Todos creían que el cobertizo del viejo cascanueces estaba condenado
Todos creían que el cobertizo del viejo cascanueces estaba condenado, hasta que Ethan oyó un golpe hueco bajo la mandíbula de acero y descubrió por qué nadie debía abrirlo.
La noche en que Ethan Walker llegó al pueblo de Valdemora, su propio tío lo recibió con una bofetada delante de veinte vecinos y le dijo que dejara de husmear donde no le correspondía. Ethan no respondió; solo miró el polvo rojo en el suelo, luego al hombre que acababa de humillarlo y, por último, al enorme cascanueces oxidado que llevaba cuarenta años presidiendo el cobertizo clausurado.
Entonces sonó otro golpe.
Hueco.
Metálico.
Desde dentro.
Y nadie en la plaza respiró durante varios segundos.
Valdemora no aparecía en las postales más conocidas de España. Era un pequeño pueblo del interior de Castilla, de calles estrechas, fachadas encaladas y tejados viejos que parecían inclinarse unos sobre otros para sobrevivir al viento de enero.
Había una plaza con una fuente de piedra.
Una iglesia de campanario corto.
Dos bares.
Una ferretería.
Una tienda de ultramarinos que olía a café tostado.
Y, al final de una calle que descendía hacia los olivos, un cobertizo de madera oscura conocido simplemente como “el Cascanueces”.
Nadie sabía exactamente quién había construido aquella cosa.
Los más viejos decían que había pertenecido a una antigua fábrica artesanal de juguetes de madera que desapareció antes de que nacieran sus padres.
Otros aseguraban que el nombre venía de la gigantesca figura situada en la fachada.
Medía casi tres metros.
Tenía sombrero negro.
Chaqueta roja.
Botas verdes.
Y una mandíbula de acero que podía abrirse y cerrarse mediante un sistema de palancas oculto.
Durante décadas había sido una atracción local.
Los niños dejaban monedas frente a sus pies.
Los turistas se fotografiaban con él.
En Navidad, algunos comerciantes incluso le colgaban luces.
Hasta que ocurrió el accidente.
Después de aquello, las puertas del cobertizo permanecieron cerradas.
Y las personas dejaron de hablar del asunto.
Hasta que Ethan regresó.
Habían pasado once años desde la última vez que había estado en Valdemora.
Volvió por una razón aparentemente sencilla.
Su madre había muerto tres meses antes.
En su testamento había dejado una pequeña casa en las afueras del pueblo y una caja de documentos que Ethan jamás había visto.
Entre esos papeles había una fotografía vieja.
En ella aparecían cuatro personas frente al cobertizo.
Su madre, Laura.
Su tío Daniel.
Un hombre llamado Arthur Reed.
Y una niña.
Ethan reconoció a su madre.
Reconoció a Daniel.
Arthur Reed no le decía nada.
Pero la niña sí.
Era Claire.
Claire Bennett.
Su hermana mayor.
La misma hermana de la que su madre había asegurado durante toda su vida que había muerto cuando Ethan apenas tenía cuatro años.
Ethan había crecido creyendo aquella historia.
Claire había muerto.
Un accidente.
Un río.
Una noche de tormenta.
Eso era todo.
Sin tumba.
Sin fotografías.
Sin detalles.
Su madre nunca quiso hablar.
Pero en la fotografía Claire parecía viva.
Tenía doce años.
Sonreía.
Y sostenía una llave.
En la parte trasera de la imagen, escrita con la letra de Laura, había una sola frase:
“No abras la mandíbula.”
Ethan pensó que podía ser una frase absurda nacida del miedo de una madre.
Después de todo, la fotografía tenía más de veinte años.
La gente guarda cosas extrañas.
Secretos.
Recuerdos.
Culpa.
Él había aprendido a no sacar conclusiones demasiado rápido.
Por eso condujo hasta Valdemora.
Por eso esperó.
Por eso, cuando su tío Daniel lo golpeó delante del pueblo, no levantó la voz.
Solo preguntó:
—¿Por qué sigues teniendo la llave?
Daniel se quedó inmóvil.
La pregunta era demasiado precisa.
Ethan pudo verlo.
El pequeño movimiento de sus ojos.
La tensión de la mandíbula.
La mano derecha cerrándose lentamente.
No era miedo.
Era cálculo.
Daniel miró a los vecinos.
Luego volvió a Ethan.
—Tu madre nunca te contó nada porque sabía que acabarías haciendo preguntas.
—Eso no responde.
—No tienes nada que hacer aquí.
—Eso tampoco responde.
Un murmullo recorrió la plaza.
Entonces Ethan escuchó a una mujer detrás de él.
—Está dentro.
Él giró.
Era una anciana de pelo blanco, envuelta en un abrigo azul.
Se llamaba Margaret Collins.
Ethan la recordaba vagamente.
Margaret había sido amiga de su madre.
O eso le habían dicho.
Ella lo miró directamente a los ojos.
—Tu hermana no murió en el río.
Daniel reaccionó de inmediato.
—Margaret.
Pero la mujer no se detuvo.
—Nunca murió.
Ethan sintió que el frío de la noche le atravesaba el pecho.
No apartó la mirada.
—¿Dónde está?
Margaret señaló el cobertizo.
—Eso es lo que nadie quiere que descubras.
Un perro comenzó a ladrar al fondo de la calle.
La campana de la iglesia marcó las nueve.
Y entonces volvió a sonar aquel golpe.
Clang.
Dentro del Cascanueces.
Ethan caminó hacia la puerta.
Daniel trató de bloquearle el paso.
—No.
Ethan se detuvo.
Observó a su tío.
—¿Qué hay dentro?
—Nada.
—Entonces abre.
Silencio.
—Abre —repitió Ethan.
Daniel no respondió.
Ethan miró la vieja cerradura.
Después sacó la fotografía.
La colocó frente a él.
La niña.
Claire.
La llave.
La mandíbula de acero.
Y comprendió algo.
La llave que Claire sostenía en la fotografía no era la de la puerta.
Era más pequeña.
Demasiado pequeña.
Una llave para algo escondido.
Algo interno.
Algo que estaba detrás de aquella figura.
Entonces recordó las palabras escritas por su madre.
“No abras la mandíbula.”
Ethan levantó la vista.
La enorme cabeza del Cascanueces parecía observarlo.
Sus ojos pintados estaban cubiertos de grietas.
Su boca permanecía cerrada.
Pero debajo de la barbilla había una pequeña placa metálica.
Y en ella había grabado un símbolo.
Una estrella de cinco puntas dentro de un círculo.
Ethan había visto ese símbolo antes.
En la caja que su madre había dejado.
En el fondo había una factura antigua.
Misma estrella.
Mismo círculo.
Debajo, una fecha.
17 de diciembre.
Veintitrés años atrás.
Y un nombre:
Arthur Reed.
Arthur Reed era el cuarto hombre de la fotografía.
La noche se hizo más silenciosa.
Ethan dio un paso atrás.
Entonces escuchó una voz detrás de Margaret.
—No deberías haber vuelto.
Era Claire.
Ethan se giró tan rápido que casi perdió el equilibrio.
La mujer que estaba al otro lado de la calle tenía el mismo color de ojos que Laura.
Pero no era una niña.
Era una mujer adulta.
Pelo castaño.
Abrigo oscuro.
Una cicatriz pequeña sobre la ceja.
Y una expresión completamente controlada.
Ethan no pudo hablar.
Claire caminó hacia ellos.
Daniel palideció.
Margaret cerró los ojos.
La plaza entera pareció contener el aliento.
Claire se detuvo frente a Ethan.
—Hola, hermano.
Ethan la miró durante varios segundos.
—Tienes que demostrarme quién eres.
Ella asintió.
No se ofendió.
Eso fue lo que más llamó su atención.
Claire sacó de su bolsillo una medalla de plata.
La puso en la palma de la mano.
Tenía grabada una fecha.
El cumpleaños de Ethan.
Pero detrás había algo más.
Tres palabras.
Las mismas tres palabras que su madre le decía cuando era niño, antes de dormir.
Ethan sintió que algo dentro de él se quebraba.
No lloró.
Solo cerró los dedos alrededor de la medalla.
Claire susurró:
—Mamá no quería que te encontrara.
—¿Por qué?
—Porque sabía que él ya te estaba observando.
Ethan miró a Daniel.
Su tío retrocedió.
—No sabes de qué estás hablando.
Claire lo miró.
—Sí lo sé.
Y se acercó a la puerta del cobertizo.
—Llevo once años esperando a que alguien tuviera el valor de hacer lo que tú acabas de hacer.
—¿Qué?
Claire tocó la mandíbula metálica del gigante.
—Escuchar.
Entonces apoyó la oreja contra el acero.
Tres segundos.
Nada.
Cinco.
Nada.
Luego sonrió.
—Está despierto.
Ethan no entendió.
—¿Qué está despierto?
Claire abrió los ojos.
—El mecanismo.
La multitud comenzó a dispersarse.
No porque estuviera cansada.
Porque Daniel había hecho una señal discreta a dos hombres que permanecían cerca del bar.
Ethan los observó.
No tenían pinta de policías.
Tenían botas de trabajo.
Chaquetas oscuras.
Guantes.
Y ambos llevaban radios.
Claire también los vio.
—Ahora sí estamos en problemas.
—¿Quiénes son?
—Los que llevan años cuidando que nadie abra esta puerta.
Ethan dio un paso hacia ellos.
Claire le sujetó el brazo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque eso es exactamente lo que esperan.
Ethan la miró.
Por primera vez, Claire pareció sorprendida.
—Sigues pensando antes de actuar.
—Eso me enseñó mamá.
Claire sonrió con tristeza.
—Entonces todavía queda algo de ella en ti.
Los dos hombres comenzaron a acercarse.
Daniel caminaba detrás.
Ethan miró la calle.
La ferretería.
El bar.
La iglesia.
La fuente.
La cámara de seguridad colocada sobre una farola.
Era un pueblo.
Todos conocían a todos.
Eso significaba que, si alguien había mantenido un secreto durante años, no lo había hecho usando fuerza.
Lo había hecho usando silencio.
Ethan señaló la cámara.
—¿Funciona?
Claire negó.
—Daniel la controla.
—Entonces quiero que todos miren.
Se giró hacia los vecinos que aún quedaban.
—Quiero que alguien saque su teléfono y grabe.
Daniel dio un paso adelante.
—Ethan.
—Y quiero que Margaret cuente lo que pasó.
La anciana levantó la cabeza.
—No.
Ethan se acercó.
—Usted me dijo que mi hermana no murió.
Margaret tragó saliva.
—Sí.
—Entonces dígalo delante de todos.
La mujer miró alrededor.
Una de las ventanas del bar se abrió.
Alguien comenzó a grabar.
Otro vecino levantó el teléfono.
Daniel entendió demasiado tarde que la situación estaba cambiando.
Porque un secreto es fuerte mientras permanece oculto.
Cuando entra una cámara, deja de pertenecer a quien lo guardó.
Margaret respiró hondo.
—Hace veintitrés años, el cobertizo no era un almacén.
Ethan no dijo nada.
—Era una sala de pruebas.
—¿Pruebas de qué?
Margaret miró al Cascanueces.
—De sistemas mecánicos.
—¿Para juguetes?
La anciana negó.
—No.
Un murmullo recorrió la plaza.
—Entonces ¿para qué?
Margaret abrió la boca.
Pero no respondió.
Daniel se lanzó hacia ella.
Claire se interpuso.
—Ni se te ocurra.
Todo ocurrió en dos segundos.
Uno de los hombres corrió.
El otro cerró la puerta del cobertizo.
Y desde dentro llegó un ruido seco.
Clang.
Ethan giró.
La mandíbula del Cascanueces se había movido.
Apenas unos centímetros.
Pero se había movido.
La multitud gritó.
Daniel se quedó congelado.
Claire señaló la figura.
—Ya comenzó.
—¿Qué comenzó?
Ella lo miró.
—La cuenta atrás.
Ethan examinó la estructura.
No parecía magia.
Eso era lo primero que lo tranquilizó.
Había cables.
Poleas.
Palancas.
Engranajes.
Mecanismos antiguos.
Pero el sonido había sido demasiado preciso.
Algo interno estaba activándose.
Ethan se agachó.
Debajo del Cascanueces había una caja metálica atornillada al suelo.
Tenía una cerradura circular.
Claire sacó una llave.
La pequeña llave de la fotografía.
Ethan la reconoció.
—Mamá la tenía.
—Me la dio hace cuatro meses.
Ethan la miró.
—¿Hace cuatro meses? ¿Antes de morir?
Claire asintió.
—Me encontró.
—Entonces sabía que estabas viva.
—Sí.
—¿Y por qué me mintió?
Claire bajó la mirada.
—Para mantenerte lejos de esto.
—No funcionó.
—No.
Claire introdujo la llave.
Giró.
La caja se abrió.
Dentro había una cinta de vídeo, una libreta y una fotografía.
La fotografía mostraba la misma plaza.
Pero había cinco personas.
Laura.
Daniel.
Arthur Reed.
Claire.
Y un hombre desconocido.
Sobre su cara alguien había trazado una X.
Ethan tomó la libreta.
La primera página contenía una lista de fechas.
Diecisiete de diciembre.
Dieciocho.
Veinticuatro.
Treinta y uno.
Después, nombres.
Algunos tachados.
Otros encerrados en círculos.
El último nombre estaba limpio.
Ethan Walker.
Su propio nombre.
Y junto a él, una fecha.
La fecha del día siguiente.
Ethan cerró la libreta.
—¿Qué significa esto?
Claire no contestó.
—Claire.
—Significa que alguien sabía que volverías.
—¿Quién?
Ella miró hacia la iglesia.
—La misma persona que sabía dónde estaba yo.
Las campanas comenzaron a sonar.
Una.
Dos.
Tres veces.
Pero no era la hora.
El campanero no estaba allí.
Ethan miró el campanario.
Una luz apareció detrás de una ventana.
Entonces se apagó.
Claire palideció.
—Tenemos que irnos.
—No.
—Ethan.
—Ya corrimos demasiado.
—No entiendes.
—Entonces explícamelo mientras avanzamos.
Claire lo sujetó de la manga.
—Arthur Reed no era el jefe.
Ethan se quedó quieto.
—¿Qué?
—Él solo era un intermediario.
—¿Para quién?
Claire negó.
—Todavía no lo sé.
—Pero mamá lo sabía.
—Sí.
—Y Daniel también.
Claire miró a su tío.
—Daniel sabía una parte.
El rostro de Daniel se endureció.
—No sabes nada.
Ethan lo estudió.
—Entonces dime por qué mi nombre está en esa libreta.
Daniel no contestó.
Eso fue suficiente.
Ethan avanzó hacia él.
—Fuiste tú.
—No.
—Tú escribiste mi nombre.
—No.
—¿Quién entonces?
Daniel apretó los dientes.
—Tu madre.
Ethan quedó inmóvil.
Claire bajó la mirada.
Y aquella fue la segunda herida.
La primera había sido descubrir que Claire estaba viva.
La segunda era entender que Laura había estado mintiendo.
Quizá no para protegerlo.
Quizá para prepararlo.
Ethan recordó algo.
Una noche, cuando era adolescente, su madre había entrado en su habitación con una expresión extraña.
Le había dicho:
“Prométeme que nunca vas a volver a Valdemora.”
Él pensó que era miedo.
Ahora entendía que aquello sonaba más a advertencia que a súplica.
Ethan volvió al cobertizo.
La mandíbula estaba abierta.
Solo un poco.
Lo suficiente para mostrar un hueco negro.
Claire intentó detenerlo.
—No.
—Tengo que ver qué hay.
—Espera.
Ethan metió la mano.
Tocó metal.
Giró una pequeña palanca.
Algo encajó.
La boca del Cascanueces se abrió por completo.
Dentro no había madera.
No había dientes.
No había compartimento para caramelos.
Había un pasadizo.
Estrecho.
Oscuro.
Y una escalera descendente.
El aire que salió olía a tierra húmeda.
Claire cerró los ojos.
—Nunca llegué tan lejos.
—¿Quién sí?
Ella señaló a Daniel.
El hombre parecía haber envejecido diez años en un minuto.
—Él.
Ethan lo miró.
—¿Qué hay abajo?
Daniel respiró lentamente.
—La verdad.
—Eso no significa nada.
—Para ti sí.
Ethan descendió.
Claire lo siguió.
La escalera tenía diecisiete peldaños.
Al final había un corredor de piedra.
No era parte de ninguna construcción moderna.
Parecía mucho más antiguo.
Las paredes estaban cubiertas de marcas.
Algunas eran simples líneas.
Otras parecían nombres.
Ethan iluminó una.
MARTIN COLLINS.
Otra.
ELISE BENNETT.
Otra.
ARTHUR REED.
Y después vio el nombre de su madre.
LAURA WALKER.
Pero debajo había una fecha.
La fecha de su muerte.
Ethan sintió que el estómago se le contraía.
—Eso no es posible.
Claire se acercó.
—¿Qué?
Él señaló.
—Está escrito aquí antes de que muriera.
Claire no respondió.
—¿Cuándo estuvo aquí?
—No lo sé.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque nunca vi esta pared.
Entonces escucharon un sonido.
Pasos.
Desde el fondo.
Uno.
Dos.
Tres.
Claire apagó la luz.
Ethan contuvo la respiración.
Alguien caminaba lentamente hacia ellos.
Los pasos se detuvieron.
Silencio.
Luego una voz.
—No debiste bajar.
Ethan reconoció la voz.
No era Daniel.
No era Margaret.
Era la voz de Arthur Reed.
Pero Arthur llevaba muerto dieciséis años.
Claire se llevó una mano a la boca.
Ethan encendió la linterna.
El corredor estaba vacío.
No había nadie.
Sin embargo, una pequeña grabadora descansaba sobre una piedra.
La pantalla marcaba:
REPRODUCCIÓN 17.
Ethan se acercó.
La grabadora reprodujo nuevamente la voz.
—No debiste bajar.
Después otra voz.
La de Laura.
—Si Ethan llega aquí, significa que ya no pude detenerlos.
Ethan se quedó paralizado.
Claire cerró los ojos.
La voz continuó.
—Claire, escucha con atención. No confíes en Daniel. Pero tampoco confíes en la persona que te ayudó a escapar.
La grabación se detuvo.
Ethan miró a Claire.
—¿Quién te ayudó?
Ella tardó demasiado en responder.
—No puedo decírtelo.
—Eso significa que lo conoces.
—Sí.
—¿Sigue vivo?
Claire levantó los ojos.
—Sí.
Una gota de agua cayó desde el techo.
Ploc.
Ploc.
Ploc.
Ethan respiró lentamente.
No estaba enfadado.
Eso le preocupó más.
Porque estaba empezando a conectar las piezas.
La fotografía.
La llave.
La libreta.
El mecanismo.
La voz.
La advertencia.
Y el nombre de Laura escrito en la pared.
—Salimos de aquí —dijo.
Claire asintió.
Cuando regresaron a la plaza, ya no había casi nadie.
Daniel había desaparecido.
Margaret seguía junto a la fuente.
Ethan se acercó.
—¿Dónde está mi tío?
Margaret señaló la carretera.
—Se fue.
—¿Solo?
—No.
Ethan vio marcas recientes de neumáticos.
Habían salido del pueblo.
Pero había algo más.
Una caja pequeña sobre el banco.
Encima había una nota.
Ethan la abrió.
“Tu madre dejó una segunda llave.”
Nada más.
Claire se acercó.
—No.
—¿Qué?
—La segunda llave no debería existir.
—¿Por qué?
—Porque solo había una.
Ethan abrió la caja.
Dentro había una llave.
Más grande.
Negra.
Pesada.
Con una etiqueta de metal.
En ella aparecía la misma estrella dentro de un círculo.
Pero esta vez había una palabra.
ESTACIÓN.
Ethan levantó la vista.
—¿Qué estación?
Claire miró hacia el extremo del pueblo.
La antigua estación ferroviaria llevaba cerrada treinta años.
—Esa.
Caminaron durante quince minutos.
Las calles estaban vacías.
Solo se escuchaban sus pasos.
La estación parecía abandonada.
Había ventanas rotas.
Un reloj detenido.
Un cartel oxidado.
Y un andén donde ya no pasaba ningún tren.
Ethan introdujo la llave.
La puerta del antiguo despacho se abrió.
Dentro había polvo.
Una mesa.
Dos sillas.
Y un teléfono de disco.
No había electricidad.
Sin embargo, el teléfono sonó.
Una vez.
Dos.
Tres.
Claire no se movió.
Ethan levantó el auricular.
—¿Sí?
Silencio.
Luego una respiración.
Y una frase.
—Por fin.
Ethan miró a Claire.
La voz continuó.
—Tu madre siempre dijo que eras más inteligente que tu tío.
—¿Quién habla?
—Alguien que la conoció mejor que tú.
—¿Dónde está?
—¿Laura?
Ethan apretó el auricular.
—Sí.
Una pausa.
—¿Quieres saber dónde está realmente enterrada?
Claire cerró los ojos.
—No —susurró.
Ethan respondió:
—Sí.
La voz soltó una pequeña risa.
—Entonces abre la puerta detrás del reloj.
La llamada terminó.
Ethan giró lentamente.
El reloj estaba clavado a la pared.
No parecía moverse.
Se acercó.
Pasó los dedos por el marco.
Encontró una pequeña hendidura.
Empujó.
El reloj se desplazó.
Detrás había una puerta.
Claire retrocedió.
—No.
Ethan la miró.
—Otra vez no.
—No sabes lo que hay ahí.
—Precisamente por eso voy a abrir.
La puerta no tenía cerradura.
Solo una manija.
Ethan la giró.
Dentro había una habitación diminuta.
Una mesa.
Una lámpara.
Una silla.
Y una carpeta azul.
Sobre ella estaba escrito:
LAURA WALKER.
Ethan la abrió.
La primera página era un informe.
La segunda, una serie de fotografías.
La tercera era un mapa.
Pero la cuarta página hizo que Ethan dejara de respirar.
Era un certificado.
Nombre.
Laura Walker.
Estado.
Desconocido.
Fecha.
Trece días después de su supuesto fallecimiento.
Claire miró el documento.
—Eso no significa que estuviera viva.
Ethan levantó otra hoja.
Había una fotografía.
Laura.
En aquella misma habitación.
Más delgada.
Más vieja.
Pero viva.
Y detrás de ella se veía a un hombre.
Arthur Reed.
Ethan dio la vuelta a la fotografía.
Había una fecha.
Trece días después de la muerte oficial de Laura.
Claire se quedó inmóvil.
—Arthur murió antes que ella.
—Exacto.
Ethan colocó todas las fotografías sobre la mesa.
—Entonces alguien estaba usando su nombre.
—O alguien quería que creyéramos que había muerto.
—¿Por qué?
Claire miró una foto.
En el fondo había una puerta.
Sobre la puerta aparecía el símbolo de la estrella.
—Porque no querían que supiéramos que el proyecto seguía funcionando.
—¿Qué proyecto?
Claire no respondió.
En ese instante se escuchó un golpe en la puerta del despacho.
Los dos se giraron.
Golpe.
Otra vez.
Ethan cerró la carpeta.
La puerta del despacho comenzó a abrirse.
Apareció una silueta.
Un hombre alto.
Abrigo gris.
Cabello completamente blanco.
No era Daniel.
No era Arthur.
Claire dio un paso atrás.
—Él.
Ethan la miró.
—¿Es quien te ayudó?
Ella asintió.
—Sí.
El hombre entró.
Y sonrió.
—Hola, Claire.
Después miró a Ethan.
—Tu madre me pidió que esperara hasta que tú regresaras.
Ethan mantuvo la calma.
—¿Cómo se llama?
El hombre dejó un sobre sobre la mesa.
—Morgan Reed.
Ethan sintió un escalofrío.
—¿Reed?
—Sí.
—¿Arthur era tu padre?
Morgan sonrió.
—No.
Abrió el sobre.
Dentro había una última fotografía.
Ethan la sacó.
Era reciente.
Muy reciente.
La imagen mostraba el cobertizo del Cascanueces.
La noche anterior.
Y frente a él estaba Laura.
Viva.
Pero eso no era lo peor.
A su lado había otro hombre.
Ethan conocía ese rostro.
Lo había visto aquella misma tarde.
En la plaza.
Entre los vecinos.
El panadero.
El hombre que había grabado todo con su teléfono.
Ethan levantó lentamente la fotografía.
—Estaba aquí.
Morgan asintió.
—Sí.
Claire parecía incapaz de hablar.
Ethan pasó el dedo sobre la imagen.
—¿Dónde está mi madre?
Morgan no contestó.
—¿Dónde?
—En un lugar al que llegarás si haces exactamente lo que ella pidió.
—¿Y qué pidió?
Morgan abrió la puerta.
—Que no abras la segunda mandíbula.
Ethan se quedó inmóvil.
—¿Qué segunda mandíbula?
Morgan sonrió.
—La del original.
Y antes de que Ethan pudiera preguntar, todas las luces de la estación se apagaron.
En la oscuridad, el teléfono antiguo comenzó a sonar.
Una vez.
Dos.
Tres.
Después sonaron otros teléfonos.
Desde la plaza.
Desde la iglesia.
Desde el bar.
Desde las casas.
Uno tras otro.
Como si todo Valdemora hubiera despertado al mismo tiempo.
Claire agarró a Ethan del brazo.
—Tenemos que irnos.
Pero Ethan no se movió.
Miraba la fotografía.
En el fondo de la imagen, detrás de Laura, había un detalle que ninguno de ellos había notado.
Un reloj.
Y junto al reloj, escrito en una pared:
17:17.
Ethan recordó la libreta.
Recordó las fechas.
Recordó su propio nombre.
Y entonces entendió por qué el Cascanueces había comenzado a moverse justo después de que él llegara.
No estaba activándose.
Estaba respondiendo.
A su presencia.
A su nombre.
A su sangre.
Claire leyó la expresión de su hermano.
—¿Qué has visto?
Ethan levantó la fotografía.
—Esto no empezó hoy.
—No.
—Empezó cuando mamá murió.
Claire asintió lentamente.
—Sí.
—Y alguien ha estado esperando que yo regresara.
—Sí.
—Entonces dime una cosa.
Claire lo miró.
—¿Quién era el niño que aparece al fondo?
Claire tomó la fotografía.
Se quedó pálida.
Sus dedos comenzaron a temblar.
—No puede ser.
—¿Quién es?
Claire levantó los ojos.
—Ethan…
—¿Quién?
Ella dio un paso atrás.
—Ese niño eres tú.
Silencio.
Ethan negó lentamente.
—No.
—Sí.
—Esa foto es reciente.
Claire miró la fecha.
Y esta vez fue ella quien dejó de respirar.
La fotografía había sido tomada dos meses después del supuesto fallecimiento de Laura.
Ethan dio la vuelta a la imagen.
Había algo escrito detrás.
Una frase.
Solo una.
“Cuando vuelva a recordar, abrirá la segunda mandíbula.”
Y en ese instante, desde algún lugar muy profundo debajo de la estación, llegó un sonido.
Clang.
Metal contra metal.
Después otro.
Clang.
Y otro.
Clang.
Claire levantó la vista.
Ethan miró hacia el suelo.
La estación entera vibró apenas.
Morgan ya no sonreía.
Por primera vez parecía asustado.
—Nos encontraron —susurró.
—¿Quiénes?
Morgan señaló el reloj de la pared.
Las agujas habían empezado a moverse.
17:14.
17:15.
17:16.
Ethan sintió el frío en la nuca.
17:17.
El reloj se detuvo.
Un mecanismo escondido se activó bajo sus pies.
La pared del despacho se abrió lentamente.
Detrás apareció una escalera.
Mucho más profunda que la del cobertizo.
Y en la oscuridad del fondo, una pequeña luz roja comenzó a parpadear.
Claire susurró:
—Ahora sí empieza la verdad.
Ethan bajó el primer peldaño.
Entonces escuchó una voz.
La voz de su madre.
Muy cerca.
Demasiado cerca.
—Ethan, no bajes.
Él se detuvo.
Claire levantó la cabeza.
Morgan retrocedió.
La voz volvió a sonar.
Pero esta vez no venía de una grabación.
Venía de abajo.
—Ethan, hijo mío…
Y justo cuando él estaba a punto de responder, una mano apareció desde la oscuridad y dejó sobre el peldaño una llave idéntica a la primera.
Solo que esta vez tenía una pequeña placa grabada con una fecha.
La fecha del día siguiente.
Y debajo, tres palabras:
“TU HERMANA MIENTE.”
(FIN)