Todos Ignoraron A La Mujer Sangrando Excepto Una M...

Todos Ignoraron A La Mujer Sangrando Excepto Una Mesera—Sin Saber Que Era La Hermana Del Rey Vampiro

Todos Ignoraron A La Mujer Sangrando Excepto Una Mesera—Sin Saber Que Era La Hermana Del Rey Vampiro

La mujer cayó de rodillas junto a la mesa número doce y la sangre comenzó a gotear sobre el mármol blanco.

Nadie se levantó.

Un hombre con un traje de tres mil dólares apartó su silla para que la sangre no tocara sus zapatos. Una mujer con diamantes en las orejas frunció la nariz y siguió cortando su salmón. El gerente del restaurante miró a la desconocida temblando en el suelo… y ordenó que alguien la sacara por la puerta trasera antes de que asustara a los clientes.

Solo Emily Carter dejó caer la bandeja que llevaba entre las manos.

Los vasos se hicieron añicos.

—Señorita Carter —espetó su gerente—. ¿Qué demonios está haciendo?

Emily ya estaba corriendo.

Tenía veintisiete años, un delantal negro manchado de salsa, ciento ochenta y seis dólares en su cuenta bancaria y una advertencia disciplinaria clavada en el casillero de empleados por haber llegado siete minutos tarde la semana anterior.

También tenía suficiente sentido común para reconocer cuando una persona estaba a punto de morir.

La desconocida había entrado apenas tres minutos antes.

Emily la había visto cruzar las puertas de cristal de The Halston, uno de los restaurantes más exclusivos de Portland, Oregon, tambaleándose como si cada paso exigiera una decisión consciente.

Llevaba un vestido gris oscuro que probablemente había costado más que el automóvil usado de Emily.

No llevaba abrigo, aunque afuera caía una lluvia helada de noviembre.

Su cabello negro estaba mojado.

Un brazalete de plata colgaba de su muñeca.

Y una mancha oscura se extendía lentamente por el costado de su vestido.

La mujer había mirado alrededor del comedor.

No parecía buscar una mesa.

Parecía buscar a alguien.

O asegurarse de que alguien no la hubiera seguido.

Después había dado dos pasos.

Y había caído.

Emily se arrodilló junto a ella.

—¿Puede oírme?

Los ojos de la mujer se abrieron.

Eran extrañamente claros.

Casi plateados.

Emily pensó que debía de ser el reflejo de las lámparas.

—No… llames… —murmuró la desconocida.

—Voy a pedir una ambulancia.

Los dedos de la mujer se cerraron alrededor de la muñeca de Emily con una fuerza absurda para alguien que apenas podía respirar.

—No.

Emily se quedó inmóvil.

La mujer tragó saliva.

—No… policía. No ambulancia. Ellos… están mirando.

El gerente, Douglas Bell, llegó detrás de Emily con la mandíbula apretada.

—Carter, aléjese.

Emily no se movió.

—Está herida.

—Eso es evidente.

—Necesita ayuda.

Douglas bajó la voz.

—Tenemos al vicepresidente de Halcyon Capital cenando en la mesa siete. Tenemos dos concejales de la ciudad en el salón privado. No vamos a convertir esto en una escena.

Emily lo miró.

Durante tres años había soportado sus comentarios con la cabeza baja.

Había aceptado turnos dobles.

Había limpiado mesas después de gente que gastaba más en una botella de vino de lo que ella pagaba de alquiler.

Había sonreído mientras Douglas explicaba que “la experiencia del cliente” significaba soportar manos demasiado atrevidas, insultos con una sonrisa y propinas retenidas por errores que no eran suyos.

Pero algo en la manera en que aquel hombre miraba a la mujer sangrando convirtió todo aquello en algo pequeño.

—Ya es una escena —dijo Emily.

Douglas apretó los dientes.

—Levántese.

—No.

El comedor se quedó más silencioso.

Douglas parpadeó.

—¿Cómo dijo?

—Dije que no.

La mujer herida soltó un leve sonido, entre tos y risa.

Douglas se inclinó.

—Si no se levanta en este instante, puede considerar terminado su turno.

Emily presionó una servilleta doblada contra el costado de la desconocida.

La tela blanca se volvió roja casi de inmediato.

—Entonces termine mi turno.

Alguien dejó escapar un pequeño murmullo.

Douglas se puso rojo.

—También su empleo.

Emily levantó la vista.

—Entonces despídame.

El silencio fue absoluto.

Nadie se movió cuando la mujer cayó.

Nadie se movió cuando comenzó a sangrar.

Nadie se movió cuando pidió ayuda sin palabras.

Nadie se movió cuando Douglas dijo que la sacaran como si fuera basura.

Nadie se movió hasta que una mesera que no podía permitirse perder su empleo decidió que alguien tenía que hacerlo.

Emily volvió su atención a la desconocida.

—Voy a ayudarte.

La mujer la observó durante un instante demasiado largo.

Después susurró:

—Entonces… no confíes en nadie que lleve un anillo negro.

Emily frunció el ceño.

—¿Qué?

La mujer giró apenas la cabeza.

Emily siguió su mirada.

Dos mesas más allá había un hombre de unos cuarenta años con un abrigo oscuro.

No estaba comiendo.

No tenía copa.

Simplemente estaba sentado observándolas.

Y en el dedo índice de su mano derecha brillaba un anillo negro.

El hombre se levantó.

Emily sintió que algo helado le recorría la espalda.

La desconocida apretó su muñeca.

—Ahora.

Emily no preguntó.

Metió un brazo bajo los hombros de la mujer y la ayudó a incorporarse.

Douglas bloqueó su camino.

—¿Adónde cree que va?

—Atrás.

—No va a llevarla por mi cocina.

—Entonces apártese.

—Carter…

—Douglas.

Fue la primera vez que Emily lo llamó por su nombre en horario laboral.

Fue suficiente.

El gerente dudó.

Emily pasó a su lado.

La mujer herida pesaba menos de lo que esperaba.

Demasiado menos.

Apenas llegaron a las puertas de la cocina cuando Emily escuchó pasos detrás.

El hombre del anillo negro.

No corría.

No necesitaba correr.

Caminaba con la seguridad de quien sabía que la salida estaba cerrada.

Emily empujó las puertas vaivén.

—Marco.

El chef levantó la cabeza.

—¿Qué pasó?

—Necesito la puerta de carga.

Marco vio la sangre.

No hizo preguntas.

Señaló el pasillo trasero.

—Está abierta.

Douglas irrumpió detrás.

—¡No la ayudes!

Marco lo miró.

—¿Por qué?

—Porque lo digo yo.

Marco soltó una carcajada seca.

—Pues hoy no me importa.

Emily siguió avanzando.

La mujer se tambaleó.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Emily.

—Claire.

—Bien, Claire. No te me desmayes todavía.

—No estaba… planeándolo.

—Perfecto. Eso facilita mucho mi trabajo.

Claire soltó una respiración que casi sonó divertida.

Llegaron al pasillo de servicio.

Emily vio la puerta metálica al fondo.

Veinte pasos.

Quince.

Diez.

Entonces alguien apareció delante de ellas.

Otro hombre.

Alto.

Traje gris.

Anillo negro.

Emily se detuvo.

El desconocido sonrió.

—Señora Blackwood.

Claire se puso rígida.

Emily sintió la reacción contra su cuerpo.

—Déjela pasar —dijo Emily.

El hombre la miró como si acabara de notar que existía.

—Esto no le concierne.

—Ahora sí.

—Apártese.

Emily evaluó el pasillo.

Una puerta a su derecha.

Cuarto de suministros.

Una alarma contra incendios a la izquierda.

Extintor.

Cámara de seguridad sobre la esquina.

El segundo hombre se acercaba desde atrás.

Emily no era una luchadora.

Nunca había tomado una clase de defensa personal.

Pero había trabajado cinco años en restaurantes.

Sabía dónde estaban las salidas.

Sabía cuánto pesaba un extintor industrial.

Y sabía exactamente qué pasaba cuando se activaba el sistema de emergencia del Halston.

Sin apartar la mirada del hombre, extendió la mano.

Tiró de la alarma.

El sonido explotó por todo el edificio.

Las luces comenzaron a parpadear.

Puertas de emergencia se desbloquearon automáticamente.

En la cocina, alguien gritó.

Los clientes comenzaron a levantarse.

Emily agarró el extintor.

El hombre del traje gris dio otro paso.

Emily arrancó el seguro.

—No quiero usar esto.

El hombre casi sonrió.

—No sabe con quién está hablando.

Emily apuntó la boquilla hacia su cara.

—Y usted no sabe cuánto tiempo llevo deseando usar uno de estos.

Apretó la palanca.

Una nube blanca llenó el pasillo.

El hombre retrocedió maldiciendo.

Emily empujó a Claire hacia la puerta.

Corrieron.

O algo parecido.

La lluvia golpeó el rostro de Emily cuando salieron al callejón.

Su viejo Honda Civic estaba estacionado media cuadra más abajo.

—¿Puedes caminar?

—Puedo intentarlo.

—No necesito un intento.

Claire la miró.

Emily señaló el automóvil.

—Necesito veinte segundos.

Claire asintió.

Corrieron.

Detrás de ellas, la puerta metálica se abrió de golpe.

Emily no miró.

Sacó las llaves.

Abrió el Honda.

Metió a Claire en el asiento del pasajero.

Corrió alrededor del capó.

Un hombre apareció en la entrada del callejón.

Emily arrancó.

El motor protestó.

—No me hagas esto —susurró.

Giró la llave otra vez.

El motor rugió.

—Te amo.

Salió del estacionamiento justo cuando el hombre del anillo negro llegó a la calle.

Claire miró por el espejo lateral.

—No nos seguirán de inmediato.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque quieren que esto parezca un accidente.

Emily dobló a la izquierda.

—Eso no es tranquilizador.

Claire apoyó la cabeza contra el asiento.

—No debería serlo.

—¿Hospital?

—No.

—Claire.

—No puedo ir.

—Estás perdiendo mucha sangre.

—No es tanta como parece.

Emily miró la servilleta empapada contra su costado.

—Te prometo que parece bastante.

Claire cerró los ojos.

—Necesito llegar a Forest Park.

Emily soltó una risa incrédula.

—No.

—Por favor.

—Es un bosque de cinco mil acres y está oscuro.

—Hay una casa.

—¿Una casa en Forest Park?

—Cerca de Skyline Boulevard.

Emily se detuvo ante un semáforo.

—¿Hay un médico?

Claire tardó demasiado en responder.

—Algo parecido.

—Eso tampoco ayuda.

El semáforo cambió.

Emily continuó.

Su teléfono comenzó a vibrar.

Douglas.

Ignoró la llamada.

Volvió a sonar.

Luego otra vez.

Claire abrió los ojos.

—Apágalo.

—¿Por qué?

—Porque si ellos tienen acceso al sistema del restaurante, ya tienen tu nombre.

Emily sintió un pequeño vacío en el estómago.

—¿Quiénes son “ellos”?

—Apaga el teléfono.

Emily tomó el aparato.

Lo apagó.

—Ahora tú hablas.

Claire la observó.

—No sé cuánto puedo contarte.

—Me acaban de despedir, activé una alarma, rocié a un hombre con un extintor y estoy conduciendo hacia un bosque con una desconocida que sangra sobre mi asiento. Creo que he ganado un par de respuestas.

Claire miró sus propias manos.

—No soy exactamente una desconocida.

—Para mí sí.

—Mi apellido es Blackwood.

Emily esperó.

—¿Eso debería significarme algo?

Por primera vez, Claire pareció genuinamente sorprendida.

—¿Nunca has oído el apellido?

—Trabajo sesenta horas a la semana. Mi cultura general últimamente consiste en saber qué mesa pidió Chardonnay.

Claire soltó una pequeña sonrisa.

Después la sonrisa desapareció.

—Mi familia posee Blackwood Industries.

Emily casi frenó.

Había escuchado ese nombre.

Todo Portland lo había hecho.

Blackwood Industries figuraba en los titulares con una frecuencia casi absurda: bienes raíces, tecnología médica, seguridad privada, hoteles, energía, filantropía.

La fortuna familiar se estimaba en miles de millones.

Pero era una compañía extraña.

Privada.

Reservada.

Nunca había entrevistas.

Nunca fotografías familiares.

Nunca escándalos.

—¿Esa Blackwood Industries?

—Sí.

—¿Y los hombres del restaurante trabajan para tu familia?

—No.

—¿Competencia?

Claire la miró.

—Peor.

La carretera comenzó a subir hacia las colinas.

La lluvia se convirtió en una cortina.

—Claire.

—Mi hermano tiene enemigos.

—Tu hermano multimillonario.

Claire volvió la cara hacia la ventana.

—Mi hermano rey.

Emily esperó.

Claire no sonrió.

—¿Rey de qué?

Silencio.

—Claire.

—Sigue conduciendo.

—Eso no responde.

—Lo hará.

Emily sintió irritación mezclada con miedo.

—Si me estás llevando a una secta de multimillonarios, te aviso que no tengo dinero para donar.

Claire rió.

Esta vez fue una risa auténtica.

Duró tres segundos.

Después se dobló de dolor.

Emily redujo la velocidad.

—Ey.

—Estoy bien.

—No, no lo estás.

—A la derecha en el próximo cruce.

Emily obedeció.

El camino se volvió más estrecho.

Los árboles parecían tragarse la luz.

Cinco minutos después, Claire señaló una entrada apenas visible entre los pinos.

—Ahí.

Emily dobló.

Encontró una verja de hierro.

No había intercomunicador.

No había cartel.

Claire bajó la ventanilla y extendió una mano.

—¿Qué haces?

—Espera.

Claire apoyó la palma contra una pequeña placa oscura.

La verja se abrió.

Emily la miró.

—Biométrico.

—Eso sí me lo creo.

Avanzaron.

El camino privado serpenteaba entre árboles enormes.

Finalmente apareció una casa.

No era una mansión.

Era una construcción de piedra y madera escondida entre los pinos, con luces cálidas en las ventanas.

Claire se desplomó ligeramente.

—Llegamos.

La puerta principal se abrió antes de que Emily estacionara.

Un hombre enorme salió.

No enorme como un jugador de básquetbol.

Enorme como un muro que había aprendido a caminar.

Llevaba camisa negra.

No abrigo.

La lluvia parecía no molestarle.

Sus ojos fueron directamente a Claire.

—Dios.

Corrió.

Emily abrió la puerta del pasajero.

—Está herida.

El hombre tomó a Claire en brazos.

—¿Quién eres?

—Emily.

Él la miró con dureza.

—¿Dónde la encontraste?

—En mi trabajo.

—¿Quién te siguió?

—Dos hombres con anillos negros.

El rostro del hombre cambió.

—Dentro. Ahora.

Emily no discutió.

La puerta se cerró detrás de ellos.

Un segundo hombre apareció desde un pasillo.

Llevaba gafas y una camisa blanca arremangada.

Cuando vio la herida, tomó una pequeña maleta metálica.

—Mesa.

Claire fue colocada sobre una mesa larga de madera.

Emily dio un paso atrás.

—¿Es médico?

—Sí —respondió el hombre enorme.

—¿De verdad?

—Lo suficiente.

Emily resopló.

—Ya escuché eso una vez esta noche.

El médico cortó cuidadosamente la tela alrededor de la herida.

Emily vio un agujero pequeño.

No parecía una puñalada.

—¿Bala?

El médico frunció el ceño.

—No exactamente.

Claire abrió los ojos.

—Silverthorn.

El médico se quedó quieto.

El hombre enorme maldijo.

Emily no entendió.

—¿Qué es Silverthorn?

Nadie contestó.

El médico abrió un compartimento de su maleta.

Sacó unas pinzas.

—Necesito que salgas.

Claire habló inmediatamente.

—Ella se queda.

—Claire.

—Marcus, ella se queda.

El hombre enorme, Marcus, miró a Emily.

—No sabes lo que vas a ver.

Emily cruzó los brazos.

—He limpiado un baño después de una despedida de soltero de treinta personas. Sorpréndeme.

Claire soltó otra débil risa.

Marcus no.

El médico introdujo las pinzas.

Claire arqueó la espalda.

Emily se acercó.

Le tomó la mano.

—Mírame.

Claire apretó los dedos.

—Esto va a doler.

—Eso ya lo noté.

—No. Me refiero a lo que viene.

Emily no tuvo tiempo de preguntar.

El médico extrajo algo.

Parecía una astilla negra.

Cuando tocó la bandeja metálica, comenzó a humear.

Emily retrocedió.

—¿Qué demonios…?

La piel alrededor de la herida de Claire comenzó a cambiar.

No a cicatrizar lentamente.

A cerrarse.

Frente a sus ojos.

La sangre dejó de salir.

Los bordes de la herida se unieron.

En menos de treinta segundos, solo quedó una línea rojiza.

Emily dejó caer la mano de Claire.

Nadie habló.

Claire se incorporó lentamente.

—Emily.

Emily miró al médico.

Miró a Marcus.

Miró la herida cerrada.

—No.

Marcus frunció el ceño.

—¿No qué?

—No sé exactamente qué explicación ridícula están a punto de darme, pero no.

Claire bajó de la mesa.

—Los vampiros existen.

Emily levantó una mano.

—No.

—Emily.

—No.

Claire abrió la boca.

Dos colmillos descendieron lentamente.

Emily dejó de respirar.

Claire los retrajo.

—Sí.

Emily miró alrededor.

—¿Hay una cámara?

Marcus negó con la cabeza.

—¿Esto es algún tipo de broma de ricos?

—Ojalá.

Emily se apoyó contra la pared.

Su primer pensamiento fue que estaba soñando.

El segundo, que alguien había puesto drogas en el café del personal.

El tercero fue extrañamente práctico.

—¿Todos ustedes?

Marcus asintió.

El médico también.

Emily volvió a mirar a Claire.

—¿Y tu hermano?

Claire respiró hondo.

—Es el Rey Vampiro de la costa occidental.

Emily cerró los ojos.

—Claro que sí.

Marcus pareció ligeramente ofendido.

—No es un título ceremonial.

—Eso lo hace mucho mejor.

Claire se acercó.

—Sé que suena imposible.

—No suena imposible. Suena como el comienzo de una demanda colectiva contra mi salud mental.

—Me salvaste.

Emily abrió los ojos.

—Vi a una mujer sangrando. Eso es todo.

—No.

La voz de Claire cambió.

Se volvió más grave.

Más seria.

—Había ciento trece personas en ese restaurante.

Emily miró hacia ella.

—¿Cómo sabes el número?

—Puedo oírlas.

Emily no entendió.

Claire continuó.

—Ciento trece corazones. Ciento trece personas que sabían que yo estaba herida. Algunas sintieron miedo. Algunas sintieron asco. Algunas pensaron que era una adicta. Algunas simplemente no quisieron arruinar su cena.

Claire dio un paso más cerca.

—Tú eras la única que se movió antes de saber quién era yo.

Emily tragó saliva.

—Cualquiera debería haberlo hecho.

—Exactamente.

La puerta se abrió.

Un tercer hombre entró.

Este no era como Marcus.

No necesitaba tamaño para dominar una habitación.

Era alto, de hombros anchos, vestido completamente de negro excepto por una camisa blanca bajo el abrigo empapado.

Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás.

Su rostro parecía tallado más que nacido.

Y sus ojos…

Emily entendió de inmediato por qué nadie necesitaba presentarlo.

Los ojos del hombre recorrieron la habitación.

Encontraron a Claire.

Por un instante, toda aquella frialdad desapareció.

—Claire.

Ella apenas tuvo tiempo de sonreír.

El hombre cruzó la sala y la abrazó.

No fue el abrazo contenido de un empresario.

Fue desesperado.

Hermano.

Humano, pensó Emily.

O lo más parecido a humano que podía aplicar allí.

—Estoy bien —susurró Claire.

Él se separó.

Miró la herida cerrada.

Después al médico.

—¿Qué era?

—Silverthorn.

Los ojos del recién llegado se volvieron peligrosos.

—¿Cantidad?

—Suficiente para matar a un vampiro joven en menos de una hora.

—¿Quién?

—Anillos negros —dijo Marcus.

El hombre quedó absolutamente inmóvil.

Emily sintió que la temperatura de la habitación parecía bajar.

Claire señaló discretamente hacia ella.

—Adrian, ella es Emily Carter.

Los ojos del hombre se clavaron en Emily.

Adrian Blackwood.

El Rey Vampiro.

Emily habría preferido que no la mirara como si pudiera leer cada decisión equivocada que había tomado desde kindergarten.

—Fue ella —dijo Claire.

Adrian no apartó la mirada.

—¿Ella qué?

—Me sacó de allí.

Silencio.

—Los otros miraron. Ella me ayudó.

Adrian se acercó.

Emily se obligó a no retroceder.

Él se detuvo a un metro.

—¿Qué quieres?

Emily parpadeó.

—¿Qué?

—Dinero. Protección. Un puesto. Una propiedad. Lo que quieras.

Claire frunció el ceño.

—Adrian.

Él siguió mirando a Emily.

—Salvaste a mi hermana. No existe deuda que yo permita quedar pendiente.

Emily lo estudió.

No sonaba agradecido.

Sonaba acostumbrado a convertir cualquier sentimiento en una transacción.

—No quiero nada.

Adrian entrecerró los ojos.

—Todos quieren algo.

—Yo quiero ir a casa, ducharme y fingir que los vampiros siguen siendo personajes de películas malas.

Claire sonrió.

Marcus ocultó una risa.

Adrian no.

—No puedes ir a casa.

Emily dejó de sonreír.

—¿Perdón?

—Los hombres que viste saben quién eres.

—¿Cómo?

—Cámaras. Registro del restaurante. Tu gerente.

Emily recordó a Douglas.

—Douglas no les daría mis datos.

Marcus soltó un sonido áspero.

Emily lo miró.

—¿Qué?

—Tu gerente lleva un anillo negro —dijo.

Emily sintió un golpe de frío.

—No.

—Lo comprobamos hace cinco minutos —añadió Marcus—. Una de las cámaras exteriores captó su mano cuando salió del restaurante.

Emily recordó a Douglas apoyando una mano sobre el respaldo de una silla.

Había usado siempre un anillo oscuro.

Ella nunca lo había pensado.

—¿Trabaja para ellos?

Adrian respondió:

—Sí.

—¿Quiénes son?

Claire y Adrian intercambiaron una mirada.

Fue el médico quien contestó.

—La Orden de Obsidiana.

Emily soltó aire.

—Claro. Porque “grupo de idiotas con anillos” era demasiado sencillo.

Esta vez Marcus sí rió.

Adrian lo miró.

Marcus se aclaró la garganta.

—Lo siento.

Emily cruzó los brazos.

—¿Qué quieren?

Adrian respondió.

—Mi trono.

—¿Y matar a tu hermana ayuda cómo?

Adrian miró a Claire.

—Porque Claire es mi heredera.

Emily quedó en silencio.

Claire se sentó lentamente.

—Adrian no tiene hijos.

—Todavía —murmuró Marcus.

Adrian le lanzó otra mirada.

—Así que si él muere —continuó Claire—, la corona pasa a mí.

Emily entendió.

—Y si tú mueres primero…

—Alguien más queda en la línea sucesoria.

—¿Quién?

Nadie contestó inmediatamente.

Adrian finalmente dijo:

—Gideon Vale.

Marcus apretó la mandíbula.

Emily reconoció el nombre.

—¿El hombre de Vale Medical?

—Sí.

Gideon Vale aparecía frecuentemente en revistas financieras.

Director de una empresa biomédica.

Filántropo.

Patrocinador de hospitales.

Emily sintió náuseas.

—¿Es vampiro?

Claire asintió.

—También es primo de Adrian.

—¿Y ustedes creen que intentó matarte?

Adrian negó.

—Creer no es suficiente.

—¿Entonces?

—Demostramos.

Emily pensó en el restaurante.

—Douglas.

Todos la miraron.

—Si Douglas trabaja para la Orden, puede ser la conexión.

Adrian ladeó ligeramente la cabeza.

—Mis hombres ya van camino a buscarlo.

—No estará allí.

—¿Por qué?

Emily recordó una conversación de la semana anterior.

Douglas hablando por teléfono en la oficina.

Un evento.

Una casa.

Una dirección.

—Porque mañana tiene una cena privada.

Adrian dio un paso.

—Explícate.

—Douglas lleva semanas preparando un servicio fuera del restaurante. Algo exclusivo. Nunca quiso decir para quién. Solo pidió al chef que tuviera disponible el menú completo para veinte personas.

Marcus miró a Adrian.

—¿Lugar?

Emily cerró los ojos tratando de recordar.

Había visto la hoja cuando Douglas la dejó junto al registro de horarios.

—Lake Oswego.

—¿Dirección?

—No recuerdo el número.

—¿Calle?

Emily abrió los ojos.

—Iron Mountain Boulevard.

Marcus ya estaba sacando el teléfono.

Adrian siguió observándola.

—¿Algo más?

—Sí.

Emily dudó.

—Pidió doce botellas de un vino que ni siquiera servimos normalmente.

—¿Cuál?

—Vesper Reserve.

Claire cambió de expresión.

—Adrian.

Él ya había comprendido.

Emily los miró.

—¿Qué?

El médico respondió.

—Vesper Reserve es propiedad de Gideon Vale.

El silencio volvió.

Emily sintió que algo se ordenaba en su cabeza.

—Entonces Douglas no solo trabaja para esa Orden.

—Probablemente —dijo Adrian.

—Trabaja directamente para Gideon.

Adrian asintió.

—Eso parece.

Emily se dejó caer en una silla.

—Fantástico.

Su teléfono estaba apagado.

Su jefe intentaba matarla.

Los vampiros existían.

Y acababa de ayudar a señalar a un multimillonario como posible conspirador contra un trono que oficialmente tampoco existía.

—Necesito un café.

Marcus levantó una ceja.

—¿Ahora?

—Especialmente ahora.

El médico señaló la cocina.

—Hay una máquina.

Emily se levantó.

Adrian habló:

—No vas sola.

Ella lo miró.

—Está a diez metros.

—Marcus.

—Sí, señor.

Emily frunció el ceño.

—No necesito escolta para preparar café.

Adrian habló con absoluta calma.

—Hace dos horas, mi hermana casi murió. Hace veinte minutos identificamos a tu gerente como miembro de una organización que lleva décadas intentando destruir a mi familia. Y hace cinco minutos mis hombres encontraron una fotografía tuya dentro del teléfono de uno de los perseguidores del restaurante.

Emily dejó de respirar.

—¿Qué?

Adrian sacó su teléfono.

Mostró la pantalla.

Era una fotografía de Emily.

Tomada esa tarde.

Mientras servía una mesa.

Debajo había un mensaje.

IDENTIFICAR.

ESPERAR INSTRUCCIONES.

Emily miró la hora.

4:17 p. m.

Claire había entrado al restaurante a las 7:42.

—Eso fue antes —dijo Emily.

Nadie respondió.

Ella miró a Adrian.

—La foto fue tomada antes de que Claire llegara.

Adrian asintió lentamente.

—Sí.

Emily sintió que todo el aire desaparecía de la habitación.

—Entonces no me están buscando porque la ayudé.

—No —dijo Adrian.

—Ya me estaban buscando.

—Sí.

Marcus dejó de sonreír.

Claire se puso de pie.

—¿Por qué?

Adrian miró la fotografía.

—Eso es lo que vamos a descubrir.

Emily no pudo dormir.

Tampoco lo intentó demasiado.

Le dieron una habitación en el segundo piso.

La puerta tenía cerradura.

La ventana daba a los árboles.

Marcus le aseguró que había seis guardias en la propiedad.

Emily preguntó cuántos eran vampiros.

Marcus respondió:

—Todos.

Emily preguntó si eso era tranquilizador.

Marcus respondió:

—Debería.

No lo era.

A las dos de la madrugada estaba sentada en el borde de la cama usando una sudadera gris que Claire le había prestado.

Su uniforme ensangrentado estaba dentro de una bolsa.

Emily pensó en su apartamento.

Pensó en su gato, Winston.

Pensó en el alquiler que vencía en ocho días.

Pensó en Douglas despidiéndola.

Después recordó la fotografía.

4:17 p. m.

¿Por qué?

Alguien llamó.

Emily se puso rígida.

—¿Quién?

—Claire.

Abrió.

Claire llevaba un pantalón oscuro y una camiseta negra.

Parecía completamente sana.

—Eso sigue siendo perturbador —dijo Emily.

Claire tocó el costado donde había estado la herida.

—La curación.

—Sí.

—Te acostumbrarás.

—Espero sinceramente que no.

Claire sonrió.

—¿Puedo pasar?

Emily abrió la puerta.

Claire se sentó en una silla.

—Quería darte las gracias sin mi hermano presente.

—Ya lo hiciste.

—No adecuadamente.

Emily se sentó frente a ella.

—No necesitas hacerlo.

—Sí.

Claire guardó silencio.

—¿Sabes por qué nadie me ayudó?

Emily pensó en el restaurante.

—Porque la gente puede ser horrible.

—Eso también.

Claire jugueteó con el brazalete de plata.

—Pero había algo más.

Emily esperó.

—La Orden utiliza una sustancia llamada Veil.

—¿Qué hace?

—Afecta la percepción. No controla la mente. Solo… amplifica aquello que una persona ya quiere hacer.

—No entiendo.

—Si alguien quiere ignorar un problema, Veil hace que ignorarlo parezca más razonable. Si alguien tiene miedo, convierte ese miedo en parálisis. Si alguien es egoísta, le da argumentos para mantenerse sentado.

Emily sintió un escalofrío.

—¿Estaba en el restaurante?

—Probablemente en el sistema de ventilación.

—Pero a mí no me afectó.

Claire la miró.

—Exactamente.

Emily se quedó quieta.

—¿Por qué?

—No lo sabemos.

—¿Los vampiros son inmunes?

—No.

—¿Tú?

—Yo apenas podía pensar.

Emily miró sus manos.

—Tal vez estaba demasiado enojada con Douglas.

Claire sonrió.

—Adrian quiere creer eso.

—¿Y tú?

—Creo que la fotografía de las cuatro diecisiete tiene relación.

Emily levantó la mirada.

—¿Sabes algo que no me están diciendo?

Claire dudó.

—Sé que mi hermano tiene miedo.

—No parece alguien que tenga miedo.

—Porque lleva trescientos años practicando.

Emily parpadeó.

—¿Cuántos?

Claire se levantó.

—Intenta dormir.

—Claire.

Ella llegó a la puerta.

—¿Tu hermano tiene trescientos años?

Claire sonrió.

—Trescientos veintisiete.

—¿Y tú?

—Doscientos noventa y ocho.

Emily abrió la boca.

Claire salió.

A las seis de la mañana Emily seguía despierta.

A las seis y cuarto escuchó un ruido abajo.

A las seis y dieciséis se puso los zapatos.

En la sala principal encontró a Marcus hablando con Adrian.

Habían traído a alguien.

Douglas.

Su antiguo gerente estaba sentado en una silla con las manos esposadas delante.

No parecía herido.

Parecía furioso.

Cuando vio a Emily, su cara se transformó.

—Tú.

Marcus se interpuso.

Emily siguió caminando.

—Buenos días, Douglas.

—Arruinaste todo.

—También buenos días para ti.

Adrian estaba junto a una ventana.

—Señor Bell insiste en que no pertenece a ninguna organización.

Emily miró el anillo negro en su mano.

—Entonces tiene pésimo gusto en joyería.

Douglas tiró de las esposas.

—No saben lo que están haciendo.

Adrian se acercó.

—Yo sí.

Douglas dejó de moverse.

Emily percibió algo entre ambos.

Reconocimiento.

No personal.

Jerarquía.

Como un ratón descubriendo que el gato llevaba todo el tiempo en la habitación.

Adrian señaló la mano de Douglas.

—¿Quién te dio el anillo?

—Lo compré.

—¿Dónde?

—Online.

Marcus suspiró.

—Internet. El gran proveedor ancestral de símbolos secretos.

Douglas lo ignoró.

Adrian sostuvo su mirada.

—La Orden de Obsidiana dejó de utilizar ese diseño hace ochenta y nueve años.

Por primera vez, Douglas pareció preocupado.

—No sé de qué habla.

Adrian se inclinó.

—El diseño actual tiene una ranura interior que almacena una gota de sangre del juramento. El tuyo la tiene.

Douglas palideció.

Emily vio que sus dedos temblaban.

—No tienen derecho a retenerme.

—Probablemente no —dijo Adrian.

Douglas pareció confundido.

Adrian continuó:

—Pero Marcus compró esta propiedad mediante una sociedad de Nevada cuyo propietario legal es una compañía canadiense con domicilio fiscal en Delaware. Buena suerte explicándole a la policía dónde te encuentras.

Marcus sonrió.

—Me gustan las compañías.

Emily casi se rió.

Douglas la señaló.

—Ella es el problema.

Todo cambió.

Adrian dejó de parecer divertido.

—Explícate.

Douglas cerró la boca.

—Douglas —dijo Emily—. Tenías una foto mía antes de que Claire apareciera.

El hombre no respondió.

—¿Por qué?

Nada.

Emily se acercó un poco más.

—Me conoces desde hace tres años.

Douglas miró al suelo.

—¿Por qué ellos necesitaban una fotografía?

Silencio.

Emily observó su rostro.

Había trabajado con aquel hombre suficiente tiempo para reconocer sus tics.

Cuando mentía, apretaba el lado izquierdo de la boca.

Cuando estaba preocupado por dinero, tamborileaba los dedos.

Cuando estaba realmente asustado…

Miraba hacia la salida.

Ahora miraba la puerta.

—No estás asustado de Adrian —dijo Emily.

Douglas levantó la cabeza.

—Estás asustado de quien te dio la orden.

El músculo de su mandíbula se contrajo.

Emily supo que había acertado.

—Gideon Vale.

Douglas no reaccionó.

Demasiado tarde.

La ausencia de reacción fue reacción.

Adrian lo vio también.

—Interesante.

Douglas tragó saliva.

—No conozco a nadie con ese nombre.

Emily se cruzó de brazos.

—Has servido Vesper Reserve en tus cenas privadas durante dos años.

Douglas la miró.

—Eso no significa nada.

—Significa que eres un gerente de restaurante obsesionado con los costos y llevas dos años comprando un vino que cuesta cuatrocientos dólares por botella para eventos que ni siquiera aparecen en los libros.

Marcus dejó escapar un silbido.

—Me cae bien.

Douglas apretó las esposas.

Emily continuó.

—También significa que alguien paga esas botellas por fuera.

—No sabes nada.

—Sé que cada miércoles te ibas a las cuatro diciendo que tenías reuniones con proveedores.

Douglas la miró fijamente.

—Y recuerdo algo más.

Ella no lo recordaba hasta ese momento.

Un recibo.

Una nota.

—Hace tres meses encontré una factura de Vale Hospitality en tu escritorio.

Douglas se puso completamente pálido.

Adrian miró a Marcus.

—Registros financieros.

Marcus ya estaba escribiendo.

Douglas se levantó de golpe.

—¡No!

Marcus lo empujó de vuelta a la silla.

No con violencia.

Con facilidad.

—Sentado.

Douglas respiraba rápido.

Emily lo miró.

—¿Por qué yo?

El hombre cerró los ojos.

—No debiste ayudarla.

—La fotografía fue antes.

Douglas abrió los ojos.

Algo parecido a arrepentimiento apareció por un instante.

—Entonces quizá nunca debiste trabajar en The Halston.

Emily sintió un golpe en el pecho.

—¿Qué significa eso?

Douglas no habló.

Marcus recibió un mensaje.

Leyó la pantalla.

Su expresión cambió.

—Adrian.

Le mostró el teléfono.

Adrian lo leyó.

Claire apareció en el pasillo.

—¿Qué pasa?

Adrian levantó la vista hacia Emily.

—The Halston no contrató a Emily por casualidad.

Emily frunció el ceño.

—¿Qué?

Marcus habló.

—Tu solicitud de empleo fue marcada tres años atrás.

—¿Marcada por quién?

Marcus deslizó el dedo por la pantalla.

—Una compañía de reclutamiento llamada North Crescent Staffing.

—Nunca he oído ese nombre.

—No existe.

Emily se quedó inmóvil.

—¿Cómo que no existe?

—Existe en papel. Una oficina virtual. Dos empresas fantasma. Ambas conectadas a Vale Medical.

Claire miró a Douglas.

—Gideon la puso allí.

Douglas cerró los ojos.

Emily sintió que las paredes parecían acercarse.

—¿Por qué?

Nadie tenía la respuesta.

Douglas sí.

Emily podía verlo.

Se acercó.

—¿Qué saben de mí?

Él no la miró.

—Douglas.

Nada.

—Mírame.

Lentamente, lo hizo.

Emily habló bajo.

—Mi madre murió cuando yo tenía once años.

Douglas parpadeó.

—Mi padre se fue antes de que yo pudiera recordarlo.

Douglas volvió a apartar la mirada.

Emily sintió una certeza.

—Tiene que ver con ella.

Silencio.

—Mi madre.

Douglas no respondió.

Adrian observaba.

Emily dio otro paso.

—¿Qué sabes de Sarah Carter?

Douglas murmuró:

—Ese no era su nombre.

Emily dejó de respirar.

Claire abrió mucho los ojos.

Adrian se movió.

—¿Qué dijiste?

Douglas comprendió su error.

Demasiado tarde.

Emily sintió que la voz le salía casi sin aire.

—¿Cuál era su nombre?

Douglas cerró la boca.

—¿Cuál era su nombre?

—No puedo.

—¿Cuál era su nombre?

—Si te lo digo, nos matará a todos.

Adrian apareció frente a Douglas antes de que Emily lo viera moverse.

Una mano sobre el respaldo de la silla.

No tocó al hombre.

No necesitó hacerlo.

—¿Quién?

Douglas temblaba.

—Vale.

—¿Gideon?

Douglas negó lentamente.

—No.

Adrian se quedó quieto.

—Entonces quién.

Douglas levantó los ojos.

—Su padre.

El silencio pareció cambiar de peso.

Claire dio un paso hacia atrás.

Marcus dejó de escribir.

Adrian quedó inmóvil.

Emily miró de uno a otro.

—Pensé que el padre de Gideon estaba muerto.

Claire habló.

—Lo está.

Douglas soltó una risa débil.

—Eso es lo que él quería que creyeran.

Adrian agarró la silla y la madera crujió bajo sus dedos.

—Silas Vale murió en 1987.

—No.

—Vi su cuerpo.

—Vio un cuerpo.

Adrian se quedó completamente inmóvil.

Emily sintió que acababan de abrir una puerta que ninguno quería cruzar.

Douglas comenzó a respirar con dificultad.

—Necesito protección.

Adrian lo miró.

—Habla.

—Primero prométalo.

—No.

—Me matarán.

—Tal vez.

Douglas palideció.

Adrian continuó.

—Pero si la Orden lleva tres años vigilando a Emily Carter dentro de tu restaurante, tú ya estás muerto desde el momento en que fallaste anoche.

Douglas cerró los ojos.

Aquello pareció quebrarlo.

—Había un archivo.

Emily sintió que su corazón golpeaba con fuerza.

—¿Sobre mí?

—Sobre tu madre.

—¿Dónde?

—No lo sé.

—Mientes.

—¡No lo sé!

Marcus agarró la parte trasera de la silla.

Douglas tragó saliva.

—Solo vi fotografías.

—¿Qué fotografías?

Douglas miró a Adrian.

Después a Claire.

Finalmente a Emily.

—Tu madre con ellos.

Emily no respiró.

—¿Con quién?

—Con los Blackwood.

Claire frunció el ceño.

Adrian perdió todo color.

Douglas continuó:

—Hay una fotografía de Sarah… o como se llamara… de pie junto a la antigua reina.

Claire giró hacia Adrian.

—¿Mamá?

Adrian no respondió.

Emily sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—Eso es imposible.

Douglas negó.

—No.

—Mi madre era enfermera.

—Eso creías.

—Vivíamos en Spokane.

—Eso creías.

Emily golpeó la mesa con la palma.

—Deja de decir eso.

Douglas cerró la boca.

Emily inhaló lentamente.

Control.

No gritos.

No pánico.

Solo hechos.

—¿Qué quería Gideon de mí?

Douglas susurró:

—No Gideon.

—Entonces Silas.

Douglas asintió.

—¿Qué quería?

—Esperar.

—¿Esperar qué?

—Que apareciera.

—¿Quién?

Douglas la miró.

—Adrian.

Todos quedaron inmóviles.

Adrian habló lentamente.

—¿Yo?

Douglas asintió.

—La orden era mantenerla visible. Empleo estable. Misma ciudad. Mismos horarios. Nunca acercarse demasiado. Nunca dejarla ir demasiado lejos.

Emily sintió asco.

Tres años.

Tres años de turnos.

Tres años de Douglas controlando cambios de horario.

Tres años de solicitudes rechazadas en otros restaurantes misteriosamente.

—Me impediste conseguir otro trabajo.

Douglas no respondió.

Emily entendió.

—Tú llamabas.

Silencio.

—Cada vez que enviaba referencias.

—Me ordenaron mantenerte allí.

Emily tuvo ganas de golpearlo.

No lo hizo.

—¿Por qué esperar a Adrian?

Douglas miró al rey.

—Porque tarde o temprano iba a encontrarla.

Adrian parecía confundido de una manera que Emily no habría creído posible.

—Nunca la había visto.

Douglas respondió:

—Pero su sangre sí.

Nadie habló.

Claire fue la primera.

—¿Qué significa eso?

Douglas tragó saliva.

—No lo sé.

Adrian lo miró.

—No me mientas.

—¡No lo sé!

La puerta principal explotó.

No metafóricamente.

La madera se partió hacia dentro.

Marcus giró.

—¡Abajo!

Emily apenas tuvo tiempo de reaccionar.

Un objeto metálico atravesó la sala.

Marcus lo atrapó en el aire.

Una granada.

—¡Atrás!

La lanzó por una ventana.

La explosión sacudió la casa.

Claire agarró a Emily.

Adrian desapareció.

Un segundo después, gritos llegaron desde el exterior.

No humanos.

Demasiado rápidos.

Demasiado breves.

Marcus sacó un arma.

—Cuarto seguro.

—¿Y Douglas? —preguntó Emily.

Marcus miró.

La silla estaba vacía.

Las esposas yacían en el suelo.

—Maldición.

Claire tiró de Emily.

—Vamos.

Corrieron hacia el pasillo.

Las luces se apagaron.

Oscuridad.

Emily chocó contra la pared.

Claire la sostuvo.

—Sigue mi voz.

Algo golpeó la casa.

Cristales rotos.

Un disparo.

Otro.

Claire empujó una puerta.

—Dentro.

Emily entró.

Claire se giró.

Un hombre apareció detrás de ellas.

Anillo negro.

Emily vio el brillo justo antes de que atacara.

Claire se movió.

Demasiado rápido.

El hombre chocó contra la pared.

Pero llevaba algo en la mano.

Una hoja negra.

Silverthorn.

Claire retrocedió.

Emily agarró una lámpara de mesa.

La estrelló contra el brazo del atacante.

La hoja cayó.

Marcus apareció.

El hombre del anillo negro salió disparado a través del pasillo.

Literalmente.

Marcus lo había lanzado.

—Dentro —ordenó.

Emily entró al cuarto seguro.

Claire detrás.

Marcus cerró.

La puerta era acero.

—¿Adrian?

—Está afuera.

—¿Está solo?

Marcus la miró.

—Créeme. Ellos son los que están solos con él.

La casa tembló de nuevo.

Emily escuchó sonidos que jamás olvidaría.

Golpes.

Madera rompiéndose.

Un grito.

Luego silencio.

Tres minutos.

Nada.

La puerta se abrió.

Adrian entró.

Había sangre en su camisa.

No parecía suya.

—Se fueron.

Marcus frunció el ceño.

—¿Cuántos?

—Ocho.

—¿Bajas?

Adrian miró a Emily.

—Seis.

Emily entendió lo que significaba.

Dos habían escapado.

—¿Douglas?

—También.

Claire maldijo.

Adrian caminó hacia Emily.

—Tenemos que movernos.

—¿Dónde?

—Una propiedad en Washington.

—¿Y Winston?

Adrian parpadeó.

—¿Quién?

—Mi gato.

Marcus la miró incrédulo.

—¿Estás pensando en tu gato ahora?

—Estoy siendo perseguida por vampiros. Precisamente ahora estoy pensando en mi gato.

Claire levantó una mano.

—Yo voy por él.

Adrian respondió de inmediato.

—No.

—Adrian.

—No.

Emily lo miró.

—Entonces yo.

—Tampoco.

—No voy a abandonar a Winston.

Adrian pareció considerar si gobernar vampiros durante tres siglos lo había preparado para esa conversación.

Claramente no.

—Marcus.

El guardaespaldas suspiró.

—Traeré al gato.

Emily asintió.

—Está debajo de mi cama cuando tiene miedo. Muerde.

Marcus parecía ofendido.

—Puedo manejar un gato.

—Eso dijo el veterinario.

Claire sonrió.

Adrian cerró los ojos un instante.

—Nos movemos en cinco minutos.

Emily regresó a su habitación.

La bolsa con su uniforme seguía allí.

Al sacar su ropa, algo cayó al suelo.

Un pequeño medallón.

Emily se quedó inmóvil.

No era suyo.

O sí.

Lo reconoció.

Había pertenecido a su madre.

Emily lo conservaba dentro de una caja en su apartamento.

Nunca lo había llevado al trabajo.

Nunca.

Se agachó.

El medallón era de plata oscura.

Ovalado.

En la parte frontal tenía grabado un árbol rodeado por una media luna.

Emily lo sostuvo.

—¿Cómo…?

La puerta se abrió.

Adrian entró.

Se detuvo.

Su mirada cayó sobre el medallón.

Todo su cuerpo quedó inmóvil.

Emily se levantó.

—¿Qué?

Adrian no respondió.

—¿Qué pasa?

Él cruzó la habitación lentamente.

—¿Dónde encontraste eso?

—Era de mi madre.

—Imposible.

—¿Por qué todos siguen diciéndome que mi vida es imposible?

Adrian extendió la mano.

Emily dudó.

Después le entregó el medallón.

Los dedos del rey vampiro temblaron.

Eso asustó a Emily más que cualquier otra cosa que hubiera ocurrido.

—Adrian.

Él giró el medallón.

En la parte trasera había unas letras diminutas.

Emily nunca había podido leerlas.

Adrian sí.

—E.V.B.

—¿Qué significa?

No respondió.

Claire apareció en la puerta.

Vio el objeto.

Se quedó blanca.

—No.

Emily miró entre ambos.

—¿Alguien piensa explicarme?

Claire se acercó.

—Ese medallón pertenecía a nuestra madre.

Emily sintió un vacío.

—No.

—Lo llevaba siempre.

—No.

—Desapareció la noche en que murió.

Emily tomó el medallón de las manos de Adrian.

—Mi madre lo tenía desde que yo era niña.

Adrian la observaba de una manera nueva.

No como una deuda.

No como una persona bajo protección.

Como un misterio.

—¿Cuándo murió Sarah? —preguntó.

—2009.

Adrian quedó quieto.

Claire susurró:

—Nuestra madre murió en 2009.

Emily sintió que la habitación giraba.

—No.

Claire se llevó una mano a la boca.

Adrian habló:

—Fecha.

—Doce de noviembre.

Claire retrocedió.

Emily la miró.

—¿Qué?

Claire respondió:

—Nuestra madre murió el doce de noviembre de 2009.

Silencio.

Emily apretó el medallón.

—Mi madre no era su madre.

Adrian no respondió.

—Mi madre se llamaba Sarah Carter.

—Douglas dijo que no.

—Douglas es un mentiroso.

—Sí.

—Entonces puede haber mentido sobre esto.

—Puede.

Pero el tono de Adrian dijo que no lo creía.

Emily sintió ira.

—No voy a aceptar que aparezcan de la nada y reescriban mi vida en una noche.

Adrian levantó la mirada.

—No te estoy pidiendo eso.

—Bien.

—Te estoy pidiendo que sobrevivas hasta que podamos demostrar qué parte de tu vida fue escrita por alguien más.

La frase la golpeó.

Emily miró el medallón.

Su madre.

Sarah.

Una mujer que hacía panqueques los domingos.

Que cantaba Fleetwood Mac mientras limpiaba.

Que trabajaba turnos nocturnos en un hospital.

Que odiaba las películas de terror.

Que murió de una enfermedad repentina cuando Emily tenía once años.

¿Había muerto?

Emily sintió un pensamiento horrible.

—Nunca vi el cuerpo.

Claire se quedó quieta.

—¿Qué?

—Yo tenía once años. Mi tía Linda dijo que era mejor recordarla como estaba.

Adrian la observó.

—¿Quién organizó el funeral?

—Mi tía.

—¿Dónde está?

Emily tragó saliva.

—Murió hace cinco años.

Adrian miró a Claire.

—Registros.

Claire sacó su teléfono.

Emily se sentó.

—Esto es una locura.

Adrian se agachó frente a ella.

—Sí.

Emily levantó los ojos.

—¿Tu madre se llamaba…?

—Eleanor Victoria Blackwood.

Emily miró las iniciales.

E.V.B.

Sintió frío.

—No.

Adrian no discutió.

Tres horas después estaban en una camioneta negra atravesando la Interestatal 5 hacia el norte.

Marcus conducía.

Claire iba detrás con Emily.

Adrian estaba delante.

Winston viajaba dentro de un transportín, furioso.

Marcus tenía tres arañazos en la mano.

Emily decidió no decir nada.

A las diez y veinte de la mañana cruzaron el río Columbia.

A las diez y cuarenta, Claire recibió un mensaje.

—Encontré el certificado de defunción de Sarah Carter.

Emily se tensó.

—¿Y?

Claire la miró.

—No existe.

—¿Qué?

—No hay registro estatal.

—Eso no puede ser.

—Hay un certificado presentado al hospital y documentos del cementerio, pero el número de identificación corresponde a otra persona.

Emily cerró los ojos.

—¿Quién?

—Una mujer llamada Sarah Mitchell. Murió en 1994.

Emily sintió que se le dormían las manos.

—Entonces el certificado de mi madre era falso.

—Sí.

—¿Y la tumba?

Claire dudó.

—La parcela fue pagada en efectivo por una empresa.

Emily ya sabía.

—Vale.

Claire asintió.

Emily miró por la ventana.

Los árboles pasaban como manchas verdes.

Adrian habló desde delante.

—Emily.

—No.

—Necesitas escuchar esto.

—Ahora mismo necesito cinco minutos en los que nadie me diga que mi infancia fue una conspiración.

Adrian guardó silencio.

Cinco minutos después, Emily habló.

—Dime.

Claire leyó.

—Tu tía Linda no era hermana de Sarah.

Emily apretó los dientes.

—¿Qué era?

—Linda Carter recibió pagos mensuales de North Crescent Holdings desde 2009 hasta su muerte.

Emily soltó una risa sin humor.

—Claro.

Adrian giró ligeramente.

—Existe otra cosa.

—¿Qué?

—Linda dejó una caja de seguridad bancaria.

Emily lo miró.

—¿Dónde?

—Spokane.

—¿Todavía existe?

—Sí.

—Vamos.

Marcus miró por el espejo.

—No es seguro.

Emily respondió:

—Entonces hazlo seguro.

Adrian la miró.

Emily sostuvo su mirada.

—Si quieren que siga sus reglas porque estoy en peligro, bien. Pero si alguien ha convertido mi vida en una jaula durante diecisiete años, voy a empezar a abrir puertas.

Adrian la estudió.

Después dijo:

—Spokane.

Marcus cambió de carril.

Llegaron aquella tarde.

El banco estaba a punto de cerrar.

Adrian no entró.

Demasiado reconocible, explicó Claire.

Emily pensó que un rey vampiro multimillonario probablemente tenía ese problema.

Claire entró con ella.

El gerente del banco pidió identificación.

Emily presentó la suya.

El hombre desapareció diez minutos.

Volvió acompañado por una mujer mayor.

—Señorita Carter, la caja está a nombre de Linda Carter, pero incluye una cláusula de acceso para usted después de cumplir veinticinco años.

Emily frunció el ceño.

—Tengo veintisiete.

—Nunca fue notificada.

—Evidentemente.

La mujer las condujo a una sala privada.

La caja era pequeña.

Dentro había tres cosas.

Una llave.

Una fotografía.

Y una carta.

Emily tomó la fotografía primero.

Las manos le temblaron.

Su madre estaba allí.

Más joven.

Cabello castaño.

Sonriendo.

Junto a ella estaban Claire y Adrian.

No parecían más jóvenes.

Emily sintió que el mundo se quebraba silenciosamente.

—Dios —susurró Claire.

Emily miró la fecha escrita en la parte trasera.

Un año antes del nacimiento de Emily.

—¿Es ella?

Claire asintió.

—Eleanor.

Emily casi dejó caer la foto.

—Mi madre.

Claire tenía lágrimas en los ojos.

—Nuestra madre.

Emily negó.

—No.

Abrió la carta.

La letra era de Linda.

Emily la reconoció de las tarjetas de cumpleaños.

“Emily:

Si estás leyendo esto, significa que ya tienes la edad suficiente para odiarme por lo que hice.

Tal vez lo merezca.

Tu madre me pidió que te protegiera.

No era mi hermana.

Ni siquiera era humana.

Sé cómo suena.

Yo también pensé que estaba loca.

Hasta que vi lo que podían hacer.

Tu madre utilizó el nombre Sarah Carter para esconderte.

Me pagaron para criarte después de que ella desapareció.

No pregunté de dónde venía el dinero.

Debería haber preguntado.

Años después descubrí que el dinero venía de los mismos hombres de los que estábamos escondiéndote.

Para entonces ya era demasiado tarde.

Te vigilaban.

Siempre te vigilaron.

Si alguna vez los Blackwood te encuentran, no les digas inmediatamente quién eres.

No porque sean tus enemigos.

Porque alguien dentro de su familia lo es.

Hay una casa en Montana.

La llave está en esta caja.

Tu madre dijo que allí encontrarías la verdad.

Y Emily…

Hay algo que nadie debe saber hasta que llegues a esa casa.

No eres hija de Sarah Carter.

No eres hija de Eleanor Blackwood.

Ella te estaba protegiendo porque prometió hacerlo.

Tu verdadera madre sigue viva.

Y si alguna vez descubre que sobreviviste, vendrá por ti.”

Emily dejó de leer.

Claire estaba pálida.

—¿Qué dice?

Emily no respondió.

La última línea estaba escrita más abajo.

Separada.

Como si Linda hubiera dudado incluso al escribirla.

“Tu padre era Silas Vale.”

Emily sintió que el corazón dejó de latir.

Adrian recibió la llamada treinta segundos después.

Cinco minutos más tarde entró en el banco.

Emily seguía sentada.

La carta delante.

Él la leyó.

Su expresión pasó de incredulidad a algo mucho más oscuro.

—Silas no tenía hijas humanas conocidas.

Emily soltó una risa rota.

—Qué tranquilizador.

—No dije eso.

Claire estaba caminando de un lado a otro.

—Si Silas es su padre, ¿por qué vigilarla?

Adrian respondió:

—Porque no sabía dónde estaba.

—Pero sus hombres pagaban a Linda.

—Tal vez no eran sus hombres.

Emily miró la llave.

—Montana.

Adrian negó.

—No.

—Sí.

—Nos siguen.

—Entonces nos seguirán a Washington. O a Portland. O a cualquier lugar.

Adrian no respondió.

Emily sostuvo la llave.

—Toda mi vida alguien decidió dónde debía vivir, dónde debía trabajar, qué debía saber y qué debía olvidar.

Se levantó.

—Eso terminó.

Adrian la miró.

—Montana está a ocho horas.

—Entonces Marcus debería comprar café.

Desde la puerta, Marcus suspiró.

—Ya sabía que esto iba a acabar conmigo manejando.

Partieron al anochecer.

No utilizaron la autopista principal todo el tiempo.

Adrian cambió de vehículo dos veces.

Marcus comprobaba los espejos cada treinta segundos.

Claire investigaba nombres y fechas.

Emily tenía la carta sobre las piernas.

A medianoche llegaron a Coeur d’Alene.

A las dos de la mañana cruzaron hacia Montana.

Winston dejó de quejarse.

Emily no.

No en voz alta.

Dentro de su cabeza.

Cada recuerdo tenía ahora una segunda sombra.

Su madre diciéndole que nunca se alejara sola.

Linda insistiendo en que no pusiera fotografías en redes sociales.

Douglas rechazando cada petición de cambio de horario.

El trabajo en The Halston apareciendo justo cuando necesitaba desesperadamente dinero.

Todo.

—¿Qué sabes de Silas Vale? —preguntó.

Adrian miraba la carretera.

—Fue uno de los fundadores de la Orden de Obsidiana.

—Eso ya lo imaginé.

—Era brillante.

—Eso no suena como insulto.

—No lo es. La gente peligrosa no deja de ser brillante porque quieras odiarla.

Emily lo miró.

—¿Qué quería?

—Control.

—¿Sobre vampiros?

—Sobre todos.

Claire habló desde atrás.

—Silas creía que los humanos y los vampiros no debían coexistir como iguales.

Emily sintió un escalofrío.

—¿Qué proponía?

Adrian respondió:

—Que nosotros gobernáramos abiertamente.

—Eso suena mal.

—Lo era.

—¿Y ustedes?

—Mi familia se opuso.

—¿Por principios?

Adrian tardó en responder.

—En parte.

Emily levantó una ceja.

—Finalmente alguien admite que los reyes también hacen política.

Claire sonrió.

Adrian continuó.

—También por supervivencia. Los humanos nos superan millones a uno. Una guerra abierta destruiría a ambos.

—¿Y Silas murió?

—Pensé que sí.

—1987.

—Sí.

—Pero Douglas dice que está vivo.

—Douglas estaba aterrorizado.

—No respondió mi pregunta.

Adrian miró por el espejo.

—No sé.

Emily apoyó la cabeza.

—¿Y mi verdadera madre?

Silencio.

Claire dejó de escribir.

Adrian no respondió.

Emily sintió algo.

—Sabes algo.

—No.

—Pero tienes una teoría.

—Sí.

—Dila.

Adrian negó.

—No hasta que tengamos pruebas.

Emily soltó aire.

—Estoy empezando a odiar esa frase.

Amaneció cuando llegaron a las afueras de Missoula.

La dirección de la llave correspondía a una propiedad al norte, cerca de Seeley Lake.

Bosques.

Montañas.

Nieve en las cumbres.

Emily observó el paisaje.

—Mi madre siempre quiso venir a Montana.

Claire la miró.

—Eleanor.

—Sarah. Como quieras llamarla.

—¿Qué decía?

Emily recordó.

—Que algunas promesas solo podían enterrarse donde las montañas fueran lo bastante grandes para guardarlas.

Adrian miró por el espejo.

—¿Dijo exactamente eso?

—Sí.

Su rostro cambió.

—¿Qué?

—Era una frase de mi padre.

Claire quedó inmóvil.

—Nuestro padre.

Adrian asintió.

—La utilizaba cuando éramos niños.

Emily sintió que cada respuesta abría tres preguntas nuevas.

La casa de Montana estaba abandonada.

O parecía estarlo.

Una cabaña de madera junto a un lago gris.

Ninguna carretera visible desde la propiedad.

Ningún vecino.

La llave abrió la puerta.

Dentro había polvo.

Muebles cubiertos.

Una chimenea.

Nada extraordinario.

Marcus recorrió cada habitación.

—Limpio.

Emily entró.

Algo en el lugar le resultaba familiar.

No podía explicar por qué.

El olor.

Madera vieja.

Cedro.

Una ventana enorme frente al lago.

—He estado aquí.

Claire se volvió.

—¿Cuándo?

—No sé.

Emily caminó hacia una pared.

Había marcas de altura grabadas en la madera.

Fechas.

Junto a algunas había una letra.

E.

Emily tocó una.

—Yo tenía cuatro años.

Adrian se acercó.

La marca medía aproximadamente lo que habría medido una niña de esa edad.

Más abajo había una inscripción.

Emmy.

Emily sintió que las piernas le fallaban.

Claire la sostuvo.

—Estuviste aquí.

Emily se apartó.

Respiró.

Pensar primero.

Sentir después.

—Busquemos.

Durante una hora revisaron cajones.

Armarios.

Pisos.

Nada.

La llave había abierto la entrada.

Debía existir algo más.

Emily volvió a las marcas de altura.

Emmy.

Su madre la llamaba así.

Tocó la última marca.

Después nada.

Un año antes de la supuesta muerte de Sarah.

—Aquí.

Había una pequeña hendidura.

Emily presionó.

La pared se abrió.

Marcus murmuró:

—Claro.

Detrás había una escalera.

Bajaba.

Adrian fue primero.

Marcus detrás.

Emily y Claire siguieron.

Llegaron a un sótano construido en piedra.

Había estanterías.

Cajas.

Archivos.

Una mesa.

Y una vieja televisión conectada a un reproductor digital.

Sobre la mesa descansaba un sobre.

EMILY.

Ella lo tomó.

Dentro había una memoria.

Adrian revisó el aparato.

—Todavía tiene energía auxiliar.

Emily insertó la memoria.

La pantalla se encendió.

Una mujer apareció.

Emily dejó de respirar.

Sarah.

Eleanor.

Su madre.

La mujer miró directamente a la cámara.

“Emily, si estás viendo esto, fallé.”

Emily llevó una mano a la boca.

La grabación continuó.

“Hay tantas cosas que quise contarte. Tantas que no pude.”

Sarah parecía cansada.

Asustada.

“Primero, necesito que sepas que amarte fue la parte más sencilla de todo esto.”

Emily cerró los ojos.

“Yo no te di a luz.

Pero desde la noche en que te sostuve por primera vez, fuiste mi hija.”

Claire comenzó a llorar en silencio.

Adrian permanecía rígido.

“Tu madre biológica se llama Madeline Vale.”

Adrian soltó un sonido bajo.

Marcus se quedó inmóvil.

Emily miró a Adrian.

—¿Quién es?

Él no respondió.

La grabación siguió.

“Madeline era esposa de Silas Vale.”

Emily sintió náuseas.

“Ella no era humana.

Tampoco era vampiro.

Y eso es lo que te hace peligrosa para algunas personas.”

Emily se acercó a la pantalla.

Sarah continuó.

“Silas pasó décadas intentando crear una línea de sangre capaz de resistir las debilidades de nuestra especie sin perder nuestras ventajas.”

Claire murmuró:

—Dios.

“Madeline fue su éxito.”

La grabación mostró interferencia.

“Y tú fuiste algo que ni siquiera él esperaba.”

Emily apretó los dedos.

“Por eso te escondimos.

Por eso fingimos mi muerte.

Por eso eliminamos tus registros.

Por eso te mantuve humana todo el tiempo que pude.”

Emily susurró:

—¿Humana?

Sarah miró directamente a la cámara.

“Emily, si alguna vez has sentido que algo dentro de ti no encaja… si alguna vez una herida sanó demasiado rápido… si alguna vez escuchaste cosas que nadie más podía oír… no estabas imaginándolo.”

Emily recordó.

Una fractura a los quince años que sanó en tres semanas.

Los médicos dijeron que tuvieron suerte.

Su oído extraño.

Las migrañas.

Su capacidad de saber cuándo alguien se acercaba por detrás.

Siempre había explicado todo.

Sarah continuó.

“Tu sangre está dormida.

O estaba cuando grabé esto.”

Adrian dio un paso hacia la pantalla.

“Hay una única cosa que puede despertarla.”

La grabación se distorsionó.

Emily sintió que se le aceleraba el pulso.

“Contacto directo con la sangre de un Blackwood de sangre real.”

Claire miró sus manos.

La noche del restaurante.

Emily había presionado la herida.

Sangre.

Claire entendió al mismo tiempo.

—Emily…

Emily dio un paso atrás.

—No.

Sarah continuó.

“Si eso ocurre, los cambios comenzarán lentamente.

Fuerza.

Oído.

Temperatura corporal.

Hambre.”

Emily sintió de pronto cada latido en la habitación.

Marcus.

Claire.

Adrian.

Podía escucharlos.

Había pensado que era ansiedad.

No.

Uno.

Dos.

Tres.

Y otro sonido.

Débil.

Lejano.

Arriba.

Alguien más.

Emily levantó la cabeza.

—No estamos solos.

Marcus reaccionó.

—¿Qué?

—Hay alguien arriba.

Adrian escuchó.

Nada.

Claire la miró.

—¿Lo oyes?

Emily asintió.

Un latido.

Lento.

Demasiado lento.

Marcus sacó su arma.

Adrian apagó la pantalla.

—Atrás.

Subieron.

La puerta principal estaba abierta.

Nieve ligera entraba.

Marcus revisó el porche.

Nada.

Emily escuchó.

—A la izquierda.

Adrian miró.

—¿Distancia?

—Cincuenta metros. Tal vez sesenta.

Marcus desapareció entre los árboles.

Un segundo latido apareció.

—Dos.

Adrian tomó a Emily del brazo.

—Dentro.

—No.

—Emily.

—Uno está moviéndose hacia el lago.

Claire sacó un cuchillo.

Adrian la miró.

—¿Desde cuándo llevas eso?

—Desde que me dispararon ayer.

Emily escuchó un crujido.

—Ahora son tres.

Adrian giró.

Demasiado tarde.

Una flecha negra atravesó la ventana.

Emily vio su trayectoria.

Todo se volvió lento.

La flecha iba hacia Claire.

Emily se movió.

La agarró.

En el aire.

Sus dedos se cerraron alrededor del eje a centímetros del rostro de Claire.

Silencio.

Emily miró la flecha.

Después su mano.

Marcus regresó por la puerta.

Se quedó inmóvil.

—¿Cómo hiciste eso?

Emily respiraba rápido.

—No sé.

Adrian tomó la flecha.

La punta era negra.

—Silverthorn.

Claire miró a Emily.

—Te habría atravesado.

Emily soltó la flecha.

—Lo sé.

Otro disparo sonó desde los árboles.

Adrian empujó a Emily al suelo.

Marcus disparó hacia la línea del bosque.

Claire cerró las cortinas.

—¡Sótano!

Corrieron.

Pero antes de llegar, el sonido de un motor rugió afuera.

Emily miró por la ventana.

Una camioneta negra.

Hombres armados.

Cinco.

Siete.

Diez.

Demasiados.

Marcus maldijo.

Adrian habló:

—Túnel.

Emily lo miró.

—¿Hay un túnel?

—Siempre hay un túnel.

Bajaron al sótano.

Marcus movió una estantería.

Detrás había una puerta metálica.

—¿Cómo sabías?

Adrian respondió:

—La casa era de mi madre.

Emily sintió otro golpe de comprensión.

Eleanor había escondido a Emily allí.

La puerta del piso superior cayó.

Pasos.

Marcus abrió el túnel.

—Claire primero.

—No.

—Claire.

Ella obedeció.

Emily fue detrás.

Adrian último.

El túnel olía a tierra húmeda.

Caminaron en oscuridad.

Emily escuchaba los pasos detrás.

—Vienen.

—¿Cuántos? —preguntó Adrian.

—Seis.

Marcus miró hacia atrás.

—¿Puedes distinguirlos?

Emily cerró los ojos.

Latidos.

Seis.

Uno acelerado.

Uno irregular.

Uno extrañamente conocido.

—Sí.

—¿Alguno diferente?

Emily se detuvo.

—Uno.

Adrian se volvió.

—¿Qué?

—Su corazón.

—¿Qué tiene?

Emily escuchó.

El ritmo era lento.

Pero había algo.

Una pausa doble.

Familiar.

Como una canción conocida sin recordar dónde la había oído.

—Lo he escuchado antes.

Claire frunció el ceño.

—¿Dónde?

Emily miró hacia la oscuridad detrás.

—No sé.

Una voz llegó.

—Yo sí.

Emily quedó congelada.

La voz.

Femenina.

Suave.

Conocida.

Imposible.

—Emmy.

El mundo dejó de existir.

Solo una persona la había llamado así.

Su madre.

Emily dio un paso hacia atrás.

Adrian levantó el arma.

—No.

Emily lo agarró.

—Es ella.

—No sabes eso.

La voz volvió.

—Emily.

Las manos le temblaron.

—Mamá.

Claire la miró con horror.

Una silueta apareció en el extremo del túnel.

Mujer.

Cabello castaño.

Rostro pálido.

Los mismos ojos que Emily recordaba.

Sarah.

Eleanor.

Su madre estaba viva.

Emily no respiró.

La mujer dio un paso.

—Dios mío.

Su voz se quebró.

—Mira cuánto has crecido.

Emily quiso correr hacia ella.

Cada parte infantil de su cuerpo quiso hacerlo.

Pero la Emily adulta vio algo más.

La mujer llevaba un anillo negro.

Emily retrocedió.

Sarah miró su propia mano.

—Esto no es lo que piensas.

Adrian apuntó.

—Eleanor.

La mujer lo miró.

—Hola, hijo.

Claire hizo un pequeño sonido.

—Mamá.

Eleanor sonrió tristemente.

—Mi niña.

Emily sintió que la realidad volvía a romperse.

—¿Eres Eleanor?

—Sí.

—¿Sarah?

—También.

—¿Mi madre?

La mujer dio un paso.

—En todos los sentidos que importan.

—Quédate ahí.

Eleanor se detuvo.

Emily señaló el anillo.

—Explícalo.

La mujer bajó la mirada.

—No puedo hacerlo aquí.

—Inténtalo.

—Silas viene.

Adrian se puso rígido.

—Silas está vivo.

—Sí.

—¿Dónde?

Eleanor miró hacia atrás.

—Más cerca de lo que crees.

Marcus levantó el arma.

—¿Los hombres de arriba?

—No son suyos.

—¿De quién?

Eleanor miró a Emily.

—Míos.

Silencio.

Claire pareció recibir un golpe.

—¿Tú atacaste la casa?

—No.

—¿Disparaste Silverthorn?

—Necesitaba que dejaran la cabaña.

Adrian habló con furia contenida.

—Pudiste matar a Claire.

Eleanor lo miró.

—La flecha nunca iba a tocarla.

Emily apretó los dientes.

—Yo la detuve.

La mirada de Eleanor cambió.

—Lo sé.

—¿Lo planeaste?

—Necesitaba saber si habías despertado.

Emily sintió asco.

—Usaste a Claire para probarme.

—No quería hacerlo.

—Pero lo hiciste.

Eleanor no respondió.

Adrian bajó ligeramente el arma.

—¿Por qué?

Eleanor miró a Emily.

—Porque si su sangre despertó, tenemos menos de cuarenta y ocho horas.

—¿Para qué?

Eleanor respiró.

—Para impedir que Silas complete lo que empezó.

Emily sintió frío.

—¿Conmigo?

—Sí.

—¿Qué quiere?

Eleanor negó.

—No aquí.

Un disparo resonó arriba.

Eleanor miró hacia el túnel.

—Nos encontró.

Marcus apuntó.

—¿Quién?

La respuesta llegó desde detrás de Eleanor.

Una voz masculina.

Calmada.

Vieja.

—Tu familia siempre ha tenido una obsesión irritante con hacer preguntas cuando el tiempo ya se acabó.

Eleanor cerró los ojos.

Adrian quedó rígido.

Claire susurró:

—No.

Un hombre apareció en el túnel.

Cabello plateado.

Traje oscuro.

Sin prisa.

Parecía de sesenta años.

Emily lo reconoció.

Había visto su rostro esa misma mañana.

En una fotografía histórica de Vale Medical.

Silas Vale.

Muerto desde 1987.

Sonrió.

—Emily.

Ella sintió que algo dentro de su cuerpo reaccionaba.

No miedo.

Reconocimiento.

Sangre.

Silas inclinó la cabeza.

—Mi hija.

Adrian se interpuso.

Silas rió.

—Oh, Adrian. Sigues cometiendo el mismo error.

—Ella no es tuya.

—Genéticamente, me temo que sí.

Emily habló:

—¿Por qué me vigilabas?

Silas la observó como un científico frente a un experimento largamente esperado.

—Porque despertar demasiado pronto te habría matado.

—¿Y ahora?

—Ahora estás lista.

Eleanor dio un paso delante de Emily.

—No.

Silas la miró.

—Ya tomaste esa decisión una vez.

—Y volvería a hacerlo.

—Por eso perdiste diecisiete años con ella.

Eleanor se tensó.

Emily miró a su madre.

—¿Qué significa?

Silas sonrió.

—Ella hizo un trato.

Emily sintió que no quería escuchar.

Pero preguntó.

—¿Qué trato?

Silas señaló el anillo negro.

—Eleanor se unió a la Orden.

Claire palideció.

—Mamá…

Eleanor negó.

—Para protegerla.

Silas rió.

—Siempre te gustaron las medias verdades.

Adrian levantó el arma.

—Habla.

Silas no pareció preocupado.

—Eleanor fingió su muerte y entregó a Emily a custodios humanos. A cambio, yo prometí no despertar a la niña hasta que cumpliera veintiocho años.

Emily apretó los dientes.

—Tengo veintisiete.

—Tu cumpleaños es en doce días.

Silencio.

Emily siempre creyó que su cumpleaños era el veinticuatro de noviembre.

—¿Entonces todo esto…?

Silas asintió.

—Se adelantó.

Miró a Claire.

—Gracias a una desafortunada cantidad de sangre Blackwood.

Claire quedó devastada.

—La trampa del restaurante.

Eleanor giró hacia Silas.

—¿Fuiste tú?

Silas sonrió.

—Gideon fue impaciente.

Adrian frunció el ceño.

—Gideon intentó matar a Claire.

—Gideon intenta demostrar que merece heredarme.

—¿Heredarte?

Silas rió suavemente.

—¿De verdad pensabas que Gideon deseaba tu corona por sí mismo?

Adrian no respondió.

—La corona es una llave, Adrian.

Emily sintió la misma palabra repetirse en su cabeza.

Llave.

La que Linda dejó.

La casa.

La sangre.

Silas continuó.

—Y Emily es la cerradura.

Eleanor sacó un arma.

Apuntó a Silas.

—No darás otro paso.

Silas la miró con una tristeza casi paternal.

—Todavía la amas.

—Sí.

—Aunque no sea tuya.

Eleanor miró a Emily.

—Es mi hija.

Emily sintió un dolor extraño.

Verdadero.

Complejo.

Pero verdadero.

Silas suspiró.

—Qué sentimental.

Se movió.

Todo ocurrió demasiado rápido.

Adrian atacó.

Marcus disparó.

Claire gritó.

Eleanor empujó a Emily.

La pared del túnel explotó.

Tierra.

Polvo.

Oscuridad.

Emily cayó.

Escuchó gritos.

Después nada.

Cuando abrió los ojos, estaba sola.

No completamente.

Podía escuchar latidos.

Uno cerca.

Débil.

—Mamá.

Emily se arrastró.

Encontró a Eleanor bajo parte de la madera caída.

Sangre en su frente.

—Emily.

—No te muevas.

—Escúchame.

—Vamos a sacarte.

—Escúchame.

Emily se detuvo.

Eleanor agarró su mano.

—Silas no quiere tu sangre.

—¿Qué?

—Eso es lo que todos creen.

—Entonces qué.

Eleanor tosió.

—Tu corazón.

Emily sintió frío.

—¿Literalmente?

—No.

Eleanor cerró los ojos.

—Tu vínculo.

—No entiendo.

—Los Blackwood no gobiernan porque sean los más fuertes.

Emily escuchó pasos lejanos.

—Mamá.

Eleanor apretó su mano.

—Gobiernan porque la corona responde a su sangre.

—¿Y?

—Tu madre biológica… Madeline… era descendiente de una línea anterior.

Emily sintió una presión en el pecho.

—¿Qué línea?

Eleanor abrió los ojos.

—La familia que gobernaba antes de los Blackwood.

Emily quedó inmóvil.

—Silas creó tu nacimiento para unir ambas líneas.

Pasos más cerca.

—¿Por qué?

—Porque existe un lugar bajo la antigua residencia Blackwood que nadie ha podido abrir en cuatro siglos.

Emily pensó en la palabra llave.

—¿Qué hay allí?

Eleanor respiró con dificultad.

—Algo que ningún rey debería controlar.

—¿Qué?

—No lo sé.

Emily escuchó un latido.

Adrian.

—Está cerca.

Eleanor relajó la mano.

—Bien.

—Te sacaré.

—Emily.

—No.

—Mírame.

Emily la miró.

—Si Adrian te dice que confíes en él…

—Confío.

—No termines la frase tan rápido.

Emily quedó quieta.

Eleanor susurró:

—Hay algo que él tampoco sabe.

—¿Qué?

—La noche en que naciste…

Eleanor se detuvo.

Su rostro cambió.

Miró detrás de Emily.

—Corre.

Emily giró.

Douglas estaba allí.

Su antiguo gerente.

Cubierto de polvo.

Anillo negro.

Arma en la mano.

—Lo siento —dijo.

Emily se puso de pie.

—Siempre dices eso después de arruinar algo.

Douglas levantó el arma.

—No entiendes.

—Estoy empezando.

—Silas tiene a mi hija.

Emily se quedó quieta.

Ahí estaba el motivo.

No fanatismo.

No dinero.

Miedo.

—¿Desde cuándo?

—Tres años.

—Por eso aceptaste vigilarme.

Douglas asintió.

—Si no lo hacía…

—La mataba.

Douglas temblaba.

—Solo necesito llevarte con él.

Emily miró a Eleanor.

Herida.

Después a Douglas.

—Y luego recuperas a tu hija.

—Sí.

—¿Te mostró pruebas de que sigue viva?

Douglas parpadeó.

—Sí.

—¿Cuándo?

—El mes pasado.

—¿Vídeo en vivo?

Silencio.

Emily supo.

—Douglas.

—Cállate.

—Usó grabaciones viejas.

—Cállate.

—Porque tu hija probablemente lleva años…

—¡Cállate!

Emily no retrocedió.

—¿Qué edad tiene?

Douglas respiraba con dificultad.

—Doce.

Emily sintió algo.

—¿Cómo se llama?

—Lucy.

—Lucy Bell.

—Sí.

Emily recordó.

Una fotografía en la oficina de Douglas.

Una niña rubia.

No la había visto en años.

Douglas siempre decía que vivía con su exesposa en California.

—¿Cuándo desapareció?

—Hace tres años.

El mismo año en que Emily empezó en The Halston.

Todo encajó.

Silas no había contratado a Douglas porque fuera leal.

Lo había creado lealtad con una rehén.

—Baja el arma.

Douglas negó.

—No puedo.

—Sí puedes.

—No entiendes.

—Entiendo exactamente.

Emily dio un paso.

—Silas te eligió porque sabía que harías cualquier cosa por tu hija.

Otro paso.

—Después te dio una tarea que parecía sencilla.

Otro.

—Vigilar una mesera.

Douglas tragó saliva.

—No te acerques.

Emily se detuvo.

—Y ahora que fallaste, ¿qué crees que va a pasar cuando le entregues lo único que todavía necesita?

Douglas parpadeó.

Emily habló muy despacio.

—Te matará.

El arma bajó apenas.

—Y Lucy seguirá siendo suya.

Douglas cerró los ojos.

Eso fue suficiente.

Eleanor se movió.

Lanzó una pequeña cuchilla.

El arma cayó de la mano de Douglas.

Emily corrió.

La pateó lejos.

Douglas no luchó.

Se dejó caer de rodillas.

—Ayúdame.

Emily respiró.

—Primero ayúdame a sacar a mi madre.

Él levantó la cabeza.

—Tu madre…

—Después hablamos.

Entre los dos movieron la madera.

Eleanor pudo incorporarse.

Adrian llegó treinta segundos después.

Su camisa estaba rasgada.

Marcus venía detrás.

Claire también.

Al ver a Douglas, Marcus apuntó.

Emily levantó una mano.

—No.

Adrian miró a Emily.

—Se escapó.

—Lo sé.

—Trabaja para Silas.

—Lo sé.

—Entonces apártate.

Emily no se movió.

—Tiene una hija.

Adrian frunció el ceño.

—Emily.

—Silas la secuestró hace tres años.

Douglas bajó la mirada.

Adrian lo observó.

—¿Prueba?

Douglas sacó una cartera.

Una fotografía.

La colocó en el suelo.

Claire la tomó.

Emily vio cómo su expresión cambiaba.

—Adrian.

—¿Qué?

—Conozco a esa niña.

Douglas levantó la cabeza.

—¿Qué?

Claire mostró la fotografía.

—La vi hace dos noches.

Douglas dejó de respirar.

—¿Dónde?

—En la gala de Vale Medical.

Douglas casi cayó.

—Estaba viva.

Claire asintió.

—Sí.

Douglas comenzó a llorar.

No fuerte.

Silenciosamente.

Tres años de miedo derrumbándose.

Emily miró a Adrian.

—Ahora tenemos algo que Silas no espera.

Adrian entendió.

—A Douglas.

—No.

Emily miró al hombre.

—Tenemos a alguien que ya no tiene ninguna razón para obedecerle.

Douglas levantó la vista.

Algo había cambiado.

—Díganme qué hacer.

Adrian miró a Emily durante un momento.

Después bajó el arma.

—Primero salimos de aquí.

Encontraron otra salida del túnel.

Dos horas después estaban en un motel vacío a treinta millas de distancia.

Marcus había “convencido” al propietario para cerrar durante el día.

Emily decidió no preguntar cuánto dinero había costado.

Eleanor descansaba en una habitación.

Claire estaba con ella.

Douglas dio todas las direcciones, nombres y códigos que conocía.

Silas tenía un complejo privado cerca de Boise.

Lucy probablemente estaba allí.

Gideon dirigía operaciones públicas.

Silas se mantenía oculto.

Pero lo más importante era otra cosa.

—La coronación —dijo Douglas.

Adrian lo miró.

—¿Qué coronación?

—La suya.

—No habrá coronación.

—Silas cree que sí.

Adrian quedó quieto.

Douglas continuó:

—Dentro de doce días. En la residencia antigua.

Emily sintió un escalofrío.

Su cumpleaños.

—¿Por qué esa fecha?

Douglas la miró.

—Porque es cuando cumples veintiocho.

Adrian apretó la mandíbula.

—¿Qué ocurre a los veintiocho?

—No sé. Solo escuché una frase.

—¿Cuál?

Douglas respiró.

—“Cuando la heredera complete el ciclo, la puerta reconocerá ambas coronas.”

Emily miró a Adrian.

Dos líneas.

Blackwood.

La línea anterior.

Madeline.

Ella.

Claire entró.

—Mamá despertó.

Emily fue a verla.

Eleanor estaba pálida.

Pero estable.

—Necesito preguntarte algo.

—Lo sé.

—Mi verdadera madre.

Eleanor cerró los ojos.

—Madeline.

—¿Está viva?

Silencio.

Emily sintió la respuesta.

—Sí.

Eleanor abrió los ojos.

—Sí.

—¿Dónde?

—No lo sé.

—¿Silas la tiene?

—No.

—¿Entonces?

Eleanor dudó.

—Madeline escapó cuando tú naciste.

—¿Y me dejó?

—No.

—Eso parece.

—Te entregó a mí porque sabía que Silas seguiría su rastro. Ella se convirtió en el señuelo.

Emily se quedó inmóvil.

—¿Durante veintisiete años?

—Nunca dejó de moverse.

—¿Cómo sabes que está viva?

Eleanor miró hacia la ventana.

—Porque recibí una señal hace seis meses.

—¿Qué señal?

—Una rosa blanca.

Emily frunció el ceño.

—¿Eso es todo?

—Era nuestro código.

—¿Y no la buscaste?

—Sí.

—¿La encontraste?

Eleanor negó.

Emily se levantó.

Frustración.

Ira.

Dolor.

Pero también otra cosa.

Determinación.

—Entonces tenemos dos personas que encontrar.

Eleanor la miró.

—Madeline y Lucy.

—Sí.

Adrian apareció en la puerta.

—Tres.

Emily lo miró.

—¿Quién más?

—Gideon.

—Pensé que querías a Silas.

—Quiero a ambos. Pero Gideon es visible.

Emily entendió.

—Y podría llevarnos a su padre.

Adrian asintió.

—Esta noche tiene una recepción en Seattle.

Claire levantó una ceja.

—¿Todavía?

—Canceló su aparición pública de mañana. No la de esta noche.

Emily cruzó los brazos.

—Entonces cree que seguimos en Montana.

—Probablemente.

—O quiere que pensemos eso.

Adrian casi sonrió.

—Estás aprendiendo.

Emily miró su ropa prestada.

—No puedo entrar a una recepción multimillonaria con una sudadera.

Marcus apareció detrás de Adrian.

—Eso sí puedo arreglarlo.

Emily lo miró.

—¿También eres estilista?

—Tengo una tarjeta de crédito sin límite.

—Mucho más útil.

Horas después, Emily estaba frente a un espejo en una suite de hotel de Seattle.

Vestido negro.

Sencillo.

Elegante.

Cabello recogido.

Sin joyas excepto el medallón de Eleanor.

Claire apareció detrás.

—Te queda bien.

—Me siento disfrazada.

—Todos en esas fiestas están disfrazados.

Emily observó su reflejo.

—¿Cuál es el plan?

Claire le entregó un auricular diminuto.

—Adrian entra por la puerta principal.

—Obvio.

—Gideon lo verá.

—También obvio.

—Mientras todos miran al rey, tú y yo buscamos a Lucy.

—¿En la recepción?

—Gideon la ha usado como acompañante en eventos.

Emily pensó en Douglas.

—Cruel.

—Efectivo.

—¿Douglas viene?

—No.

—Bien.

—Marcus se queda con él y Eleanor.

Emily respiró.

—¿Y si Gideon me reconoce?

Claire sonrió.

—Eso esperamos.

Emily la miró.

—No me gusta esa parte.

—A Adrian tampoco.

—¿Por qué aceptó?

Claire sonrió más.

—No aceptó.

Adrian estaba esperando en la sala.

Traje negro.

Sin corbata.

Parecía peligrosamente tranquilo.

Cuando vio a Emily, dejó de hablar con Marcus.

Por un segundo.

Solo uno.

Emily lo notó.

Claire también.

—No —dijo Claire.

Adrian frunció el ceño.

—¿Qué?

—Nada.

Emily rodó los ojos.

—¿Listos?

Adrian se acercó.

—Si algo sale mal, sales.

—Sí.

—No improvisas.

Emily levantó una ceja.

—Mi improvisación salvó a Claire.

—También te convirtió en objetivo.

—Ya era objetivo.

Adrian cerró la boca.

Emily sonrió.

—Me alegra que estemos progresando.

La recepción se celebraba en la planta cincuenta y dos de una torre con vistas a Elliott Bay.

Ciento cincuenta invitados.

Empresarios.

Médicos.

Políticos.

Emily entró junto a Claire.

Adrian llegó cinco minutos después.

La habitación cambió.

No porque los humanos supieran qué era.

Simplemente sentían algo.

Poder.

Los rostros giraron.

Conversaciones se detuvieron.

Emily observó desde el otro extremo.

Gideon Vale apareció junto a una escultura de cristal.

Parecía un hombre agradable.

Ese era el problema.

Cabello oscuro con canas.

Sonrisa perfecta.

Traje azul.

Nada en él decía conspirador.

Nada decía vampiro.

Nada decía hombre que había intentado matar a su prima.

—Lo veo —susurró Emily.

Claire respondió por el auricular.

—Yo también.

Gideon caminó hacia Adrian.

Sonrió.

Abrazó a su primo.

Emily sintió náuseas.

—Qué actuación.

Claire murmuró:

—Lleva cien años practicando.

Emily comenzó a recorrer la sala.

Buscó una niña.

Rubia.

Doce años.

Nada.

Escuchó.

Era cada vez más fácil.

Latidos.

Muchos.

Demasiados.

Cerró los ojos brevemente.

Filtró.

Uno acelerado detrás de una puerta de servicio.

Emily siguió.

Entró en un corredor.

Escuchó respiración.

—Lucy.

Silencio.

Emily caminó.

Una puerta.

La abrió.

La niña estaba dentro.

Sentada.

Vestido azul.

Dos guardias.

Ambos con anillos negros.

Uno sonrió.

—Señorita Carter.

Emily cerró la puerta detrás de ella.

—Supongo que estaba demasiado fácil.

El hombre sacó un arma.

—El señor Vale quiere hablar con usted.

—¿Gideon o Silas?

Los dos hombres cambiaron de expresión.

Pequeño.

Pero suficiente.

—Silas —dijo Emily.

Uno avanzó.

Emily levantó las manos.

—Bien.

Lucy la miraba.

Sus ojos estaban aterrorizados.

Emily sostuvo su mirada.

Parpadeó dos veces.

La niña pareció entender.

Emily siguió hablando.

—Solo quiero una cosa.

—¿Qué?

—Que le digan a Silas que tengo su llave.

El guardia miró el medallón.

Error.

Emily lanzó una bandeja de metal que había sobre un carrito.

Golpeó al primer hombre.

Lucy se agachó.

El segundo disparó.

Emily ya no estaba donde había apuntado.

Se movía demasiado rápido.

Incluso para ella.

Agarró su muñeca.

Escuchó un crujido.

El arma cayó.

Emily quedó horrorizada.

—Lo siento.

El hombre intentó golpearla.

Emily lo empujó.

Voló contra la pared.

—Definitivamente lo siento.

El primer guardia se levantó.

Claire apareció detrás.

Lo golpeó una vez.

Cayó.

—Nada mal —dijo.

Emily miró sus manos.

—Creo que le rompí algo.

—Probablemente muchas cosas.

Lucy seguía escondida.

Emily se arrodilló.

—Lucy Bell.

La niña levantó la cabeza.

—¿Conoces a mi papá?

Emily sonrió.

—Sí.

Los ojos de Lucy se llenaron.

—¿Está vivo?

—Sí.

—¿De verdad?

—Y está esperando verte.

La niña se lanzó hacia ella.

Emily la abrazó.

Una puerta se cerró detrás.

Gideon.

Solo.

Aplaudió lentamente.

—Impresionante.

Claire se puso delante de Lucy.

Emily se levantó.

—No pareces sorprendido.

—Esperaba que el despertar fuera espectacular.

—¿Tú organizaste el restaurante?

Gideon sonrió.

—Yo solo quería probar una teoría.

Claire apretó los puños.

—Intentaste matarme.

—No personalmente.

—Eso no ayuda.

Gideon miró a Emily.

—Mi padre está obsesionado contigo.

—No soy recíproca.

—Lo serás.

Emily escuchó su corazón.

Tranquilo.

Demasiado.

—No quieres ayudarlo.

La sonrisa de Gideon cambió ligeramente.

Claire miró a Emily.

Gideon respondió:

—Mi relación con mi padre no te concierne.

—Sí, sí me concierne. Al parecer todo el mundo decidió que yo soy la llave de algún sótano mágico.

Gideon dejó de sonreír.

Emily supo que había acertado.

—Tú también quieres saber qué hay debajo de la residencia.

Gideon dio un paso.

—No sabes lo que dices.

—Pero sé que Silas tampoco lo sabe.

Silencio.

—Eso te asusta.

Gideon miró la puerta.

Emily continuó.

—Has obedecido a tu padre durante décadas. Has construido empresas. Manipulado gente. Secuestrado a una niña.

Lucy apretó la mano de Claire.

—Y todavía no sabes qué vas a abrir.

Gideon sostuvo la mirada de Emily.

—Algunas puertas existen para ser abiertas.

—Eso es exactamente lo que dice la gente antes de liberar algo horrible.

Por primera vez, Gideon sonrió de verdad.

—Definitivamente eres hija de Madeline.

Emily se quedó quieta.

—La conoces.

—Sí.

—¿Dónde está?

—Más cerca de lo que imaginas.

—Todos dicen eso. Empieza a ser irritante.

Gideon miró hacia el salón.

—Mi padre viene.

Claire se tensó.

—Aquí.

—Sí.

Emily escuchó.

Un latido.

Lejano.

Lento.

Conocido.

Silas.

—¿Cuánto tiempo?

Gideon ladeó la cabeza.

—Cinco minutos.

Emily lo miró.

—¿Por qué nos dices?

Gideon perdió la sonrisa.

—Porque por primera vez en doscientos años, quiero ver qué ocurre si mi padre no obtiene lo que quiere.

Claire frunció el ceño.

—¿Nos ayudas?

—No.

—Entonces qué.

—Me ayudo a mí mismo.

Gideon abrió una puerta lateral.

—Saca a la niña.

Emily no se movió.

—¿Trampa?

—Probablemente.

—Aprecio la sinceridad.

Gideon miró a Lucy.

—Su padre tiene exactamente siete minutos antes de que los hombres de Silas encuentren el motel donde lo escondieron.

Emily sintió un golpe.

—¿Cómo sabes dónde está?

Gideon sonrió.

—Porque Marcus trabaja para mi padre.

Todo se detuvo.

Claire negó.

—No.

—Sí.

—Marcus nos ha protegido durante décadas.

—Eso es lo que lo hacía perfecto.

Emily sintió frío.

—Eleanor está con él.

Gideon asintió.

—Exactamente.

Claire sacó su teléfono.

No había señal.

—Bloqueador —dijo Gideon.

Emily miró a Lucy.

—Sácala.

Claire dudó.

—Emily.

—Ve.

—No te dejo.

—Lucy necesita a su padre.

Gideon abrió más la puerta.

—Tienen seis minutos.

Claire maldijo.

Tomó a Lucy.

—Te encontraré.

—Lo sé.

Salieron.

Emily quedó frente a Gideon.

—Ahora dime dónde está mi madre.

Él levantó una ceja.

—¿Cuál?

Emily apretó la mandíbula.

—Madeline.

Gideon miró su reloj.

—En este edificio.

Emily sintió que el corazón se aceleraba.

—¿Dónde?

—Piso cincuenta y cuatro.

—¿Prisionera?

—Depende de a quién preguntes.

—¿Está con Silas?

—No.

—¿Entonces?

Gideon la miró.

—Ella es quien dirige la Orden desde hace quince años.

Emily dejó de respirar.

—Mentira.

—Pregúntaselo tú misma.

El ascensor sonó al final del corredor.

Gideon cambió de expresión.

—Demasiado tarde.

Las puertas se abrieron.

Silas salió.

No solo.

Marcus venía detrás.

Emily sintió que algo se quebraba.

Marcus evitó su mirada.

—Lo siento.

Silas sonrió.

—Siempre odié los reencuentros familiares con demasiadas sorpresas.

Emily miró a Marcus.

—¿Douglas?

Marcus no respondió.

Silas sí.

—Vivo.

—Eleanor.

—También.

Emily inhaló.

—¿Dónde?

—Seguros. Por ahora.

Gideon se hizo a un lado.

Silas lo miró.

—Hijo.

—Padre.

No había afecto.

Solo décadas de resentimiento.

Silas miró a Emily.

—Es hora.

—No.

—No era una pregunta.

Emily sonrió lentamente.

—Entonces no debiste formularla como una.

Gideon soltó una risa.

Silas lo miró.

—Te dije que no subestimaras a su madre.

Emily se tensó.

—Madeline.

Silas asintió.

—Por fin.

—Está arriba.

Silas miró a Gideon.

—Veo que has estado hablando demasiado.

Gideon no respondió.

Emily retrocedió hacia la escalera.

Marcus bloqueó el camino.

—No.

Emily lo miró.

—¿Por qué?

Marcus apretó la mandíbula.

—Porque si huyes, matará a Eleanor.

Silas sonrió.

—Ves. Marcus entiende los incentivos.

Emily sintió odio.

No hacia Marcus.

No completamente.

Silas utilizaba el mismo método.

Hijas.

Madres.

Personas convertidas en cadenas.

—Todos ustedes son prisioneros —dijo Emily.

Silas levantó una ceja.

—Interesante perspectiva.

—Douglas por Lucy. Marcus por Eleanor. Gideon por lo que sea que le prometiste hace un siglo.

Gideon miró a su padre.

Emily continuó.

—Tú no construyes lealtad.

Se acercó un paso.

—Construyes jaulas.

La sonrisa de Silas desapareció.

Mini-payoff.

Pequeño.

Pero Emily lo vio.

Había encontrado algo que le molestaba.

Silas señaló el ascensor.

—Arriba.

Emily no se movió.

—Quiero ver a Madeline.

—La verás.

—Ahora.

Silas la miró.

—Tienes exactamente la terquedad que esperaba.

—Gracias.

—No era cumplido.

—Lo tomaré igual.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Subieron.

Piso cincuenta y cuatro.

El corredor estaba vacío.

Silas caminó hacia una puerta doble.

La abrió.

Emily entró.

Una mujer estaba frente a las ventanas.

Cabello oscuro.

Largo.

Traje blanco.

No parecía mayor de cuarenta.

La mujer se giró.

Emily dejó de respirar.

Era como mirarse dentro de veinte años.

Los mismos ojos.

La misma forma de la boca.

La misma pequeña inclinación de la cabeza.

Madeline Vale.

Su madre biológica.

La mujer no sonrió.

No lloró.

Solo miró a Emily durante un largo momento.

—Hola, hija.

Emily sintió todo.

Rabia.

Curiosidad.

Dolor.

Deseo infantil de una respuesta imposible.

Pero su voz salió tranquila.

—Tardaste.

Madeline casi sonrió.

—Sí.

Silas entró.

—Qué conmovedor.

Madeline dejó de mirar a Emily.

—No te invité.

—Nunca necesitaste hacerlo.

Gideon apareció detrás.

Madeline lo vio.

—Gideon.

—Madre.

Emily se volvió.

—Espera.

Gideon cerró los ojos.

Claro.

Silas y Madeline.

Gideon era hijo de ambos.

El medio hermano de Emily.

Gideon la miró.

—Sorpresa.

Emily soltó aire.

—Mi semana oficialmente necesita dejar de hacer eso.

Madeline señaló una mesa.

Encima había documentos.

Mapas.

Fotografías.

—No tenemos tiempo.

Emily se cruzó de brazos.

—Todos siguen diciéndome eso.

—Porque Silas despertó a los guardianes.

Silas sonrió.

—Todavía no.

Madeline lo miró con odio.

—Pero lo harás.

Emily levantó una mano.

—¿Guardianes de qué?

Madeline la miró.

—No de qué.

Silencio.

—De quién.

Emily sintió un escalofrío.

Adrian llegó a la puerta.

Sangre en la camisa.

Claire detrás.

Lucy con ellos.

Silas se volvió.

—Ah.

Adrian apuntó a Silas.

—Aléjate de ella.

Madeline miró a Adrian.

Durante un segundo, algo pasó entre ambos.

Reconocimiento.

Historia.

—Rey Blackwood.

—Madeline.

Emily señaló entre ellos.

—¿También se conocen?

Adrian no apartó el arma.

—Sí.

Madeline respondió:

—Muy bien.

Claire observó a Marcus.

—Traidor.

Marcus bajó la mirada.

Silas suspiró.

—Esto se ha vuelto demasiado teatral.

Emily habló.

—Entonces explica.

Silas la miró.

—Debajo de la residencia Blackwood duerme el primer vampiro.

Silencio.

Emily esperó una risa.

Nadie rió.

—¿El primero?

Madeline respondió:

—No sabemos su nombre original.

Adrian bajó ligeramente el arma.

—Eso es un mito.

—No —dijo Madeline.

Claire palideció.

Silas sonrió.

—Tu familia siempre tuvo talento para convertir historia peligrosa en cuentos infantiles.

Emily miró a Adrian.

—¿Qué pasa si despierta?

Adrian no sabía.

Madeline sí.

—Nadie lo sabe.

Emily se quedó quieta.

—Fantástico.

Silas caminó hacia la mesa.

—Yo sí sé una cosa.

Tomó una vieja fotografía.

Mostraba una puerta de piedra.

Dos huecos circulares.

—La puerta requiere sangre de dos dinastías.

Blackwood.

Y la de Madeline.

Emily entendió.

—Yo tengo ambas.

Silas sonrió.

—Tú eres ambas.

Adrian frunció el ceño.

—No tiene sangre Blackwood.

Madeline miró a Eleanor, que apareció apoyada en el marco de la puerta detrás de Marcus.

Viva.

Pálida.

Emily corrió hacia ella.

—¿Estás bien?

—Sí.

Adrian miró a su madre.

—¿Qué haces aquí?

Eleanor observó a Emily.

Después a Adrian.

—Hay algo que nunca les dije.

Claire se puso rígida.

Emily sintió que venía otra bomba.

—¿Qué?

Eleanor miró a Adrian.

—Cuando Madeline dio a luz a Emily, la niña estaba muriendo.

Silencio.

—Su corazón no resistía.

Madeline cerró los ojos.

Eleanor continuó:

—Solo había una manera de salvarla.

Adrian quedó inmóvil.

—No.

Eleanor asintió.

—Usé sangre real Blackwood.

Emily miró a Adrian.

—¿De quién?

Nadie respondió.

Emily supo.

Adrian palideció.

—Mía.

Eleanor asintió.

El mundo se volvió silencioso.

Emily sintió el latido de Adrian al otro lado de la habitación.

Ahora entendía por qué su sangre había reaccionado.

Por qué la fotografía.

Por qué Silas necesitaba que Adrian la encontrara.

Emily tenía sangre de ambas dinastías.

Porque Eleanor la había salvado utilizando sangre del rey.

Silas sonrió.

—Y ahora estamos completos.

Madeline sacó un arma.

Apuntó a Silas.

—No.

Silas la miró.

—Todavía crees que puedes detener esto.

—Sí.

Gideon se movió.

Se puso junto a su madre.

Adrian junto a Emily.

Claire tomó a Eleanor.

Marcus quedó en medio.

Silas miró alrededor.

Por primera vez parecía solo.

Emily lo vio.

—Se acabó.

Silas sonrió.

—No.

Sacó un pequeño control.

Presionó un botón.

El edificio tembló.

Luces rojas.

Alarma.

Madeline palideció.

—¿Qué hiciste?

Silas miró a Emily.

—Abrí la primera cerradura.

Adrian agarró su teléfono.

—La residencia.

Claire miró la pantalla.

—Hay una emergencia.

Silas sonrió.

—La puerta está despertando.

Emily sintió algo.

No en el edificio.

Dentro.

Un tirón.

Lejano.

Como un latido bajo la tierra.

Uno.

Pausa.

Otro.

Todos los vampiros de la habitación quedaron quietos.

Adrian miró hacia el sur.

—Dios.

Madeline susurró:

—Lo sienten.

Emily también.

Un latido enorme.

Antiguo.

Profundo.

Silas caminó hacia el ascensor.

Adrian apuntó.

—No te muevas.

Silas lo miró.

—Puedes matarme.

Sonrió.

—Pero entonces nunca sabrás cómo cerrar la puerta.

Nadie disparó.

Silas entró al ascensor.

Emily dio un paso.

—¿Dónde vas?

—A casa, hija.

—No soy tu hija.

Por primera vez, Silas pareció herido.

Solo un instante.

—La sangre discrepa.

Las puertas comenzaron a cerrarse.

Emily corrió.

Adrian la agarró.

—No.

Silas levantó una mano.

—Doce días, Emily.

Las puertas casi cerradas.

—Después de eso, la puerta se abrirá contigo…

Su sonrisa desapareció.

—O con tu cadáver.

Las puertas se cerraron.

Silencio.

La alarma continuó.

Emily se volvió hacia Madeline.

—¿Puede abrirla sin mí?

—No.

—Entonces tenemos doce días.

Madeline negó lentamente.

—No.

—Eso dijo él.

—Silas mintió.

Emily sintió frío.

—¿Sobre qué?

Madeline caminó hacia la ventana.

Las luces de Seattle brillaban abajo.

—Tu cumpleaños no es dentro de doce días.

Emily quedó inmóvil.

—¿Qué?

Eleanor miró a Madeline.

—No.

Madeline cerró los ojos.

—Lo siento.

Emily apretó los puños.

—¿Cuándo nací?

Madeline se volvió.

—Hace veintiocho años.

Silencio.

Adrian dio un paso.

—Entonces el ciclo…

—Ya está completo.

El teléfono de Claire sonó.

Un mensaje.

Lo abrió.

Su rostro perdió el color.

—Adrian.

—¿Qué?

Claire mostró la pantalla.

Era una transmisión de seguridad desde la antigua residencia Blackwood.

Una cámara subterránea.

Una puerta de piedra.

La misma de la fotografía.

Estaba abierta.

Apenas unos centímetros.

Oscuridad detrás.

Emily escuchó ese latido otra vez.

Más fuerte.

Bum.

Las luces del edificio parpadearon.

Bum.

Eleanor agarró la mano de Emily.

Bum.

Algo apareció dentro de la abertura.

Una mano.

Pálida.

Larga.

Humana.

O casi.

Claire susurró:

—La puerta…

La abertura se hizo más grande.

Una voz salió del altavoz de la transmisión.

No era Silas.

No era Gideon.

No era nadie en la habitación.

Una voz vieja como la piedra.

—Emily.

Todos la miraron.

El ser detrás de la puerta sabía su nombre.

Emily sintió que la sangre dentro de su cuerpo se volvía hielo.

La voz volvió.

Esta vez más clara.

—Por fin.

Adrian apagó la pantalla.

Demasiado tarde.

Emily había visto los ojos abrirse en la oscuridad.

Y había visto algo más.

Una figura arrodillada detrás de la criatura.

Un hombre encadenado.

Un hombre con el mismo rostro que Adrian.

Pero Adrian estaba de pie a su lado.

Emily giró lentamente hacia él.

—¿Quién era ese hombre?

Adrian no respondió.

Claire comenzó a negar con la cabeza.

Eleanor susurró:

—Eso no puede ser.

Emily miró otra vez la pantalla negra.

La imagen había desaparecido.

Pero la última frase del desconocido todavía parecía vibrar en la habitación.

“Por fin.”

Entonces el teléfono de Emily sonó.

Su propio teléfono.

El que había apagado en Portland.

El que nadie había encendido desde aquella noche.

La pantalla se iluminó dentro de su bolso.

Un número desconocido.

Emily contestó.

Nadie habló durante tres segundos.

Después escuchó la voz de Silas.

—Una última cosa antes de que decidas en quién confiar.

Emily apretó el teléfono.

—¿Qué?

Silas rió suavemente.

—Pregúntale al Rey Vampiro por qué el hombre encadenado bajo su palacio lleva su rostro.

Emily levantó los ojos hacia Adrian.

Silas añadió:

—Y cuando termine de mentirte…

Una pausa.

—Pregúntale cuál de los dos es el verdadero Adrian Blackwood.

La llamada terminó.

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