Una viuda compró un casino abandonado por 170 dólares, pero al amanecer oyó la voz de su esposo muerto detrás de una tragamonedas sellada
Una viuda compró un casino abandonado por 170 dólares, pero al amanecer oyó la voz de su esposo muerto detrás de una tragamonedas sellada
—Una mujer que no pudo conservar vivo a su marido tampoco podrá conservar en pie un casino —dijo Fermín Barragán, sin molestarse en apagar el micrófono.
Las risas recorrieron el salón de subastas del ayuntamiento.
Mariana Salgado no bajó la mirada.
Tampoco respondió cuando su cuñado se inclinó hacia ella y susurró que Ignacio debía de estar revolviéndose en la tumba al verla gastar los últimos ahorros de su hija en el edificio donde él había muerto.
Mariana sostuvo la paleta con el número diecisiete.
La madera estaba pegajosa por el sudor de otras manos.
La suya permanecía firme.
—Tres mil cuarenta pesos —anunció el subastador—. ¿Alguien ofrece más?
Nadie habló.
A través de las ventanas abiertas entraba el calor seco de Chihuahua, junto con el ruido de los vendedores de fruta de la plaza y el lejano repique de las campanas de San Jerónimo.
En la primera fila, Octavio Luján se acomodó el puño de la camisa.
No había levantado la paleta una sola vez.
Eso era lo que más inquietaba a Mariana.
Octavio llevaba dos meses intentando comprar el viejo Casino Estrella del Norte por medio de tres empresas distintas. Había enviado abogados, gestores y hasta un sacerdote para convencer al ayuntamiento de que el edificio era peligroso, maldito e imposible de recuperar.
Y, sin embargo, ahora observaba la subasta con una calma demasiado limpia.
Como si ya supiera el resultado.
Como si Mariana no acabara de ganarle nada.
Como si el casino siguiera perteneciéndole.
—Vendido —declaró el subastador— a la señora Mariana Salgado por tres mil cuarenta pesos.
El golpe del martillo sonó más fuerte que las risas.
Mariana dejó la paleta sobre sus rodillas.
No iba a explicar por qué había comprado aquel lugar.
No iba a explicar por qué conservaba una llave oxidada durante siete años.
No iba a explicar por qué su esposo había escrito la cifra exacta de tres mil cuarenta pesos en la última página de su libreta.
No iba a explicar por qué, tres noches antes, había encontrado esa misma cantidad escondida dentro de una caja de herramientas que nadie había abierto desde su funeral.
No iba a explicar por qué debajo del dinero había una nota escrita con la letra de Ignacio.
“Cuando el Estrella caiga, cómpralo. Aunque sólo queden cenizas.”
El secretario municipal colocó la escritura provisional frente a ella.
—Firme aquí, señora Salgado. Y aquí. También aquí.
Fermín Barragán era un hombre pequeño, de cabello aceitado y dedos gruesos. Sonreía como si estuviera ayudándola, pero había dejado que la insultaran durante toda la subasta.
Mariana leyó cada página.
—Falta el plano de colindancias.
La sonrisa de Fermín se endureció.
—No es necesario.
—Se menciona en la cláusula sexta.
—Es un anexo técnico.
—Entonces debe estar anexado.
Algunas personas dejaron de hablar.
Octavio giró el rostro hacia ellos.
Fermín buscó entre sus carpetas con más ruido del necesario.
—Debe de haberse traspapelado.
—Esperaré.
—El edificio se vende tal como está.
—No estoy preguntando por el edificio. Estoy preguntando por el terreno.
La mirada de Fermín cayó sobre ella durante un segundo demasiado largo.
Mariana lo vio.
También vio a Octavio mover apenas el índice sobre el brazo de su silla.
Una advertencia silenciosa.
Fermín sacó por fin una hoja doblada y la deslizó sobre la mesa.
—Aquí lo tiene.
Mariana comprobó los sellos.
El plano mostraba el casino, el estacionamiento, un terreno seco cubierto de mezquites y una franja angosta que llegaba hasta las vías abandonadas del antiguo ferrocarril minero.
Cuarenta y dos hectáreas.
No veintiséis, como decía el anuncio público.
Guardó el documento con cuidado.
—Ahora sí.
Firmó.
Al ponerse de pie, su cuñado Raúl le cerró el paso.
Era el hermano mayor de Ignacio. Habían trabajado juntos de jóvenes, pero después del incendio había vendido el taller familiar y se había quedado con casi todo, alegando deudas que Mariana jamás pudo comprobar.
—Todavía puedes deshacer esta locura —murmuró—. Habla con Octavio. Él puede comprarte la propiedad hoy mismo.
—La subasta acaba de terminar.
—Precisamente. Te da el doble.
—¿Seis mil pesos?
—Te da cien mil.
Mariana lo miró sin parpadear.
Raúl tragó saliva.
—Es un edificio quemado, Mari. El techo puede caerte encima. Hay ratas, vidrios, cableado podrido. ¿Qué vas a hacer con eso?
—Limpiarlo.
—No entiendes.
—Entiendo que alguien ofrece cien mil pesos por algo que compré hace cuarenta segundos por tres mil.
—Es generosidad.
—La generosidad no usa tres empresas fantasma.
Raúl se quedó inmóvil.
Mariana pasó a su lado.
En la puerta del salón, Octavio la esperaba.
Era alto, canoso, impecable. Dueño de hoteles, gasolineras, bodegas y media docena de ranchos, aparecía cada diciembre en fotografías repartiendo cobijas a familias pobres. El periódico lo llamaba benefactor. En San Jerónimo, la gente pronunciaba su apellido más bajo que los demás.
—Mis condolencias tardías por Ignacio —dijo.
Mariana sintió una presión conocida debajo de las costillas.
No permitió que llegara a su rostro.
—Llegan siete años tarde.
—Nunca es tarde para reconocer una pérdida.
—Depende de quién la causó.
Octavio sonrió.
No demasiado.
—El dolor fabrica sospechas.
—Y el dinero fabrica testigos.
Por primera vez, él dejó de parecer divertido.
Sólo duró un instante.
—Raúl quizá le mencionó mi oferta.
—La escuché.
—Puedo elevarla. Doscientos cincuenta mil pesos. Hoy. Sin trámites.
—No.
—Piénselo por su hija.
—Estoy pensando en ella.
—Entonces no la lleve a ese lugar.
Mariana sostuvo su mirada.
—¿Por qué?
El ruido de la plaza pareció alejarse.
Octavio acomodó su saco.
—Porque las ruinas tienen la mala costumbre de terminar el trabajo que empezaron.
Después se marchó.
Mariana no se movió hasta verlo subir a una camioneta negra.
Había aprendido a reconocer las amenazas que querían parecer consejos.
Ignacio también lo había aprendido.
Tal vez demasiado tarde.
El Casino Estrella del Norte quedaba a catorce kilómetros del pueblo, junto a la carretera vieja que conducía a las minas de Santa Lucía.
Durante los años noventa había sido el orgullo de la región.
Autobuses llenos de turistas llegaban los fines de semana. Había música en vivo, cenas, torneos de cartas y una marquesina con estrellas doradas que podían verse desde varios kilómetros.
Después llegaron los rumores.
Deudas.
Hombres desaparecidos.
Un contador que se arrojó desde un puente.
Un incendio en la zona de mantenimiento.
La muerte de Ignacio.
Dos meses más tarde, el casino cerró por una supuesta remodelación.
Nunca volvió a abrir.
Mariana condujo hasta allí esa misma tarde en su camioneta Nissan de dieciocho años, con una escalera amarrada al techo, cuatro garrafones de agua, herramientas, un botiquín y la llave oxidada dentro del bolsillo de su blusa.
No llevó a Alma.
Su hija tenía dieciséis años y la misma forma de fruncir el ceño que Ignacio. Había protestado durante el desayuno, durante el trayecto a la escuela y otra vez por mensaje cuando supo que Mariana había ganado la subasta.
“Papá murió allí. No entres sola.”
Mariana le respondió:
“Hoy sólo revisaré accesos. Te llamo a las seis.”
No añadió que llevaba siete años soñando con aquella puerta.
El casino apareció detrás de una curva, encogido bajo el cielo blanco del desierto.
La marquesina había perdido casi todas las letras.
Sólo sobrevivían EST ELLA y una N torcida.
Las ventanas del piso superior estaban cubiertas con tablas. Las palmeras que alguna vez decoraron la entrada eran troncos secos, vencidos hacia el estacionamiento.
Había grafiti en las paredes.
Botellas rotas.
Un sillón sin respaldo.
Un zapato infantil lleno de arena.
Mariana apagó el motor, pero no bajó enseguida.
Observó.
Las ruinas contaban cosas.
Una puerta forzada hablaba de curiosos.
Un vidrio roto hablaba de vandalismo.
Una cadena nueva en una entrada abandonada hablaba de alguien que todavía quería controlar el lugar.
El portón principal estaba asegurado con un candado brillante.
No pertenecía al ayuntamiento.
Sacó el teléfono y tomó fotografías.
Luego caminó alrededor del edificio.
En la zona trasera encontró huellas recientes de neumáticos. Eran anchas, profundas y demasiado bien definidas para tener más de dos días.
Alguien había estado allí después de las últimas lluvias.
Junto a una salida de emergencia, la tierra estaba removida. Mariana se agachó y tocó el suelo.
Habían enterrado o desenterrado algo.
Escuchó el rumor de un motor.
Una camioneta blanca pasó por la carretera sin reducir la velocidad.
Los cristales estaban polarizados.
Mariana memorizó los últimos tres números de la placa.
Después sacó la llave oxidada.
Ignacio se la había entregado tres semanas antes de morir.
Estaban cenando frijoles con queso en la cocina. Alma, entonces de nueve años, coloreaba un dibujo de la escuela.
—Guárdala —había dicho él.
—¿De qué es?
—De una puerta que tal vez nunca necesites abrir.
—Eso suena poco tranquilizador.
Ignacio había sonreído, pero no con los ojos.
—Prométeme que no la tirarás.
—¿Estás metido en problemas?
—Estoy tratando de salir de uno.
Fue la única respuesta.
Después llegó el incendio.
Después el ataúd cerrado.
Después Raúl diciendo que era mejor no ver el cuerpo.
Después Octavio pagando el funeral sin que nadie se lo pidiera.
Mariana había guardado la llave en una lata de café durante siete años.
Ahora la introdujo en la cerradura de la salida de emergencia.
Entró sin resistencia.
Eso fue peor.
La oscuridad del casino olía a polvo, humedad y metal viejo.
Mariana encendió una lámpara frontal.
El haz iluminó una alfombra roja cubierta de ceniza. Había mesas volcadas, cables arrancados y cientos de fichas de plástico desparramadas como botones.
Un mural de bailarinas con vestidos norteños seguía ocupando la pared principal. Alguien había rayado los ojos de todas.
Mariana cerró la puerta tras ella.
No por miedo a que alguien entrara.
Por miedo a que alguien ya estuviera dentro.
Avanzó despacio.
Cada paso levantaba pequeñas nubes.
El silencio no era completo.
Algo golpeaba en alguna parte.
Tac.
Tac.
Tac.
Podía ser una lámina movida por el viento.
Podía ser una rama.
Podía ser una persona intentando no hacer ruido.
Llegó al salón principal.
La mayoría de las tragamonedas habían sido saqueadas. Sus pantallas estaban rotas y las bandejas de monedas, arrancadas.
En el centro sobrevivía una fila de siete máquinas cubiertas con lonas grises.
Eso no tenía sentido.
Los ladrones habían desmontado hasta las lámparas, pero habían dejado aquellas máquinas intactas.
Mariana se acercó.
En el piso, alrededor de las lonas, no había polvo.
Alguien limpiaba esa zona.
El golpe volvió a sonar.
Tac.
Tac.
Tac.
Esta vez venía detrás del escenario.
Mariana tomó una llave inglesa de su bolso.
—Soy la propietaria —dijo con voz firme—. La policía sabe que estoy aquí.
Era mentira.
No obtuvo respuesta.
Subió los tres escalones del escenario.
Las cortinas olían a humo viejo. Detrás había camerinos pequeños, un cuarto de utilería y un pasillo que terminaba en una puerta metálica ennegrecida.
La puerta del incendio.
Mariana se detuvo.
Había visto fotografías, informes y diagramas. Había escuchado a un inspector decir que Ignacio había quedado atrapado detrás de esa puerta cuando el sistema eléctrico colapsó.
Nunca había estado frente a ella.
Sintió que el aire se volvía más pesado.
En el centro del metal había una marca negra, semejante a una mano abierta.
Mariana acercó los dedos sin tocarla.
—No vine a llorarte —susurró—. Vine a saber.
Tac.
El sonido llegó desde el interior.
Mariana levantó la llave inglesa.
La puerta no tenía manija.
Sólo una ranura vertical.
Sacó la llave oxidada.
Encajó.
Al girarla, escuchó un mecanismo profundo, como engranes despertando después de años.
La puerta se abrió cinco centímetros.
Un aire frío escapó por la rendija.
No olía a ceniza.
Olía a aceite reciente.
Mariana empujó.
Detrás no estaba la zona de mantenimiento destruida que mostraban los planos.
Había un corredor angosto, intacto, con paredes de concreto y tubos eléctricos que parecían mucho más nuevos que el resto del edificio.
En el suelo brillaba una colilla de cigarro.
Todavía estaba húmeda.
Mariana dio un paso atrás.
Fotografió la puerta, la colilla y el corredor.
Luego cerró.
No iba a explorar un túnel desconocido al atardecer.
No sin saber quién lo utilizaba.
Volvió al salón principal.
El sol ya descendía, filtrándose por las tablas de las ventanas.
Pasó junto a las siete tragamonedas cubiertas.
Al llegar a la salida, escuchó un clic detrás de ella.
Se giró.
Una luz roja parpadeaba debajo de la lona de la máquina central.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Mariana no se acercó.
Desconectó la batería de su lámpara para quedar a oscuras.
Esperó.
Un zumbido recorrió el techo.
Alguien acababa de activar electricidad en un edificio oficialmente desconectado desde hacía siete años.
La luz roja volvió a parpadear.
Después se apagó.
Mariana salió del casino, cerró la puerta y condujo hasta el pueblo sin mirar por el retrovisor más de lo necesario.
A las seis en punto llamó a Alma.
—¿Encontraste algo?
—Un candado que no es municipal, huellas recientes y cableado activo.
—Eso no suena a “sólo revisar accesos”.
—Mañana iré con ayuda.
—Voy contigo.
—Mañana tienes examen de química.
—Mi papá murió ahí.
—Precisamente.
Hubo silencio.
Mariana escuchó cómo Alma respiraba del otro lado.
—Mamá, no me dejes fuera de esto.
Mariana cerró los ojos.
Durante siete años había intentado proteger a su hija entregándole versiones suaves de la verdad. Un accidente. Una falla eléctrica. Mala suerte.
Pero Alma ya no era una niña.
Y alguien había estado dentro del casino.
—Mañana después de clases —dijo—. No antes.
—Promételo.
—Te lo prometo.
Esa noche, Mariana extendió los documentos de la subasta sobre la mesa de la cocina.
Preparó café de olla y amplió las fotografías en su computadora.
La colilla era de una marca importada que no se vendía en las tiendas del pueblo.
La cadena nueva tenía una etiqueta parcial de Ferreterías Luján.
Las huellas correspondían probablemente a una camioneta pesada.
En el plano, el corredor detrás del escenario no aparecía.
Tampoco figuraba en los planos del incendio que Mariana había obtenido años atrás.
Abrió la libreta de Ignacio.
Las primeras páginas contenían medidas, cálculos eléctricos y listas de materiales. Después había nombres abreviados, números y frases sin contexto.
M7.
6:17.
Río abajo.
La casa no está vacía.
En la última página, debajo de la cifra de tres mil cuarenta pesos, había una pequeña estrella dibujada.
Mariana acercó la fotografía de las siete tragamonedas.
La máquina central tenía una estrella en la carcasa.
Una estrella casi borrada.
M7 podía significar Máquina Siete.
Miró el reloj.
Eran las once con cuarenta y nueve.
No volvió al casino.
Quiso hacerlo.
Cada parte de su cuerpo le exigía regresar, arrancar la lona y abrir la máquina.
Pero la prisa era el tipo de error que esperaba un enemigo.
Mariana llamó a Gabriel Ortega.
Gabriel había sido paramédico antes de perder movilidad en una pierna durante un accidente carretero. Ahora reparaba radios, cámaras y sistemas de seguridad en un local junto al mercado.
También había sido el mejor amigo de Ignacio.
No contestó.
Mariana dejó un mensaje breve.
“Compré el Estrella. Necesito que veas algo. No se lo digas a nadie.”
A las doce y siete, alguien golpeó la puerta de su casa.
Tres golpes.
Pausa.
Dos golpes.
Mariana apagó la luz de la cocina.
Alma dormía en el piso superior.
Mariana tomó el viejo bate que guardaba detrás del refrigerador y se acercó sin hacer ruido.
—¿Quién es?
—Soy yo.
Era Raúl.
Mariana no abrió.
—¿Qué quieres?
—Hablar.
—Mañana.
—No puede esperar.
—Entonces habla desde ahí.
Raúl miró hacia la calle.
Ella lo observaba mediante la cámara instalada sobre el marco.
Su cuñado tenía la camisa arrugada y una cortada reciente en el labio.
—Véndele el casino a Octavio —dijo.
—Ya respondí.
—No entiendes lo que compraste.
—Entonces explícame.
—No puedo.
—Buenas noches, Raúl.
—Ignacio tampoco quiso escuchar.
Mariana no se movió.
—¿Qué significa eso?
Raúl levantó la cara hacia la cámara.
—Significa que tu marido creyó que podía ganarle a gente que no juega limpio.
—¿Qué gente?
Un vehículo dobló la esquina.
Raúl retrocedió.
—Vende mañana. Pide medio millón. Te lo dará.
—¿Por qué?
—Porque necesita ese terreno antes del lunes.
—¿Qué pasa el lunes?
Las luces del vehículo iluminaron la fachada.
Raúl bajó la cabeza y se alejó rápidamente.
Era la misma camioneta blanca que Mariana había visto cerca del casino.
Pasó sin detenerse.
Pero al llegar a la esquina, las luces de freno se encendieron.
Permaneció allí casi un minuto.
Después desapareció.
Mariana guardó la grabación de la cámara en tres lugares distintos.
A la mañana siguiente dejó a Alma en la escuela, compró dos cámaras de cacería, guantes, mascarillas y cien metros de cuerda.
Gabriel la esperaba frente al casino.
Llegó en una camioneta azul con una caja de herramientas y su bastón apoyado en el asiento.
Tenía cincuenta años, barba entrecana y una manera de mirar los edificios como si fueran pacientes.
—Creí que estabas bromeando —dijo al ver la escritura.
—Nunca bromeo con tres mil pesos.
—Ignacio sí lo hacía.
Mariana lo observó.
Gabriel apartó la mirada.
—¿Él te habló de este lugar?
—Me habló de muchas cosas.
—No fue lo que pregunté.
Gabriel suspiró.
—La última semana antes del incendio me pidió un medidor de frecuencia y una cámara pequeña. Dijo que había encontrado una instalación que no aparecía en ningún plano.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque después murió. Porque tú acababas de quedarte sola con una niña. Porque dos hombres fueron a mi casa y me enseñaron fotografías tuyas saliendo del mercado.
Mariana apretó la mandíbula.
—¿Quiénes?
—No dieron nombres.
—¿Octavio?
—No lo vi. Sólo entendí el mensaje.
—¿Y ahora ya no tienes miedo?
Gabriel miró el casino.
—Tengo el mismo miedo. Sólo estoy más cansado de obedecerlo.
Entraron por la salida trasera.
La colilla había desaparecido.
El corredor seguía cerrado.
Gabriel examinó el cableado de las tragamonedas.
—Estas siete están conectadas a un circuito independiente.
—¿Reciente?
—Parte sí. Parte tiene al menos veinte años.
—Ayer una luz se encendió.
Gabriel retiró la lona de la máquina central.
Era una tragamonedas antigua llamada La Reina de Oros. En la pantalla había tres coronas pintadas. La carcasa estaba oxidada, pero el panel trasero tenía tornillos nuevos.
—Alguien la ha abierto —dijo.
Mariana señaló el número grabado en la base.
M-7.
Gabriel desconectó cables antes de retirar el panel.
Dentro encontraron una batería, un temporizador digital y un pequeño altavoz.
El temporizador marcaba 6:16.
—No la toques —dijo Gabriel.
El número cambió.
6:17.
Todas las luces del salón se encendieron al mismo tiempo.
Mariana levantó un brazo para cubrirse los ojos.
Las otras seis tragamonedas despertaron con campanadas distorsionadas.
Las ruedas giraron.
El techo vibró.
Después, desde el altavoz de la máquina central, surgió una respiración.
Una respiración humana grabada años atrás.
Mariana reconoció el pequeño silbido al final de cada inhalación.
Ignacio lo tenía desde niño, después de una neumonía.
—Mariana —dijo la voz de su esposo muerto—. Si estás escuchando esto, significa que el Estrella ya es tuyo.
Gabriel se apoyó contra una máquina.
Mariana no respiró.
—No sé cuánto tiempo habrá pasado —continuó la grabación—. Tampoco sé qué te dijeron sobre el incendio. Sólo puedo decirte esto: no fue un accidente. No confíes en la versión de Raúl. No confíes en ningún documento firmado por Fermín Barragán. Y no abras la puerta de mantenimiento hasta encontrar la ficha negra.
El audio se llenó de estática.
—La mesa siete no es una mesa. Busca donde la reina pierde la cabeza. Allí está la primera prueba.
La voz hizo una pausa.
Cuando volvió, sonaba más baja.
Más cerca.
—Perdóname por dejarte esto. Yo quería entregarlo a la fiscalía. Pero ya saben que lo encontré.
Se escuchó un golpe al fondo de la grabación.
Ignacio respiró rápidamente.
—Si Alma está contigo, dile que la estrella nunca dejó de ser suya.
Otro golpe.
Después la grabación terminó.
Durante varios segundos sólo se escuchó el giro lento de las ruedas.
Las siete máquinas se detuvieron.
En todas apareció la misma combinación.
Tres estrellas.
Una bandeja metálica se abrió en la base de La Reina de Oros.
Cayó una ficha negra.
Mariana la tomó.
Tenía grabado un número: 2711.
Gabriel se secó la frente.
—Mariana…
—Necesito una copia del audio.
—Tenemos que salir.
—Primero la copia.
—Alguien programó esto para activarse hoy.
—Se activó a las seis diecisiete.
—No. Mira.
Gabriel señaló el temporizador.
Debajo de la hora había una fecha.
La del día anterior.
La máquina debía haber reproducido el mensaje cuando Mariana entró por primera vez, pero algo había fallado.
O alguien lo había interrumpido.
Un ruido metálico resonó detrás del escenario.
La puerta secreta acababa de abrirse.
Gabriel apagó el equipo y guardó el dispositivo de audio.
—Ahora sí nos vamos.
Una sombra cruzó el pasillo del fondo.
Mariana tomó la ficha y retrocedió.
Entonces olió gasolina.
—Corre —dijo.
Una botella envuelta en tela cayó desde el corredor.
Se estrelló contra la alfombra.
El fuego se extendió en una línea brillante.
Gabriel no podía correr con rapidez. Mariana lo sujetó del brazo y lo llevó hacia la salida lateral mientras las llamas trepaban por una mesa.
La puerta estaba encadenada desde fuera.
—¡Atrás! —gritó Gabriel.
Mariana golpeó el vidrio angosto con la llave inglesa.
Una vez.
Dos.
Tres.
El cristal cedió.
Metió el brazo protegido por su chaqueta y alcanzó el seguro exterior.
La cadena estaba tensa, pero el marco de aluminio estaba podrido.
Gabriel embistió con el hombro.
Mariana pateó debajo de la cerradura.
La puerta se arrancó de una bisagra.
Salieron al estacionamiento mientras el humo comenzaba a escapar por las ventanas rotas.
Una camioneta blanca aceleró detrás del edificio.
Mariana levantó el teléfono.
Tomó seis fotografías antes de que desapareciera.
Esta vez obtuvo la placa completa.
También vio al conductor.
Raúl.
Los bomberos llegaron veinte minutos después.
El incendio no destruyó el salón. Gabriel había cerrado una válvula al salir, y las alfombras húmedas por una filtración impidieron que las llamas avanzaran.
Fermín Barragán llegó antes que la policía.
Eso llamó la atención de Mariana.
Bajó de un vehículo municipal, observó el humo y comenzó a hablar de clausura, riesgo estructural y responsabilidad civil.
—La propiedad debe ser asegurada de inmediato —dijo.
—¿Cómo supo del incendio? —preguntó Mariana.
—Los bomberos notifican al ayuntamiento.
El jefe de bomberos, que estaba a pocos metros, levantó la cabeza.
—Nosotros no llamamos a nadie.
Fermín se aclaró la garganta.
—La central, quizá.
—La central tampoco —dijo el jefe—. La llamada entró hace diecinueve minutos.
Mariana miró el reloj.
Fermín había tardado doce minutos en llegar desde el centro del pueblo.
Demasiado rápido.
—Necesito una copia del informe —dijo Mariana.
—Eso llevará tiempo.
—También una inspección independiente.
—El ayuntamiento designará al inspector.
—Yo contrataré otro.
Fermín bajó la voz.
—No convierta esto en una guerra.
—No fui yo quien trajo gasolina.
Raúl no volvió a casa esa noche.
Su esposa dijo que había salido a una entrega.
Mariana no la contradijo.
Entregó las fotografías a la policía, junto con la grabación de su cámara doméstica y una copia del mensaje de Ignacio.
No entregó la ficha negra.
Tampoco mencionó el corredor secreto.
El comandante local escuchó el audio dos veces. Se llamaba Salvador Núñez y había sido compañero de escuela de Octavio.
—Puede ser un montaje —dijo.
—Mi esposo grabó ese mensaje.
—No podemos comprobar cuándo.
—La máquina tenía un sistema antiguo.
—Señora Salgado, entiendo que está alterada.
Mariana apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—Estoy perfectamente tranquila. Mi propiedad fue incendiada. Tengo fotografías del vehículo, la placa y el conductor.
—La imagen está borrosa.
—Se distingue la cara.
—Podría ser su cuñado.
—Es mi cuñado.
Salvador cerró la carpeta.
—Lo localizaremos.
—¿Cuándo?
—Cuando tengamos elementos.
—¿Una botella con gasolina no es un elemento?
—No encontramos huellas.
—Porque usted llegó cuarenta minutos después de que los bomberos pisaran toda la zona.
El comandante frunció el ceño.
—Tenga cuidado con sus acusaciones.
—No estoy acusando. Estoy registrando.
Mariana encendió la grabadora del teléfono y la dejó sobre el escritorio.
—¿Puede repetir que no considera suficiente una fotografía del sospechoso conduciendo el vehículo que huyó del incendio?
Salvador miró el aparato.
—La entrevista ha terminado.
—Entonces deme el número de denuncia.
Lo obtuvo.
A la salida, Gabriel la esperaba junto a su camioneta.
—¿Te creyó?
—No importa.
—Claro que importa.
—Importa que ahora existe un expediente. Si lo cierran, quedará el registro de quién lo cerró.
Gabriel sonrió apenas.
—Ignacio decía lo mismo.
—Ignacio guardó secretos hasta que lo mataron.
—No sabes todavía que lo mataron.
Mariana lo miró.
Gabriel corrigió:
—No puedes probarlo todavía.
—Por eso no voy a actuar como él.
Esa tarde, Alma llegó al casino con una mochila, una cámara y una expresión furiosa.
—Prometiste que podía venir después de clases.
—No prometí que podrías entrar.
—Mamá.
—Hubo un incendio.
—Lo vi en internet. También vi que todos dicen que tú lo provocaste para cobrar un seguro que ni siquiera existe.
Mariana miró la pantalla del teléfono de su hija.
Una página local había publicado fotografías del humo con el título:
“VIUDA COMPRA CASINO MALDITO Y CASI LO QUEMA EN SU PRIMER DÍA.”
Los comentarios eran peores.
Que Mariana estaba loca.
Que quería llamar la atención.
Que Ignacio se había suicidado.
Que la familia Salgado siempre había sido problemática.
Uno de los comentarios mencionaba que Alma estudiaba en la preparatoria Benito Juárez.
Mariana tomó una captura.
—Desde hoy no vuelves sola a casa.
—No me cambies el tema.
—No lo cambio.
—Escuchaste la voz de papá.
Mariana guardó el teléfono.
—Sí.
El enojo de Alma desapareció.
—¿Qué dijo?
Mariana la llevó hasta la camioneta de Gabriel. Cerraron las puertas y reprodujeron el mensaje.
Alma no lloró.
La barbilla le tembló una vez cuando Ignacio pronunció su nombre, pero mantuvo los ojos fijos en el altavoz.
Al terminar, pidió escucharlo de nuevo.
Después preguntó:
—¿Qué significa que la estrella nunca dejó de ser mía?
—No lo sé.
—¿Y la reina que pierde la cabeza?
—La máquina se llama La Reina de Oros.
—Entonces hay que quitarle la cabeza.
—Primero investigaremos la ficha.
Alma extendió la mano.
Mariana dudó un segundo y se la mostró.
La adolescente examinó el número 2711.
—Puede ser una fecha.
—Veintisiete de noviembre.
—O un casillero.
—O una clave.
—Papá odiaba las claves obvias.
—También escondió dinero en una caja de herramientas.
—Porque tú nunca la abrías.
Mariana levantó una ceja.
Alma casi sonrió.
Aquella pequeña expresión le dolió más que el audio.
Gabriel llevó la ficha a su taller.
Bajo luz ultravioleta aparecieron letras diminutas: CN-27-11.
No correspondían a ningún juego del casino.
Alma encontró la respuesta en un periódico digitalizado de 1998.
El Estrella del Norte había patrocinado un torneo regional. En una fotografía aparecía el guardarropa con casilleros numerados.
C-N podía significar Casillero Norte.
El casino tenía dos guardarropas.
El del salón norte estaba detrás de la zona de espectáculos.
Entraron al día siguiente acompañados por cuatro trabajadores contratados para retirar escombros.
Mariana no quería volver a estar sola.
También instaló cámaras en cada acceso y transmitió las imágenes a una cuenta externa.
El casillero 27 estaba vacío.
El 11 también.
Pero Alma observó que la placa del casillero 27 estaba ligeramente torcida.
—Papá arreglaba cosas derechas —dijo—. No soportaba esto.
Mariana retiró los tornillos.
Detrás de la placa había un compartimento del tamaño de un puño.
Contenía una llave pequeña y una fotografía.
La imagen mostraba a Ignacio junto a una mujer de vestido rojo sobre el escenario del casino. La mujer era hermosa, de cabello negro y sonrisa amplia.
Al reverso, Ignacio había escrito:
“Ofelia sabe dónde cantaba la reina.”
Gabriel reconoció a la mujer.
—Ofelia Montemayor. Cantaba aquí los viernes. Desapareció después del incendio.
—¿Desapareció?
—Se fue del pueblo.
—¿A dónde?
—Nadie lo supo.
Alma buscó su nombre en redes.
Encontró una página de un restaurante en Parral. En una fotografía reciente, una mujer mayor cantaba boleros junto a un trío.
Tenía los mismos ojos.
Mariana condujo tres horas para verla.
Ofelia dejó de cantar cuando la vio entrar.
Estaba interpretando Sabor a Mí. La última palabra murió en su garganta.
Mariana se sentó cerca del escenario.
No levantó la fotografía.
No hizo preguntas.
Esperó.
Ofelia terminó la canción, habló con el dueño y salió por la puerta trasera.
Mariana la siguió hasta un patio con macetas de barro.
—No tengo nada que decirte —dijo Ofelia.
—Ignacio dejó tu nombre.
La mujer cerró los ojos.
—Entonces sí está muerto.
—¿Lo dudabas?
—Durante años.
Mariana mantuvo el rostro inmóvil.
—¿Por qué?
Ofelia sacó un cigarro, pero no lo encendió.
—Porque el cuerpo que enterraste no era el suyo.
El patio pareció inclinarse.
Mariana apoyó una mano sobre el respaldo de una silla.
—Vi el expediente dental.
—Viste un informe.
—Raúl identificó el cuerpo.
—Raúl identificó un anillo.
—¿Quién estaba en el ataúd?
—Un guardia llamado Celso Vázquez.
—Celso tenía familia.
—Tenía una hermana en Sonora. Le pagaron para firmar que él había renunciado meses antes.
Mariana sintió el pulso en las sienes.
—¿Dónde está Ignacio?
—No lo sé.
—Dijiste que dudabas que estuviera muerto.
—Lo vi salir del túnel después del incendio.
—¿Cuándo?
—Esa misma noche.
Ofelia por fin encendió el cigarro. La mano le temblaba.
—Yo cantaba en una fiesta privada del piso superior. Se fue la luz. Los hombres de Octavio comenzaron a sacar cajas. Vi humo detrás del escenario. Ignacio apareció por una puerta lateral, cubierto de sangre, pero caminando. Me entregó un sobre y me dijo que llevara una grabación a un periodista de la capital.
—¿Lo hiciste?
—No.
—¿Por qué?
—Porque cuando llegué a mi casa, mi hijo estaba sentado entre dos hombres. Tenía ocho años. Uno de ellos sostenía su inhalador. Me dijeron que si entregaba el sobre, el niño tendría un ataque que nadie alcanzaría a atender.
Mariana no apartó la mirada.
Ofelia aspiró humo.
—Quemé el sobre delante de ellos.
—¿Qué contenía?
—Una cinta y copias de pagos.
—¿A quién?
—Policías. Funcionarios. Inspectores. También había planos de algo debajo del casino.
—¿Qué pasó con Ignacio después de darte el sobre?
—Volvió a entrar.
—¿Por qué?
—Dijo que todavía faltaba sacar a alguien.
—¿A quién?
—No lo sé.
Mariana mostró la fotografía.
—Escribió que tú sabes dónde cantaba la reina.
Ofelia observó la imagen.
—No se refería a la máquina.
—¿Entonces?
—A mí me llamaban la Reina del Estrella.
Señaló el vestido rojo.
—Cantaba siempre sobre una plataforma giratoria. Una noche, Ignacio reparó el mecanismo y encontró una escalera debajo. Octavio le pagó el doble para que olvidara haberla visto.
—Ignacio no olvidó.
—No. Empezó a investigar.
Ofelia apagó el cigarro.
—Debajo del escenario había un cuarto con archivos. Pero eso no era lo importante.
—¿Qué era?
—Un túnel que salía a las vías.
—¿Para mover dinero?
—Al principio. Después comenzaron a mover personas.
Mariana escuchó un plato romperse dentro del restaurante.
La vida siguió al otro lado de la pared.
Risas.
Cubiertos.
Una canción de José Alfredo.
—¿Qué personas?
Ofelia miró hacia la puerta antes de responder.
—Trabajadores de las minas. Mujeres de Guatemala. Muchachos que llegaban con la promesa de cruzar a Estados Unidos. Algunos volvían a salir. Otros no.
—¿Por qué Ignacio no fue a la policía?
Ofelia soltó una risa amarga.
—¿A cuál policía?
Mariana guardó la fotografía.
—Necesito que declares.
—No.
—Intentaron quemarme dentro del casino.
—Entonces ya sabes por qué no.
—Mi hija aparece mencionada en comentarios anónimos.
—Llévatela lejos.
—Eso hice durante siete años. No funcionó.
Ofelia negó con la cabeza.
—No puedo ayudarte.
Mariana caminó hacia la puerta.
—Ignacio volvió por alguien —dijo sin girarse—. Tal vez por tu hijo.
Ofelia dejó de respirar.
Mariana la miró por encima del hombro.
—¿Dónde está él ahora?
La mujer tardó en responder.
—Murió hace cinco años.
—¿De qué?
—Un supuesto asalto.
El rostro de Ofelia se quebró, pero no lloró.
—Octavio me envió flores al funeral.
Mariana esperó.
Ofelia miró el cigarro apagado entre sus dedos.
—La plataforma se abre con tres notas —dijo finalmente—. Mi, sol, si. Había botones debajo del piano del escenario. Ignacio los instaló como interruptores. Si siguen ahí, presiónalos en ese orden.
—¿Vendrás conmigo?
—No.
—Entiendo.
—No, Mariana. Todavía no entiendes. Si el túnel sigue abierto, no sólo encontrarás cosas del pasado.
—¿Qué encontraré?
Ofelia levantó los ojos.
—Tráfico actual.
Al regresar a San Jerónimo, Mariana descubrió que el ayuntamiento había colocado sellos de clausura sobre el casino.
Fermín Barragán la esperaba con dos policías.
—Riesgo estructural —anunció—. Nadie puede entrar.
—El peritaje independiente dice que la estructura principal es estable.
—No reconozco ese peritaje.
—Está firmado por un ingeniero certificado.
—La normativa municipal me autoriza a clausurar.
Mariana leyó el documento pegado en la puerta.
—Cita el reglamento de espectáculos públicos.
—Es un casino.
—Está cerrado desde hace siete años. Actualmente es propiedad privada sin actividad comercial.
—No discuta tecnicismos.
—Los tecnicismos son la diferencia entre una orden legal y un abuso de autoridad.
Fermín dio un paso hacia ella.
—Señora Salgado, puedo imponerle una multa diaria.
—Hágalo por escrito.
—Puedo solicitar la expropiación.
—Hágalo por escrito.
—Puedo declarar el inmueble peligroso.
—Ya lo hizo. Sin inspección. Hágalo otra vez por escrito y explique por qué llegó al incendio antes de recibir aviso oficial.
Uno de los policías miró a Fermín.
Mariana levantó su teléfono.
—Todo está transmitiéndose en vivo.
No era verdad.
Pero Fermín miró la cámara y retrocedió.
—Tiene veinticuatro horas para presentar una objeción.
—Ya la presenté hace diez minutos por vía electrónica.
La sonrisa del funcionario se evaporó.
Mariana había aprendido algo durante los años en que llevó la contabilidad de pequeños negocios: las personas acostumbradas a intimidar odiaban los documentos con sello de recibido.
No retiró los sellos.
No entró.
Esperó hasta que un juez administrativo suspendió provisionalmente la clausura por falta de fundamento.
Tardó cuarenta y ocho horas.
En ese tiempo, alguien arrojó una piedra contra la ventana de su casa.
Dentro de la piedra había una nota:
“LA PRÓXIMA VEZ SERÁ ALMA.”
Mariana no se la mostró a su hija.
Alma la encontró de todos modos en la bolsa de evidencias.
—No puedes seguir escondiéndome cosas.
—Puedo intentar que no cargues con ellas.
—Papá hizo eso contigo.
La frase cayó entre ambas.
Mariana se sentó frente a ella.
—Tienes razón.
Alma parpadeó, sorprendida.
—¿Eso es todo?
—No. Desde hoy llevarás un localizador. Gabriel te recogerá en la escuela. No publicarás dónde estás. Y si te digo que corras, no preguntas.
—¿Y tú?
—Yo también llevaré localizador.
—Mamá…
—También tienes razón en otra cosa. No puedo pedirte confianza si sólo te doy la mitad de la verdad.
Le contó lo que Ofelia había dicho.
Todo.
El cuerpo equivocado.
El túnel.
La posibilidad de que Ignacio hubiera salido vivo del incendio.
Alma escuchó en silencio.
—Entonces papá pudo abandonarnos —dijo al final.
—No sabemos eso.
—Si salió vivo y nunca volvió…
—No sabemos qué ocurrió después.
—Tú quieres creer que lo mataron.
Mariana apretó las manos sobre la mesa.
—Quiero saber.
—Yo quiero enojarme.
—Puedes hacerlo.
—¿Con él?
—Con quien necesites.
Alma se levantó, caminó hasta la ventana y permaneció allí.
—La estrella nunca dejó de ser mía —murmuró—. Tal vez dejó algo a mi nombre.
Mariana recordó el plano de cuarenta y dos hectáreas.
—Tal vez.
Entraron al casino al amanecer del día siguiente.
Gabriel instaló una alarma temporal. Dos trabajadores permanecieron en la entrada. Mariana avisó a una periodista de Chihuahua llamada Verónica Soria, enviándole un mensaje programado con documentos que se liberarían si ella no cancelaba el envío antes de las nueve.
No confiaba en la policía local.
Todavía no confiaba plenamente en nadie.
Encontraron el viejo piano detrás de una cortina.
Tres teclas estaban marcadas por debajo.
Mi.
Sol.
Si.
Mariana las presionó.
El escenario vibró.
Una sección circular comenzó a girar con un gemido profundo. El polvo cayó en cascada desde los bordes.
Debajo apareció una escalera de hierro.
El aire que subió era frío y húmedo.
Gabriel iluminó los peldaños.
—Hay corriente.
—¿Natural?
—No. Ventilación mecánica.
Bajaron.
Alma se quedó arriba con los trabajadores y una radio. Protestó, pero Mariana no cedió.
La escalera terminaba en un cuarto de archivo.
Había estanterías vacías, un escritorio, cajas de plástico y una pared cubierta con paneles acústicos.
Alguien había limpiado recientemente.
Mariana encontró marcas rectangulares en el polvo.
Se habían llevado cajas.
Gabriel examinó un tablero eléctrico.
—Esto está conectado a otra fuente. No viene de la red municipal.
—¿Generador?
—O de las instalaciones mineras.
En el escritorio había una perforación pequeña, como si hubieran arrancado una placa.
Mariana introdujo la llave hallada detrás del casillero.
Un cajón secreto se abrió debajo.
Contenía una cinta de video, una libreta negra y un revólver descargado.
La libreta tenía nombres y números.
Algunos estaban tachados.
Otros acompañados de fechas.
Mariana reconoció a Fermín Barragán, Salvador Núñez y dos exalcaldes.
También encontró el nombre de Raúl.
Junto a él había una cifra: 80,000.
Y una fecha.
Tres días después del incendio.
Gabriel cerró los ojos.
—Ignacio sospechaba de su hermano.
—Ignacio dijo que no confiara en su versión.
—Raúl recibió dinero.
—Eso no prueba por qué.
Mariana fotografió cada página.
No se llevó la libreta.
Si alguien entraba y descubría que faltaba, sabría exactamente qué habían encontrado.
Guardó sólo la cinta.
En la pared del fondo había una puerta con un lector numérico.
Mariana introdujo 2711.
Luz roja.
Probó 0617.
Luz verde.
La puerta se abrió.
Detrás comenzaba el túnel.
Los rieles oxidados corrían bajo el casino y desaparecían en la oscuridad. Junto a ellos había cables nuevos, lámparas LED y marcas de neumáticos pequeños.
Gabriel señaló el suelo.
—Pasaron anoche.
Mariana encendió la radio.
—Alma, salgan del edificio. Ahora.
—¿Qué encontraron?
—Salgan.
—Mamá…
—Código rojo.
Era la frase acordada.
Alma no discutió.
Mariana escuchó los pasos arriba y luego la confirmación de que todos estaban fuera.
Ella y Gabriel avanzaron sólo veinte metros.
Encontraron una bolsa de plástico rota.
Dentro había envoltorios de comida reciente, una botella de agua con fecha de caducidad del año siguiente y una pulsera de hospital.
La pulsera llevaba un nombre escrito.
MIGUEL ÁNGEL CRUZ.
Edad: 14.
Fecha de ingreso: seis días antes.
—Esto no es viejo —dijo Gabriel.
Mariana fotografió la pulsera.
Un ruido llegó desde el túnel.
Motor.
Se apagaron las luces.
Gabriel tiró de Mariana hacia el cuarto de archivo.
Cerraron la puerta y subieron la escalera.
Cuando salieron al estacionamiento, Alma estaba hablando por teléfono.
—Estoy llamando al 911.
—Diles que encontramos indicios de un menor desaparecido.
La noticia del muchacho cambió el tono de todo.
Miguel Ángel Cruz había desaparecido de una clínica rural después de ser atendido por deshidratación. Su madre llevaba cinco días buscándolo. Las autoridades afirmaban que probablemente había huido.
La pulsera demostraba que alguien había pasado por el túnel.
Verónica Soria llegó desde Chihuahua esa tarde.
Era una mujer de treinta y cuatro años, cabello corto y una libreta llena de notas. No sonrió al saludar.
—Recibí su mensaje programado —dijo—. Si esto es una disputa inmobiliaria disfrazada de conspiración, perderemos el tiempo las dos.
Mariana le mostró el audio de Ignacio.
La libreta fotografiada.
La pulsera.
Las imágenes del túnel.
Verónica dejó de escribir.
—¿La policía aseguró el lugar?
—El comandante dijo que enviaría una unidad.
—¿Cuándo?
—Hace cuatro horas.
Verónica miró el acceso sin agentes.
—¿Tiene copias?
—En cuatro servidores.
—Bien.
La periodista publicó una nota preliminar esa misma noche.
No mencionó todas las pruebas. Sólo la pulsera, el túnel no registrado y la falta de respuesta policial.
A las nueve de la mañana siguiente, medios nacionales llamaban al ayuntamiento.
A las diez, llegó la fiscalía estatal.
A las once, Fermín Barragán aseguró que siempre había sospechado de actividades ilícitas en el casino.
A las doce, el comandante Salvador Núñez dijo que la investigación estaba “en curso desde hacía días”.
A las doce y veinte, Octavio Luján ofreció una conferencia de prensa desde uno de sus hoteles.
—Como ciudadano y empresario comprometido con San Jerónimo, exijo que se investigue a fondo —declaró—. También aclaro que no tengo relación alguna con el Casino Estrella del Norte desde 1997.
Mariana vio la transmisión desde su cocina.
Alma señaló la pantalla.
—Mintió.
—¿Sobre qué?
—Dice que no tiene relación desde 1997. Pero la ferretería que vendió la cadena nueva es suya.
—Eso no prueba que él la comprara.
—También ofreció doscientos cincuenta mil por el terreno.
—Eso sí prueba interés, no participación.
—Lo estás defendiendo.
—Estoy separando lo que sabemos de lo que queremos demostrar.
Alma apretó los labios.
—Papá hacía eso.
—Tu papá entró solo a un túnel.
—Tú también.
Mariana no tuvo respuesta.
La fiscalía inspeccionó el pasadizo.
Avanzaron casi un kilómetro antes de encontrar un derrumbe reciente.
Demasiado reciente.
El concreto todavía estaba húmedo.
Alguien había sellado el túnel desde el otro lado después de que Mariana encontrara la pulsera.
No hallaron a Miguel Ángel.
Tampoco cajas, vehículos ni personas.
Sólo un cuarto vacío con colchones, cadenas cortadas y marcas de sangre tan pequeñas que podrían haber sido antiguas.
La fiscalía estatal confiscó la libreta negra.
Cuando Mariana preguntó por qué faltaban tres páginas que ella había fotografiado, el agente responsable dijo que nunca habían existido.
Verónica publicó la comparación.
El escándalo creció.
Dos días después, el agente fue suspendido.
El caso pasó a una unidad especializada.
Octavio continuó apareciendo en público, sonriente, prometiendo colaborar.
Mientras tanto, sus abogados presentaron una demanda para anular la subasta.
Afirmaron que una de sus empresas había adquirido derechos sobre el terreno en 2001.
El documento llevaba la firma de Fermín Barragán como testigo.
Mariana comparó las coordenadas.
La empresa de Octavio no reclamaba el casino.
Reclamaba la franja que conectaba con las vías.
El túnel.
—Eso es lo que quiere —dijo Gabriel.
Estaban en su taller, viendo la cinta encontrada bajo el escenario.
Había sido grabada con una cámara de seguridad. La imagen mostraba una oficina del casino fechada dos semanas antes del incendio.
Ignacio aparecía hablando con Raúl.
No había sonido.
Raúl gesticulaba con violencia.
Ignacio colocaba documentos sobre la mesa.
Después entraba Octavio.
Joven, pero inconfundible.
Cerraba la puerta.
La grabación saltaba.
En la siguiente escena, Ignacio estaba en el suelo.
Raúl sostenía el revólver descargado que Mariana había encontrado.
Octavio limpiaba sangre de su puño con un pañuelo.
La cinta volvía a saltar.
Ignacio ya no estaba.
Raúl permanecía solo, sentado, con la cabeza entre las manos.
—Mi tío estaba allí —dijo Alma.
Mariana pausó la imagen.
—Sí.
—Ayudó a matarlo.
—No sabemos qué pasó después.
—Siempre dices eso.
—Porque es verdad.
—¿Cuánta verdad necesitas?
Mariana señaló la pantalla.
—La suficiente para que no puedan salir libres diciendo que interpretamos mal un video sin sonido.
Gabriel acercó la imagen.
En el escritorio aparecía una carpeta con un símbolo de estrella y las letras A.N.
—¿Qué significa? —preguntó.
Mariana recordó una frase de la libreta de Ignacio.
Río abajo.
La casa no está vacía.
—Tal vez Archivo Norte.
—O Agua Nacional —dijo Gabriel.
Alma tecleó en la computadora.
Encontró una referencia antigua a la sociedad Aguas del Norte, creada para administrar pozos industriales en la región.
La empresa había desaparecido en 2002.
Su representante legal había sido Octavio Luján.
Mariana revisó el plano de la subasta.
Cuarenta y dos hectáreas.
El casino estaba construido sobre terreno alto, pero la franja ferroviaria descendía hacia el cauce seco del río.
Ignacio no había descubierto sólo un túnel.
Había descubierto algo relacionado con el agua.
En Chihuahua, el agua valía más que las tragamonedas, más que los hoteles y, en algunos años, más que el oro.
Mariana solicitó archivos al Registro Público.
La respuesta llegó incompleta.
Faltaban los documentos de Aguas del Norte.
Solicitó copias al archivo estatal.
Un funcionario anónimo la llamó esa noche.
—Deje de buscar la concesión 44-B.
—¿Quién habla?
—Alguien que no quiere verla enterrada junto a su esposo.
—¿Qué es la concesión 44-B?
El hombre colgó.
Mariana grabó la llamada.
Verónica encontró la concesión en un archivo federal digitalizado.
Había sido otorgada en 1989 para extraer agua de un acuífero subterráneo bajo el terreno del casino y abastecer a cuatro comunidades.
No permitía uso industrial privado.
En 1998, un documento modificó el destino del agua y concedió explotación a Aguas del Norte durante treinta años.
La firma del ingeniero responsable pertenecía a Ignacio Salgado.
—Eso es imposible —dijo Mariana.
—La firma se parece —respondió Verónica.
—Él nunca trabajó para esa empresa.
—Alguien usó su cédula profesional.
La modificación vencía el lunes siguiente.
Octavio necesitaba demostrar continuidad de posesión antes del vencimiento para solicitar una prórroga automática.
Por eso quería el terreno antes del lunes.
Por eso había ofrecido cien mil, luego doscientos cincuenta mil.
No quería un casino abandonado.
Quería treinta años más de agua.
—¿Cuánto vale? —preguntó Alma.
Verónica dejó unos cálculos sobre la mesa.
—Con los proyectos agrícolas e industriales que Luján anunció, cientos de millones de pesos.
—¿Y las comunidades?
—Dos ya reciben agua en pipas durante el verano.
Mariana estudió la concesión.
Si era fraudulenta, Octavio había construido parte de su fortuna utilizando agua pública.
Ignacio había descubierto la falsificación.
Tal vez por eso murió.
La fiscalía federal citó a Mariana.
La reunión se celebró en Chihuahua capital, en un edificio sin letreros visibles. La recibió la fiscal Irene Valdés, una mujer de voz serena y ojos cansados.
—Su esposo se comunicó con esta institución en 1999 —dijo.
Mariana sintió que la silla se endurecía bajo ella.
—¿Y nunca me informaron?
—No existe registro oficial de seguimiento.
—Eso significa que alguien borró el registro.
—Significa que no podemos encontrarlo.
Irene colocó una hoja frente a ella.
Era una copia parcial de una declaración.
El nombre estaba censurado, pero la firma inferior era de Ignacio.
“Declaro que fui obligado a firmar planos y autorizaciones bajo amenaza contra mi familia.”
Mariana leyó dos veces.
—¿Por qué no lo protegieron?
—La oficina regional de esa época estaba infiltrada.
—¿Por quién?
—Estamos investigando.
—Llevan veintisiete años investigando.
La fiscal no se defendió.
—Su esposo solicitó protección para usted y su hija.
—No la recibió.
—No.
—¿Y él?
Irene cerró la carpeta.
—Aquí comienza la parte difícil.
—La parte difícil comenzó cuando enterré un cuerpo que quizá no era suyo.
La fiscal sostuvo su mirada.
—No tenemos certeza de que Ignacio Salgado muriera en el incendio.
—Ofelia lo vio salir.
—Sabemos que una persona con sus huellas digitales utilizó un teléfono público en Ciudad Juárez nueve días después.
Mariana escuchó el zumbido del aire acondicionado.
—¿Nueve días?
—La llamada fue a una línea interna de la fiscalía. Duró once segundos.
—¿Qué dijo?
—No hay grabación. Sólo una nota del operador.
Irene deslizó una copia.
“E.N. comprometida. No confíen en V. La niña tiene la llave.”
—¿La niña era Alma?
—Probablemente.
—Tenía nueve años.
—¿Ignacio le dejó algo?
Mariana recordó la frase.
La estrella nunca dejó de ser suya.
También recordó algo pequeño.
Después del funeral, Alma había insistido en conservar una cajita musical con una estrella dorada que Ignacio le regaló en su último cumpleaños.
La caja seguía en su habitación.
—No lo sé —respondió Mariana.
No iba a entregar una posibilidad sin revisarla primero.
Irene notó la pausa, pero no presionó.
—Hay algo más. El agente identificado con la inicial V podría ser Ernesto Villarreal, antiguo jefe regional. Murió hace ocho años.
—¿O Valdés?
La fiscal no se ofendió.
—También podría ser yo. Por eso no debe confiar ciegamente en nadie, incluida esta oficina.
Aquella respuesta hizo que Mariana confiara un poco más en ella.
Sólo un poco.
Al regresar a casa, encontró la puerta abierta.
No había cerradura forzada.
Alguien había utilizado una llave.
El interior estaba en orden.
No faltaba el televisor.
No faltaba dinero.
No faltaban joyas.
El cuarto de Alma estaba destruido.
Cajones volcados.
Libros abiertos.
Colchón cortado.
Fotografías arrancadas.
La caja musical había desaparecido.
Alma llegó con Gabriel diez minutos después.
Se quedó en la puerta de su habitación.
—Buscaban la llave.
—Sí.
—Papá dijo que yo la tenía.
—Eso parece.
—¿Qué había dentro de la caja?
—No lo sé.
Alma se arrodilló junto al armario.
Sacó una tabla suelta de la base.
Dentro había una bolsa de tela.
Mariana la miró.
—¿Qué es eso?
—La caja musical.
—¿Entonces qué se llevaron?
—Una copia.
Alma abrió la bolsa.
La estrella dorada seguía en la tapa.
—Cuando tenía once años, la bisagra se rompió. Tío Raúl dijo que podía repararla. Papá nunca dejaba que nadie tocara sus mecanismos, así que me pareció raro. Antes de dársela, compré otra parecida en un mercado y guardé la original.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque tú habías empezado a regalar cosas de papá.
Mariana bajó la mirada.
Había vendido herramientas, ropa y muebles para pagar deudas.
No se justificó.
—Hiciste bien.
Alma giró la llave de la caja.
Sonó una melodía corta.
Las primeras notas de Cielito Lindo.
La bailarina interior dio vueltas.
No ocurrió nada.
Gabriel examinó el mecanismo.
—Pesa demasiado.
Retiró el terciopelo del fondo.
Debajo había una placa de cobre y una cavidad pequeña.
Contenía una tarjeta de memoria antigua envuelta en plástico.
También una llave plana con el número 42.
En la tarjeta encontraron archivos encriptados.
Gabriel tardó seis horas en abrirlos.
Había fotografías de documentos, grabaciones, listas de vehículos y mapas.
Uno de los videos mostraba a Octavio reuniéndose con policías y funcionarios dentro del casino.
Otro mostraba cajas con dinero.
Otro, a trabajadores introduciendo personas en el túnel.
El último archivo estaba dañado.
Sólo pudieron recuperar veintitrés segundos.
Ignacio aparecía frente a la cámara.
Tenía el rostro golpeado.
—Alma —decía—, esta caja es tuya porque nadie buscará una verdad dentro de la música de una niña. La llave cuarenta y dos abre el depósito de la estación vieja. Allí está el original de la concesión y la lista completa. Si yo no regreso, tu madre sabrá qué hacer.
Miraba hacia un lado.
—Mariana, no firmé por miedo a morir. Firmé porque tenían a Raúl. Después él eligió seguir trabajando para ellos. No intentes salvarlo de sus decisiones.
La imagen se distorsionaba.
—Octavio no es el dueño. Sólo es el rostro. El verdadero control viene de…
El archivo terminaba.
Alma golpeó el escritorio.
—Siempre se corta antes del nombre.
—Porque alguien dañó la tarjeta —dijo Gabriel.
—¿Puede recuperarse?
—Tal vez una empresa especializada.
—No la enviaremos por internet —dijo Mariana—. Haremos copias físicas y una se entregará personalmente a la fiscal.
La estación vieja estaba abandonada desde hacía quince años.
El depósito número 42 pertenecía a una fila de bodegas cubiertas de grafiti.
La llave funcionó.
Mariana no entró de inmediato.
Pidió a la fiscal Irene que enviara un equipo federal.
También llamó a Verónica.
Cuando todos llegaron, abrieron.
La bodega parecía vacía.
Había una silla, polvo y un calendario de 2000.
Alma observó el suelo.
—Las paredes miden distinto por dentro y por fuera.
Mariana sintió una punzada de orgullo.
Midieron.
Faltaban sesenta centímetros.
Retiraron una lámina del fondo.
Detrás encontraron un espacio sellado con paquetes impermeables.
Documentos originales.
Cintas.
Fotografías.
Listas de pagos.
Y diecisiete pasaportes.
Uno pertenecía a Miguel Ángel Cruz.
Había sido emitido dos meses antes, aunque el muchacho jamás había solicitado uno.
Los otros correspondían a jóvenes desaparecidos en distintos estados.
La fiscal Irene dejó de tratar el caso como fraude inmobiliario.
Solicitó órdenes de cateo contra propiedades vinculadas a Octavio.
La noticia se filtró antes de que pudieran ejecutarlas.
Cuando los agentes llegaron a su hotel principal, Octavio ya no estaba.
Fermín Barragán tampoco.
El comandante Salvador Núñez fue encontrado en su oficina con un disparo.
La policía local habló de suicidio.
La fiscalía no confirmó esa versión.
Raúl apareció finalmente en la casa de Mariana durante una tormenta de arena.
Golpeó la puerta trasera y cayó de rodillas al entrar.
Tenía sangre seca en la camisa.
Alma levantó el teléfono para llamar a la policía.
—Espera —dijo Mariana.
—Mamá, intentó quemarte viva.
—Lo sé.
Raúl miró a su sobrina.
—No fui yo quien lanzó la botella.
—Pero conducías —dijo Alma.
—Me obligaron.
Mariana cerró la puerta.
—Siéntate.
—Tenemos que irnos.
—Tú quizá. Nosotras no.
—Octavio huyó.
—Eso dicen.
Raúl soltó una risa débil.
—Octavio no huye. Lo movieron.
—¿Quiénes?
—No puedo decirlo.
Alma resopló.
—Todos dicen eso justo antes de pedir ayuda.
Raúl la miró con vergüenza.
—Tienes razón.
Mariana colocó una toalla limpia sobre la mesa.
—Enséñame la herida.
Era un corte superficial en el costado.
No una bala.
Mientras lo limpiaba, dejó el teléfono grabando.
—¿Recibiste ochenta mil pesos después del incendio?
Raúl cerró los ojos.
—Sí.
—¿Por qué?
—Por identificar el cuerpo.
—Sabías que no era Ignacio.
—Sabía que el anillo era suyo.
—No fue lo que pregunté.
—No vi la cara.
—Porque no había cara que reconocer.
Raúl respiró con dificultad.
—Octavio dijo que Ignacio había escapado con dinero. Dijo que si yo no identificaba a Celso, te acusarían a ti de ayudarlo. Me enseñó cuentas a tu nombre.
—Falsas.
—Lo sé ahora.
—Lo sabías entonces.
Raúl golpeó la mesa con la palma.
—Tenían a mi hijo.
Alma dio un paso atrás.
Raúl tenía un hijo llamado Daniel, tres años mayor que ella, que supuestamente se había ido a Monterrey a estudiar. Nadie lo había visto en meses.
—¿Dónde está Daniel? —preguntó Mariana.
Raúl comenzó a llorar sin ruido.
—No lo sé.
Mariana esperó.
—Hace siete años, Octavio lo llevó durante dos días —dijo Raúl—. Tenía once. Me mostró un video de él encerrado en una habitación. Dijo que lo devolvería si identificaba el cuerpo y mantenía la boca cerrada. Lo devolvió. Después seguí trabajando para ellos porque cada vez que intentaba salir, amenazaban con llevárselo otra vez.
—¿Y ahora?
—Desapareció hace seis meses.
—Dijiste que estudiaba en Monterrey.
—Me ordenaron decirlo.
—¿Por qué no pediste ayuda?
—¿A Salvador? ¿A Fermín? ¿A la fiscalía regional que recibía dinero? No sabía a quién.
Alma cruzó los brazos.
—Podías venir con nosotros.
Raúl la miró.
—Tu padre vino conmigo. Me pidió que declaráramos juntos. Yo lo entregué.
El silencio llenó la cocina.
Mariana dejó la toalla.
—¿Cómo?
—Le dije a Octavio dónde guardaba las copias. Pensé que sólo querían asustarlo. Pensé que si cedía, nos dejarían a todos.
—Los viste golpearlo.
—Sí.
—Sostuviste un arma.
—Me la dieron para que pareciera que yo mandaba.
—¿Disparaste?
—No.
—¿Quién provocó el incendio?
Raúl miró el piso.
—Fermín cortó la alarma. Salvador bloqueó la salida norte. Octavio ordenó quemar el archivo.
—¿Ignacio salió vivo?
—Sí.
Alma se llevó una mano a la boca.
—¿Lo viste?
—Lo vi arrastrarse hacia el túnel. Yo abrí la compuerta.
Mariana sintió que el mundo se volvía muy quieto.
—¿Por qué?
—Porque no pude dejar que muriera allí.
—¿Y luego?
—Desapareció dentro del túnel.
—Ofelia lo vio salir.
Raúl levantó la cabeza.
—Entonces llegó a la estación.
—Usó un teléfono nueve días después.
—No lo sabía.
—¿Volvió a contactarte?
—Una vez.
—¿Cuándo?
—Hace tres años.
Alma dio un paso hacia él.
—¿Papá estaba vivo hace tres años?
—Recibí una llamada. Una voz dijo: “No vuelvas a vender a tu familia”. Era él. O alguien que sonaba como él.
Mariana no permitió que la esperanza entrara sin pruebas.
—¿Qué número?
—Oculto.
—¿Qué quería?
—Nada. Sólo dijo eso y colgó.
—¿Por qué no me lo contaste?
Raúl se cubrió el rostro.
—Porque si estaba vivo, yo era la razón por la que no podía volver.
Mariana encendió la luz más fuerte de la cocina.
—¿Qué viniste a decirme esta noche?
Raúl sacó una memoria USB de su zapato.
—Me ordenaron incendiar el casino porque Octavio creía que Ignacio había dejado algo en las máquinas. Después me obligaron a entrar en tu casa.
—¿Tú tomaste la caja falsa?
—Sí.
—¿Quién tiene la copia?
—La llevé al rancho La Sombra.
Gabriel reconoció el nombre.
Era una propiedad de ocho mil hectáreas al norte, oficialmente dedicada a ganado.
—¿Daniel está allí? —preguntó Mariana.
—Vi una lista en una computadora. Nombres, fechas y ubicaciones. Daniel aparecía con una clave: E-19.
—¿Copiaste la lista?
Raúl señaló la memoria.
—Copié todo lo que pude.
—¿Y Octavio?
—Estaba en el rancho esta mañana.
—La prensa dice que huyó.
—La prensa dice lo que él necesita que crean.
En la memoria había registros financieros y rutas.
También fotografías de contenedores.
Una carpeta estaba titulada E-19.
Dentro había una imagen reciente de Daniel.
Estaba vivo.
Más delgado, con la cabeza rapada, sosteniendo una placa con la fecha de tres días antes.
Alma se sentó lentamente.
—Tenemos que rescatarlo.
—Llamaremos a Irene —dijo Mariana.
Raúl negó con desesperación.
—Hay filtraciones. Si movilizan agentes, lo trasladarán.
—No iremos solos.
—Entonces morirá.
Mariana observó la fotografía.
Después revisó los metadatos.
La imagen había sido tomada con un dispositivo conectado a una red interna. Había coordenadas parciales.
No señalaban el rancho principal.
Señalaban un área cercana a las antiguas minas de Santa Lucía.
El mismo sistema subterráneo del casino.
El túnel no terminaba en el derrumbe.
Continuaba por kilómetros.
Mariana llamó a Irene desde un teléfono nuevo.
Le dio sólo la información necesaria.
La fiscal movilizó un grupo pequeño, sin policías locales.
Verónica preparó una publicación automática con los nombres de los funcionarios implicados. Si nadie cancelaba el envío en tres horas, todo se haría público.
Gabriel consiguió mapas mineros antiguos.
Alma identificó un acceso secundario cerca de un arroyo seco.
—No vas —dijo Mariana.
—La llave estaba en mi caja.
—No vas.
—Daniel es mi primo.
—No vas.
Alma la miró con la misma terquedad de Ignacio.
—Entonces tendrás que encerrarme.
Mariana se acercó y sostuvo su rostro entre las manos.
—Escúchame bien. Ser valiente no significa entrar en todos los lugares peligrosos. A veces significa quedarse donde puedes hacer más. Necesito que estés con Verónica, vigilando las cámaras y los archivos. Si algo falla, tú enviarás todo.
—Eso es dejarme atrás.
—Eso es confiarte la parte que puede salvarnos.
Alma apretó los dientes.
Finalmente asintió.
El operativo comenzó a las cuatro de la mañana.
Mariana no formaba parte del equipo, pero conocía el acceso y la secuencia del túnel. Irene aceptó que guiara a los agentes hasta la compuerta. Después debía retirarse.
No lo hizo.
Cuando encontraron una bifurcación que no aparecía en los mapas, Mariana reconoció el símbolo pintado en la pared.
Una estrella con una punta rota.
Ignacio utilizaba ese dibujo para señalar rutas de emergencia.
—Por aquí —dijo.
Irene quiso detenerla.
—¿Cómo lo sabe?
—Mi esposo dejó la marca.
La galería descendía hacia una zona húmeda. El sonido del agua corría detrás de las paredes.
Llegaron a una cámara con tuberías enormes.
No eran instalaciones antiguas.
Bombas industriales extraían agua del acuífero y la enviaban hacia depósitos privados.
El negocio de Octavio seguía activo.
Más adelante encontraron dormitorios.
Diecinueve camas.
Medicamentos.
Pasaportes.
Ropa infantil.
En una habitación cerrada había seis jóvenes.
Miguel Ángel estaba entre ellos.
Vivo.
Deshidratado, asustado, pero vivo.
Daniel no estaba.
Uno de los muchachos dijo que lo habían trasladado horas antes.
—¿A dónde? —preguntó Raúl.
El joven señaló un elevador de carga.
—Abajo.
—¿Cuánto más abajo? —preguntó Irene.
—No sé. Le dicen El Segundo Casino.
Un disparo resonó al final del corredor.
Las luces se apagaron.
Los agentes respondieron.
Mariana se agachó detrás de una bomba.
El intercambio duró menos de un minuto.
Cuando encendieron luces tácticas, dos guardias habían huido por el elevador. Otro estaba herido.
El panel requería una tarjeta.
El guardia herido se negó a hablar.
Mariana observó su uniforme.
En el bolsillo llevaba una ficha dorada.
La introdujo en una ranura junto al elevador.
Las puertas se abrieron.
Irene la sujetó del brazo.
—Usted se queda.
—Mi cuñado también.
Raúl negó.
—Daniel está abajo.
—Precisamente.
—No puedes pedirme que lo abandone.
Mariana lo miró.
—No te estoy pidiendo eso. Te estoy pidiendo que no vuelvas a entregar a otra persona por actuar sin pensar.
Raúl apretó la mandíbula.
Un agente descendió con el equipo.
Mariana permaneció arriba.
Cada segundo era una piedra.
Alma hablaba por el auricular desde el centro de monitoreo.
—Mamá, apareció movimiento en la entrada norte del rancho. Cuatro vehículos salen hacia la carretera.
—Envíalo a Irene.
—Ya lo hice.
—¿Puedes ver placas?
—Dos. Las otras están cubiertas.
—Publica las cubiertas también. Que sepan que están siendo observados.
Minutos después, los agentes informaron desde abajo.
Habían encontrado otra galería.
Vacía.
Había marcas de vehículos y un túnel suficientemente ancho para camiones.
Salía más allá de la propiedad.
Octavio había construido una red bajo el desierto.
El casino era sólo una entrada.
Daniel seguía desaparecido.
Pero el rescate de Miguel Ángel y los otros jóvenes cambió el caso para siempre.
Las autoridades ya no podían llamarlo disputa de terrenos.
Octavio Luján se convirtió oficialmente en prófugo.
Fermín fue detenido en un motel cerca de la frontera.
Raúl entregó su testimonio y quedó bajo custodia como colaborador, aunque también enfrentaría cargos.
La concesión 44-B fue suspendida.
Las bombas quedaron aseguradas.
Las comunidades celebraron cuando los camiones de Octavio dejaron de llevarse el agua.
Durante algunos días, Mariana creyó que habían ganado la primera batalla.
No la guerra.
Pero sí algo real.
El casino permanecía bajo su nombre.
La demanda de Octavio se derrumbó cuando los peritos demostraron que el documento de compraventa era falso.
El ayuntamiento tuvo que reconocer las cuarenta y dos hectáreas.
Vecinos que antes se habían burlado comenzaron a llegar con escobas, pintura y comida.
Doña Teresa, dueña de la panadería, llevó conchas y café.
Los estudiantes limpiaron el estacionamiento.
Un grupo de músicos propuso recuperar el escenario.
Las madres de los jóvenes rescatados colocaron flores frente a la entrada.
Mariana decidió no reabrirlo como casino.
—Demasiada gente perdió aquí —dijo.
Convertiría el salón principal en un centro comunitario, museo de memoria y mercado para productores locales.
Alma propuso conservar una de las tragamonedas.
La Reina de Oros.
—No para jugar —aclaró—. Para recordar que papá habló desde ahí.
Ofelia regresó a San Jerónimo para cantar en la primera ceremonia.
Subió al viejo escenario con un vestido rojo.
Antes de interpretar la primera canción, observó las diecinueve sillas vacías colocadas en honor de los desaparecidos.
—Una casa no deja de estar viva porque alguien apague las luces —dijo.
Mariana sintió que la frase pertenecía también a Ignacio.
La ceremonia no fue una celebración completa.
Daniel seguía perdido.
Octavio seguía libre.
Y nadie sabía qué era El Segundo Casino.
Sin embargo, por primera vez en siete años, el nombre de Ignacio apareció en el periódico junto a la palabra denunciante, no junto a la palabra víctima.
La fiscalía reconoció públicamente que había intentado exponer la red.
Alma recortó la noticia y la guardó dentro de la caja musical.
—Todavía no sabemos si está muerto —dijo.
—No.
—¿Tú qué crees?
Mariana miró el escenario.
—Creo que hizo todo lo posible por dejarnos un camino.
—Eso no responde.
—Es la única respuesta honesta que tengo.
Una semana después, la empresa especializada logró recuperar parte del archivo dañado de la tarjeta.
Mariana, Alma, Gabriel, Irene y Verónica se reunieron en el casino para verlo.
La imagen de Ignacio apareció de nuevo.
“Octavio no es el dueño”, decía. “Sólo es el rostro. El verdadero control viene de…”
La pantalla se llenó de líneas.
Después surgieron cuatro segundos nuevos.
“…la familia Villarreal. Si algo me ocurre, busquen a Esteban Villarreal en…”
El resto seguía perdido.
Irene palideció.
—¿Quién es? —preguntó Mariana.
La fiscal cerró la computadora demasiado rápido.
—Nadie.
Alma la observó.
—Dijiste que no confiáramos ciegamente en esta oficina.
—Y lo sostengo.
—Entonces no mienta —dijo Mariana.
Irene permaneció en silencio.
Verónica abrió su libreta.
Gabriel cerró la puerta del salón.
La fiscal se sentó.
—Esteban Villarreal fue director nacional de operaciones especiales durante doce años. Oficialmente murió en 2004.
—¿Oficialmente? —preguntó Alma.
—Su avión cayó en el Golfo. Nunca recuperaron el cuerpo.
Mariana sintió un escalofrío.
Demasiados hombres muertos sin cuerpo.
—¿Qué relación tenía con Octavio?
—No lo sabemos.
—Ignacio sí.
Irene miró hacia las ventanas.
—La familia Villarreal tiene empresas, contactos militares y antiguos funcionarios en varios estados. Si Ignacio descubrió que ellos controlaban la red, entonces lo del casino era una parte mínima.
—¿Por qué cerró la computadora?
La fiscal tardó en responder.
—Porque Esteban Villarreal era mi padre.
Nadie habló.
Irene levantó las manos antes de que Mariana se acercara.
—Yo tenía diecisiete años cuando desapareció. Pasé media vida intentando demostrar que no murió. Por eso acepté este caso.
—Debió decirlo desde el principio.
—Si lo decía, usted jamás habría confiado en mí.
—Ahora tampoco.
—Lo entiendo.
Mariana retiró la tarjeta de la computadora.
—La copia se queda conmigo.
Irene no intentó detenerla.
Esa noche, Mariana cambió todas las cerraduras del casino.
Instaló vigilancia nueva.
Alma durmió en casa de Gabriel por seguridad.
Mariana se quedó sola en el salón principal, revisando inventarios y planos.
A las seis con diecisiete minutos de la mañana, La Reina de Oros se encendió.
No debía hacerlo.
Gabriel había retirado la batería.
La máquina soltó una campanada.
Después otra.
Mariana se acercó con el teléfono grabando.
La pantalla mostró tres estrellas.
La bandeja inferior se abrió.
Cayó una ficha plateada que nunca había visto.
En una cara llevaba el número 2.
En la otra, una dirección.
HOTEL VILLARREAL, HABITACIÓN 617.
El hotel llevaba cerrado más de veinte años.
Estaba en Ciudad Juárez.
Mariana llamó a Alma.
Después llamó a Gabriel.
No llamó a Irene.
Tres horas más tarde viajaban hacia la frontera.
El Hotel Villarreal era un edificio de nueve pisos cubierto con anuncios viejos y ventanas rotas. Oficialmente pertenecía a una empresa en quiebra.
La puerta principal estaba sellada.
La entrada de servicio no.
Mariana utilizó la ficha plateada en una ranura oculta junto al ascensor.
El sistema se encendió.
Piso seis.
Habitación 617.
El pasillo olía a polvo, pero había huellas recientes sobre la alfombra.
La puerta estaba entreabierta.
Gabriel quiso entrar primero.
Mariana negó.
—El mensaje era para mí.
Empujó.
La habitación estaba vacía.
Había una cama limpia, una lámpara encendida y un televisor moderno sobre una mesa antigua.
Frente al televisor, alguien había colocado una silla.
En la pantalla aparecía la imagen en vivo del Casino Estrella del Norte.
La cámara mostraba el salón principal desde un ángulo que ninguno de sus dispositivos cubría.
—Nos vigilan desde dentro —dijo Gabriel.
Alma señaló la esquina de la pantalla.
Había una fecha.
Era de esa misma mañana.
La imagen cambió.
Apareció una grabación de una estación de autobuses.
Un hombre caminaba entre la gente con una gorra oscura.
Llevaba barba.
Estaba más delgado.
Más viejo.
Pero se detenía con el mismo peso sobre la pierna derecha.
Se tocaba la oreja al pensar.
Y antes de salir del cuadro, giraba el rostro directamente hacia la cámara.
Alma soltó un sonido ahogado.
Mariana no pudo moverse.
Era Ignacio.
No una sombra.
No una voz.
No un parecido lejano.
Ignacio Salgado, vivo, mirando a la cámara.
La grabación tenía cuarenta y ocho horas.
El televisor emitió un pitido.
Apareció un mensaje.
“MARIANA, SI ENCONTRASTE ESTA HABITACIÓN, SIGNIFICA QUE OCTAVIO FALLÓ.”
Debajo surgió una segunda línea.
“NO CONFÍES EN IRENE.”
Gabriel revisó la puerta.
—Tenemos que salir.
La tercera línea apareció.
“EL SEGUNDO CASINO NO ESTÁ DEBAJO DEL DESIERTO.”
Las luces de la habitación se apagaron.
El seguro de la puerta se cerró automáticamente.
Desde el pasillo llegó el sonido de varios pasos.
Alma tomó la mano de Mariana.
La pantalla volvió a encenderse.
Esta vez mostraba una cámara instalada en el exterior del casino.
Un vehículo negro acababa de detenerse frente a la entrada.
La puerta trasera se abrió.
Ignacio descendió.
Vivo.
Vestido con una camisa ensangrentada.
Miró directamente hacia la cámara y levantó una tarjeta escrita a mano.
Mariana se acercó a la pantalla.
Las letras temblaban entre los dedos de su esposo.
“No vengan a buscarme.”
Ignacio dio vuelta a la tarjeta.
En el otro lado había cuatro palabras.
“Alma ya está con ellos.”
Mariana apretó con fuerza la mano de su hija.
Pero sus dedos sólo encontraron aire.
La habitación 617 estaba vacía detrás de ella.
Alma había desaparecido.
Y desde el armario cerrado llegó la voz tranquila de un hombre que Mariana jamás había escuchado.
—Señora Salgado, su esposo nos ha causado problemas durante veintisiete años. Ahora usted va a ayudarnos a terminar lo que él empezó.