¿Quiénes son ‘Los Murciélagos’? La noche en que el Istmo ardió, 22 camiones desaparecieron en humo y un mensaje sellado cambió el mapa del CJNG para siempre
La primera señal no fue el fuego.
Fue el silencio.
En el Istmo de Tehuantepec, incluso la madrugada tiene sonidos: el rumor del viento que se cuela por los techos de lámina, el ladrido de un perro que pelea con sombras, el paso lejano de un tráiler que arrastra la noche como si fuera una cadena. Pero aquella madrugada, a las 2:17, el aire pareció contener la respiración.
Alicia Cruz —reportera local, voz conocida en la región por su programa de radio “Puente de Bruma”— estaba despierta porque había aprendido a desconfiar de las horas tranquilas. Desde hacía meses, la carretera se había vuelto una vena tensa: demasiadas luces cruzaban sin detenerse, demasiadas caras nuevas pedían direcciones con demasiada prisa, y demasiadas historias se cortaban justo antes del final.
Cuando la línea telefónica del estudio parpadeó, Alicia pensó en ignorarla. Nadie llama a esa hora para pedir una canción.
Contestó.
—¿Bueno?
Al otro lado, una respiración corta, como si la persona estuviera corriendo sin hacer ruido. Luego, una voz grave, distorsionada por algún filtro o por el miedo:
—No salgas. Apaga las luces. Y escucha.
Alicia se incorporó en la silla. La piel se le erizó.
—¿Quién eres?
—Murciélagos —respondió la voz, sin orgullo y sin amenaza. Como quien da un dato inevitable.
La llamada se cortó.
Alicia se quedó con el auricular pegado a la oreja, oyendo el tono muerto. Afuera, el Istmo seguía oscuro. El ventilador del estudio giraba lento. Una mosca chocó contra la lámpara, insistente, como si también presintiera algo.
Alicia miró el panel de sonido. Subió apenas el volumen de la radio de monitoreo, esa que captaba frecuencias abiertas de transportistas y caminos. El aire estaba lleno de chasquidos.
Y entonces lo escuchó: una cadena de voces tensas, palabras incompletas, coordenadas que iban y venían como si el mismo mapa se estuviera rompiendo.
—…no pasen el puente…
—…están cerrando la salida…
—…luces sin placas… muchas…
—…algo huele a químico…
—…repito: no pasen…
Alicia tragó saliva.
En la pared, una fotografía vieja del Istmo colgaba torcida: mar y montaña unidos por un lazo de carreteras. Un lugar de tránsito, de comercio, de vida. También, últimamente, un lugar de sombras.
Alicia apagó las luces del estudio, como le habían dicho. Se asomó por la rendija de la cortina. La calle estaba vacía, pero no tranquila: vacía como cuando todos se esconden de la lluvia, solo que no llovía.
Entonces, muy lejos, casi en el borde del oído, un resplandor naranja tiñó el cielo.
La segunda señal fue el fuego.
1) La fila de luces
Los primeros mensajes llegaron al amanecer. No por redes ni por rumores, sino por esa tecnología antigua que en el Istmo sigue siendo la más rápida: la conversación de boca en boca, de patio en patio, de tienda en tienda.
—Dicen que se quemaron camiones.
—Dicen que eran muchos.
—Dicen que fue cerca del entronque.
—Dicen que nadie se acercó.
Alicia condujo hacia el tramo señalado con el estómago apretado. No llevaba una cámara grande; aprendió hace tiempo que ciertos aparatos atraen miradas equivocadas. Llevaba un cuaderno, un grabador pequeño y una credencial que, a veces, abría puertas… y otras, las cerraba.
A medida que avanzaba, vio lo raro: no era que hubiera retenes, eso se veía de vez en cuando. Era la forma en que la carretera estaba “limpia”, demasiado limpia, como si alguien hubiera querido borrar el camino antes de que saliera el sol.
La columna de humo aún se elevaba, diluida por el viento del Istmo, ese viento que aquí no sopla: ordena.
Alicia estacionó lejos. Caminó con cuidado, siguiendo la orilla de la carretera donde la maleza escondía huellas y también miradas.
Y allí, como un cementerio de metal, aparecieron.
No eran camiones intactos. Eran esqueletos: estructuras ennegrecidas, llantas deshechas, placas irreconocibles. Veintidós siluetas alineadas en una curva, como si alguien hubiera decidido exhibirlas para que el mensaje se viera desde el cielo.
Alicia sintió una punzada en la garganta.
No había cuerpos, no había escenas explícitas. Eso, por sí mismo, era extraño: un evento así suele dejar rastros de prisa y desorden. Pero ahí todo parecía… calculado. Como si el lugar hubiera sido elegido y el tiempo, también.
Un hombre con chaleco de “Protección Civil” le hizo una seña desde lejos para que no cruzara la cinta amarilla.
—Señorita, no pase. Hay riesgos en el aire.
Alicia asintió. No necesitaba acercarse más para entender que aquello no era un simple accidente.
Detrás del hombre, a unos metros, se movían figuras con cascos y guantes, trabajando con una calma tensa. Más allá, se veían unidades oficiales y personal tomando notas. Nadie sonreía. Nadie se relajaba.
Alicia sacó el cuaderno y escribió una frase: “La carretera se volvió un anuncio.”
En el suelo, cerca de la maleza, vio algo que no combinaba con el carbón: un papel blanco doblado, atrapado bajo una piedra. Quiso avisar al personal, pero el impulso periodístico le ganó por un segundo. Se inclinó, lo tomó con dos dedos y lo guardó rápido en su bolsillo, como quien roba una respuesta.
Se dijo a sí misma que luego lo entregaría. Que solo era para ver qué era, nada más.
Pero en el Istmo, uno nunca abre un papel “para ver qué es” sin pagar un precio.

2) “Murciélagos” no es un animal
De regreso al estudio, Alicia cerró la puerta con doble seguro. Tomó agua, respiró, intentó ordenar lo que había visto en palabras que no encendieran pánico. Su trabajo no era gritar: era sostener.
Aun así, cuando se sentó frente al micrófono, la voz le salió más baja.
—Hoy, en distintos tramos del Istmo, hubo incidentes que afectan el tránsito —dijo con cuidado—. Recomendamos evitar carreteras secundarias y atender indicaciones oficiales. Si necesita viajar, hágalo solo por rutas autorizadas.
No mencionó nombres. No mencionó siglas. No mencionó “carga”, ni “mercancía”, ni “convoy”. No porque no supiera, sino porque sabía demasiado sobre lo que provocan ciertas palabras.
Terminó el mensaje, puso música suave y se quedó mirando el papel que había recogido.
Lo abrió.
Dentro había una hoja pequeña, como arrancada de un cuaderno escolar. Solo tenía una frase, escrita con tinta negra, letra firme:
“El paso no se compra. El paso se gana. Hoy se cerró. —M.”
Alicia sintió que el estómago se le hundía.
“M.”
Esa inicial podía ser cualquiera. Una persona, un lugar, una clave. Pero la llamada de madrugada le había dicho “Murciélagos”. Y ahí estaba también: una M que parecía firmar.
Alicia volvió a abrir el papel como si pudiera cambiar si lo miraba distinto. No cambió.
Tomó el teléfono y marcó a su amigo Efraín, un fotógrafo que trabajaba para una revista regional y que, por sobrevivencia, había aprendido a escuchar más de lo que publicaba.
—Efra —dijo cuando él contestó, con la voz ronca de recién despertar—. ¿Has oído algo de “Murciélagos”?
Hubo un silencio.
—¿Quién te dijo esa palabra?
Alicia miró la ventana, instintivamente.
—Digamos que… llegó a mí.
Efraín exhaló, pesado.
—No es un grupo oficial, Alicia. O al menos… no con ese nombre en documentos. Es como un apodo. Una sombra con sobrenombre.
—¿De quién?
—De gente que opera de noche. Los que se mueven cuando el pueblo duerme. Los que apagan luces y encienden señales. No me preguntes más por teléfono.
Alicia apretó el papel entre los dedos.
—¿Son… buenos? —preguntó, odiando lo ingenua que sonaba.
Efraín soltó una risa breve, sin humor.
—En el Istmo, “bueno” y “malo” son palabras que no sirven. Solo sirve esto: ¿te dejan vivir o te dejan sin aire?
Alicia colgó y se quedó mirando el micrófono apagado, como si fuera un animal dormido que podía morderla al despertar.
Entonces recibió un mensaje anónimo en la bandeja de texto de la radio. No tenía número visible, solo aparecía como “desconocido”.
“No busques el origen del fuego. Busca el origen del cierre.”
Alicia sintió que la espalda se le enfriaba.
3) El puente y la bruma
Esa misma tarde, el teniente Salgado —un enlace de autoridades que Alicia había entrevistado alguna vez por temas de caminos— solicitó hablar con ella. No la citó en una oficina. Le pidió verla en un lugar neutro: una cafetería pequeña frente al mercado, donde el ruido de la gente funciona como pared.
Salgado llegó sin escolta visible, pero Alicia notó lo que siempre notaba: una mirada rápida a puertas y ventanas, un hombro tenso, un vaso de café que no se terminaba.
—Señorita Cruz —dijo, sin rodeos—. Evite especular al aire.
Alicia sostuvo su mirada.
—Yo no especulo. Yo informo sin incendiar.
Salgado asintió levemente, como si esa respuesta le aliviara un poco el peso.
—Se está investigando un evento grande —dijo—. Y hay intereses… en que se cuenten versiones diferentes.
Alicia metió la mano en el bolsillo y tocó el papel doblado, sin sacarlo.
—¿Por qué el nombre “Murciélagos” aparece en todas partes? —preguntó, midiendo su voz—. Me lo dijeron, me lo escribieron, lo escuché en radio abierta.
Salgado se quedó quieto. Luego habló más bajo:
—Ese nombre se usa para asustar. Para confundir. Para crear un mito. A veces lo usa gente que quiere verse más fuerte. A veces lo usa gente que quiere que otros se culpen.
—¿Entonces no existen?
Salgado levantó los ojos, cansados.
—En el Istmo existen las redes. Y existen los silencios. Si juntas ambas cosas, te sale algo parecido a un “grupo”. Lo demás… es humo.
Alicia lo miró con el corazón golpeando.
—¿Y qué pasó con los camiones?
Salgado apretó la mandíbula.
—Hubo un bloqueo. Hubo un choque de intereses. Hubo una decisión de frenar un tránsito que se estaba volviendo… costumbre. El resto se está revisando.
Alicia entendió el lenguaje: palabras cuidadosas que significaban “no puedo decirte”.
—Se dice que el CJNG estaba intentando usar el Istmo como paso —lanzó Alicia, observando su reacción.
Salgado no se inmutó del todo, pero sus dedos se cerraron alrededor del vaso.
—En México hay organizaciones que intentan usar todos los pasos —dijo—. El Istmo no es excepción. Lo que cambia es quién se atreve a cerrar la puerta.
Alicia sintió un golpe de realidad: la puerta se había cerrado, sí… pero nadie sabía con qué llave.
Antes de irse, Salgado dejó una frase que Alicia anotó como si fuera una advertencia personal:
—Si escucha “Murciélagos” otra vez, no siga la palabra. Siga el rastro del miedo que provoca.
4) La mujer del faro
Alicia pensó que lo mejor era esperar. No investigar más. No moverse. No agitar aguas.
Pero la noche en el Istmo tiene una forma particular de empujar a la gente hacia decisiones peligrosas: te rodea con viento, te llena de rumores, te deja escuchar demasiado.
Cuando cayó el sol, Alicia recibió otro mensaje.
Esta vez venía con ubicación.
“Faro Viejo. 11:30. Si quieres entender el cierre.”
Alicia estuvo a punto de borrarlo. Sus manos temblaron sobre la pantalla. Pensó en su madre, que siempre le decía que la curiosidad sin protección es una puerta abierta.
Pero también pensó en los veintidós esqueletos de metal. En el papel con la M. En la llamada de madrugada.
Se dijo que solo iría a mirar desde lejos. Que no hablaría con nadie. Que no se expondría.
A las 11:20, estacionó a unas cuadras del Faro Viejo, una estructura deteriorada cerca de la costa, usada por pescadores como punto de referencia y por adolescentes como lugar para asustarse entre ellos.
El viento soplaba fuerte. El mar sonaba como una multitud.
Alicia caminó con la capucha puesta, el teléfono en silencio, el grabador escondido. En la base del faro vio una figura sentada sobre una piedra, de espaldas: una mujer con una chamarra oscura y el cabello recogido. Parecía tranquila, pero su tranquilidad era de las que se construyen a base de no confiar en nadie.
Alicia se detuvo a unos metros.
—¿Eres tú quien me escribió?
La mujer no se giró de inmediato. Miró el mar y dijo:
—Hoy cerraron una puerta que muchos daban por abierta.
Alicia sintió la garganta seca.
—¿Quién la cerró?
La mujer soltó una risa suave.
—¿Te importa el nombre… o te importa que se cerró?
Alicia apretó el cuaderno contra el pecho.
—Me importa saber qué significa “Murciélagos”.
La mujer por fin se giró. Sus ojos eran oscuros, alertas, de alguien que no duerme profundo desde hace tiempo.
—Murciélagos no es un uniforme —dijo—. Es un horario. Es la gente que se mueve cuando otros se esconden. Los que ven sin ser vistos.
—¿Son ustedes quienes quemaron los camiones?
La mujer inclinó la cabeza, como si la pregunta fuera demasiado simple para algo tan complejo.
—El fuego no siempre es un acto —respondió—. A veces es una consecuencia. A veces es un mensaje de alguien que no quiere que lo sigan. A veces… es una forma de borrar lo que se estaba transportando.
Alicia sintió un escalofrío. No era una confesión, era una niebla.
—¿Por qué me citaste?
La mujer metió la mano en su bolsillo y sacó un sobre pequeño, sellado con cinta.
—Porque tu voz llega lejos —dijo—. Y porque lo que viene no se frena con armas, sino con atención.
Le extendió el sobre.
Alicia lo tomó sin abrirlo.
—¿Qué es?
—Una lista de rutas que ya se están intentando reactivar —dijo la mujer—. Si lo dices al aire tal cual, te conviertes en blanco. Si lo escondes, no sirve. Así que tienes que hacer lo único que saben hacer los que sobreviven aquí: hablar sin decir, alertar sin señalar.
Alicia tragó saliva.
—¿Quién eres?
La mujer guardó las manos en los bolsillos.
—Alguien que perdió a un hermano por un “paso” que nunca debió existir —dijo—. Y alguien que no quiere perder a nadie más.
Alicia sintió el golpe en el pecho. La coincidencia era demasiado precisa.
—Yo también… —empezó.
La mujer levantó una mano, deteniéndola.
—No me cuentes. La información personal es una cuerda. Y hay gente que sabe jalar cuerdas.
Alicia apretó el sobre y sintió el papel crujir.
—¿Y el CJNG? —preguntó, odiando cómo ese nombre volvía como sombra—. ¿De verdad intentaban pasar?
La mujer miró a la oscuridad, donde el mar se confundía con el cielo.
—Hay una organización que cree que los caminos tienen dueño —dijo—. Que cree que el Istmo es solo un corredor. Pero el Istmo no es corredor. Es casa. Y a veces la casa… se defiende sola.
La frase sonó hermosa y terrible a la vez.
—¿“Se defiende” cómo? —preguntó Alicia, alarmada por el filo de esa idea.
La mujer se levantó.
—Con vigilancia. Con avisos. Con gente que apaga las luces cuando conviene y las enciende cuando es necesario. Con camioneros que se niegan a cargar cierto tipo de “mercancía”. Con pescadores que escuchan motores raros en la noche. Con madres que hacen preguntas incómodas. Con radios que saben medir sus palabras.
Alicia sintió el peso de su micrófono, aunque no lo tenía en la mano.
—¿Y por qué el nombre “Murciélagos”?
La mujer sonrió apenas.
—Porque el murciélago no anuncia su vuelo. Solo aparece. Y porque muchos prefieren creer en un monstruo antes que aceptar que la comunidad puede organizarse.
Antes de que Alicia pudiera decir algo más, la mujer se alejó hacia la oscuridad. No corrió. No se escondió. Solo se desvaneció con el viento, como si el faro la hubiera inventado por un momento.
Alicia se quedó sola, sosteniendo el sobre sellado.
5) El sobre y el dilema
De regreso al estudio, Alicia puso una silla contra la puerta. No por seguridad real, sino por necesidad emocional. Abrió el sobre con cuidado, como si fuera un animal dormido.
Dentro había un mapa impreso con líneas marcadas a mano. Rutas secundarias, desvíos, horarios, puntos donde “la señal se cae”, sitios donde “la niebla ayuda”. Había notas como: “camión blanco, doble remolque”, “placas cambiadas”, “carga cubierta”.
No había instrucciones de daño, ni detalles de ataque. Era algo peor: era inteligencia logística. Información que, en manos equivocadas, podía servir para reforzar el problema. Y en manos correctas, para evitarlo.
En la última hoja, una frase:
“No digas nombres. Di precauciones. No señales a nadie. Señala el riesgo.”
Alicia apoyó la espalda en la pared, respirando fuerte.
Recordó la advertencia de Salgado: “No sigas la palabra. Sigue el miedo que provoca.”
Recordó la llamada: “Apaga las luces. Y escucha.”
Recordó los camiones: veintidós esqueletos como un aviso.
Alicia entendió que estaba atrapada en una paradoja del Istmo: si callaba, otros hablarían por ella; si hablaba demasiado, la apagarían.
Entonces hizo lo que hacen los que han vivido entre viento y bruma: construyó un mensaje que parecía rutina, pero no lo era.
Al día siguiente, al aire, dijo:
—Atención, comunidad: en los próximos días, se recomienda a transportistas y viajeros evitar transitar de noche por rutas secundarias no autorizadas. Verifiquen cargas, documentación y paradas. Si notan movimientos inusuales, repórtenlos por canales oficiales. La seguridad se cuida con prevención.
No dio coordenadas. No dio rutas específicas. No citó el mapa. Pero sembró una idea: la noche ya no era para cualquiera.
Esa tarde, recibió tres llamadas de camioneros agradeciendo la advertencia. Dos mensajes anónimos insultándola. Y uno, breve, sin amenaza y sin cariño:
“Así. Eso era.”
Alicia se quedó mirando el texto. No supo si era un alivio o un nuevo problema.
6) Las veintidós sombras
Pasaron días. Los restos de los camiones se retiraron. Las autoridades dieron comunicados sobrios. Los rumores siguieron su propio camino, como siempre.
Pero algo cambió en el Istmo, y Alicia lo sintió en los detalles:
Los choferes empezaron a viajar en horarios distintos. Las tienditas cerraban más temprano, sí, pero también se organizaban para acompañarse al regresar a casa. En ciertos puntos, las luces de la carretera se apagaban por minutos y volvían, como señales. La gente hablaba menos en público, pero se comunicaba más entre ellos, con códigos simples, con miradas, con la vieja costumbre de cuidarse sin anunciarlo.
Alicia no sabía si “Murciélagos” era un mito o una red real. Quizá ambas cosas. Lo que sí sabía era esto: había una voluntad de cerrar un paso.
Una noche, mientras revisaba audios, Alicia encontró un archivo que no recordaba haber grabado. Era un ruido ambiental, como si el grabador hubiera captado algo en segundo plano.
Lo reprodujo.
Viento. Una carretera. Voces lejanas. Y, de repente, un sonido como de aleteo… o tal vez solo una lona golpeando.
Luego, una frase en susurro:
—Veintidós… para que lo entiendan.
Alicia pausó el audio. Se quedó helada.
No sabía quién lo había dicho. No sabía cuándo. Pero entendió el sentido: no era una cifra, era un símbolo. Veintidós para que el mensaje fuera imposible de ignorar.
Alicia tomó el cuaderno y escribió:
“En el Istmo, las cifras también son advertencias.”
7) La última llamada
Una semana después, el teléfono volvió a sonar de madrugada.
Alicia miró la pantalla. “Desconocido.”
Contestó con el corazón golpeando.
—¿Bueno?
La misma voz distorsionada.
—La puerta se cerró… pero habrá quien intente abrirla con otra llave.
Alicia apretó los dientes.
—¿Qué quieres de mí?
—Que sigas haciendo lo que hiciste —dijo la voz—. Hablar sin señalar. Alertar sin encender. Y recordarles que el Istmo no es un corredor.
Alicia tragó saliva.
—¿Quién eres?
La voz tardó en responder, como si pensara si valía la pena.
—Nadie —dijo al fin—. Eso es lo que nos mantiene vivos.
Antes de cortar, agregó:
—Y no lo olvides, Alicia: los murciélagos no queman la noche. Solo la atraviesan.
La llamada se cortó.
Alicia se quedó mirando la oscuridad del estudio. Afuera, el viento del Istmo soplaba como siempre, terco, enorme, interminable.
En ese momento, Alicia entendió la parte más inquietante de todo: el fuego había sido la noticia, sí. Pero lo verdaderamente importante era el cierre. El cambio invisible. La idea nueva circulando entre la gente: que el paso no era inevitable.
Y ese tipo de idea, en lugares donde el miedo suele mandar, es la más peligrosa… y también la más poderosa.
Alicia encendió el micrófono para grabar un mensaje que todavía no sabía si transmitiría. Su voz salió firme, sin temblor, como si el viento le prestara fuerza:
—Aquí, en el Istmo, no solo pasan camiones. Pasa la vida. Y la vida… no se negocia.
Guardó el audio en una memoria. Lo escondió en una caja metálica bajo la consola, donde guardaba lo importante.
Luego apagó las luces.
Y escuchó.
Porque en el Istmo, la próxima señal casi nunca es el fuego.
Es el silencio.
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