“Tu título no es relevante, cariño; el puesto ya es para mi primo”, sonrió el gerente general, sin imaginar que la auditoría del lunes, las cifras ocultas y una presentación inesperada demostrarían quién sostenía la empresa de verdad.
📖 Historia: “La ecuación del lunes”
El día en que Ignacio Luján, gerente general de Trémolo Foods, me dijo que mi título “no era relevante”, llovía sobre la ciudad como si una manguera invisible hubiera apuntado al cielo.
Yo, Marina Ríos, llevaba dos años trabajando como analista en el área de operaciones, con un máster en gestión de cadenas de suministro y una carpeta llena de proyectos que nadie leía.
La empresa fabricaba salsas, conservas y una línea de productos veganos en expansión; era un barco grande que navegaba con motores antiguos. Y yo conocía los motores mejor que la mayoría.
Aquella mañana, Ignacio me llamó a su despacho. Tenía ese aire de seguridad que usan quienes se miran más a sí mismos que a los datos.
—Marina —dijo, apoyando los codos en la mesa—, valoramos tu energía, pero…

Siempre que empezaba con un “pero” salía una pared nueva.
—…el puesto de jefa de proyectos es para mi primo Lucas. Ya conoces el negocio familiar.
—¿Tu primo? —pregunté, sin esconder la sorpresa.
—Tranquila, tu título no es relevante para lo que necesitamos ahora. Lucas “tiene calle”. Además, es de confianza.
Sonrió. Yo también sonreí, aunque por dentro vi cómo mis planes se deshacían como azúcar bajo la lluvia. No protesté; pedí permiso para volver al piso de operaciones y seguí con mis tareas.
A veces, el silencio es un cuaderno donde empiezas a escribir la estrategia.
En la planta, las cintas se deslizaban con precisión de metrónomo. Entre el vapor y el olor a tomate cocido, los operadores me saludaban con un gesto que mezclaba respeto y cansancio.
—¿Ya te dieron el ascenso? —preguntó Arturo, el supervisor del turno.
—Se lo dieron al primo del gerente —respondí, anotando rendimientos en mi tablet.
—Ah… —Arturo apretó los labios—. Entonces prepárate para apagar incendios.
No hizo falta esperar mucho.
La primera semana de Lucas al mando fue un catálogo de decisiones improvisadas: cambió proveedores por “amigos de confianza”, movió el plan de entregas a golpe de ocurrencia y, para “ahorrar”, recortó los controles de calidad del lote vegano, el más delicado.
Yo tomaba notas. No para guardarlas; para demostrarlas.
La noche del jueves, el sistema levantó una alerta: variación atípica de mermas en las líneas 2 y 4, y una caída de rendimiento del 12% en envasado. El origen olía a proveedor nuevo.
Pedí acceso a las órdenes de compra. Me dijeron que estaban “en revisión” por finanzas. Toqué la puerta correcta: Sara, la contable más rigurosa que he conocido.
—No puedo darte todo —me dijo—, pero puedo mostrarte esto.
Imprimió dos páginas. En el pie de una de ellas, un nombre repetido: Distribuciones Lucam.
—¿Lucam? —pregunté.
—Lucas + Camila —aclaró en voz baja—. La empresa de él y su hermana. Contrato exprés, sin licitación. Ignacio firmó.
La tinta aún estaba fresca.
Guardé las copias y me fui a casa con la cabeza encendida. A las tres de la mañana, entre café y hojas de cálculo, armé un mapa de causa-efecto: cambios de proveedor → materia prima con desviación → incremento de mermas y retrabajos → incumplimiento de entregas → penalizaciones contractuales → pérdida de margen.
Al final, proyecté el impacto en el cash flow de dos meses. El número dolía: –1,8 millones.
El viernes por la mañana envié un correo sobrio:
Asunto: Variaciones de rendimiento y riesgo de contrato.
Resumen adjunto. Recomendación: auditoría inmediata de compras y calidad.
Lo dirigí a Ignacio, a Recursos Humanos y a Auditoría Interna.
Recibí un “Visto” y una respuesta de Ignacio que decía: “Gracias, Marina. Ya lo está viendo Lucas”.
Ese mismo viernes, en una reunión de pie, Lucas presentó su plan. Fue un discurso motivacional de pasillo: “confíen”, “esto es familia”, “las reglas son para los que no saben improvisar”.
—Marina, ¿algo que agregar? —preguntó Ignacio, amigable y afilado.
Levanté el resumen con gráficos.
—Sí: si seguimos así, el lunes tendremos penalizaciones por los pedidos de Alimenta Norte. Podemos evitarlas si revertimos a los proveedores homologados y recuperamos el control de calidad al 100%.
Lucas sonrió como quien ve a una niña corregir a un adulto.
—Tu título dice “analista”, ¿no? Déjame a mí las decisiones.
Me guardé la respuesta y esperé al lunes. La realidad también sabe presentar diapositivas.
El lunes, a las 8:05, el correo de Alimenta Norte llegó con el asunto que había temido: Aviso de penalización y posible rescisión.
A las 8:10, Auditoría Interna convocó una revisión urgente.
A las 8:15, Ignacio me llamó otra vez a su despacho.
—Marina, ¿puedes “ayudar” a Lucas a preparar un informe para las 12? —dijo, como si la semana anterior no existiera.
—Claro —respondí—. Pero el informe debe incluir contratos y trazabilidad.
—Haz lo necesario.
Bajé a operaciones y armé un war room en una sala de reuniones pequeña: pizarras, marcadores, tres laptops y café negro. Llamé a Arturo (supervisión), Sara (finanzas), Inés (calidad) y Pablo (logística).
—En cuatro horas debemos reconstruir la última semana —les dije—. Si los números hablan, que hablen todos.
Las piezas encajaron con integridad quirúrgica:
Órdenes de compra a Distribuciones Lucam firmadas “por urgencia”, sin cotización comparativa.
Materia prima con especificación alterada: densidad fuera de rango, lote sin certificado.
Bajada de controles en línea para “acelerar”.
Entregas incompletas y reprogramaciones impuestas a clientes.
A las 11:40, ya teníamos un dossier con evidencias, un árbol de fallas y un plan de contingencia para setenta y dos horas: congelar compras de riesgo, reactivar proveedores homologados, separar lotes comprometidos, ofrecer compensación y entrega prioritaria a Alimenta Norte con un calendario verificable.
Me detuve un segundo frente al cristal. Lluvia. Ciudad. Mi reflejo apoyando el mentón en el borde de la mesa.
Pensé en la frase: “Tu título no es relevante”.
Qué curioso —me dije—, porque los datos sí lo eran.
A las 12 en punto, entramos a la sala grande. Ignacio a la cabecera; a su derecha, Lucas; al otro extremo, Auditoría y Jurídico. Yo me senté frente al proyector.
Ignacio abrió con cortesía:
—Marina ha preparado unos números de apoyo. Lucas, luego tú cierras con el plan.
Quise empezar por el mapa de causa-efecto, pero Lucas me interrumpió:
—Yo hablo primero.
Encendió su presentación: una secuencia de frases vagas, fotos de equipo, y la palabra “Confianza” en letras enormes.
—Los proveedores nuevos son estratégicos —dijo—. Las mermas son “normales” en fases de cambio. Alimenta Norte exagera.
—¿Puedes mostrar la trazabilidad de los lotes? —preguntó la auditora.
—Estamos “en eso” —sonrió Lucas.
Ignacio me dio la palabra sin entusiasmo.
—Bien —dije—, hablemos con datos.
Proyecté el mapa. Luego, línea por línea, mostré códigos de lotes, certificados ausentes, desviaciones y costos de no calidad.
La sala dejó de respirar.
—Propuesta —continué—: plan de tres etapas. Uno, retroceso a proveedores homologados en veinticuatro horas. Dos, control extraordinario al 150% y bloqueo preventivo de lotes críticos. Tres, oferta de recuperación con calendario y penalización asumida por incumplimientos —miré a Jurídico— con una cláusula excepcional cubierta por compras.
—¿Compras? —preguntó Ignacio, mirando a Lucas.
—Eso… podemos hablarlo luego —tartamudeó él.
La auditora cerró su carpeta.
—Necesitamos los contratos —dijo—. Ahora.
Ignacio tragó saliva.
—Marketing puede traerlos.
—No —intervino Sara con una carpeta en la mano—. Yo los traigo.
Colocó sobre la mesa las órdenes de compra y el dictamen de Finanzas: “procedimiento abreviado no autorizado”.
Fue breve. Fue preciso. Fue el momento en que la pared se fisuró.
En las cuarenta y ocho horas siguientes, la planta se convirtió en un reloj. Los viejos proveedores respondieron como si estuvieran esperando una señal, Inés durmió en calidad, Arturo multiplicó turnos, Pablo negoció tiempos imposibles con transporte.
Alimenta Norte aceptó el plan de recuperación y, pese a la penalización, mantuvo el contrato con una advertencia clara: “No más improvisación”.
Ignacio me llamó la tarde del miércoles.
—La junta quiere verte el viernes.
—¿Para qué?
—Para que expliques cómo evitaste un desastre mayor.
Sonreí con el teléfono lejos de la cara. No contesté lo que pensé.
La sala de junta no tiene relojes. Allí, el tiempo lo pone quien manda.
El presidente del Consejo abrió la sesión con una frase sobria:
—Trémolo Foods ha pagado por “atajos”. Queremos hechos, no discursos.
Expuse el antes, el después y el riesgo residual. Nada de épica; números y consecuencias.
—¿Y la responsabilidad? —preguntó el presidente.
Miré a Ignacio y a Lucas, sentados en silencio.
—La responsabilidad es sistémica —dije—, pero hay decisiones firmadas, procesos omitidos y conflictos de interés. Propongo separar preventivamente a quienes firmaron compras no homologadas, una auditoría externa y blindaje de compras con licitación digital.
—¿Y usted? —intervino una consejera—. ¿Qué propone para la operación del próximo trimestre?
—Un plan de eficiencia en cinco pilares —contesté, proyectando la última diapositiva—: demanda colaborativa, inventarios por categoría, mantenimiento preventivo, control estadístico real y tableros públicos de producción. Si en noventa días no elevamos 8 puntos el OEE, renuncio.
Hubo un silencio corto y un murmullo largo.
El presidente asintió.
—Gracias, señora Ríos.
Miró a Ignacio.
—Señor Luján, ¿algo que agregar?
Ignacio ajustó la corbata.
—Confío en mi equipo —dijo—. Todos cometemos errores.
—De acuerdo —cerró el presidente—. A partir de hoy, la dirección de proyectos pasa a manos de la señora Ríos de forma interina. Auditoría externa inmediata. Compras, suspendidas para revisión.
Lucas abrió la boca, pero no encontró palabras.
Caminé de vuelta a la planta con los pies livianos y la cabeza pesada. Ganar nunca es tan ligero como parece.
El interinato fue una carrera cuesta arriba. No se trata solo de arreglar procesos; se trata de cuidar personas. Hubo días de aplausos y noches de dudas.
A la semana cuatro, los indicadores empezaron a darse la mano: desperdicio –23%, reproceso –31%, entregas a tiempo +14%.
Un viernes de cierre, Sara me mostró un correo del Consejo:
“Resultados del primer mes. Continuidad recomendada. Oferta de contrato como Directora de Proyectos.”
Fui al baño, me miré al espejo y respiré como quien sale de una piscina. Me acordé de la primera vez que entré a esa planta, con una carpeta llena de ideas y poco crédito. Pensé en mi padre, que me enseñó a medir dos veces antes de cortar.
Acepté.
Ignacio no volvió a dirigirme la palabra más de lo imprescindible. El Consejo lo “reubicó” y, poco después, se fue.
Lucas presentó su renuncia en un correo de dos líneas. Al salir, me cruzó en el pasillo.
—Felicidades —dijo, con una mezcla de ironía y derrota—. Al final tu título sí era “relevante”.
—No mi título —respondí—. El trabajo.
Con el tiempo, aprendí que la venganza más elegante es la excelencia. No necesitas subir la voz cuando los resultados hablan con dicción perfecta.
Seis meses después, presentamos el Plan Otoño a clientes y proveedores. En la primera fila estaba María, una operaria que llevaba quince años en la línea y conocía cada dispositivo como si fuera una habitación de su casa.
—¿De verdad vamos a poner los tableros en la pared para que todos vean los números? —preguntó.
—Sí —dije—. Los números son de todos. La mejora también.
María aplaudió. Los demás la siguieron.
Trémolo Foods cambió. No por magia. Por método, por ética y por una especie de decisión colectiva de no volver a jugar a la ruleta con la confianza.
El día de mi nombramiento oficial, llovía otra vez. La ciudad parecía la misma, yo no.
En el pequeño auditorio, el presidente entregó una placa discreta.
—Señora Ríos —dijo—, gracias por recordarnos que los atajos salen caros.
—No fue solo mío —respondí—. Fue de un equipo cansado de trabajar a oscuras.
Después hubo café y galletas. Arturo me abrazó en un gesto corto.
—Nunca vi un lunes tan largo como aquel —bromeó.
—Ni yo —reí.
Caminé por la planta y toqué las paredes metálicas con la palma abierta. En cada tornillo había una historia. En cada historia, una cifra. Y en cada cifra, personas.
Tiempo después, supe que Ignacio había abierto una consultora. Lucas, una tienda gourmet en un barrio elegante. Les deseé bien, sin ironía. A veces, caer de un pedestal es la única forma de volver a caminar.
Yo me quedé en la empresa que casi se nos va por el desagüe.
Un martes cualquiera, Inés trajo una caja.
—Son viejos reconocimientos —dijo—. Del tiempo de “las fotos bonitas”. ¿Los tiramos?
Saqué una foto enmarcada: Ignacio cortando una cinta roja junto a un cartel de “Excelencia Operativa”. La apoyé de nuevo en la caja.
—Guárdalos en archivo —respondí—. Para acordarnos de cómo no se hace.
A veces, cuando alguien nuevo se incorpora, me pregunta por qué los tableros de producción están a la vista, por qué las licitaciones son públicas y por qué cualquiera puede ver el mapa de procesos.
—Porque un día nos dijeron que el título no era relevante —respondo—. Y aprendimos que lo relevante no es el título, ni el apellido, ni el primo. Lo relevante es que la verdad circule.
Entonces señalo una pizarra donde escribí, con rotulador negro, una línea que ya es chiste interno en la planta:
“La confianza se firma con datos.”
Y todos asienten.
La frase tiene menos glamour que una campaña de marketing, pero sostiene más peso que un pallet cargado.
No sé si la lluvia terminó aquella primera tarde o si simplemente aprendí a caminar bajo ella.
Sé que cada lunes sigue siendo una ecuación entre lo que quieres, lo que puedes y lo que decides.
A veces, el mundo te dirá que “no eres relevante”.
Deja que lo diga.
Mientras tanto, construye números, equipo y verdad.
El resto, con tiempo, cae por su propio peso.
Y cuando alguien intente coronar la improvisación con una sonrisa, recuerda: las cifras no tienen primo. Solo tienen dueño: la realidad.
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