez.
—Hambre. Ira. Poder.
—¿Y qué recibía el Guardián?
Lucian no contestó.
Adrian sí.
—Parte de la longevidad del rey.
Emma miró a Lucian.
—¿Mi madre estaba vinculada a usted?
—No.
Demasiado rápido.
Emma lo notó.
—Entonces ¿quién?
Silencio.
Victoria se inclinó hacia adelante.
—Tú.
Emma la miró.
—Yo tenía—
—No estabas vinculada entonces —aclaró Adrian—. Fuiste elegida.
Emma sintió un nudo en el pecho.
—¿Por quién?
Adrian la miró con dolor.
—Por tu padre.
La habitación quedó completamente silenciosa.
Emma pensó que había escuchado mal.
—Mi padre murió antes de que yo naciera.
Adrian negó lentamente.
—Eso es lo que Evelyn te dijo.
—¿Quién era?
Adrian no respondió.
Emma miró a Victoria.
Después a Lucian.
Malcolm.
Todos sabían algo.
—¿Quién era mi padre?
Lucian se volvió hacia Adrian.
—No.
Adrian sostuvo la mirada.
—Ya no podemos protegerla con mentiras.
—No.
—Lucian.
—He dicho que no.
Emma dio un paso entre ambos.
—¿Por qué le importa?
Lucian la miró.
Algo oscuro cruzó su rostro.
No miedo.
Dolor.
—Porque conocí a tu padre.
—Nombre.
Lucian bajó la voz.
—Daniel Mercer.
Emma parpadeó.
Mercer.
El apellido de su madre.
—¿Eran familia?
—No por sangre.
—Entonces ¿por qué compartían apellido?
Adrian miró al suelo.
Emma entendió.
—Era falso.
Lucian asintió.
—Sí.
—Entonces dígame su verdadero nombre.
Antes de que pudiera responder, Malcolm levantó una mano.
—Silencio.
Todos se quedaron quietos.
Un sonido vibraba en algún lugar.
Lucian miró la pared.
—Teléfono.
Uno de los guardias encontró un móvil pegado bajo la mesa rota.
La pantalla estaba encendida.
Llamada entrante.
NÚMERO PRIVADO.
Lucian tomó el aparato.
Respondió.
No habló.
Una voz masculina llegó a través del altavoz.
—Siempre fuiste malo siguiendo instrucciones, Lucian.
Lucian se quedó inmóvil.
Emma vio cómo su rostro perdía todo color.
Adrian también reaccionó.
Victoria cerró los ojos.
La voz continuó:
—Te pedí que no buscaras a la chica.
Lucian apretó el teléfono.
—Tú estás muerto.
El hombre se rio.
—Eso dicen todos últimamente.
Lucian miró a Emma.
Ella supo antes de que alguien dijera nada.
No sabía cómo.
Simplemente lo supo.
El hombre habló otra vez.
—Emma.
Ella sintió hielo por la espalda.
—Sí —dijo.
Lucian intentó apagar el altavoz.
Emma agarró su muñeca.
—No.
La voz volvió a hablar.
—Tienes los ojos de Evelyn.
Emma acercó el teléfono.
—¿Quién es usted?
Silencio.
Después:
—Pregúntale a Lucian quién era su hermano mayor.
Emma miró al Rey Vampiro.
Lucian no respiraba.
—¿Qué significa eso?
El teléfono se cortó.
Emma no apartó los ojos de Lucian.
—¿Tenía un hermano?
Lucian cerró la mano.
—Sí.
—¿Cómo se llamaba?
—Sebastian.
—¿Está muerto?
Lucian miró el teléfono.
—Lo vi arder.
Adrian murmuró:
—Todos lo vimos.
Emma sintió que el símbolo de su palma ardía con más fuerza.
—¿Y qué tiene que ver Sebastian conmigo?
Nadie respondió.
Emma golpeó la mesa.
—¿QUÉ TIENE QUE VER CONMIGO?
Lucian levantó la vista.
Y Emma vio algo en sus ojos que no había visto ni frente a la bomba.
Terror.
—Sebastian era tu padre.
Las palabras quedaron suspendidas.
Emma dio un paso atrás.
—No.
Lucian continuó.
—Y si realmente sigue vivo…
Adrian terminó la frase.
—Entonces esta noche nunca fue un intento de asesinar al rey.
Malcolm miró la salida.
—Fue una reunión.
Victoria sonrió con amargura.
—Finalmente lo entienden.
Emma observó a todos.
—¿Una reunión para qué?
Lucian miró la marca en su palma.
Después la de ella.
—Para despertar el vínculo.
Un ruido profundo atravesó el edificio.
Las luces parpadearon.
Polvo cayó del techo.
Malcolm tocó su auricular.
—Movimiento arriba.
—¿Cuántos? —preguntó Lucian.
Malcolm escuchó.
Su rostro se endureció.
—Demasiados.
Adrian se acercó a Emma.
—Tenemos que sacarla.
Lucian lo apartó.
—Ella viene conmigo.
—Ese es exactamente el resultado que Sebastian quiere.
Lucian se volvió.
—¿Por qué?
Adrian miró las marcas.
—Porque un vínculo no solo estabiliza a un rey.
—Lo sé.
—No. No lo sabes.
Otro golpe sacudió las paredes.
Victoria dio un paso hacia la esquina.
Emma vio que intentaba alcanzar algo dentro de su bolso.
Se movió antes que nadie.
Tomó su muñeca.
Sacó una pequeña pistola.
Malcolm se la quitó.
Victoria miró a Emma.
—Igual que Evelyn.
Emma la empujó contra la pared.
—Deje de decir su nombre.
Victoria bajó la voz.
—Tu madre murió tratando de impedir exactamente esto.
—¿Qué?
—Que Lucian te tocara después de que la marca despertara.
Emma miró su mano.
Después a Lucian.
Él entendió.
Retrocedió.
—Nadie la toca —ordenó.
Demasiado tarde.
Un disparo atravesó la puerta.
Malcolm empujó a Emma.
Lucian giró.
Una bala rozó su hombro.
No cayó.
Pero el impacto lo hizo chocar contra Emma.
Sus manos se encontraron.
Palma contra palma.
Marca contra marca.
El mundo desapareció.
Emma escuchó un rugido que no venía de la habitación.
Vio nieve.
Un castillo.
Una mujer corriendo.
Un niño cubierto de sangre.
Lucian arrodillado frente a un hombre con el rostro quemado.
Vio a su madre.
Evelyn.
Más joven.
Llorando.
—No puedes tenerla.
Vio a Sebastian Blackwood.
El mismo rostro de Lucian.
Pero ojos más oscuros.
Una cicatriz en la mejilla.
Sostenía a un bebé.
Emma.
—Es mi hija.
La visión cambió.
Evelyn escondiendo documentos.
Adrian conduciendo bajo la lluvia.
Victoria entregando dinero a un médico.
Lucian frente a una tumba.
Sebastian observándolo desde un bosque.
Emma arrancó la mano.
Cayó de rodillas.
Lucian también.
Ambos respiraban con dificultad.
La marca había desaparecido.
Adrian palideció.
—No.
Victoria sonrió.
—Ya ocurrió.
Lucian miró a Emma.
—¿Qué viste?
Emma apenas podía hablar.
—A él.
—¿Sebastian?
—Sí.
—¿Qué más?
Emma recordó una última imagen.
Una habitación blanca.
Su madre atada a una cama.
Un hombre inyectando algo en su vía intravenosa.
La cámara girando.
El rostro del hombre.
Emma levantó lentamente la vista.
—Vi quién mató a mi madre.
Victoria perdió la sonrisa.
Lucian se puso de pie.
—¿Quién?
Emma miró a Adrian.
Él frunció el ceño.
—Emma.
Ella retrocedió.
—Fuiste tú.
Adrian quedó inmóvil.
—No.
—Te vi.
—No era yo.
—Tenías la aguja.
—Escúchame.
—Tenías la aguja en la mano.
—Porque estaba intentando detenerlo.
Emma se alejó.
—¿A quién?
Adrian abrió la boca.
Un proyectil atravesó su pecho.
Victoria gritó.
Adrian cayó.
Malcolm disparó hacia la puerta.
Lucian empujó a Emma detrás de una columna.
Los hombres de seguridad respondieron.
Vidrio.
Polvo.
Gritos.
Treinta segundos después, silencio.
Adrian estaba en el suelo.
Emma se arrodilló junto a él.
La herida era oscura.
—No saque eso —dijo.
Adrian tosió.
—No importa.
—Claro que importa.
—No para mí.
Emma presionó alrededor de la herida.
—Cállese.
Adrian sonrió débilmente.
—Evelyn decía lo mismo.
Emma apretó la mandíbula.
—¿Quién estaba con usted?
Adrian miró a Lucian.
—Él sabe.
—No —dijo Lucian.
—Sí.
—Adrian.
—Díselo.
Lucian se acercó.
Adrian agarró la muñeca de Emma.
—Tu madre no intentaba protegerte de Lucian.
—Entonces ¿de quién?
—De lo que ocurriría después del vínculo.
—¿Qué ocurre?
Adrian miró al rey.
—Pregúntale cuántos Guardianes sobrevivieron.
Emma volvió la cabeza.
Lucian permaneció en silencio.
—¿Cuántos? —preguntó ella.
Lucian cerró los ojos.
—Ninguno.
Emma sintió frío.
—¿Por qué?
—Porque el vínculo consume al Guardián con el tiempo.
Adrian negó.
—Eso es lo que te dijeron.
Lucian lo miró.
—¿Qué?
—No murieron por el vínculo.
—Yo los vi.
—Murieron porque alguien los mató antes de que descubrieran lo que podían hacer.
Lucian frunció el ceño.
Adrian reunió aire.
—Un Guardián vinculado puede transferir poder.
—Lo sé.
—También puede quitarlo.
Lucian quedó inmóvil.
Adrian miró a Emma.
—Puede destronar a un rey sin matarlo.
Desde algún lugar del pasillo llegó una lenta palmada.
Una.
Dos.
Tres.
Todos levantaron las armas.
Un hombre apareció en la entrada.
Cabello negro con algunas hebras plateadas.
Abrigo largo.
Cicatriz en la mejilla.
Lucian dejó de respirar.
Emma reconoció el rostro.
Lo había visto en la visión.
Sebastian Blackwood.
Su padre.
Sonrió.
—Gracias, Adrian.
Adrian palideció.
Sebastian dio otro paso.
—Me tomó veintisiete años conseguir que la marca despertara.
Lucian se interpuso frente a Emma.
Sebastian soltó una carcajada.
—Todavía protegiendo lo que no es tuyo, hermanito.
—Estás muerto.
—Y tú sigues siendo poco original.
Emma se puso de pie.
—¿Eres mi padre?
Sebastian la miró.
Por primera vez, su sonrisa desapareció.
—Emma.
Ella no sintió nada parecido al alivio que había imaginado de niña cuando fantaseaba con conocer a su padre.
Solo sintió rabia.
—¿Mataste a mi madre?
Sebastian ladeó la cabeza.
—No.
—¿La envenenaste?
—No.
—¿Sabías que estaba muriendo?
Una pausa.
—Sí.
Emma tragó saliva.
—Y no hiciste nada.
Sebastian no respondió.
Aquello bastó.
—Entonces no me llames hija.
Algo oscuro cruzó sus ojos.
Lucian miró de Sebastian a Emma.
—¿Qué quieres?
Sebastian sonrió otra vez.
—Lo que siempre fue mío.
—El trono.
—No.
Miró a Emma.
—La elección.
Lucian comprendió.
—No puedes obligarla.
—Claro que no.
Sebastian abrió los brazos.
—Los Guardianes eligen libremente.
Emma soltó una risa breve.
—¿Secuestrarme era su idea de libertad?
Sebastian miró a Victoria.
—Eso no fue orden mía.
Victoria palideció.
—Nos dijiste que la trajéramos.
—Dije que la encontraran.
—No había tiempo.
—Siempre existe tiempo para obedecer con precisión.
Emma observó la discusión.
No eran aliados perfectos.
Había grietas.
Eso significaba opciones.
Miró a Malcolm.
Él entendió.
Muy ligeramente, movió dos dedos hacia la salida lateral.
Emma no se movió todavía.
—¿Por qué envenenar a Lucian si no querías matarlo? —preguntó.
Sebastian la miró.
—Para que lo salvaras.
—¿Y la bomba?
—Para que lo salvaras otra vez.
—¿Por qué dos veces?
—Una podría ser casualidad. Dos crean interés.
Lucian apretó la mandíbula.
Sebastian sonrió.
—Sabía que investigaría.
—Usaste mi curiosidad.
—Siempre ha sido tu debilidad.
—¿Y la fotografía de Emma?
—Para asegurarme de que Malcolm la encontrara.
Malcolm murmuró una maldición.
Emma miró a Sebastian.
—Querías que Lucian me siguiera.
—Sí.
—Que encontrara la marca.
—Sí.
—Que nos tocáramos.
—Eventualmente.
Emma señaló el daño alrededor.
—Todo esto por un ritual.
—No es un ritual.
Sebastian la contempló.
—Es una coronación.
Lucian dio un paso.
—No.
—Todavía piensas que tú eres el objetivo.
Sebastian negó.
—Nunca se trató de recuperarte el trono, Lucian.
Miró a Emma.
—Se trata de darle uno a ella.
Emma se quedó inmóvil.
Victoria bajó la mirada.
Malcolm dejó de moverse.
—¿Qué? —preguntó Emma.
Sebastian continuó:
—Un Guardián vinculado a sangre real no solo puede elegir un rey.
Adrian, aún en el suelo, intentó hablar.
—No…
Sebastian sonrió.
—Puede convertirse en uno.
Lucian miró a Emma.
—Eso es imposible.
—¿Lo es?
Sebastian señaló la marca.
—¿Por qué crees que Evelyn huyó?
Emma recordó las palabras.
Nunca debe saber quién es Emma.
No quién es su padre.
No de dónde viene.
Quién es Emma.
—Mi madre sabía.
—Tu madre descubrió que los antiguos registros habían sido alterados —dijo Sebastian—. Durante siglos, los Blackwood mataron a cada Guardián capaz de reclamar autoridad. Lo llamaron enfermedad. Lo llamaron costo del vínculo. Lo llamaron sacrificio.
Se acercó.
—Era asesinato.
Lucian parecía enfermo.
—Yo no sabía.
Sebastian lo miró.
—Eso es lo que hace a un buen rey, Lucian. Nunca sabe qué cadáver sostiene su corona.
Lucian se lanzó hacia él.
Malcolm gritó.
Sebastian esquivó el ataque.
La habitación se convirtió en movimiento.
Emma no esperó.
Corrió hacia Adrian.
Tomó la llave metálica de su cinturón.
—¿Qué abre?
Él apenas podía mantenerse consciente.
—Archivo…
—¿Dónde?
—Debajo… estación… Union…
Emma entendió.
—¿Qué archivo?
Adrian la agarró.
—La verdad sobre Evelyn.
Un disparo golpeó la pared.
Emma se agachó.
Adrian acercó la boca a su oído.
—Y sobre quién… realmente… ordenó su muerte.
Emma miró a Sebastian.
—¿No fue él?
Adrian negó.
—Sebastian la abandonó.
Tosió.
—Pero no la mató.
—Entonces ¿quién?
Adrian miró más allá de Emma.
Hacia alguien.
Emma siguió la dirección.
Victoria.
La mujer estaba temblando.
—¿Victoria?
Adrian volvió a negar.
—Más cerca.
Emma frunció el ceño.
—¿Más cerca de quién?
Los ojos de Adrian se fijaron en Lucian.
Emma sintió que el corazón se detenía.
—No.
Adrian intentó hablar.
No pudo.
La cabeza cayó hacia un lado.
—Adrian.
Emma le tocó el cuello.
Nada.
—Adrian.
Nada.
Detrás de ella, la pelea terminó con un golpe brutal.
Lucian tenía a Sebastian contra la pared.
—¡Emma! —gritó Malcolm—. ¡Muévete!
Emma guardó la llave.
Victoria corrió hacia la salida.
Malcolm la atrapó.
Sebastian se rio mientras Lucian lo sujetaba.
—Pregúntale.
Lucian apretó más.
—Cállate.
—Pregúntale por Evelyn.
—Cállate.
—Pregúntale dónde estaba la noche en que empezó a enfermar.
Lucian congeló el movimiento.
Emma se levantó.
—¿Dónde estaba usted?
Lucian no miró hacia ella.
—Emma.
—¿Dónde estaba?
Sebastian sonrió.
—Díselo.
Lucian soltó lentamente a su hermano.
Se volvió.
Por primera vez desde que Emma lo conocía, no parecía rey.
Parecía un hombre atrapado por un recuerdo que había pasado un siglo enterrando.
—Estaba con ella.
Emma no podía respirar.
—¿Haciendo qué?
Lucian cerró los ojos.
—Intentando salvarla.
Sebastian se rio.
—Otra frase cuidadosamente elegida.
Emma miró a Lucian.
—¿Le dio algo?
Silencio.
Eso fue suficiente.
Emma retrocedió.
—¿Qué le dio?
—Un compuesto.
—¿Qué compuesto?
—Uno que debía romper el vínculo con mi familia.
—¿Funcionó?
—No como esperábamos.
Emma sintió frío.
—¿Fue eso lo que la enfermó?
Lucian no respondió.
Sebastian sí.
—Sí.
Emma miró a Lucian.
Todo lo ocurrido en el restaurante desapareció.
La copa.
La bomba.
La deuda.
La protección.
Solo veía a su madre pesando cuarenta kilos al final.
La piel gris.
Las manos frías.
Diciéndole que todo estaría bien.
—Usted la mató.
—No sabía lo que ocurriría.
—Pero se lo dio.
—Ella me lo pidió.
—No use eso.
Lucian dio un paso.
Emma levantó una mano.
—No se acerque.
Él se detuvo inmediatamente.
Sebastian observaba con satisfacción.
Emma lo notó.
Y entonces comprendió otra cosa.
Eso también era parte del plan.
Separarlos.
Enfrentarlos.
Hacer que ella eligiera.
Emma respiró.
Una vez.
Dos.
Tres.
Su madre siempre decía que una persona furiosa veía exactamente lo que su enemigo quería que viera.
Así que Emma miró más.
Miró a Sebastian.
Demasiado satisfecho.
A Victoria.
Demasiado asustada.
A Malcolm.
Preparado para proteger a Lucian.
La salida.
La llave.
La sangre de Adrian.
Y la pistola de Victoria sobre el suelo.
—No voy a elegir a ninguno —dijo Emma.
Sebastian dejó de sonreír.
—Todavía no entiendes.
—Entiendo suficiente.
—El vínculo ya despertó.
—Entonces aprenderé a romperlo.
Lucian levantó la vista.
Sebastian sonrió otra vez, pero ahora parecía forzada.
—Eso mataría a uno de ustedes.
—¿A cuál?
Sebastian guardó silencio.
Emma entendió.
—No lo sabe.
—Emma—
—No lo sabe.
Ella recogió la pistola.
Malcolm levantó la suya.
—Emma.
—No voy a disparar.
Revisó el cargador.
Vacío.
Lo mostró.
—Victoria intentó usar una pistola sin munición.
Todos miraron a Victoria.
Su rostro cambió.
Emma continuó.
—Porque nunca intentaba dispararme.
Lucian comprendió.
—Era una señal.
Emma asintió.
—¿Para quién?
Victoria corrió.
No hacia la puerta.
Hacia la pared.
Presionó un ladrillo.
Una sección entera se abrió.
Detrás había un túnel.
Sebastian giró.
—¡Victoria!
Ella desapareció.
Malcolm fue detrás.
Emma corrió también.
Lucian la alcanzó.
—Quédate atrás.
—No.
—Emma.
—Ya me secuestraron una vez esta noche. No pienso quedarme esperando una segunda.
Entraron al túnel.
Al final había escaleras.
Subieron.
Salieron a un estacionamiento subterráneo.
Un coche negro arrancó.
Victoria estaba dentro.
Malcolm disparó a los neumáticos.
Falló.
El vehículo se perdió por la rampa.
Malcolm tocó su auricular.
—Bloqueen calles.
Emma miró el suelo.
Algo había caído del bolso de Victoria.
Una tarjeta.
La recogió.
Era una tarjeta de acceso.
CHICAGO UNION ARCHIVE SERVICES.
Emma sacó la llave que Adrian le había dado.
Mismo logotipo.
—No estaba huyendo al azar.
Lucian observó la tarjeta.
—Va al archivo.
Sebastian apareció detrás.
—Entonces deberíamos ir.
Malcolm le apuntó.
—Tú no vas a ninguna parte.
Sebastian sonrió.
—Puedes arrestarme si quieres.
—No soy policía.
—Precisamente.
Lucian miró a Emma.
—Tú decides.
Sebastian soltó una carcajada.
—Ya empezó.
Emma frunció el ceño.
—¿Qué?
—Te pregunta.
—Eso hacen las personas normales.
—Los reyes Blackwood no.
Lucian lo ignoró.
Emma miró la tarjeta.
—Vamos al archivo.
Treinta y cinco minutos después estaban bajo Union Station.
No en la zona pública.
Más abajo.
Túneles antiguos.
Salas olvidadas utilizadas décadas atrás para correo y almacenamiento.
La tarjeta de Victoria abrió una puerta de acero.
La llave de Adrian abrió otra.
Detrás había archivadores.
Cientos.
Emma sintió que le faltaba aire.
Cada uno tenía años.
Nombres.
Familias.
Símbolos.
Lucian caminó lentamente.
—Estos archivos deberían haber sido destruidos.
Sebastian sonrió.
—Alguien fue más inteligente que tus consejeros.
Emma encontró MERCER.
Abrió.
Fotografías.
Informes médicos.
Certificados falsos.
Pasaportes.
Una fotografía suya de bebé.
Otra a los cinco.
Otra a los doce.
Otra tomada apenas dos meses antes.
—Me observaron toda mi vida.
Lucian miró las fotos.
—Parece que sí.
Emma encontró una carpeta roja.
EVELYN.
Sus manos temblaron por primera vez.
La abrió.
Resultados de laboratorio.
Notas.
Una lista de medicamentos.
Fotografías del hospital.
Y una grabación.
Una pequeña memoria digital.
Malcolm encontró un viejo ordenador.
Lo encendieron.
Emma insertó la memoria.
Apareció video.
Su madre.
Evelyn.
Estaba sentada en una habitación.
Fecha: 14 de octubre de 2020.
Ocho meses antes de morir.
Emma se acercó a la pantalla.
Su madre miró directamente a la cámara.
—Si Emma está viendo esto, significa que fallé.
Emma dejó de respirar.
Evelyn continuó:
—Cariño, lo primero que quiero que sepas es que te mentí.
Emma sintió lágrimas arder, pero no caer.
—Te mentí sobre tu padre. Sobre mi apellido. Sobre mi trabajo. Te mentí porque cada verdad que conocieras aumentaba las posibilidades de que alguien te encontrara.
Lucian permaneció detrás.
Sebastian no sonreía.
—Tu padre se llama Sebastian Blackwood.
Emma miró brevemente hacia él.
Evelyn continuó.
—Lo amé. Y durante mucho tiempo creí que él me amaba. Pero Sebastian ama el poder más que a cualquier persona.
Él bajó la mirada.
—Cuando descubrí lo que eras, huí.
Emma acercó una mano a la pantalla.
—No porque fueras un monstruo. Nunca pienses eso. Huí porque eras la primera niña nacida en seis siglos con sangre Blackwood y sangre Guardiana perfectamente compatibles.
Lucian susurró algo.
Emma no lo oyó.
—Eso significa que puedes hacer algo que nadie vivo puede hacer.
La grabación se distorsionó.
Emma tocó el teclado.
Volvió.
—Puedes elegir un rey.
Pausa.
—Puedes quitarle la corona.
Otra pausa.
—Y puedes destruir el vínculo para siempre.
Sebastian dio un paso hacia la computadora.
Malcolm lo bloqueó.
Evelyn respiró profundamente.
—Pero hay algo que Sebastian nunca descubrió.
Emma se inclinó.
—Lucian tampoco lo sabe.
Lucian se acercó.
—¿Qué?
Evelyn miró a cámara.
—El Guardián no muere cuando rompe el vínculo.
Lucian palideció.
—Los registros fueron falsificados. Todos. Durante generaciones.
Sebastian apretó los puños.
—Entonces ¿quién muere? —susurró Emma.
Su madre respondió como si pudiera escucharla.
—El rey.
Silencio.
Emma miró a Lucian.
La grabación continuó.
—Por eso mataban a los Guardianes antes de que pudieran intentarlo. Por eso inventaron la historia de que el vínculo los consumía.
Lucian se sentó.
Sebastian parecía fascinado.
—Si Emma se vincula completamente con un Blackwood, tendrá una elección.
Evelyn tragó saliva.
—Mantenerlo en el trono.
—Quitarle el poder.
—O matarlo.
Lucian miró su mano.
Emma sintió náuseas.
—Pero hay una última cosa.
La pantalla parpadeó.
Una alarma sonó.
Malcolm se volvió.
—Movimiento.
La grabación siguió.
—La elección no es lo que más temía.
Las luces del archivo se apagaron.
Oscuridad.
—¡Emma! —gritó Lucian.
Se encendieron luces de emergencia.
La pantalla seguía funcionando con batería.
Evelyn hablaba.
—Lo que temía era que descubrieran que existe un segundo Guardián.
Emma se quedó helada.
Sebastian gritó:
—¡Detén el video!
Demasiado tarde.
—Un hijo al que escondí antes de que Emma naciera.
Emma miró la pantalla.
—¿Qué?
Evelyn comenzó a llorar.
—Emma, tienes un hermano.
Un disparo reventó el monitor.
La pantalla quedó negra.
Malcolm se lanzó detrás de un archivador.
Lucian cubrió a Emma.
Sebastian desapareció entre las sombras.
Disparos.
Pasos.
Alguien gritó.
Emma se arrastró hacia la carpeta.
La tomó.
Sintió una mano agarrando su tobillo.
Golpeó.
Era Victoria.
Había aparecido detrás de los archivos.
—Dame la carpeta.
—No.
—¡No sabes lo que contiene!
—Precisamente por eso me la quedo.
Victoria intentó quitársela.
Emma vio sangre en su manga.
—¿Dónde está mi hermano?
Victoria se congeló.
Emma lo supo.
—Usted sabe.
Victoria miró hacia un túnel lateral.
Emma siguió la mirada.
—Está aquí.
—Emma—
Ella corrió.
—¡Emma! —gritó Lucian.
No se detuvo.
Entró al túnel.
Escuchó pasos detrás.
No sabía quién.
Llegó a otra puerta.
Usó la tarjeta.
Se abrió.
Había una habitación.
Una mesa.
Monitores.
Cámaras.
Emma se vio a sí misma en docenas de pantallas.
En el restaurante.
En su apartamento.
En el hospital con su madre.
A los dieciséis años.
A los nueve.
A los cuatro.
Alguien la había observado desde siempre.
Entonces vio una pantalla distinta.
Transmisión en vivo.
Un hombre estaba sentado en una silla.
Cabeza inclinada.
Muñecas sujetas.
Tenía cabello oscuro.
Parecía de unos treinta años.
Emma se acercó.
En la esquina de la imagen había una etiqueta.
SUJETO E-2.
GUARDIÁN SECUNDARIO.
Emma sintió que el corazón golpeaba su pecho.
El hombre levantó la cabeza.
Sus ojos eran verdes.
Exactamente como los de Evelyn.
Emma tocó la pantalla.
—Dios mío.
Detrás de ella, una voz dijo:
—No es tu hermano.
Emma se volvió.
Victoria estaba en la puerta.
Lucian llegó detrás.
Malcolm también.
Sebastian no.
Emma señaló la pantalla.
—Mi madre dijo—
—Evelyn creía que era su hijo —dijo Victoria.
—¿Creía?
Victoria sacó un documento de su chaqueta.
—Porque nosotros cambiamos los resultados.
Emma se quedó inmóvil.
—¿Quiénes?
—Oro Negro.
—¿Por qué?
Victoria miró a Lucian.
—Porque necesitábamos que Evelyn protegiera a dos niños.
Lucian comprendió antes que Emma.
—Un señuelo.
Victoria asintió.
Emma miró al hombre de la pantalla.
—Entonces ¿quién es él?
Victoria no respondió.
Emma agarró su brazo.
—¿QUIÉN ES?
—Mi hijo.
Silencio.
Malcolm miró a Victoria.
—¿Qué?
—Mi hijo —repitió ella—. Caleb.
Emma retrocedió.
—¿También es Guardián?
—Sí.
—¿Cómo?
Victoria miró a Adrian a través del recuerdo y después cerró los ojos.
—Porque Adrian no era mi hermano.
Lucian soltó una maldición.
Emma entendió lentamente.
—Era su esposo.
Victoria asintió.
—Y el último Guardián puro.
Emma volvió a mirar la pantalla.
Caleb.
—Entonces mi madre protegió al hijo de ustedes.
—Sí.
—¿Por qué?
Victoria comenzó a llorar.
—Porque era la única forma de ocultar cuál de los dos niños podía romper la corona.
Emma frunció el ceño.
—¿Cuál?
Victoria miró la marca de Emma.
—Nunca lo supimos.
Lucian se acercó a la consola.
—¿Dónde está Caleb?
—Debajo de nosotros.
Malcolm tomó su arma.
—Vamos.
Victoria bloqueó el camino.
—No.
—Muévete.
—No entienden.
Un golpe sordo resonó debajo.
Después otro.
La transmisión tembló.
Caleb levantó la cabeza.
Miró directamente a la cámara.
Sus labios se movieron.
Emma no escuchaba sonido.
Leyó.
CORRAN.
La puerta detrás de Caleb se abrió.
Entró Sebastian.
Emma golpeó la consola.
—¡No!
Sebastian se acercó al hombre.
Le quitó las ataduras.
Caleb se puso de pie.
No parecía prisionero.
Parecía estar esperando.
Emma sintió el estómago caer.
Sebastian miró directamente a la cámara.
Sonrió.
Después Caleb también.
Victoria se llevó una mano a la boca.
—No.
Lucian miró las pantallas.
—¿Qué ocurre?
Victoria retrocedió.
—Nos engañaron.
—¿Quién?
Ella miró a Emma.
—Evelyn.
Emma no entendió.
En la pantalla, Caleb levantó la palma.
Tenía una marca.
Pero no era igual a la de Emma.
Era un círculo.
Tres líneas.
Y dos medias lunas.
Lucian palideció.
—Eso no es una marca Guardiana.
Victoria comenzó a temblar.
—No.
Emma miró a Lucian.
—¿Entonces qué es?
Él tardó demasiado en responder.
—Una marca de fundador.
—¿Qué significa?
Sebastian apareció en el altavoz.
—Significa que por fin podemos dejar de fingir.
La voz llenó la sala.
Caleb miró a la cámara.
—Hola, Emma.
Ella se quedó helada.
—¿Puedes oírme?
Emma pulsó el micrófono.
—Sí.
Caleb sonrió.
—Bien.
—¿Quién eres?
La sonrisa desapareció.
—La persona que ha pasado treinta años esperando que tú despertaras.
Emma miró a Victoria.
—Dijo que es su hijo.
Caleb soltó una carcajada.
—Victoria cree muchas cosas.
Victoria palideció.
—Caleb.
—Lo siento, madre.
La forma en que dijo madre fue casi burlona.
—No.
Victoria golpeó la pantalla.
—Te di a luz.
—Sí.
—Adrian era tu padre.
—No.
Victoria quedó inmóvil.
Caleb se acercó a la cámara.
—Adrian te ayudó a criarme. No es lo mismo.
Emma sintió frío.
—Entonces ¿quién es tu padre?
Caleb miró fuera de cámara.
Sebastian entró a su lado.
Emma cerró los ojos.
—No.
Sebastian puso una mano sobre el hombro de Caleb.
—Nunca tuve una sola hija, Emma.
Lucian dio un paso atrás.
—Eso no puede ser.
Sebastian sonrió.
—Gemelos.
Emma miró a Caleb.
El mundo perdió sonido.
—No.
Caleb levantó la mano.
—Hola, hermana.
Victoria se desplomó contra la pared.
—No… No. Evelyn dijo…
Sebastian se rio.
—Evelyn mintió mejor de lo que todos creíamos.
Emma miró la carpeta.
Encontró rápidamente fotografías.
Certificado.
Dos recién nacidos.
Una niña.
Un niño.
Emma Grace.
Caleb Thomas.
Misma fecha.
Mismo hospital.
Misma madre.
Evelyn.
Padre: Sebastian Blackwood.
Emma sintió que las rodillas cedían.
Lucian la sostuvo.
Esta vez la marca no ardió.
No hubo visión.
Nada.
—¿Por qué separarnos? —preguntó Emma.
Caleb respondió desde la pantalla.
—Porque juntos somos algo que los Blackwood llevan siglos intentando impedir.
—¿Qué?
—Una sucesión completa.
Lucian murmuró:
—Dos Guardianes de sangre real.
Sebastian asintió desde la transmisión.
—Exactamente.
Emma miró a su padre.
—¿Todo esto era para reunirnos?
—No.
Su sonrisa se volvió fría.
—Era para descubrir cuál de ustedes elegiría a Lucian.
Emma miró su palma.
—Yo.
—Sí.
—¿Entonces qué ocurre con Caleb?
Sebastian miró a su hijo.
—Él elige al otro.
Lucian quedó inmóvil.
—¿Al otro qué?
Las luces volvieron a parpadear.
Caleb extendió la mano.
Alguien entró en la habitación junto a él.
Solo se veía una silueta.
Alta.
Delgada.
Un hombre.
Lucian pareció reconocerlo.
Su expresión se transformó.
—No.
Sebastian sonrió.
—Sí.
El hombre salió de la oscuridad.
Malcolm dejó caer el arma unos centímetros.
Victoria gritó.
Emma no conocía ese rostro.
Pero Lucian sí.
—Eso es imposible —susurró el Rey Vampiro.
El desconocido sonrió.
—Sigues diciendo eso.
Lucian retrocedió.
—Padre.
Emma sintió que todo se detenía.
El hombre de la pantalla parecía tener cuarenta años.
Cabello oscuro.
Ojos grises.
Misma mirada que Lucian.
Nathaniel Blackwood.
El rey anterior.
Muerto oficialmente en 1902.
Caleb colocó su palma contra la de Nathaniel.
La habitación de la pantalla se llenó de una luz roja.
Lucian se dobló.
Emma lo sostuvo.
—¿Qué pasa?
Lucian miró su mano.
La marca estaba desapareciendo.
—Está reclamando la línea.
Sebastian habló por el altavoz.
—Un Guardián para el rey actual.
Un Guardián para el rey anterior.
Dos vínculos.
Dos coronas.
Emma miró a Caleb.
—¿Por qué?
Él la observó.
—Porque solo una corona sobrevivirá al amanecer.
Un reloj apareció en todos los monitores.
04:11:36.
04:11:35.
04:11:34.
Emma sintió que el corazón golpeaba.
—¿Qué ocurre al amanecer?
Caleb no sonrió.
—Uno de nosotros tendrá que elegir.
—¿Elegir qué?
Nathaniel Blackwood respondió.
—Qué rey debe morir.
Emma miró a Lucian.
Después a su padre.
A su hermano perdido.
A la mujer que había ayudado a esconder su existencia.
Y al reloj descendiendo.
04:11:21.
04:11:20.
Lucian se levantó con dificultad.
—Hay algo que no entiendes, Nathaniel.
El antiguo rey ladeó la cabeza.
—Ilumíname.
Lucian miró a Emma.
—El vínculo entre nosotros no se completó.
Sebastian dejó de sonreír.
Caleb se acercó a la pantalla.
—Eso no es posible.
Emma recordó el momento.
Sus palmas.
La visión.
La marca desapareciendo.
—¿Cómo se completa?
Lucian respondió:
—El Guardián debe aceptar al rey.
Todos miraron a Emma.
Ella sintió que la habitación se volvía pequeña.
Sebastian habló lentamente.
—Emma.
Ella no respondió.
—Di su nombre.
—¿Qué?
—Di que lo eliges.
Emma miró a Lucian.
Él negó.
—No lo hagas.
Sebastian golpeó algo fuera de cámara.
—¡Hazlo!
Emma respiró.
Su madre había dejado pistas.
No órdenes.
Había ocultado verdades.
No para obligarla.
Para darle tiempo.
Tiempo para elegir por sí misma.
Emma miró el contador.
04:10:52.
Después miró a Caleb.
—¿Tú lo elegiste?
Su hermano guardó silencio.
Emma vio la respuesta.
—No.
Nathaniel giró hacia él.
—Caleb.
Emma se acercó al monitor.
—No lo elegiste.
Caleb apretó la mandíbula.
—No todavía.
Sebastian se puso tenso.
Emma entendió.
—Ningún vínculo está completo.
Lucian miró la pantalla.
Nathaniel perdió la sonrisa.
Emma sintió algo parecido a claridad.
Por primera vez aquella noche, todos los demás parecían reaccionar.
Ella estaba pensando.
—Entonces el reloj es mentira.
Nadie respondió.
—No existe una elección al amanecer.
Sebastian miró a otro lado.
Emma sonrió.
—Necesitaban presión.
—Emma —dijo Lucian.
—Necesitaban que creyéramos que teníamos minutos.
Caleb comenzó a sonreír.
—Sabía que lo verías.
Sebastian lo miró.
—Cállate.
Emma golpeó el micrófono.
—¿Dónde estás?
Caleb sostuvo su mirada.
—Debajo de la vieja plataforma diecisiete.
Malcolm ya estaba moviéndose.
Sebastian gritó algo.
La transmisión se cortó.
Emma corrió.
Lucian fue detrás.
Victoria permaneció apoyada contra la pared.
—¿Vienes? —preguntó Emma.
Victoria la miró sorprendida.
—¿Después de todo?
—Conoce los túneles.
Victoria se enderezó.
—Sí.
—Entonces camine.
Bajaron dos niveles.
Atravesaron un corredor.
Una puerta.
Escucharon voces.
Malcolm levantó tres dedos.
Dos.
Uno.
Entraron.
Sebastian estaba junto a una mesa.
Nathaniel detrás.
Caleb en el centro.
Nadie disparó.
Emma caminó directamente hacia su hermano.
Se observaron.
Misma nariz.
Misma forma de levantar la ceja.
Mismos ojos de Evelyn.
—Hola —dijo Caleb.
Emma sintió una risa absurda subir por el pecho.
—Hola.
—Esto es extraño.
—Un poco.
Sebastian se acercó.
—Tenemos poco tiempo.
Emma ni siquiera lo miró.
—Mentiroso.
Caleb soltó una carcajada.
Sebastian lo fulminó.
—No es gracioso.
—Llevas treinta años diciéndome que mi hermana sería fácil de controlar.
Emma miró a Caleb.
—¿Te crió él?
—A ratos.
—¿Quién más?
Caleb miró a Victoria.
Ella comenzó a llorar.
—Yo.
Emma entendió algo.
—Entonces sí eres su madre.
Victoria asintió.
—No biológicamente.
Caleb habló.
—Pero sí en todo lo que importa.
Emma miró a Sebastian.
—Entonces nunca fuimos gemelos.
—Sí lo son —dijo Victoria.
Emma frunció el ceño.
—¿Cómo puede usted…?
Victoria se secó los ojos.
—Yo no di a luz a Caleb.
—¿Qué?
—Evelyn dio a luz a ambos.
Caleb miró a Victoria.
—Ella me crió desde mis primeras semanas.
Emma sintió que la cabeza le dolía.
—¿Por qué?
Victoria miró a Sebastian.
—Porque él quería criar al heredero.
Sebastian tensó la mandíbula.
—Y Evelyn quería salvar a la heredera.
Emma comprendió.
—Nos dividieron.
—Sí.
Caleb se acercó.
—Pero mamá—
Se detuvo.
Miró a Victoria.
—Evelyn siempre dejó instrucciones para que algún día nos encontráramos.
Emma miró la llave.
—El archivo.
Caleb asintió.
—Adrian debía llevarte.
—Adrian murió.
La expresión de Caleb cambió.
—¿Qué?
—Le dispararon.
Caleb miró a Sebastian.
—¿Tú?
—No.
—¿Nathaniel?
El antiguo rey sonrió.
Caleb perdió el color.
—Tú.
Nathaniel se encogió de hombros.
—Adrian había vivido demasiado.
Victoria gritó.
Se lanzó hacia Nathaniel.
Malcolm la detuvo antes de que llegara.
Caleb miró al antiguo rey.
—Me dijiste que había sido un accidente.
—Necesitaba tu cooperación.
Algo cambió en Caleb.
Emma lo reconoció.
No furia descontrolada.
Decisión.
Sebastian también lo vio.
—Hijo.
Caleb levantó una mano.
—No me llames así.
Emma casi sonrió.
—Eso también lo tenemos en común.
Caleb la miró.
Por un segundo, eran solo dos hijos hartos del mismo hombre.
Nathaniel dio un paso.
—El vínculo debe completarse.
Caleb negó.
—No.
—No puedes salir de esto.
—Mírame.
La marca de Caleb comenzó a brillar.
Nathaniel sonrió.
—Eso es.
Caleb miró a Emma.
—Mamá dejó otra instrucción.
Emma sintió un escalofrío.
—¿Cuál?
—Si alguna vez estábamos juntos…
Caleb levantó la otra mano.
Emma vio una pequeña cicatriz en su muñeca.
Ella tenía una idéntica.
Desde niña.
Siempre pensó que era una marca de nacimiento.
—…no debíamos elegir a ningún rey.
Lucian se tensó.
Nathaniel gritó:
—¡No!
Caleb tomó la mano de Emma.
El mundo explotó en luz.
Emma vio siglos.
Reyes.
Guardianes.
Asesinatos.
Documentos quemados.
Niños ocultos.
Coronas cubiertas de sangre.
Después vio a Evelyn.
De pie en una cocina.
Sonriendo.
No enferma.
No asustada.
Su madre miró directamente hacia ella dentro del recuerdo.
Y dijo:
—Si están viendo esto juntos, entonces lo lograron.
Emma lloró.
Una sola lágrima.
Caleb apretó su mano.
La visión continuó.
—No elijan un rey.
Nathaniel gritaba en algún lugar.
—Elíjanse entre ustedes.
Las marcas cambiaron.
La de Emma.
La de Caleb.
Dos medias lunas aparecieron.
Iguales.
Fundadores.
Lucian cayó de rodillas.
Nathaniel también.
Sebastian retrocedió.
—No.
Emma abrió los ojos.
Todo estaba en silencio.
Caleb seguía sosteniendo su mano.
La marca de ambos brillaba.
Nathaniel miró sus propias manos.
Estaban envejeciendo.
Rápido.
Lucian no.
Sebastian gritó.
—¡Sepárense!
Emma no lo hizo.
Caleb tampoco.
Nathaniel cayó.
Su cabello se volvió blanco.
Su piel se arrugó.
En segundos parecía un anciano.
Después polvo.
Nada más.
Lucian respiraba.
Seguía vivo.
Sebastian miró el montón de ceniza.
—¿Qué hicieron?
Emma miró a Caleb.
Él sonrió.
—Elegimos.
—¿A quién?
Emma volvió la vista hacia su padre.
—A nadie.
Un sonido profundo recorrió los túneles.
Como una campana.
Lucian levantó la cabeza.
Malcolm miró su teléfono.
—Tenemos un problema.
—¿Cuál? —preguntó Lucian.
Malcolm enseñó la pantalla.
Mensajes.
Docenas.
—Todos los clanes de la Costa Este acaban de recibir una notificación automática.
Lucian tomó el teléfono.
Emma vio el texto.
LA CORONA BLACKWOOD HA CAÍDO.
DOS FUNDADORES HAN DESPERTADO.
CONVOCATORIA DE SANGRE EN 72 HORAS.
Lucian palideció.
Caleb dejó de sonreír.
Emma miró a Sebastian.
Él, en cambio, estaba sonriendo.
—¿Qué hiciste? —preguntó Emma.
Sebastian levantó las manos.
—Yo no hice nada.
—Entonces ¿por qué sonríes?
—Porque finalmente ocurrió.
—¿Qué?
Sebastian miró a sus dos hijos.
—La razón verdadera por la que Evelyn los separó.
Lucian dio un paso.
—Sebastian.
Él lo ignoró.
—No temía que uno de ustedes pudiera quitar una corona.
Emma sintió frío.
—¿Entonces qué temía?
Sebastian miró el polvo de Nathaniel.
Después las marcas de Emma y Caleb.
—Que juntos pudieran despertar todas las coronas.
Malcolm recibió una llamada.
Contestó.
Su rostro cambió.
—Lucian.
—¿Qué?
—Nueva York.
—¿Qué ocurre?
—Un hombre acaba de levantarse dentro de la cripta de la familia Ashcroft.
Otro teléfono vibró.
Malcolm miró.
—Boston también.
Otro.
—Seattle.
Lucian palideció.
Emma miró a Caleb.
—¿Qué significa?
Caleb parecía tan perdido como ella.
Sebastian caminó lentamente hacia la salida.
Malcolm levantó su arma.
—No te muevas.
Sebastian se detuvo.
—Puedes dispararme.
Miró a Emma.
—Pero recomiendo que primero revises el último bolsillo de la carpeta de tu madre.
Emma bajó la vista.
Abrió la carpeta.
Había un sobre que no había visto.
PARA EMMA Y CALEB.
Lo abrió.
Una carta.
Solo una página.
La letra de Evelyn.
Emma leyó en voz alta.
—“Si las dos marcas de Fundador despiertan al mismo tiempo, no celebren.”
Caleb se acercó.
Emma continuó.
—“No habrán destruido la monarquía.”
Lucian se quedó inmóvil.
—“Habrán abierto la puerta que los primeros Guardianes sellaron.”
Emma dejó de leer.
Malcolm miró el papel.
—¿Qué puerta?
Caleb señaló la siguiente línea.
Emma respiró.
—“Debajo de Chicago existe algo más antiguo que los Blackwood.”
El suelo vibró.
Una vez.
Polvo cayó del techo.
Sebastian dejó de sonreír.
Esta vez parecía preocupado.
Emma siguió leyendo.
—“Ellos lo llamaban el Primer Rey.”
Lucian susurró:
—No.
Otro temblor.
Más fuerte.
Las luces se apagaron.
Desde algún lugar muy profundo debajo de Union Station llegó un sonido.
No un rugido.
No un grito.
Una respiración.
Lenta.
Enorme.
Antigua.
Caleb agarró la mano de Emma.
—Dime que eso es un tren.
Emma miró el túnel negro.
—No es un tren.
Algo golpeó una puerta de metal en las profundidades.
Una vez.
La estructura tembló.
Dos veces.
Los tornillos comenzaron a salir.
Sebastian retrocedió.
Lucian miró a Emma.
—Tenemos que irnos.
Emma no se movió.
Había una última línea en la carta.
La leyó.
Y su sangre se convirtió en hielo.
—“Emma, si escuchas tres golpes…”
El tercer golpe sacudió todo el túnel.
La puerta distante se dobló hacia afuera.
Emma terminó la frase en un susurro.
—“…significa que tu verdadero padre acaba de despertar.”
Sebastian dejó de respirar.
Caleb giró hacia él.
—¿Qué acaba de decir?
Emma miró a Sebastian.
Él estaba pálido.
Por primera vez no tenía una respuesta.
Y desde la oscuridad, detrás de la puerta que llevaba más de ochocientos años sellada, una voz pronunció el nombre de su madre.
—Evelyn.
Emma sintió que la marca en su palma ardía como fuego.
Lucian levantó la cabeza.
Caleb apretó su mano.
La puerta comenzó a abrirse.
Y una figura apareció al otro lado.
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