Mi papá me vio cojeando con mi bebé en la cadera y soltó: “¿Por qué estás caminando? ¿Dónde está tu…?”; en ese instante entendí que él sabía más de lo que decía, y que alguien había borrado una parte de mi vida a propósito.

El bebé pesaba más cuando yo fingía que todo estaba bien.

No era solo su cuerpecito tibio contra mi cadera, ni el bolso colgando del hombro, ni el sol pegando en la nuca como una mano insistente. Era el esfuerzo de sonreír con normalidad mientras la pierna me ardía por dentro, como si caminara sobre brasas pequeñas.

Había aprendido a cojear de forma discreta. A apoyar el pie como si nada, a cambiar el peso al otro lado, a usar el vaivén del bebé como excusa para ir más lento. La gente mira menos cuando ven a una madre con un niño. La gente asume cansancio y sigue de largo.

Yo también quería seguir de largo.

Pero la casa de mi padre estaba al final de la calle. Blanca, con un jardín que siempre olía a romero. Una casa con la costumbre de parecer tranquila aunque adentro se guardaran silencios de años.

Toqué el timbre con el codo, porque tenía al bebé en la cadera y la mano derecha ocupada con la bolsa de pañales. El timbre sonó como si me delatara.

La puerta se abrió y ahí estaba él: mi padre, más canoso que la última vez, con la camisa metida como si todavía creyera que el mundo funciona mejor si uno se presenta ordenado.

Me miró. Primero al bebé. Luego a mí. Y sus ojos bajaron, de golpe, a mi pierna.

Frunció el ceño. Dio un paso hacia afuera.

—¿Estás… cojeando? —preguntó.

—Nada, papá. Es solo—

Él levantó una mano, callándome sin tocarme.

Y soltó la frase que me dejó inmóvil:

—¿Por qué estás caminando? ¿Dónde está tu…?

No terminó.

Como si la palabra final fuera peligrosa. Como si nombrarla pudiera romper algo que él llevaba años intentando mantener entero.

Yo sentí un latigazo frío.

—¿Mi qué? —pregunté, con la voz más baja de lo que quería.

Mi padre tragó. Miró el bebé, como si el niño pudiera entender y repetirlo. Luego miró hacia el interior de la casa, hacia el pasillo oscuro.

—Entra —dijo, y su tono ya no era de saludo. Era de urgencia.

Entré. La puerta se cerró detrás de mí con un clic suave, pero me sonó a cerrojo.

El bebé balbuceó, inquieto. Le besé la frente para calmarlo, aunque era yo la que temblaba.

—¿Qué ibas a decir? —insistí—. “¿Dónde está mi…?” ¿Mi qué, papá?

Él caminó hacia la cocina. Yo lo seguí despacio. Cada paso me recordaba el dolor que quería ocultar.

—Siéntate —ordenó, señalando una silla.

Yo me quedé de pie.

—No vine a que me regañes. Vine porque… —me obligué a respirar— porque no tengo a dónde ir.

Mi padre se quedó quieto. Sus manos, grandes, se apoyaron en la encimera como si necesitara sostenerse.

—¿Qué te hicieron? —preguntó finalmente.

Esa pregunta fue peor que la anterior, porque asumía culpables.

—¿Quiénes? —respondí, defensiva—. Nadie me hizo nada. Solo tuve un problema en la rodilla.

Mentí con soltura, como quien practica desde niña.

Mi padre cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, ya no tenía paciencia.

—Hija… —dijo—. Yo vi esa manera de caminar antes.

Yo apreté los dientes.

—No sabes nada de mí desde hace años.

—Te equivocas —respondió, y en su voz había cansancio—. Sé más de lo que te dije. Y menos de lo que debí.

Se acercó a mí con cuidado, como si yo fuera un vidrio.

—¿Dónde está tu bastón? —preguntó, al fin, completando lo que había quedado a medias en la puerta.

Me quedé helada.

No por el bastón.

Sino porque yo nunca le había dicho a nadie que usaba uno.

Me mordí la lengua. El bebé empezó a quejarse, buscando pecho, y yo lo acomodé para no tener que mirar a mi padre a los ojos.

—¿De qué hablas? —mentí otra vez.

Mi padre me observó con una mezcla rara de tristeza y rabia.

—Hace años, cuando te fuiste de casa… hubo algo que pasó. Algo que tu madre y yo decidimos callar. Y tú… tú te fuiste sin saberlo.

Mi estómago se contrajo.

—Mi madre murió hace tres años, papá. Si tienes algo que decir, dilo ahora.

Mi padre se pasó la mano por la cara.

—Tu mamá se fue sin perdonarme —murmuró—. Y yo me quedé con la parte fea en la garganta.

Me senté. No porque quería, sino porque la pierna ya no podía sostenerme y el bebé estaba pesado como una verdad.

—Habla —dije.

Mi padre abrió un cajón y sacó un trapo, como si necesitara ocupar las manos. Limpió una mancha inexistente sobre la mesa.

—¿Te acuerdas de Mariela? —preguntó.

El nombre me golpeó como un recuerdo mal guardado. Mariela: la esposa nueva de mi padre, la mujer con sonrisa perfecta, la que siempre olía a perfume caro y hablaba como si cada palabra fuera una corrección.

—Sí —dije—. La que me trataba como invitada en mi propia casa.

—Mariela no llegó sola —dijo mi padre, lento—. Traía a su hermano.

Yo fruncí el ceño.

—¿Y qué?

Mi padre levantó la mirada.

—Traía problemas.

Lo dijo como quien nombra un incendio apagado a medias.

—Papá, no entiendo.

—El hermano de Mariela… era encantador de cara. Pero por detrás… —mi padre tragó—. Tenía deudas. Malas compañías. Y una obsesión con lo que no era suyo.

Mi piel se erizó.

—¿Por qué me cuentas esto ahora?

Mi padre respiró hondo.

—Porque el día que tú te fuiste de casa, tú no te fuiste por orgullo. Tú te fuiste porque alguien te asustó.

Abrí la boca para negarlo, pero el aire no me salió.

Ese día… yo lo recordaba como un montón de gritos, una discusión con mi padre, y mi decisión de no volver. Recordaba mi mochila, mi orgullo, mi rabia. Pero ahora, como cuando uno toca una pared y descubre que era una puerta, se me abrió una sensación: había algo que yo había elegido no recordar.

—No —susurré—. Yo me fui porque tú la elegiste a ella.

—Sí —dijo él, sin defenderse—. Pero la noche anterior a que te fueras… tú viniste a mi cuarto. Estabas pálida. Temblabas. Dijiste que alguien había entrado a tu habitación.

Mi corazón se aceleró.

—Eso… no es cierto.

Mi padre golpeó la mesa con la palma, un golpe seco que hizo saltar al bebé.

—¡Claro que es cierto! —exclamó, y luego bajó la voz, asustado de sí mismo—. Yo te dije que era tu imaginación. Te dije que no armaras drama. Y al día siguiente, tú desapareciste.

Mi garganta ardió.

Un recuerdo chiquito se asomó, como un animal herido: una sombra en la puerta, un olor a alcohol, mi corazón golpeando la garganta. Una mano cubriéndome la boca en mi propia habitación. Un susurro: “No digas nada.”

Me agarré el borde de la silla.

—Papá… —dije—. ¿Qué estás diciendo?

Mi padre me miró como si fuera a pedir perdón sin palabras.

—Que yo lo supe —dijo—. Y lo negué para que tu madre no se rompiera. Para que la casa no se derrumbara. Para que Mariela no se fuera y yo no quedara como un tonto.

Me mareé. El bebé empezó a llorar de verdad, sintiendo mi tensión.

—Eso no tiene sentido —murmuré—. Yo… yo no recuerdo.

—Tu mente hizo lo que pudo —dijo mi padre, con voz áspera—. Pero tu cuerpo se acordó. Por eso cojeas. Por eso te tensas cuando alguien se te acerca por la espalda. Por eso… —se detuvo, y sus ojos se llenaron— por eso nunca dejaste que nadie te cuidara.

Me quedé muda.

Porque era cierto.

Yo había tenido relaciones que rompí antes de que me rompieran. Trabajos que dejé antes de depender. Amistades a las que nunca les conté lo peor.

Y ahora estaba ahí, con un bebé, cojeando, huyendo otra vez.

—¿Qué te pasó ahora? —preguntó mi padre, más suave—. ¿Quién te lastimó?

Yo respiré hondo. Era el momento de decir la verdad, aunque me saliera por pedazos.

—Me caí en las escaleras —dije—. En el edificio donde vivo. Las luces del pasillo estaban apagadas otra vez. Lo he reportado varias veces. Nadie hace nada. Anoche… alguien estaba ahí. Lo vi. O lo sentí. Y cuando quise sostenerme, el pasamanos… estaba flojo.

Mi padre palideció.

—¿Fue un accidente?

Yo miré mi mano vendada, la rodilla hinchada bajo la tela. Pensé en el sonido del metal cediendo.

—No lo sé —admití—. Pero no me siento segura.

Mi padre apretó los labios.

—¿Tienes a alguien? —preguntó, mirando al bebé—. ¿El papá del niño?

Me dolió esa pregunta.

—No está —dije—. Y no quiero hablar de eso.

Mi padre asintió, como si entendiera demasiado bien lo que significa “no está”.

Se quedó callado un momento, luego dijo:

—Hay algo más.

La frase me asustó. Ya había suficiente.

—¿Más qué?

Mi padre caminó hacia una alacena alta y sacó una caja de cartón, vieja, con polvo. La puso sobre la mesa con cuidado.

—Tu madre guardó esto —dijo—. Me pidió que no lo tocara. Y yo… como siempre… obedecí tarde.

Abrió la caja.

Adentro había papeles, sobres amarillentos, una pulsera de hospital de hace años, y una fotografía doblada.

Mi estómago se hundió cuando vi la pulsera.

Tenía mi nombre, escrito con marcador: “Lucía R.”

Y una fecha.

Yo la leí con el corazón en la boca.

Era la semana en la que yo me fui.

—Yo… estuve en un hospital —dije, atónita—. ¿Por qué?

Mi padre se llevó la mano a la nuca.

—Te desmayaste aquella noche —dijo—. Te encontramos en el suelo del baño. Tu madre gritó. Mariela dijo que era “drama”. Yo te llevé al hospital. Dijeron que era un ataque de pánico… y que tenías una lesión en la cadera. Por eso te dieron un bastón. Ese bastón… tu madre lo escondió para que tú no lo vieras al despertar.

Me quedé sin aire.

—¿Me lo escondió… para qué?

—Para que no te sintieras “rota” —dijo mi padre—. Para que no te fueras.

Yo me reí, una risa seca.

—Y me fui igual.

Mi padre asintió, derrotado.

—Porque nadie te dijo la verdad.

El bebé lloraba, hambriento, y yo le di pecho con manos temblorosas. Amamantar a veces es lo único que hace que el mundo vuelva a un ritmo entendible.

Mientras él comía, yo miraba la caja.

Había una carta doblada con mi nombre.

—¿Qué es eso? —pregunté.

Mi padre la tomó.

—Tu madre la escribió para ti. Nunca la entregó.

Me la extendió como si fuera algo que quema.

La abrí.

La letra de mi madre era firme y redonda.

Decía, sin adornos, que había visto señales, que había sospechado del hermano de Mariela, que había querido denunciar, pero que mi padre le rogó que no. Decía que se culpaba por no haberme protegido mejor. Decía que si un día yo volvía, ella quería que yo supiera que no fue mi culpa. Que mi cuerpo se defendió como pudo. Que ella me amaba.

Las lágrimas me cayeron sin permiso.

—¿Por qué no me diste esto antes? —pregunté, rota.

Mi padre se sentó frente a mí, envejecido de golpe.

—Porque soy un cobarde —dijo—. Y porque pensé que el silencio te iba a curar.

—El silencio me convirtió en alguien que siempre se va —susurré.

Mi padre me miró al bebé.

—Y ahora… ¿vas a irte otra vez?

Esa pregunta me agarró por dentro.

Yo miré a mi hijo, su respiración tranquila, su manito cerrada como un puño mínimo.

—No puedo —dije—. Ya no puedo huir con él en brazos como si el mundo me debiera una salida.

Mi padre asintió lentamente.

—Entonces quédate. Aquí. Al menos por ahora. Y hacemos las cosas bien.

Yo respiré hondo.

—¿“Hacemos”? —pregunté.

—Sí —dijo—. Yo ya no puedo deshacer el pasado. Pero puedo ayudarte a que no se repita.

Las palabras sonaban bonitas, pero yo no era ingenua. La confianza, cuando se rompe, no vuelve con promesas.

—Necesito seguridad —dije—. No solo un techo.

Mi padre asintió.

—Lo sé.

Se levantó y sacó el teléfono, como si hubiera estado esperando ese momento.

—Voy a llamar a alguien —dijo—. A un abogado amigo. Y también… voy a averiguar dónde está ese hombre.

Se me heló el pecho.

—¿El hermano de Mariela?

Mi padre apretó la mandíbula.

—Sí.

Yo tragué.

—Papá… no quiero venganza. No quiero drama. Solo quiero…

No encontré la palabra.

Mi padre la encontró por mí.

—Justicia.

La dijo suave. Como si por fin supiera pronunciarla.

Ese día, dormí en mi antigua habitación.

Era raro volver: la misma ventana, el mismo armario, pero yo ya no era la niña que guardaba secretos bajo la almohada. Ahora era una madre que necesitaba luz.

Mi padre puso una lámpara nueva en el pasillo y revisó las cerraduras. Colocó una cuna prestada junto a mi cama. Hizo cosas simples que, por su simpleza, me dolieron: ¿por qué no antes?

A medianoche, el bebé se despertó. Lo arrullé en silencio, mirando la sombra del techo. Entonces escuché pasos en el pasillo. Mi cuerpo se tensó entero, automático.

La puerta se entreabrió.

Mi padre asomó la cabeza.

—¿Todo bien? —susurró.

Yo lo miré. Él me miró. Y por primera vez en años, vi en su cara algo distinto: miedo de perderme.

—Sí —dije—. Solo… me cuesta dormir.

Mi padre entró despacio, como quien no quiere invadir.

—A mí también —confesó—. Desde que tu madre murió.

Se sentó en el borde de la cama, a una distancia prudente.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo—. Que yo siempre pensé que te iba a perder por tu carácter. Y te perdí por mi silencio.

Yo cerré los ojos. El bebé se calmó.

—Papá… —dije—. Si vamos a arreglar esto, no quiero medias verdades.

—No más —prometió.

Y en ese momento, mi teléfono vibró.

Un mensaje de un número desconocido.

“Deja de esconderte en casa de tu papá. No te va a salvar.”

Sentí que el suelo se movía.

Mostré el mensaje a mi padre.

Su cara se transformó. No era sorpresa. Era reconocimiento.

—¿Lo conoces? —pregunté.

Mi padre tragó.

—Esa forma de escribir… —murmuró—. Es él.

El aire se volvió pesado.

—¿Cómo sabe dónde estoy? —pregunté, sintiendo el pánico subir.

Mi padre se levantó de golpe.

—Porque alguien lo está ayudando —dijo.

Yo sentí que todo el mundo se estrechaba, como un pasillo sin salida.

—¿Mariela?

Mi padre apretó los puños.

—Mariela se fue hace años, pero… —dudó— dejó huellas. Contactos. Y gente que aún me odia por haberla sacado de aquí cuando por fin me atreví.

Yo lo miré, intentando juntar piezas.

—¿La sacaste?

—Sí —dijo—. Un año después de que te fuiste. Yo encontré… cosas. Y la eché. Pero ya era tarde.

Mi pecho ardía.

—Entonces esto… ¿nunca terminó?

Mi padre sacó el teléfono y llamó a alguien. Habló rápido, sin rodeos. Yo solo escuchaba fragmentos: “amenaza”, “mensaje”, “mi hija”, “bebé”.

Cuando colgó, me miró con una decisión que no le conocía.

—Mañana vamos a la comisaría —dijo—. No para armar escándalo. Para dejar constancia. Para poner un límite real. Y también vamos a revisar tus redes, tus accesos, todo. Si te llegó ese mensaje, alguien tiene tu número o te rastreó.

Mi piel se erizó.

Pensé en mi edificio, en la escalera oscura, en el pasamanos flojo.

Pensé en lo que mi padre dijo: “Yo vi esa manera de caminar antes”.

El pasado estaba intentando alcanzarme.

Pero esta vez yo tenía algo que antes no tenía: un hijo, una carta, y por extraño que sonara… un padre dispuesto a hacerse cargo.

A la mañana siguiente, la luz entró por la ventana como si el mundo fingiera normalidad.

Yo guardé la carta de mi madre en mi bolso. Guardé capturas del mensaje. Guardé el miedo donde no pudiera mandar.

Mi padre cargó al bebé un momento, con torpeza, pero con cuidado real.

—Es pesado —dijo, intentando sonreír.

—Sí —respondí—. Pero vale.

Salimos de casa. Yo cojeaba, pero ya no intentaba esconderlo. Cada paso dolía, sí, pero también marcaba algo: yo estaba caminando hacia adelante, no huyendo.

Mi padre me miró en la acera, como recordando la frase de la puerta.

—Perdón —murmuró— por haberte preguntado eso así.

—No —dije—. Gracias. Si no lo decías… yo seguía fingiendo.

Nos subimos al coche. El bebé dormía.

Y mientras el motor arrancaba, yo me repetí una verdad que por años me negué:

No fue mi culpa.

Y ahora, aunque me doliera cada paso, iba a aprender a caminar con la cabeza en alto.

Porque esta vez, cuando el pasado intentara tocarme, no me encontraría sola.