Lo capturaron en Iwo Jima y se echó a reír: tres minutos después, 18 sombras yacían en silencio y una libreta manchada revelaba el secreto que nadie se atrevió a contar durante décadas.
La arena negra de Iwo Jima no era arena: era ceniza vieja, triturada por olas y explosiones, pegándose a la piel como si quisiera recordar cada nombre que pisaba la isla. El cielo, bajo y gris, parecía una tapa de metal. Y debajo de todo, bajo esa costra volcánica, la isla respiraba por túneles.
Aquel amanecer, el cabo Evan Cole no sintió heroísmo. Sintió sed. Sintió el sabor del humo en la garganta y el zumbido persistente en los oídos, como si su cabeza fuera una radio mal sintonizada. Había aprendido a contar los segundos entre estampidos y silbidos para adivinar si el próximo le pertenecía. Había aprendido también que el miedo no siempre grita: a veces se queda quieto, sentado en el estómago, y se vuelve pesado.
Su unidad llevaba horas intentando ganar un trozo de terreno que, desde el aire, parecería una simple mancha de roca. Desde el suelo, era un laberinto de cráteres, montículos y sombras donde cada piedra podía ser un ojo.
—No te separes —le había dicho su sargento, una frase repetida como oración.
Pero la isla no respetaba oraciones.
Un golpe seco, un fogonazo lateral, el suelo que sube como una ola. Evan cayó de rodillas, tragó ceniza y se levantó con el instinto de quien ha olvidado la delicadeza. Cuando miró alrededor, el humo había borrado los contornos. Gritó nombres. Nadie respondió. Dio tres pasos y se encontró con un silencio raro: no era calma, era espera.
Delante, una boca oscura en la roca, una abertura que no parecía natural. Un túnel.
Evan dudó un latido. Luego, como si la isla lo llamara por un apodo que nunca había tenido, avanzó.
Adentro, el aire era más frío. Olía a humedad, a pólvora antigua, a cuerpos que habían dormido demasiado cerca. La luz de afuera se quedó atrás, y el mundo se volvió pasillo. Él avanzó a tientas, con el corazón golpeando fuerte, y en ese momento entendió algo que nadie le había explicado: el terror más puro no es ver al enemigo, sino sentir que el enemigo te ve.
Un murmullo. Un roce. Una voz que no era la suya.

Antes de que pudiera reaccionar, manos duras lo empujaron contra la pared. Algo le apretó el cuello. Un destello de metal en la penumbra. Le arrancaron el arma con un tirón que le quemó los dedos.
Evan quiso luchar, pero el túnel era estrecho y la sorpresa lo hizo torpe. Lo esposaron con una cuerda, rápido, práctico. No era una captura ceremonial: era trabajo. Había rostros alrededor, apenas manchas pálidas en la oscuridad, ojos tensos, respiraciones controladas. Y una palabra repetida en un idioma que Evan no entendía, pero que supo, por el tono, que significaba lo mismo en cualquier lengua: “prisionero”.
Lo arrastraron.
Al avanzar, notó que aquellos túneles eran un mundo aparte. Había tablones sosteniendo techos, recovecos con cajas, cables, puntos de vigilancia improvisados. Era una ciudad enterrada. Y cada esquina podía ser un final.
Llegaron a una cámara más amplia. Una lámpara, tenue, daba a los rostros una apariencia de cera. Un hombre mayor, de mandíbula firme y uniforme impecable pese a la guerra, lo observó sin prisa. Tenía una libreta pequeña en la mano, como si aquello fuera una entrevista.
Uno de los soldados dijo algo. El mayor asintió, levantó la libreta y habló con voz serena. Evan no entendió las palabras, pero sí el peso: preguntas. Interrogatorio.
Evan tragó saliva. Su garganta raspaba.
El mayor lo señaló y luego señaló un mapa extendido en el suelo. Un dedo recorrió líneas. Un lápiz golpeó una zona específica. Luego el mayor miró a Evan con una paciencia que daba miedo.
Evan entendió lo básico: “Dime dónde están los tuyos.”
Y entonces ocurrió la risa.
No fue una risa victoriosa ni desafiante. Fue un sonido extraño, quebrado, que se le escapó como una tos. Evan ni siquiera supo por qué. Tal vez por la absurda idea de explicar un caos que ni él comprendía. Tal vez porque, por un segundo, imaginó a su madre regañándolo por ensuciarse la ropa, como si la ceniza fuera barro de patio y no restos del infierno. Tal vez porque su mente, cansada de sostener el miedo, soltó una cuerda equivocada.
La risa creció. Una carcajada breve, seca, casi infantil.
En la cámara, el aire se tensó. Los soldados se miraron entre sí con una mezcla de ira y desconcierto. Uno dio un paso adelante, levantando el puño. Otro le habló rápido, como pidiendo permiso. El mayor, en cambio, no se movió. Sus ojos se estrecharon, no por burla, sino por cálculo. La libreta quedó suspendida en su mano como si estuviera escuchando algo que los demás no oían.
Evan, todavía riendo, sintió de pronto la vergüenza. Quiso detenerse y no pudo. Era como si alguien más estuviera usando su boca.
—No… —murmuró en inglés, sin saber a quién se lo decía.
La risa se apagó abruptamente. Quedó un silencio que pesaba más que los cascos.
El mayor habló de nuevo. Despacio. Sus palabras eran suaves, pero los soldados alrededor ya no respiraban igual. Uno de ellos apretó la cuerda en las muñecas de Evan, cortándole la circulación.
Y en ese instante, en algún lugar del túnel, sonó un estruendo, como si la isla hubiera golpeado una puerta.
La lámpara titiló. El techo dejó caer polvo. La cámara se inclinó un milímetro dentro del alma.
Los japoneses reaccionaron al mismo tiempo, como un organismo. Miradas hacia la entrada. Voces cortas. Un soldado salió corriendo. Otro tomó posición con la espalda contra la pared. El mayor cerró la libreta, guardándola en el bolsillo interior del uniforme, como si protegiera un corazón de papel.
Evan sintió algo que no era esperanza, sino una abertura. Un parpadeo en el control del enemigo. Un segundo robado.
No pensó. Actuó.
Movió los hombros, se dejó caer hacia un lado, chocó con un soldado. La cuerda en sus muñecas rozó un borde áspero: piedra, metal, no supo. La fricción le quemó la piel. Alguien gritó. Una mano lo agarró del cuello. Evan pateó con rabia y acertó a ciegas. La lámpara volvió a titilar. En el caos, su cuerpo recordó cosas que su mente había olvidado.
Se oyó un disparo.
Luego otro.
En un túnel, los sonidos no se dispersan: se multiplican. Cada estampido se convierte en diez. Cada grito se vuelve una presencia.
Evan logró zafarse lo suficiente para arrastrarse hacia una esquina. Sus muñecas se liberaron con un tirón final. Sangre. Aire. Dolor que confirmaba que seguía vivo.
No vio el mapa. No vio la libreta. No vio al mayor. Solo vio sombras que se movían hacia él. Y en el túnel, las sombras no tienen cara: solo intención.
El combate fue breve y confuso. No hubo discursos, ni líneas claras, ni tiempo para entender. Hubo pasos, golpes, ráfagas cortas de ruido, cuerpos chocando, órdenes en japonés, una palabra en inglés que Evan no supo de dónde salió: “¡Atrás!” como si alguien la hubiera dicho dentro de su cabeza.
Los minutos en un túnel no se parecen a los minutos en la vida. Son más densos. Se estiran como goma.
Y aun así, todo pasó rápido.
Después, solo quedó el silencio.
Evan estaba apoyado contra una pared, respirando como si el aire fuera un líquido espeso. Sus manos temblaban. Tenía polvo en la lengua y un sabor metálico que no quiso identificar. Miró hacia el suelo.
Había cuerpos.
Uno, dos, demasiados. Contó sin querer, como quien cuenta escalones: dieciocho.
No sintió triunfo. Sintió una náusea lenta, una tristeza sin nombre. Aquello no era una hazaña; era una grieta en el mundo. Se quedó quieto, esperando que el túnel lo tragara, que el techo cayera, que alguien lo tocara en el hombro y lo despertara de esa escena.
No ocurrió.
La lámpara seguía parpadeando, y en su luz enferma vio algo en el suelo: una libreta pequeña. La misma del mayor. La recogió con dedos rígidos.
Era más pesada de lo que parecía, como si guardara dentro piedras en lugar de papel. La abrió.
Había columnas de caracteres japoneses, fechas, marcas, dibujos rápidos de posiciones. Pero entre todo aquello, Evan encontró algo inesperado: una página con trazos distintos, como si alguien hubiera copiado palabras extranjeras. Letras latinas, torpes:
“Ríe para no romperse. Si no ríe, se hunde.”
Evan se quedó mirando esa frase hasta que la luz pareció girar. ¿Quién la había escrito? ¿El mayor? ¿Un traductor? ¿Un prisionero anterior?
La risa volvió a cosquillearle la garganta, pero esta vez no salió. Solo quedó dentro, como un animal asustado.
Se guardó la libreta sin pensar.
Luego caminó. Siguió el túnel en dirección contraria a donde lo habían arrastrado. No sabía si avanzaba hacia su gente o hacia otra trampa. En Iwo Jima, el “afuera” y el “adentro” podían intercambiarse en cualquier momento.
A medida que avanzaba, escuchó voces lejanas, ecos de lucha. Encontró una bifurcación, eligió al azar. Sintió que la isla lo observaba. A ratos veía destellos de luz desde pequeñas grietas en la roca, como estrellas atrapadas.
Finalmente, vio claridad: un resplandor opaco al final de un corredor. Salió arrastrándose y el mundo lo golpeó con viento y humo.
Arriba, la batalla continuaba como si nada. El cielo seguía siendo una tapa gris. La ceniza seguía pegándose a la piel. Un soldado estadounidense lo vio y levantó el arma, sorprendido; otro lo reconoció por la placa. Alguien gritó su nombre.
—¡Cole! ¿De dónde demonios sales?
Evan intentó responder, pero su boca solo sacó aire. Se dejó caer sobre la arena negra. Cerró los ojos.
En su pecho, bajo el uniforme, la libreta parecía latir.
Días después
La historia no se convirtió en un parte oficial. No apareció en un comunicado. Nadie escribió: “Capturado, rió, abatió a dieciocho en tres minutos.” En una guerra, las cifras se registran, pero las escenas no siempre se aceptan.
Evan fue revisado por un médico que lo miró con ojos cansados. Le hicieron preguntas. Evan respondió con fragmentos.
—¿Te capturaron?
—Sí.
—¿Escapaste?
—No sé si fue escapar.
No le creyeron del todo. No lo culparon. Solo lo miraron como se mira un objeto que regresó de un lugar donde no debía estar.
A la noche, mientras los demás intentaban dormir, Evan abrió la libreta en secreto. Pasó las páginas lentamente. En algunas había listas de nombres japoneses, al lado de anotaciones que parecían tareas. En otras, esquemas de túneles. Pero lo que más lo inquietó fue descubrir que la libreta no era solo militar.
Había una sección donde el mayor había escrito sobre el clima, sobre la humedad, sobre la falta de arroz. Y entre esas líneas, como una grieta en la disciplina, aparecían frases sueltas, casi íntimas:
“No es odio. Es deber.”
“La isla devora a todos por igual.”
“El prisionero se rió. No lo entendí.”
Evan no sabía japonés, pero algunas palabras estaban traducidas en letra pequeña, como si alguien hubiera querido que otro las comprendiera algún día. Aquello lo atormentó: la idea de que el enemigo también anotaba dudas.
La risa, de pronto, ya no era solo suya.
El secreto en la libreta
Semanas después, cuando el combate se desplazó y la isla comenzó a parecer menos un monstruo y más una herida, Evan encontró un traductor entre sus filas: un joven nisei que hablaba japonés con precisión. Evan le mostró la libreta, con cuidado, como si fuera un artefacto explosivo.
—¿Puedes leer esto? —preguntó.
El traductor hojeó, frunciendo el ceño. Se detuvo en varias páginas, respiró hondo.
—Esto… esto no es un diario cualquiera.
—¿Qué es?
El traductor señaló una lista.
—Son nombres. Y aquí —tocó otra columna— hay marcas que indican… asignaciones de guardia, rutas, depósitos. Pero mira esto.
En una página casi al final, había un dibujo simple: una montaña con una línea curva. Debajo, una frase.
El traductor tragó saliva.
—Dice: “Si perdemos, que al menos alguien lo cuente sin mentir.”
Evan sintió un escalofrío. Afuera, el viento golpeó una lona como un aplauso triste.
—¿Y esta? —preguntó Evan, señalando la frase que lo perseguía desde la cámara: “Ríe para no romperse…”
El traductor la leyó dos veces.
—No está escrita como orden. Está escrita como… observación. Como si el oficial hubiera entendido algo humano en tu risa. Como si hubiera visto que estabas… al borde.
Evan cerró la libreta de golpe, como si las palabras pudieran escaparse.
—Entonces, ¿por qué me capturaron? ¿Por qué no…?
El traductor lo miró con una mezcla de compasión y cansancio.
—En un túnel, nadie sabe qué hará al segundo siguiente. Ni tú, ni ellos. Y eso es lo que más asusta.
Evan no durmió esa noche. La risa le volvió en sueños, pero ya no era su voz: era un eco profundo, como si la isla misma se burlara de los vivos.
La versión que sobrevivió
Años después, lejos de Iwo Jima, la historia se volvió un rumor. Cambiaba de boca en boca, como cambian los mitos: unos decían que Evan había sido un demonio en el túnel; otros, que había sido un milagro. Algunos inflaron el número, otros lo redujeron. Algunos lo contaron como victoria, otros como tragedia.
Evan nunca lo contó completo.
Cuando alguien le preguntaba, respondía con dos frases:
—Me capturaron.
—Y la isla me devolvió.
Guardó la libreta en una caja. La caja viajó con él a cada casa, a cada mudanza. A veces la abría. A veces solo la tocaba, como se toca una cicatriz para comprobar que sigue ahí.
En una ocasión, muchos años después, su hijo —ya adulto— le preguntó por qué conservaba algo escrito por el enemigo.
Evan pensó largo. Luego dijo:
—Porque ahí está la verdad que nadie quiere escuchar: que la guerra no se divide en buenos y malos con un lápiz. Se divide en vivos y muertos… y en los que regresan con una risa rota en el pecho.
—¿Y los dieciocho? —preguntó el hijo en voz baja.
Evan cerró los ojos.
—No los cuento para presumir —dijo—. Los cuento para no olvidarlos.
El último giro
La libreta tuvo un destino extraño.
Décadas después, cuando Evan ya era un hombre con manos temblorosas y memoria agujereada, una carta llegó sin remitente claro. Dentro, había una fotografía en blanco y negro: un oficial japonés, de pie frente a una entrada de túnel, con la misma mandíbula firme que Evan recordaba. Al reverso, en inglés imperfecto, alguien había escrito:
“Mi abuelo. No odiaba. Tenía miedo. Gracias por sobrevivir.”
Evan se quedó mirando esa frase como quien escucha un trueno en una habitación cerrada.
La guerra, entendió, no terminaba cuando cesaban los disparos. Terminaba cuando alguien, al otro lado del tiempo, se atrevía a decir una frase sencilla sin veneno.
Evan sacó la libreta. La abrió en la página donde el mayor había escrito: “Si perdemos, que al menos alguien lo cuente sin mentir.”
Se rió otra vez.
Pero esta vez, la risa no fue un quiebre. Fue un hilo frágil que lo sostuvo.
Y en algún lugar, muy lejos de la ceniza negra, Iwo Jima siguió respirando por túneles invisibles, guardando historias que no caben en partes oficiales: historias donde la risa no es burla, sino supervivencia; y donde el silencio, a veces, es el único monumento posible.
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