La presidenta de la urbanización me multó con 5.000 euros por pescar junto a mi propia cabaña, pero palideció cuando vio mi placa oficial….!
La presidenta de la urbanización me multó con 5.000 euros por pescar junto a mi propia cabaña, pero palideció cuando vio mi placa oficial….!
La mujer arrancó mi caña del soporte y la lanzó al suelo como si fuera basura.
—Queda usted expulsado del lago —dijo—. Y esta vez la multa será de cinco mil euros.
Detrás de ella, dos hombres con chalecos de seguridad bloquearon el embarcadero. Uno llevaba una cámara encendida. El otro sostenía una carpeta roja con mi nombre escrito en letras mayúsculas.
Yo miré la caña rota.
Después miré a la mujer.
Y sonreí.
No porque la situación fuera graciosa.
Sino porque acababa de cometer tres infracciones delante de un agente del Gobierno de Aragón.
Solo que todavía no sabía que ese agente era yo.
Mi nombre es Ethan Walker. Tengo cuarenta y dos años y, desde hacía cinco, era propietario de una pequeña cabaña de piedra junto al embalse de Valdearenas, en la provincia de Huesca.
No era una mansión.
No tenía piscina, césped perfecto ni una puerta automática con cámaras.
Era una construcción antigua, con vigas de madera oscura, persianas verdes y una chimenea que olía a encina durante los meses fríos. Mi embarcadero apenas medía seis metros. Al final había una vieja silla plegable, una caja para los aparejos y un pequeño farol que mi padre había comprado en Zaragoza antes de morir.
La cabaña estaba dentro de una urbanización privada llamada Los Olivos del Lago.
El nombre era pretencioso.
Los olivos más cercanos estaban a veinte kilómetros.
Cuando compré la propiedad, la presidenta de la comunidad era una profesora jubilada llamada Isabel Martín. Una mujer razonable. Si una rama caía sobre un camino, llamaba a mantenimiento. Si alguien organizaba una fiesta, pedía que bajaran la música después de medianoche. Nada más.
Pero Isabel enfermó y dejó el cargo.
Entonces apareció Karen Whitmore.
Sí, se llamaba Karen.
Era estadounidense, igual que yo, aunque llevaba quince años viviendo en España y hablaba castellano con una pronunciación tan perfecta que corregía a los camareros cuando usaban expresiones aragonesas.
Karen tenía cincuenta y tantos años, el cabello rubio cortado a la altura de la mandíbula y una colección interminable de gafas oscuras.
Su marido, Richard, había hecho fortuna vendiendo software de gestión hotelera. Compraron tres viviendas en la urbanización, reformaron dos y convirtieron la tercera en una especie de oficina administrativa.
Seis meses después, Karen fue elegida presidenta.
No porque fuera popular.
Porque la mayoría de los propietarios no asistió a la reunión.
Ganó por siete votos.
Tres eran de sus propias propiedades.
A partir de aquel día, Los Olivos del Lago dejó de parecer una comunidad de vecinos y comenzó a parecer un pequeño reino.
Primero instaló barreras nuevas.
Después prohibió aparcar caravanas.
Luego ordenó retirar las macetas que no coincidieran con una “paleta mediterránea aprobada”.
Una pareja de Teruel recibió una sanción de doscientos euros porque sus geranios eran “excesivamente rojos”.
Un anciano llamado Mateo tuvo que quitar una bandera del Real Zaragoza porque, según Karen, alteraba la armonía visual de la fachada.
Todos protestaban.
Nadie hacía nada.
Karen entendió muy pronto que las personas corrientes preferían pagar una multa pequeña antes que contratar a un abogado, perder una mañana en una oficina o discutir durante meses con una mujer que parecía no necesitar dormir.
Yo no tuve problemas con ella al principio.
Pasaba poco tiempo en la cabaña. Mi trabajo me llevaba por toda la comunidad autónoma, inspeccionando zonas de pesca, investigando capturas ilegales y colaborando en operativos contra furtivos.
Nunca hablaba demasiado de mi profesión.
No por misterio.
Por costumbre.
Cuando alguien preguntaba, decía que trabajaba para la administración ambiental.
La mayoría imaginaba que revisaba informes o medía árboles.
Me parecía bien.
En mayo recibí la primera carta de Karen.
“Advertencia por actividad de pesca no autorizada en zona comunitaria”.
La encontré pegada a mi puerta con cinta adhesiva.
Debajo del texto había una fotografía mía sentado en el embarcadero, con una taza de café y una caña apoyada entre las rodillas.
La imagen había sido tomada desde el sendero superior.
La fecha era incorrecta.
La normativa también.
El agua frente a mi cabaña formaba parte del dominio público hidráulico. La comunidad era propietaria de los caminos y de algunos accesos, pero no del embalse. Yo tenía licencia de pesca vigente, permiso para la modalidad utilizada y autorización para mantener aquel embarcadero, concedida antes incluso de que Karen comprara su primera casa.
Escribí una respuesta breve.
Le indiqué los artículos correspondientes.
Adjunté las copias de los permisos.
Creí que terminaría ahí.
Tres días después recibí una sanción de quinientos euros.
“Reincidencia y desafío a la autoridad comunitaria”.
Guardé el documento.
No pagué.
A la semana siguiente, Karen apareció en mi puerta a las ocho de la mañana.
Llevaba pantalones blancos, una camisa azul y una carpeta de cuero.
—Señor Walker, creo que no comprende la gravedad de su situación.
—La comprendo bastante bien.
—La comunidad ha establecido una moratoria de pesca.
—La comunidad no tiene competencia para establecerla.
Karen sonrió con paciencia, como si estuviera hablando con un niño lento.
—La urbanización gestiona el acceso al lago.
—Gestiona algunos caminos privados.
—Eso es una interpretación.
—No. Eso está escrito en el registro de la propiedad.
Su sonrisa se endureció.
—Quizá en Estados Unidos las normas sean distintas.
—Soy ciudadano español desde hace nueve años.
—No me refería a su pasaporte.
Aquella frase quedó suspendida entre nosotros.
No era un insulto directo.
Karen rara vez insultaba de forma directa.
Prefería dejar pequeñas manchas que luego pudiera negar.
Cerré la puerta.
Dos días después, encontré una cadena en el acceso al embarcadero.
La corté con una herramienta.
A la mañana siguiente, había otra.
La retiré.
El viernes apareció un cartel.
“Zona clausurada por riesgo ecológico”.
El cartel llevaba el logotipo de la comunidad y una imitación del escudo del Gobierno de Aragón.
Aquello ya no era una simple disputa vecinal.
Fotografié el cartel.
Anoté la hora.
Guardé una muestra del adhesivo utilizado para fijarlo.
Después llamé a mi superior, el inspector Carlos Navarro.
—¿Quieres que enviemos una patrulla? —preguntó.
—Todavía no.
—Ethan, están utilizando un símbolo institucional.
—Lo sé.
—Eso no es una multa por geranios.
—También lo sé.
—Entonces, ¿qué esperas?
Miré el lago desde la ventana.
Un barco pequeño avanzaba cerca de la orilla norte. Dos hombres levantaban algo pesado desde el agua.
—Quiero saber qué están intentando ocultar.
Carlos guardó silencio.
—¿Has visto algo?
—No lo suficiente.
Durante las semanas anteriores había recibido varios avisos anónimos sobre redes ilegales colocadas en el embalse.
No eran redes pequeñas.
Quien las instalaba conocía los movimientos de vigilancia y trabajaba de madrugada. Habían aparecido peces muertos cerca de una zona rocosa, muchos con marcas de enmalle. Dos pescadores encontraron boyas cortadas y un tramo de cuerda industrial.
El equipo había realizado inspecciones.
No encontramos nada.
Pero los avisos coincidían con una parte concreta del embalse.
La ensenada situada frente a Los Olivos del Lago.
De pronto, la obsesión de Karen por impedir que los propietarios pescaran comenzó a parecer menos absurda.
Empecé a observar.
No necesitaba cámaras sofisticadas.
Solo paciencia.
Cada noche dejaba las persianas ligeramente abiertas. Anotaba las matrículas de los vehículos que entraban después de medianoche. Marcaba los días en que la barrera permanecía levantada sin que hubiera visitas registradas.
Un martes, a las dos y diecisiete de la madrugada, vi pasar una furgoneta gris sin luces.
Un jueves, escuché un motor eléctrico junto a la orilla.
El sábado siguiente, encontré escamas de carpa sobre una tabla del embarcadero comunitario.
Las escamas estaban frescas.
Pero Karen había prohibido la pesca hacía casi un mes.
No la prohibió por ecología.
No la prohibió por seguridad.
No la prohibió para proteger el lago.
La prohibió para vaciar la orilla.
La prohibió para eliminar testigos.
La prohibió porque alguien estaba sacando algo del agua.
La prohibió porque pensaba que nadie se atrevería a desafiarla.
Aquella mañana entendí que la multa no era el problema.
Era una advertencia.
Y las advertencias suelen revelar de qué tiene miedo una persona.
El domingo siguiente saqué mi equipo a las siete de la mañana.
Lo hice de forma visible.
Coloqué la silla al final del embarcadero. Preparé una caña ligera. Abrí la caja de aparejos. Dejé mi licencia dentro de una funda transparente sobre la mesa.
No pretendía capturar nada.
Pretendía que Karen me viera.
Tardó diecinueve minutos.
Primero apareció un hombre llamado Brent Coleman. Era un antiguo agente inmobiliario de Florida y uno de los nuevos miembros de la junta comunitaria.
Llevaba un chaleco amarillo con las palabras “SEGURIDAD LOS OLIVOS”.
No existía ningún servicio de seguridad registrado con ese nombre.
—Tiene que marcharse —dijo.
—Buenos días, Brent.
—La zona está cerrada.
—¿Por quién?
—Por la junta.
—La junta no puede cerrar el embalse.
Miró hacia el sendero.
No estaba allí para hablar conmigo.
Estaba allí para esperar refuerzos.
Karen bajó tres minutos después.
Caminaba deprisa, seguida por otro hombre que grababa con el teléfono. Aquel era Neil Harper, tesorero de la comunidad y dueño de una empresa de excursiones acuáticas.
Neil nunca me había parecido peligroso.
Pero sí nervioso.
En cuanto llegó al embarcadero, evitó mirar el agua.
Karen se detuvo frente a mí.
—Le advertí.
—Me envió documentos sin validez legal.
—Le envié una notificación comunitaria.
—Con un escudo oficial falsificado.
Neil dejó de grabar durante un segundo.
Karen ni siquiera parpadeó.
—No sé de qué está hablando.
—Claro que sí.
—Está incumpliendo una orden de la presidencia.
—La presidencia de una comunidad no regula la pesca.
—Regula el uso de las instalaciones.
—Este embarcadero figura como instalación privativa de mi propiedad.
—Eso está en disputa.
—No.
Karen sacó un documento de la carpeta roja.
—Esta mañana, la junta ha aprobado una sanción de cinco mil euros por infracción continuada, manipulación de una clausura de seguridad y conducta intimidatoria contra representantes comunitarios.
Leí la primera página.
Habían incluido fotografías de la cadena cortada.
También una declaración firmada por Brent, asegurando que yo lo había amenazado físicamente.
Nunca lo había tocado.
—¿Cinco mil euros? —pregunté.
—Más los gastos administrativos.
—¿Y si no pago?
—La comunidad iniciará acciones para embargar su propiedad.
Brent sonrió detrás de ella.
Neil volvió a encender la cámara.
Karen dio un paso hacia mi caña.
—Ahora retire su equipo.
—No lo toque.
—Está abandonado en una zona clausurada.
—Lo tengo a menos de un metro.
—Está confiscado.
Agarró la caña por encima del carrete.
—Señora Whitmore —dije con calma—, le recomiendo que la suelte.
—¿Es una amenaza?
—Es una recomendación.
Karen tiró de la caña.
La punta chocó contra una barandilla. La fibra crujió y se partió.
Después la arrojó a las tablas.
Durante un instante, nadie habló.
El agua golpeó suavemente los pilares.
Una golondrina pasó bajo el techo de la cabaña.
Me incliné, recogí la parte rota y la dejé sobre la caja.
—Acaba de destruir una herramienta de trabajo —dije.
Karen soltó una risa breve.
—Es una caña de pescar.
—Sí.
—Puede añadirla a su lista de quejas.
—No será necesario.
Saqué el teléfono.
Karen levantó la barbilla.
—¿Va a llamar a la policía?
—No.
Pulsé un botón y envié mi ubicación en tiempo real.
Luego abrí la cremallera lateral de mi chaqueta.
Brent dio un paso hacia mí.
—Mantenga las manos donde pueda verlas.
No le hice caso.
Saqué una cartera negra, la abrí y la sostuve a la altura del pecho.
En el lado izquierdo estaba mi identificación.
En el derecho, la placa metálica.
El sol de la mañana se reflejó en el escudo oficial.
“AGENTE PARA LA PROTECCIÓN DE LA NATURALEZA”.
Debajo aparecía mi número profesional.
Karen miró la placa.
Después miró mi cara.
La seguridad desapareció de sus ojos durante menos de un segundo.
Pero fue suficiente.
Neil bajó el teléfono.
Brent dejó de sonreír.
—Mi nombre completo es Ethan James Walker —dije—. Soy agente medioambiental del Gobierno de Aragón, con funciones de inspección en materia de pesca continental, fauna y conservación del medio natural.
Karen abrió la boca.
No la dejé hablar.
—Su conversación está siendo grabada. Su acompañante también ha registrado parte de los hechos. Hace unos minutos usted ha destruido material de inspección, ha intentado impedir una actividad autorizada y ha presentado un documento que utiliza referencias falsas a competencias públicas.
—Esto es una propiedad privada —dijo Brent.
—El camino es privado. El agua no.
—No puede venir aquí fingiendo que pesca para investigarnos —dijo Karen.
Aquello fue interesante.
No preguntó qué investigaba.
Dijo “investigarnos”.
Neil la miró de golpe.
Karen comprendió el error.
—Me refiero a acosar a la junta —añadió.
—No he mencionado ninguna investigación.
Su rostro se tensó.
—Usted ha convertido un desacuerdo vecinal en una demostración de poder.
—No. Usted ha convertido una urbanización en una barrera para acceder a una zona pública.
—Tenemos abogados.
—Perfecto.
Desde la carretera llegó el sonido de dos motores.
Karen se giró.
Un vehículo verde del servicio provincial descendió por el sendero, seguido por un todoterreno de la Guardia Civil.
Carlos había decidido que mi mensaje era suficiente.
Dos compañeros salieron del primer vehículo. Del segundo bajaron un sargento y una agente del SEPRONA.
Neil dio un paso atrás.
—Yo no sabía que esto iba a pasar —murmuró.
Karen lo atravesó con la mirada.
—Cállate.
La agente del SEPRONA se acercó.
—¿Señor Walker?
—Aquí.
Le entregué la carpeta roja, mi licencia y una memoria con las fotografías tomadas durante el último mes.
Karen cruzó los brazos.
—Exijo hablar con mi abogado antes de que entren en cualquier instalación comunitaria.
—Puede llamar a quien quiera —respondió el sargento—. Pero primero vamos a identificar a todos los presentes.
—No tienen una orden.
—No necesitamos una orden para realizar comprobaciones en el dominio público ni para inspeccionar una actividad relacionada con pesca ilegal.
Karen apretó los labios.
Neil se pasó una mano por la frente.
El sargento pidió sus documentos.
Mientras los revisaba, uno de mis compañeros examinó la caña rota.
—¿Material oficial? —preguntó.
—Asignado para toma de muestras y comprobaciones.
Karen palideció un poco más.
No era exactamente una mentira.
Aquella caña estaba registrada como equipo auxiliar desde una operación del año anterior. No era especialmente valiosa, pero destruirla complicaba las cosas.
Brent intentó alejarse hacia el sendero.
La agente del SEPRONA lo detuvo con una mano.
—Quédese aquí.
—Tengo que ir al baño.
—Espere.
—No estoy detenido.
—Entonces no haga que tengamos que detenerlo.
Brent se quedó quieto.
Carlos llegó junto al embarcadero y me entregó unos guantes.
—La barca está en camino —dijo en voz baja.
Karen lo escuchó.
—¿Qué barca?
Nadie respondió.
A los pocos minutos apareció una embarcación oficial por el extremo norte de la ensenada. La conducían dos agentes. En la proa llevaban un sonar portátil y ganchos de recuperación.
Neil comenzó a respirar más rápido.
Karen permaneció inmóvil.
—¿Hay algo que quiera decirnos antes de que inspeccionemos la zona? —pregunté.
—No.
—¿Seguro?
—Lo único que encontrarán es agua.
Carlos bajó al embarcadero.
—Eso suele ser lo primero.
La embarcación inició un recorrido lento junto a la orilla.
Mientras tanto, el sargento revisó los documentos de la comunidad. La supuesta orden ecológica no tenía número de expediente. El informe de riesgo estaba firmado por un “consultor ambiental” llamado D. Palmer.
No constaba ningún número de colegiado.
No había empresa.
No había dirección fiscal.
La dirección de correo terminaba en un dominio gratuito.
—¿Quién es D. Palmer? —preguntó el sargento.
Karen se encogió de hombros.
—Un profesional recomendado por el administrador.
—¿Nombre completo?
—No lo recuerdo.
—¿Le pagaron?
—Eso lo gestiona tesorería.
Todos miraron a Neil.
Él tragó saliva.
—Recibí una factura.
—¿Cuánto?
—Dos mil cuatrocientos.
—¿La comunidad pagó dos mil cuatrocientos euros a una persona cuyo nombre completo desconoce?
—La presidenta aprobó el gasto.
—La junta lo aprobó —corrigió Karen.
—No hubo reunión —dijo Neil.
El silencio cayó de golpe.
Karen giró despacio hacia él.
—Cuidado.
Neil parecía a punto de vomitar.
—Solo firmamos una autorización provisional.
—Neil.
—Me dijiste que era temporal.
—No diga nada más —ordenó Karen—. Espere al abogado.
Pero el miedo ya había roto la lealtad de Neil.
—Yo no coloqué las redes.
Karen cerró los ojos un instante.
Carlos me miró.
El sargento dio un paso hacia Neil.
—Nadie ha mencionado redes.
Neil comenzó a temblar.
—He dicho que no las coloqué.
—¿Qué redes?
—Las que… las que puedan encontrar.
Karen levantó una mano.
—Se acabó. Esta conversación ha terminado.
—Para usted quizá —dijo el sargento.
La voz llegó desde la embarcación oficial.
—¡Tenemos algo!
Uno de los agentes levantó el brazo.
La barca redujo la velocidad. Lanzaron un gancho y comenzaron a tirar de una cuerda sumergida.
Primero apareció una boya negra, cubierta de algas.
Luego una línea gruesa.
Después emergió una red de enmalle de casi cuarenta metros.
Había peces atrapados.
Algunos todavía se movían.
Otros llevaban varios días muertos.
Carpas.
Luciopercas.
Barbos.
Y, en un extremo, un ejemplar de nutria joven en avanzado estado de descomposición.
La agente del SEPRONA dejó escapar el aire lentamente.
Karen no miró la red.
Miró a Neil.
—¿Sabías que había una nutria? —preguntó.
Neil levantó la vista.
Ese fue su segundo error.
El primero había sido hablar.
—No —respondió—. Dijiste que revisaban las redes cada noche.
Brent murmuró una maldición.
Karen se quedó completamente quieta.
El sargento señaló el vehículo.
—Los tres van a acompañarnos mientras aclaramos esto.
—No puede detenerme por una frase fuera de contexto —dijo Karen.
—No está detenida todavía. Está siendo requerida para identificación y declaración inicial.
—Me niego.
—Está en su derecho de no declarar. No está en su derecho de marcharse mientras comprobamos su participación en una posible infracción penal contra la fauna.
Karen miró hacia las casas.
Varias personas observaban desde las terrazas.
Mateo, el anciano de la bandera, había salido con unos prismáticos.
Una pareja joven grababa desde el sendero.
La reina de Los Olivos del Lago estaba perdiendo su reino en público.
Karen no gritó.
No lloró.
No pidió perdón.
Hizo lo que hacen las personas acostumbradas a sobrevivir.
Calculó.
—Neil gestionaba los accesos nocturnos —dijo—. Su empresa organiza excursiones. Tiene llaves de las barreras y utiliza embarcaciones.
Neil la miró horrorizado.
—Tú me diste las matrículas.
—No sé de qué habla.
—Están en tus mensajes.
Karen no reaccionó.
Pero sus dedos se cerraron alrededor del bolso.
La agente lo vio.
—Deje el bolso en el suelo.
—Es propiedad personal.
—Déjelo en el suelo.
Karen obedeció.
Dentro encontraron dos teléfonos.
Uno era moderno, con funda blanca.
El otro era antiguo, de botones, sin contactos guardados.
El sargento introdujo ambos en bolsas de evidencia.
Karen me miró por primera vez desde que había aparecido la red.
Ya no había superioridad en sus ojos.
Tampoco miedo.
Había odio.
—Usted preparó esto —dijo.
—Usted rompió mi caña.
—Llevaba semanas provocándonos.
—Llevaba semanas dándoles oportunidades para detenerse.
—No sabe con quién se está metiendo.
Carlos se acercó.
—Eso suele sonar más intimidante antes de que encontremos una nutria muerta.
Karen sonrió.
Fue una sonrisa pequeña.
Casi tranquila.
—La nutria no es lo importante.
Neil comenzó a negar con la cabeza.
—Karen, no.
Ella lo ignoró.
—¿Cree que todo esto era por vender unos peces?
No contesté.
Sabía que quería que preguntara.
Quería recuperar el control revelando solo una parte.
No se lo di.
El sargento la acompañó hacia el todoterreno.
Brent fue detrás.
Neil se quedó unos segundos junto a mí.
Tenía el rostro gris.
—Yo solo firmaba facturas —dijo.
—Y abría la barrera.
—No sabía todo.
—Pero sabía algo.
—Karen dijo que era para controlar especies invasoras. Que había compradores autorizados. Que parte del dinero volvería a la comunidad.
—¿Volvió?
Neil miró hacia la casa de Karen.
Era la propiedad más grande de la urbanización. Tenía muros de piedra nueva, piscina climatizada y un garaje con tres puertas.
—Al principio —respondió—. Después dejó de enseñar las cuentas completas.
—¿Quiénes entraban de noche?
—Hombres de fuera.
—¿Nombres?
—No.
—¿Matrículas?
—Quizá estén en el ordenador de la oficina.
Karen, desde el vehículo, golpeó dos veces la ventanilla.
Neil se sobresaltó.
—Ella sabe que estoy hablando.
—Ya no importa.
—No lo entiende.
—Explíquemelo.
Neil miró a los agentes. Después miró el agua.
—Las redes no estaban siempre ahí.
—Eso ya lo sabemos.
—Las colocaban cuando recibían un mensaje.
—¿De quién?
—No lo sé. Karen usaba el teléfono viejo.
—¿Qué decía el mensaje?
Neil se humedeció los labios.
—Solo una palabra.
—¿Cuál?
—“Entrega”.
Antes de que pudiera preguntarle más, el sargento lo llamó.
Neil caminó hacia el vehículo con los hombros hundidos.
Durante las siguientes horas recuperamos cuatro redes.
Encontramos treinta y siete peces muertos, varias aves acuáticas y la nutria.
También hallamos cajas de plástico enterradas bajo una lona cerca del embarcadero comunitario. En su interior había guantes, etiquetas, bolsas selladas y una balanza industrial.
No había dinero.
No había documentos.
No había pescado preparado para vender.
Aquello no parecía una operación improvisada.
Parecía una cadena logística.
La oficina comunitaria fue precintada hasta obtener autorización judicial para registrar los equipos informáticos.
Los vecinos comenzaron a reunirse en el aparcamiento.
Todos tenían historias.
A Mateo le habían prohibido caminar cerca del muelle después de las diez.
A una mujer llamada Laura le retiraron la llave de acceso porque fotografió una furgoneta.
Un propietario alemán había recibido una sanción de mil euros por navegar de madrugada.
La urbanización había construido un muro de multas alrededor de la ensenada.
Y todos habían supuesto que Karen solo era una fanática del control.
Esa era su mejor defensa.
Ser tan desagradable que nadie buscara una explicación más profunda.
Al atardecer, cuando el último vehículo oficial se marchó, me quedé solo en mi embarcadero.
La caña rota seguía sobre la mesa.
El sol descendía detrás de las montañas. La superficie del embalse parecía una lámina de cobre.
Mateo apareció con dos cervezas.
—No debería beber durante una actuación de servicio —le dije.
—Ya no está actuando.
—Todavía estoy tomando notas.
—Entonces tome notas con una cerveza en la mano.
Acepté la botella.
Mateo se sentó en la silla plegable.
—Sabía que Karen acabaría metiéndose con la persona equivocada.
—También se metió con usted.
—Sí, pero yo solo tengo una bandera.
Observamos el agua en silencio.
—¿Qué cree que hacían? —preguntó.
—Todavía no lo sé.
—Vendían pescado.
—Quizá.
—No parece convencido.
Miré las marcas de barro en las tablas.
—Las redes eran demasiado arriesgadas para la cantidad de dinero que podían obtener. Cuatro redes, acceso controlado, matrículas falsas, documentos ambientales inventados… Hay formas más fáciles de ganar unos miles de euros.
Mateo bebió un sorbo.
—Entonces, buscaban otra cosa.
—O utilizaban los peces para cubrir otra cosa.
La noche cayó despacio.
A las diez, recibí una llamada de Carlos.
—Tenemos una novedad.
—¿Sobre los teléfonos?
—No hemos podido abrirlos aún. Es otra cosa.
—Dime.
—La matrícula de la furgoneta gris pertenece a un vehículo robado en Toulouse hace seis meses.
—¿Quién conducía?
—No lo sabemos. Pero apareció en una cámara de tráfico cerca de la urbanización cuatro veces.
—¿Fechas?
Carlos me las leyó.
Las anoté.
Tres coincidían con las noches en que había escuchado el motor eléctrico.
La cuarta era distinta.
Correspondía a febrero, tres meses antes de la supuesta moratoria de pesca.
—Hay más —dijo Carlos—. La patrulla ha revisado el almacén de Neil.
—¿Con orden?
—Su abogado autorizó una inspección voluntaria. Cree que colaborar reducirá su responsabilidad.
—¿Qué encontraron?
—Dos motores eléctricos, redes nuevas y una caja refrigerada.
—Eso encaja.
—También encontraron mapas.
—¿Mapas de pesca?
—No exactamente.
Carlos hizo una pausa.
—Son copias de planos antiguos del embalse. De antes de que inundaran el valle.
Me incorporé en la silla.
El embalse de Valdearenas había cubierto varias construcciones décadas atrás: caminos, corrales, restos de una aldea abandonada y una vieja central hidráulica.
—¿Qué zonas estaban marcadas?
—La ensenada frente a tu cabaña.
Sentí un frío leve en la nuca.
—Envíame una foto.
El mensaje llegó unos segundos después.
Amplié la imagen.
Era un plano amarillento, con líneas topográficas y anotaciones hechas a mano. Había una cruz roja bajo el agua, a unos cien metros del embarcadero.
Junto a la cruz aparecía una palabra.
“Cámara”.
—¿Alguna idea? —preguntó Carlos.
—No.
Pero mentí.
Recordaba aquella palabra.
Dos años antes, durante una inspección de obras ilegales, un historiador local nos había hablado de una cámara de mantenimiento construida bajo la antigua central.
Un espacio sellado.
Teóricamente vacío.
Según los archivos, había quedado inundado cuando llenaron el embalse.
—Carlos, ¿Karen sigue en dependencias?
—Sí. Su abogado acaba de llegar.
—Que nadie le muestre el plano.
—¿Por qué?
—Porque si la marca es correcta, las redes no servían para pescar.
Miré la oscuridad del lago.
—Servían para mantener a la gente lejos de ese punto.
Mateo dejó la cerveza sobre la mesa.
—¿Qué ocurre?
Antes de responder, escuché algo bajo las tablas.
Un golpe.
Seco.
Después otro.
Me levanté.
El sonido venía de la parte inferior del embarcadero.
Encendí la linterna del teléfono y me incliné.
Una pequeña caja metálica estaba atada a uno de los pilares con un cable negro.
No la había visto por la mañana.
La cuerda estaba húmeda.
Alguien la había colocado después de que terminaran las inspecciones.
—Carlos —dije—, necesito que vuelvas.
—¿Qué has encontrado?
—Todavía no lo sé.
Mateo retrocedió.
Me puse guantes y corté el cable.
La caja pesaba más de lo esperado.
No tenía cerradura.
Solo una tapa sujeta con dos cierres laterales.
En la parte superior había una pegatina blanca.
Mi nombre estaba escrito a mano.
“ETHAN WALKER”.
—No la abras —ordenó Carlos por teléfono—. Aléjate y espera.
Entonces escuché un motor.
No en la carretera.
En el agua.
Una luz apareció al otro lado de la ensenada.
Pequeña.
Baja.
Se movía hacia nosotros sin luces de navegación.
Agarré a Mateo por el brazo.
—Entre en la cabaña.
—¿Y usted?
—Dentro. Ahora.
Mateo corrió hacia la puerta.
Yo arrastré la caja tras una pared de piedra y apagué la linterna.
El motor se detuvo a cincuenta metros.
La embarcación quedó oculta en la oscuridad.
No escuché voces.
Solo el agua.
Después mi teléfono vibró.
Un mensaje de un número desconocido.
Abrí la pantalla.
Había una fotografía.
En la imagen aparecía mi padre, sentado junto al antiguo farol del embarcadero.
La foto había sido tomada once años antes.
Tres días antes de su muerte.
Debajo, una frase:
“Tu padre también encontró la cámara.”
Levanté la vista hacia el lago.
El motor volvió a arrancar.
Y desde la oscuridad, alguien encendió una potente luz roja que apuntó directamente a la puerta de mi cabaña.