“Te doy un millón si me curas”, le dije… y el niño lo hizo con solo tocarme
Soy Richard Collins, tengo 46 años y toda mi vida creí que el dinero podía comprarlo todo. Casas, viajes, fama, incluso respeto. Nunca imaginé que el día que un niño me tocó la mano, comprendería que hay cosas que ni un millón de dólares puede pagar.
Todo comenzó en el hospital más caro de Nueva York. Estaba allí no como benefactor —como todos creían—, sino como paciente. Mi corazón, literalmente, se estaba apagando. Había gastado más de lo que cualquiera podría imaginar en tratamientos experimentales. Pero los doctores me dieron una sentencia: tres meses de vida.
Una tarde, mientras discutía con mi médico sobre la posibilidad de volar a Suiza por otro procedimiento, una enfermera joven se acercó.
—Señor Collins —dijo con voz tímida—, hay un niño en oncología que pregunta por usted.
—¿Por mí? —reí con desdén—. ¿Y qué querrá un niño enfermo de mí?
—Dice que puede ayudarlo —respondió ella, casi avergonzada.
Estuve a punto de decirle que lo echara, pero la curiosidad me ganó. ¿Un niño que quería “ayudarme”? Ridículo. Pero fui.
Cuando llegué a la sala de oncología, el aire olía a desinfectante y esperanza mezclados. Los pasillos estaban llenos de dibujos coloridos pegados en las paredes. En una de las habitaciones, un niño de unos ocho años me miraba desde la cama. Tenía la cabeza rapada, la piel pálida y los ojos más vivos que había visto jamás.
—¿Eres el señor Collins, el que tiene mucho dinero? —preguntó con una sonrisa inocente.
—Sí, soy yo —respondí, intentando sonar amable—. ¿Y tú quién eres?
—Soy Tommy —dijo—. Mi mamá dice que a veces puedo curar a la gente.

No pude evitar reír.
—¿Ah sí? Bueno, Tommy… si logras curarme, te daré un millón de dólares.
La enfermera me lanzó una mirada de reproche. Pero el niño no se ofendió.
—No quiero dinero, señor Collins —dijo tranquilo—. Quiero que crea.
“Que crea”. Dos palabras insignificantes para un hombre que solo creía en números y contratos. Sin embargo, Tommy estiró su pequeña mano y la puso sobre mi pecho. En ese momento, juro que el hospital se quedó en silencio.
No sentí electricidad ni milagros, solo una paz extraña. Era como si alguien hubiera detenido el ruido dentro de mí. El niño cerró los ojos y murmuró algo en voz baja, casi como una oración. Cuando los abrió, me miró y dijo:
—Ya está.
Sonreí con ironía.
—¿Eso es todo?
—Sí. Pero no lo sabrá hoy. Lo sabrá cuando deje de tener miedo.
Me fui sin decir más. Al día siguiente, mis resultados médicos llegaron: mi presión cardíaca se había estabilizado por primera vez en meses. Pensé que era coincidencia. Pero los días pasaron y me sentía mejor. Los dolores desaparecieron.
Regresé al hospital, exigí ver al niño. Pero me dijeron que Tommy había empeorado. Entré a su habitación sin permiso. Estaba conectado a máquinas, respirando con dificultad.
—Tommy… —dije temblando—. Creo que me curaste.
Él sonrió débilmente.
—No lo hice yo. Solo te recordé cómo sanar.
Sus palabras me atravesaron.
—Te prometí un millón…
Tommy negó con la cabeza.
—No lo necesito. Solo prometa que usará ese dinero para curar a otros.
Dos días después, Tommy murió.
Asistí a su funeral. Éramos pocas personas: su madre, dos enfermeras y yo. Durante la ceremonia, su madre me entregó una pequeña caja de madera.
—Tommy quería que la tuviera —me dijo entre lágrimas.
Dentro había un dibujo: un hombre con traje y corbata, con una gran sonrisa, sosteniendo la mano de un niño con una gorra. Debajo, con letras torcidas, decía:
“Gracias por creer.”
Nunca volví a ser el mismo. Vendí mis autos, mi yate, mi casa en Miami. Con el dinero que había prometido, fundé una organización llamada “El Milagro de Tommy”, que paga tratamientos para niños sin recursos.
Un año después, los doctores confirmaron lo que nadie podía explicar: mi corazón estaba completamente sano.
Uno de ellos, atónito, me dijo:
—Lo suyo no tiene explicación científica.
Yo solo respondí:
—Sí la tiene. Pero no se encuentra en un laboratorio.
Desde entonces, cada vez que visito los hospitales donde mi fundación ayuda, busco niños con los mismos ojos que tenía Tommy. A veces, cuando entro a una sala vacía, el aire se llena de una calma familiar. Siento una mano invisible sobre mi pecho… y una voz infantil que dice:
“Ya está.”
Hoy entiendo que Tommy no solo me curó el corazón físico, sino el que había olvidado usar. El que creía que podía comprar la felicidad con dinero.
Y aunque no pude darle su millón de dólares, me dio a mí un tesoro incalculable: la fe.
En mi oficina, sobre el escritorio donde antes se apilaban contratos y cifras, solo hay una cosa enmarcada: el dibujo que él me dio. Cada mañana, lo miro y sonrío.
Porque cada vez que mi ambición intenta volver, escucho la voz de aquel niño que no quería dinero, solo que yo creyera de verdad.
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