“A los 45 años, William Levy rompe su silencio más brutal: confiesa los nombres de las cinco personas que lo traicionaron, revela secretos de su vida con Elizabeth Gutiérrez y destapa verdades que estremecen a Hollywood y América Latina. Entre lágrimas, rabia y arrepentimiento, el actor cubano más deseado del mundo deja al descubierto su lado más humano… y más oscuro.”

Durante años, William Levy fue el galán perfecto: sonrisa deslumbrante, mirada hipnótica, cuerpo tallado en fuego y una carrera que lo llevó de las calles de La Habana a los estudios más exclusivos de Miami y Hollywood. Pero detrás de ese brillo había algo que el actor cubano jamás había contado… hasta ahora.

A los 45 años, cansado de rumores, traiciones y falsas apariencias, William ha decidido hablar. En una entrevista inédita, revela los nombres de cinco personas que marcaron su vida para siempre. “No los odio, pero jamás podré perdonarlos”, dice con una mezcla de serenidad y dolor.

Lo que viene a continuación no es un simple ajuste de cuentas: es una confesión brutal de un hombre que lo tuvo todo… y estuvo a punto de perderse a sí mismo.


1. Elizabeth Gutiérrez: el amor que se convirtió en guerra

“Elizabeth fue mi gran amor, pero también mi mayor herida.”
Con esas palabras, William abre la puerta a una historia que el público creyó conocer, pero que ahora revela una verdad mucho más amarga.

Durante casi dos décadas, William y Elizabeth formaron una de las parejas más seguidas de la televisión latina. Tuvieron dos hijos, compartieron fama, cámaras y sueños. Pero detrás de las sonrisas, existían gritos, celos y distancias que ni los flashes podían ocultar.

“Ella me conoció cuando no tenía nada —dice William—, pero también fue quien más me juzgó cuando lo tuve todo.”
Los rumores de infidelidad, las separaciones y reconciliaciones públicas fueron solo la punta del iceberg. Según allegados, Levy vivió años de culpa y soledad dentro de una relación que se volvió insoportable.

Hoy, él lo resume con una frase que duele: “No la culpo, pero nunca olvidaré lo que perdí por intentar amarla.”


2. Su manager: la traición del dinero y el poder

El segundo nombre de la lista pertenece a un hombre que lo acompañó en sus primeros pasos por la fama. Su antiguo manager, responsable de impulsarlo en México y Estados Unidos, terminó siendo —según el actor— una de las personas que más lo perjudicaron.

“Cuando confías tu carrera a alguien, le das tu vida. Y él me la vendió sin que yo lo supiera.”

William asegura que fue víctima de contratos abusivos, manipulación mediática y campañas creadas para limpiar la imagen de otros a costa de la suya. Documentos legales, filtraciones y acuerdos rotos lo dejaron al borde de la bancarrota emocional y económica.

“Aprendí que en este mundo no se trata de talento, sino de cuánto estás dispuesto a perder para seguir brillando.”


3. Una actriz muy famosa… y un amor prohibido

El tercer nombre de su lista es, hasta ahora, el más polémico. No lo menciona directamente, pero todos los caminos apuntan a una reconocida actriz mexicana con la que vivió un romance oculto durante una de sus producciones más exitosas.

“Fue un amor que me devolvió la pasión… y me quitó la paz”, confiesa.

Los rumores estallaron hace años, pero Levy siempre negó la relación. Ahora, sin dar nombres, admite que fue uno de los vínculos más intensos —y destructivos— de su vida. “Ella sabía que estaba comprometido, pero jugó con eso. Y yo también fallé.”

Lo que empezó como una aventura se convirtió en un escándalo que casi termina con su familia y su reputación. “Me perdí entre lo que deseaba y lo que debía ser”, dice con voz quebrada.


4. Un productor de Hollywood: la humillación silenciosa

Cuando William intentó conquistar Hollywood, creía que su talento bastaba. Pero lo que encontró fue un muro de prejuicios, promesas falsas y tratos humillantes.

“El cuarto nombre de mi lista es un productor muy poderoso. Me hizo creer que tenía un papel asegurado en una película grande… pero lo que quería era otra cosa.”

Sin entrar en detalles, Levy admite que vivió situaciones límite: “Si no aceptas el juego, te cierran las puertas. Yo no las acepté. Y me las cerraron todas.”

A partir de ese momento, decidió volver a sus raíces, aunque el precio fue alto: proyectos cancelados, campañas detenidas y la sensación de haber sido usado y desechado.

“Aprendí que en Hollywood el talento no vale tanto como el silencio.”


5. Su propio reflejo: el enemigo más duro

El último nombre de su lista no pertenece a nadie más que a él mismo. “Durante años fui mi peor enemigo”, confiesa.

William reconoce que el ego, la fama y las tentaciones lo hicieron perder el rumbo. “Me miraba en el espejo y no me reconocía. Era una versión fabricada para gustar, no para sentir.”

Entre excesos, noches sin dormir y la presión de ser perfecto, el actor cayó en una espiral de autodestrucción que lo llevó a su punto más bajo: su detención en Florida por conducir bajo los efectos del alcohol.

“Ese día entendí que había tocado fondo. Pero también fue el día en que decidí empezar de nuevo.”


El renacimiento de un hombre roto

Hoy, William Levy vive entre Miami y Madrid, alejado del ruido y concentrado en sus hijos. Ha vuelto a actuar, pero con otra mirada: “Ya no busco fama, busco paz.”

Sus palabras, lejos de la soberbia que alguna vez lo rodeó, suenan más a una redención personal que a una venganza. “No necesito que me perdonen. Solo quiero perdonarme a mí mismo por haber callado tanto.”

El actor cubano, que conquistó corazones en “Triunfo del amor”, “Sortilegio” y “Café con aroma de mujer”, muestra ahora su faceta más humana. Detrás del ídolo hay un hombre que sobrevivió al precio del éxito, que perdió amigos, amores y oportunidades… pero ganó algo que nunca había tenido: su verdad.


Epílogo: las lágrimas de un mito

Cuando le preguntan si volvería a hablar con alguno de esos cinco nombres, responde con una sonrisa triste:
“Quizás algún día. Pero no hoy. Hoy solo quiero seguir respirando sin rencor.”

William Levy, el galán perfecto, se ha convertido en un hombre imperfecto… y por eso, más real que nunca.

Porque a veces, el perdón más difícil no es hacia los demás…
sino hacia uno mismo.