“A sus 85 años, Roberto Carlos rompe el silencio más doloroso de su carrera: revela los nombres de los cinco cantantes que más odia, aquellos que convirtieron la admiración en herida y la amistad en traición. Entre ellos, Julio Iglesias, el hombre que lo deslumbró y lo decepcionó a partes iguales. El ‘rey de la canción romántica’ deja atrás la diplomacia y confiesa lo que calló por medio siglo: egos, engaños y un rencor que el tiempo nunca logró borrar.”
Hay silencios que pesan más que una vida entera.
Durante décadas, Roberto Carlos fue sinónimo de elegancia, discreción y respeto. Nunca protagonizó escándalos, nunca levantó la voz más allá de sus canciones. Su mirada azul, su voz templada y su calma legendaria lo convirtieron en un mito intocable. Pero a los 85 años, el “rey de la canción romántica” decidió romper el pacto que lo había acompañado toda su vida: hablar sin miedo.
“Ya no tengo que fingir diplomacia —dijo con una serenidad cortante—. Hay cosas que me dolieron tanto, que callarlas fue una forma de morir un poco.”
Y así, con esa frase, comenzó una confesión que dejó sin aliento al mundo de la música: los cinco cantantes que más lo marcaron con decepción, deslealtad y desprecio.
1. Julio Iglesias: “Demasiado perfume para tan poca alma”
Era inevitable.
El primer nombre fue Julio Iglesias.

Dos titanes de la música romántica, dos iconos universales, dos hombres acostumbrados a recibir aplausos en cualquier idioma. Pero entre ellos jamás hubo una amistad verdadera.
La primera vez que se encontraron fue en Buenos Aires, 1974. La prensa los presentó como “hermanos en la música”. En las cámaras, sonrisas y abrazos; detrás del telón, un frío que se podía cortar con el aire.
Roberto, siempre sobrio y espiritual, percibió en Julio algo que lo incomodó profundamente: la vanidad.
“Es un vendedor de sí mismo”, comentó en privado. “Yo canto para sanar el alma. Él, para vender el cuerpo.”
Años después, en Los Ángeles, 1986, compartieron camerino por error. Un asistente recuerda que Roberto entró, olió el ambiente saturado de perfume y salió cinco minutos después diciendo una frase que aún hoy duele:
“Demasiado perfume para tan poca alma.”
Pero el quiebre definitivo llegó en 1991, cuando Julio lanzó una versión en español de Amigo, una de las canciones más sagradas de Roberto. No pidió permiso. No dio crédito.
“Cuando tocan tu arte sin respeto, te arrancan un pedazo del corazón.”
Desde entonces, nunca volvió a hablar de él… hasta ahora.
2. José José: “El talento no justifica la traición”
El segundo nombre fue José José, “El Príncipe de la Canción”.
Durante años, ambos se admiraron a distancia. Pero una historia que pocos conocen los enfrentó para siempre.
En 1980, Roberto Carlos escribió una canción titulada Alma rota, pensada como un regalo para José José. La grabación fue pospuesta varias veces. Meses después, Roberto escuchó en la radio una versión idéntica, con otro título y otra firma: Desesperado.
El autor oficial: un compositor cercano al entorno de José José.
Aunque nunca se probó su participación directa, Roberto lo sintió como una traición personal.
“No me dolió que la cantara. Me dolió que no dijera que era mía.”
Desde entonces, evitó coincidir en festivales o programas con él. Cuando José José murió, Roberto lo recordó con una frase ambigua:
“Fue una voz divina… pero una historia que prefiero callar.”
3. Camilo Sesto: “No todos los ángeles cantan con luz”
El tercer nombre es Camilo Sesto, otro gigante de la balada.
La admiración mutua fue real, pero también lo fueron las tensiones. En los años setenta, cuando ambos compartían escenario en España, Roberto fue testigo de una escena que jamás olvidó.
Según contó, durante una cena en Madrid, Camilo se burló del acento portugués de Roberto y del tono espiritual de sus letras.
“Tus canciones parecen rezos para gente triste”, habría dicho Camilo entre risas.
Roberto sonrió, pero en el fondo algo se quebró.
“No todos los ángeles cantan con luz”, dijo años después, refiriéndose a colegas que, pese a su talento, “no conocían la humildad”.
Aun así, cuando Camilo falleció, Roberto le dedicó un silencio respetuoso. “Perdonar no siempre es olvidar —declaró—, pero el arte nos sobrevive a todos.”
4. Chayanne: “El carisma no reemplaza el alma”
El cuarto nombre sorprendió: Chayanne.
El puertorriqueño era apenas un joven cuando coincidieron en un evento en Miami en 1993. Roberto, ya leyenda, fue invitado de honor. Durante los ensayos, notó en el ambiente una mezcla de arrogancia juvenil y exceso de ego.
“Quería demostrar que podía superarme —relató—. Pero no entendió que la música no es competencia, es entrega.”
La anécdota más amarga ocurrió durante una gala de premios en 1994. Chayanne subió al escenario antes que Roberto, y en su discurso de agradecimiento dijo:
“El romanticismo también puede ser moderno; ya no necesitamos canciones para llorar.”
Roberto, sentado en primera fila, aplaudió sin expresión. Luego, en el camerino, murmuró:
“El carisma no reemplaza el alma.”
Aunque nunca se enfrentaron públicamente, esa frase se volvió un símbolo de la distancia generacional y emocional entre ambos.
5. Juan Gabriel: “El genio que me enseñó que la admiración también duele”
El último nombre fue Juan Gabriel.
El público creía que se adoraban. Incluso compartieron escenarios y homenajes. Pero la verdad era más compleja: se admiraban profundamente… y al mismo tiempo se evitaban.
Ambos eran perfeccionistas, sensibles, egocéntricos en su arte. Y ambos querían ser el centro del universo musical latino. En una gala de 1988, en Acapulco, el conflicto estalló cuando un organizador anunció que el cierre del evento estaría a cargo de Juan Gabriel, no de Roberto.
Según testigos, Roberto se levantó, miró al organizador y dijo con calma glacial:
“Entonces que cierre el espectáculo, no el corazón.”
Juan Gabriel, al enterarse, respondió con una sonrisa:
“El rey de Brasil siempre fue demasiado serio. Yo prefiero reír.”
Desde ese día, jamás se saludaron.
Años después, cuando se le preguntó a Roberto si admiraba al “Divo de Juárez”, respondió con una frase que condensó amor y decepción:
“Era un genio. Pero el genio también puede doler.”
El peso del silencio
Durante más de medio siglo, Roberto Carlos guardó cada uno de estos recuerdos bajo llave.
Para el público, era el caballero de la música; para quienes lo conocieron de cerca, un hombre que prefería callar antes que crear polémica.
“Crecí en una generación donde los hombres no lloraban, donde el respeto era una cárcel”, confesó. “Pero el silencio también envejece el alma.”
A sus 85 años, asegura que su intención no es atacar, sino liberarse.
“No los odio. Simplemente aprendí que la admiración sin respeto es una forma de traición.”
La lección del rey
Hoy, Roberto Carlos vive tranquilo entre Río de Janeiro y São Paulo. Ya no busca escenarios multitudinarios ni portadas. Solo desea cantar lo que siente.
Su voz sigue intacta, aunque más serena, más humana.
Cuando le preguntaron si alguno de los cinco nombres sabrá que está en su lista, respondió con ironía:
“Si tienen alma, ya lo saben.”
Su historia no es un ajuste de cuentas, sino una advertencia: detrás de cada estrella hay heridas invisibles, y detrás del éxito, una soledad que pocos imaginan.
Roberto Carlos no busca reconciliación.
Solo verdad.
Porque incluso los reyes, cuando envejecen, tienen derecho a gritar lo que callaron toda una vida.
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