¡Confesión inesperada! Mijares, ya con 67 años, admite dónde se celebró realmente su boda, destapa los secretos del sitio elegido y explica la poderosa razón familiar que lo llevó a mantener todo en absoluto misterio hasta hoy

Durante años, el tema se había convertido casi en una leyenda entre fans, periodistas y curiosos:
¿Dónde se casó Manuel Mijares por segunda vez?
Había fotos, había rumores, había suposiciones sobre la fecha, el número de invitados, incluso sobre el menú.
Pero había un dato que nadie lograba confirmar: la ubicación exacta del lugar elegido.

Cuando, a sus 67 años, aceptó sentarse en una entrevista larga, tranquila, sin prisas y con la promesa de “hablar de cosas que nunca había dicho en público”, nadie imaginó que saldría de su boca una confesión que venía esquivando desde hacía años.

Con una sonrisa tímida y una mirada que mezclaba nostalgia y resolución, Mijares soltó la frase que derrumbó todas las teorías:

—Ya es momento de decirlo: hoy les voy a contar dónde me casé… y, sobre todo, por qué lo mantuve en secreto tanto tiempo.

El estudio quedó en un silencio extraño, casi respetuoso.
No estaban frente a un chisme más, sino ante algo más delicado: la revelación de un capítulo de su vida que, por decisión propia, había protegido con una coraza de discreción y estrictos acuerdos con todos los que estuvieron presentes.


Un galán maduro, un amor sereno y una boda rodeada de misterio

Para el público, Mijares siempre ha sido una mezcla de voz potente y carácter tranquilo. Está el artista que llena escenarios, canta himnos generacionales y se da el lujo de hacer chistes entre canción y canción… y está el hombre que, fuera de luces, prefiere la intimidad antes que el ruido mediático.

Por eso, cuando se supo —en esta narración— que se había casado de nuevo, muchos sintieron una mezcla de sorpresa y alegría. Sin embargo, tan pronto se confirmó la noticia, aparecieron las primeras interrogantes:

¿Dónde fue la ceremonia?

¿Por qué no hubo cobertura de medios?

¿Cómo logró evitar filtraciones en una era donde todo parece terminar en redes sociales?

Lo único claro era que el evento había sido extremadamente privado, con pocos invitados y un nivel de confidencialidad fuera de lo común, incluso para el mundo del espectáculo.

Durante años, él se limitó a responder con frases como:

“Fue algo muy nuestro”,
“No hace falta saber el lugar para entender lo que significó”,
“Lo importante es que fue un día lleno de cariño”.

Hasta que ahora, ya con la serenidad que da la edad y la perspectiva, se animó a completar el rompecabezas.


El lugar: ni playa de revista ni castillo europeo

En la entrevista, la conductora empezó con cuidado:

—Manuel, si cerramos los ojos y te pedimos que nos lleves a ese lugar donde te casaste, ¿qué veríamos?

Él se quedó en silencio unos segundos, como si regresara, paso a paso, a aquella escena.

—Verían —dijo por fin— un lugar pequeño, rodeado de árboles, lejos de cualquier autopista, sin espectaculares, sin turistas curiosos. No fue una playa famosa ni una ciudad europea. Fue… un sitio que ya conocía de niño.

La conductora frunció el ceño, intrigada.

—¿Un lugar de tu infancia?

Mijares asintió.

—Sí. Fue una hacienda antigua en el interior del país, cerca de un pueblo donde pasé varios fines de semana cuando era pequeño. No es un destino que salga en los folletos de viaje, ni en las listas de “lugares de moda”. Precisamente por eso lo elegí.

No dio el nombre exacto de la hacienda, pero la describió con detalle:

un patio central con piso de piedra gastada,

una capilla sencilla, con bancas de madera que crujían,

bugambilias trepando por las paredes,

una pequeña fuente en la que el agua sonaba más fuerte que cualquier bocina.

—No buscaba algo espectacular —aclaró—. Buscaba algo significativo.


El emotivo vínculo con ese sitio: una promesa antes de tiempo

La razón de la elección no fue estética, ni logística. Fue emocional.

—Cuando yo era niño —contó—, mis padres me llevaban a esa hacienda porque ahí vivía un matrimonio muy amigo de la familia. Era de esos lugares donde uno siente paz sin saber por qué. Comíamos bajo los árboles, platicábamos sin prisa… y yo escuchaba historias de cuando ellos se casaron ahí mismo.

Entre risas, recordó cómo aquel matrimonio —al que llamó “tíos del corazón”— solía decirle algo que, con los años, se quedó guardado en algún rincón de la memoria:

“Cuando crezcas y conozcas un amor tranquilo, de esos de verdad, vente a casar aquí, chamaco. Este lugar trae buena suerte”.

—En ese momento —dijo Mijares—, yo tenía la cabeza en otras cosas. Pero esas frases se te quedan, aunque no lo notes.

Con el tiempo, el matrimonio que vivía en la hacienda envejeció.
Llegaron los cambios, las despedidas, las ausencias inevitables.

—Ellos se fueron antes que yo —relató—. Y por un tiempo, pensé que con su partida también se borraba la posibilidad de volver a ese lugar.

Sin embargo, años más tarde, supo que la hacienda había quedado en manos de un familiar lejano dispuesto a conservarla, no como negocio masivo, sino como un espacio de memoria.

—Fue como si el lugar me hubiera estado esperando —dijo, con una mezcla de melancolía y gratitud.


El amor en una etapa distinta: “no quería una boda para presumir”

La entrevista no podía evitar la pregunta clave:

—Manuel, ¿en qué momento supiste que ese era el lugar adecuado para casarte con ella?

Sonrió con ternura.

—Cuando entendí que el amor que estaba viviendo ya no era de demostrar nada hacia afuera —explicó—. No era “mírennos, aquí estamos, vean qué espectáculo”. Era… dos personas eligiéndose en silencio, sin fuegos artificiales.

Según relató, una tarde llevaron a su pareja a conocer la hacienda sin decirle toda la historia. Caminaron por el patio, entraron a la capilla, se sentaron en una de las bancas.

—Ella se quedó callada, viendo alrededor —recordó—. Y después de un rato me dijo: “No sé qué tiene este lugar, pero aquí se siente paz”.

Fue en ese momento cuando supo que estaba frente a algo más que un sitio bonito.

—Ahí me cayó el veinte —dijo—: aquel lugar de mi infancia, aquella promesa lanzada como broma, aquella sensación de refugio… tenía sentido otra vez. Ya no era un recuerdo: podía convertirse en nuestro punto de partida.


Los estrictos secretos: teléfonos bloqueados y acuerdos previos

Una vez elegido el sitio, vino la parte más difícil: organizar una boda en pleno siglo XXI sin que se filtrara la ubicación.

—No fue fácil —admitió entre risas—. Porque hoy hasta el menú se sube a redes.

Por primera vez, contó con detalles las medidas que tomaron:

Invitaciones sin dirección impresa:
Los invitados recibieron una invitación digital con la fecha, la hora aproximada y la indicación clara de que la ubicación exacta se compartiría solo unos días antes, por medio de un mensaje directo.

Traslado en vehículos coordinados:
A muchos se les pidió que llegaran a un punto de encuentro en la ciudad más cercana. Desde ahí, camionetas ya organizadas los llevaron a la hacienda, evitando que cada quien llegara por su cuenta y, de paso, que se filtrara la ubicación.

Regla de oro: nada de publicaciones en tiempo real:
Antes de entrar al lugar, los invitados recibían una breve explicación: podían tomar fotos y guardar recuerdos personales, pero no subir nada a redes hasta que se les avisara. Algunos decidieron dejar sus teléfonos guardados; otros los apagaron por completo.

Personal reducido:
No hubo prensa acordada, ni cobertura exclusiva. El fotógrafo y el camarógrafo fueron de absoluta confianza, con contratos específicos que les impedían compartir imágenes sin autorización expresa.

—Había quien bromeaba con que parecía una operación de película —contó—. Pero yo sabía que, si una sola persona rompía el acuerdo, el lugar dejaría de ser nuestro refugio para convertirse en un destino más en internet.


¿Paranoia o protección? El motivo real detrás de tanto cuidado

La conductora, reflejando la duda de muchos, le lanzó la pregunta:

—¿No crees que fue demasiado? Algunos dirían que tanta reserva es paranoia…

Mijares negó con la cabeza, sereno.

—Si fuera solo por mí —respondió—, tal vez habría sido menos rígido. Pero no estaba protegiendo solo mi privacidad. Estaba protegiendo la memoria de quienes me enseñaron a amar ese lugar y el respeto a la persona con la que me estaba casando.

Aquí llegó la parte más emotiva de la confesión.

Explicó que, para él, la hacienda no era un simple escenario bonito. Era el último hilo que lo conectaba con aquellos “tíos del corazón” que lo recibieron de niño, le compartieron consejos, y lo vieron crecer sin pedirle nada a cambio.

—Ellos se casaron ahí —contó— cuando todo era aún más sencillo, cuando no existía esta vorágine de cámaras y noticias al segundo. Para mí, honrar ese lugar significaba no convertirlo en un espectáculo más.

También reveló algo que había guardado muy dentro:

—Antes de que uno de ellos muriera —dijo—, me tomó de la mano y me dijo: “Si algún día cumples esa locura de casarte aquí, prométeme que será por amor… no por prensa”.

Ese recuerdo se le quebró en la voz.

—Yo le prometí que lo haría así —añadió—. Y las promesas, sobre todo las que se hacen frente a alguien que ya se va, se cumplen. No iba a usar ese lugar para encabezar portadas. Iba a usarlo para algo mucho más íntimo.


El día de la boda: una celebración sin espectáculo… pero con magia

Cuando describió el día de la boda, no habló de excesos, ni de lujos extravagantes.

—Fue una boda muy pequeña —relató—. No había cientos de invitados, no había mesas interminables. Había personas que de verdad han sido parte de nuestra historia. Nada más.

La ceremonia se realizó en la capilla de la hacienda, la misma donde décadas atrás se habían casado aquellos amigos de sus padres. En la entrada, colocaron una fotografía de ese matrimonio, joven, sonriendo, como parte silenciosa del momento.

—Sentí que estaban ahí —confesó—. No sé explicarlo, pero así fue.

En lugar de un coro enorme, optaron por música sencilla: un par de músicos interpretando canciones acústicas, alguna melodía suya transformada en versión íntima, y silencios respetuosos cuando las palabras pesaban más que cualquier nota.

La fiesta posterior tuvo más risas que discursos preparados.
No hubo un presentador famoso, ni shows sorpresa, ni pantallas gigantes.
Hubo abrazos largos, anécdotas, y una sensación de calma que, para un artista acostumbrado a los grandes escenarios, era casi nueva.

—Fue la primera vez en muchos años —admitió— que brindé sin pensar quién me estaba grabando.


Por qué decide contarlo ahora y no antes

La pregunta final era inevitable:

—Manuel, si este lugar, esta historia y esta promesa eran tan especiales, ¿por qué decidiste hablar de todo esto ahora?

Él suspiró, como quien sabe que está dando vueltas a un tema desde hace tiempo.

—Porque el silencio también se puede convertir en carga —respondió—. Durante años, sentí que, si contaba algo, iba a traicionar lo que prometí. Pero con el tiempo entendí que lo que realmente importaba no era ocultar el nombre de la hacienda, sino el modo en que vivimos ese día.

Contó que, en los últimos años, muchos fans se le acercaron con cariño genuino, preguntando con respeto por esa parte de su vida. No desde el morbo, sino desde el afecto que han construido escuchándolo durante décadas.

—Una señora, en un concierto, me dijo algo que me tocó —recordó—: “No quiero saber el chisme, quiero saber si usted fue feliz ese día”.

Y se quedó pensando.

—Me di cuenta de que, al guardar tanto, también estaba negando compartir algo bonito con la gente que me ha dado tanto —dijo—. No tienen por qué saber detalles mínimos, pero sí pueden saber que ese día fue profundo, sencillo y verdadero.

Por eso, hoy, decide hablar del lugar, de la promesa, de los secretos… y del motivo emotivo que lo llevó a guardarlo tanto tiempo.


El mensaje final de Mijares: “Hay cosas que se protegen no por ego, sino por amor”

Antes de cerrar la entrevista, la conductora le pidió unas palabras para quienes creen que las figuras públicas “deben” compartir todo con la audiencia.

Mijares se tomó unos segundos y contestó:

—Yo le debo muchísimo al público —reconoció—. Le debo escenarios llenos, momentos inolvidables, carreras que se sostienen con aplausos y cariño. Pero también aprendí que hay cosas que uno tiene que proteger… no por ego, sino por amor.

Explicó que, si algo quería dejar claro con esta confesión, era que la privacidad no siempre es un capricho, sino una manera de cuidar lo que, si se expone demasiado, se deforma.

—A veces, las historias más bonitas necesitan silencio para crecer —dijo—. Yo elegí casarme en un lugar que marcó mi infancia, cumpliendo una promesa y honrando una memoria. Lo mantuve oculto para no convertirlo en un producto más. Hoy lo comparto porque entiendo que lo que de verdad quiero que se sepa no es el nombre del sitio, sino el respeto con el que lo vivimos.

La entrevista terminó con un aplauso sincero, no estruendoso.
No por el chisme revelado, sino por la vulnerabilidad mostrada.

Y así, a los 67 años, Manuel Mijares dejó claro que, a veces, las bodas más importantes no son las que llenan revistas, sino aquellas donde, más allá del lugar exacto, dos personas se eligen de verdad… lejos del ruido, cerca del corazón, y con el tipo de secretos que no se esconden por vergüenza, sino por respeto.