Después de décadas de silencios respetuosos, Manuel Mijares rompió la reserva que rodeó su divorcio con Lucero. A los 67 años explicó por qué se separaron, qué aprendió del proceso y cómo lograron transformar el final en un vínculo distinto. Una confesión que conmueve y sorprende.
Durante años, la historia de amor entre Manuel Mijares y Lucero fue una de las más queridas del espectáculo latino. Ídolos en sus respectivas carreras, construyeron una relación que parecía indestructible y que, para muchos, representaba el equilibrio perfecto entre éxito profesional y vida familiar. Por eso, cuando su divorcio se anunció, la sorpresa fue tan grande como el silencio que le siguió.
A los 67 años, Mijares decidió finalmente explicar los motivos de aquella separación. No lo hizo para reabrir heridas ni para señalar culpables. Lo hizo, según sus propias palabras, “para ordenar la historia y darle el lugar que merece”.

El silencio que protegió a una familia
Desde el inicio, ambos artistas eligieron un camino poco habitual en la industria: no convertir el divorcio en espectáculo. Mientras el público pedía explicaciones y la prensa buscaba versiones, ellos optaron por el silencio. No fue evasión. Fue cuidado.
Mijares explicó que, en aquel momento, la prioridad fue proteger a sus hijos y preservar un respeto mutuo que consideraban innegociable. “Hablar menos fue una forma de amar más”, afirmó.
Ese silencio, sin embargo, dejó preguntas abiertas durante años.
La verdad detrás del final
La confesión no incluyó escándalos ni episodios ocultos. Al contrario: Mijares fue claro en que el divorcio fue el resultado de un desgaste progresivo, no de un hecho puntual. Dos carreras intensas, agendas incompatibles y una vida pública que exigía más de lo que parecía.
“No nos separamos porque dejáramos de querernos”, explicó. “Nos separamos porque dejamos de encontrarnos”.
La frase, sencilla y contundente, resume un proceso largo y complejo.
Cuando el amor no alcanza para sostener la rutina
Mijares habló de la diferencia entre el amor y la convivencia. Reconoció que, durante años, ambos priorizaron el trabajo, creyendo que el tiempo se acomodaría solo. Pero el tiempo, dijo, no siempre espera.
Las ausencias, los viajes y las responsabilidades comenzaron a pesar. No como reproches explícitos, sino como distancias silenciosas. “Seguíamos siendo un equipo en lo esencial, pero nos estábamos perdiendo en lo cotidiano”, confesó.
Decidir separarse sin romper el respeto
Uno de los puntos más conmovedores de su relato fue cómo tomaron la decisión. No hubo peleas públicas ni ultimátums. Hubo conversaciones difíciles, honestas y dolorosas.
Mijares explicó que el divorcio fue una elección consciente para no convertir el desgaste en resentimiento. “Preferimos cerrar con dignidad antes que seguir por inercia”, afirmó.
Esa decisión marcó la diferencia en el vínculo posterior.
Lucero: el respeto que nunca se perdió
Al hablar de Lucero, Mijares fue enfático en el respeto. Reconoció su profesionalismo, su fortaleza y su compromiso como madre. Dejó claro que, aun después de la separación, el afecto y la admiración permanecieron.
“No fue una ruptura desde el enojo. Fue una transición”, dijo.
Ese enfoque permitió construir una relación distinta, basada en la cooperación y el cuidado compartido.
La paternidad como eje
Ambos coincidieron en algo fundamental: los hijos. Mijares explicó que cada decisión estuvo atravesada por la paternidad. El objetivo no fue “ganar” un relato, sino asegurar estabilidad emocional.
“Cuando hay hijos, el ego se vuelve un lujo que no te puedes permitir”, reflexionó.
Ese compromiso explica por qué, con el paso del tiempo, el público fue testigo de gestos de apoyo mutuo y cordialidad.
El impacto personal del divorcio
Aunque fue una decisión madura, no estuvo exenta de dolor. Mijares reconoció que atravesó momentos de tristeza y confusión. “El divorcio no es un fracaso, pero sí es un duelo”, dijo.
Ese proceso lo llevó a replantearse prioridades, ritmos y expectativas. A entender que el éxito profesional no compensa la desconexión personal si no se la atiende a tiempo.
La madurez de hablar ahora
¿Por qué hablar ahora? La respuesta fue clara: porque hoy existe la distancia emocional necesaria. A los 67 años, Mijares asegura que puede mirar atrás sin rencor y sin necesidad de justificarse.
“Hablar ahora no cambia el pasado, pero lo ordena”, afirmó.
La confesión no busca reescribir la historia, sino completarla con contexto.
La reacción del público
La respuesta fue inmediata y mayoritariamente respetuosa. Muchos agradecieron la honestidad y la ausencia de dramatismo. Otros se reconocieron en una historia donde el amor no se acaba de golpe, sino que se transforma.
Lejos de conmocionar por escándalo, la revelación conmovió por humanidad.
Un vínculo que evolucionó
Mijares fue claro: el divorcio no borró la historia compartida. La transformó. Hoy existe un vínculo distinto, más sereno y funcional, donde el respeto es la base.
“No todo final es una derrota. Algunos son una forma de cuidarse”, reflexionó.
Aprendizajes que quedan
Entre los aprendizajes, destacó uno esencial: la comunicación a tiempo. Reconoció que, de haber hablado antes sobre ciertas distancias, algunas cosas quizá habrían sido distintas. Pero no vive desde el “qué habría pasado”.
Vive desde lo aprendido.
El presente sin cuentas pendientes
Hoy, Mijares se muestra en paz. Su música continúa, su vida sigue y la historia con Lucero ocupa un lugar claro y honesto en su memoria. No hay reproches ni versiones encontradas.
“Lo que fue, fue verdadero. Y eso basta”, dijo.
Más allá del titular
La sorpresa no estuvo en los motivos, sino en la forma de contarlos. Sin acusaciones. Sin detalles innecesarios. Con una madurez poco habitual en historias tan expuestas.
A los 67 años, Manuel Mijares reveló los motivos de su divorcio con Lucero. No para generar conmoción, sino para cerrar un capítulo con verdad y respeto.
Y en una industria donde el ruido suele imponerse, esa forma de hablar —clara, sobria y humana— resulta, quizá, la revelación más poderosa de todas.
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