“Acepté salir con el chico más raro de la oficina solo por curiosidad… pero jamás imaginé que llegaría a la cita con algo completamente inesperado que haría que todos en el restaurante se levantaran y yo no pudiera dejar de temblar.”

Siempre me consideré una persona racional.
No creo en señales, destino ni cosas “extrañas”.
Pero lo que viví aquella noche me hizo reconsiderarlo todo.

Trabajo en una empresa tecnológica desde hace cuatro años.
Oficina gris, café mediocre, y compañeros que parecen robots programados para hablar de métricas y reportes.
Excepto uno: Tomás Ortega.

Tomás era… diferente.
Siempre llegaba con la misma bufanda roja, incluso en pleno verano.
Hablaba poco, pero cuando lo hacía, decía cosas que nadie entendía.
Una vez me preguntó si yo creía que “los objetos podían tener memoria”.

Era el tipo de persona que todos evitan en el almuerzo, no porque fuera malo, sino porque te hacía sentir dentro de una película rara.


Una tarde, mientras revisaba correos, me llegó un mensaje de él:

Tomás O.: “Sé que suena loco, pero ¿cenarías conmigo esta noche? Tengo algo importante que mostrarte.”

Lo miré, sorprendida.
No tenía motivos para aceptar… pero algo en su tono, en esa mezcla de misterio y nervios, me intrigó.

Le respondí:

“Está bien. Pero nada raro, ¿eh?”

Él solo escribió:

“Prometido.”


Esa noche llegué al restaurante. Era un lugar pequeño, casi vacío, con luces tenues y un aire… antiguo.
Tomás ya estaba allí.
De pie, junto a la mesa, con su bufanda roja y una caja de madera tallada sobre la silla de al lado.

—Hola —dijo con una sonrisa nerviosa—. Gracias por venir.

Me senté, tratando de no parecer incómoda.
—¿Y eso? —pregunté, señalando la caja.

Él acarició la tapa como si fuera algo frágil.
—Es… algo que necesito mostrarte. Pero primero, cenemos.


La cena fue, por decirlo de alguna manera, extraña.
Él apenas comió. Solo me miraba, como si quisiera asegurarse de que no me levantara y saliera corriendo.

Finalmente, cuando trajeron el postre, dijo:
—Sé que en la oficina piensan que estoy loco. Y quizá tengan razón. Pero hay algo que tú deberías saber.

Abrió lentamente la caja.
Dentro había… un reloj antiguo.
No uno cualquiera: era hermoso, de oro viejo, con grabados diminutos.

—¿Un reloj? —pregunté, confundida.
—No. —Sonrió—. Es el reloj.


Lo giró y me mostró la parte trasera.
Tenía grabado un nombre: “Clara M.”

Me quedé helada.
—¿Por qué tiene mi nombre?

Él respiró hondo.
—Porque era tuyo.

Reí, incómoda.
—¿Qué? ¿Cómo que era mío?

Tomás me miró fijamente.
—No te acordarás… pero hace siete años, antes de entrar a esta empresa, sufriste un accidente.

Lo miré confundida.
—No, eso no es cierto. Nunca tuve un accidente.

—Sí lo tuviste. Ibas en un bus que volcó en la carretera. Hubo heridos, y tú fuiste una de ellos.

Mi corazón empezó a acelerarse.
—¿Cómo sabes eso?

—Porque yo estaba allí. —dijo, con voz temblorosa—. Te saqué del bus antes de que explotara. Y este reloj… estaba en tu muñeca.


Mi mente daba vueltas.
—Eso no tiene sentido. No recuerdo nada de eso.

—Lo sé. Estuviste en coma dos semanas. Tus padres pidieron privacidad. Yo nunca te volví a ver… hasta que, años después, te reconocí en la oficina.

Me quedé sin palabras.

—¿Y por qué no me dijiste nada antes? —pregunté.

—Porque no sabía si debía hacerlo. Pero últimamente… este reloj se ha estado moviendo solo.

Lo puso sobre la mesa.
Las manecillas giraban lentamente, aunque no tenía batería.
El tic-tac resonaba en medio del silencio del restaurante.


Sentí un escalofrío.
—¿Qué quieres decir con “solo”?

—A veces suena en mitad de la noche, como si alguien intentara… recordar algo.

De repente, las luces del restaurante parpadearon.
El reloj empezó a emitir un sonido leve, como un zumbido.

Tomás lo tomó entre las manos.
—No tengas miedo. Siempre hace esto cuando está cerca de ti.

—¿Cerca de mí?

—Sí. Como si respondiera a tu presencia.

El tic-tac se detuvo de golpe.
Luego, una de las manecillas retrocedió… y dentro del cristal apareció una diminuta grieta, formando la silueta de una fecha.

“12/07/2017.”

Sentí un vértigo.
—Esa fecha… —susurré—. Es la del día en que me mudé de ciudad.

Tomás me miró serio.
—No. Es el día del accidente.


Mi respiración se volvió pesada.
Por un momento, recordé algo: luces, humo, un ruido metálico… una mano que me sujetaba con fuerza.
La suya.

Lloré en silencio.
—¿Por qué me salvaste? —pregunté.
—Porque eras la única que intentaba ayudar a los demás, incluso herida. No podía dejarte allí.

Nos quedamos en silencio.
El reloj volvió a moverse, esta vez suavemente, marcando una hora exacta: 9:12 p.m.

Tomás sonrió.
—Esa fue la hora en que te saqué del bus.


El camarero se acercó, visiblemente nervioso.
—Perdón, señor, pero ese reloj… acaba de romper una copa solo.

Miramos la mesa de al lado: una copa estaba hecha añicos.
La gente comenzaba a murmurar.

Tomás guardó el reloj en la caja con rapidez.
—A veces… reacciona a las emociones. Debemos irnos.

Pagó la cuenta y salimos bajo la lluvia.

Caminamos en silencio hasta su coche.
Antes de abrir la puerta, me miró.
—Ahora entiendes por qué todos me creen raro. Nadie aceptaría que un reloj puede tener memoria.

—Yo sí —dije, tocando la caja—. Porque siento que una parte de mí… estuvo atrapada en él.


Desde esa noche, nunca volví a mirar a Tomás igual.
Seguimos trabajando juntos, pero ahora, cada vez que lo veía, notaba algo en sus ojos: una historia que solo nosotros compartíamos.

Un año después, el reloj se detuvo definitivamente.
Tomás me lo entregó.
—Ya no lo necesitarás.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque ya recordaste.

Y tenía razón.
A veces, en sueños, revivo aquel accidente, y siempre lo veo ahí… sujetándome, prometiéndome que estaría bien.


🕯️ Epílogo:
El reloj está en mi mesa de noche.
No se mueve, no suena… pero cada vez que miro su reflejo, veo un destello rojo, como la bufanda de Tomás.

Y sonrío.
Porque ahora sé que hay personas que llegan a tu vida para recordarte que incluso los momentos más extraños pueden esconder los actos más nobles.