El bebé del Rey Vampiro mordió la manga de una camarera delante de toda la corte… pero la razón por la que ella sonrió hizo que el rey ordenara cerrar las puertas……
El bebé del Rey Vampiro mordió la manga de una camarera delante de toda la corte… pero la razón por la que ella sonrió hizo que el rey ordenara cerrar las puertas……
El bebé del Rey Vampiro hundió los dientes en la manga de la camarera y, durante tres segundos, nadie en el gran salón se atrevió a respirar.
Un guardia desenvainó la espada.
La madre del niño gritó.
Y el propio rey se levantó de su trono con una expresión capaz de congelar la sangre de cualquiera.
Pero la camarera no gritó.
No intentó apartar al pequeño.
Ni siquiera retrocedió.
Miró los diminutos colmillos clavados en la tela negra de su uniforme, vio cómo el bebé tiraba de su manga como si se negara a soltarla y, para horror de todos, sonrió.
—Tranquilo, pequeñín —susurró—. No pienso irme.
El salón quedó todavía más silencioso.
El Rey Vampiro, Nathaniel Blackwood, descendió los tres escalones del estrado con una lentitud peligrosa.
A sus espaldas, las vidrieras del antiguo palacio reflejaban la última luz rojiza de la tarde sobre los muros de piedra.
El Palacio de Valdoria se alzaba en las afueras de Toledo, oculto entre cipreses, olivos viejos y una muralla que los turistas confundían con las ruinas de un monasterio medieval.
Nadie fuera de aquel recinto sabía que los Blackwood gobernaban desde allí a la comunidad vampírica más antigua de España.
Y mucho menos que su heredero, un bebé de apenas once meses llamado Caleb, llevaba semanas rechazando a todo el mundo.
Nodrizas.
Médicos.
Sirvientes.
Incluso a su propia madre.
Pero no a aquella camarera.
Nathaniel se detuvo frente a ella.
—Suéltelo.
La joven alzó la vista.
Tenía unos veintiséis años, cabello castaño recogido en una coleta sencilla y unos ojos verdes que no mostraban el miedo que debería haber mostrado.
Su placa decía:
EMILY CARTER.
—Majestad —respondió con calma—, no soy yo quien lo está sujetando.
Nathaniel bajó los ojos.
Era cierto.
Caleb tenía ambos puños cerrados alrededor de la manga de Emily.
Y seguía aferrado a ella.
La reina consorte, Vanessa, avanzó desde el otro extremo de la mesa.
Su vestido color vino apenas rozaba el suelo.
—Ese niño tiene hambre.
—No —dijo Emily.
Toda la corte la miró.
Vanessa frunció el ceño.
—¿Cómo dices?
Emily observó al bebé.
—No está intentando morderme.
Uno de los consejeros soltó una risa nerviosa.
Los dientes de Caleb seguían incrustados en la tela.
Emily no se inmutó.
—Está agarrándose.
Nathaniel entrecerró los ojos.
—¿Y cómo sabes la diferencia?
La joven se tomó un segundo antes de responder.
—Porque los bebés humanos hacen lo mismo cuando tienen miedo. Mueren de sueño, están rodeados de desconocidos y se aferran a la primera persona que les transmite calma.
Un murmullo recorrió el salón.
Vanessa apretó la mandíbula.
—Mi hijo no es humano.
Emily giró lentamente la cabeza hacia ella.
—No he dicho que lo sea.
Entonces Caleb soltó la manga.
Todos dieron un paso atrás.
El bebé levantó una mano.
Tocó la mejilla de Emily.
Y sonrió.
Nathaniel dejó de respirar.
Durante cinco semanas, Caleb no había sonreído.
Cinco semanas desde la muerte de su nodriza.
Cinco semanas de llantos inexplicables.
Cinco semanas despertando cada madrugada a la misma hora.
Las tres y diecisiete.
Cinco semanas mirando hacia la puerta de su habitación como si esperara que entrara alguien.
Nathaniel había llamado a médicos de Madrid.
A especialistas de París.
A ancianos vampiros de Viena.
Nadie había encontrado nada.
Y ahora una camarera contratada tres días antes había conseguido lo imposible en menos de un minuto.
Nathaniel miró la manga mordida.
Después miró a Emily.
—¿Quién te contrató?
—La señora Whitmore.
—¿Quién te recomendó?
—Nadie.
—¿Cómo encontraste este trabajo?
—Un anuncio privado.
—No publicamos anuncios.
Emily guardó silencio.
Aquella fue la primera vez que su expresión cambió.
Apenas un instante.
Pero Nathaniel lo vio.
—Cerrad las puertas —ordenó.
Los cerrojos de hierro cayeron.
Emily no protestó.
No preguntó por qué.
Simplemente tomó al bebé con cuidado, porque Caleb había comenzado a inclinarse hacia ella.
Ese detalle inquietó a Nathaniel todavía más.
No gritó cuando cerraron las puertas.
No tembló cuando seis guardias la rodearon.
No preguntó qué iba a pasarle.
Porque Emily Carter había entrado en aquel palacio sabiendo que algo no encajaba.
Porque Emily Carter llevaba dieciocho años buscando una respuesta.
Porque Emily Carter reconoció el escudo grabado sobre el trono desde el instante en que lo vio.
Porque Emily Carter había visto aquella misma figura de un cuervo sobre una luna roja en el collar de su madre.
Porque Emily Carter sabía que su madre había desaparecido cerca de Toledo cuando ella tenía ocho años.
Y porque, en el momento en que Caleb la mordió, Emily sintió bajo la piel algo que no había sentido desde su infancia.
Calor.
Un calor imposible.
Como si una vieja puerta dentro de su cuerpo acabara de abrirse.
Nathaniel extendió una mano.
—Dame al niño.
Emily lo hizo.
Caleb protestó al instante.
Su pequeño rostro se contrajo.
Sus dedos buscaron otra vez la manga de la camarera.
Nathaniel lo sostuvo con firmeza.
—Llevad a mi hijo a sus habitaciones.
—No —dijo Vanessa.
Todos la miraron.
La reina se acercó.
—Quiero que ella venga.
Emily percibió algo extraño en su voz.
No era preocupación.
Era cálculo.
—Vanessa.
—Si Caleb se calma con esta mujer, quiero saber por qué.
Nathaniel no respondió.
Vanessa sonrió.
—¿O acaso prefieres ignorar la primera mejora que hemos visto en semanas?
El rey sostuvo su mirada.
Finalmente habló.
—Emily vendrá conmigo.
Vanessa abrió la boca.
Nathaniel levantó una mano.
—Tú no.
La reina no discutió.
Pero la forma en que clavó las uñas en su propia palma no pasó desapercibida para Emily.
Caminaron por un pasillo de piedra iluminado por lámparas de hierro.
Caleb iba en brazos de Nathaniel.
Dos guardias detrás.
Emily al lado.
En el exterior, las campanas de una iglesia cercana comenzaron a sonar.
Nueve golpes.
Nueve de la noche.
—¿De verdad eres camarera? —preguntó Nathaniel sin mirarla.
—He trabajado de camarera.
—No he preguntado eso.
Emily respiró despacio.
—Estudié enfermería dos años.
Nathaniel la miró.
—¿Por qué lo dejaste?
—Problemas familiares.
—Respuesta conveniente.
—Pregunta invasiva.
Uno de los guardias soltó una pequeña tos para disimular una risa.
Nathaniel se detuvo.
El guardia volvió a ponerse serio.
Emily casi sonrió.
Casi.
Llegaron a una puerta tallada con ramas de espino.
Nathaniel la abrió.
La habitación de Caleb era enorme.
Demasiado enorme para un bebé.
Había juguetes de madera.
Mantas hechas a mano.
Una cuna blanca junto a un ventanal.
Una pequeña mecedora.
Y un móvil con estrellas plateadas suspendido sobre la cuna.
Pero algo llamó inmediatamente la atención de Emily.
—¿Quién puso eso ahí?
Nathaniel siguió su mirada.
Era un caballo de madera colocado sobre una estantería.
—Era de mi infancia.
—No.
Emily avanzó.
—Me refiero a eso.
Señaló una cinta roja atada a la pata del caballo.
Nathaniel se quedó inmóvil.
—No estaba ahí esta mañana.
Los guardias se tensaron.
Emily se acercó, pero no la tocó.
—¿Puede apartar al bebé?
—¿Por qué?
—Porque huele raro.
Nathaniel frunció el ceño.
Los vampiros poseían un olfato muy superior al humano.
Aun así, acercó el rostro.
Nada.
—Yo no huelo nada.
—Canela —dijo Emily—. Y algo metálico.
Nathaniel entregó Caleb a uno de los guardias.
Tomó unas pinzas de una mesa de cuidado infantil y desató la cinta.
Al caer sobre una bandeja, una pequeña cantidad de polvo gris se desprendió de sus fibras.
Nathaniel palideció.
Emily lo notó.
—¿Qué es?
—Hierba de San Miguel.
—Nunca la he oído mencionar.
—Los humanos no suelen hacerlo.
Nathaniel miró al guardia.
—Saca al niño de aquí.
Caleb comenzó a llorar.
Emily se volvió.
El bebé extendía los brazos hacia ella.
—Espere.
Nathaniel la observó.
Emily tomó una manta, envolvió suavemente al niño y se la entregó al guardia.
Caleb seguía llorando.
Entonces Emily se quitó la pequeña cinta negra que llevaba alrededor de la muñeca y la colocó en la mano del bebé.
Él la agarró.
Y se calmó.
Nathaniel miró aquella cinta.
Era vieja.
Muy vieja.
—¿Qué es?
—Era de mi madre.
Emily respondió demasiado rápido.
Nathaniel la miró fijamente.
—¿Cómo se llamaba?
Ella dudó.
—Sarah Carter.
El rostro del rey cambió.
No mucho.
Pero lo suficiente.
Emily sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
—La conocía.
No era una pregunta.
Nathaniel no respondió.
—Usted conocía a mi madre.
El rey caminó hacia la puerta.
—Tenemos que salir de esta habitación.
Emily se interpuso.
Los guardias pusieron las manos sobre las armas.
Nathaniel levantó un dedo.
No la tocaron.
—Llevo dieciocho años preguntando dónde está —dijo Emily—. La policía me dijo que abandonó el país. Mi padre dijo que nos dejó. Mi abuela dijo que nunca creyó esa historia.
Nathaniel la miró sin parpadear.
—Apártate.
—Dígame si está muerta.
Silencio.
Emily tragó saliva.
Por primera vez, su calma estuvo a punto de romperse.
Pero no lo hizo.
Mantuvo los hombros rectos.
—Solo necesito una respuesta.
Nathaniel bajó la voz.
—Si sigues haciendo preguntas aquí, podrías acabar como ella.
Emily no se movió.
—Entonces sigue viva.
Nathaniel pareció arrepentirse de inmediato.
Demasiado tarde.
Emily dio un paso hacia él.
—¿Dónde?
—No he dicho eso.
—Ha dicho que podría acabar como ella. No se amenaza a alguien comparándolo con una persona que simplemente huyó.
Nathaniel la observó con una mezcla extraña de irritación y respeto.
—Eres bastante molesta.
—Me lo dicen desde pequeña.
—También imprudente.
—Eso me lo decía mi madre.
La expresión del rey se endureció.
—Tu madre no era imprudente.
Emily se quedó helada.
No había posibilidad de error.
Nathaniel Blackwood había conocido a Sarah Carter.
Y no superficialmente.
Conocía su carácter.
—¿Quién era?
Nathaniel miró hacia el pasillo.
—No aquí.
—Llevo dieciocho años esperando.
—Entonces puedes esperar diez minutos más.
Emily apretó los dientes.
Aceptó.
Entraron en una biblioteca privada situada bajo la torre oeste.
Allí no había guardias.
Nathaniel cerró la puerta.
La estancia olía a cuero, cera y madera antigua.
Sobre una mesa descansaba una bandeja con vino de Jerez y dos copas.
Nathaniel no ofreció ninguna.
Emily tampoco quería.
—Tu madre trabajó aquí.
—¿Como camarera?
—No.
—¿Enfermera?
—Tampoco.
Nathaniel abrió un cajón.
Extrajo una fotografía.
La colocó sobre la mesa.
Emily sintió que las rodillas casi le fallaban.
Sarah.
Su madre.
Más joven.
Sonriendo.
Cabello castaño.
Los mismos ojos verdes de Emily.
Estaba de pie en el patio del palacio.
A su lado aparecía Nathaniel.
Mucho más joven de aspecto.
Pero idéntico.
Emily tocó la esquina de la foto.
—¿Cuántos años tenía usted aquí?
—Ciento doce.
Emily levantó los ojos.
Nathaniel no sonreía.
—No bromee conmigo.
—No lo hago.
—¿Y ahora?
—Ciento cuarenta y siete.
Emily tomó aire.
—Bien.
Nathaniel arqueó una ceja.
—¿Eso es todo?
—Estoy en un palacio donde un bebé tiene colmillos y los guardias parecen salidos de una película medieval. Que usted tenga ciento cuarenta y siete años no es la parte más rara de mi noche.
El rey la miró unos segundos.
Luego, para sorpresa de Emily, soltó una breve risa.
Duró poco.
—Tu madre llegó aquí en 2008.
Emily calculó.
—El año en que desapareció.
—No desapareció aquí.
—Entonces, ¿qué ocurrió?
Nathaniel apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Sarah pertenecía a una familia que llevaba siglos protegiendo ciertas fronteras.
—¿Qué fronteras?
—Las que separan nuestra especie de la vuestra.
—¿Era cazadora de vampiros?
Nathaniel negó.
—Algo bastante más peligroso.
Emily sintió un escalofrío.
—Explíquese.
—Tu madre podía tocar a un vampiro recién transformado y detener el hambre durante minutos.
Emily recordó a Caleb.
Su sonrisa desapareció.
—El bebé.
Nathaniel asintió.
—Caleb no te mordió porque tuviera hambre.
—Ya lo sabía.
—Te reconoció.
—¿Cómo puede reconocerme si nunca me había visto?
Nathaniel miró la cinta negra que Emily llevaba normalmente en la muñeca.
Ahora estaba en manos del bebé.
—No te reconoció a ti.
Emily sintió la respuesta antes de escucharla.
—Reconoció a mi madre.
—Su rastro.
Emily se apartó de la mesa.
De pronto necesitaba aire.
Abrió ligeramente una ventana.
Desde allí se veía Toledo a lo lejos.
Luces amarillas.
Tejados.
Torres.
Calles donde la gente cenaba, discutía, reía, pedía cañas y tapas, completamente ajena a lo que existía detrás de aquellos muros.
—¿Qué le hicieron?
Nathaniel tardó demasiado en responder.
—Intentamos protegerla.
—Eso suele decir la gente justo antes de explicar cómo arruinó la vida de alguien.
—Sarah cometió un error.
Emily se giró.
—¿Qué error?
—Confió en alguien.
—¿En usted?
Nathaniel sostuvo su mirada.
—En alguien peor.
Un golpe sonó en la puerta.
Tres veces.
Nathaniel abrió.
Era Mason, el capitán de la guardia.
—Majestad.
—¿Qué ocurre?
Mason miró a Emily.
—Hemos revisado la habitación del príncipe.
—¿Y?
—Encontramos más hierba de San Miguel.
Nathaniel endureció el rostro.
—¿Dónde?
—Dentro del colchón.
Emily frunció el ceño.
—Eso significa que alguien quería que estuviera expuesto durante horas.
Mason asintió.
—Sí.
—¿Qué provoca?
Nathaniel respondió:
—En un adulto, debilidad.
Emily comprendió.
—¿Y en un bebé?
El silencio fue suficiente.
Nathaniel caminó hacia la puerta.
—¿Quién tuvo acceso a la habitación?
—Personal doméstico, nodrizas, la reina, usted y cuatro miembros de seguridad.
—Interrogadlos a todos.
—Ya hemos empezado.
Mason dudó.
—Hay algo más.
—Habla.
—La nodriza que murió hace cinco semanas…
Nathaniel se puso rígido.
—¿Qué pasa con ella?
—Su cuerpo no fue cremado.
—Yo firmé la orden.
—Sí, majestad.
Mason tragó saliva.
—Pero alguien cambió el cadáver antes de llevarlo al crematorio.
Emily vio cómo los ojos de Nathaniel se volvían casi negros.
—Encuéntrala.
—Ya estamos buscando.
—¿Viva o muerta?
—No lo sabemos.
Nathaniel salió.
Emily iba a seguirlo cuando Mason cerró parcialmente el paso.
—Señorita Carter.
—¿Sí?
El capitán miró hacia el corredor.
Después bajó la voz.
—Debería irse.
Emily lo estudió.
—¿Es un consejo o una amenaza?
—Un consejo.
—¿Por qué?
—Porque desde que usted llegó, demasiadas personas están nerviosas.
—Eso no responde.
Mason se inclinó apenas.
—Precisamente.
Y se marchó.
Emily regresó a la habitación del personal.
No durmió.
A las dos y cuarenta de la madrugada seguía sentada en la cama con el portátil abierto.
Buscaba todo lo que podía encontrar sobre Sarah Carter.
Noticias antiguas.
Registros.
Desapariciones.
Organizaciones.
Nada.
A las tres y dieciséis, la luz del pasillo se apagó.
Emily miró el reloj.
Recordó lo que le habían contado sobre Caleb.
Las tres y diecisiete.
Un llanto atravesó el palacio.
Emily se levantó.
Abrió la puerta.
La oscuridad era completa.
Usó la linterna del móvil.
El llanto continuaba.
Pero algo resultaba extraño.
Venía desde abajo.
No de la habitación del bebé.
Emily siguió el sonido.
Bajó una escalera.
Luego otra.
Pasó junto a la cocina.
Entró en un pasillo que no había visto antes.
El llanto cesó.
Emily se detuvo.
La pantalla del móvil marcaba las 3:20.
—Caleb.
Nada.
Siguió avanzando.
Entonces escuchó una voz.
—Emily.
Se quedó inmóvil.
Era una voz de mujer.
Débil.
Lejana.
—Emily.
Su corazón golpeó con violencia.
—¿Quién está ahí?
Silencio.
La voz volvió.
—No abras la puerta.
Emily giró.
Frente a ella había una puerta de hierro.
Pequeña.
Antigua.
Una línea roja estaba pintada alrededor del marco.
Emily levantó la linterna.
Sobre la puerta había un símbolo.
El cuervo.
La luna.
El mismo símbolo del collar de su madre.
Oyó pasos detrás.
Se giró rápidamente.
Nathaniel estaba allí.
Descalzo.
Vestía pantalones oscuros y una camisa abierta en el cuello.
—¿Qué haces aquí?
Emily señaló la puerta.
—He oído a alguien.
—Vuelve a tu habitación.
—Dijo mi nombre.
Nathaniel palideció.
Emily lo vio.
—¿Qué hay detrás?
—Nada que quieras conocer.
—Mi madre está ahí.
—No.
—Está ahí.
—Emily.
Ella avanzó hacia Nathaniel.
—¿Está viva?
—No abras esa puerta.
—¿Está viva?
Nathaniel apretó la mandíbula.
—No sé qué está vivo ahí dentro.
Aquellas palabras fueron peores que cualquier respuesta.
Emily sintió frío.
Nathaniel se acercó a la puerta.
—Esta zona lleva sellada diecisiete años.
—Mi madre desapareció hace dieciocho.
—Lo sé.
—¿Qué ocurrió un año después?
Nathaniel no contestó.
Emily dio un paso.
—¿Qué ocurrió?
Entonces sonó una alarma.
Una campana grave recorrió todo el palacio.
Nathaniel levantó la cabeza.
Gritos.
Pasos.
Un hombre apareció corriendo.
—¡Majestad!
Nathaniel se giró.
—¿Qué pasa?
—El príncipe.
El rey desapareció del corredor a una velocidad que Emily apenas pudo seguir.
Ella corrió detrás.
Cuando llegaron a la habitación de Caleb, la puerta estaba destrozada.
Dos guardias yacían inconscientes.
Vanessa estaba junto a la cuna vacía.
—¡Se lo han llevado!
Nathaniel la sujetó por los hombros.
—¿Quién?
—No lo sé.
Emily miró alrededor.
Ventana cerrada.
Puerta rota desde fuera.
Un pequeño rastro oscuro sobre el suelo.
No era sangre.
Polvo gris.
Hierba de San Miguel.
Emily siguió el rastro.
Terminaba junto a una cortina.
La apartó.
Detrás había una puerta secundaria.
—Por aquí.
Nathaniel se acercó.
Vanessa también.
La reina vio el polvo y su rostro cambió.
Solo un segundo.
Pero Emily lo vio.
Aquello fue suficiente.
—Usted sabía lo que era —dijo Emily.
Vanessa la miró.
—¿Qué?
—Cuando encontramos la cinta, Nathaniel tuvo que explicarme qué era.
Emily señaló el polvo.
—Pero usted acaba de mirarlo antes de que nadie dijera nada.
Vanessa palideció.
—No seas ridícula.
Nathaniel giró lentamente hacia ella.
—Vanessa.
—No.
La reina retrocedió.
—No vas a escuchar a una humana.
—¿Conocías la hierba?
—Todo el mundo la conoce.
Mason entró.
—Yo no, majestad.
Dos guardias negaron.
Vanessa miró alrededor.
Emily habló con calma.
—No creo que usted quisiera matar al niño.
Vanessa apretó los labios.
—Cállate.
—Creo que quería mantenerlo enfermo.
—He dicho que te calles.
—Un heredero débil necesita una madre cerca. Un rey preocupado piensa menos en política. Y una corte asustada acepta más fácilmente ciertas decisiones.
Nathaniel no apartaba los ojos de Vanessa.
—¿Qué decisiones?
Vanessa se rió.
—Esto es absurdo.
Emily observó sus manos.
Ningún temblor.
Ninguna lágrima.
Nada parecido a una madre cuyo hijo acababa de ser secuestrado.
—¿Dónde está Caleb?
Vanessa levantó la barbilla.
—No lo sé.
Nathaniel la miró.
—Mason.
—Majestad.
—Arresta a la reina.
Los guardias avanzaron.
Vanessa perdió finalmente la calma.
—¡No podéis tocarme!
Mason la sujetó.
—¡Nathaniel!
El rey no reaccionó.
Vanessa forcejeó.
—¡No entiendes lo que estás haciendo!
Emily la miró.
—Entonces explíquelo.
Vanessa se quedó quieta.
Sus ojos se clavaron en Emily.
Y por primera vez, tuvo miedo.
No de Nathaniel.
De Emily.
—Tú no deberías estar aquí.
Emily sintió que algo dentro de ella se cerraba.
—¿Conoció a mi madre?
Vanessa no contestó.
—¿Conoció a Sarah Carter?
Silencio.
Emily dio un paso.
—Míreme.
Vanessa lo hizo.
—¿Dónde está mi madre?
La reina sonrió.
Fue una sonrisa pequeña.
Cruel.
—Más cerca de lo que crees.
Nathaniel avanzó.
—Sacadla.
Los guardias se llevaron a Vanessa.
Emily quiso seguirla.
Nathaniel la detuvo.
—Caleb primero.
Tenía razón.
Encontraron al bebé cuarenta minutos después.
No estaba fuera del palacio.
Ni en un coche.
Ni en los jardines.
Estaba en la antigua capilla.
Dormido.
Solo.
Colocado cuidadosamente frente al altar.
Emily llegó junto a Nathaniel.
El rey tomó a su hijo.
Caleb abrió los ojos.
No lloró.
Extendió la mano hacia Emily.
Ella se acercó.
—Hola, pequeñín.
Caleb tocó su cuello.
Después señaló detrás del altar.
—¿Qué pasa?
El bebé emitió un sonido.
—Ma.
Nathaniel se quedó inmóvil.
—¿Qué ha dicho?
Caleb volvió a señalar.
—Ma.
Emily rodeó el altar.
Había una grieta entre dos piedras.
Metió los dedos.
Encontró algo.
Una cadena.
Tiró.
Un collar cayó sobre su palma.
Un cuervo.
Una luna roja.
Emily dejó de respirar.
—Era de mi madre.
Nathaniel se acercó.
Su rostro perdió todo color.
—No puede ser.
—¿Por qué?
Nathaniel tomó el colgante.
Lo abrió.
Dentro había una fotografía diminuta.
Sarah.
Y una niña.
Emily.
Detrás de la fotografía había una fecha.
17 de octubre de 2008.
Y una frase grabada.
SI EMILY REGRESA, NO CONFÍES EN EL REY.
Emily levantó los ojos.
Nathaniel la miraba.
La puerta de la capilla se cerró de golpe.
Las velas se apagaron.
Caleb comenzó a llorar.
Entonces escucharon una voz femenina detrás del muro del altar.
Más clara que antes.
Más cercana.
Una voz que Emily habría reconocido incluso después de dieciocho años.
—Hija.
Emily se quedó paralizada.
Nathaniel dio un paso atrás.
La piedra comenzó a moverse.
Una abertura negra apareció detrás del altar.
Y desde aquella oscuridad emergió una mano pálida.
Una mano con el mismo anillo que Emily conservaba en una caja desde que tenía ocho años.
La voz volvió a hablar.
—No dejes que Nathaniel te toque.
Emily giró lentamente hacia el rey.
Nathaniel ya no miraba la pared.
La miraba a ella.
Y en sus ojos había algo peor que miedo.
Había culpa.
Pero antes de que Emily pudiera preguntar nada, Caleb comenzó a gritar.
No llorar.
Gritar.
Sus pequeños ojos se volvieron completamente negros.
El símbolo del cuervo apareció sobre su pecho como una quemadura.
Y desde las profundidades de la abertura, una segunda voz, masculina y antigua, susurró:
—Por fin ha regresado la hija de Sarah.
La mano que había salido de la oscuridad agarró la muñeca de Emily.
Y la puerta de piedra se abrió por completo.
Detrás no había una habitación.
Había una escalera descendiendo hacia un lugar del que subía un olor a tierra, hierro y sangre.
Nathaniel susurró una sola palabra.
Una palabra que Emily no entendió.
Pero todos los vampiros del palacio comenzaron a gritar al mismo tiempo.
Porque aquello que llevaba diecisiete años encerrado bajo Valdoria acababa de despertar.
Y sabía exactamente quién era ella.
( FIN )