La confesión que muchos esperaban: Manuel Mijares rompe la discreción, recuerda su vínculo con Lucero, aclara su postura ante los comentarios que lo rodearon y revela cómo atravesó uno de los periodos más delicados de su historia.
Durante décadas, Manuel Mijares ha sido reconocido no solo por su voz, sino también por su reserva. En un medio donde la exposición suele ser constante, él eligió el camino opuesto: el de la discreción. Por eso, cuando finalmente decidió romper el silencio y hablar de una etapa marcada por rumores, nombres conocidos y decisiones complejas, la atención fue inmediata. No lo hizo desde el reclamo ni desde la urgencia, sino desde la serenidad de quien ha tenido tiempo para mirar atrás con perspectiva.
En sus palabras aparecieron dos nombres que inevitablemente forman parte de la memoria colectiva: Lucero y Sergio Andrade. No como detonantes de polémica, sino como referencias necesarias para entender un contexto que, durante años, fue interpretado desde fuera.

Hablar después de callar
Mijares fue claro desde el inicio: el silencio no fue miedo, fue elección. “Hay momentos en los que hablar no aclara, solo confunde más”, explicó. Durante años, optó por proteger su espacio personal y su carrera, aun cuando eso implicara cargar con interpretaciones ajenas.
Reconoció que no siempre fue fácil. Escuchar versiones incompletas, leer titulares que no reflejaban la realidad y sentir que otros construían relatos paralelos fue parte del precio de mantenerse al margen. Sin embargo, sostuvo que callar también fue una forma de cuidar a quienes estaban involucrados.
Lucero: respeto, historia y memoria compartida
Al mencionar a Lucero, Mijares lo hizo desde un lugar profundamente respetuoso. Habló de una historia compartida que forma parte de su vida y de su crecimiento personal. “Hay vínculos que, aunque cambien de forma, no se borran”, señaló.
Evocó aquellos años como un periodo de aprendizaje intenso, tanto en lo personal como en lo profesional. Reconoció que la exposición fue enorme y que, con el tiempo, entendió que no todo debía explicarse públicamente. “Lo que fue importante, lo sigue siendo en su justa dimensión”, dijo, evitando cualquier intento de reescribir el pasado.
Los rumores y el peso del contexto
Uno de los puntos más delicados de su confesión fue cómo vivió la etapa en la que comenzaron a circular rumores que lo involucraban indirectamente en situaciones ajenas. Mijares explicó que muchas veces el contexto se pierde cuando las historias se cuentan desde fuera.
“No todo lo que se dice refleja lo que uno vive”, afirmó. Reconoció que hubo confusión, presión y momentos de profunda reflexión. Pero también aclaró que su manera de enfrentar ese periodo fue mantenerse fiel a sus valores y a sus decisiones personales.
Mencionar sin señalar
Al referirse a Sergio Andrade, Mijares fue cuidadoso. No hubo acusaciones ni afirmaciones categóricas. Hubo, más bien, una contextualización de una época del medio musical donde las dinámicas eran distintas y donde muchas cosas se entendieron con claridad solo con el paso del tiempo.
“Cada quien vive y responde por sus actos”, expresó, dejando claro que su testimonio no busca juzgar, sino explicar cómo él, desde su lugar, atravesó ese escenario complejo.
Decisiones difíciles, caminos necesarios
El cantante reconoció que hubo decisiones que no fueron sencillas. Elegir cuándo hablar, cuándo retirarse de ciertas conversaciones y cuándo enfocarse únicamente en su trabajo fue parte de un proceso interno. “A veces, decidir no participar también es una decisión”, reflexionó.
Explicó que priorizó su estabilidad emocional, su familia y su música. Ese enfoque le permitió atravesar los momentos más tensos sin perder el rumbo, aunque no sin costos emocionales.
El impacto en su carrera y en su vida personal
Mijares admitió que esa etapa influyó en su manera de relacionarse con la fama. Se volvió más selectivo, más consciente de los límites y menos dispuesto a exponerse innecesariamente. “Entendí que no todo escenario es un lugar seguro”, confesó.
Esa experiencia, según él, también moldeó su relación con el público. Aprendió a valorar a quienes lo acompañaron desde la música, no desde el morbo. “La gente que se queda por las canciones es la que realmente importa”, afirmó.
Mirar atrás sin rencor
Uno de los aspectos más llamativos de su confesión fue la ausencia de resentimiento. Mijares habló del pasado sin rencor, con una aceptación que solo da el tiempo. “No cambiaría lo vivido, porque me trajo hasta aquí”, dijo con firmeza.
Esa postura sorprendió a muchos. En lugar de ajustar cuentas, eligió cerrar ciclos. En lugar de alimentar viejas narrativas, decidió ofrecer su versión con mesura.
La importancia de contar la propia historia
El cantante explicó que no habló antes porque necesitaba entender primero lo que había vivido. “Uno no puede explicar lo que aún está procesando”, señaló. Hoy, desde la distancia emocional, se siente capaz de poner palabras sin que estas se conviertan en carga.
Su confesión no pretende ser definitiva ni absoluta. Es, simplemente, su mirada. “No busco convencer a nadie, solo compartir cómo lo viví”, aclaró.
Un mensaje implícito al público
Aunque no lo formuló como consejo, su testimonio dejó un mensaje claro: no todo lo que se dice define a una persona. Hay historias que solo se comprenden desde dentro, y tiempos que requieren silencio para sanar.
Mijares agradeció a quienes respetaron su reserva y a quienes, incluso sin conocer todos los detalles, eligieron no juzgar. “Eso también se valora”, dijo con sinceridad.
Un cierre desde la serenidad
La confesión de Manuel Mijares no fue explosiva ni escandalosa. Fue profunda, medida y humana. Al mencionar a Lucero y Sergio Andrade, no abrió heridas; cerró interpretaciones. Al hablar de rumores y decisiones difíciles, no buscó justificarse; buscó explicarse.
Después de años de silencio, eligió hablar cuando sintió que podía hacerlo sin ruido. Y en ese gesto, muchos encontraron no solo respuestas, sino también una lección de calma en medio de la exposición.
A veces, romper el silencio no es gritar una verdad, sino contarla con la serenidad de quien ya aprendió a vivir con ella.
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