“‘OH, SORRY…’ lo dijo sonriendo: mi hermana dejó caer mi laptop en la piscina… y segundos después susurró una frase que jamás debí escuchar. Lo que apareció cuando intenté rescatar los archivos destapó un secreto familiar enterrado desde hace años — y nadie volvió a mirarse igual.”

El día que mi laptop cayó al agua, yo no estaba pensando en secretos familiares. Estaba pensando en números.

En la pantalla abierta había una hoja de cálculo con fechas, presupuestos y una lista interminable de tareas. En dos semanas presentaría mi proyecto final para cerrar el semestre: una propuesta de plataforma para pequeñas empresas, algo que me había costado noches enteras de café frío y ojos rojos. Además, mi jefa —sí, tenía trabajo de medio tiempo— me había pedido un borrador del plan para ver si podía recomendarme para una beca. Todo estaba ahí: mis notas, mis diseños, mis correos, los documentos que había firmado en prácticas… mi vida ordenada en carpetas con nombres obsesivamente perfectos.

Y, aun así, mi familia insistía en que ese domingo era “para descansar”.

—Te estás volviendo una máquina —me dijo mi madre por la mañana, mientras me dejaba en la mesa un plato con fruta cortada—. Ven a la casa de tu tía. Hay parrillada. Hay piscina. Hay gente.

—Hay ruido —murmuré.

—Hay familia —corrigió ella, con esa sonrisa que decía “no discutas”.

No discutí. La verdad es que llevaba semanas esquivando reuniones. Siempre había una razón: trabajo, exámenes, sueño, “me duele la cabeza”. En algún momento, la palabra “ocupada” se había convertido en una pared entre ellos y yo. Y yo, que me consideraba fuerte, empecé a sentir culpa por esa pared.

Así que acepté.

Metí la laptop en la mochila con un cuidado casi ceremonial, como si fuera un animal dormido. Me prometí que no la abriría, que solo la llevaría “por si acaso”, esa mentira pequeña que uno se dice para calmar la ansiedad. Y salí.

La casa de mi tía tenía el típico patio grande de barrio: plantas por todas partes, sillas de plástico, música demasiado alta y el olor a carbón como invitación oficial. La piscina brillaba bajo el sol con un azul tan perfecto que parecía un anuncio. Había risas, voces superpuestas, niños corriendo. Mi primo Mateo gritaba cada vez que alguien salpicaba. Los adultos, con vasos en la mano, conversaban como si el mundo estuviera bien.

Mi hermana, Lucía, estaba allí desde temprano. La vi a lo lejos, sentada en el borde de la piscina, con los pies metidos en el agua y una expresión que yo conocía demasiado bien: esa mezcla de aburrimiento y vigilancia, como si estuviera esperando el momento exacto para decir algo que incomodara a todos.

Lucía era dos años menor que yo, pero a veces parecía mayor, no por madurez, sino por el arte de mirar todo como un juicio. Tenía un talento especial para detectar inseguridades y apretar justo ahí. Si yo era la que construía paredes, ella era la que tocaba la puerta con un martillo.

Cuando me acerqué, levantó la vista y sonrió.

—Mira quién apareció —dijo, como si yo fuera un famoso invitado sorpresa.

—Hola, Lucía.

—¿Trajiste tu… —miró mi mochila— vida entera?

No respondí. Me limité a dejar la mochila en una silla, lejos del agua. O eso creí: “lejos” en una casa donde todo terminaba empapado de una forma u otra era una palabra engañosa.

—¿Y? —preguntó Lucía, inclinándose hacia mí—. ¿Ya vas a contarle a mamá lo del viaje?

Sentí un tirón en el estómago.

—¿Qué viaje?

—No te hagas. El que planeas con tu jefa. El que “todavía no es seguro”. —Imitó mi voz con una precisión irritante—. “Ay, no quiero ilusionarlas”.

Me quedé helada. Eso se lo había dicho a Lucía en confianza, una noche en la que ella se mostró extrañamente amable. Me había confesado que se sentía perdida, que no sabía qué hacer con su vida, y yo… yo bajé la guardia. Le conté que quizá me enviaban a un programa de verano a otra ciudad, que todo dependía de una evaluación.

—No es un viaje —dije, cuidando el tono—. Es una posibilidad.

—Una posibilidad que te va a sacar de aquí. —Sus ojos se estrecharon—. Claro. Como siempre.

—¿Como siempre qué?

Lucía se encogió de hombros y miró al agua.

—Como siempre tú avanzando y los demás… —dejó la frase a medias, pero el veneno ya estaba servido.

Yo respiré. Era domingo. Había sol. Había parrillada. No iba a pelear.

—¿Cómo te va a ti? —pregunté, intentando cambiar el rumbo.

—¿A mí? —Soltó una risa corta—. A mí me va genial. Solo que nadie lo nota porque no hago presentaciones con diapositivas ni vivo pegada a una pantalla.

Sus palabras eran una pedrada directa.

No respondí.

Y ese silencio fue el comienzo del desastre.

Porque Lucía lo tomó como una invitación.

—Oye —dijo con voz repentinamente dulce—, ¿me prestas tu laptop un segundo?

La miré sin entender.

—¿Para qué?

—Tengo que mandar un correo. Es rápido. El celular no me deja adjuntar bien el archivo. —Se tocó el cabello, como si actuara en un comercial—. Por favor. Es importante.

Por un instante, dudé. No me gustaba prestar mi laptop. No por “egoísmo”, como decía mi madre, sino porque ahí estaba mi vida. Mis contraseñas guardadas, mis notas, mis borradores. Era como prestar un diario abierto.

—Te puedo mandar el archivo desde mi correo —propuse—. O lo haces desde el mío y—

—No. —Su sonrisa desapareció un segundo—. Lo necesito desde el mío. Y con mi firma. Y ya. ¿Qué tanto misterio? ¿Crees que voy a robarte “tus ideas”?

Su tono era el de siempre: provocar para que yo quedara como la exagerada.

Sentí miradas alrededor. No muchas, pero las suficientes. Mi madre hablaba con mi tía a unos pasos. Si yo decía que no, Lucía haría un escándalo suave, de esos que se disfrazan de chiste.

—Lucía… —empecé.

—Vamos, no seas así —dijo ella, y entonces bajó la voz—. Te juro que lo necesito. Si no lo mando hoy, pierdo una oportunidad.

Esa palabra, “oportunidad”, me golpeó. Porque yo conocía esa sensación: el miedo a que la puerta se cierre. La miré y, por primera vez en el día, vi algo parecido a vulnerabilidad.

Suspiré.

—Está bien. Un segundo. Pero aquí, en la mesa, no cerca del agua.

—Obvio. —Volvió la sonrisa.

Abrí la mochila, saqué la laptop con cuidado y la puse sobre la mesa más cercana. Era una mesa larga, con mantel de plástico, al lado de la parrilla. Había platos, servilletas, una jarra con agua. Yo misma me aseguré de que estuviera a salvo. Lucía se sentó, abrió la pantalla y empezó a escribir.

Yo me quedé de pie, a su lado, como guardia de museo.

—¿Puedes ir por hielo? —me gritó mi tía desde la cocina.

—Yo voy —dije, agradecida por una excusa para alejarme. Miré a Lucía—. No te tardes.

—Ay, sí, mamá —se burló.

Caminé hacia la cocina. El sonido de la música subió. Alguien cantaba desafinado. Un niño corrió con una pistola de agua y casi me dispara. Reí a medias. Abrí el congelador. Busqué bolsas de hielo.

Y entonces escuché el grito.

No fue un “¡ay!”. Fue un grito corto y agudo, como cuando algo se rompe por dentro antes de romperse por fuera.

Salí de la cocina con la bolsa en la mano, y vi a gente girar la cabeza hacia la piscina.

Mi corazón se aceleró.

Atravesé el patio esquivando sillas, y ahí la vi.

Mi laptop, flotando en el agua como un animal herido, con la pantalla abierta, tragándose el reflejo del cielo.

Y a Lucía, de pie junto al borde, con las manos en la boca.

—¡OH, SORRY! —dijo ella, alto, para que todos la escucharan—. ¡Se me resbaló!

Por un segundo, el mundo se quedó sin sonido. Como si la música, las voces y el agua se hubieran congelado.

Yo avancé sin pensar. Me arrodillé, metí el brazo en la piscina y agarré el aparato. Pesaba más de lo normal, como si el agua le hubiera dado una gravedad nueva. Goteaba por todos lados. El teclado parecía llorar.

—¡No, no, no…! —susurré, aunque no sé si lo dije en voz alta.

Lucía se inclinó.

—Lo siento, de verdad… —dijo, y su cara tenía esa mezcla perfecta de culpa y teatro.

Yo apreté la laptop contra mi pecho, como si abrazarla pudiera revertir el tiempo.

—¿Cómo pasó? —pregunté, con una calma que me asustó a mí misma.

Lucía tragó saliva.

—Me… me tropecé. —Señaló una silla—. Me levanté para que no me diera el sol y… se me fue de las manos.

Mi madre apareció.

—¿Qué pasó? ¿Qué pasó? —preguntó, alarmada.

—La laptop —dije, sin mirarla. Solo veía el agua cayendo al piso—. Cayó al agua.

Mi madre miró a Lucía, luego a mí.

—Ay, hija, pero ¿por qué la traes aquí? —fue lo primero que dijo, como si el culpable fuera el objeto, no el accidente.

Lucía tomó aire y se acercó más. Sus ojos se clavaron en los míos. Y entonces, bajando la voz, me susurró algo que nadie más escuchó, algo que me dejó helada:

—No debiste negarte.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

Lucía parpadeó, como si se diera cuenta de lo que había dicho. Rápido, demasiado rápido, cambió de expresión.

—Digo… que… no debiste traérmela tan cerca del agua —improvisó en voz alta, para que los demás oyeran—. Fue culpa mía, pero… ay, no sé.

Yo no respondí. Porque mi cerebro se quedó atascado en esa frase: “No debiste negarte”.

¿Negarme a qué?

La gente siguió hablando. Mi tía ofreció arroz en tono de broma para aliviar la tensión. Mi primo Mateo rió como si fuera una escena divertida. Mi madre suspiró como si yo hubiera roto algo en casa por tercera vez.

Yo me retiré con la laptop empapada en las manos.

La llevé al baño interior. Puse toallas sobre el lavabo. La abrí, sin pensar, y el agua se deslizó por dentro. Cerré los ojos. Sentí un nudo en la garganta.

Me miré al espejo.

La rabia no me salió como grito. Me salió como frío.

Respiré hondo, saqué el celular, y busqué el número del técnico de confianza, el mismo que una vez rescató el teléfono de mi padre después de que lo dejara caer en la sopa.

—Trae el aparato apagado, no lo enciendas, sécalo lo más que puedas —me dijo—. Y ven ya.

Cuando salí del baño, Lucía estaba esperándome en el pasillo. Como si hubiera vigilado el momento exacto.

—Oye… —dijo, con voz baja—. En serio lo siento.

Yo la miré.

—¿Lo sientes?

—Sí.

—Entonces dime la verdad. —Sentí la palabra “verdad” como un salto sin red—. ¿Cómo pasó?

Lucía tragó saliva.

—Ya te dije. Se resbaló.

—Me susurraste algo —dije, sin rodeos—. Dijiste “no debiste negarte”.

Su mirada se movió, nerviosa. Por primera vez, Lucía no tuvo respuesta rápida.

—Fue… una tontería —murmuró—. Estaba enojada.

—¿Enojada por qué?

—Porque… porque siempre dices que no. —Se cruzó de brazos—. Siempre pones tus cosas primero.

Me dolió más de lo que quería admitir.

—Mis “cosas” son mi futuro —respondí, intentando mantener la voz firme—. Y hoy… hoy lo tiraste al agua.

Lucía apretó los labios. Y, en un gesto que no esperaba, se inclinó hacia mí.

—No fue tan “accidental” como crees —dijo, casi sin voz.

Mi sangre se congeló.

—¿Qué?

Lucía se enderezó, mirando alrededor para ver si alguien escuchaba. La música cubría casi todo. Nadie prestaba atención.

—Mamá… —empezó, y se detuvo.

—¿Mamá qué?

Lucía cerró los ojos un segundo, como si eligiera entre saltar o seguir fingiendo que el borde no existe.

—Mamá me pidió que… —su voz se quebró—. Que te la sacara. Que la revisara. Que viera “qué escondes”.

El aire del pasillo se volvió más pesado.

—¿Mi mamá te pidió que revisarás mi laptop?

—No así. —Lucía levantó las manos—. Dijo que estabas rara, que siempre con secretos, que no hablas… y que seguro estabas planeando algo sin decirnos. Me pidió que averiguara si de verdad te ibas.

Sentí una mezcla de furia y vergüenza.

—¿Y tu solución fue tirarla a la piscina?

—¡No! —Lucía negó con fuerza—. Yo… yo solo quería abrir tus correos. Ver si había algo. Pero tú estabas encima, como guardiana. Y me dijiste que no. Y… me dio coraje. Y… cuando te fuiste por hielo… intenté llevarla a otro lado. Y ahí… —bajó la mirada—. Sí. Se me cayó. Pero… —levantó los ojos—. También pensé… pensé que si se dañaba, quizá te quedarías aquí.

El silencio me golpeó.

—¿Querías que me quedara… por perder mis archivos?

Lucía parecía a punto de llorar, pero su orgullo luchaba por no dejarla.

—No sé. —Se pasó una mano por la cara—. Estoy cansada de que seas “la que se va a ir”. La que siempre tiene algo mejor. Y nosotros aquí como… como extras.

Yo respiré temblando. No sabía qué dolía más: la traición o la confesión.

—Eres mi hermana —dije al fin—. No mi enemiga.

Lucía no respondió. Solo bajó la vista, como si esa frase fuera demasiado grande para sostenerla.

Me fui al taller del técnico con la laptop envuelta en toallas y una sensación de pérdida que no era solo tecnológica.

El técnico, un hombre de manos grandes y paciencia de santo, la miró y chasqueó la lengua.

—Agua de piscina… —murmuró—. Esto trae cloro. El cloro es traicionero.

Yo me senté en una silla de plástico, con las manos frías.

—¿Se puede salvar?

—Depende. —Abrió la carcasa con cuidado—. Si la encendieron, se complica.

—No la encendí.

—Bien. Eso ayuda.

Mientras trabajaba, yo no podía dejar de pensar en la frase de Lucía. “Mamá me pidió que la revisara”. “Pensé que si se dañaba, quizá te quedarías aquí”.

No era un accidente. Era un mensaje.

¿Pero por qué mi madre haría eso? ¿Desde cuándo mi independencia era una amenaza?

Cuando volví a casa, ya estaba oscureciendo. Mi madre estaba en la sala, doblando ropa como si el día hubiera sido normal. Cuando me vio, sonrió con una calma que me pareció falsa.

—¿Cómo está la laptop?

—En el taller —respondí.

—Ay, qué susto, ¿verdad? Pero bueno… son cosas materiales.

“Material”. Esa palabra me raspó.

—Mamá —dije, y mi voz sonó más firme de lo que me sentía—. Lucía me dijo que tú le pediste que revisara mi laptop.

Mi madre dejó una camiseta sobre el sofá, despacio. No se sorprendió. Eso fue lo peor.

—No le “pedí” —dijo, corrigiendo como si discutiera una coma—. Solo le dije que estabas distante.

—Le dijiste que buscara si me iba.

—¿Y no es cierto? —Mi madre levantó la mirada—. ¿Te vas o no?

Yo tragué saliva.

—Es una posibilidad. Ya te lo iba a decir cuando fuera seguro.

Mi madre soltó un suspiro largo.

—Siempre dices eso. “Cuando sea seguro”. “Cuando sea oficial”. “Cuando yo quiera”. Y nosotros mientras tanto… adivinando.

—No tengo que pedir permiso para crecer.

Mi madre se tensó.

—No es pedir permiso. Es… —buscó una palabra que no sonara controladora— es compartir. Somos familia.

—¿Familia que manda a una hija a espiarme?

Mi madre apretó los labios. Por un segundo vi el orgullo de Lucía en ella, como un reflejo.

—Yo solo quería protegerte —dijo al fin.

—¿De qué?

No respondió de inmediato. Sus dedos jugaron con la ropa, nerviosos. Y entonces dijo algo que yo no esperaba:

—De repetir mi historia.

Eso me detuvo.

—¿Qué historia?

Mi madre se sentó, cansada. Como si ese tema le pesara desde hace años y, por fin, alguien lo hubiera tocado.

—Yo también tuve una oportunidad —dijo, mirando al piso—. Cuando tenía tu edad, me ofrecieron irme a estudiar fuera. Era un programa. Tu abuela… no quiso.

Yo fruncí el ceño. Nunca había escuchado eso. Mi madre siempre hablaba de su juventud como si hubiera sido una línea recta hacia el matrimonio, como si nada más hubiera existido.

—¿Por qué no quiso?

—Porque decía que “una mujer sola se pierde”. Porque decía que la familia es primero. —Mi madre rió sin humor—. Y yo… yo obedecí. Y me quedé. Y luego… —miró alrededor, como si la casa fuera la prueba—. Luego la vida pasó.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

Mi madre levantó la vista.

—Que no quiero que te vayas y… te rompas. Que no quiero que vuelvas llorando porque el mundo no es como tus planes. Que no quiero que te arrepientas.

—Mamá… —susurré—. ¿Y crees que dañando mi laptop me proteges?

Ella abrió la boca, pero no salió nada. Se quedó callada.

En ese silencio entendí algo: mi madre no era villana de película. Era una persona con miedo. Un miedo heredado, envuelto en frases bonitas como “proteger” y “familia”.

Aun así, el daño ya estaba hecho.

Esa noche, Lucía tocó mi puerta. Yo estaba en la cama, mirando el techo, sintiendo que mi casa era más pequeña de lo que recordaba.

—¿Puedo pasar? —preguntó.

No respondí enseguida, pero al final dije:

—Sí.

Lucía entró. Tenía los ojos hinchados. Se sentó en la silla, como si mi cama fuera un territorio peligroso.

—No dormí —dijo.

—Yo tampoco.

Lucía jugó con sus manos.

—No sabía lo de mamá —murmuró—. Lo de su oportunidad.

—Yo tampoco.

Lucía respiró hondo.

—Yo… yo solo quería que me miraran. —Su voz tembló—. Siempre eres la “orgullo”, la “responsable”, la “que va a lograrlo”. Y yo… yo soy la que “todavía no sabe”. Y todos lo dicen como si fuera chiste.

La miré. Por primera vez en mucho tiempo, no vi a mi hermana como rival. Vi a alguien asustada.

—Podías decírmelo sin destruir mi vida digital —dije, y mi tono fue más triste que furioso.

Lucía asintió, tragándose lágrimas.

—Lo sé. —Se limpió la cara—. Pero cuando vi tu pantalla… tus cosas… tus planes… sentí que te estabas yendo en secreto. Y me dio rabia. Y… lo arruiné.

El silencio volvió. Afuera, la casa crujía con sonidos normales: agua en una tubería, un perro ladrando lejos. Pero dentro, todo era distinto.

—¿Sabes qué es lo peor? —dije al fin.

Lucía levantó la mirada.

—Que por un segundo pensé que lo hiciste porque me odiabas.

Lucía negó con fuerza.

—No te odio. —Su voz salió rota—. Te envidio. Y eso me da asco de mí misma.

Esa honestidad, cruda, me desarmó.

—Yo también he sentido cosas feas —admití—. A veces pienso que ustedes me ven como una extraña por querer irme. A veces siento que… que si me quedo, me apago. Y si me voy, los traiciono.

Lucía se quedó quieta, absorbiendo cada palabra.

—No quiero que te apagues —dijo, casi en un susurro—. Solo… me da miedo quedarme yo sola.

Yo respiré hondo.

—No estás sola, Lucía. Pero no puedes amarrarme al borde de la piscina para sentirte segura.

Lucía soltó una risa triste, breve.

—Buen punto.

A la mañana siguiente, el técnico me llamó.

—Ven —dijo—. Tengo noticias.

Fui con el corazón latiendo como si fuera a rendir examen. En el taller, el hombre tenía la laptop desmontada en piezas, como un rompecabezas de mi ansiedad.

—Mira —dijo—. La placa sufrió, pero pude limpiar, secar y… quizá funcione con reemplazos. Pero lo importante: el disco… el disco está vivo.

—¿Vivo? —pregunté, casi riéndome por lo absurdo.

—Tus archivos… se pueden recuperar. —Me guiñó un ojo—. No todos, pero muchos.

Sentí que el aire volvía a mis pulmones. Casi lloré ahí mismo, entre destornilladores y olor a plástico.

—¿Cuándo?

—Hoy en la tarde te paso una copia. Y, por favor, haz respaldo en la nube. —Me miró serio—. La vida no avisa dos veces.

Asentí, apretando los labios.

Volví a casa con una caja de repuestos y un pendrive en el bolsillo, como si llevara un tesoro.

Lucía estaba en la cocina. Al verme, se puso de pie.

—¿Y? —preguntó, nerviosa.

—Se pueden rescatar archivos —dije.

Lucía cerró los ojos, aliviada.

—Gracias a… —empezó, pero no sabía a quién agradecer.

—A un técnico con paciencia —respondí, y luego añadí—: Y a que no la encendí.

Lucía asintió.

Mi madre apareció detrás, callada.

Nos quedamos las tres ahí, en la cocina, como un triángulo de cosas que no se habían dicho.

—Voy a hacer el respaldo hoy mismo —dije, rompiendo el silencio—. Y también… voy a decirles algo.

Mi madre levantó la mirada, tensa.

—La beca —dije—. La posibilidad de irme. Existe. No es seguro al cien por ciento, pero es real.

Lucía se mordió el labio. Mi madre se quedó quieta.

—No lo digo para pedir permiso —aclaré—. Lo digo para que no se enteren por accidente. Y para que sepan que… me da miedo, sí. Pero me da más miedo quedarme con la duda.

Mi madre tragó saliva. Sus ojos brillaron, pero no lloró.

—Yo… —empezó, y se detuvo, como si pelearan dentro de ella dos voces: la que quería retenerme y la que recordaba su propia oportunidad perdida.

Al final, habló más suave de lo que yo esperaba.

—Si te vas… prométeme que vas a volver a visitarnos. —Su voz se quebró un poco—. No como obligación. Como… como casa.

Yo sentí algo aflojándose en mi pecho.

—Lo prometo —dije—. Pero ustedes también prométanme algo.

Lucía me miró, atenta.

—Prométanme que no van a sabotearme por miedo. —Lo dije con calma, pero firme—. Ni con sonrisas, ni con “accidentes”.

Mi madre bajó la mirada.

—Tienes razón —murmuró.

Lucía dio un paso y, de repente, me abrazó. Fue un abrazo torpe, breve, como si no supiera dónde poner los brazos. Pero fue real.

—Perdón —susurró.

—Lo sé —respondí.

Esa tarde, cuando conecté el pendrive y vi aparecer carpetas recuperadas, sentí una mezcla extraña: alivio por lo salvado y dolor por lo perdido. Algunas cosas estaban intactas; otras, dañadas. Había archivos con nombres raros, fragmentos incompletos, documentos que abrían con errores. Era como mirar un espejo con grietas.

Sin embargo, entre esos archivos, encontré algo que no recordaba haber guardado: una carpeta llamada “Mamá”.

Me quedé congelada.

La abrí.

Dentro había un documento escaneado, viejo, con letras borrosas. Era una carta de aceptación. Una invitación a un programa de estudios. El nombre de mi madre estaba ahí, joven, con un futuro que yo nunca conocí.

Y debajo, otra hoja: una nota escrita a mano, con su letra, la misma que ahora usaba para listas del súper.

“No fui porque tuve miedo. Si alguna vez mi hija tiene la oportunidad, ojalá yo sea valiente por ella.”

Sentí que los ojos se me llenaban de agua.

No sabía cuándo lo había guardado. No sabía cómo llegó a mi laptop. Quizá mi madre lo había escaneado hace años y, sin querer, lo copió en mi carpeta cuando usamos la misma impresora. Quizá era un mensaje que ella misma olvidó que dejó. O quizá —y esta idea me hizo temblar— mi madre sí había estado cerca de mi computadora antes… no para espiarme, sino para dejarme algo. Un recordatorio. Una disculpa silenciosa.

Miré la pantalla con el corazón golpeándome las costillas.

Ahí estaba la parte misteriosa de todo: la misma persona que tuvo miedo también había escrito una promesa de valentía.

Esa noche, cuando mi madre pasó por mi cuarto y me vio con la laptop reconstruida, se quedó en la puerta.

—¿Todo bien? —preguntó.

Yo la miré, y en lugar de acusarla, levanté el documento en la pantalla.

—Encontré esto —dije.

Mi madre se quedó pálida.

—¿Dónde…?

—En mi respaldo.

Ella entró despacio, como si el cuarto fuera un lugar sagrado. Se sentó en la orilla de la cama, mirando su propio pasado en la luz de mi pantalla.

—Yo… lo había olvidado —susurró.

—No lo olvidaste del todo —dije—. Lo escribiste.

Mi madre tragó saliva. Se llevó una mano al pecho.

—Tenía miedo —confesó—. Me dio pánico que te fueras y… que el mundo te tratara mal. —Su voz tembló—. Y también me dio pánico que te fueras y… fueras feliz sin mí.

Esa última frase fue la más honesta que le escuché en años.

Me acerqué y, sin pensarlo demasiado, la abracé. No fue un abrazo perfecto. Fue uno real. De esos que se construyen sobre cosas rotas.

—Voy a estar bien —dije—. Y ustedes también.

En el pasillo, Lucía escuchaba. No entró. Solo se quedó ahí, silenciosa, como alguien que por fin entiende que el amor no se prueba rompiendo cosas.

Días después, cuando llegó el correo oficial confirmando la beca, Lucía fue la primera en verlo. No porque me espiara, sino porque yo se lo mostré.

—¿De verdad te vas? —preguntó, con ojos grandes.

—De verdad —respondí.

Lucía sonrió. Esta vez sin veneno.

—Entonces… —dijo, respirando hondo—. Enséñame cómo hiciste tu presentación. Quiero postularme a algo también.

Me reí, sorprendida.

—¿En serio?

—En serio. —Se encogió de hombros—. Ya entendí que si tiro tu laptop al agua, igual encuentras cómo salvarte. Mejor aprendo a nadar yo.

No fue el final perfecto de una película. Seguimos discutiendo algunas veces. Mi madre todavía quería saberlo todo. Lucía todavía tenía días de inseguridad.

Pero esa frase, “OH, SORRY”, dejó de ser solo un momento vergonzoso. Se volvió un punto de quiebre.

Y cada vez que guardo un archivo importante, cada vez que hago respaldo, recuerdo algo más que una lección tecnológica.

Recuerdo que en mi familia, el miedo a perderme casi nos hace perdernos de verdad.

Y que, al final, lo que se rescató de ese agua no fue solo una laptop.

Fue una conversación que debió ocurrir hace años.