Nadie entendía los chillidos en la sierra de Oaxaca… hasta que “Los Murciélagos” descendieron y borraron 7 talleres ocultos del CJNG, dejando una pista imposible y un miedo ancestral

Los Murciélagos y las Siete Puertas

La sierra de Oaxaca tiene un silencio que no se parece al de ningún otro lugar.

No es el silencio vacío de una calle sin autos, ni el silencio cómodo de una casa dormida. Es un silencio antiguo, lleno de cosas que no se ven: hojas que se miran entre sí, piedras que guardan nombres, senderos que recuerdan pasos de hace siglos. Allí, cuando algo cambia, no se anuncia con gritos. Se anuncia con señales pequeñas: un perro que no ladra, una vela que se apaga sin viento, una bandada que gira de pronto como si el cielo hubiera recibido una orden.

Aquella semana, la señal fue el sonido.

Un chillido agudo, repetido, que aparecía cada noche entre las once y las dos. Lo escuchaban los que todavía trabajan a esas horas: el conductor del último transporte, la señora que amasa tortillas para vender al amanecer, el joven que cuida un taller mecánico y cuenta estrellas para no dormirse.

—No son pájaros —dijo una mujer en el mercado de San Jerónimo, con los ojos rojos de desvelo—. Eso suena como… como si la noche se rompiera.

Y la noche, en la sierra, no se rompe sin razón.

Abril Martínez lo oyó en la radio antes de verlo en la vida real.

Abril era reportera de una estación pequeña en la capital, de esas donde todos hacen de todo: redactas, entrevistas, grabas, editas, a veces hasta sirves café. Tenía veintinueve años y la costumbre de escuchar más de lo que hablaba. Su programa se llamaba “Voces del Camino”, un espacio donde la gente llamaba para contar cosas que rara vez entraban a un boletín oficial: un derrumbe que nadie atendía, un puente mal hecho, una fiesta patronal que había salvado un ánimo colectivo.

La primera llamada fue extraña.

—Señorita Abril… —dijo un hombre, respirando como si tuviera frío—. Aquí arriba se oyen murciélagos. Pero no como siempre. Como… como si fueran muchos. Como si buscaran algo.

Abril se acomodó los audífonos.

—¿Desde dónde nos llama?

—No puedo decir. Solo diga que es por la zona alta. Y diga… diga que se cuiden de los caminos que “parecen” solos.

La línea se cortó.

Abril, que ya tenía callos en el alma por tantas historias, sintió un pellizco en el estómago. Anotó la hora. Anotó la voz. Anotó, sobre todo, esa frase: caminos que “parecen” solos.

Dos noches después, llegó el mensaje que lo cambió todo.

No fue una llamada. Fue un audio enviado a un número que Abril usaba solo para trabajo. Duraba siete segundos: un murmullo de viento… y luego un estallido de aleteos, como una cortina sacudida con furia. Al final, una voz, casi un susurro:

—Siete puertas. Siete… y ya.

Abril escuchó el audio tres veces. La cuarta, bajó el volumen y se quedó inmóvil, con la sensación de que alguien le había puesto una piedra en el pecho.

En el mismo instante, entró un mensaje escrito:

“Si vas, no vayas a buscar héroes. Ve a buscar la verdad. Pero no la grites.”

No había firma.

Abril miró su libreta, donde tenía apuntes de cosas pendientes. Había una palabra que aparecía de tanto en tanto en conversaciones de pasillo, en rumores que la gente tragaba antes de pronunciarlos bien: CJNG. No hacía falta entenderlo completo para sentir su sombra. Era un nombre que se decía con la boca chiquita, como si cada letra cobrara un impuesto.

Abril respiró hondo.

Si iba a la sierra, no sería para jugar a la valiente. Sería para escuchar. Para observar. Para contar sin convertir aquello en espectáculo.

A la mañana siguiente, pidió un vehículo prestado, cargó baterías, una grabadora pequeña, botas, una chamarra gruesa. No llevó cámara grande. No llevó dron. No llevó nada que pareciera desafío.

Y aun así, desde el primer kilómetro, sintió que la sierra la observaba.


El camino hacia la zona alta era una serpiente de curvas.

A ratos, el sol aparecía entre árboles como una moneda brillante. A ratos, todo se volvía sombra verde. El aire olía a pino, a tierra húmeda, y a algo más difícil de nombrar: un perfume metálico, como si la montaña escondiera hierro bajo la piel.

En el primer poblado, Abril detuvo el vehículo. Compró agua, pan dulce, y preguntó con cuidado:

—¿Ha oído lo de los murciélagos?

El vendedor, un hombre de bigote fino, bajó la mirada sin dejar de acomodar cajas.

—Aquí siempre hay murciélagos —respondió, sin mirarla.

Abril sonrió con paciencia.

—Sí, pero dicen que ahora suenan distinto.

El hombre tragó saliva. Se inclinó hacia ella apenas.

—Suena distinto porque hay gente distinta. Eso es todo lo que le puedo decir.

Abril pagó y se alejó sin insistir.

A un lado de la plaza, vio a una niña jugando con un trompo. La niña se detuvo un segundo y miró hacia el cerro, como si escuchara una música que los demás no podían oír. Luego siguió jugando.

Abril anotó: la niña miró al cerro; no miedo, pero sí atención.

A veces, las señales más claras no vienen de los adultos.

A media tarde llegó a una pequeña casa donde le habían dicho que vivía el profesor Elías Sosa, un biólogo retirado que ayudaba a la comunidad con cultivos y plagas. Abril lo había entrevistado una vez en la ciudad. Era un hombre de voz suave, manos manchadas de tierra, y ojos de quien ha visto la paciencia de la naturaleza.

Elías abrió la puerta como si ya supiera que Abril llegaría.

—No me digas que vienes por el sonido —dijo, antes de que ella hablara.

Abril se sorprendió.

—¿Cómo lo sabe?

Elías señaló el cielo. Unas nubes bajas se colgaban de la montaña como un rebozo.

—Porque cuando la gente empieza a llamar “murciélagos” a algo… rara vez habla de animales.

Abril apretó la correa de su mochila.

—Entonces, ¿qué son?

Elías la invitó a pasar. Sobre la mesa, había mapas viejos, recortes de periódicos, y una libreta con nombres de plantas.

—Te voy a contar una cosa —dijo él—, pero no para que la uses como chisme. Para que entiendas el fondo.

Abril asintió.

Elías tomó un mapa y señaló siete puntos, marcados con círculos pequeños.

—Desde hace meses, hay instalaciones escondidas en la sierra. No son casas de familia. No son talleres normales. Y no están aquí por casualidad.

Abril sintió que el pulso se le aceleraba.

—¿Siete?

Elías la miró con una seriedad que pesaba.

—Siete. Las “siete puertas”, como dicen algunos. Lugares que aparecen en la noche y se esconden en el día. Lugares que traen gente y luego la desaparecen del paisaje, como si la montaña los tragara.

Abril recordó el audio: Siete puertas. Siete… y ya.

—¿Y los murciélagos?

Elías respiró hondo.

—En la sierra hay cuevas antiguas. Colonias enormes de murciélagos que han vivido aquí mucho antes de nosotros. Cuando algo contamina su ruta, cuando algo rompe su ritmo, ellos se alteran. Cambian sus patrones. Y cuando cambian… la gente escucha el cambio.

Abril apretó los labios.

—¿Está diciendo que los murciélagos…?

Elías negó, lento.

—No estoy diciendo que los murciélagos “hagan justicia”. No romantices. Lo que digo es que los murciélagos detectan antes que nosotros lo que está mal. Ellos son alarma, no espada.

Abril bajó la mirada a los círculos del mapa.

—Entonces… ¿por qué todos hablan como si fueran un ejército?

Elías se quedó callado unos segundos, como si midiera el aire.

—Porque también hay otra cosa —dijo al fin—. En el lenguaje de ciertos operativos, “Murciélagos” es un nombre. Un apodo. Un modo de decir “llegan en la noche, sin ser vistos”. Y aquí arriba… la gente confunde apodos con señales del cielo.

Abril sintió un escalofrío.

—¿Usted cree que esta semana…?

Elías levantó una mano, deteniéndola.

—No te puedo confirmar nada. Pero te diré esto: anoche vi luces que no eran de camionetas comunes. Y escuché radios que hablaban sin palabras, solo con clics. Y cuando eso pasa… algo se mueve.

Abril miró por la ventana. Afuera, el cerro parecía un animal dormido.

—¿Qué quiere que haga?

Elías la miró, firme y triste.

—Que no pongas nombres que no puedas sostener. Que no describas rutas. Que no conviertas esto en mapa para quien quiera hacer daño. Pero que tampoco lo cubras con algodón. La verdad… tiene formas seguras de decirse.

Abril tragó saliva.

—¿Y si me meto en problemas?

Elías sonrió sin alegría.

—Entonces habrás entendido por qué la gente calla.


Esa noche, Abril no durmió.

Se hospedó en un cuarto prestado, con paredes de adobe y olor a leña. Dejó la grabadora lista. Guardó su libreta debajo de la almohada como si fuera un talismán. Afuera, los perros no ladraban. Solo respiraban.

A las once con treinta y cinco, lo escuchó.

Primero, un rumor leve, como un papel arrugado en la oscuridad. Luego, el sonido creció: aleteos, muchos, como si el aire se llenara de alas. No venían de un solo lugar; parecían rodear el poblado sin tocarlo.

Abril abrió la puerta apenas, lo suficiente para asomarse.

El cielo estaba más negro que de costumbre. No había luna. Pero sí había movimiento: sombras pequeñas girando arriba, rápidas, impredecibles. Murciélagos de verdad, pensó, y también algo más: la sensación de que el cielo estaba ocupado.

Entonces, a lo lejos, un destello breve. No un faro. No una linterna juguetona. Un destello controlado, profesional, que se apagó de inmediato.

Abril recordó el mensaje: no vayas a buscar héroes. Ve a buscar la verdad. Pero no la grites.

No salió del poblado. No por cobardía: por respeto a la frontera entre observar y estorbar.

Se quedó en la sombra, anotando.

23:41: aleteos intensos, sin gritos humanos, destello lejano, perros en silencio.

A la medianoche, el sonido cambió. Los murciélagos no desaparecieron, pero se ordenaron. Ya no era un remolino. Era como si siguieran un corredor invisible, una ruta que alguien había limpiado en el aire.

Y entonces, casi sin ruido, apareció lo otro: vehículos sin marcas, moviéndose como si la oscuridad los conociera. No pasaron por la plaza. No tocaron el pueblo. Fueron hacia la montaña, por un camino lateral que a simple vista parecía cerrado por la maleza.

Abril sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

En ese momento, escuchó pasos detrás de ella.

Se giró, asustada.

Era una mujer mayor, envuelta en un rebozo. Tenía una vela apagada en la mano.

—No escribas con prisa —susurró la mujer—. La prisa mata.

Abril abrió la boca, pero la mujer levantó la mano.

—No quiero tu nombre. Ni que quieras el mío. Solo escucha.

Abril asintió, con un nudo en la garganta.

La mujer miró al cielo, donde las sombras seguían girando.

—Mi abuelo decía que en la sierra hay guardianes. Los llamaba los de alas negras. No porque fueran malos… sino porque ven en la noche lo que nosotros no vemos en el día.

Abril tragó saliva.

—¿Usted cree que…?

La mujer sonrió apenas.

—Yo no creo. Yo solo he aprendido a notar cuándo la montaña se incomoda. Y hoy está… muy incómoda.

Abril miró hacia el cerro. El destello volvió, más lejos. Luego, nada.

—¿Sabe qué está pasando? —preguntó Abril.

La mujer se inclinó a su oído, como si le contara un secreto de familia.

—Siete puertas se abrieron sin permiso. Y ahora… alguien viene a cerrarlas.

Y se fue, dejando a Abril con la piel erizada y la certeza de que la historia ya no era solo un rumor.


El amanecer llegó con una lentitud engañosa.

A las cinco con veinte, el aleteo disminuyó. A las cinco con treinta, desapareció casi por completo, como si los murciélagos hubieran regresado a su orden natural, cansados de ser alarma.

A las seis, Abril salió con cuidado. El pueblo estaba despierto, pero no había euforia. No había fiesta. Había una normalidad demasiado rígida, como una camisa planchada con miedo.

En la tiendita, el vendedor de ayer le sirvió un café sin que ella lo pidiera.

—¿Oyó? —preguntó Abril, bajito.

El hombre no respondió con palabras. Solo señaló hacia la sierra, donde una columna de humo delgado subía como una oración torcida. No era humo negro ni grande, sino uno ligero, casi como neblina. Pero en la montaña, cualquier humo es un mensaje.

Abril miró el humo y sintió que se le helaba la espalda.

—¿Qué fue?

El hombre por fin habló, con voz ronca:

—Cerraron algo que no debía estar abierto.

Abril se dio la vuelta y caminó hacia un punto alto, sin acercarse demasiado. Desde allí, con la distancia suficiente para no interferir, vio movimiento: gente con equipo, líneas de seguridad, vehículos que subían y bajaban sin alboroto.

No había espectáculo. No había trofeos mostrados. No había gritos. Era trabajo silencioso, como si quisieran que la montaña olvidara rápido.

Abril anotó todo sin describir rutas ni métodos. Solo hechos observables.

06:18: movimiento coordinado, zona acordonada, humo leve en un punto.

A las siete con diez, en el radio local, dieron un comunicado escueto: autoridades habían desmantelado siete instalaciones ocultas en la sierra, vinculadas a una estructura del CJNG. No dieron detalles que convirtieran aquello en guía. Solo confirmaron lo esencial.

Siete.

Abril sintió que la palabra se le quedó pegada al paladar.

Regresó a la casa del profesor Elías. Lo encontró sentado afuera, mirando un hormiguero como si fuera un universo.

—Pasó —dijo Abril, sin rodeos.

Elías no preguntó “qué”. Solo asintió.

—¿Escuchaste a los murciélagos? —preguntó él.

—Sí.

Elías respiró hondo, con un cansancio que parecía viejo.

—Entonces ya sabes: la naturaleza avisa… y los humanos, cuando quieren, actúan.

Abril se sentó frente a él.

—La gente dice que “los murciélagos destruyeron” las instalaciones.

Elías sonrió, apenas.

—Porque necesitan una explicación que no los obligue a señalar con el dedo. Decir “murciélagos” es más seguro que decir “vecinos”. Decir “murciélagos” es más poético que decir “corrupción”. Decir “murciélagos” es una forma de hablar sin provocar una tormenta.

Abril bajó la mirada.

—¿Y cómo lo cuento yo?

Elías le ofreció una naranja, como si eso pudiera equilibrar el mundo.

—Cuéntalo con verdad y con cuidado. No alimentes el mito hasta volverlo propaganda. Pero tampoco lo mates, porque el mito protege a la gente cuando el lenguaje se vuelve peligroso.

Abril peló la naranja en silencio.

—Hay algo que no entiendo —dijo—. ¿Por qué siete? ¿Por qué no uno? ¿Por qué no todo?

Elías miró la montaña, larga, inmensa.

—Porque las redes se cortan por partes —respondió—. Porque no basta con cerrar una puerta si el edificio tiene cien. Pero cerrar siete… es una señal. Una grieta. Un aviso.

Abril recordó el mensaje: Lo que cortaron hoy, mañana intenta coserse. (había recibido una advertencia similar en Veracruz semanas atrás, en otro caso distinto). Pensó en cómo una estructura, cuando se siente amenazada, cambia de forma.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

Elías se levantó, caminó hacia el borde del terreno, y señaló un árbol donde colgaban frutos pequeños.

—Ahora, la sierra sigue —dijo—. Y la gente sigue. Y el miedo… también. Pero hoy, por primera vez en un rato, el miedo tiene competencia: la posibilidad.

Abril sintió un nudo en la garganta.

Porque esa era la palabra exacta: posibilidad.


De regreso a la ciudad, Abril escribió su historia como si caminara sobre vidrio.

No usó frases grandilocuentes que pudieran volverse combustible. No describió ubicaciones exactas. No convirtió el hecho en una película. Se concentró en lo que sí podía sostener: que existían siete instalaciones ocultas, que fueron desmanteladas, que estaban vinculadas a una red del CJNG, y que la sierra entera lo supo antes que cualquiera… por un aleteo que rompió la rutina de la noche.

Comenzó su relato con una imagen:

“La sierra de Oaxaca habló con alas. Antes del amanecer, un ruido antiguo —murciélagos alterados, rutas cambiadas, cielo inquieto— anunció que siete puertas escondidas estaban a punto de cerrarse.”

Luego contó el resto con respeto: el silencio del pueblo, la mujer del rebozo, el profesor Elías, la forma en que la gente se protege con metáforas porque a veces la verdad directa cuesta demasiado.

Su editor le preguntó:

—¿No crees que la frase “murciélagos destruyeron” suena exagerada?

Abril negó.

—Suena a lo que la gente necesita decir para poder respirar. Y si lo escribo como “un operativo sin alma”, pierdo lo esencial: que una comunidad sintió el cambio antes de que lo confirmara cualquier comunicado.

El editor pensó un segundo y asintió.

—Vamos a publicarlo —dijo—. Con cuidado.

Esa noche, cuando el texto salió al aire, Abril recibió un último mensaje, corto, sin firma:

“No buscaste héroes. Buscaste sentido. Gracias.”

Abril no respondió.

Apagó el teléfono, cerró la libreta, y miró por la ventana. La ciudad seguía igual por fuera: motos, puestos, música lejana. Pero en algún punto de la sierra, los murciélagos volvían a su rutina, ajenos a nuestras palabras.

Abril entendió entonces algo que le pareció tan triste como esperanzador:

En lugares donde el miedo ha aprendido a disfrazarse, la verdad también debe aprender a caminar con zapatos suaves.

Y aun así… caminar.

Porque si siete puertas pudieron cerrarse una madrugada, quizá algún día la sierra no tenga que hablar con alas para que la escuchen.

Esa noche, Abril se quedó dormida por primera vez en días.

Y en su sueño, oyó un aleteo lejano, no como alarma… sino como regreso a casa.