«Voy a volver con mi ex. Nunca te amé», dijo el je...

«Voy a volver con mi ex. Nunca te amé», dijo el jefe de la mafia; su esposa embarazada solo asintió… y esa calma lo condenó…..

«Voy a volver con mi ex. Nunca te amé», dijo el jefe de la mafia; su esposa embarazada solo asintió… y esa calma lo condenó…..

—Voy a volver con Vanessa.

Ethan Blackwood dejó las llaves de su Maserati sobre la mesa de mármol y ni siquiera miró a su esposa cuando añadió:

—Nunca te amé, Claire. Nuestro matrimonio fue útil mientras duró.

Claire estaba embarazada de siete meses.

Y la mujer por la que su marido acababa de abandonarla estaba sentada a menos de tres metros, bebiendo vino tinto en la copa de cristal que Claire había recibido como regalo de boda.

La casa quedó en silencio.

No un silencio elegante.

Un silencio de esos que hacen que uno escuche el zumbido del frigorífico, el roce de una manga contra la mesa, incluso el pequeño clic del hielo derritiéndose dentro de un vaso.

Vanessa Reed cruzó las piernas.

Llevaba un vestido negro sencillo, caro sin necesidad de demostrarlo, y una sonrisa apenas visible en la comisura de los labios.

Ethan seguía de pie.

Alto.

Traje oscuro.

Rostro impenetrable.

El hombre al que media Costa del Sol conocía como empresario inmobiliario.

El hombre al que la otra mitad conocía por un nombre que nadie pronunciaba delante de la policía.

Blackwood.

El hombre que controlaba puertos, clubes privados, empresas de seguridad y negocios que jamás aparecían en sus declaraciones fiscales.

Claire lo miró durante cinco segundos.

Luego bajó la vista hacia la taza de manzanilla que sostenía entre las manos.

No lloró.

No preguntó por qué.

No lanzó la taza contra la pared.

Simplemente dijo:

—De acuerdo.

Ethan frunció el ceño.

Vanessa dejó de sonreír.

Claire tomó otro sorbo.

—¿Eso es todo? —preguntó Ethan.

—¿Qué más esperabas?

La voz de Claire salió tan tranquila que casi parecía aburrida.

Ethan dio un paso hacia ella.

—No sé. Una reacción.

—Estoy embarazada, Ethan. No enferma del oído. He escuchado perfectamente.

Vanessa apartó la copa de sus labios.

Aquella respuesta no estaba en el guion que había imaginado.

Nada de aquello estaba saliendo como debía.

Durante semanas había fantaseado con Claire suplicando.

Con Claire perdiendo el control.

Con Claire preguntando qué tenía ella que no tuviera Vanessa.

Con Claire obligando a Ethan a demostrar delante de ambas cuál de las dos importaba más.

Pero Claire no hizo ninguna de esas cosas.

Apoyó la taza sobre el plato.

Con cuidado.

Como si el momento más humillante de su matrimonio mereciera la misma precisión que cualquier otro.

—¿Cuándo quieres que me marche?

Ethan la observó.

—Mañana.

—Bien.

—Puedes quedarte en el apartamento de Salamanca hasta que nazca el niño.

—No será necesario.

Aquello sí hizo que Ethan reaccionara.

—¿Cómo que no?

Claire levantó la mirada.

Sus ojos verdes estaban secos.

—Ya tengo dónde vivir.

Ethan tardó un segundo en responder.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de casarme contigo.

Vanessa miró a Ethan.

Ethan miró a Claire.

Y por primera vez desde que había entrado en aquella habitación convencido de que controlaba cada pieza del tablero, sintió que alguna se había movido sin su permiso.

Claire se levantó lentamente.

Una mano bajo el vientre.

La otra apoyada en el respaldo de la silla.

Ethan dio un paso instintivo para ayudarla.

Claire no se lo permitió.

—Puedo sola.

Tres palabras.

Nada más.

Pero a Ethan le molestaron de una manera absurda.

Quizá porque durante dos años Claire jamás se había comportado como una mujer que necesitara ser rescatada.

Y aun así él se había acostumbrado a imaginar que ella dependía de él.

De su dinero.

De su apellido.

De sus hombres.

De su protección.

De la jaula dorada que llamaban matrimonio.

Claire caminó hasta la puerta.

Entonces Vanessa habló.

—Claire.

Ella se detuvo.

—Lo siento.

Claire giró ligeramente la cabeza.

Vanessa tenía esa expresión delicada que algunas personas utilizaban cuando querían parecer bondadosas mientras clavaban el cuchillo.

—No queríamos hacerte daño.

Claire la miró de arriba abajo.

Después miró la botella de Rioja sobre la mesa.

Después la copa.

Después volvió a sus ojos.

—Entonces deberías aprender a mentir mejor.

Vanessa endureció la mandíbula.

Claire continuó caminando.

Pero antes de salir, Ethan pronunció su nombre.

—Claire.

Ella se volvió.

—El niño llevará mi apellido.

No fue una pregunta.

Fue una orden.

La mano de Claire descansó sobre su vientre.

Y entonces sonrió.

Por primera vez aquella noche.

No era una sonrisa cálida.

Era pequeña.

Extrañamente triste.

Y demasiado segura.

—Eso ya lo veremos.

Ethan no supo por qué aquellas cuatro palabras le produjeron más inquietud que una amenaza.

Claire subió las escaleras sin mirar atrás.

Pasó junto al retrato de su boda colgado en el rellano.

Ella vestida de blanco.

Él vestido de negro.

Los dos sonriendo frente a una iglesia antigua a las afueras de Sevilla.

Qué fotografía tan perfecta.

Qué mentira tan cara.

Al llegar al dormitorio cerró la puerta.

Puso el pestillo.

Y entonces hizo algo que Ethan jamás habría imaginado.

Sacó el teléfono.

Abrió una conversación protegida con contraseña.

Escribió solamente:

Ha ocurrido antes de lo previsto. Activa el protocolo Alba.

La respuesta llegó doce segundos después.

¿Está segura?

Claire miró su alianza.

Luego escribió:

Completamente.

Dejó el teléfono sobre la cama.

Respiró despacio.

Una vez.

Dos.

Tres.

No iba a llorar.

No aquella noche.

No allí.

No por él.

No por Vanessa.

No por un matrimonio que llevaba meses oliendo a cadáver aunque nadie se hubiera atrevido a enterrarlo.

No iba a suplicar por un hombre que ya había elegido.

No iba a competir por un sitio del que llevaba meses preparándose para salir.

No iba a entregar a su hijo a una guerra que Ethan todavía no sabía que había comenzado.

No iba a mostrarle miedo a un hombre acostumbrado a alimentarse del miedo ajeno.

No iba a cometer el error de subestimarlo.

Y, sobre todo, no iba a permitir que Ethan descubriera todavía cuánto sabía ella.

Claire abrió el armario.

Ya había una maleta preparada detrás de varios vestidos.

No con ropa.

Con documentos.

Tres pasaportes.

Dos teléfonos.

Una memoria USB.

Una carpeta gris.

Y una fotografía antigua que jamás había enseñado a Ethan.

La tomó entre los dedos.

Aparecía su padre, Daniel Morgan, veinte años más joven.

A su lado estaba un hombre alto con cabello negro.

El rostro resultaba inconfundible.

Richard Blackwood.

El padre de Ethan.

Los dos sostenían una copa frente a un edificio portuario.

Detrás de ellos podía leerse:

Málaga, 2004.

Claire volvió a guardar la fotografía.

Escuchó pasos en el pasillo.

No eran los de Ethan.

Demasiado ligeros.

Vanessa.

Claire cerró el armario justo antes de que tocaran la puerta.

—¿Sí?

—Soy yo.

Claire casi sonrió.

Como si hiciera falta aclararlo.

Abrió.

Vanessa estaba sola.

—¿Podemos hablar?

—Ya estamos hablando.

Vanessa entró sin esperar invitación.

Observó la habitación.

La cama enorme.

Las lámparas francesas.

Las fotografías.

El perfume de Claire.

El lugar que estaba a punto de ocupar.

—No vine para humillarte.

Claire se apoyó contra el escritorio.

—¿Por qué viniste?

Vanessa tardó demasiado.

—Ethan y yo tenemos una historia.

—Eso lo sé.

—Nos conocimos antes que vosotros.

—También lo sé.

Vanessa parpadeó.

—¿Te lo contó?

—No.

—Entonces…

—Vanessa, viví dos años casada con un hombre que revisa los antecedentes del camarero antes de pedir café. ¿De verdad pensabas que yo no aprendería a investigar?

La sonrisa de Vanessa desapareció.

Claire vio algo en sus ojos.

No culpa.

Preocupación.

Interesante.

—¿Qué sabes exactamente?

Claire ladeó la cabeza.

—¿Te preocupa?

—Solo quiero evitar malentendidos.

—Claro.

Vanessa se acercó.

—Ethan puede ser complicado.

—Ethan puede mandar tirar a un hombre al Mediterráneo y desayunar churros una hora después. La palabra “complicado” se queda corta.

Vanessa abrió la boca.

Claire levantó una mano.

—Relájate. Si quisiera destruirte, no estaríamos teniendo esta conversación.

—¿Destruirme?

—Tú has entrado en la casa de una mujer embarazada, has bebido su vino y has esperado mientras su marido le decía que nunca la amó. No finjas ahora que eres una turista perdida.

Vanessa enrojeció.

—Yo lo amo.

—Eso sí te lo creo.

—Y él me ama a mí.

Claire sostuvo su mirada.

—Eso ya me cuesta un poco más.

Vanessa dio un paso atrás.

La puerta se abrió.

Ethan.

Su rostro cambió al encontrar a las dos mujeres juntas.

—Vanessa, te dije que esperaras abajo.

Claire notó el tono.

No era preocupación por ella.

Era control.

Vanessa bajó la cabeza.

—Solo quería hablar con Claire.

—Ya habéis hablado suficiente.

Ethan se colocó entre ambas.

Claire observó el gesto.

Protegía a Vanessa.

O quizá la apartaba.

Todavía no sabía cuál de las dos cosas era.

—Buenas noches —dijo Claire.

Ethan la miró.

—Tenemos que hablar sobre mañana.

—Mañana hablaremos sobre mañana.

—Claire.

—Ethan.

Él apretó los dientes.

Claire cerró la puerta delante de ambos.

Aquella noche no durmió.

A las cuatro y diecisiete de la madrugada, abrió la cámara de seguridad instalada en la biblioteca.

Ethan creía que él controlaba todas las cámaras de la casa.

Se equivocaba.

Claire observó desde el móvil.

Vanessa estaba sentada en un sofá.

Ethan permanecía de pie junto a la ventana.

No había sonido.

Solo imágenes.

Vanessa hablaba deprisa.

Ethan respondía poco.

Ella se levantó.

Intentó abrazarlo.

Él la sujetó por los hombros.

La apartó.

Vanessa pareció decir algo.

Ethan respondió.

Ella le dio una bofetada.

Claire entrecerró los ojos.

Eso sí era inesperado.

Después Ethan se acercó tanto a Vanessa que sus rostros quedaron a centímetros.

No la besó.

Le dijo algo.

Una sola frase.

Vanessa palideció.

Y entonces miró directamente hacia la cámara.

Claire dejó de respirar.

Imposible.

Aquella cámara estaba oculta detrás de una moldura de madera.

Nadie podía verla.

Vanessa sostuvo la mirada exactamente en dirección al objetivo durante dos segundos.

Después salió.

Claire apagó la pantalla.

Algo iba mal.

Muy mal.

A las seis y media, se duchó.

Se vistió con unos pantalones negros de maternidad, jersey crema y abrigo camel.

Nada dramático.

Nada de vestido de víctima abandonada.

Bajó una maleta.

Y encontró a cinco hombres de Ethan en el vestíbulo.

Marcus, su jefe de seguridad, fue el primero en acercarse.

Era un hombre de cincuenta años, exmilitar, pocas palabras y una cicatriz que le atravesaba la ceja.

—Señora Blackwood.

—Buenos días, Marcus.

—El señor Blackwood ha pedido que la acompañemos.

—¿Hasta dónde?

Marcus dudó.

—Donde usted quiera.

Claire sonrió.

—Eso no suena a Ethan.

Marcus casi sonrió también.

—Estoy intentando expresarlo de forma diplomática.

—¿Y la versión no diplomática?

—No puede salir sola.

Claire bajó los últimos escalones.

—¿Estoy protegida o detenida?

Marcus sostuvo su mirada.

—No me obligue a responder.

Claire abrió su bolso.

Sacó un sobre blanco.

Se lo entregó.

Marcus miró su nombre escrito a mano.

—¿Qué es esto?

—Ábrelo si dentro de veinticuatro horas no sabes dónde estoy.

Marcus levantó los ojos.

Claire continuó caminando hacia la puerta.

—Señora…

—Puedes acompañarme.

Marcus parpadeó.

—¿Así de fácil?

—No pensaba pelear contigo.

—El señor Blackwood cree que quizá…

—¿Que quizá intente huir?

Silencio.

Claire sonrió.

—Marcus, si quisiera huir, habría salido hace tres semanas.

Ethan apareció al fondo del corredor.

Sin chaqueta.

Camisa blanca.

Las mangas dobladas.

No parecía haber dormido.

—¿Qué significa eso?

Claire se giró.

—Buenos días.

—Has dicho que podrías haberte marchado hace tres semanas.

—Podría haberlo hecho.

—¿Por qué no lo hiciste?

—Porque todavía no habías terminado de decepcionarme.

Marcus miró al suelo.

Ethan caminó hacia ella.

—¿Dónde vas?

—A desayunar.

—Claire.

—Tengo una revisión a las diez.

—Te llevará Marcus.

—Perfecto.

—Luego volverás aquí.

—No.

—No es negociable.

Claire tomó las llaves de un coche que estaban sobre la consola.

Ethan le cerró el paso.

—He dicho que no.

Ella lo miró.

—Y yo he escuchado.

—Estás embarazada de mi hijo.

—Estoy embarazada.

—De mi hijo.

Claire dejó unos segundos entre ambos.

—Eso sigues creyendo.

El rostro de Ethan se volvió de piedra.

Marcus levantó la cabeza.

Claire pasó junto a él.

Ethan la agarró del brazo.

No fuerte.

Pero suficiente.

Claire bajó la vista hacia sus dedos.

Después volvió a mirarlo.

Ethan la soltó.

—Explícate.

—No.

—Claire.

—No vamos a hablar de mi hijo delante de tus empleados.

Marcus se aclaró la garganta.

—Voy preparando el coche.

Desapareció.

Ethan esperó hasta escuchar la puerta.

—¿Qué demonios significa lo que has dicho?

Claire se acercó.

Tan cerca que pudo oler su colonia.

—Significa que ayer me dijiste que nunca me amaste. Desde ese momento, perdiste el privilegio de hacer preguntas personales.

—No juegues conmigo.

—Nunca juego contigo, Ethan. Ese ha sido uno de nuestros problemas.

—Quiero saber si el niño es mío.

—Entonces tendrás que esperar.

—Puedo exigir una prueba.

—Puedes intentarlo.

Ethan la miró durante un largo momento.

Entonces sus ojos bajaron hacia el vientre.

Algo cambió.

Solo un instante.

Una grieta diminuta.

Claire la vio.

Miedo.

No a que el niño no fuera suyo.

Miedo a perderlo.

Eso la confundió más que cualquier otra cosa.

Ethan había dicho que nunca la amó.

Pero un hombre indiferente no miraba así.

—¿Hay otro hombre? —preguntó.

Claire soltó una pequeña risa.

—Qué curioso.

—¿Qué?

—Anoche elegiste a otra mujer y esta mañana te preocupa si yo elegí a otro hombre.

—Contesta.

—No.

—Claire…

—Aparta.

Ethan no lo hizo.

Ella esperó.

—No voy a repetirlo.

Él acabó cediendo.

Claire salió de la casa.

Marcus la esperaba junto a un Mercedes negro.

Durante el trayecto hacia Marbella, ninguno habló.

Hasta que Marcus dijo:

—¿Adónde vamos realmente?

Claire miró por la ventana.

El Mediterráneo aparecía entre edificios blancos y palmeras.

—A Málaga.

—Su revisión está en Marbella.

—Ya no.

Marcus la miró por el retrovisor.

Claire le entregó una tarjeta con una dirección.

—Hospital privado Santa Isabel.

—No conozco ese hospital.

—Porque no se llama así oficialmente.

Marcus frenó ligeramente.

—Señora Blackwood…

—Marcus, tú trabajaste para mi padre.

Silencio.

El coche continuó avanzando.

Marcus dejó de mirar por el retrovisor.

—No sé de qué habla.

Claire sacó la fotografía de Daniel Morgan y Richard Blackwood.

La dejó sobre la consola central.

Las manos de Marcus se tensaron alrededor del volante.

—¿Dónde consiguió eso?

—En una caja de seguridad que pertenecía a mi padre.

—Claire…

Era la primera vez que la llamaba por su nombre.

—Así que sí me conocías antes de que Ethan me presentara.

Marcus cerró los ojos un instante.

—No debería estar preguntando estas cosas.

—¿Por qué?

—Porque algunas respuestas mataron a su padre.

Aquello cayó dentro del coche como una piedra.

Claire permaneció quieta.

—Mi padre murió en un accidente.

Marcus no respondió.

—Eso dijo la Guardia Civil.

Silencio.

—Marcus.

—No puedo.

Claire recogió la fotografía.

—Entonces Ethan tenía razón en algo.

—¿En qué?

—Nunca me amó.

Marcus la miró.

—No he dicho eso.

—Me eligió porque soy hija de Daniel Morgan.

Marcus apretó el volante.

Claire sintió a su hijo moverse.

Una patada.

Luego otra.

Apoyó la palma sobre el vientre.

—¿Mi matrimonio fue un acuerdo entre familias?

—No.

—¿Entonces qué fue?

Marcus respiró profundamente.

—Un error que alguien intentó convertir en seguro de vida.

Claire giró hacia él.

—¿Quién?

Marcus abrió la boca.

El teléfono del coche sonó.

Pantalla: ETHAN.

Marcus no contestó.

Volvió a sonar.

—Responde —dijo Claire.

—No.

—Marcus.

Tercer intento.

Marcus activó el manos libres.

—Señor.

La voz de Ethan entró en el coche.

—Da la vuelta.

—Estamos llegando al hospital.

—No vais al hospital de Marbella.

Marcus miró a Claire.

—No.

Silencio.

—¿Dónde la llevas?

—Donde me ha pedido.

—Marcus.

—Señor.

—Da la vuelta ahora.

Claire se inclinó hacia el micrófono.

—No.

Hubo un silencio peligroso.

—Claire, escucha…

—No. Tú escucha. Estoy cansada de que todos los hombres de esta familia crean que la información les pertenece. Voy al hospital. Después recogeré mis cosas. Y esta tarde dormiré en otra casa.

—No puedes.

—Mírame.

—Hay cosas que no entiendes.

—Entonces explícalas.

Ethan guardó silencio.

Claire sonrió sin alegría.

—Eso pensaba.

—Vanessa no es…

La llamada se cortó.

Marcus miró la pantalla.

—Él no ha colgado.

—¿Cómo lo sabes?

Marcus no respondió.

Entonces un todoterreno negro apareció detrás.

Otro delante.

Marcus maldijo.

—Agáchese.

Claire miró.

Dos vehículos sin matrícula visible.

—¿Son hombres de Ethan?

Marcus sacó una pistola de debajo del asiento.

—No.

El primer disparo rompió la luneta trasera.

Claire se agachó.

Marcus aceleró.

El Mercedes rugió por la carretera.

Otro disparo.

El espejo lateral estalló.

Claire se cubrió el vientre con ambos brazos.

No gritó.

—¿Quiénes son?

—No lo sé.

—Mientes.

—¡Ahora mismo no importa!

Marcus giró violentamente hacia una carretera secundaria.

El todoterreno de atrás los siguió.

El de delante desapareció.

Claire tomó su teléfono.

Sin cobertura.

—Bloqueador —dijo Marcus.

—¿Qué?

—Están bloqueando la señal.

Claire miró por la ventana.

Olivos.

Un almacén abandonado.

Carretera estrecha.

—Marcus.

—Sí.

—A tres kilómetros hay una gasolinera.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque no me gusta viajar sin saber por dónde puedo escapar.

Marcus la miró.

—Empiezo a entender por qué su padre…

Se detuvo.

—¿Por qué mi padre qué?

Otro disparo.

La rueda trasera explotó.

El Mercedes perdió estabilidad.

Marcus controló el volante.

—¡Agárrese!

El coche salió de la carretera.

Chocó contra una valla.

Metal.

Cristales.

Humo.

Silencio.

Claire abrió los ojos.

El cinturón le cortaba el pecho.

Su vientre.

Tocó.

—Bebé.

Movimiento.

Gracias a Dios.

Marcus sangraba por la frente.

—¿Está bien?

—Sí.

—Salga por mi lado.

—¿Y tú?

—¡Ahora!

Claire soltó el cinturón.

Un motor se acercaba.

Marcus abrió la puerta.

Claire gateó sobre la consola.

Dolor en la espalda.

Miedo.

No pánico.

Todavía no.

Salieron hacia una zona de arbustos.

Marcus la sostuvo.

—Corra.

—Estoy embarazada de siete meses.

—Entonces camine muy rápido.

Llegaron a una pequeña estructura de piedra.

Viejo almacén agrícola.

Marcus empujó la puerta.

Dentro olía a polvo y aceite.

—Escóndase detrás.

Claire respiraba con dificultad.

—Dame un arma.

Marcus la miró.

—No.

—Marcus.

—No sabe disparar.

Claire extendió la mano.

—Mi padre me enseñó cuando tenía doce años.

Marcus sacó otra pistola pequeña del tobillo.

La miró.

Se la entregó.

—Seguro aquí.

—Lo sé.

Fuera se cerró la puerta de un coche.

Pasos.

Dos hombres.

Quizá tres.

Claire apoyó la espalda contra el muro.

La mano derecha sujetando el arma.

La izquierda sobre su hijo.

Escuchó voces.

—Blackwood quiere a la mujer viva.

Claire miró a Marcus.

Él frunció el ceño.

Otra voz respondió:

—No es Blackwood quien paga.

Claire sintió frío.

Pasos más cerca.

Marcus hizo una seña.

Uno.

Dos.

Tres.

Se oyó un disparo.

Después otro.

Un hombre cayó frente a la puerta.

Marcus salió.

Claire escuchó gritos.

Un disparo más.

Silencio.

Entonces alguien entró por una puerta lateral que ninguno había visto.

Claire levantó el arma.

Un hombre joven.

Barba.

Chaqueta marrón.

Pistola en alto.

Se miraron.

El hombre sonrió.

—La señora Blackwood.

Claire disparó.

La bala impactó en su hombro.

El hombre cayó, gritando.

Claire se acercó.

Le dio una patada a su arma.

—¿Quién te envió?

El hombre se rio entre dientes.

—Ethan tenía razón sobre ti.

Claire le apuntó al pecho.

—Nombre.

—No puedes dispararme.

Claire bajó el arma hacia su pierna.

—Tengo otra opción.

El hombre dejó de sonreír.

Marcus entró.

—Claire.

Ella no apartó la pistola.

—Dice que Ethan tenía razón sobre mí.

Marcus miró al herido.

Lo reconoció.

Claire lo vio en su rostro.

—Lo conoces.

—Se llama Carter.

—¿Trabaja para Ethan?

—Trabajaba.

Carter escupió sangre.

—Todos trabajamos para alguien.

Marcus agarró al hombre por el cuello.

—¿Quién te contrató?

Carter sonrió.

—Pregúntale a la novia.

Claire sintió que algo encajaba.

Vanessa mirando directamente a la cámara.

Vanessa subiendo al dormitorio.

Vanessa preguntando cuánto sabía.

—Vanessa.

Carter se rio.

—Lista.

Marcus levantó la pistola.

—Habla.

—No tengo nada más.

Claire se acercó.

—¿Vanessa ordenó atacarme?

Carter negó.

—No he dicho eso.

—Dijiste que preguntara a la novia.

—Hay más de una.

Claire se quedó inmóvil.

—¿Qué significa eso?

Carter volvió a sonreír.

Un disparo atravesó la ventana.

La cabeza de Carter se echó hacia atrás.

Su cuerpo cayó.

Claire dio un paso hacia atrás.

Marcus la empujó al suelo.

—¡Francotirador!

Otro disparo.

La pared estalló.

—¡Tenemos que salir!

Se arrastraron por una abertura trasera.

Corrieron entre árboles.

Claire apenas podía respirar.

A lo lejos se escuchaban sirenas.

—¿Policía?

Marcus negó.

—No lo sé.

Un coche gris apareció por el camino.

Claire levantó el arma.

Marcus también.

El coche frenó.

La puerta se abrió.

Ethan salió.

Solo.

Sin chaqueta.

Con una pistola en la mano.

Su rostro al ver a Claire cubierta de polvo cambió por completo.

—Claire.

Ella no bajó el arma.

Ethan se detuvo.

—Baja eso.

—Tú primero.

Ethan dejó su arma en el suelo.

—¿Estás herida?

—No.

Sus ojos bajaron hacia el vientre.

—¿El bebé?

—Está bien.

Ethan cerró los ojos un segundo.

Y Claire volvió a ver aquella grieta.

Aquel miedo.

Él caminó hacia ella.

Claire levantó más el arma.

—Ni un paso.

Ethan se detuvo.

—Tenemos que irnos.

—¿Quién sabía que venía aquí?

—Yo no sabía que venías aquí.

—Alguien sí.

—Claire…

—Carter.

Ethan cambió de expresión.

—¿Qué?

—¿Te suena?

—¿Dónde está?

—Muerto.

Ethan miró a Marcus.

—¿Quién lo mató?

—No nosotros.

La mandíbula de Ethan se tensó.

Claire habló despacio.

—Antes de morir dijo que preguntara a la novia.

Ethan palideció.

Fue mínimo.

Pero Claire lo vio.

—Sabes lo que significa.

—No.

—Mientes.

—Claire, ahora no.

Ella soltó una risa seca.

—Qué frase tan cómoda.

—Nos están buscando.

—¿Quién?

—Gente que quiere usar tu embarazo para obligarme a entregar algo.

—¿Qué?

Ethan no respondió.

Claire lo miró durante varios segundos.

—Anoche dijiste que nunca me amaste.

—Sí.

—Dijiste que volvías con Vanessa.

—Sí.

—Y esta mañana has recorrido cuarenta kilómetros armado para encontrarme.

—Porque eres la madre de mi hijo.

Claire apretó la mandíbula.

—Otra mentira.

Ethan dio un paso.

Ella no disparó.

—¿Por qué fingiste dejarme?

La pregunta quedó entre ambos.

Marcus miró a Ethan.

Ethan miró hacia los árboles.

Después volvió a Claire.

—Porque hace tres días recibí una fotografía.

Sacó el teléfono.

Buscó algo.

Se lo mostró.

Claire sintió que el suelo desaparecía.

Era ella.

Durmiendo.

En su cama.

La fotografía había sido tomada desde dentro del dormitorio.

Alguien había estado a menos de dos metros.

En la esquina inferior había una nota:

Devuelve el Libro Rojo o ella y el niño morirán.

Claire levantó la vista.

—¿Qué es el Libro Rojo?

—Algo que mi padre dejó antes de morir.

—Richard.

—Sí.

—Mi padre también murió por eso.

Ethan se quedó inmóvil.

Marcus cerró los ojos.

Claire lo comprendió.

—Tú lo sabías.

Ethan miró a Marcus.

—¿Qué le has contado?

—Lo suficiente.

—¿Mi padre y el tuyo trabajaban juntos? —preguntó Claire.

Ethan no respondió.

—Contéstame.

—Sí.

—¿En qué?

—Claire…

—Contéstame.

Ethan respiró hondo.

—En construir la organización que yo heredé.

El corazón de Claire golpeó con fuerza.

—Mi padre era abogado.

—Tu padre era muchas cosas.

—¿Era mafioso?

—No.

—Entonces ¿qué era?

—El único hombre que sabía dónde estaba enterrado todo el dinero.

Claire no dijo nada.

Ethan continuó:

—Y el único que intentó salir.

El viento movió las ramas.

A lo lejos sonó un helicóptero.

Marcus miró al cielo.

—Tenemos minutos.

Claire siguió mirando a Ethan.

—¿Por eso te casaste conmigo?

Ethan tardó.

Demasiado.

Claire sintió que aquella demora respondía por él.

—Al principio —dijo.

La palabra dolió más que “nunca te amé”.

Al principio.

Claire sonrió.

Pero sus ojos ya no estaban secos.

—Entiendo.

Ethan dio un paso.

—No. No entiendes.

—Perfectamente.

—Te conocí porque necesitaba saber si Daniel te había dejado algo.

—Qué romántico.

—Pero no te pedí matrimonio por eso.

—Claro.

—Claire.

—¿Cuánto tiempo tardaste?

—¿En qué?

—En decidir que ya no necesitabas fingir conmigo.

Ethan abrió la boca.

No respondió.

Claire guardó el arma en el abrigo.

—Perfecto.

Pasó junto a él.

Ethan la sujetó.

—Te dije que nunca te amé para sacarte de mi casa.

Claire se quedó inmóvil.

—Vanessa era parte del plan.

Ella se volvió.

—¿Qué?

—Necesitaba que todos creyeran que habías dejado de ser importante.

—¿Todos?

—Quien esté observando.

—¿Y Vanessa aceptó?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque le debía una vida.

Claire recordó la bofetada.

La discusión.

Vanessa mirando la cámara.

—Ella sabía que había una cámara.

Ethan frunció el ceño.

—¿Qué cámara?

Claire lo miró.

—La de la biblioteca.

Ethan se volvió hacia Marcus.

—No tenemos una cámara en la biblioteca.

Claire sintió un escalofrío.

—Yo instalé una.

—¿Dónde?

—Detrás de la moldura norte.

Ethan negó.

—Imposible.

—La vi discutir contigo.

—Claire, en la biblioteca no estuvimos anoche.

Silencio.

El mundo pareció detenerse.

—Sí estuvisteis.

—No.

—Os vi.

—Vanessa se marchó diez minutos después de que subieras.

Claire dejó de respirar.

—Entonces ¿con quién estabas?

—Con nadie.

Marcus sacó el teléfono.

—Señora, ¿todavía tiene el vídeo?

Claire abrió la aplicación.

Buscó la grabación.

Nada.

Carpeta vacía.

—Lo han borrado.

Ethan tomó el teléfono.

—¿Quién tenía acceso?

—Solo yo.

—¿Contraseña?

—Doce caracteres.

—¿Alguien la conoce?

—No.

Ethan la miró.

—¿Seguro?

Claire pensó.

Después recordó algo.

Una noche.

Dos meses antes.

Estaba en la cocina.

Vanessa había acudido a una cena por primera vez en años.

Ethan la presentó como consultora.

Claire estaba usando el móvil.

Vanessa había derramado vino.

Claire dejó el teléfono sobre la mesa para buscar un paño.

Solo treinta segundos.

Treinta segundos.

—Vanessa.

Ethan negó.

—No.

—Tuvo mi teléfono.

—Claire…

—Treinta segundos.

—Eso no demuestra nada.

—Carter dijo que preguntara a la novia.

—Carter estaba trabajando para tres personas diferentes cuando lo despedí.

—¿Incluida Vanessa?

—No.

Claire lo miró.

—¿Por qué la defiendes?

Ethan no respondió.

Y aquella vez el silencio sí pareció culpable.

Llegaron dos vehículos negros.

Hombres de Ethan bajaron.

Marcus habló con ellos.

Ethan tomó a Claire por el codo.

—Nos vamos.

—Yo no voy contigo.

—Sí vas.

—No vuelvas a darme órdenes.

—Acaban de intentar matarte.

—Y sigo sin saber si la amenaza viene de tus enemigos, de Vanessa o de ti.

Ethan se quedó helado.

—¿Crees que intentaría matarte?

Claire miró la fotografía de su teléfono.

—Hace veinticuatro horas habría dicho que no.

La frase lo golpeó.

Ella lo vio.

—Sube al coche —dijo él más bajo.

—No.

—Claire.

—Quiero ir al hospital.

—Primero al hospital.

—Después me voy.

—Después hablaremos.

—No hay nada que hablar.

Ethan se inclinó hacia ella.

—Hay mucho.

—Entonces empieza por una cosa.

—¿Cuál?

—¿Qué es exactamente el Libro Rojo?

Él miró alrededor.

—No aquí.

—Entonces no me muevo.

Ethan apretó los dientes.

Marcus se acercó.

—Señor, el helicóptero se aproxima.

Ethan maldijo.

—El Libro Rojo no es un libro.

Claire esperó.

—Es una lista.

—¿De qué?

—Nombres. Cuentas. Operaciones. Policías comprados. Políticos. Jueces. Empresarios.

Claire sintió un nudo en el estómago.

—¿Y dónde está?

Ethan la miró.

—Pensé que tú lo tenías.

Claire soltó una risa sin humor.

—Yo ni siquiera sabía que existía.

—Por eso me casé contigo al principio. Porque creíamos que Daniel te lo había dejado.

—¿Quiénes somos “creíamos”?

Ethan no contestó.

—Ethan.

—Mi padre.

Claire se quedó inmóvil.

—Tu padre murió antes de que nos conociéramos.

—Eso creías.

El sonido del helicóptero aumentó.

Claire sintió que el aire se volvía más frío.

—Richard Blackwood está vivo.

Ethan no respondió.

No hacía falta.

—¿Dónde?

—No lo sé.

—Mientes.

—Esta vez no.

—¿Desde cuándo sabes que está vivo?

—Seis meses.

Claire dio un paso atrás.

La mano sobre su vientre.

—¿Y mi padre?

Ethan palideció.

Claire lo vio.

Algo se rompió dentro de ella.

—¿Mi padre también está vivo?

—Claire…

—¿Está vivo?

Ethan miró hacia Marcus.

Marcus bajó la mirada.

Eso bastó.

Claire dejó de escuchar el helicóptero.

Dejó de escuchar los coches.

El mundo entero pareció reducirse al rostro del hombre con el que se había casado.

—¿Está vivo?

—No lo sabemos.

—Pero existe la posibilidad.

—Sí.

Claire cerró los ojos.

Su padre.

La tumba.

El funeral.

Su madre llorando.

La policía.

La caja cerrada.

Las cenizas que nunca le permitieron ver.

Abrió los ojos.

—Me mentiste sobre todo.

—Intentaba mantenerte fuera.

—Te casaste conmigo para buscar información.

—Al principio.

—Me ocultaste que Richard vive.

—Sí.

—Me ocultaste que mi padre podría estar vivo.

—Sí.

—Y anoche me dijiste que nunca me amaste.

Ethan la miró directamente.

—Eso fue mentira.

Claire no se movió.

—No lo digas.

—Claire.

—No.

—Te mentí sobre muchas cosas.

—Basta.

—Pero no sobre eso.

—Basta.

—Te amo.

Claire levantó una mano.

—No uses esas palabras ahora.

Ethan calló.

Ella respiró profundamente.

—Subiré al coche.

Él asintió.

—Pero no porque confíe en ti.

—Lo sé.

—Y después del hospital, quiero todas las pruebas.

—Las tendrás.

—Todas.

—Sí.

—Si descubro una sola mentira más…

Ethan la miró.

—¿Qué harás?

Claire abrió la puerta del vehículo.

—Te quitaré todo lo que te importa.

Subió.

Durante el trayecto hacia Málaga nadie habló.

El médico confirmó que el bebé estaba bien.

Estrés elevado.

Sin daños.

Reposo.

Ethan permaneció fuera de la consulta porque Claire se negó a permitirle entrar.

Cuando salió, él estaba sentado en el pasillo.

Un jefe mafioso con hombres armados distribuidos por el hospital.

Y sin embargo, al verla, se levantó como cualquier marido asustado.

—¿Está bien?

Claire pasó junto a él.

—Sí.

Ethan cerró los ojos.

Aliviado.

Claire no quiso pensar en eso.

Llegaron a un edificio privado cerca del puerto.

Una planta completa.

Cristales blindados.

Dos ascensores.

Seis guardias.

Ethan la condujo hasta una oficina.

Marcus entró detrás.

Sobre la mesa había una caja metálica.

Ethan la abrió.

Documentos.

Fotografías.

Discos duros.

Y una carpeta roja.

Claire se acercó.

—¿Eso es?

—Una copia parcial.

Abrió la carpeta.

Claire reconoció nombres.

Un diputado.

Un empresario de Valencia.

Un inspector.

Un juez de Madrid.

Personas que aparecían en televisión hablando de seguridad y corrupción.

Pasó otra página.

Y vio un nombre familiar.

Daniel Morgan.

Su padre.

Junto al nombre había una anotación:

Custodio original. Estado: desconocido. Clave secundaria transferida a heredero biológico.

Claire sintió que el corazón se detenía.

—Heredero biológico.

Ethan se puso a su lado.

—Creíamos que eras tú.

—¿Creíais?

—Eres su única hija.

Claire pasó la página.

Debajo había una fotografía.

Una mujer.

Rubia.

Treinta años.

Saliendo de un edificio en Londres.

Claire no la conocía.

—¿Quién es?

Ethan no respondió.

Claire miró la ficha.

Nombre: Vanessa Reed.

Su garganta se cerró.

—¿Vanessa?

Ethan apretó la mandíbula.

Claire siguió leyendo.

Madre: Margaret Reed.

Padre biológico: Daniel Morgan.

Claire levantó la vista lentamente.

—No.

Ethan no dijo nada.

—No.

Marcus cerró la puerta.

Claire volvió a mirar la ficha.

Vanessa.

La exnovia de Ethan.

La mujer que había bebido vino en su casa.

La mujer que había fingido robarle el marido.

La mujer que era…

—Mi hermana.

Ethan habló por fin.

—Media hermana.

Claire dejó caer la carpeta.

Todo encajó de golpe.

Demasiadas piezas.

La intimidad de Vanessa.

Su acceso.

Su historia con Ethan.

Su interés por lo que Claire sabía.

El ataque.

Carter.

“Pregúntale a la novia”.

Claire se giró.

—¿Ethan sabía que era hija de mi padre cuando salió con ella?

—No.

—¿Cuándo lo supiste?

—Hace seis meses.

—¿Y Vanessa?

—Hace tres días.

Claire rio.

Una vez.

Sin alegría.

—Tres días.

—Sí.

—Justo cuando apareció la amenaza.

Ethan asintió.

—Por eso acudió a mí.

—¿Ella tiene el Libro Rojo?

—Dice que no.

—¿Le crees?

Ethan no respondió.

Claire se acercó.

—¿Le crees?

—No sé a quién creer.

Aquello fue sincero.

Y por eso resultó más aterrador.

Un teléfono sonó.

No el de Ethan.

No el de Claire.

El teléfono de Marcus.

Lo miró.

Su rostro perdió color.

—Señor.

Ethan se giró.

—¿Qué?

Marcus sostuvo la pantalla.

—Tenemos un problema.

Ethan tomó el móvil.

Claire se acercó.

Era una grabación de seguridad.

En directo.

La casa de Marbella.

La habitación de Claire.

La puerta se abrió.

Entró Vanessa.

Sola.

Llevaba la misma ropa de la noche anterior.

Fue directamente al armario.

Abrió.

Sacó la maleta que Claire había preparado.

Claire dio un paso adelante.

—¿Cómo ha entrado?

Ethan llamó a uno de sus hombres.

—Cerrad la finca. Nadie sale.

En la pantalla, Vanessa abrió la maleta.

Apartó los pasaportes.

Los documentos.

Encontró la fotografía antigua de Daniel y Richard.

La sostuvo.

Después miró hacia la cámara.

Exactamente hacia la cámara.

La que supuestamente nadie sabía que existía.

Y sonrió.

Claire sintió que se le erizaba la piel.

Vanessa levantó un teléfono.

Mostró la pantalla hacia la cámara.

Un mensaje escrito en letras grandes.

HERMANA, PREGÚNTALE A ETHAN QUIÉN ESTÁ ENTERRADO EN LA TUMBA DE NUESTRO PADRE.

Claire dejó de respirar.

Ethan se quedó inmóvil.

Marcus susurró una maldición.

Vanessa cambió el mensaje.

Y DESPUÉS PREGÚNTALE POR QUÉ TU BEBÉ APARECE EN EL LIBRO ROJO DESDE ANTES DE QUE TE QUEDARAS EMBARAZADA.

Claire sintió una contracción.

No dolorosa.

Pero fuerte.

Instintivamente llevó ambas manos al vientre.

Ethan se volvió hacia ella.

—Claire…

—No me toques.

En la pantalla, Vanessa dejó caer el teléfono.

Sacó algo del fondo de la maleta.

Un sobre que Claire jamás había visto.

Llevaba su nombre.

CLAIRE MORGAN.

No Blackwood.

Morgan.

Vanessa lo abrió.

Sacó una fotografía.

La acercó a la cámara.

Un bebé recién nacido.

Una fecha escrita detrás.

Y dos hombres sosteniéndolo.

Daniel Morgan.

Y Richard Blackwood.

Claire miró la fecha.

Treinta años atrás.

Mucho antes de que ella naciera.

Debajo había una sola frase escrita a mano.

EL PRIMER HEREDERO SOBREVIVIÓ.

Claire giró lentamente hacia Ethan.

Él estaba blanco.

No fingiendo.

No calculando.

Verdaderamente aterrorizado.

—¿Qué significa eso?

Ethan no respondió.

—Ethan.

—Claire…

—¿Quién es ese bebé?

El móvil de Claire vibró.

Número desconocido.

Un mensaje.

Abrió.

Era una fotografía tomada hacía segundos.

Desde fuera del edificio donde estaban.

Una mira telescópica enfocaba directamente hacia la ventana.

Debajo había un texto:

Pregúntale a tu marido quién es realmente.

Claire levantó la mirada.

Ethan ya estaba observándola.

El segundo mensaje llegó.

Esta vez acompañado de un archivo de audio.

Claire pulsó reproducir.

Una voz masculina.

Vieja.

Cansada.

Pero imposible de olvidar.

La voz de su padre.

—Claire, si estás escuchando esto, Ethan ya ha descubierto que Richard sigue vivo. Pero hay algo que ninguno de los dos sabe. No confíes en Vanessa. No confíes en Marcus. Y, sobre todo…

La grabación se cortó.

Claire miró a Marcus.

Él retrocedió.

—Claire, yo puedo explicarlo.

El archivo volvió a reproducirse solo.

Cinco segundos nuevos aparecieron.

La voz de Daniel terminó la frase.

—…sobre todo, no dejes que Ethan descubra que el hijo que esperas es la única persona capaz de abrir el verdadero Libro Rojo.

Y justo entonces, todas las luces del edificio se apagaron.

( FIN )

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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