Alimentó a los niños que todo el pueblo despreciab...

Alimentó a los niños que todo el pueblo despreciaba, sin saber que su padre, el Rey Vampiro, llevaba semanas observándola desde la sombra…..

Alimentó a los niños que todo el pueblo despreciaba, sin saber que su padre, el Rey Vampiro, llevaba semanas observándola desde la sombra…..

—Si vuelves a darles comida, mañana no tendrás trabajo.

La voz de Margaret Collins sonó lo bastante alta para que todos los clientes del comedor la escucharan.

Claire Walker dejó lentamente la bandeja sobre el mostrador.

No lloró.

No bajó la cabeza.

Solo miró hacia la ventana.

Al otro lado del cristal, bajo una lluvia fina que convertía las calles empedradas de Toledo en espejos negros, tres niños esperaban junto al callejón.

Empapados.

Descalzos.

Con los ojos clavados en el pan que Claire acababa de envolver en una servilleta.

Margaret se acercó.

Llevaba treinta años administrando el pequeño restaurante familiar de la plaza de San Román y tenía la costumbre de hablar como si cada palabra fuera una sentencia.

—¿Me has oído?

Claire volvió la mirada hacia ella.

—Perfectamente.

—Entonces tira eso a la basura.

Alrededor, varias personas dejaron de mover los cubiertos.

Un hombre mayor fingió interesarse demasiado por su copa de vino.

Una pareja junto a la puerta intercambió una mirada incómoda.

Nadie defendió a Claire.

Nadie defendió a los niños.

Aquellos tres pequeños llevaban semanas apareciendo por las calles del casco antiguo.

Nunca pedían dinero.

Nunca robaban.

Nunca gritaban.

Simplemente observaban los escaparates cuando olían comida y desaparecían antes de que llegara la policía municipal.

El mayor debía de tener doce años.

Se llamaba Noah.

La niña, Lily, tendría ocho.

El pequeño Ethan apenas llegaba a los seis.

Eso era todo lo que Claire sabía.

Eso y que el pueblo había decidido tenerles miedo.

Decían que traían mala suerte.

Que los perros gruñían cuando pasaban.

Que aparecían murciélagos sobre los tejados después de verlos.

Que el viejo campanario de una iglesia abandonada había empezado a sonar a medianoche desde su llegada.

Claire no creía en supersticiones.

Creía en estómagos vacíos.

Y aquellos niños tenían hambre.

Tomó el paquete de pan, jamón y tortilla.

Margaret abrió mucho los ojos.

—Claire.

Ella salió de detrás del mostrador.

—Me quedan cuarenta minutos de turno.

—Te quedan cero.

Claire se detuvo.

—¿Me despides?

—Si cruzas esa puerta con esa comida, sí.

Durante un segundo solo se escuchó el golpeteo de la lluvia contra los cristales.

Claire miró la bandeja.

Luego a Margaret.

Después a los niños.

Y sonrió.

No con desafío.

No con rabia.

Con esa calma peligrosa de quien ya ha tomado una decisión.

—Entonces supongo que hoy termino antes.

Atravesó el restaurante.

Abrió la puerta.

El aire frío le golpeó la cara.

Noah dio un paso atrás al verla.

—No queremos problemas.

—Perfecto —respondió Claire—. Yo tampoco.

Le tendió el paquete.

—Quiero que cenéis.

Lily observó el pan como si fuera oro.

Ethan se escondió detrás de su hermano.

Noah no extendió la mano.

—Nos echarán.

—¿Quién?

El niño miró alrededor.

Las ventanas.

Los balcones.

Las puertas cerradas.

—Todos.

Claire se agachó hasta quedar a su altura.

—No podéis vivir comiendo miedo.

Noah tragó saliva.

—Usted no sabe quiénes somos.

Claire sostuvo su mirada.

—Sé quiénes sois ahora mismo.

Señaló el paquete.

—Tres niños mojados que necesitan comer.

Entonces ocurrió algo extraño.

Al final del callejón había un hombre.

Alto.

Vestido con un abrigo negro demasiado elegante para alguien que permanecía quieto bajo la lluvia.

No llevaba paraguas.

No parecía tener frío.

Claire solo alcanzó a ver un rostro pálido y unos ojos oscuros antes de que una carreta de reparto cruzara entre ambos.

Cuando volvió a mirar, el hombre había desaparecido.

No pensó demasiado en ello.

Todavía.

Llevó a los niños a su apartamento.

Era pequeño.

Dos habitaciones.

Una cocina donde apenas cabían cuatro sillas.

Una ventana que daba a los tejados rojizos de Toledo.

Claire vivía sola desde hacía dos años, desde que había llegado a España intentando dejar atrás una vida en Chicago que prefería no recordar.

Había aprendido español.

Había aprendido a preparar café de puchero.

Había aprendido que los vecinos discutían a voces y se reconciliaban compartiendo croquetas.

También había aprendido que las ciudades más hermosas escondían rincones donde nadie quería mirar.

Puso sopa caliente sobre la mesa.

Lily sostuvo la cuchara entre las manos.

—¿Podemos comer todo?

Claire frunció el ceño.

—¿Todo?

—Sí.

—Claro.

La niña miró a Noah antes de probarla.

Aquello no pasó desapercibido.

Tampoco el hecho de que Noah comiera despacio mientras vigilaba la puerta.

Ni que Ethan oliera cada alimento antes de llevarlo a la boca.

Ni que ninguno tocara los dientes de ajo que Claire había utilizado para preparar la sopa.

Ella fingió no notarlo.

Había preguntas que daban respuestas.

Y había preguntas que hacían que la gente saliera corriendo.

Claire sabía esperar.

Después de cenar, Ethan se durmió sentado.

Lily bostezó.

Noah seguía despierto.

—Tenéis dónde dormir esta noche?

El niño apretó la mandíbula.

—Sí.

Era mentira.

Claire lo supo.

—¿Dónde?

—Con nuestro padre.

—¿Y dónde está vuestro padre?

Silencio.

Lily dejó la cuchara.

—Nos está buscando.

Noah la miró con dureza.

La niña bajó los ojos.

Claire apoyó ambas manos sobre la mesa.

—No necesito saber quién es. Solo quiero saber si estáis seguros.

Noah levantó la mirada.

En ella había algo impropio de un niño de doce años.

Cansancio.

Responsabilidad.

Miedo.

Y una disciplina extraña.

—Nuestro padre nos dijo que nunca confiáramos en nadie.

Claire miró las ropas mojadas de Ethan.

—No parece un consejo que haya funcionado demasiado bien.

Noah estuvo a punto de enfadarse.

Pero Lily soltó una risita.

Pequeña.

Inesperada.

Fue la primera vez que Claire los vio parecer niños.

Esa noche les cedió su cama.

Ella durmió en el sofá.

O lo intentó.

A las tres y diecisiete de la madrugada se despertó.

No sabía por qué.

No había escuchado un ruido.

No había tenido una pesadilla.

Simplemente abrió los ojos.

La habitación estaba helada.

Mucho más de lo normal.

El reloj de pared se había detenido.

Y alguien estaba de pie al otro lado de la ventana.

Claire dejó de respirar.

Su apartamento estaba en un tercer piso.

La silueta permanecía inmóvil sobre un tejado inclinado, bajo la luna.

Un hombre.

Abrigo negro.

El mismo del callejón.

Claire se levantó despacio.

No gritó.

Agarró el atizador de hierro junto a la chimenea ornamental que nunca utilizaba.

Se acercó a la ventana.

La figura seguía allí.

Observándola.

Entonces Noah apareció detrás de ella.

—No abra.

Claire no se giró.

—¿Le conoces?

—No abra.

—Noah.

El niño se acercó.

Su rostro estaba blanco.

—Por favor.

El hombre del tejado inclinó ligeramente la cabeza.

Después retrocedió.

Un paso.

Dos.

Y desapareció en la oscuridad con una facilidad imposible.

Claire cerró las cortinas.

Miró al niño.

—Ahora sí vas a contarme algo.

Noah negó con la cabeza.

—Mañana nos iremos.

—No he dicho eso.

—Es mejor.

—¿Para quién?

—Para usted.

Claire sostuvo la mirada del muchacho.

Noah temblaba.

Pero no de frío.

—Escúchame bien. No sé de qué estás huyendo. No sé quién es ese hombre. Pero si alguien quiere haceros daño, no voy a echaros a la calle solo para dormir tranquila.

Noah pareció confundido.

Como si aquella frase perteneciera a un idioma que nunca hubiera aprendido.

Claire volvió a dejar el atizador.

Y fue entonces cuando comprendió algo.

Aquellos niños no estaban acostumbrados a la bondad.

Estaban acostumbrados al intercambio.

Al precio.

A la deuda.

A que cada favor escondiera una cuerda.

Por eso no confiaban.

Por eso miraban las puertas.

Por eso contaban las ventanas.

Por eso Noah siempre se sentaba con la espalda contra la pared.

Claire respiró despacio.

No sabía todavía qué clase de historia cargaban aquellos tres.

Pero sabía reconocer a alguien que había pasado demasiado tiempo esperando el siguiente golpe.

Porque ella también había vivido así.

Antes de España.

Antes de Toledo.

Antes de aprender que sobrevivir y vivir no eran exactamente lo mismo.

A la mañana siguiente llevó a Lily y Ethan a comprar ropa.

Noah protestó.

—No necesitamos caridad.

Claire sostuvo frente a él una chaqueta azul.

—Perfecto. Entonces considéralo un préstamo.

—No podremos pagarlo.

—Puedes devolverlo ayudándome a cargar las bolsas.

El niño la miró.

Claire arqueó una ceja.

—Intereses altísimos.

Lily volvió a reír.

Y Noah, aunque intentó esconderlo, también.

Pasaron por una panadería.

Claire compró churros.

Ethan mordió uno y abrió los ojos.

—¿Qué es esto?

—Una razón para no abandonar España.

El niño sonrió.

Durante unas horas parecieron una familia cualquiera paseando por Toledo.

Una mujer joven.

Tres niños.

Bolsas en las manos.

Campanas al mediodía.

Turistas haciendo fotos frente a fachadas antiguas.

El aroma del café escapando de los bares.

Pero Claire empezó a notar cosas.

Un hombre con sombrero los siguió durante cuatro calles.

Una mujer vestida de rojo dejó caer su bolso al ver a Lily.

Dos perros se echaron al suelo cuando Noah pasó junto a ellos.

Y en el escaparate de una tienda de antigüedades, Claire vio reflejado al hombre del abrigo negro.

Esta vez estaba detrás de ellos.

A menos de veinte metros.

Claire no se giró.

Siguió caminando.

—Noah.

—¿Sí?

—Cuando doblemos la esquina, quiero que entres con tus hermanos en la cafetería.

El niño palideció.

—¿Está aquí?

Claire no respondió.

—Entrad.

—No puede quedarse sola.

—No estoy pidiendo permiso.

Dobló la esquina.

Los niños obedecieron.

Claire continuó andando.

Entró en una calle estrecha.

Contó cuatro segundos.

Se detuvo.

—Puede salir.

Silencio.

—Lleva siguiéndonos desde anoche. Si quisiera hacernos daño, ya habría tenido oportunidades. Así que supongo que quiere que le vea.

Una voz grave respondió desde detrás de ella.

—Eres observadora.

Claire se giró.

El hombre estaba a pocos pasos.

Más alto de lo que parecía.

Cabello negro.

Rostro sereno.

Aparentaba unos cuarenta años.

Quizá menos.

Quizá más.

Había algo extraño en sus ojos.

No eran negros.

Eran de un rojo tan oscuro que solo se percibía cuando la luz los tocaba.

—¿Quién es usted?

—Adrian.

—Eso es un nombre. No una respuesta.

El hombre sonrió apenas.

—Adrian Blackwood.

—¿Qué quiere de esos niños?

La sonrisa desapareció.

—Que sigan vivos.

Claire sintió un escalofrío.

—¿Los conoce?

—Más que nadie.

—Entonces explíqueme por qué están durmiendo en mi casa y no con usted.

Adrian la observó durante un largo momento.

—Porque todavía no puedo acercarme a ellos.

—Anoche estaba bastante cerca.

—No sabes lo que viste.

Claire cruzó los brazos.

—Correcto. Por eso pregunto.

Él dio un paso.

Claire no retrocedió.

—¿No te asusto?

—Debería?

—La mayoría de las personas siente algo cuando me mira.

—Yo siento que está perdiendo mi tiempo.

Por primera vez, Adrian pareció verdaderamente sorprendido.

Luego miró hacia la cafetería.

—Cuídalos hasta mañana.

—No.

—Te pagaré.

Los ojos de Claire se endurecieron.

—No estoy haciendo esto por dinero.

—Entonces dime qué quieres.

—La verdad.

El aire pareció enfriarse.

Adrian acercó la cara.

—La verdad mata a personas curiosas.

Claire sostuvo su mirada.

—Y las mentiras matan a personas confiadas.

Durante dos segundos ninguno habló.

Después Adrian retrocedió.

—Mañana, antes de medianoche, sacarás a los niños de Toledo.

—¿Por qué?

—Porque después será demasiado tarde.

—¿Demasiado tarde para qué?

El hombre volvió la cabeza.

En lo alto de una torre cercana, seis cuervos observaban la calle.

—Para distinguir a quienes vienen a salvarlos de quienes vienen a matarlos.

Adrian desapareció detrás de una esquina.

Claire corrió tras él.

La calle estaba vacía.

Completamente vacía.

Aquella noche no dijo nada a los niños sobre la conversación.

Pero empezó a preparar una mochila.

Documentos.

Dinero.

Agua.

Medicinas.

Linterna.

Una navaja.

Y el viejo revólver que su padre le había regalado años atrás y que Claire había jurado no volver a utilizar.

Noah la vio meterlo en el bolso.

—¿Sabe disparar?

—Sí.

—No servirá.

Claire cerró la cremallera.

—Espero que tengas una explicación especialmente buena para esa frase.

Noah se sentó.

Lily y Ethan dormían.

—Si se lo digo, quizá nos eche.

—Si no me lo dices, quizá tomemos una decisión estúpida.

El muchacho bajó los ojos.

—Nuestro padre no es como usted.

—Eso lo he entendido.

—Ni siquiera es como los demás hombres.

Claire se quedó inmóvil.

—Sigue.

—Hay cosas que existen aunque la gente deje de creer en ellas.

—Noah.

El niño la miró.

Y abrió la boca.

Sus caninos descendieron lentamente.

Demasiado largos.

Demasiado afilados.

Claire no se movió.

No gritó.

Solo sintió cómo su cerebro intentaba reorganizar el mundo.

Noah cerró la boca.

—Somos vampiros.

El reloj siguió marcando segundos.

Uno.

Dos.

Tres.

Claire se sentó frente a él.

—Bien.

El niño parpadeó.

—¿Bien?

—No. No está bien. Pero gritar no va a cambiarlo.

Noah la observó incrédulo.

—¿No tiene miedo?

—Claro que tengo miedo.

Señaló el pasillo.

—Pero también hay dos niños durmiendo ahí. Así que tendremos miedo después.

Noah bajó lentamente los hombros.

—No bebemos sangre humana.

—Me alegra oírlo.

—Nuestro padre lo prohibió.

—¿El hombre del abrigo negro?

El chico se congeló.

Claire supo la respuesta antes de que hablara.

—Le viste.

—Lleva siguiéndonos dos días.

—No nos sigue.

Noah tragó saliva.

—Nos protege.

Claire recordó sus palabras.

Todavía no puedo acercarme a ellos.

—Entonces ¿por qué no está aquí?

Noah miró sus manos.

—Porque alguien ha puesto una marca sobre nosotros.

—¿Una marca?

—Si nuestro padre toca a cualquiera de nosotros, quienes nos están buscando sabrán exactamente dónde está.

Claire comenzó a comprender.

—Os está usando como cebo.

—No nosotros.

Noah alzó los ojos.

—Él.

Aquello cambió todo.

Adrian no se escondía de quienes perseguían a los niños.

Intentaba evitar que ellos encontraran al padre.

—¿Quién es?

Noah tardó demasiado en responder.

—Nuestro padre gobierna a los nuestros.

—¿Gobierna?

—Desde hace más de cuatrocientos años.

Claire sintió un peso frío en el estómago.

—Noah.

El niño respiró.

—Mi padre es el Rey de la Sangre.

Claire soltó una risa breve.

Sin humor.

—Claro.

—Es verdad.

—No me río porque no te crea.

Se frotó el rostro.

—Me río porque ayer perdí mi trabajo por alimentar a los hijos de un rey vampiro.

Noah la miró.

Y contra toda lógica, ambos empezaron a reír.

Una risa baja.

Cansada.

Ridícula.

Lily apareció en la puerta.

—¿Qué pasa?

Claire la miró.

—Tu hermano acaba de contarme una historia bastante complicada.

La niña frunció el ceño.

—¿Le dijo lo de papá?

—Sí.

Lily suspiró.

—Entonces también tendrá que contarle lo de mañana.

Noah se puso de pie.

—Lily.

Claire ya había visto esa reacción antes.

—¿Qué ocurre mañana?

La niña miró a Noah.

Luego a Claire.

—La luna roja.

Noah cerró los ojos.

Claire esperó.

—Habla.

El niño se rindió.

—La marca sobre nosotros se activa cuando salga la luna.

—¿Y qué pasará?

—Podrán encontrarnos.

Claire miró el reloj.

Eran las nueve de la noche.

—¿Cuándo?

—Mañana a las once y cuarenta y tres.

Claire abrió la mochila.

Sacó un mapa.

—Entonces saldremos de Toledo antes.

Noah negó con la cabeza.

—Nos encontrarán donde vayamos.

—Adrian dijo que debía sacaros de la ciudad.

—Él quiere alejarnos de civiles.

Claire se detuvo.

Aquello tenía demasiado sentido.

—¿Cuántos vienen?

—No lo sé.

—¿Qué quieren?

Noah miró a sus hermanos.

—Que nuestro padre elija.

—¿Entre qué?

—Entre su reino y nosotros.

Claire no preguntó más.

No esa noche.

A la mañana siguiente compró tres billetes de autobús hacia Madrid.

No pensaba utilizarlos.

Los pagó en efectivo y dejó que una cámara de seguridad la grabara.

Después caminó hasta la estación de tren.

Compró otros cuatro billetes hacia Sevilla.

También dejó su rostro visible.

Finalmente regresó a casa por calles secundarias.

Noah observó todo.

—¿Qué está haciendo?

—Creando una historia.

—¿Para quién?

—Para cualquiera que nos siga.

—¿Y adónde iremos de verdad?

Claire sacó las llaves de un coche viejo que pertenecía a un vecino.

—A ningún lugar que pueda comprarse con tarjeta.

Noah sonrió.

—Empiezo a entender por qué papá la observa.

Claire se detuvo.

—¿Qué quieres decir?

El niño abrió la puerta del coche.

—Nada.

—Noah.

—De verdad.

Mentía.

Claire lo dejó pasar.

A las cinco de la tarde abandonaron Toledo por una carretera secundaria hacia los Montes de Toledo.

Claire había alquilado años atrás una pequeña casa rural durante una crisis personal.

Estaba aislada.

Rodeada de encinas.

Sin cámaras.

Sin cobertura estable.

Llegaron antes del anochecer.

Durante horas no ocurrió nada.

Claire preparó comida.

Lily ayudó a poner la mesa.

Ethan dibujó murciélagos.

Noah vigiló las ventanas.

A las diez y media empezaron a escuchar lobos.

A las once, dejaron de escucharlos.

A las once y veinte el viento cesó.

A las once y treinta y cinco todos los relojes de la casa se detuvieron.

Claire comprobó su teléfono.

Sin señal.

—Ya están aquí —susurró Noah.

Claire apagó las luces.

—¿Cuántos?

El niño cerró los ojos.

—Muchos.

Un golpe sonó sobre el tejado.

Luego otro.

Luego diez.

Lily agarró la mano de Ethan.

Claire sacó el revólver.

—Habitación del fondo.

—No servirá —dijo Noah.

—Me lo dijiste.

—Claire.

Ella lo miró.

—No dije que fuera para ellos.

El niño comprendió.

Claire había tomado otra decisión.

Si alguien humano participaba en aquello, tendría problemas.

No pensaba ser una espectadora.

Un cristal se rompió.

Una figura cayó dentro del salón.

Era una mujer.

Alta.

Cabello blanco.

Ojos amarillos.

Sonrió mostrando colmillos.

—Qué olor tan extraño.

Claire apuntó.

—Un paso más y descubrirás otro.

La mujer rió.

—Humana.

Algo atravesó la ventana.

La mujer desapareció.

No cayó.

Simplemente fue arrancada hacia la oscuridad.

Un segundo después escucharon un grito.

Después silencio.

Noah sonrió.

—Papá.

La puerta principal explotó hacia dentro.

Tres hombres entraron.

No eran humanos.

Claire disparó a la lámpara.

Oscuridad.

Noah empujó a sus hermanos hacia la habitación trasera.

Claire derribó una estantería.

Uno de los atacantes tropezó.

El segundo la agarró del brazo.

Su piel estaba helada.

Claire sacó la navaja y cortó la palma del hombre.

Él la soltó con un rugido.

No por el acero.

Por algo que había sobre la hoja.

Claire había untado plata molida.

Noah la había preparado aquella tarde.

Primer pequeño triunfo.

El atacante retrocedió.

—¿Quién eres?

Claire golpeó su rodilla con una silla.

—La cocinera.

El hombre cayó.

Noah apareció detrás de él y lo golpeó contra la pared con una fuerza imposible para un niño.

Segundo triunfo.

Entonces todas las ventanas estallaron.

El salón se llenó de sombras.

Claire vio al menos quince figuras.

Y en medio de ellas apareció Adrian.

Sin abrigo.

Sin expresión.

Con los ojos completamente rojos.

No parecía un hombre.

Parecía la razón por la que los hombres inventaron puertas.

Uno de los atacantes avanzó.

Adrian extendió una mano.

El vampiro se detuvo.

Luego cayó de rodillas.

—Os di una oportunidad —dijo Adrian.

Su voz hizo vibrar los cristales rotos.

Nadie respondió.

Adrian caminó hasta colocarse delante de Claire y los niños.

—Os di una noche.

Una figura encapuchada apareció entre los árboles.

—Y nosotros te dimos cuatro siglos.

Adrian se tensó.

Claire no podía ver el rostro del desconocido.

Solo una medalla plateada sobre su pecho.

Una corona atravesada por una espada.

Noah palideció.

—Los Custodios.

El hombre encapuchado levantó la mano.

Los atacantes rodearon la casa.

—Entrégate, Adrian. Tus hijos vivirán.

Adrian soltó una risa baja.

—No.

—Entonces morirán contigo.

Adrian miró a Noah.

A Lily.

A Ethan.

Y finalmente a Claire.

—Ella no tiene nada que ver.

El encapuchado inclinó la cabeza.

—¿Estás seguro?

Claire sintió una punzada de frío.

Adrian cambió de expresión.

Solo un instante.

Pero lo vio.

Miedo.

No por sus hijos.

Por ella.

El encapuchado sonrió bajo la capucha.

—Has sido muy cuidadoso todos estos años.

Adrian dio un paso.

—No la mires.

—La escondiste lejos.

Otro paso.

—No digas una palabra más.

Claire levantó el arma.

—¿Alguien quiere explicarme por qué de repente parezco formar parte de esta conversación?

El encapuchado rió.

Adrian se volvió hacia ella.

—Claire, coge a los niños y corre.

—No.

—No estás entendiendo.

—Entonces explícamelo.

—No hay tiempo.

—Siempre hay tiempo para dejar de mentir.

Un murmullo recorrió a los vampiros.

El hombre encapuchado levantó la cabeza.

La luna roja apareció entre las nubes.

11:43.

Los tres niños gritaron.

Marcas negras surgieron sobre sus muñecas.

Adrian cayó de rodillas.

Claire corrió hacia ellos.

—¡No los toques! —rugió Adrian.

Demasiado tarde.

Claire agarró la mano de Lily.

El mundo se detuvo.

No fue una metáfora.

Las hojas quedaron suspendidas en el aire.

Las gotas de lluvia dejaron de caer.

Las llamas de una vela permanecieron inmóviles.

Todos los vampiros miraron a Claire.

La marca negra sobre la muñeca de Lily se encendió.

Después cambió.

De negro a dorado.

Noah abrió la boca.

—Eso es imposible.

Claire soltó a la niña.

La marca siguió brillando.

Ethan levantó su brazo.

Lo mismo.

Noah miró su propia muñeca.

Las marcas estaban desapareciendo.

El encapuchado retrocedió.

—No.

Adrian se puso de pie.

Lentamente.

Claire lo miró.

—¿Qué acaba de pasar?

Él no respondió.

—Adrian.

Silencio.

—¿Qué me estás ocultando?

El Rey Vampiro bajó la cabeza.

Cuando volvió a levantarla había algo en sus ojos que Claire nunca había visto.

Culpa.

—Tu madre me hizo prometer que jamás te encontraría.

Claire sintió que el suelo se inclinaba.

—Mi madre murió cuando yo tenía cinco años.

—Eso te dijeron.

Todo el bosque pareció estrecharse.

Claire levantó el arma hacia Adrian.

—No te acerques.

Él obedeció.

—¿Conocías a mi madre?

—Sí.

—¿Cómo?

El encapuchado empezó a reír.

Adrian lo miró con odio.

—Cállate.

—Díselo.

—Cállate.

—Dile quién fue Evelyn Walker.

Claire apretó el revólver.

—¿Quién fue mi madre?

Adrian cerró los ojos.

Y por primera vez desde que Claire lo había visto, el hombre más poderoso de aquella noche pareció derrotado.

—La última heredera de la Casa del Sol.

Noah dio un paso atrás.

Lily se llevó una mano a la boca.

Ethan no entendía.

Claire tampoco.

El encapuchado extendió los brazos.

—Ahora lo comprendes, Adrian.

La luna roja iluminó su rostro cuando retiró la capucha.

Claire dejó de respirar.

El hombre tenía los mismos ojos verdes que ella.

La misma línea en la mandíbula.

La misma cicatriz pequeña sobre la ceja derecha.

Una cicatriz que Claire veía cada mañana en el espejo.

—Hola, Claire.

Su voz tembló.

No de emoción.

De satisfacción.

—Llevo veintiocho años esperando que por fin supieras que existo.

Claire sintió que sus dedos se enfriaban alrededor del arma.

—¿Quién eres?

El hombre sonrió.

—El hermano que tu madre intentó matar.

Adrian se movió.

Demasiado tarde.

El desconocido sacó algo de su abrigo.

No era un arma.

Era una fotografía vieja.

La lanzó al suelo.

Claire la recogió.

Su madre aparecía en ella.

Más joven.

Vestida de blanco.

A su lado estaba Adrian.

Y entre los brazos de Evelyn había dos bebés.

Gemelos.

Claire levantó la mirada.

—No.

El desconocido sonrió.

—Sí.

Adrian se colocó delante de Claire.

—No le creas.

—La fotografía…

—No cuenta toda la historia.

—Entonces cuéntala tú.

Un ruido profundo llegó desde las montañas.

No era un trueno.

No era un animal.

Era un cuerno.

Uno.

Después otro.

Después decenas.

Los vampiros de Adrian se pusieron tensos.

Los Custodios dejaron de sonreír.

Incluso el hombre que afirmaba ser hermano de Claire miró hacia el bosque.

Noah susurró:

—Papá…

Adrian levantó el rostro.

Su expresión cambió.

—Nos encontraron.

Claire apretó la foto.

—¿Quién?

Adrian no respondió.

Desde el horizonte comenzaron a encenderse luces.

Cientos.

Miles.

Antorchas descendiendo por las montañas.

Ethan se aferró a Claire.

—¿Son más vampiros?

Adrian negó lentamente.

—No.

El supuesto hermano de Claire retrocedió.

Por primera vez parecía asustado.

—Eso no puede ser.

El cuerno volvió a sonar.

Y esta vez, desde el bosque, una voz femenina respondió.

Una voz que Claire conocía.

Una voz imposible.

Una voz que llevaba veintitrés años escuchando solo en sueños.

—CLAIRE.

El revólver cayó de su mano.

Nadie se movió.

Claire miró a Adrian.

Él estaba pálido incluso para un vampiro.

—Esa voz…

Adrian cerró los ojos.

Claire apenas pudo pronunciar las palabras.

—Es mi madre.

Entre los árboles apareció una mujer vestida con una armadura dorada.

No había envejecido ni un día desde la última fotografía que Claire conservaba de ella.

Detrás avanzaban cientos de figuras con espadas encendidas.

Evelyn Walker levantó la mirada hacia su hija.

Y no sonrió.

Lo primero que hizo fue apuntarle con una espada.

—Aléjate de los niños, Claire.

Claire sintió que el corazón se le detenía.

—Mamá…

Evelyn dio otro paso.

Sus ojos brillaron como fuego.

—No sabes lo que eres.

Adrian se interpuso.

—Evelyn, no.

Ella alzó la espada.

—Tú cállate.

Entonces miró directamente a Claire.

—Porque si la sangre que llevas dentro despierta esta noche, hija mía…

Las antorchas se apagaron de golpe.

El bosque entero quedó negro.

Y desde algún lugar bajo la tierra comenzó a escucharse un corazón gigantesco latiendo.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

La sonrisa del hermano de Claire desapareció.

Adrian tomó la mano de Noah.

Evelyn empuñó la espada con ambas manos.

Y Claire sintió que algo dentro de su pecho respondía al latido.

No como un eco.

Como una llamada.

Evelyn susurró:

—…ni vampiros, ni humanos, ni yo podremos detenerte.

Entonces la tierra se abrió bajo los pies de Claire.

Y desde la oscuridad, algo pronunció su verdadero nombre.

Un nombre que ella nunca había oído.

Pero que, de algún modo, siempre había recordado.

—Aurelia.

(FIN)

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