“A los 74 años, Romina Power rompe el silencio que guardó por décadas. La cantante y actriz, símbolo de una generación, confiesa los nombres de cinco personas que jamás perdonará. Habla de traiciones familiares, amores que se convirtieron en heridas y verdades ocultas tras la fama. Su voz, entre lágrimas y serenidad, no busca venganza: busca liberación.”

A los 74 años, Romina Power ya no canta para el mundo.
Canta para sí misma.
Su voz, que alguna vez unió corazones junto a Albano, hoy suena más baja, más humana.
“Ya no busco aplausos —busco paz.”

En una entrevista íntima, bajo una luz tenue, la artista estadounidense-italiana decide abrir un capítulo que guardó durante toda su vida.
“Voy a decir los nombres. No para herir. Para soltar.”

Lo que sigue no es un escándalo. Es una catarsis.
Una historia sobre la fama, el amor, la pérdida… y las cicatrices que ni el tiempo ni la música lograron borrar.


1. El amor que la rompió

El primer nombre no sorprende, pero duele.
“Albano.”
Lo pronuncia sin rencor, con ternura cansada.

“Lo amé profundamente. Pero también me perdí en ese amor. Me anulé para sostener un sueño que ya no era mío.”

Habla de los años compartidos, de los escenarios, de los hijos, de la pareja que el mundo convirtió en mito.
“Éramos perfectos para los demás, pero infelices entre nosotros.”

No lo culpa, pero tampoco lo absuelve.
“Lo perdoné muchas veces… hasta que entendí que perdonar no es olvidar. Y yo no puedo olvidar la soledad que sentí a su lado.”


2. El amigo que traicionó su confianza

El segundo nombre pertenece a alguien del entorno artístico.
“Un amigo —al menos eso creí— que vendió mi intimidad a los medios.”

Romina recuerda cómo un día despertó con titulares que contaban secretos que solo esa persona conocía.
“Me dolió más que cualquier traición amorosa. Porque la amistad debería ser refugio, no moneda.”

Esa experiencia la volvió desconfiada.
“Desde entonces, aprendí que en este mundo los abrazos a veces huelen a contrato.”

Hoy, dice que no guarda odio, pero sí distancia.
“Aprendí a estar sola, y descubrí que la soledad, bien elegida, no duele.”


3. La figura paterna ausente

El tercer nombre pertenece al hombre que marcó su infancia: su padre, Tyrone Power.
“Murió cuando yo era una niña. Y aunque no tuvo culpa, lo resiento por haberse ido tan pronto.”

Romina habla con voz temblorosa.
“Lo idealicé toda mi vida, lo busqué en cada hombre, en cada canción. Pero su ausencia fue una herida que nunca dejó de sangrar.”

Dice que durante años vivió intentando llenar ese vacío con amor, con fama, con familia.
“Ninguno lo llenó. Solo entendí que el amor de un padre no se reemplaza.”

Es una confesión tierna, sin enojo.
“Quizás nunca lo perdoné por morir, aunque sé que no podía evitarlo.”


4. El enemigo invisible: la prensa

El cuarto nombre no pertenece a una persona, sino a una fuerza.
“La prensa.”

Durante décadas, Romina Power fue observada, perseguida, juzgada.
Su vida privada se convirtió en espectáculo.
“Cuando desapareció mi hija Ylenia, los medios se alimentaron de mi dolor.”

Su voz se quiebra.
“Yo buscaba respuestas, ellos buscaban titulares. No hay perdón posible para quien usa la tragedia ajena como entretenimiento.”

Esa herida la marcó para siempre.
“Desde entonces, dejé de creer en la bondad colectiva. Entendí que el morbo puede más que la compasión.”

Mira al suelo y añade:
“Todavía sueño con mi hija. Pero los medios no soñaron: solo vendieron.”


5. La Romina que calló

El quinto nombre sorprende.
“La quinta soy yo.”

Guarda silencio.
“Porque me callé demasiado. Por miedo, por amor, por costumbre. Permití que otros decidieran por mí, que me definieran.”

Romina confiesa que durante años vivió cumpliendo expectativas ajenas: la esposa ideal, la madre devota, la cantante dulce.
“Y me olvidé de ser mujer, de ser persona, de ser libre.”

A los 74 años, dice que por fin se ha perdonado por su silencio, pero no lo olvida.
“Callar también es una forma de morir. Y yo morí muchas veces para que otros vivieran cómodos.”


El eco del pasado

La entrevista avanza y Romina se muestra más ligera, casi sonriente.
“No quiero que se me recuerde por el dolor. Quiero que se entienda que sobreviví.”

Habla de cómo el arte la salvó una y otra vez.
“Cada canción fue una carta a mí misma. Cada escenario, una terapia.”

Confiesa que aún siente nostalgia por la juventud, pero sin melancolía.
“Las arrugas son mi biografía. Cada una tiene una historia que no cambiaría por nada.”


Entre la luz y la sombra

Romina Power siempre fue un símbolo de dulzura, pero también de misterio.
Y su historia, ahora contada con tanta honestidad, revela lo que muchos intuían:
Detrás de su serenidad, hay una mujer que ha conocido todos los rostros del amor y del dolor.

“Me pasé la vida buscando paz fuera. Y estaba aquí, en el silencio que tanto temía.”

Esa paz, dice, llegó cuando dejó de esperar disculpas.
“Hay personas que nunca te pedirán perdón, y está bien. El perdón no siempre se recibe, a veces se decide.”


La lección final

A los 74 años, Romina Power ya no quiere escribir finales tristes.
“Estoy viva, sigo cantando, sigo aprendiendo. Eso basta.”

Sus palabras no suenan a resignación, sino a sabiduría.
“La vida no me quitó todo; me enseñó todo. A veces el dolor es el mejor maestro.”

Se levanta, sonríe y concluye:
“Perdonar no es olvidar. Es elegir no seguir sangrando.
Y aunque hay cinco nombres que no puedo borrar, aprendí que el corazón siempre tiene espacio para seguir amando.”