A los 55, Ariel Miramontes revela lo que ocultó toda su carrera

Durante más de dos décadas, Ariel Miramontes —el inolvidable Albertano— ha sido sinónimo de humor, carisma y picardía. Con su cabello largo, su acento inconfundible y su estilo único, conquistó millones de corazones en México y América Latina. Pero detrás de las risas y del personaje que lo llevó a la fama, había un secreto que el actor había mantenido en silencio durante años.

Ahora, a los 55 años, Ariel rompe el silencio y lo admite todo. Lo que durante tanto tiempo se sospechó, finalmente sale a la luz.

“Ya no quiero seguir callando”, dice con voz serena. “He vivido muchas cosas en este medio, algunas buenas, otras muy duras. Pero lo que voy a decir hoy… es algo que necesitaba soltar desde hace tiempo.”

La entrevista tiene lugar en un pequeño foro, sin público, sin cámaras, solo con una grabadora encendida y una luz cálida que ilumina su rostro. Se le nota tranquilo, aunque sus ojos reflejan la emoción de quien está a punto de abrir una puerta que había mantenido cerrada durante años.

“Albertano fue mi escudo,” confiesa. “La gente veía al personaje, se reía, lo amaba… y yo me escondía detrás de él. Pero detrás de Albertano, Ariel estaba cansado, confundido, y a veces, perdido.”

El periodista lo observa en silencio. Ariel continúa, con un tono más íntimo:
“Durante años, la gente me preguntaba si yo era como Albertano en la vida real. Y yo sonreía, hacía una broma, cambiaba de tema. Pero la verdad es que Albertano fue mi refugio. Lo inventé para sobrevivir, para ocultar lo que realmente sentía.”

Hace una pausa. Su mirada se pierde en un punto invisible, como si rebobinara los años. “Cuando empecé en la televisión, tenía miedo de mostrar mi verdadera personalidad. Pensaba que, si la gente conocía al Ariel real, dejarían de quererme. Así que decidí ser siempre el chistoso, el exagerado, el coqueto… pero nunca el verdadero.”

Las palabras resuenan en el aire. Por primera vez, Ariel habla desde un lugar profundo. “Detrás del maquillaje y los aplausos, hubo momentos de soledad muy grandes. Cuando terminaba de grabar y llegaba a casa, el silencio me pesaba. Nadie sabía lo que pasaba por mi cabeza.”

El periodista le pregunta si se refiere a problemas personales, y él asiente.
“Sí, pero no solo eso. Hablo de identidad, de propósito, de miedo al fracaso. La gente cree que ser famoso te da felicidad, pero a veces te la quita. Porque no puedes equivocarte. No puedes mostrar tristeza. Tienes que ser perfecto. Y eso… es agotador.”

Ariel sonríe con melancolía. “Hubo noches en las que me pregunté si todo valía la pena. Si el amor del público era suficiente para llenar lo que me faltaba por dentro.”

Sus palabras conmueven. Es como si el hombre detrás del personaje estuviera, por fin, respirando con libertad. “Durante años me escondí detrás de una peluca y de frases graciosas. Hoy quiero mostrarme como soy: un hombre que ha reído, pero también ha llorado.”

El actor admite que, durante mucho tiempo, confundió la fama con la aceptación. “Pensaba que, si el público me amaba, yo también me amaría. Pero no. El aplauso es fugaz. Lo que realmente sana es la verdad.”

En ese momento, Ariel se recuesta en la silla y deja escapar una risa ligera. “¿Sabes qué es lo más irónico? Que todos decían que Albertano era un personaje falso… y en realidad, era la parte más sincera de mí. Porque en él puse todo lo que no me atrevía a decir como Ariel.”

La entrevista toma un giro inesperado cuando el actor menciona una etapa de su vida que casi nadie conoce. “Hubo un tiempo en que pensé dejarlo todo. Me fui de la televisión, me alejé de la gente, y empecé a estudiar, a leer, a entenderme. Descubrí que lo que más temía no era el olvido… era no saber quién era sin Albertano.”

Su tono se vuelve más cálido, más humano. “Aprendí que no tengo que ser gracioso para ser querido. Que también puedo ser serio, sensible, incluso frágil, y seguir siendo yo.”

El periodista le pregunta cuál es, entonces, el secreto que decidió revelar. Ariel respira hondo y dice:
“El secreto no es algo escandaloso. El secreto soy yo. Soy más que el personaje que todos conocen. Soy un hombre que se equivocó, que sufrió, que perdió, pero que también aprendió a levantarse. Y ya no quiero esconder eso.”

Sus ojos se humedecen. “Durante años sentí que tenía que mantener una imagen, una máscara. Pero ya no. Ya no tengo miedo de mostrar mis vulnerabilidades. Si eso decepciona a alguien, lo entiendo. Pero prefiero vivir en paz que seguir fingiendo.”

El ambiente se llena de silencio. Ariel sonríe con sinceridad. “Mucha gente me pregunta por qué sigo interpretando a Albertano. La verdad es que ya no lo hago por dinero ni por fama. Lo hago porque ese personaje me salvó. Me dio la oportunidad de reír cuando más lo necesitaba. Y mientras el público lo siga amando, yo lo haré también, pero sin esconderme detrás de él.”

Antes de terminar la entrevista, deja una última reflexión que deja a todos pensativos:
“Siempre dicen que Albertano es un personaje de comedia, pero en realidad es una historia de vida. La risa ha sido mi armadura. Pero hoy, a los 55 años, prefiero quedarme con lo que hay debajo: el hombre que por fin se atrevió a ser él mismo.”

La entrevista termina con un aplauso espontáneo del equipo que estaba en el set. Ariel se levanta, agradece y dice:
“Por primera vez en mucho tiempo, siento que hablé sin actuar.”

Esa noche, el público no deja de comentar su revelación. Las redes se llenan de mensajes de apoyo: “Gracias por ser tan honesto, Ariel”, “Eres más grande por tu verdad que por tus personajes”, “Albertano nos hizo reír, pero tú nos hiciste sentir.”

Y así, el actor que durante años fue sinónimo de comedia, se convierte también en símbolo de autenticidad. Porque a veces, la confesión más impactante no es un escándalo, sino una verdad sencilla: que detrás del humor, también hay un corazón.