La niña de la montaña heredó unas tierras que todo...

La niña de la montaña heredó unas tierras que todos consideraban basura, pero dentro del viejo granero encontró algo que podía valer millones y revelar un secreto familiar enterrado durante décadas….

La niña de la montaña heredó unas tierras que todos consideraban basura, pero dentro del viejo granero encontró algo que podía valer millones y revelar un secreto familiar enterrado durante décadas….

Cuando Emily Carter llegó al pueblo para enterrar a su padre, el alcalde le dijo delante de todos que acababa de heredar “un pedazo de montaña que no servía ni para criar cabras”.

Diez minutos después, su primo Ryan se rio en su cara y le ofreció quinientos euros por quedarse con las tierras.

Emily no discutió.

Solo miró el viejo granero detrás de la casa de piedra, vio que una de sus vigas estaba recién cambiada y pensó:

Alguien había estado allí.

Y no hacía mucho.

El funeral se celebró bajo un cielo gris, de esos cielos del norte que parecen hechos de lana mojada.

El pequeño cementerio estaba rodeado de montañas.

Muros de piedra.

Prados inclinados.

Castaños enormes.

Y, al fondo, una hilera de casas con tejados oscuros donde empezaban a encenderse las primeras chimeneas de la tarde.

Emily llevaba un abrigo negro sencillo y botas de montaña.

No parecía una heredera.

Parecía una mujer que había venido a resolver un problema y marcharse.

Tenía treinta y cuatro años.

Había crecido a miles de kilómetros de allí, en Oregón, y desde niña había escuchado historias fragmentadas sobre aquella tierra.

Su padre, Thomas Carter, nunca hablaba demasiado.

Decía que la montaña era peligrosa.

Decía que allí nadie perdonaba una deuda.

Decía que su abuelo había cometido errores.

Y después cambiaba de tema.

Ahora Thomas estaba muerto.

Y Emily tenía sus llaves.

Ryan, su primo, llevaba veinte años viviendo en una de las casas del valle.

Había engordado.

Tenía la sonrisa torcida de quien está acostumbrado a salirse con la suya.

Durante el entierro no dejó de mirar el bolso de Emily.

Como si esperara que dentro apareciera un título de propiedad.

Cuando terminaron, el alcalde, Harold Bennett, se acercó con las manos cruzadas sobre el bastón.

—Emily, muchacha, tu padre era un buen hombre. Pero esas tierras… sinceramente, nadie aquí las quiere.

Ella lo miró.

—¿Nadie?

—Son improductivas.

Ryan soltó una risita.

—Ni siquiera están conectadas bien con la carretera.

—¿Y cuánto valen? —preguntó Emily.

El alcalde se encogió de hombros.

—Poco.

Ryan intervino.

—Te doy quinientos por todo.

Emily giró la cabeza lentamente.

—¿Quinientos euros?

—Es un favor.

—Entonces hazme otro.

Ryan dejó de sonreír.

—¿Cuál?

—No me hagas favores.

Hubo un silencio incómodo.

Una mujer mayor hizo la señal de la cruz.

Alguien carraspeó.

Emily recogió las llaves de la casa que le había entregado el notario y caminó hacia el sendero.

No miró atrás.

Pero mientras avanzaba, escuchó a Ryan decirle al alcalde:

—No sabe lo que tiene.

Emily se detuvo un segundo.

Aquella frase se le quedó clavada.

No sabe lo que tiene.

No sabe lo que tiene.

No sabe lo que tiene.

No sabe lo que tiene.

No sabe lo que tiene.

Siguió caminando.

La casa estaba a veinte minutos del pueblo.

Era una construcción antigua de piedra, madera oscura y ventanas pequeñas.

A un lado había un establo caído.

Al otro, un granero enorme con las puertas cerradas.

Emily había visto fotografías de aquella propiedad cuando era niña.

Pero las fotografías mentían.

En ellas, la casa parecía romántica.

En persona parecía cansada.

El jardín estaba cubierto de maleza.

Había tejas rotas.

Una vieja silla de madera descansaba junto a la puerta, mojada por la lluvia.

Emily abrió.

El aire olía a polvo, manzanas secas y madera.

Dejó la maleta sobre una mesa.

Miró las paredes.

Había fotografías familiares.

Thomas de niño.

Un hombre que debía ser su abuelo.

Una mujer desconocida.

Un caballo blanco.

Y una fotografía que llamó su atención.

La tomó.

Su padre aparecía con diecisiete años, de pie frente al granero.

A su lado estaba una chica.

La chica llevaba una cinta roja en el cabello.

Emily nunca la había visto.

Detrás de ambos aparecía la puerta del granero.

En la esquina inferior de la fotografía, alguien había escrito una fecha.

Emily frunció el ceño.

Su padre siempre había dicho que pasó su adolescencia en Estados Unidos.

Nunca mencionó una chica española.

Nunca mencionó aquel granero.

Nunca mencionó el pueblo.

Dejó la fotografía sobre la mesa.

Después oyó un ruido.

Toc.

Emily se giró.

Nada.

Toc.

Esta vez más fuerte.

Venía del granero.

Tomó una linterna y salió.

La lluvia empezaba a caer.

Atravesó el patio.

La cerradura del granero estaba abierta.

Emily se quedó quieta.

Recordó que el notario le había dicho que nadie había entrado en la propiedad desde hacía años.

Metió la mano en el bolsillo.

Sacó las llaves.

No necesitaba usarlas.

Abrió la puerta.

El olor fue inmediato.

Hierro.

Aceite.

Madera húmeda.

Y algo más.

Algo parecido al humo viejo.

Encendió la linterna.

El interior estaba lleno de herramientas antiguas, barriles, sacos y piezas de maquinaria.

Había un tractor oxidado.

Una mesa de trabajo.

Cajas.

Y, en el fondo, un viejo armario metálico.

Emily avanzó.

Entonces vio la viga.

Era nueva.

Demasiado nueva.

Tocó la madera.

Todavía estaba limpia.

La habían cortado y colocado recientemente.

Se agachó.

Debajo de la viga había barro fresco.

No mucho.

Pero suficiente.

Alguien había estado reparando aquella parte.

No para arreglarla.

Para ocultarla.

Emily iluminó la pared.

Descubrió una pequeña línea vertical entre dos tablas.

Parecía una puerta.

Presionó.

Nada.

Volvió a presionar.

Se oyó un clic.

La tabla cedió.

Detrás había un hueco.

Y dentro del hueco había una caja de metal.

Emily la sacó.

Pesaba mucho.

Tenía una cerradura.

No había llave.

Pero en la tapa había una frase grabada con algo afilado.

NO CONFÍES EN EL HOMBRE QUE TE OFREZCA AYUDA PRIMERO.

Emily sintió un escalofrío.

No por la frase.

Por la letra.

Reconoció aquella forma de escribir.

Era la letra de su padre.

Abrió la caja usando una barra de hierro.

Dentro encontró tres cosas.

Un cuaderno negro.

Una llave pequeña.

Y una fotografía.

La fotografía mostraba el mismo granero.

Pero el granero estaba nuevo.

Y delante había cinco hombres.

Uno era su abuelo.

Otro era Thomas.

El tercero era un hombre de unos cuarenta años.

Los otros dos habían sido marcados con una X roja.

Emily acercó la linterna.

En la parte posterior de la fotografía había una dirección.

No era una dirección postal.

Eran coordenadas.

Emily sacó su teléfono.

Las escribió.

El punto señalado estaba apenas a cuatro kilómetros de allí.

En una zona de la montaña conocida como El Barranco del Lobo.

Ella conocía ese nombre.

Su padre lo había pronunciado una sola vez cuando tenía doce años.

Emily recordaba la escena.

Estaban cenando.

Ella había preguntado:

—¿Por qué nunca volvemos a España?

Thomas había dejado el tenedor.

Se había quedado mirando el plato.

Y había respondido:

—Porque algunas montañas recuerdan demasiado.

Aquella noche, Emily había pensado que era una frase bonita.

Ahora ya no.

Abrió el cuaderno.

La primera página estaba llena de números.

Fechas.

Cantidades.

Nombres.

En una hoja aparecía una palabra repetida varias veces.

ASTURIAS.

En otra aparecía:

ORO.

Emily sintió que el pulso se le aceleraba.

No quería imaginar tesoros.

No quería alimentar una fantasía.

Pero siguió leyendo.

Había registros de envíos.

Pequeñas sumas.

Nombres de empresas.

Direcciones de bancos.

Y una cifra que aparecía encerrada en un círculo:

14.800.000.

Emily cerró el cuaderno.

—No —susurró.

Oyó un coche afuera.

Las luces atravesaron la ventana del granero.

Alguien había llegado.

Emily apagó la linterna.

Se quedó inmóvil.

El coche se detuvo frente a la casa.

Una puerta se abrió.

Pasos.

Uno.

Dos.

Tres.

Emily caminó en silencio hacia la pared.

Entonces escuchó la voz de Ryan.

—Emily.

Ella no respondió.

—Sé que estás ahí.

La puerta del granero se abrió un poco.

La luz de una linterna recorrió el suelo.

—No deberías estar removiendo cosas de tu padre.

Emily apretó el cuaderno contra el pecho.

—¿Por qué?

Silencio.

Ryan respondió:

—Porque hay cosas que es mejor dejar enterradas.

Emily miró el agujero donde había encontrado la caja.

—¿Qué cosas?

—Todo esto te viene grande.

Ella sonrió ligeramente.

—Eso ya me lo dijeron hoy.

—No estoy bromeando.

—Yo tampoco.

Ryan se acercó.

—Mañana habla con Harold.

—¿Por qué?

—Quiere ayudarte a poner la propiedad a tu nombre y venderla.

—¿Y tú cuánto quieres pagarme?

Ryan guardó silencio.

Emily comprendió algo.

Había respondido demasiado rápido esa mañana.

Cinco minutos después, Ryan se marchó.

Emily esperó.

No se movió durante varios minutos.

Después miró la caja metálica.

Y entonces entendió.

Ryan no había venido por la tierra.

Había venido por el contenido.

Aquella noche Emily no durmió.

Leyó el cuaderno hasta las cuatro de la mañana.

Las anotaciones no formaban una historia completa.

Parecían piezas de una máquina rota.

Pero había un patrón.

En los años ochenta, una empresa llamada North Vale Mining había solicitado permisos para explorar una zona montañosa cerca del pueblo.

El permiso había sido rechazado.

Meses después, comenzaron a aparecer transferencias de dinero.

Grandes cantidades.

A personas que no tenían relación aparente con la minería.

Un profesor.

Un funcionario.

Un transportista.

Un abogado.

Un médico.

Y una persona identificada solo con una inicial:

G.

Emily pasó la mano por la página.

Su padre había escrito una frase al margen.

“G no es un hombre. G es una estructura.”

Emily se levantó.

Fue a la cocina.

Abrió una ventana.

El aire frío le golpeó la cara.

Abajo, el pueblo dormía.

Las farolas amarillas parecían pequeñas velas.

A lo lejos, un campanario marcaba las cinco.

Emily recordó algo.

El notario.

Evan Miller.

Antes del entierro le había dicho:

—Tu padre dejó instrucciones adicionales.

Emily había pensado que se refería a documentos.

Quizá no.

A las ocho de la mañana, bajó al pueblo.

La cafetería estaba llena.

Hombres mayores hablando de fútbol.

Una mujer preparando tostadas.

El sonido de cucharillas chocando contra tazas.

Emily se sentó sola.

Una señora llamada Maria Collins se acercó.

—Tú eres la hija de Thomas.

Emily levantó la vista.

—Sí.

Maria dejó el café sobre la mesa.

—Tenía los ojos de tu madre.

Emily no dijo nada.

Maria se sentó.

—Tu padre no fue un cobarde.

Emily la observó.

—Nunca he dicho que lo fuera.

—Todos aquí lo pensaron.

—¿Por qué?

Maria miró alrededor.

—Porque se fue.

—¿Y qué hizo antes de irse?

Maria tardó en responder.

—Descubrió algo.

Emily sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué?

Maria bajó la voz.

—Un hombre desapareció.

—¿Quién?

—David Collins.

Emily se quedó inmóvil.

—¿Tu marido?

Maria asintió.

—Desapareció en 1981.

—¿Qué tiene que ver mi padre?

—Lo último que vio David fue a Thomas entrando al Barranco del Lobo.

Emily dejó el café.

—¿Y tú sigues creyendo que mi padre fue culpable?

Maria negó con la cabeza.

—No.

—¿Entonces qué crees?

Maria la miró directamente.

—Creo que tu padre intentó salvarlo.

Antes de que Emily pudiera preguntar más, la puerta de la cafetería se abrió.

Entró Harold Bennett.

Detrás de él apareció Ryan.

El alcalde caminó hasta la mesa.

—Emily.

—Harold.

—Necesitamos hablar.

—Parece que hoy todos necesitan hablar conmigo.

Harold se sentó.

—He traído documentos.

Colocó una carpeta sobre la mesa.

Emily no la abrió.

—¿Qué documentos?

—Una propuesta.

—¿De quién?

—De una empresa interesada en comprar las tierras.

—¿Qué empresa?

Harold sonrió.

—No importa.

—Para mí sí.

Ryan intervino.

—Emily, te estás complicando la vida.

Ella lo miró.

—Eso parece.

Harold empujó la carpeta.

—Tres mil euros.

Emily casi se rio.

—Ayer eran quinientos.

Ryan se movió incómodo.

—Es una oferta justa.

Emily abrió la carpeta.

Dentro había un contrato.

Pero algo llamó su atención.

En el encabezado aparecía el nombre de la empresa.

North Vale Renewables.

No Mining.

Renewables.

Emily pasó el dedo por el papel.

Mismo nombre.

Otra fachada.

Otra época.

Levantó la vista.

—¿Quién es el dueño?

Harold respondió demasiado rápido.

—Una sociedad.

—¿Cuál?

—No necesitas saberlo.

Emily cerró la carpeta.

—Entonces no necesito vender.

Harold dejó de sonreír.

—No entiendes cómo funcionan estas cosas aquí.

Emily se inclinó hacia delante.

—No.

Hizo una pausa.

—Pero entiendo cuándo alguien quiere algo desesperadamente.

Se levantó.

Dejó el contrato sobre la mesa.

Y salió.

Afuera, el aire olía a lluvia.

Emily caminó hasta la plaza.

No tenía pruebas suficientes.

Todavía.

Pero tenía una idea.

Las coordenadas del cuaderno.

El Barranco del Lobo.

Tomó el coche.

Subió por la carretera estrecha.

La vegetación se cerraba alrededor del camino.

Había robles.

Castaños.

Matorrales.

Cuando llegó al punto indicado, aparcó junto a un muro de piedra.

No había nada.

Solo bosque.

Emily volvió a mirar las coordenadas.

Coincidían.

Caminó veinte metros.

Luego cincuenta.

Encontró una roca marcada con un símbolo.

Una G.

Debajo había una pequeña caja de madera.

Dentro había una llave.

La misma llave pequeña de la caja metálica.

Emily la tomó.

Volvió al coche.

Y regresó al granero.

Probó la llave en el armario metálico.

Giró.

El armario se abrió.

Dentro había carpetas.

Cintas antiguas.

Un viejo reproductor.

Y un sobre.

En el sobre había escrito:

PARA EMILY.

No “para mi hija”.

Emily.

Lo abrió.

Había una sola hoja.

“Si estás leyendo esto, significa que ya intentaron comprarte la montaña.

No la vendas.

No confíes en Harold.

No confíes en Ryan.

Y, sobre todo, no busques oro.”

Emily tragó saliva.

Siguió.

“Lo que está enterrado aquí no es oro.

Es peor.”

La carta terminaba con una frase.

“Busca el establo.”

Emily levantó la cabeza.

El establo estaba al otro lado del patio.

Entró.

Había paja vieja.

Tablas podridas.

Un pesebre.

Y un suelo de cemento.

Emily golpeó varias zonas con una barra metálica.

Nada.

Golpeó otra.

Sonido hueco.

Se arrodilló.

Apartó la suciedad.

Encontró una tapa de hierro.

La levantó.

Debajo había una escalera.

Emily encendió la linterna.

Bajó.

El espacio era estrecho.

Las paredes estaban hechas de piedra húmeda.

Había cajas.

Muchas.

Algunas llevaban fechas de los años ochenta.

Otras eran más recientes.

Emily abrió la primera.

Dentro había botellas pequeñas.

Minerales.

Documentos.

Muestras de roca.

Abrió otra.

Más documentos.

Abrió una tercera.

Y entonces se quedó inmóvil.

Había lingotes.

No de oro.

De un metal oscuro.

Cada uno llevaba un número.

Y una etiqueta industrial.

Emily tomó una.

Pesaba.

Demasiado.

Encontró un informe.

Lo leyó.

El material valía muchísimo.

Más que cualquier cantidad que pudiera imaginar.

Era un compuesto raro extraído ilegalmente durante décadas.

Pero había algo todavía peor.

Los documentos demostraban que la extracción había continuado después de que el proyecto oficial fuera cerrado.

Alguien había seguido sacándolo de la montaña.

En secreto.

Durante décadas.

Emily entendió entonces por qué habían querido comprar las tierras.

No querían el terreno.

Querían la entrada.

La montaña escondía un yacimiento.

Y su familia había tenido la llave.

Pero el cuaderno decía algo más.

Una página estaba pegada al fondo de la caja.

Emily la despegó.

Había una lista de nombres.

Algunos ya estaban muertos.

Otros seguían vivos.

Harold Bennett.

Ryan Carter.

Evan Miller.

Emily sintió un vacío en el estómago al llegar al último nombre.

Thomas Carter.

Su padre.

Al lado de cada nombre había una fecha.

Y una cantidad.

Pero junto al nombre de Thomas no había dinero.

Había una palabra.

PROTEGE.

Emily cerró los ojos.

De repente escuchó pasos arriba.

Se apagó la linterna.

Alguien estaba entrando en el establo.

Emily se quedó en silencio.

La puerta chirrió.

Un hombre descendió por las escaleras.

No era Ryan.

Era Evan Miller, el notario.

Emily lo reconoció por la silueta.

La linterna del hombre recorrió el túnel.

—Emily —dijo.

Ella no respondió.

—Sé que has encontrado el archivo.

Silencio.

—Tu padre quería que fueras tú.

Emily apretó el teléfono.

—¿Tú lo mataste?

Miller se detuvo.

—No.

—¿Entonces quién?

El hombre bajó otro escalón.

—No tengo tiempo para responder eso.

—Pues tendrás que encontrarlo.

Miller suspiró.

—Tu padre sabía que esto ocurriría.

—¿Qué ocurriría?

—Que volverías.

—No pensaba volver.

—Lo sé.

La voz de Miller cambió.

—Por eso dejó que muriera.

Emily sintió una sacudida.

—¿Qué?

—Thomas tenía una enfermedad.

Ella cerró los ojos.

—No.

—Sabía que no viviría mucho.

—Eso no explica nada.

—Explica por qué te dejó todas las tierras.

Emily respiró lentamente.

—¿Por qué?

Miller la miró.

—Porque solo una persona podía romper el acuerdo.

—¿Qué acuerdo?

Miller dio un paso.

Entonces se escuchó un ruido.

Un coche arrancando afuera.

Miller levantó la cabeza.

—Ya vienen.

—¿Quiénes?

—Los que realmente controlan esto.

Emily encendió su teléfono.

—Habla.

Miller negó con la cabeza.

—No aquí.

—Ahora.

—Emily, escucha. Tu padre no estaba intentando proteger la montaña.

—Entonces ¿qué estaba protegiendo?

Miller la miró.

Y por primera vez pareció asustado.

—A ti.

Se oyó un golpe arriba.

Miller palideció.

—Escóndete.

—¿Qué?

—¡Ahora!

Los dos apagaron las luces.

Pasos.

Varias personas.

Emily se metió detrás de unas cajas.

Miller cerró la tapa del túnel.

Arriba comenzaron a romper cosas.

Cajas.

Madera.

Metal.

Alguien gritó:

—¡Busquen el archivo!

Emily sintió que le faltaba el aire.

Luego escuchó una segunda voz.

La reconoció.

Ryan.

—¡Está aquí! ¡La chica tiene que haberlo encontrado!

Emily apretó los dientes.

No lloró.

No gritó.

Sacó una pequeña navaja de su bolso.

Esperó.

Miller permaneció inmóvil.

Los pasos bajaron.

Uno.

Dos.

Tres.

La tapa se abrió.

Una linterna iluminó el túnel.

Ryan apareció.

—Papá tenía razón —dijo.

Emily se quedó quieta.

Ryan sonrió.

—No deberías haber venido.

Miller respondió:

—Ryan, vete.

Ryan lo miró.

—Ya es tarde.

Entonces Emily lanzó una de las cajas.

Golpeó la linterna.

Oscuridad.

Miller empujó a Ryan.

Emily corrió.

Subió las escaleras.

Salió al establo.

Cruzó el patio.

Corrió hasta la casa.

Cerró la puerta.

Empujó una mesa.

Luego otra.

Oyó golpes.

Sacó el teléfono.

Había grabado el intercambio.

Ryan apareció fuera.

—¡Emily!

Ella no respondió.

—¡Escúchame!

Emily abrió el ordenador.

Buscó una copia digital de los documentos.

No tenía ninguna.

Pero recordó la carta.

“Busca el establo.”

No decía qué hacer después.

Emily abrió el reproductor antiguo.

Dentro del armario metálico.

Había una cinta.

La metió.

La máquina tardó varios segundos.

Después apareció la voz de Thomas.

Más joven.

Más firme.

—Emily, si estás escuchando esto, significa que llegaste más lejos de lo que esperaba.

Ella se quedó congelada.

—Nunca quise que supieras esto.

La voz continuó.

—El material de esta montaña se explotó durante décadas. Algunos lo vendieron. Otros lo ocultaron. Y algunos mataron para proteger el negocio.

Emily llevó una mano a la boca.

—Tu abuelo quiso denunciarlo.

Pausa.

—David Collins también.

Emily cerró los ojos.

—Yo fui a buscarlos.

La grabación continuó.

—Encontré algo que nadie más había visto.

Un sonido de papel.

—La montaña no tiene una sola entrada.

Emily abrió los ojos.

—Tiene tres.

Otra pausa.

—La primera está en el granero.

La segunda en el establo.

Y la tercera…

La cinta se cortó.

Emily golpeó el reproductor.

—Vamos.

Intentó reproducirla de nuevo.

Nada.

La pantalla parpadeó.

Se apagó.

Afuera, el coche de Ryan arrancó.

Emily miró por la ventana.

No se había ido solo.

Había otro vehículo.

Negro.

Sin matrícula visible.

Se alejó por el camino.

Emily tomó la fotografía de 1979.

La observó.

Por primera vez vio algo que antes había pasado por alto.

Detrás de su padre y la chica de la cinta roja, había una pared.

Y en la pared aparecía un símbolo.

Una G.

Pero debajo de la G había algo más.

Tres pequeñas cruces.

Emily abrió el cuaderno.

Buscó rápidamente.

Encontró una página casi al final.

“Una entrada será suficiente para entrar.

Dos serán suficientes para esconder.

Pero la tercera fue construida para salir.”

Emily sintió frío.

Entonces escuchó un teléfono vibrando.

No era el suyo.

Venía del dormitorio de su padre.

Entró.

Había un teléfono viejo sobre la mesita.

Estaba sonando.

Emily dudó.

Luego respondió.

—¿Sí?

Silencio.

Después una voz masculina.

Profunda.

Calmada.

—Emily Carter.

—¿Quién eres?

—No importa.

—¿Cómo tienes este número?

—Porque llevo treinta y ocho años esperando que sonara.

Emily dejó de respirar.

—¿Quién eres?

La voz respondió:

—Alguien que conoció a tu padre antes de que él huyera.

—¿Por qué me llamas?

—Porque acabas de abrir una puerta que nunca debías abrir.

Emily apretó el teléfono.

—¿La tercera entrada?

Silencio.

El hombre tardó unos segundos.

—Así que la encontraste.

—Todavía no.

—Entonces escucha con atención.

Emily se quedó inmóvil.

—No busques la tercera puerta en la montaña.

—¿Por qué?

La voz bajó.

—Porque no está en la montaña.

Emily miró alrededor.

—¿Entonces dónde?

La respuesta llegó casi en un susurro.

—Está debajo del pueblo.

La llamada terminó.

Emily se quedó mirando el teléfono.

Afuera, el viento golpeaba los árboles.

Luego oyó algo.

Un sonido metálico.

Debajo de la casa.

Como si alguien hubiera abierto una compuerta.

Emily bajó lentamente al sótano.

Levantó una alfombra.

Debajo había una trampilla que nunca había visto.

En la madera había una frase grabada.

Con la letra de su padre.

“Perdóname por dejarte esta herencia.”

Emily abrió la trampilla.

Abajo había oscuridad.

Y una escalera.

Pero antes de bajar, vio algo más.

Una cámara diminuta.

Encendida.

Alguien llevaba rato observándola.

Emily dio un paso atrás.

La cámara giró.

Directamente hacia ella.

Y en la oscuridad del túnel, una luz roja comenzó a parpadear.

Entonces una voz salió de un pequeño altavoz oculto.

La voz de Thomas.

Pero esta vez no era una grabación vieja.

Era una transmisión.

—Emily, si estás escuchando esto, significa que llegaste a la tercera puerta.

Pausa.

—Y también significa que ellos ya saben que estás aquí.

Emily miró hacia la escalera.

La luz roja siguió parpadeando.

—No bajes sola —dijo la voz.

Y entonces añadió:

—Porque debajo de esa casa no está enterrado el tesoro que todos creen.

Silencio.

—Está enterrada la razón por la que tu madre desapareció.

Emily dejó de respirar.

Su madre no había muerto.

Eso era lo que su padre siempre había dicho.

Pero jamás había explicado dónde estaba.

La transmisión volvió a activarse.

—Y, Emily…

La voz de Thomas tembló por primera vez.

—Si ves a una mujer con una cinta roja en el cabello, corre.

La pantalla del viejo dispositivo se encendió.

Mostró una imagen.

Una mujer.

Más vieja.

De pie al fondo de un túnel.

Con una cinta roja en el cabello.

La mujer levantó lentamente la cabeza.

Y miró directamente a la cámara.

Emily sintió que el mundo se detenía.

Porque reconoció esos ojos.

Eran los ojos de su madre.

( FIN )

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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