Melina Vargas creyó que la peor decisión de su vida había sido amar a Braulio,
Melina Vargas creyó que la peor decisión de su vida había sido amar a Braulio, un policía obsesivo que convirtió su relación en una prisión, hasta que una noche lluviosa huyó de él y terminó sentándose en el regazo del hombre más peligroso de Ciudad de México. Doménico Behain no era un empresario, ni un mafioso, ni siquiera completamente humano: era el rey de una antigua dinastía vampírica. Lo que ninguno de los dos sabía era que la sangre de Melina podía alterar el destino de todos los clanes, conceder un poder inimaginable o destruirlos para siempre. Y Braulio estaba dispuesto a provocar una guerra para recuperarla.
PARTE 1 — Para escapar de su ex, Melina elige al monstruo equivocado
La noche en que descubrí que los vampiros existían yo llevaba un vestido azul empapado, un teléfono con siete por ciento de batería y la certeza de que mi exnovio quería matarme. Braulio llevaba tres meses violando la orden de restricción, apareciendo frente a mi trabajo, dejando flores en mi automóvil y enviándome fotografías tomadas desde lugares donde yo nunca lo había visto. Aquella noche dejó de fingir que sus mensajes eran muestras de amor y escribió solamente cuatro palabras: “Te veo, deja de correr”. La lluvia convertía las luces de Ciudad de México en manchas de neón mientras yo avanzaba por una calle que apenas reconocía, escuchando detrás de mí el motor del Toyota gris que había aprendido a temer. Si alguien me hubiera dicho entonces que antes del amanecer estaría comprometida con un rey vampiro y que media ciudad sobrenatural querría beber mi sangre, probablemente habría considerado esa opción menos aterradora que volver con Braulio.
Había conocido a Braulio dos años antes, cuando todavía sabía sonreír sin mirar primero hacia las puertas de salida. Era encantador cuando quería serlo, atento de una manera que al principio parecía romántica y celoso de una forma que yo confundí con intensidad, hasta que empezó a revisar mis mensajes, escoger mi ropa y decidir con quién podía hablar. Cuando intenté dejarlo por primera vez, lloró; la segunda vez rompió mi computadora; la tercera mostró su placa y me explicó con una sonrisa que conocía personas capaces de hacer desaparecer una denuncia. Finalmente conseguí una orden de restricción gracias a una abogada llamada Elisa Navarro, que me advirtió que el papel solo funcionaría mientras Braulio creyera que alguien estaba dispuesto a hacerlo cumplir. Esa noche entendí que él ya no lo creía.
Doblé hacia un callejón porque vi una puerta de hierro iluminada por una lámpara roja y un hombre enorme vestido con un traje negro. Le dije que alguien me perseguía, él miró detrás de mí y, sin pedir explicaciones, abrió la puerta como si hubiera estado esperándome. Bajé una escalera cubierta de terciopelo oscuro mientras el ruido de la lluvia desaparecía y era reemplazado por música de piano, conversaciones bajas y el tintinear de copas. El salón subterráneo parecía diseñado para gente demasiado rica para preocuparse por el mundo exterior, aunque había algo en sus rostros que me hizo comprender que el dinero no era la razón por la que nadie levantaba la voz. Cuando entré, docenas de personas dejaron de hablar al mismo tiempo.
Mi teléfono vibró antes de que pudiera retroceder y en la pantalla apareció otro mensaje de Braulio: “Voy bajando, nena”. Miré alrededor buscando una salida, un guardia, una mujer que pudiera ayudarme, cualquier cosa, y entonces vi al hombre sentado en la cabina central como si todo el lugar orbitara alrededor de él. Era alto incluso sentado, llevaba una camisa negra sin corbata y tenía el rostro de alguien que jamás había necesitado pedir dos veces lo que quería. Las personas más cercanas a él mantenían una distancia casi reverencial, y un hombre con una cicatriz sobre la ceja bajó la mirada cuando aquel desconocido levantó lentamente su copa. No sabía quién era, pero entendí algo mucho más útil: todos allí le tenían miedo.
Braulio apareció en lo alto de las escaleras y yo hice lo único que se me ocurrió. Crucé el salón, ignoré las miradas, llegué hasta aquel desconocido y me senté directamente sobre sus piernas como si llevara toda la noche esperando hacerlo. Sentí que todo el club se congelaba y, antes de que él pudiera arrojarme al suelo, acerqué mis labios a su oído y murmuré que mi ex era policía, que estaba siguiéndome y que necesitaba que fingiera conocerme durante un minuto. Durante un segundo no ocurrió nada, pero entonces una mano tan fría que parecía hecha de mármol se cerró alrededor de mi cintura. “Mírame”, dijo.
Sus ojos eran azules, demasiado claros, demasiado antiguos, y cuando pronuncié mi nombre vi algo despertar detrás de ellos. Braulio llegó hasta nosotros exigiendo que me soltara, pero el desconocido respondió con una tranquilidad que resultó más amenazante que cualquier grito: “Ella es mi invitada”. Braulio mostró la placa y dijo que era policía, hasta que aquel hombre respondió: “Y yo soy Doménico Behain”, provocando que el rostro de mi ex perdiera todo el color. Dos guardias aparecieron inmediatamente, sujetaron a Braulio y lo arrastraron hacia las escaleras mientras él gritaba mi nombre y prometía que aquello no había terminado. Yo pensé que estaba a salvo, pero cuando intenté levantarme, Doménico volvió a rodearme con el brazo.
“Pediste protección y te la concedí, Melina, pero en mi mundo los favores tienen consecuencias”, murmuró, acercándose lo suficiente para que su respiración rozara mi cuello. Pensé que estaba intentando asustarme hasta que inhaló y toda diversión desapareció de su expresión, reemplazada por algo primitivo que hizo que cada instinto dentro de mí gritara que corriera. Sus dedos encontraron mi pulso, sus pupilas se estrecharon y el azul de sus ojos comenzó a llenarse lentamente de un rojo imposible. Antes de que pudiera preguntarle qué estaba pasando, las puertas del salón explotaron y un hombre cubierto de sangre cayó de rodillas anunciando que el Clan del Norte había atravesado las defensas. Cuando alguien me señaló y pronunció la palabra “tejedora”, comprendí que había escapado de un hombre peligroso para caer exactamente en el centro de una guerra mucho más antigua.
Doménico abrió un pasadizo escondido detrás de la pared y me empujó hacia la oscuridad mientras algo inhumano rugía en el salón. Le pregunté qué era una tejedora y él respondió que era una mujer cuya sangre podía fortalecer los vínculos vampíricos, romper juramentos de siglos e incluso transformar temporalmente a uno de los suyos en algo cercano a un dios. “Entonces déjame ir”, exigí, pero él soltó una risa sin humor y dijo que toda criatura capaz de olerme dentro de cincuenta kilómetros ya sabía que existía. Cuando le pregunté por qué me había llamado prometida, levantó una mano y descubrí horrorizada un antiguo anillo negro alrededor de mi dedo, colocado sin que yo lo notara cuando estaba sentada sobre él. “Porque, Melina”, dijo mostrando por primera vez sus colmillos, “acabas de convertirte en la única mujer de esta ciudad que mis enemigos no pueden tocar sin declararme la guerra”.
PARTE 2 — El compromiso falso convierte a Melina en objetivo de todos
El pasadizo desembocaba en un estacionamiento privado donde nos esperaba un automóvil negro con los cristales polarizados. Doménico me hizo entrar mientras detrás de nosotros sonaban golpes, disparos y gritos que definitivamente no pertenecían a seres humanos normales. Intenté quitarme el anillo, pero una descarga ardiente atravesó mi dedo y tuve que contener un grito, lo que hizo que Doménico me observara con una mezcla inquietante de preocupación y fascinación. Explicó que el anillo pertenecía a su familia desde hacía ocho siglos y reconocía pactos sellados bajo protección de sangre, algo que generalmente requería una ceremonia y no una mujer aterrorizada saltando sobre el regazo de un rey. Yo respondí que aquello no era gracioso y él dijo que tampoco estaba riendo.
Llegamos a una mansión escondida detrás de enormes muros en Lomas de Chapultepec, aunque llamar mansión al lugar era quedarse corto. Había corredores de piedra, jardines interiores cubiertos por techos de cristal y empleados que inclinaban la cabeza al paso de Doménico sin preguntar por qué llevaba consigo a una desconocida mojada y temblando. Una mujer pelirroja llamada Vivienne apareció con una bata para mí y miró el anillo antes de decir una palabra, lo que confirmó que aquel objeto significaba mucho más de lo que Doménico quería admitir. “¿Esta humana es tu prometida?”, preguntó con abierta incredulidad. “Desde hace aproximadamente veinte minutos”, respondió él.
Vivienne era su hermana menor y, a diferencia de Doménico, no intentaba ocultar sus emociones. Me explicó que los vampiros mexicanos estaban divididos en cinco grandes clanes y que la familia Behain controlaba el centro del país gracias a una red de antiguos pactos, empresas, favores políticos y territorios establecidos mucho antes de que México tuviera su nombre actual. Doménico gobernaba desde hacía setenta y cuatro años, aunque su apariencia sugería treinta y pocos, y había conseguido mantener una paz precaria entre familias que llevaban siglos deseando matarse. La existencia de una tejedora alteraba ese equilibrio porque mi sangre podía reforzar a un clan lo suficiente para permitirle dominar a los demás. Yo pregunté cuántas tejedoras existían y Vivienne respondió que la última había muerto ciento ochenta y siete años antes.
El problema, según Doménico, era que una tejedora no podía ser protegida eternamente manteniéndola escondida. Los clanes interpretarían mi desaparición como una señal de que él planeaba usar mi sangre en secreto, de modo que necesitaba presentar públicamente una explicación que impidiera una invasión inmediata. El compromiso proporcionaba esa explicación porque las antiguas leyes prohibían extraer sangre de la consorte reconocida de un soberano sin consentimiento, incluso para el propio soberano. “Así que estar comprometida contigo me protege de ti”, dije. “Especialmente de mí”, respondió Doménico, y por primera vez vi en su rostro algo parecido a vergüenza.
Le dije que no pensaba pasar el resto de mi vida interpretando a su novia mientras criaturas sobrenaturales discutían quién tenía derecho a morderme. Doménico respondió que tampoco deseaba una prometida humana y que, cuando descubriéramos por qué mi linaje había reaparecido, romperíamos el vínculo de manera segura. Nuestra conversación terminó cuando su administrador llegó con una fotografía tomada frente al club: Braulio estaba hablando con un hombre alto de cabello blanco perteneciente al Clan del Norte. Sentí que el estómago se me hundía porque Braulio no podía haber establecido una alianza vampírica en los treinta minutos transcurridos desde que me había encontrado. Eso significaba que ya conocía aquel mundo antes de perseguirme hasta el club.
La información que encontraron durante las horas siguientes fue peor. Durante seis meses Braulio había consultado bases de datos hospitalarias usando credenciales policiales, buscando mi historial médico, los nombres de mis padres y los resultados de análisis de sangre que yo ni siquiera recordaba haber realizado. También había visitado repetidas veces una propiedad vinculada a Álvaro Vardek, líder del Clan del Norte, y había recibido depósitos imposibles de explicar con su sueldo. Braulio no me seguía únicamente porque no soportaba que lo hubiera dejado. Había descubierto algo sobre mí.
Doménico ordenó reforzar la seguridad y me asignó una habitación junto a la suya, decisión que provocó una discusión que terminó conmigo amenazando con dormir en la cocina. Él respondió que podía dormir donde quisiera mientras hubiera dos guardias en la puerta, y yo comprendí que discutir con alguien que había gobernado imperios clandestinos no era sencillo. Sin embargo, cuando entré en mi habitación encontré un teléfono nuevo, ropa elegida en mi talla y una nota escrita por Vivienne diciendo que ninguna puerta estaba cerrada desde fuera. Ese detalle insignificante consiguió algo que la riqueza de la casa no había logrado: permitió que respirara. Después de Braulio, poder abrir mi propia puerta se sentía como una forma de libertad.
Cerca del amanecer encontré a Doménico solo en una terraza observando la ciudad. Le pregunté si realmente bebía sangre humana y respondió que sí, aunque solamente de donantes voluntarios, una política que había provocado más de una rebelión entre los miembros antiguos de su especie. Luego pregunté qué ocurriría si bebiera la mía y él tardó demasiado en contestar. Finalmente dijo que probablemente se volvería más rápido, más fuerte y casi imposible de matar durante un periodo desconocido. “¿Y quieres hacerlo?”, pregunté.
Doménico giró hacia mí y sus ojos parecieron enfriarse. “Desde el segundo en que respiré cerca de tu cuello he querido hacerlo más de lo que he querido cualquier cosa en ciento cincuenta años”, confesó. Dio un paso atrás en lugar de acercarse y añadió que precisamente por eso jamás me tocaría sin permiso. Yo había pasado años escuchando a Braulio llamar amor a la posesión, así que la existencia de un monstruo admitiendo su deseo mientras elegía contenerlo resultaba perturbadoramente nueva. Aquella madrugada empecé a preguntarme si había juzgado correctamente cuál de los dos hombres era realmente el monstruo.
PARTE 3 — Braulio revela que su obsesión comenzó mucho antes del romance
A la tarde siguiente Elisa, mi abogada, apareció en la mansión escoltada por tres guardias y furiosa porque yo había desaparecido sin llamarla. Estuve a punto de abrazarla, pero se detuvo al ver a Doménico, después miró el anillo en mi mano y murmuró una grosería que jamás le había oído pronunciar. Resultó que Elisa conocía el mundo vampírico porque su familia llevaba generaciones representando jurídicamente a personas sobrenaturales que necesitaban navegar las leyes humanas. Doménico no parecía sorprendido, lo cual me irritó aún más porque todos parecían conocer secretos sobre mi vida excepto yo. Elisa me aseguró que el compromiso podía disolverse, pero solamente cuando ya no existiera una amenaza inmediata contra mi vida.
Luego abrió una carpeta que había traído consigo. Dentro había fotografías de mi madre, Lucía Vargas, tomadas cuando era joven junto a una mujer idéntica a mí excepto por los ojos plateados. Yo reconocí a la mujer de inmediato como mi abuela Elena, que supuestamente había muerto antes de que yo naciera, aunque la fecha impresa bajo la fotografía indicaba que había sido tomada siete años después de su supuesta muerte. Elisa explicó que mi madre había acudido a su padre poco antes de fallecer y le había dejado documentos que debían entregarme únicamente si alguien volvía a buscar “la sangre Vargas”. Aquel momento había llegado.
Mi madre había muerto en un accidente cuando yo tenía nueve años y mi padre desapareció de mi vida poco después. Siempre asumí que él había abandonado el país por dolor o cobardía, pero los documentos mostraban una historia diferente. Mi familia materna descendía de las tejedoras, mujeres humanas nacidas con una mutación sobrenatural capaz de influir en la magia presente en la sangre vampírica. Durante generaciones habían permanecido ocultas gracias a una sustancia que bloqueaba su aroma y sus capacidades hasta alrededor de los veintiocho años. Yo había cumplido veintiocho hacía seis semanas.
Entonces comprendí por qué Braulio había empezado a comportarse de manera todavía más desesperada durante los últimos meses. Él sabía que algo cambiaría cuando llegara mi cumpleaños. Elisa confirmó que Braulio había sido contactado años antes por miembros del Clan del Norte mientras investigaba un expediente relacionado con mi padre. Álvaro Vardek le ofreció dinero, influencia y una promesa mucho más peligrosa: convertirlo en vampiro si conseguía localizar y controlar a la última descendiente de las tejedoras. Braulio no se había enamorado de mí por casualidad.
La revelación me destruyó de una manera que sus golpes y amenazas nunca habían conseguido. Recordé nuestro primer encuentro en una cafetería, la forma en que había derramado accidentalmente su bebida sobre mi mesa y la sonrisa avergonzada con la que pidió mi número. Recordé las flores, los viajes, las conversaciones nocturnas y la primera vez que dijo que nunca había sentido algo semejante por nadie. Cada recuerdo se convirtió en una escena contaminada por una pregunta insoportable: cuánto había sido real. Doménico permaneció en silencio mientras yo salía de la habitación porque comprendió que ninguna palabra podía reparar aquello.
Lo encontré horas después en la biblioteca, aunque probablemente él permitió que lo encontrara. Le pregunté cómo podía alguien distinguir entre amor y obsesión cuando ambos prometían no dejarte nunca. Doménico respondió que el amor podía sobrevivir a la libertad de la otra persona, mientras la obsesión necesitaba construir una jaula. Le dije que esa frase parecía demasiado sabia para un hombre que acababa de ponerme un anillo mágico sin preguntarme. Él aceptó el golpe sin defenderse.
“Tuve miedo”, confesó después de un largo silencio. Doménico explicó que la aparición de una tejedora podía iniciar una guerra capaz de matar a miles de humanos que jamás comprenderían por qué sus ciudades se llenaban de violencia, y durante algunos minutos me había visto como un problema político antes de verme como Melina. El arrepentimiento en su voz resultaba extraño porque los hombres poderosos de mi vida nunca se disculpaban sin convertir la disculpa en otra herramienta de control. Le pregunté qué haría si yo decidía marcharme pese al peligro. Respondió que intentaría convencerme de quedarme, pero que abriría la puerta.
Esa misma noche recibimos un video enviado desde el teléfono de Braulio. Mi padre aparecía atado a una silla en un almacén oscuro, envejecido pero vivo, y detrás de él Braulio sonreía directamente a la cámara. Explicó que mi padre no me había abandonado, sino que llevaba diecinueve años huyendo para impedir que el Clan del Norte pudiera encontrarme a través de él. Después Braulio acercó una pistola a su cabeza y dijo que yo tenía hasta la medianoche siguiente para entregarme. Doménico rompió una mesa con una sola mano.
Le prohibí organizar un rescate sin mí porque Braulio quería mi presencia y podía matar a mi padre en cuanto comprendiera que intentábamos engañarlo. Doménico dijo que aquello era exactamente la razón por la que debía quedarme en la mansión, pero yo le recordé que acababa de prometerme una puerta abierta. Nos miramos durante varios segundos, ambos furiosos, hasta que finalmente él preguntó cuál era mi plan. No tenía uno. Pero por primera vez desde que Braulio había entrado en mi vida, quería ser yo quien decidiera cómo terminaba esta historia.
PARTE 4 — Melina transforma su miedo en el arma que Braulio nunca esperaba
Elisa localizó el almacén usando un detalle absurdo que Braulio había olvidado ocultar: una vieja placa de tránsito reflejada en una ventana. El edificio estaba en una zona industrial al norte de la ciudad y pertenecía a una empresa fantasma vinculada con Vardek, por lo que entrar allí equivalía a caminar voluntariamente hacia una emboscada. Doménico reunió a sus mejores soldados, pero yo insistí en que cualquier ataque visible provocaría que mataran a mi padre antes de que pudiéramos alcanzarlo. Finalmente acordamos que entraría sola con un pequeño dispositivo de rastreo oculto bajo la piel de mi muñeca. Nunca había odiado tanto una idea que yo misma había propuesto.
Antes de salir, Vivienne me enseñó una regla básica sobre las tejedoras que aparecía en los diarios de mi abuela. Mi sangre reaccionaba a la intención, lo que significaba que no era simplemente una sustancia poderosa esperando ser utilizada por cualquier vampiro que consiguiera beberla. Si yo entregaba sangre voluntariamente, podía potenciar a quien la recibiera; si era tomada por la fuerza, podía producir el efecto contrario y destruir temporalmente su capacidad de curación. Nadie sabía hasta qué punto funcionaría conmigo porque jamás había sido entrenada. Aquello significaba que Vardek probablemente ignoraba la parte más peligrosa de la leyenda.
Entré al almacén a las once y cuarenta y siete. Braulio estaba esperándome junto a mi padre y seis hombres armados, mientras Álvaro Vardek permanecía en las sombras con una elegancia casi aristocrática que contrastaba con sus ojos completamente rojos. Mi padre empezó a llorar cuando me vio y dijo que no debía haber ido, pero yo mantuve la mirada fija en Braulio. Él sonrió con aquella expresión que había usado tantas veces después de una pelea, como si todo pudiera volver a la normalidad si yo aceptaba simplemente comportarme. “Sabía que vendrías por mí”, dijo.
Le respondí que había venido por mi padre. Algo cambió inmediatamente en su rostro. Braulio empezó a contarme que todo lo que había hecho había sido para construir un futuro para nosotros, que Vardek cumpliría su promesa y que, una vez convertido, jamás volvería a envejecer mientras yo permanecería a su lado como la mujer más valiosa del mundo sobrenatural. Escucharlo describir una eternidad conmigo como si fuera una recompensa confirmó que jamás había entendido quién era yo. Para él, mi voluntad seguía siendo un detalle inconveniente.
Vardek interrumpió nuestra conversación y me ordenó extender la mano. Cuando me negué, uno de sus hombres golpeó a mi padre y yo avancé inmediatamente, exactamente como esperaban. Una hoja cortó mi palma y Vardek acercó mi sangre a sus labios con una expresión de triunfo que duró menos de tres segundos. Primero sus ojos brillaron de color dorado, después sus venas se volvieron negras y finalmente cayó de rodillas emitiendo un grito que hizo temblar los cristales del almacén. Yo había decidido que jamás recibiría nada de mí voluntariamente.
Las puertas explotaron en ese momento. Doménico entró acompañado por Vivienne y varios miembros de su guardia mientras las luces se apagaban y comenzaba una pelea demasiado rápida para que mis ojos pudieran seguirla. Corrí hacia mi padre, liberé sus manos y casi habíamos alcanzado una salida lateral cuando Braulio me agarró del cabello y me lanzó contra una pared. Me apuntó con la pistola y su rostro ya no mostraba amor, ni desesperación, ni siquiera rabia. Mostraba humillación.
“Después de todo lo que hice por ti”, dijo. Esas palabras borraron los últimos restos del miedo que le había tenido durante años. Le respondí que él nunca había hecho nada por mí, solamente cosas para poseerme, y su dedo se tensó sobre el gatillo. Antes de que disparara, mi padre se abalanzó contra él y el arma cayó al suelo. Braulio golpeó a mi padre y recuperó la pistola, pero entonces Doménico apareció detrás de él.
Podría haberlo matado en una fracción de segundo, pero se detuvo al verme. “Melina”, dijo, permitiéndome decidir. Esa elección importó más que cualquier rescate. Miré a Braulio, al hombre que había usado su uniforme, sus contactos y mi amor para aterrorizarme, y comprendí que matarlo allí permitiría que él muriera creyéndose víctima de monstruos. “Entrégalo a la justicia”, dije.
Braulio empezó a reír y aseguró que ninguna cárcel podía contener todo lo que sabía. Elisa apareció en la puerta acompañada por agentes de asuntos internos que llevaban meses investigándolo por corrupción y desapariciones relacionadas con Vardek. El rostro de Braulio cambió cuando comprendió que esta vez no podía hacer una llamada para desaparecer un expediente. Cuando se lo llevaron esposado, intentó pronunciar mi nombre. Yo no volteé.
Vardek escapó del almacén gravemente herido antes de que los hombres de Doménico pudieran capturarlo. Eso significaba que la guerra todavía no había terminado, pero mi padre estaba vivo y Braulio ya no podía alcanzarme desde detrás de una placa. Mientras regresábamos a la mansión, Doménico se sentó frente a mí sin tocarme. Observó la herida de mi palma y preguntó si podía ayudar. Solo cuando asentí tomó mi mano entre las suyas.
PARTE 5 — Un beso elegido libremente desata un poder todavía más peligroso
Mi padre se llamaba Julián Vargas y necesitó dos días para contarme la verdad completa. Había huido cuando yo era niña porque Vardek había descubierto que mi madre descendía de las tejedoras y creyó que seguir cerca de mí convertiría nuestra casa en un blanco permanente. Mi madre no murió en un accidente, como me habían dicho, sino durante un ataque organizado para capturarla después de que se negara a entregar información sobre mi linaje. Julián consiguió sacarme de la ciudad y luego desapareció deliberadamente para que quienes lo siguieran creyeran que yo estaba con él. Durante diecinueve años permitió que su propia hija pensara que la había abandonado para mantenerla viva.
No pude perdonarlo inmediatamente. Comprendía sus motivos, pero comprender no borraba cumpleaños, graduaciones y noches en que había esperado una llamada que nunca llegó. Julián aceptó mi enojo sin exigir absolución y dijo que tenía intención de pasar el resto de su vida demostrando que lamentaba el precio de su decisión. Esa respuesta, más que cualquier explicación, me permitió empezar a imaginar una relación nueva con él. Algunas heridas no necesitaban una mentira bonita; necesitaban tiempo.
Mientras tanto, Vardek convirtió su derrota en propaganda. Anunció a los demás clanes que Doménico me mantenía cautiva para utilizar mis poderes y exigió una reunión del Consejo de Sangre donde yo tendría que declarar públicamente mi voluntad. Si me negaba a aparecer, los clanes asumirían que estaba prisionera y podrían atacar legalmente a los Behain. Si aparecía, estaría entrando en una sala llena de vampiros capaces de oler mi sangre. Mi vida se había vuelto ridícula.
La noche anterior al consejo no podía dormir y encontré a Doménico entrenando solo en una sala subterránea. Le pregunté por qué un vampiro de más de ciento cincuenta años necesitaba practicar con una espada y respondió que la arrogancia era una excelente manera de morir, incluso cuando uno ya estaba técnicamente muerto. Después me ofreció enseñarme a defenderme y, durante una hora, consiguió que olvidara los clanes, Braulio y la posibilidad de convertirme en una reliquia política. Era sorprendentemente paciente. También era terriblemente difícil ignorar lo cerca que estaba de mí.
Cuando tropecé, Doménico me sostuvo por la cintura y ambos nos quedamos inmóviles. Su mirada descendió hacia mis labios antes de apartarse inmediatamente, como si incluso mirar demasiado pudiera ser una transgresión. “Puedes besarme”, dije, sorprendida por mi propia voz. Él no se movió. “Necesito escucharte decir que lo quieres por ti, no por protección, no por miedo y no por ese anillo”.
Había pasado tanto tiempo justificando mis decisiones ante Braulio que la pregunta casi me hizo llorar. Le dije que quería besarlo porque me irritaba, porque me protegía incluso de sí mismo y porque por primera vez en mucho tiempo deseaba algo sin preguntarme cuál sería el castigo. Entonces Doménico me besó. No hubo violencia ni hambre, solamente una lentitud devastadora que convirtió el silencio en algo íntimo. Cuando se separó, los dos estábamos respirando como si hubiéramos corrido kilómetros.
Después ocurrió algo inesperado. La pequeña herida de mi palma, que todavía no había cicatrizado completamente, rozó una cortadura reciente en la mano de Doménico y una corriente de luz plateada recorrió nuestros brazos. Él cayó de rodillas mientras todas las lámparas de la habitación explotaban al mismo tiempo. Yo sentí un latido dentro de mi cabeza que no pertenecía a mi cuerpo. Durante varios segundos pude escuchar el corazón inmóvil de Doménico como si hubiera empezado a latir.
Vivienne llegó corriendo y se quedó paralizada al verlo. Doménico se levantó lentamente, llevó una mano al pecho y dijo que podía sentir calor. Ningún vampiro presente comprendía qué había ocurrido porque las historias hablaban de tejedoras que proporcionaban fuerza, velocidad o resistencia, pero jamás de una capaz de restaurar temporalmente funciones humanas perdidas durante la transformación. Mi sangre no estaba convirtiendo a Doménico en un dios. Estaba devolviéndole fragmentos de humanidad.
Aquello cambió completamente la guerra. Si los demás clanes descubrían que yo podía permitir a un vampiro sentir el sol, envejecer o incluso recuperar un corazón humano, algunos intentarían adorarme y otros intentarían encerrarme para siempre. Doménico ordenó que nadie hablara del incidente, aunque ya era demasiado tarde para nosotros. Habíamos sentido la conexión. Y por primera vez comprendí que el mayor peligro no era que Doménico quisiera utilizarme, sino que yo empezaba a confiar en él lo suficiente para querer darle algo que nadie más podía ofrecer.
PARTE 6 — El consejo descubre que Melina puede deshacer la maldición vampírica
El Consejo de Sangre se reunió bajo una antigua hacienda a las afueras de la ciudad. Representantes de los cinco clanes llegaron acompañados por guardias, consejeros y siglos de resentimientos, mientras yo caminaba entre ellos intentando recordar que todos tenían más razones para temerme de las que yo tenía para temerles. Doménico avanzaba a mi izquierda y Vivienne a mi derecha, pero ninguno me tocaba porque yo había pedido entrar por mis propios medios. Cuando llegamos al centro de la sala, Vardek ya estaba allí. Su rostro había recuperado el color, aunque todavía caminaba con dificultad por el efecto de mi sangre.
Vardek acusó a Doménico de manipularme y exigió que se retirara mi compromiso. Antes de que Doménico respondiera, levanté la mano y dije que podía hablar por mí misma. Conté cómo había llegado al club huyendo de Braulio, cómo Doménico me había protegido, cómo había usado el anillo sin mi consentimiento y cómo después había respetado cada decisión que tomé aunque no estuviera de acuerdo con ella. No intenté presentarlo como un héroe perfecto. Precisamente por eso varios miembros del consejo comenzaron a escucharme.
Después hablé de Vardek y Braulio. Presentamos documentos bancarios, registros policiales y testimonios que demostraban que el Clan del Norte había financiado durante años una red de agentes corruptos para encontrar descendientes de mi familia. Vardek respondió que las leyes humanas no significaban nada en aquella sala. Le dije que entonces podíamos hablar de sus propias leyes y pregunté si beber sangre de una tejedora mediante amenazas constituía consentimiento. El silencio que siguió fue suficiente respuesta.
Vardek comprendió que estaba perdiendo la votación y decidió incendiar la mesa antes de permitir que terminara. Sacó una pequeña hoja de plata y cortó el cuello de uno de sus propios guardias, obligándolo a caer sobre mí mientras varios vampiros del norte atacaban simultáneamente. Doménico me apartó del primer golpe, Vivienne derribó a un atacante y el salón volvió a convertirse en caos. Vardek corrió directamente hacia mí. Esta vez no quería capturarme.
Logró sujetarme y hundió los colmillos en mi hombro antes de que Doménico pudiera alcanzarnos. El dolor fue brutal, pero algo dentro de mí reaccionó con una claridad que no había sentido en el almacén. En lugar de intentar apartarlo, apoyé ambas manos sobre su rostro y pensé en una sola cosa: quitarle aquello que había usado para aterrorizar a otros durante siglos. La sangre respondió. Vardek gritó.
Su piel empezó a calentarse, sus colmillos se retrajeron y por primera vez un pulso frenético apareció en su cuello. Cayó al suelo mirándose las manos mientras su cuerpo comenzaba a envejecer rápidamente hasta alcanzar la edad que habría tenido si hubiera permanecido humano. Los vampiros alrededor dejaron de luchar. Nadie necesitó una explicación.
Yo no fortalecía vampiros. Podía alterar el tejido que mantenía su condición sobrenatural. Podía ofrecer temporalmente humanidad, debilitar sus poderes o, aparentemente, deshacer una transformación por completo cuando mi sangre era tomada violentamente. Vardek, convertido de pronto en un hombre mortal de más de ochenta años, empezó a suplicar que revirtiera lo que había hecho. No sabía si podía.
Doménico pudo haberlo matado. En cambio, ordenó que lo arrestaran y que fuera juzgado por el consejo ahora que ya no tenía fuerza suficiente para intimidar a nadie. Esa decisión terminó de inclinar a los demás líderes. Una por una, las casas reconocieron mi derecho absoluto sobre mi propia sangre y acordaron que cualquier intento de extraerla sin consentimiento sería considerado una violación de las leyes de todos los clanes. Por primera vez, yo dejaba de ser un premio y me convertía en parte del sistema que definía las reglas.
Después de la reunión, Doménico me llevó fuera justo antes del amanecer. La luz comenzaba a colorear el cielo y él se detuvo bajo el techo de piedra, observando algo que no podía tocar desde hacía más de un siglo. Recordé la noche del beso, cuando mi sangre había hecho latir su corazón, y comprendí lo que realmente deseaba. Tomé su mano y pregunté si confiaba en mí. Doménico respondió que con su vida.
Me hice un pequeño corte en el dedo y le ofrecí una sola gota. Esta vez fue voluntario. Doménico la aceptó y su piel empezó a calentarse mientras un latido lento aparecía bajo mis dedos. Cuando el primer rayo de sol alcanzó su rostro, no ardió.
Cerró los ojos como alguien escuchando una canción olvidada. Yo había esperado sorpresa o poder, pero lo que vi fueron lágrimas. Doménico Behain, el rey que aterrorizaba a criaturas inmortales, lloró bajo el amanecer porque había olvidado cómo se sentía el sol. En ese instante comprendí que mi don no tenía por qué convertirse en un arma. También podía convertirse en una elección.
PARTE 7 — La última amenaza obliga a Melina a decidir quién será
Los meses siguientes fueron los más extraños y tranquilos de mi vida. Braulio permanecía en prisión preventiva mientras fiscales federales construían un caso que incluía corrupción, secuestro, abuso de autoridad, vigilancia ilegal y colaboración con organizaciones criminales que, naturalmente, jamás serían descritas como vampíricas en ningún documento público. Vardek sobrevivió como humano y fue entregado a una prisión clandestina administrada por el consejo, donde por primera vez en cuatro siglos no poseía fuerza para escapar de sus consecuencias. Mi padre empezó terapia conmigo. Yo también.
El compromiso con Doménico seguía existiendo técnicamente, aunque ambos evitábamos hablar de matrimonio. Yo me mudé a un apartamento propio protegido por miembros del clan, retomé mi trabajo y establecí una fundación con Elisa para ayudar a víctimas de acoso que enfrentaban abusadores vinculados con instituciones poderosas. Doménico visitaba algunas noches, siempre llamando a la puerta incluso cuando los guardias ya le habían dicho que estaba en casa. Era un gesto pequeño. Por eso significaba tanto.
Entonces Braulio escapó. No lo hizo con ayuda policial, sino utilizando información sobrenatural que Vardek le había proporcionado antes de caer. Durante meses había guardado una última carta: la ubicación de una antigua cámara bajo la Catedral Metropolitana donde, según la leyenda, las primeras tejedoras habían escondido un ritual capaz de transferir su don a otra persona. Braulio ya no necesitaba entregarme a un vampiro. Quería convertirme en la fuente de su propio poder.
Me secuestró durante una visita a la fundación usando dos antiguos colaboradores que todavía trabajaban dentro de la policía. Cuando desperté estaba encadenada en una cámara de piedra cubierta por símbolos que reconocí de los diarios de mi abuela. Braulio estaba frente a mí sin uniforme, sin placa y sin la confianza que el poder institucional le había dado durante años. Parecía más pequeño. También parecía mucho más peligroso.
Me dijo que Doménico había arruinado todo lo que le pertenecía. Yo respondí que nunca le había pertenecido. Braulio gritó que me había encontrado primero, que había invertido años en mantenerme viva y que él debería haber recibido la recompensa prometida. Finalmente escuché la verdad sin ninguna máscara romántica. Para él yo siempre había sido una inversión.
El ritual requería sangre de la tejedora y la muerte voluntaria de un vampiro poderoso. Braulio había capturado a Vivienne utilizando una trampa de plata y pensaba obligarme a extraer su esencia para transferir sus capacidades sobrenaturales hacia él. No comprendía que la palabra “voluntaria” hacía imposible su plan. Tampoco comprendía que Vivienne había permitido deliberadamente que la capturaran después de seguir a sus hombres. Cuando nuestras miradas se encontraron, me guiñó un ojo.
Las paredes explotaron segundos después. Doménico llegó atravesando piedra, seguido por mi padre, Elisa y miembros de tres clanes que meses antes habrían preferido verlo muerto. Braulio me puso un cuchillo en el cuello y gritó que todos retrocedieran. Doménico obedeció inmediatamente. No porque temiera a Braulio, sino porque temía por mí.
Braulio me arrastró hacia el círculo ritual y dijo que, si no podía tener mi poder, nadie lo tendría. Comprendí entonces que aquel hombre no necesitaba poderes vampíricos para ser un monstruo; solamente necesitaba creer que mi negativa era una ofensa contra él. Cerré los ojos y dejé de luchar durante un segundo. Él interpretó mi quietud como rendición.
Fue su último error. Mi sangre cayó sobre los símbolos del suelo y respondí al ritual con una intención diferente: no transferir poder, sino romper cualquier vínculo mágico impuesto sin consentimiento. Una onda de luz atravesó la cámara. Las cadenas se abrieron, Vivienne quedó libre y todos los pactos de sangre ilegítimos utilizados por Braulio y Vardek durante años comenzaron a desaparecer.
Braulio intentó apuñalarme. Doménico podía haberlo detenido, pero fui yo quien atrapó su muñeca usando el movimiento que me había enseñado durante nuestro primer entrenamiento. Giré, golpeé su rodilla y lo envié contra el suelo. Cuando intentó levantarse, mi padre colocó el pie sobre el cuchillo. Elisa llamó a los agentes que esperaban fuera.
Esta vez Braulio no gritó mi nombre mientras se lo llevaban. Me miró con desconcierto, como si todavía no comprendiera cómo la mujer que había pasado años aterrorizada podía estar de pie frente a él sin temblar. Yo tampoco era exactamente la misma mujer. Pero no había sido Doménico quien me había salvado de convertirme en ella.
Había sido yo.
PARTE 8 — Melina elige el amor sin renunciar jamás a su libertad
Un año después, la ciudad seguía teniendo vampiros, tráfico imposible y personas convencidas de que los mayores peligros aparecían únicamente después de medianoche. Braulio fue condenado por múltiples delitos y trasladado a una prisión federal donde sus antiguos contactos ya no podían protegerlo. Vardek murió como humano seis meses después, no de forma violenta, sino de una insuficiencia cardíaca que ningún poder sobrenatural pudo detener. Algunos miembros del consejo consideraron aquel final demasiado misericordioso. Yo pensé que vivir sus últimos meses como un hombre ordinario obligado a enfrentar las consecuencias era castigo suficiente.
Mi relación con mi padre avanzó lentamente. Empezamos con cafés incómodos, luego cenas mensuales y finalmente conversaciones en las que ya no teníamos que rellenar cada silencio con explicaciones. Nunca recuperamos los diecinueve años perdidos. Aprendimos a construir algo que no pretendiera reemplazarlos. A veces la reparación no significa volver atrás.
También aprendí a controlar mi habilidad. Bajo supervisión de Vivienne y utilizando los diarios de mi abuela, descubrí que podía conceder a un vampiro algunas horas de humanidad mediante una pequeña cantidad de sangre ofrecida conscientemente. Establecí reglas estrictas y jamás permití que mi don se convirtiera en un negocio, pese a recibir ofertas capaces de comprar países pequeños. Algunas personas querían volver a sentir el sol. Otras querían escuchar nuevamente el latido de su corazón.
Doménico jamás volvió a pedírmelo. Esa fue exactamente la razón por la que a veces se lo ofrecía. Compartíamos amaneceres en la terraza de su casa, desayunos que él había olvidado cómo saborear y tardes en las que caminábamos por la ciudad mientras experimentaba el cansancio, el calor y otras molestias humanas con una fascinación absurda. Descubrí que odiaba el café pero amaba los churros. Él descubrió que yo roncaba cuando estaba extremadamente cansada y tuvo la inteligencia de mencionarlo solamente una vez.
El antiguo anillo continuaba en mi dedo, aunque ya podía retirarlo cuando quisiera. Una noche lo dejé sobre la mesa durante la cena y Doménico se quedó observándolo durante demasiado tiempo. Le dije que el pacto político que nos había unido había terminado meses atrás y que ya no necesitaba su protección legal. Respondió que lo sabía. Parecía preparado para escuchar el final de nuestra relación.
Entonces saqué de mi bolso una pequeña caja. Dentro había un anillo sencillo que yo había elegido, sin magia, juramentos antiguos ni leyes vampíricas. Doménico permaneció completamente inmóvil. “La primera vez me pusiste un anillo sin preguntarme”, dije.
Parecía genuinamente avergonzado. Le expliqué que había pasado demasiados años viviendo decisiones tomadas por otros y que jamás volvería a aceptar una relación donde mi voluntad fuera negociable. Él asintió y dijo que lo entendía. Entonces coloqué la caja frente a él. “Por eso esta vez voy a ser yo quien pregunte”.
Doménico me miró como si hubiera sobrevivido siglos únicamente para escuchar aquellas palabras. Le pregunté si quería construir una vida conmigo sin propiedad, sin obediencia y sin promesas de eternidad que ninguno de los dos podía garantizar. No quería ser reina de ningún clan ni convertirme en símbolo de una dinastía. Quería seguir siendo Melina Vargas. Si él podía amar a esa mujer sin intentar encerrarla, entonces quería quedarse conmigo.
Doménico dijo que sí antes de que terminara la pregunta. Después se detuvo, respiró y preguntó si podía besarme. Me reí porque, después de todo lo ocurrido, todavía preguntaba. “Sí”, respondí. Entonces me besó mientras afuera comenzaba a llover.
Nos casamos seis meses después en una ceremonia pequeña. Vivienne llevó un vestido rojo escandaloso, Elisa firmó como testigo y mi padre lloró antes incluso de que comenzara la música. No hubo coronas, tronos ni rituales de sangre. Mis votos incluyeron una cláusula que hizo reír a todos: cualquier intento de convertirme en propiedad de una monarquía sobrenatural implicaría divorcio inmediato.
Doménico aceptó las condiciones.
Con el tiempo, el Consejo de Sangre cambió sus leyes. Las tejedoras dejaron de ser clasificadas como recursos y pasaron a ser reconocidas como personas protegidas por derecho propio, una frase absurdamente obvia que había tardado siglos en aparecer por escrito. Otros descendientes comenzaron a presentarse cuando comprendieron que ya no tendrían que esconderse. Mi familia no estaba tan sola como habíamos creído.
Cinco años después abrí la primera casa de protección financiada conjuntamente por humanos y clanes sobrenaturales. Atendíamos a mujeres perseguidas por exparejas, testigos amenazados y personas atrapadas en situaciones donde aquellos que debían protegerlas eran precisamente quienes las aterrorizaban. Nadie necesitaba saber que algunos de nuestros guardias podían correr más rápido que un automóvil. Solo necesitaban saber que la puerta permanecía abierta.
A veces alguien me pregunta cómo conocí a mi esposo. Doménico siempre sonríe porque espera que invente una historia elegante sobre una gala, una reunión diplomática o un encuentro cuidadosamente planeado. Yo jamás lo hago. Digo la verdad.
Una noche estaba huyendo del hombre equivocado y entré por una puerta que no conocía. Encontré un salón lleno de monstruos, escogí al hombre más peligroso del lugar y me senté sobre sus piernas sin pedir permiso. Creía que necesitaba un depredador capaz de asustar a otro depredador. No sabía que aquella decisión acabaría revelándome algo mucho más importante.
Los monstruos no siempre tienen colmillos.
Algunos llevan placas, dicen que te aman y llaman protección a la jaula que construyen alrededor de ti. Y algunos hombres que nacieron monstruos pueden pasar siglos aprendiendo que amar significa abrir la mano, no cerrarla. Doménico nunca me salvó convirtiéndome en suya. Me ayudó a recordar que siempre había sido mía.
Y si aquella noche mi susurro cambió su eternidad, su respuesta cambió la mía.
Porque la primera vez que me senté en el regazo del rey vampiro estaba huyendo.
La última vez que caminé hacia él, lo hice porque era completamente libre para marcharme.