La verdad detrás del adiós de Chico Che: cómo murió el hombre que convirtió la alegría en himno nacional, y el secreto que su familia guardó durante años.

Era imposible no sonreír cuando sonaba su música.
Su melena desordenada, su overol inconfundible y su carisma inagotable lo convirtieron en uno de los íconos más queridos del México de los años 70 y 80.
Francisco José Hernández Mandujano, conocido por todos como Chico Che, fue mucho más que un cantante: fue una energía contagiosa, un espíritu libre y una voz del pueblo.

Pero detrás del humor, la picardía y las letras alegres que lo hicieron famoso, existía un hombre sensible, disciplinado y profundamente humano.
Y su muerte —inesperada, trágica y llena de rumores— sigue siendo, hasta hoy, una de las historias más conmovedoras de la música popular mexicana.


El niño que hacía reír antes de cantar

Nació en Villahermosa, Tabasco, el 7 de diciembre de 1945.
Desde pequeño, Chico Che fue distinto. Sus amigos decían que no podía estar serio ni un minuto, pero que tenía una mente brillante para la música.
Aprendió a tocar varios instrumentos de oído: guitarra, bajo, acordeón y trompeta.

Su primer grupo lo formó siendo adolescente, pero el éxito llegó con “Chico Che y La Crisis”, una banda que combinaba humor, cumbia tropical y crítica social disfrazada de fiesta.
En una época donde la música era solemne o romántica, Chico Che rompió las reglas: cantaba como hablaba, bailaba sin miedo al ridículo y hacía del pueblo su escenario.


El hombre detrás del personaje

Aunque su imagen pública era la de un comediante musical, quienes lo conocieron aseguran que fuera de cámara era profundamente serio, exigente y perfeccionista.

“Chico Che ensayaba más que nadie”, recordó un exintegrante de La Crisis.
“Podía pasar horas afinando un detalle. Su música parecía sencilla, pero tenía una base rítmica muy complicada.”

Era también un hombre generoso. Con frecuencia ayudaba a músicos jóvenes, vecinos y conocidos, sin esperar nada a cambio.
No bebía ni llevaba una vida desordenada, a diferencia de la imagen fiestera que el público creía ver.

Su mayor amor era su familia. Estaba casado con Mercedes Córdova, con quien tuvo varios hijos, entre ellos Chico Che Jr., quien años más tarde seguiría sus pasos en la música.


El ascenso imparable

En los años 80, Chico Che alcanzó la cima.
Canciones como “Quién pompó”, “Chido, chido”, “De quince a veinte” y “Macorina” se escuchaban en todas las radios.
Sus discos se vendían por millones y sus giras llenaban auditorios en México y Centroamérica.

Era el artista del pueblo, el que no necesitaba trajes de lujo ni grandes escenografías para conquistar al público.
Con su overol y su sonrisa, bastaba.

“Chico Che era uno de nosotros,” dijo un fan en un homenaje.
“Cantaba lo que todos pensábamos, pero con ritmo.”

Sin embargo, en medio del éxito, comenzó a mostrar signos de cansancio.


El cuerpo que pedía descanso

A inicios de los años 80, el ritmo de vida de Chico Che se volvió extenuante: giras constantes, entrevistas, grabaciones y compromisos personales.
Era un hombre en movimiento, pero su salud no acompañaba su energía.

Comenzó a sufrir de problemas cardíacos, aunque nunca lo admitió públicamente.
Su esposa, Mercedes, contaría años después:

“Tenía dolores fuertes, pero no quería detenerse. Decía que el público lo necesitaba. Él creía que descansar era fallarle a la gente.”

Ese espíritu incansable, que lo hizo grande, también lo llevó a ignorar las señales de su cuerpo.


El día que la música se detuvo

Era el 29 de marzo de 1989.
Chico Che se encontraba en su casa de la Ciudad de México, preparándose para un ensayo.
Esa mañana, según relatan sus familiares, se sintió mal, pero insistió en seguir trabajando.
Poco después, su corazón no resistió más.

El diagnóstico fue fulminante: un paro cardíaco.
Tenía solo 43 años.

La noticia se expandió como un relámpago.
México entero quedó en shock. Las estaciones de radio interrumpieron su programación para anunciarlo. En Villahermosa, su tierra natal, se escuchaban sus canciones a todo volumen mientras la gente lloraba en las calles.

Un reportero de la época escribió:

“Era imposible creerlo. El hombre que nunca dejó de sonreír había callado para siempre.”


El adiós del pueblo

Su funeral fue una despedida multitudinaria. Miles de personas se reunieron para acompañarlo, cantando sus canciones como si se resistieran a dejarlo ir.
No hubo silencio, sino ritmo.
Porque Chico Che nunca fue tragedia: fue celebración.

Su féretro fue cubierto con flores amarillas —su color favorito— y una bandera de Tabasco.
Entre los presentes, músicos, actores y gente común lloraban sin distinción.

“Era el hijo de todos,” dijo un locutor.
“Chico Che no tenía público, tenía familia.”


El mito y los rumores

Con su muerte tan repentina, no faltaron las versiones extraoficiales.
Algunos hablaron de una enfermedad crónica no atendida, otros de una fuerte carga de estrés.
Incluso surgieron rumores absurdos de conspiraciones o excesos, todos desmentidos por su familia.

Su hijo, Chico Che Jr., aclaró años después:

“Mi papá murió como vivió: trabajando, entregado al público. No fue por vicios, fue por pasión. Su corazón simplemente no aguantó tanto amor.”

Esa frase, repetida una y otra vez, se convirtió en parte de la leyenda.


El legado que nunca murió

Han pasado más de tres décadas, y sin embargo, Chico Che sigue tan presente como el primer día.
Sus canciones se han convertido en patrimonio cultural.
Nuevas generaciones lo descubren en redes sociales, y su música suena en fiestas, estadios y hasta campañas políticas.

Cada año, en Tabasco, se organizan homenajes donde niños, jóvenes y adultos bailan al ritmo de “Quién pompó”.
Su imagen —con el overol, el cabello largo y los lentes— se ha transformado en símbolo de orgullo popular.

“Mi papá siempre dijo que la alegría era una forma de resistencia,” recordó su hijo.
“Y por eso sigue vivo: porque la gente se niega a olvidar.”


El hombre que convirtió la risa en herencia

Chico Che no dejó escándalos, sino inspiración.
Demostró que se podía triunfar sin cambiar de esencia, que el talento no necesitaba pretensión, y que ser del pueblo era su mayor orgullo.

“Nunca quise ser famoso,” dijo una vez.
“Solo quería que la gente se sintiera feliz cuando me escuchara.”

Y lo logró.
Porque su voz, su humor y su mensaje siguen recordándonos que la alegría también puede ser un acto de amor.


Un final que no fue final

El 29 de marzo ya no se recuerda con tristeza, sino con gratitud.
Cada vez que alguien canta sus canciones, cada que un niño pregunta “¿Quién pompó?”, el espíritu de Chico Che vuelve a la vida.

“Se fue joven, pero dejó una eternidad de sonrisas,” escribió un fan en redes sociales.
Y es cierto.

Porque los grandes artistas no mueren…
solo cambian de escenario.


“Yo no canto para que me aplaudan, canto para que no se olviden de sonreír.”
Chico Che.