«Un padre instaló cámaras ocultas para vigilar a la niñera de su hijo mientras trabajaba, esperando atrapar un pequeño descuido. Pero lo que vio esa noche lo dejó helado: algo aterrador, imposible de explicar, y que transformó su vida en una pesadilla. No era solo una niñera… era el secreto más oscuro que jamás imaginó tener dentro de su propia casa.»

Mark Reynolds, un ingeniero informático de 38 años, vivía en los suburbios de Denver con su hijo de cinco años, Ethan. Su esposa había muerto en un accidente de tráfico dos años atrás, y desde entonces, Mark había hecho todo lo posible por mantener una vida estable para el niño.

Cuando contrató a Clara, una joven niñera de aspecto amable y recomendada por una agencia, pensó que por fin podría respirar tranquilo. Clara tenía 27 años, estudios en pedagogía y una sonrisa que inspiraba confianza. Durante las primeras semanas, todo fue perfecto: Ethan parecía feliz, la casa estaba impecable, y Mark incluso empezó a sentir gratitud profunda hacia aquella mujer que había traído calma al hogar.

Pero algo cambió.

Una noche, mientras Mark revisaba la mochila de su hijo, encontró un dibujo. En él, Ethan había dibujado a tres personas en su casa: él, la niñera… y una figura negra, alta, sin rostro, de pie junto a la ventana.
Cuando le preguntó quién era, el niño respondió:
—Ese es “el hombre que viene cuando Clara canta”.

Mark trató de no asustarse. Pero algo en la mirada de su hijo —una mezcla de inocencia y miedo— lo dejó inquieto.

A la mañana siguiente, mientras Clara preparaba el desayuno, Mark decidió instalar discretamente un sistema de cámaras de seguridad con visión nocturna, conectadas a su móvil. Quería tranquilidad. Nada más.

Las primeras grabaciones fueron normales. Clara jugaba con el niño, le leía cuentos, lo arropaba antes de dormir.
Pero en la cuarta noche… todo cambió.

A las 2:13 a.m., la cámara del pasillo detectó movimiento.
Clara apareció caminando lentamente, con una expresión ausente. Llevaba un camisón blanco y sostenía algo en las manos. No hablaba, pero parecía murmurar.
Entró en la habitación de Ethan, se sentó junto a su cama… y empezó a cantar una melodía extraña, gutural, como un canto sin palabras.

Mark miraba la grabación con incredulidad.
En ese momento, una sombra cruzó la habitación. No era un reflejo ni una interferencia: era algo sólido, alto, que se movía detrás de Clara y el niño dormido.
El sensor térmico del sistema lo confirmó: había una segunda presencia en la habitación.

Mark sintió cómo el corazón se le detenía.
Corrió a la habitación de Ethan, pero cuando abrió la puerta, solo encontró silencio.
Clara estaba allí, sentada, mirándolo con una calma perturbadora.
—El pequeño está bien —dijo—. Solo estaba cantando para que duerma mejor.

Mark fingió tranquilidad. Esperó a que ella se fuera la mañana siguiente y llevó a Ethan con su hermana. Luego volvió a revisar todas las grabaciones desde el inicio.

Lo que descubrió fue escalofriante.

Cada noche, a la misma hora, Clara se levantaba, iba al cuarto del niño y realizaba un ritual repetitivo: colocaba tres juguetes en el suelo, los movía formando un círculo y cantaba. En una de las noches, la cámara del pasillo captó claramente cómo una mano pálida salía del marco de la puerta y se desvanecía.

Mark llevó el material a la policía.
Pero cuando regresó a casa, encontró la puerta entreabierta.
Clara estaba allí, de pie, con una sonrisa serena.
—No debiste mirar las cámaras —le dijo—. Algunas cosas deben permanecer ocultas.

Mark retrocedió. Pero entonces, Clara empezó a hablar con una voz diferente, más grave, más antigua.
—Ella me pidió que cuidara de su hijo. Yo solo cumplí la promesa.

El nombre de “ella” era Laura, la esposa fallecida de Mark.
Clara le contó que, antes de morir, Laura había contratado una médium para “proteger al niño”. Y esa médium era ella.
Lo que Mark creyó una coincidencia era, en realidad, un pacto.

Mark trató de llamar al 911, pero el teléfono no tenía señal.
Las luces comenzaron a parpadear. La cámara que aún grababa mostró a Clara levantando al niño, que dormía profundamente, y repitiendo su canto.
De pronto, todas las puertas se cerraron solas.

Cuando la policía llegó, alertada por la hermana de Mark, la casa estaba vacía.
Solo encontraron al niño dormido en su cama y a Mark inconsciente en el pasillo.
Clara había desaparecido.

Las grabaciones se volvieron virales cuando la policía las filtró por error. En una de las últimas secuencias, se veía a Clara mirando directamente a la cámara con los ojos completamente negros y diciendo:

“Prometí cuidar de él… hasta que su madre vuelva.”

Mark se mudó semanas después. Nunca volvió a hablar con los medios.
Pero los vecinos afirmaron que, a veces, por las noches, se escuchaba un canto suave desde la casa abandonada.
Y en la ventana del cuarto del niño, alguien juraba ver una figura blanca meciéndose lentamente, como si aún cuidara del pequeño Ethan.

Hasta hoy, nadie volvió a saber de Clara.
La agencia que la recomendó no existe en ningún registro.
Y en el último informe policial, un detalle escalofriante cerró el caso:

“El sistema de cámaras sigue transmitiendo imágenes en vivo… aunque la casa ya no tenga conexión eléctrica.”