El Rey Vampiro fingió estar inconsciente para desc...

El Rey Vampiro fingió estar inconsciente para descubrir quién lo traicionaba, pero la confesión de su humilde empleado reveló un secreto enterrado durante veinte años…..

El Rey Vampiro fingió estar inconsciente para descubrir quién lo traicionaba, pero la confesión de su humilde empleado reveló un secreto enterrado durante veinte años…..

El Rey Vampiro abrió los ojos apenas un milímetro cuando escuchó a su empleado decir:

—Si despierta antes de medianoche, tendremos que matarlo.

No fue aquella amenaza lo que heló la sangre de Alexander Blackwood.

Fue la voz que respondió desde la puerta.

—No. Si despierta, primero debe saber que el niño sigue vivo.

Alexander cerró los ojos de inmediato.

Su cuerpo permaneció inmóvil sobre el enorme sofá de terciopelo del salón privado, con una copa rota junto a la mano y una fina línea de sangre oscura bajando desde su labio inferior.

A cualquiera le habría parecido inconsciente.

Quizá muerto.

Pero Alexander Blackwood llevaba dos siglos aprendiendo a controlar incluso el movimiento de sus pupilas.

Y aquella noche, en su residencia de Madrid, estaba fingiendo.

El palacete se levantaba detrás de un muro de piedra en una calle tranquila del barrio de Salamanca, oculto entre edificios modernos, restaurantes elegantes y balcones iluminados.

Por fuera parecía la vivienda extravagante de algún millonario extranjero.

Por dentro era la sede de una de las familias vampíricas más antiguas de Europa.

Alexander había sobrevivido a guerras, conspiraciones, cazadores, traiciones políticas, revueltas internas y tres intentos de asesinato.

Pero nadie había pronunciado aquellas cuatro palabras delante de él durante veinte años.

El niño sigue vivo.

Su corazón, que normalmente latía tan despacio que un médico habría jurado que estaba muerto, dio un golpe seco contra sus costillas.

No se movió.

No respiró más rápido.

No abrió los ojos.

Esperó.

Los pasos se acercaron.

Reconoció primero a Ethan Cole por el leve arrastre de su zapato derecho.

Ethan era humano.

Cincuenta y ocho años.

Mayordomo, conductor, administrador, cuidador de la biblioteca y, según los registros internos de la casa, un hombre completamente irrelevante para los asuntos del reino.

Llevaba diecinueve años trabajando allí.

Siempre puntual.

Siempre discreto.

Siempre invisible.

La segunda persona no necesitaba hacer ruido para que Alexander supiera quién era.

Victoria Hale.

Su consejera.

Su mano derecha.

La mujer que había estado a su lado cuando ardieron tres refugios vampíricos de Toledo.

La mujer que había organizado su seguridad desde Sevilla hasta Barcelona.

La mujer que había sostenido su espada cuando él enterró a su esposa.

La mujer en quien más confiaba.

—¿Cuánto bebió? —preguntó Victoria.

—Lo suficiente —respondió Ethan.

—Eso no significa nada. Su metabolismo no funciona como el nuestro.

—Puse aconitum negro en el vino.

Victoria soltó una respiración corta.

—¿Estás loco?

—Lo aprendí de ustedes.

Alexander sintió una punzada de rabia.

Aconitum negro.

Una planta casi inútil para los humanos.

Pero mezclada con sangre envejecida podía paralizar temporalmente a un vampiro.

Temporalmente.

Ethan no había usado suficiente.

Tal vez porque no conocía su verdadera resistencia.

O tal vez porque no quería matarlo.

Alexander escuchó el roce de una silla.

—No deberías haber venido —dijo Ethan.

—Me enviaste un mensaje que decía que Alexander empezaba a investigar el incendio de Segovia.

—Porque está investigándolo.

—Después de veinte años.

—Después de veinte años de mentiras.

Silencio.

Alexander tuvo que dominar el impulso de levantarse.

No todavía.

Quería escucharlo todo.

Necesitaba escucharlo todo.

Porque veinte años antes un incendio en una finca cerca de Segovia había destruido una casa protegida de los Blackwood.

Allí había muerto Emily.

Su esposa.

Al menos eso decía el informe.

Emily y el hijo de ambos.

Un niño que apenas tenía seis meses.

Alexander había llegado demasiado tarde.

Había encontrado vigas quemadas.

Paredes abiertas.

Ceniza.

Sangre.

Y el pequeño medallón de plata que Emily llevaba siempre en el cuello.

No había cuerpos reconocibles.

Pero Victoria había confirmado las muertes.

Los investigadores también.

Todos habían coincidido.

Nadie había sobrevivido.

Alexander nunca volvió a hablar del niño.

Ni siquiera pronunciaba su nombre.

No porque lo hubiera olvidado.

Sino porque recordarlo dolía demasiado.

No dijo su nombre cuando trasladó su residencia a Madrid.

No dijo su nombre cuando ordenó ejecutar a los responsables del supuesto ataque.

No dijo su nombre cuando descubrió años después que quizá había condenado al grupo equivocado.

No dijo su nombre cuando comenzó a sospechar que el incendio no había sido una emboscada.

No dijo su nombre cuando encontró una página arrancada del archivo de Segovia.

No dijo su nombre cuando, tres días antes, apareció sobre su escritorio una fotografía anónima.

Un joven de veinte años.

Cabello negro.

Ojos grises.

El mismo rostro que Alexander veía cada mañana en el espejo.

El mismo lunar junto a la ceja derecha.

Y una frase escrita detrás.

“Pregúntale a Victoria qué pasó con Noah.”

No dijo su nombre.

No dijo su nombre.

No dijo su nombre.

No dijo su nombre.

No dijo su nombre.

Porque a veces pronunciar el nombre de un muerto es dolor.

Pero pronunciar el nombre de alguien que quizá nunca murió puede convertirse en guerra.

Victoria caminó hasta la ventana.

Alexander lo supo porque escuchó las cortinas moverse.

—No podemos permitir que siga preguntando —dijo ella.

Ethan respondió con una voz sorprendentemente firme.

—Eso dijiste hace veinte años.

—Y gracias a eso sigue vivo.

Alexander sintió que la frase le atravesaba el pecho.

Gracias a eso sigue vivo.

¿Quién?

¿Él?

¿Su hijo?

—No empieces —advirtió Victoria.

—No he empezado nada. Tú empezaste esto cuando sacaste al niño de aquella casa.

Alexander dejó de pensar.

Durante un segundo solo existió aquella frase.

Sacaste al niño.

Victoria había sacado a Noah.

Del incendio.

Vivo.

Alexander sintió cómo sus colmillos descendían lentamente detrás de los labios cerrados.

Control.

Necesitaba control.

Ethan continuó:

—Yo conducía aquella noche. ¿Recuerdas?

—Perfectamente.

—Me dijiste que era una evacuación.

—Lo era.

—Me dijiste que Emily había aceptado el plan.

Victoria no respondió.

Ethan bajó la voz.

—Pero ella estaba llorando.

El mundo de Alexander se estrechó.

Emily.

Llorando.

—Tenía miedo —dijo Victoria.

—Tenía una herida en el brazo.

—Habían intentado atacarla.

—Tenía una marca de sujeción en la muñeca.

Victoria tardó varios segundos en contestar.

—Ten cuidado, Ethan.

—Ya tengo cincuenta y ocho años. He tenido cuidado durante diecinueve.

—Eso no te hace valiente.

—No. Lo que me hace valiente es estar cansado.

Alexander escuchó un leve golpe.

Quizá Ethan había dejado algo sobre una mesa.

—¿Qué es eso? —preguntó Victoria.

—Una copia.

—¿De qué?

—Del registro de nacimiento.

Alexander casi abrió los ojos.

Victoria se acercó rápidamente.

—¿Dónde conseguiste eso?

—No importa.

—Sí importa.

—No para mí.

—Dámelo.

—Ya envié otras dos copias.

El silencio cambió.

Alexander conocía bien ese tipo de silencio.

Era el instante en que una conversación dejaba de ser una discusión y se convertía en amenaza.

—¿A quién? —preguntó Victoria.

—Si me pasa algo, Alexander lo recibirá.

Victoria soltó una pequeña risa sin humor.

—Alexander puede matarte antes de que termines una frase.

—Por eso lo drogué.

—No vas a salir de aquí con vida si descubre que participaste.

—Lo sé.

Alexander sintió algo inesperado.

No compasión.

Todavía no.

Pero sí curiosidad.

Ethan sabía que estaba arriesgando la vida.

Y aun así había venido.

—Entonces dime qué quieres —dijo Victoria.

—Que se termine.

—¿Qué cosa?

—La mentira.

—No entiendes nada.

—Entiendo lo suficiente.

—No.

La voz de Victoria sonó diferente.

Más cansada.

Más vieja.

—No entiendes qué habría ocurrido si Alexander hubiera criado a ese niño.

Ethan respondió:

—Era su hijo.

—Era más que eso.

Alexander tensó los dedos apenas perceptiblemente.

Más que eso.

Ethan debió notar algo en Victoria porque su voz se volvió cautelosa.

—Nunca me dijiste esa parte.

—Porque no necesitabas saberla.

—Ahora sí.

—Ahora ya es tarde.

—No para Noah.

Ese nombre.

Por fin.

Noah.

Su hijo.

Vivo.

Alexander sintió algo que no había sentido desde la muerte de Emily.

Miedo.

No miedo por sí mismo.

Miedo a esperar demasiado de una posibilidad.

Porque los siglos enseñaban una verdad cruel.

La esperanza podía destruir más que una espada.

—¿Dónde está? —preguntó Ethan.

Victoria no respondió.

—Victoria.

—No tienes derecho a preguntarlo.

—Lo llevé hasta aquella estación.

Alexander abrió los ojos una fracción.

Estación.

—Lo llevé en brazos —continuó Ethan—. Estaba envuelto en una manta azul. Tenía seis meses. No dejaba de mirar las luces del coche. Tú me dijiste que un grupo de monjas se ocuparía de él.

—Y lo hicieron.

—Me dijiste que jamás sabría quién era.

—Era necesario.

—¿Necesario para quién?

—Para todos.

Ethan golpeó la mesa.

—¡Para ti!

Alexander oyó el movimiento instantáneo de Victoria.

—Baja la voz.

—Está inconsciente.

—Nunca asumas nada con él.

Por poco Alexander habría sonreído.

Al menos Victoria seguía conociéndolo.

Ethan caminó unos pasos.

—Dime una cosa. Solo una.

—¿Qué?

—¿Emily sabía que ibas a separarlos?

Victoria guardó silencio.

Demasiado tiempo.

Ethan exhaló.

—Dios mío.

—No fue así.

—Entonces dime cómo fue.

—Emily sabía que su hijo corría peligro.

—Eso no responde.

—Emily sabía que Alexander jamás permitiría que lo escondieran.

—Tampoco responde.

Victoria se acercó.

Su tono perdió dureza.

—Emily eligió salvar a Noah.

Alexander sintió una presión insoportable en el pecho.

Emily eligió.

No podía ser.

No sin decírselo.

Ellos no se ocultaban cosas.

Al menos eso había creído.

—¿Y eligió fingir su propia muerte? —preguntó Ethan.

Victoria no contestó.

Alexander dejó de oír durante un segundo.

No.

Aquella conversación ya había cruzado demasiado lejos.

Noah vivo era imposible.

Emily viva era otra cosa.

Otra dimensión de traición.

Ethan pareció entender el silencio igual que él.

—Victoria…

—No digas nada.

—¿Emily también sobrevivió?

Alexander abrió los ojos.

Esta vez por completo.

Pero ambos estaban de espaldas.

—No hagas esa pregunta —dijo Victoria.

—Contéstame.

—No.

—¿Porque no sabes?

—Porque algunas respuestas matan a quienes las escuchan.

Entonces Alexander habló desde el sofá.

—Eso puedo confirmarlo.

Ethan se quedó inmóvil.

Victoria giró lentamente.

Su rostro perdió todo el color.

Alexander se incorporó.

El efecto del aconitum aún pesaba sobre sus músculos, pero la furia compensaba cualquier debilidad.

Sus ojos, normalmente grises, ardían con un rojo oscuro.

Ethan retrocedió.

Victoria no.

Eso también decía mucho.

—Alexander —dijo ella.

—Qué decepción. Pensé que la primera palabra sería “perdón”.

—Tienes que escucharme.

—Llevo veinte minutos haciéndolo.

Ethan cerró los ojos.

—Señor…

Alexander lo miró.

—Después hablaré contigo.

Ethan tragó saliva.

Victoria levantó ligeramente las manos.

—No hagas nada impulsivo.

Alexander sonrió.

No había humor en aquella sonrisa.

—He descubierto que mi hijo fue secuestrado, mi esposa quizá no murió y mi consejera estuvo implicada. Créeme, Victoria, esto es lo contrario de impulsivo.

Se puso de pie.

Las piernas le fallaron por un instante.

Ethan intentó ayudarlo.

Alexander levantó una mano.

—No me toques.

Ethan obedeció.

Victoria observó la copa rota.

—¿Cuánto escuchaste?

—Lo suficiente para saber que has cometido un error de cálculo.

—¿Cuál?

—Creer que me importa más vengarme que obtener respuestas.

Victoria parpadeó.

Probablemente esperaba violencia.

Era razonable.

El Alexander de treinta años atrás habría arrancado una garganta antes de formular la primera pregunta.

Pero el tiempo cambia incluso a los monstruos.

Y Alexander necesitaba la verdad.

—Si te mato ahora —continuó—, me quedo con preguntas. Así que estás segura.

Victoria sonrió apenas.

—Por el momento.

—No abuses de mi inteligencia.

—Nunca lo he hecho.

—Me mentiste durante veinte años.

—Mentir y subestimarte no son lo mismo.

Alexander se acercó.

Quedaron a menos de un metro.

—¿Mi hijo está vivo?

Victoria lo miró directamente.

—Sí.

Nada explotó.

No hubo gritos.

No hubo lágrimas.

Alexander simplemente inclinó la cabeza.

Una vez.

Como si alguien acabara de confirmar la hora.

Pero su mano derecha tembló.

Solo una vez.

—¿Dónde está?

—No puedo decírtelo.

—Pregunta equivocada.

Los ojos de Alexander se oscurecieron.

—¿Dónde está mi hijo?

Victoria no se movió.

—Si te lo digo, lo matarás.

Ethan levantó la mirada.

Alexander la observó en silencio.

—Explícate.

—No eres el único que lo ha estado buscando.

—¿Quién?

Victoria miró a Ethan.

—Sal de la habitación.

—Él se queda —ordenó Alexander.

—No forma parte de esto.

—Transportó a mi hijo. Lleva diecinueve años cargando un secreto que tú enterraste. Forma parte desde la primera noche.

Ethan no dijo nada.

Victoria respiró hondo.

—Noah nació con algo que no debía existir.

—¿Qué?

—Una mutación.

Alexander frunció el ceño.

—Somos vampiros, Victoria. Toda nuestra existencia podría describirse como una mutación.

—No esta.

Ella se acercó a una pequeña mesa donde había un decantador.

No bebió.

Solo apoyó ambas manos en la madera.

—Emily era humana cuando quedó embarazada.

—Lo sé.

—Y tú eras un vampiro de sangre antigua.

—También lo sé.

—Los embarazos entre humanos y vampiros casi siempre terminan antes del cuarto mes.

Alexander recordó las noches de miedo.

Los médicos secretos.

La debilidad de Emily.

El día en que escuchó por primera vez el corazón de Noah.

—Él sobrevivió.

—Exacto.

Victoria lo miró.

—Y cuando nació, descubrimos por qué.

Ethan susurró:

—¿Qué tenía?

Victoria ignoró la pregunta.

—Noah no era humano.

—Eso era evidente.

—Tampoco era vampiro.

Alexander permaneció inmóvil.

—Continúa.

—Su sangre reaccionaba a la luz solar, pero no se quemaba. Su temperatura cambiaba. Su corazón se detenía durante minutos y luego volvía a latir. Cicatrizaba casi de inmediato. Y había algo más.

—¿Qué?

—Su sangre podía alterar a otros.

Alexander sintió un escalofrío.

—¿Alterar cómo?

—Un vampiro enfermo bebió accidentalmente una muestra.

—¿Y?

—Volvió a tolerar la luz del sol durante tres horas.

El silencio cayó como una piedra.

Ethan se sentó lentamente.

Alexander no se movió.

Tres horas.

Durante siglos, los vampiros habían buscado exactamente eso.

Caminar bajo el sol.

Muchos habían matado por rumores mucho menos convincentes.

—¿Quién sabía? —preguntó Alexander.

—Demasiados.

—Nombres.

—Médicos. Dos miembros del Consejo. Emily. Yo.

—¿Y tú decidiste ocultármelo?

—Tú lo sabías parcialmente.

Alexander frunció el ceño.

—No.

—Te dijeron que Noah tenía una anomalía sanguínea.

—Me dijeron que era anemia.

—Porque Emily lo pidió.

Esa respuesta dolió más que las anteriores.

—No uses a mi esposa para justificarte.

—No la estoy usando.

—Entonces dime por qué mi mujer me mintió.

Victoria lo miró con una tristeza que parecía auténtica.

—Porque te conocía.

Alexander apretó la mandíbula.

—Cuida tus palabras.

—Si hubieras sabido que la sangre de tu hijo podía permitir que los vampiros caminaran bajo el sol, habrías protegido a Noah.

—Por supuesto.

—Habrías levantado un ejército.

—Sí.

—Habrías iniciado una guerra.

Alexander no respondió.

Porque era posible.

Peor.

Era probable.

Victoria continuó:

—Emily no quería que Noah creciera dentro de una fortaleza.

—Así que fingió su muerte.

—No.

Victoria tardó un segundo.

—El incendio no estaba planeado.

Alexander dio un paso hacia ella.

—Explícate.

—Íbamos a sacar a Noah discretamente. Emily iba a reunirse contigo dos días después y contarte que había muerto durante una complicación médica. Era cruel, pero habría funcionado.

—¿Habría funcionado?

La voz de Alexander se volvió casi inaudible.

—¿Creías que yo habría aceptado sin ver el cuerpo de mi propio hijo?

—Emily pensaba encontrar una forma.

—Emily nunca habría hecho eso.

Victoria bajó la mirada.

Fue suficiente.

—No fue idea de Emily —dijo Alexander.

Ethan miró a Victoria.

Ella no contestó.

Alexander dio otro paso.

—Fue tuya.

—Yo propuse el plan.

—Y la convenciste.

—La asusté con la verdad.

—Eso no es convencer.

—Era verdad.

—El miedo también puede ser una mentira cuando eliges qué parte mostrar.

Por primera vez Victoria pareció perder seguridad.

—No teníamos tiempo.

—¿Quién provocó el incendio?

Victoria guardó silencio.

Alexander entendió.

—No lo sabes.

—No.

—¿Quién atacó la casa?

—Tampoco lo sé.

—Entonces durante veinte años me has hecho creer que vengué la muerte de mi familia cuando ni siquiera sabías quién había provocado el incendio.

—Los hombres que ejecutaste tenían conexiones con el ataque.

—¿Conexiones?

Alexander soltó una risa amarga.

—Maté a diecisiete personas.

—Eran cazadores.

—Eso no responde.

Victoria levantó la voz.

—¡Nos perseguían!

—¡Pero quizá no incendiaron esa casa!

Las ventanas vibraron.

Ethan dio un paso atrás.

Alexander cerró los ojos durante un segundo.

Control.

Necesitaba control.

Cuando volvió a hablar, su voz era tranquila.

—¿Qué pasó con Emily?

Victoria miró la puerta.

Un movimiento mínimo.

Alexander lo vio.

—No.

Se interpuso.

—No vas a salir.

—No iba a hacerlo.

—Mientes peor cuando tienes miedo.

—No tengo miedo de ti.

—Entonces mírame y dime que Emily murió.

Victoria lo miró.

No habló.

Alexander sintió que el suelo desaparecía.

—Está viva.

—No dije eso.

—No has dicho que esté muerta.

—Porque no lo sé.

Una pausa.

—La última vez que la vi estaba viva.

Alexander tardó varios segundos en procesarlo.

—¿Cuándo?

—La noche del incendio.

—¿Dónde?

—En la carretera vieja, cerca de San Rafael.

—¿Qué ocurrió?

—Yo llevaba a Noah en otro coche. Emily debía encontrarse conmigo. Nunca llegó.

—¿Y asumiste que murió?

—Encontramos sangre.

—¿Suya?

—Sí.

—¿Cuerpo?

—No.

—¿Entonces por qué me confirmaste su muerte?

Victoria apretó los labios.

—Porque si tú sabías que Noah seguía vivo, todos los que te observaban también lo sabrían.

—Así que me convertiste en parte de la mentira.

—Te convertí en la mejor prueba de que Noah había muerto.

Aquella frase fue tan brutal que incluso Ethan miró a Victoria con horror.

Alexander tardó varios segundos en responder.

—Utilizaste mi duelo.

—Sí.

Sin excusas.

Sin adornos.

Solo sí.

Y aquella honestidad tardía casi fue peor.

Alexander caminó hacia la chimenea.

Miró el fuego.

Durante veinte años había visitado una tumba vacía en Segovia.

Había llevado flores que Emily amaba.

Había dejado pequeños juguetes junto a una lápida con el nombre de Noah.

Había hablado con dos muertos que quizá nunca estuvieron allí.

—¿Dónde está Noah? —preguntó otra vez.

Victoria cerró los ojos.

—Granada.

Alexander se giró.

—¿Dirección?

—No la sé.

—No juegues conmigo.

—No estoy jugando. Hace años que no tengo contacto directo.

Ethan intervino:

—¿Quién lo crió?

Victoria dudó.

—Una familia humana.

—¿Sabe quién es? —preguntó Alexander.

—No del todo.

—¿Sabe que existo?

—Probablemente no.

Aquello produjo una sensación extraña.

Su hijo.

Veinte años.

Caminando por calles españolas.

Entrando en cafeterías.

Estudiando.

Riendo.

Durmiendo.

Quizá enamorándose.

Sin saber que su padre llevaba dos décadas llorándolo.

Alexander miró a Ethan.

—La fotografía.

Ethan se sobresaltó.

—¿Qué fotografía?

Alexander sacó del bolsillo interior de la chaqueta la imagen que había recibido tres días atrás.

La lanzó sobre la mesa.

Victoria palideció.

Ethan se acercó.

—Es él.

La certeza de Ethan fue inmediata.

Alexander sintió un golpe en el pecho.

—¿Lo reconoces?

—Tiene sus ojos.

—¿Los míos?

Ethan negó lentamente.

—Los de Emily.

Alexander bajó la mirada.

Tenía razón.

No eran exactamente sus ojos.

Había algo más cálido.

Algo humano.

—¿Quién me envió esto? —preguntó.

Victoria tomó la fotografía.

Al girarla y leer la frase, su expresión cambió.

No miedo.

Terror.

—¿Qué ocurre?

Ella no respondió.

—Victoria.

—Tenemos que salir de Madrid.

Alexander casi sonrió.

—Acabas de decirme que mi hijo está en Granada.

—Ya no importa.

—Importa más que cualquier otra cosa.

—No entiendes.

—Explícamelo.

Victoria levantó la fotografía.

—Yo no escribí esto.

—Nunca dije que lo hicieras.

—Ethan tampoco sabía dónde estaba Noah.

Ethan asintió.

—Entonces alguien más sabe toda la historia —continuó Victoria—. Alguien sabe que tú no sabes. Alguien tiene una fotografía reciente. Alguien quiere que preguntes.

Alexander comprendió.

No era un mensaje.

Era un anzuelo.

—¿Quién?

—No lo sé.

—Empiezas a decir demasiado eso.

—Porque esta parte nunca estuvo bajo mi control.

Un sonido interrumpió la conversación.

Tres golpes en la puerta.

Pausa.

Dos golpes.

Pausa.

Uno.

Victoria se quedó inmóvil.

Ethan la miró.

—¿Qué significa?

Alexander respondió:

—Código de seguridad.

Volvieron a golpear.

Tres.

Dos.

Uno.

Alexander caminó hacia la puerta.

Victoria lo agarró del brazo.

—No abras.

Alexander bajó la mirada hacia su mano.

Ella lo soltó.

—¿Por qué?

—Porque ese código fue retirado hace dieciocho años.

El salón quedó en silencio.

Los tres miraron la puerta.

Entonces una voz femenina habló desde el pasillo.

—Alexander.

El mundo se detuvo.

Él conocía aquella voz.

No importaban veinte años.

No importaban los siglos.

No importaban las mentiras.

La conocía.

Emily.

Alexander no respiró.

Ethan se puso de pie tan rápido que derribó la silla.

Victoria retrocedió.

—No puede ser.

La voz volvió a escucharse.

—Alexander, no abras.

Alexander frunció el ceño.

—¿Emily?

—No abras la puerta.

Victoria lo miró.

—¿Por qué está diciendo eso desde fuera?

Alexander caminó hacia la entrada.

—Alexander —repitió la voz—. Si sigues queriendo encontrar a nuestro hijo, no abras.

Su mano se detuvo a centímetros del picaporte.

Ethan susurró:

—¿Qué demonios está pasando?

Entonces el teléfono de Alexander vibró.

Número desconocido.

Un mensaje.

Abrió la pantalla.

Había una fotografía tomada desde algún punto del exterior de la casa.

La imagen mostraba a una mujer atada a una silla.

Cabello rubio.

Rostro más adulto.

Una cicatriz junto al cuello.

Pero era Emily.

No había duda.

Debajo aparecía una frase.

“La mujer detrás de esa puerta no es tu esposa.”

Alexander levantó lentamente la mirada.

La voz de afuera volvió a hablar.

—Cariño, sé que estás leyendo el mensaje.

Victoria dio un paso hacia atrás.

—¿Cómo sabe eso?

La voz continuó.

—Noah está conmigo.

Alexander apretó el teléfono.

—Demuéstralo.

Silencio.

Después escuchó otra voz detrás de la puerta.

Una voz masculina.

Joven.

—¿Papá?

Alexander cerró los ojos durante una fracción de segundo.

Ese único sonido le hizo más daño que todos los secretos de aquella noche.

Papá.

Victoria se llevó una mano a la boca.

Ethan comenzó a llorar en silencio.

Alexander no.

Alexander dio un paso atrás.

Analizó la habitación.

Ventanas.

Entradas.

Cámaras.

Salidas.

Todo.

—Noah —dijo.

—Sí.

—Dime algo que solo tú puedas saber.

Hubo un silencio extraño.

—Tengo un medallón.

Alexander miró de inmediato a Victoria.

Ella negó lentamente.

—¿Qué medallón? —preguntó Alexander.

—Uno de plata. Tiene un cuervo grabado.

Alexander dejó de sentir el efecto del veneno.

Ese medallón estaba en la tumba.

Lo había encontrado después del incendio.

Él mismo lo había enterrado.

No.

Había enterrado una copia.

Sin saberlo.

—¿Quién te lo dio?

La respuesta tardó.

—Mi madre.

Alexander miró el teléfono.

La fotografía de Emily seguía allí.

Atada.

Mordaza en el cuello.

Sangre en la camisa.

—¿Dónde está tu madre ahora?

Detrás de la puerta no contestó nadie.

Alexander se acercó.

Victoria volvió a agarrarlo.

—Esto es una trampa.

—Lo sé.

—Entonces no abras.

Alexander la miró.

—Mi hijo está ahí.

—Una voz está ahí.

—Ha dicho lo del medallón.

—Eso puede saberse.

—¿Quién?

Victoria palideció.

—Alguien que estuvo en el incendio.

Alexander entendió.

La persona que había provocado todo.

La persona que quizá había observado durante veinte años.

La persona que ahora había decidido terminar el juego.

El teléfono vibró otra vez.

Nuevo mensaje.

Esta vez era un vídeo.

Duración: nueve segundos.

Alexander lo reprodujo.

Emily aparecía mirando a cámara.

Estaba herida, pero consciente.

—Alexander, si estás viendo esto, Noah nunca estuvo en Granada. Victoria te está mintiendo otra vez.

El vídeo terminó.

Todos miraron a Victoria.

Ethan retrocedió de ella.

Alexander levantó lentamente los ojos.

Victoria parecía auténticamente confundida.

—Eso no es posible.

—¿Qué parte?

—Noah sí estuvo en Granada.

—¿Estuvo?

Alexander enfatizó la palabra.

Victoria entendió.

—Hasta hace seis meses.

Ethan preguntó:

—¿Hace seis meses?

Victoria cerró los ojos.

Ya era demasiado tarde para ocultarlo.

—Desapareció.

Alexander no levantó la voz.

—¿Y no me dijiste nada?

—Creí que podía encontrarlo.

—¿Quién se lo llevó?

—No lo sé.

—¿Emily?

—No sabía que Emily estuviera viva.

Alexander dio un paso hacia Victoria.

Entonces se oyó un disparo al otro lado de la puerta.

Después un golpe.

La voz del joven gritó.

—¡Papá!

Alexander no dudó.

Arrancó la puerta de sus bisagras.

El pasillo estaba vacío.

No había nadie.

Solo sangre fresca sobre el suelo.

Y un teléfono.

Alexander lo recogió.

La pantalla estaba encendida.

Videollamada activa.

Al otro lado apareció el rostro del joven de la fotografía.

Noah.

Tenía sangre en la frente.

Detrás de él se veía una habitación oscura.

—Papá —dijo otra vez.

Alexander se quedó inmóvil.

—Noah.

El joven sonrió con miedo.

—Así que sí existías.

Alexander sintió que algo dentro de él se rompía.

Veinte años.

Veinte años resumidos en cinco palabras.

Así que sí existías.

—Escúchame —dijo Alexander—. Voy a encontrarte.

Noah miró hacia alguien fuera de cámara.

Su sonrisa desapareció.

—No creo que tengamos tanto tiempo.

—¿Dónde estás?

—No lo sé.

—Mira alrededor.

—No puedo.

La cámara se movió.

Alexander vio una pared de piedra.

Una lámpara antigua.

Un símbolo pintado con sangre.

Victoria soltó un grito ahogado.

Alexander la miró.

—¿Conoces ese símbolo?

Ella asintió.

—Pensé que habían desaparecido.

—¿Quiénes?

Victoria no respondió.

Noah volvió a mirar la cámara.

—Hay una mujer aquí.

Alexander endureció el rostro.

—¿Tu madre?

—Dice que sí.

—¿Emily?

—Sí.

—Ponla en cámara.

La imagen tembló.

Durante un segundo apareció Emily.

Viva.

Más delgada.

Con la cara marcada por los años.

Pero viva.

Alexander olvidó respirar.

Ella miró directamente a la cámara.

—Alex.

Solo ella lo llamaba así.

—Emily.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Lo siento.

Alexander sintió que el mundo entero se reducía al teléfono.

—No digas eso. Dime dónde estás.

Emily negó.

—Escúchame. Noah no es lo que creíamos.

Victoria se acercó.

—Emily, ¿quién los tiene?

Emily vio a Victoria en pantalla.

Su expresión cambió.

El miedo desapareció.

Lo reemplazó el odio.

—Tú.

Victoria retrocedió.

—¿Qué?

Emily acercó el rostro a la cámara.

—Todo esto empezó contigo.

—Emily, no—

—Cállate.

Era la primera vez que Alexander escuchaba a Emily hablarle así a alguien.

—Tú elegiste al médico. Tú cambiaste las muestras. Tú le dijiste al Consejo lo que podía hacer la sangre de Noah.

Victoria negó.

—Eso es mentira.

—¿Entonces quién sabía dónde estábamos aquella noche?

—Alguien te siguió.

—Solo tú conocías la ruta.

Ethan se cubrió la boca.

Alexander miró a Victoria.

Ella parecía incapaz de hablar.

Emily continuó:

—Alexander, no confíes en ella.

La pantalla se movió.

Un hombre entró detrás de Emily.

Solo se veía su sombra.

Alto.

Traje oscuro.

Guantes.

Noah gritó.

La transmisión quedó en negro.

Alexander apretó el teléfono.

—¡Noah!

Nada.

Emily apareció otra vez durante un segundo.

—Busca debajo de tu tumba.

La llamada terminó.

Alexander se quedó mirando la pantalla negra.

—¿Qué dijo? —preguntó Ethan.

—Debajo de tu tumba —repitió Victoria.

Alexander la miró.

—La tumba de Emily.

Nadie habló.

Media hora después, los tres viajaban hacia Segovia en un vehículo blindado.

Alexander conducía.

No permitía que nadie más lo hiciera.

Victoria iba atrás.

Ethan a su lado.

Nadie confiaba en nadie.

La madrugada comenzaba a aclarar el horizonte cuando llegaron al pequeño cementerio privado oculto entre pinares.

La lápida decía:

EMILY BLACKWOOD
1984–2006
AMADA ESPOSA Y MADRE

Junto a ella había otra, mucho más pequeña.

NOAH BLACKWOOD
2006–2006

Alexander las había visitado cientos de veces.

Aquella noche parecían una burla.

Ethan trajo una pala.

Alexander no la necesitó.

Arrancó la losa de piedra con las manos.

Debajo había tierra húmeda.

Excavó.

Victoria observaba.

—Alexander…

—No hables.

A menos de un metro encontraron algo metálico.

No un ataúd.

Una caja.

Pequeña.

Sellada.

Alexander la sacó.

Había un símbolo en la tapa.

El mismo que había visto detrás de Noah durante la videollamada.

Victoria retrocedió.

—No la abras.

Alexander la miró.

—Dame una sola razón.

Victoria tragó saliva.

—Porque ahora recuerdo dónde vi ese símbolo por primera vez.

—¿Dónde?

—En tu casa.

—¿Qué casa?

—La de tu padre.

Alexander sintió un frío distinto.

Su padre había muerto hacía ciento doce años.

Al menos eso creía.

Abrió la caja.

Dentro había tres cosas.

Un mechón de cabello rubio.

Una pequeña ampolla con sangre.

Y una carta.

Alexander reconoció la letra al instante.

No era de Emily.

No era de Victoria.

Era de su padre.

Sus manos, que no habían temblado al enfrentar ejércitos, temblaron al desplegar el papel.

Solo había cinco líneas.

Alexander:

Si estás leyendo esto, entonces Noah ha sobrevivido hasta cumplir veinte años.

No busques salvarlo.

Él nunca fue el experimento.

Tú lo fuiste.

Alexander levantó la vista.

Ethan estaba pálido.

Victoria parecía a punto de caer.

Entonces escucharon un ruido detrás de ellos.

Una rama.

Después otra.

Alexander se giró.

Entre los árboles había un hombre.

Cabello blanco.

Abrigo negro.

Postura recta.

Un rostro que Alexander recordaba perfectamente.

Un rostro que no había envejecido ni un solo día.

—No puede ser —susurró Alexander.

El hombre sonrió.

—Siempre fuiste demasiado inteligente para permanecer engañado para siempre, hijo.

Alexander sintió que el mundo se detenía por segunda vez aquella noche.

Su padre.

El hombre que llevaba más de un siglo enterrado.

El hombre que acababa de llamarlo hijo.

El desconocido miró la caja abierta, después a Victoria y finalmente a Alexander.

—Ahora tenemos un problema.

Alexander mostró los colmillos.

—¿Dónde está Noah?

Su padre sonrió un poco más.

—Esa es la pregunta equivocada.

Sacó un teléfono de su bolsillo y se lo lanzó.

Alexander lo atrapó.

En la pantalla había una transmisión en directo.

Noah estaba dentro de una habitación.

Emily estaba detrás de él.

Y alrededor de ambos había al menos veinte personas arrodilladas.

Vampiros.

Humanos.

Híbridos.

Todos inclinando la cabeza ante Noah.

Alexander observó sin comprender.

Entonces Noah levantó los ojos hacia la cámara.

Ya no parecía asustado.

Sus ojos eran completamente negros.

Y detrás de él, sobre la pared, alguien había escrito con sangre:

“EL REY NUNCA FUE ALEXANDER.”

El padre de Alexander habló desde los árboles.

—Tu hijo no necesita que lo rescates.

Hizo una pausa.

—Nosotros necesitamos que alguien nos rescate de él.

Alexander volvió a mirar la pantalla.

Noah sonrió.

Y aunque la transmisión no tenía sonido durante aquel segundo, sus labios formaron dos palabras que Alexander entendió perfectamente.

Hola, padre.

La imagen se cortó.

(FIN)

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