A sus 66 años, Sergio Goyri rompe el silencio y narra cómo pasó de ser el villano favorito del público a convertirse en el actor cancelado por contratos, redes y una lección que jamás imaginó vivir

Durante décadas, el nombre de Sergio Goyri fue prácticamente sinónimo de villano de telenovela. Cada ceja levantada, cada mirada fría, cada frase lanzada con calma calculada, lo convirtió en uno de los antagonistas más recordados de la pantalla chica.
Él era el hombre al que el público “odiaba” de lunes a viernes, pero aplaudía en la vida real.

Sin embargo, a sus 66 años, el actor se encontró en una posición que jamás imaginó: no interpretando al malo de la historia, sino convertido en el centro del rechazo, de la crítica y de un debate nacional que lo colocó bajo una luz completamente diferente.

Todo comenzó con un comentario captado en video, una opinión lanzada en un ambiente aparentemente privado, pero que terminó circulando como fuego en redes sociales. El blanco de sus palabras: la actriz Yalitza Aparicio, símbolo de una nueva representación en el cine y orgullo para millones de personas.

No hicieron falta muchas horas.
Lo que él pensó que se quedaría en una charla de sobremesa terminó en titulares, hilos de Twitter, análisis en programas de opinión y un eco que lo perseguiría durante años.

Lo que siguió fue una caída que no se escribió en un guion, ni se grabó en un foro. Fue real, incómoda y, según él mismo admitiría después, la “lección más dura” de su vida.


El villano favorito: cuando todo era aplauso y reconocimiento

Antes de la tormenta, la historia era muy diferente.
Sergio había construido una carrera sólida.
Los productores confiaban en él para papeles complejos, el público lo reconocía en la calle, y su figura formaba parte de la televisión de varias generaciones.

—Ser villano era un privilegio —diría en más de una entrevista—. El villano mueve la historia, provoca emociones, deja huella.

Y vaya que la dejó.
En fiestas familiares, no faltaba quien imitara una de sus frases. En memes, su rostro servía como referencia de “jefe malo”, “suegro temible” o “rico despiadado”. Su trabajo se había filtrado en la cultura popular.

Pero ese éxito tenía un efecto silencioso: con el tiempo, comenzó a sentirse intocable.

Había dado entrevistas polémicas antes, había opinado con dureza sobre la industria, sobre colegas, sobre cambios en la televisión. Siempre salía “ileso”.
La gente lo veía como parte del personaje: directo, fuerte, sin filtro.

Hasta que ya no se trató de una simple opinión incómoda, sino de algo que tocaba fibras mucho más profundas.


El comentario que cruzó una línea

La escena ya es conocida en esta narración: una reunión, risas, comida, cámaras de celular encendidas “por costumbre”, nadie midiendo realmente lo que se decía. En ese contexto, Sergio lanzó una opinión despectiva sobre Yalitza Aparicio y su presencia en el cine internacional.

No hizo falta que levantara la voz.
Bastó el tono, las palabras escogidas y el gesto despectivo para que el video, al salir a la luz, se convirtiera en un detonante.

Lo que para algunos, en la mesa, era una broma o una queja “sin importancia”, para millones de personas resultó una muestra de desprecio y falta de respeto hacia una mujer cuyo éxito representaba mucho más que un reconocimiento personal: simbolizaba una reivindicación de rostros, historias y cuerpos que durante décadas fueron relegados.

En pocas horas, el video se viralizó.
El nombre de Yalitza y el de Sergio se convirtieron en tendencia, pero por razones opuestas:
ella como ejemplo de dignidad,
él como símbolo de una forma de pensar que muchos consideraban inaceptable.


Las redes se encienden: del fandom al rechazo masivo

Sergio, acostumbrado a ver su nombre en comentarios de fans, se encontró con otra realidad en sus redes:
mensajes de decepción, críticas duras, llamados al boicot, hilos enteros desmenuzando sus palabras.

Al principio, intentó minimizarlo.
Pensó que, como en otros escándalos de la farándula, la tormenta pasaría rápido.
Pero esta vez la ola era diferente.

Ya no se trataba de un chisme personal o de un problema de contrato.
Se trataba de un tema profundo: representación, respeto, discriminación, privilegio.

Los usuarios no solo repetían el video; lo analizaban, lo contextualizaban, lo enmarcaban en una historia más grande: la de una industria que, por años, había favorecido ciertos perfiles mientras dejaba al margen a otros.

—Nunca había sentido las redes “en mi contra” —admitiría tiempo después—. Es como si de un día para otro todo lo que habías construido se tambaleara.


Contratos cancelados: cuando las consecuencias dejan de ser abstractas

Las consecuencias no se quedaron en comentarios.
Pronto llegaron las llamadas que más temía cualquier actor: las de productores, marcas, empresas que, con un tono frío pero firme, le explicaban que no podían mantener proyectos vigentes con su nombre al frente.

—Nos vemos obligados a reconsiderar —decían—. No es personal, es imagen.

Pero para él, claro que lo era.
Cada contrato cancelado no era solo una cifra perdida, sino un recordatorio de que su voz —esa que tantas veces había usado sin medirla— ahora tenía un costo muy concreto.

Proyectos que parecían seguros se congelaron.
Llamadas que eran frecuentes empezaron a espaciarse, hasta desaparecer.
Ofertas nuevas dejaron de llegar.

De pronto, el hombre que durante años había tenido siempre algo en puerta se encontró con una agenda peligrosamente vacía.

—Por primera vez en mucho tiempo —contó— tuve miedo de abrir el correo.


La familia, el círculo cercano y el espejo más incómodo

Mientras los medios hacían eco del escándalo, la parte más dolorosa no llegó desde afuera, sino desde adentro.

No fueron los titulares, ni los mensajes de odio, ni los comentarios sarcásticos lo que más lo marcó.
Fue la conversación en casa.

—Papá, ¿de verdad dijiste eso? —le preguntó una de sus hijas, con la mezcla de tristeza y sorpresa que él nunca hubiera querido provocar.

Se quedó en silencio.
Porque no podía negarlo.
Porque no podía justificarlo.
Porque, por primera vez, se vio a sí mismo desde otra perspectiva: la de quienes crecieron en un mundo que intenta avanzar, mientras él parecía quedarse anclado en formas antiguas de ver a los demás.

Su pareja, sus amigos más cercanos, algunos colegas confiables, le hicieron una misma observación con diferentes palabras:

“No puedes seguir hablando como si nada tuviera consecuencias.”

“No se trata solo de ti, se trata de lo que representas.”

“No es censura, es responsabilidad.”

Esas frases, repetidas en distintas voces, comenzaron a perforar la coraza que el personaje de villano parecía haber creado a su alrededor.


El intento de disculpa: palabras que ya no son suficientes

Presionado por la ola de rechazo y consciente de la gravedad del asunto, Sergio decidió hacer lo que muchas figuras públicas hacen en momentos similares: emitir una disculpa.

Grabó un video.
Eligió un lugar sobrio, sin producción exagerada.
Se sentó, miró a la cámara y dijo que lamentaba sus palabras, que nunca había querido ofender, que su comentario había sido “desafortunado”.

Pero aquí llegó otro golpe inesperado:
una parte importante del público ya no estaba dispuesto a aceptar simples fórmulas.

—No basta con decir “si alguien se sintió ofendido, lo lamento” —le señalaron muchos usuarios—. Lo que dijiste fue ofensivo en sí mismo, no solo por cómo lo tomaron los demás.

Los mensajes lo confrontaban con una realidad distinta: las disculpas mecánicas, repetidas, automatizadas, habían perdido valor. La gente quería algo más: autocrítica real, cambios visibles, acciones concretas.

Y entonces enfrentó una verdad difícil:
no bastaba con arreglar su imagen.
Tenía que revisar, de raíz, lo que lo había llevado a hablar así.


El silencio obligatorio: lejos de los sets, cerca de sus fantasmas

Los meses siguientes fueron una especie de exilio profesional.
Sin proyectos en puerta, sin foros que lo esperaran, sin maquillaje ni cámaras, Sergio se encontró a solas con algo que durante años había postergado: mirarse de verdad.

Las mañanas se hicieron largas.
Las tardes, aún más.
Los días empezaron a parecerse demasiado entre sí.

—Pasé de tener días saturados de llamados —relató— a no saber qué hacer con tantas horas vacías.

Al principio, intentó llenarlas con distractores: televisión, redes, actividades pequeñas. Pero las redes eran precisamente el lugar donde su nombre aún era motivo de discusión, y la televisión le recordaba la época en que todo era más sencillo.

Fue entonces cuando tomó una decisión que, en cualquier otra etapa, habría considerado innecesaria: buscar ayuda profesional.


La terapia, la incomodidad y las preguntas que nunca antes se hizo

No fue fácil.
Para un hombre acostumbrado a dar órdenes, a marcar el tono en un set, ponerse en el papel de quien escucha y responde preguntas difíciles era casi una humillación.
Al menos al principio.

—Yo pensé que iba a hablar de “la injusticia de las redes” —confiesa—. Pero terminé hablando de mí, de cómo fui educado, de chistes que antes parecían normales, de frases que nadie cuestionaba hace años y que hoy, con justa razón, resultan ofensivas.

El proceso fue lento y, muchas veces, incómodo.
Tuvo que revisar no solo ese comentario concreto, sino todo un sistema de creencias que lo había acompañado desde siempre.

La terapeuta —en esta ficción— le hizo una pregunta clave:

“¿Quieres entender por qué estuvo mal lo que dijiste, o solo quieres que la gente lo olvide?”

La pregunta lo dejó sin respuesta.
Porque en el fondo, al principio, quería lo segundo.
Con el tiempo, comenzó a comprender que, si no trabajaba en lo primero, lo otro nunca llegaría.


Yalitza Aparicio: la figura que expuso algo más grande que un actor

Aunque en esta historia todo se narra desde el punto de vista de Sergio, su comentario no tuvo repercusión solo por él, sino por la persona a la que iba dirigido: Yalitza Aparicio.

Ella, con su trabajo, su presencia y su actitud, se había convertido en un símbolo de visibilidad para rostros antes invisibilizados. Su éxito no era solo suyo: representaba a comunidades enteras que durante años habían sido reducidas a estereotipos.

—Lo más duro de todo —reconoció Sergio en un momento de lucidez— fue entender que no se trataba solo de Yalitza. Se trataba de todo lo que ella representaba para tanta gente.

No se trataba de que él no pudiera criticar una actuación, un guion, una película.
Se trataba del cómo, del desde dónde, del tono, del desprecio que había detrás de su comentario.

Durante mucho tiempo, se defendió con frases como “así se ha hablado siempre” o “solo estaba bromeando”.
La realidad es que una generación entera estaba diciendo:
“Precisamente por eso, las cosas tienen que cambiar.”


¿Hay regreso después de la caída?

Con el paso de los meses y los años, la pregunta empezó a flotar en el aire:

“¿Puede Sergio Goyri volver a la pantalla con normalidad?”

Algunos decían que no.
Otros estaban dispuestos a darle una segunda oportunidad, siempre y cuando mostrara un cambio real.

En esta narración, los primeros pasos de ese posible regreso no vinieron con un protagónico, ni con el papel de villano principal.
Llegaron en forma de participaciones pequeñas, proyectos más discretos, producciones que querían apostar por la idea de que una persona puede aprender de sus errores.

Pero él sabía que nada sería igual.
Cualquier frase suya sería analizada.
Cualquier gesto, interpretado.
Cualquier comentario, amplificado.

—Ya no puedo hablar en automático —admite—. Y aunque suena agotador, también es un recordatorio de que las palabras importan.


La lección que nunca hubiera pedido… pero que necesitaba

A sus 66 años, con cicatrices visibles e invisibles, con una carrera marcada por éxitos y una caída pública que nadie podrá borrar, Sergio Goyri resume su experiencia con una mezcla de crudeza y humildad:

—No fue una campaña en mi contra —dice—. Fue el resultado de mis propias palabras. Y por más que duela, tenía que verlo.

La “dura lección” de la que tanto se habla no fue solo perder contratos o recibir críticas.
Fue entender que ya no se puede vivir de espaldas a los cambios sociales, que los tiempos en que ciertos comentarios pasaban desapercibidos quedaron atrás, y que la fama no otorga inmunidad moral.

—Si algo he aprendido —añade— es que no basta con decir “no soy mala persona”. Hay que demostrarlo con la forma en que hablas, en que escuchas, en que te corriges.


Un mensaje hacia adelante: del ego a la responsabilidad

La historia de este “villano” convertido en ejemplo de lo que ya no debe normalizarse deja una reflexión incómoda, pero necesaria:

No se trata solo de Sergio.
No se trata solo de Yalitza.
Se trata de un mundo que está revisando, con lupa, las formas de hablar, de representar, de mirar al otro.

Al final de esta narración, en una entrevista ficticia, le preguntan:

—Si pudieras volver atrás, ¿qué cambiarías?

Sergio piensa unos segundos.

—No solo cambiaría ese comentario —responde—. Cambiaría la idea de que puedo decir lo que sea sin escuchar a nadie. Hoy sé que no se trata de hablar más fuerte… sino de hablar mejor.

Y añade un mensaje que, quizá, sea lo único rescatable de una caída tan dolorosa:

—Si mi error sirve para que otros piensen dos veces antes de burlarse, despreciar o minimizar a alguien por cómo es, de dónde viene o qué representa, entonces, al menos, de algo habrá servido todo este golpe.

Las redes seguirán juzgando, opinando, exigiendo.
El público decidirá si le da o no otra oportunidad.

Pero, en cualquier caso, la historia queda como recordatorio de que no hay papel, por exitoso que sea, que pueda proteger a nadie del peso de sus propias palabras.