La mesera escribió una advertencia en el menú del millonario, pero cuando él levantó la vista descubrió que su prometida ya había elegido a la cuarta víctima
La mesera escribió una advertencia en el menú del millonario, pero cuando él levantó la vista descubrió que su prometida ya había elegido a la cuarta víctima
La mujer del vestido marfil esperó a que el millonario mirara su teléfono y vació un polvo gris dentro de su agua mineral.
Camila Ortega no gritó.
No llamó al gerente.
Tomó el menú de piel negra, escribió una frase junto a la lista de postres y lo deslizó frente al hombre como si estuviera recomendándole el flan de cajeta.
—La especialidad de la casa, señor —dijo con una sonrisa profesional.
Alejandro Villaseñor bajó la mirada.
En tinta azul, entre “jericalla tradicional” y “pastel tibio de chocolate”, leyó:
“ADVERTENCIA: NO BEBA. ELLA ESTÁ HACIENDO ESTO POR CUARTA VEZ. MIRE SU BOLSO AZUL. NO REACCIONE TODAVÍA”.
Durante un segundo, el ruido del restaurante desapareció.
Alejandro dejó de escuchar al trío que tocaba boleros junto al ventanal.
Dejó de escuchar las copas.
Dejó de escuchar la lluvia de julio golpeando los toldos de la avenida Vallarta.
Solo escuchó el hielo chocando contra el vaso que su prometida acababa de empujar hacia él.
—¿Todo bien, amor? —preguntó Renata Cárdenas.
Alejandro levantó los ojos.
Renata sonreía.
Era una sonrisa delicada, estudiada, perfecta para las fotografías de sociedad. Llevaba el cabello oscuro recogido, aretes de esmeraldas y el anillo de compromiso que él le había entregado apenas tres semanas antes en una terraza de San Miguel de Allende.
La misma mano que lucía el diamante descansaba ahora junto al vaso contaminado.
—Todo perfecto —respondió Alejandro.
Camila se alejó sin apresurarse.
No era la primera vez que veía esa sonrisa.
No era la primera vez que veía aquel bolso azul.
No era la primera vez que veía la pequeña cuchara de plata desaparecer bajo una servilleta.
No era la primera vez que una mujer llamada Renata usaba otro apellido.
No era la primera vez que un hombre rico estaba a punto de enfermar después de brindar por su futuro.
Pero podía ser la primera vez que alguien lograra detenerla.
Camila llegó hasta la estación de servicio, tomó una charola vacía y fingió ordenar los cubiertos.
Desde allí observó a Alejandro.
Él no tocó el vaso.
Renata sí lo notó.
—Tu agua se está calentando —dijo.
—Estaba pensando en pedir vino.
—El doctor te dijo que no mezclaras alcohol con el medicamento.
—También me dijo que bebiera más agua.
Renata empujó el vaso dos centímetros.
—Entonces bebe.
No lo pidió como una novia preocupada.
Lo ordenó.
Fue un cambio mínimo.
Una tensión en la mandíbula.
Un brillo duro en los ojos.
Pero Camila lo vio.
Alejandro también.
El millonario tomó el vaso.
Camila sintió que el aire se le atoraba en el pecho.
Había escrito con claridad.
No beba.
Alejandro acercó el borde a los labios mientras Renata lo miraba con una atención demasiado intensa.
En el último instante, uno de los músicos tropezó con un cable. Varias personas voltearon. Alejandro aprovechó el movimiento, inclinó la mano y dejó caer parte del agua dentro de la maceta de una palma decorativa.
Después fingió beber.
Renata respiró.
No sonrió.
Solo se relajó.
Camila comprendió que él había entendido.
Alejandro colocó el vaso sobre la mesa.
—¿Contenta?
Renata le acarició la mano.
—Solo me preocupo por ti.
Camila conocía esa frase.
La había escuchado en una grabación realizada tres años antes.
En aquel audio, Renata usaba el nombre de Mariana Beltrán.
El hombre que recibía sus cuidados se llamaba Gabriel Montalvo.
Gabriel había sido el esposo de la madre de Camila.
También había sido el tercer hombre que murió después de prometerle matrimonio a aquella mujer.
Tomás Meza, gerente de Casa Jacaranda, apareció junto a Camila.
Tenía cuarenta y tantos años, corbata color vino y una habilidad extraordinaria para sonreír ante los clientes y humillar a los empleados en la cocina.
—¿Qué escribiste en el menú de la mesa doce? —preguntó en voz baja.
Camila siguió acomodando cubiertos.
—La recomendación del postre.
—No te hagas la lista.
—No me estoy haciendo nada.
—La señora Cárdenas pidió hablar conmigo hace cinco minutos. Dice que llevas toda la noche mirándola.
Camila acomodó un cuchillo torcido.
—Trabajo mirando las mesas.
—Dice que intentaste pasarle tu teléfono al señor Villaseñor.
—No tengo el teléfono conmigo.
—No importa lo que hiciste. Importa lo que ella diga que hiciste.
Tomás se acercó más.
—Esa mujer puede llenar este restaurante durante un año con una sola publicación. Y puede vaciarlo con otra. No vas a arruinarme la noche.
—Hay una cámara sobre la cava —dijo Camila—. Antes de despedirme, guarde la grabación.
Tomás frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque mañana podría necesitarla.
—¿Me estás amenazando?
—Le estoy dando un consejo.
—Pues yo te doy otro. Ve por tus cosas.
Camila se quitó el mandil.
No protestó.
No suplicó.
No miró hacia la mesa doce.
Había preparado aquel momento durante once meses. Sabía que, en cuanto Renata sospechara, haría lo primero que siempre hacía: desacreditar a la persona más cercana.
Antes había acusado a una enfermera de robar joyas.
Había conseguido que despidieran a un chofer.
Había hecho arrestar a una empleada doméstica por una pulsera que ella misma escondió en un cajón.
Aquella noche le tocaba a Camila.
Eso significaba que Renata estaba preocupada.
Y una Renata preocupada cometía errores.
Camila entró a la cocina, abrió su casillero y sacó una mochila negra.
Don Julián, el lavaplatos más viejo del restaurante, la observó desde el fregadero.
Tenía sesenta y ocho años, manos enormes y una manera tranquila de mirar que hacía sentir a los jóvenes como si fueran transparentes.
—¿Ya pasó? —preguntó.
—Ya pasó.
—¿Leyó el mensaje?
—Sí.
—¿Te creyó?
Camila guardó el mandil.
—Todavía no.
Don Julián cerró la llave del agua.
—Entonces no te vayas por la puerta de atrás.
—¿Por qué?
—Hay un hombre esperando junto a los contenedores. Traje oscuro. No parece cliente.
Camila se quedó quieta.
—¿Desde cuándo?
—Llegó después de la señorita del vestido blanco. No entró. Solo miró hacia la cocina.
Camila cerró la mochila.
Renata nunca trabajaba sola.
Gabriel había descubierto eso demasiado tarde.
—Saldré por el vestíbulo.
—Tomás va a hacer un escándalo.
—Me conviene que haya testigos.
Don Julián tomó una bolsa de basura y caminó con ella.
—Tu madre me pidió que no te dejara hacer locuras.
—Mi madre cree que sigo trabajando aquí para pagar la universidad.
—Tu madre también sabe que guardas recortes debajo del colchón.
Camila lo miró.
—¿Se lo dijo?
—No.
—Gracias.
—No me agradezcas todavía.
Don Julián sacó de su bolsillo un pequeño frasco para muestras de cocina.
Dentro había una servilleta húmeda.
—La recogí de la maceta donde el señor tiró el agua.
Camila sintió una oleada de alivio.
—¿Nadie lo vio?
—A mi edad, la gente cree que uno es parte de los muebles.
Le entregó el frasco.
—Dale esto a alguien que no pueda comprar la señorita Cárdenas.
Camila lo guardó en el compartimiento interior de la mochila.
Salió por el pasillo principal.
Tomás la siguió.
—¡Camila! Te dije que usaras la puerta de empleados.
Varios clientes voltearon.
Camila se detuvo en medio del salón.
La mesa doce estaba a menos de diez metros.
Renata la miraba.
Alejandro también.
—Mis cosas están en el guardarropa —dijo Camila.
Era mentira.
Renata estrechó los ojos.
Camila caminó hacia la recepción, fingió recoger un paraguas y se dirigió a la salida.
Antes de cruzar la puerta, Alejandro habló:
—Señorita.
Todo el restaurante pareció detenerse.
Camila volteó.
Alejandro sostenía el menú cerrado.
—Olvidó su pluma.
Sobre la mesa estaba el bolígrafo azul con el que ella había escrito la advertencia.
Camila regresó.
Renata tomó la pluma antes de que ella pudiera hacerlo.
—¿Es tuya? —preguntó.
—Sí.
—Qué extraño. Tiene grabado el nombre de otra persona.
Camila miró el bolígrafo.
En el cuerpo metálico se leía: Gabriel Montalvo.
Renata palideció.
Fue apenas un instante.
Pero Alejandro lo vio.
Camila extendió la mano.
—Era de mi padrastro.
Renata no soltó la pluma.
—¿Tu padrastro?
—Murió hace tres años.
Alejandro miró de una mujer a la otra.
—¿Se conocían?
Renata soltó una risita.
—Claro que no.
Camila mantuvo los ojos sobre ella.
—No con ese nombre.
El silencio cayó como una puerta de hierro.
Tomás llegó corriendo.
—Señor Villaseñor, lamento muchísimo la interrupción. Esta empleada ya fue despedida.
—Exempleada —corrigió Camila.
Renata dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Alejandro, vámonos.
—Apenas trajeron la cena.
—No me siento bien.
Alejandro miró el vaso.
—Qué coincidencia.
Renata apartó la mano.
Camila vio el momento exacto en que comprendió que él no había bebido.
La suavidad desapareció de su rostro.
No por completo.
Solo lo suficiente.
—¿Qué le escribió? —preguntó Renata.
Alejandro abrió el menú.
La página estaba vacía.
Camila había usado tinta borrable.
La humedad fría del vaso había borrado las palabras en pocos minutos.
El menú no mostraba nada más que una mancha azul.
—Una recomendación —respondió Alejandro.
Renata observó a Camila con odio.
—Ella está mintiendo.
—No he dicho nada —contestó Camila.
—Pero lo dirás.
—Eso depende de quién pregunte.
Tomás intentó tomar a Camila del brazo.
Alejandro se levantó.
—No la toque.
El gerente se detuvo.
Alejandro no levantó la voz.
No hizo falta.
Era un hombre alto, de hombros firmes, acostumbrado a que las reuniones se callaran cuando él juntaba las manos sobre una mesa. Sin embargo, esa noche no parecía poderoso.
Parecía un hombre que acababa de descubrir que no sabía con quién estaba sentado.
—Renata —dijo—, dame tu bolso.
Ella sonrió, incrédula.
—¿Qué?
—Tu bolso azul.
—¿Te volviste loco?
—Quizá. Dámelo.
Renata lo abrazó contra el cuerpo.
—No tienes derecho a revisar mis cosas.
—Tienes razón.
Alejandro miró a Camila.
—¿Qué se supone que hay dentro?
—Tres identificaciones —respondió ella—. Una caja de medicamento sin receta. Una cuchara de plata con una grieta en el mango. Y un sobre de una notaría de Zapopan.
Renata se puso de pie.
—Esto es absurdo.
Tomó el bolso.
—Me voy.
Camila no intentó detenerla.
—La salida principal está llena de cámaras —dijo—. La trasera también.
Renata se acercó a ella.
—No sabes con quién te estás metiendo.
—Sí sé.
—Tu padrastro era un ladrón.
Camila recibió la frase sin pestañear.
—Y usted usaba el nombre de Mariana.
Alejandro dio un paso atrás.
Renata se dio cuenta de que había hablado demasiado.
Tomás también.
Los músicos dejaron de tocar.
Varias personas alzaron sus celulares.
Renata cambió de estrategia.
Las lágrimas aparecieron en sus ojos con una rapidez asombrosa.
—Alejandro, por favor —susurró—. Esta mujer me está acosando. No sé quién es. No sé qué quiere. Seguramente ha investigado nuestra relación para extorsionarte.
—Entonces deja el bolso y llama a la policía —dijo Camila.
Renata la miró.
—Cállate.
—Si soy una extorsionadora, la policía le conviene.
—¡Cállate!
El grito rebotó contra las paredes.
Fue el primer sonido verdaderamente honesto que Renata había emitido aquella noche.
Alejandro extendió la mano.
—El bolso.
Renata retrocedió.
Dos pasos.
Tres.
Chocó con una silla.
La puerta del restaurante se abrió.
Entró un hombre de traje oscuro, el mismo que Don Julián había visto junto a los contenedores.
No miró a Renata.
Miró directamente a Camila.
Ella comprendió que no era guardaespaldas.
Era el hombre enviado para seguirla.
Camila dio un paso hacia la mesa.
—Señor Villaseñor, llame a seguridad.
El desconocido metió la mano bajo el saco.
Alejandro volcó la mesa.
Las copas cayeron.
Una mujer gritó.
El hombre sacó un teléfono, no un arma, y comenzó a grabar.
—Aquí está —dijo Renata, llorando hacia la cámara—. La empleada que lleva semanas amenazándome. La mujer obsesionada con mi prometido.
Camila entendió.
No querían atacarla físicamente.
Querían fabricar una historia.
Al día siguiente, el video circularía en redes sociales.
“Mesera acosa a empresaria”.
“Empleada intenta destruir compromiso por dinero”.
“Familia de difunto culpa a mujer inocente”.
Renata había llegado preparada.
Camila también.
—Don Julián —llamó.
El lavaplatos salió de la cocina con un control remoto en la mano.
Las pantallas del bar cambiaron.
En lugar del partido de futbol, apareció la imagen de la mesa doce vista desde la cámara de la cava.
Todos observaron cómo Renata esperaba a que Alejandro mirara su teléfono.
La vieron abrir el bolso.
La vieron sacar un envoltorio.
La vieron vaciar algo en el vaso.
El hombre del traje bajó el celular.
Tomás se apoyó contra una silla.
Renata dejó de llorar.
Alejandro contempló la pantalla sin moverse.
La imagen no tenía sonido.
No hacía falta.
—La cámara de seguridad —dijo Camila—. La señora Cárdenas olvidó preguntar dónde estaba.
Renata corrió hacia la puerta.
No alcanzó a salir.
Dos agentes de la policía municipal entraban en ese momento, alertados por una llamada anónima realizada desde la cocina.
Don Julián guardó su viejo teléfono.
—Yo fui —dijo—. Para que luego no le echen la culpa a la muchacha.
Renata frenó frente a los agentes.
Recuperó la sonrisa.
—Oficiales, gracias a Dios. Esa mujer intentó envenenar a mi prometido.
Señaló a Camila.
Camila no respondió.
Alejandro sí.
—Revisen mi vaso.
Renata lo miró.
—Alejandro…
—Y revisen su bolso.
Uno de los agentes pidió que nadie saliera.
La otra agente, una mujer de cabello recogido, se acercó a Renata.
—Necesito que coloque el bolso sobre la mesa.
Renata sostuvo la correa.
—Llamaré a mi abogado.
—Puede hacerlo.
—Mi padre conoce al comisario.
—Entonces el comisario seguramente le explicará por qué debe colocar el bolso sobre la mesa.
Renata miró hacia la salida.
El hombre de traje había desaparecido.
La había abandonado.
Con una calma casi elegante, Renata dejó el bolso sobre la mesa.
La agente lo abrió frente a dos testigos.
Encontró cosméticos.
Una cartera.
Un perfume.
Un sobre de la Notaría Treinta y Dos de Zapopan.
Una pequeña caja de pastillas sin etiqueta.
Y la cuchara de plata con una grieta en el mango.
No había tres identificaciones.
Camila frunció el ceño.
Renata sonrió.
—¿Eso es todo?
La agente sacó la cartera.
Solo contenía una credencial con el nombre de Renata Cárdenas.
—Usted dijo que había tres identificaciones —observó Alejandro.
Camila miró el bolso.
—Las cambió.
—¿Cuándo?
—Antes de venir.
Renata soltó una risa temblorosa.
—Por supuesto. Ahora resulta que adivina objetos que ya no existen.
Camila comprendió el error.
Había confiado en información obtenida dos semanas antes, cuando siguió a Renata hasta una cafetería y la vio cambiar dinero de una cartera a otra.
Las identificaciones podían estar en cualquier lugar.
La grabación mostraba el polvo.
El frasco de Don Julián contenía una muestra.
Pero aún no sabían qué era.
Podía ser azúcar.
Un suplemento.
Cualquier cosa.
Renata lo sabía.
—Quiero presentar cargos —dijo—. Contra ella. Contra el restaurante. Contra todos los que difundieron esa grabación.
—Nadie ha difundido nada —respondió Camila.
—Lo harán.
—Tal vez.
—Y cuando se sepa que ese polvo era un medicamento mío, quedarás como una lunática.
Camila miró a Alejandro.
—No permita que su médico habitual analice la muestra.
Renata giró hacia él.
—¿Vas a escucharla?
Alejandro contempló el anillo en la mano de su prometida.
Después la miró a los ojos.
—¿Qué había en mi vaso?
—Una vitamina.
—¿Por qué la pusiste a escondidas?
—Porque siempre te niegas a tomarla.
—¿Qué vitamina?
Renata tardó demasiado.
—Magnesio.
—¿En polvo?
—Sí.
—¿En una caja de pastillas?
Ella apretó los labios.
Alejandro sacó su teléfono y llamó a alguien.
—Necesito un laboratorio independiente —dijo—. Esta noche.
Renata le arrebató el celular.
—¡Basta!
La agente intervino.
—Señora, entregue el teléfono.
—Él está enfermo. No entiende lo que está haciendo.
Alejandro se quedó quieto.
—¿Enfermo?
Renata respiró hondo.
—Has tenido desmayos. Confusión. Cambios de humor.
—Desde que te conocí.
—Eso es mentira.
—Antes de ti jamás me había desmayado.
—Tu padre tenía problemas cardíacos.
—Mi padre murió en un accidente.
Renata palideció de nuevo.
Camila lo notó.
Alejandro también.
La frase había sido una trampa.
—Nunca te dije cómo murió —dijo él.
Renata abrió la boca.
No respondió.
La agente cerró el bolso.
—Señora Cárdenas, tendrá que acompañarnos para aclarar la situación.
—No pueden detenerme por una vitamina.
—No la estoy deteniendo. Le estoy pidiendo que nos acompañe.
—Me niego.
—Entonces permanecerá aquí mientras llega el Ministerio Público.
Renata miró a Alejandro.
—Si permites esto, se acabó.
Él observó el anillo.
—Creo que se acabó cuando tocaste mi vaso.
La sonrisa de Renata murió.
No gritó otra vez.
No hizo una escena.
Tomó el anillo, lo dejó junto al plato y se sentó.
—Muy bien —dijo—. Hagámoslo a tu manera.
Camila sintió un escalofrío.
Conocía esa calma.
Gabriel también la había visto.
Aparecía cuando Renata dejaba de defender una mentira y comenzaba a preparar la siguiente.
Dos horas después, el laboratorio confirmó que el agua contenía una mezcla de un sedante y un medicamento capaz de alterar el ritmo cardíaco si se administraba sin control.
No era una dosis necesariamente mortal.
Era peor.
Era suficiente para provocar desorientación, debilidad y un episodio que pudiera parecer parte de una enfermedad progresiva.
Suficiente para que un hombre dudara de su memoria.
Suficiente para que una familia confiara en la mujer que administraba sus medicinas.
Suficiente para justificar poderes notariales, firmas urgentes y decisiones tomadas “por su bienestar”.
Renata fue trasladada a declarar.
No quedó formalmente detenida aquella noche.
Su abogado llegó antes del amanecer.
Argumentó que el medicamento pertenecía a Alejandro, que Renata actuó siguiendo indicaciones privadas y que la dosis hallada no demostraba una intención criminal.
Cuando salió del edificio de la fiscalía, había fotógrafos esperándola.
Renata caminó entre ellos con el rostro pálido y una bufanda cubriéndole el cuello.
—Estoy siendo víctima de una campaña de difamación —declaró—. Confío en que las autoridades descubrirán quién está detrás.
No mencionó a Camila.
No hacía falta.
A las siete de la mañana, la fotografía de la mesera despedida ya circulaba por todas partes.
“Empleada obsesionada sabotea compromiso de empresario”.
“Familia de antiguo socio busca venganza contra Renata Cárdenas”.
“¿Heroína o extorsionadora?”
La grabación del restaurante fue recortada.
En una versión, solo se veía a Camila acercándose a la mesa.
En otra, la frase “no con ese nombre” aparecía como prueba de una amenaza.
Tomás declaró que Camila llevaba meses haciendo preguntas sobre clientes ricos.
No dijo que Renata le había exigido despedirla.
La cuenta de Camila fue inundada con insultos.
Su dirección apareció en un foro.
Un automóvil desconocido se estacionó frente a la casa de su madre.
Camila cerró las cortinas, preparó café de olla y colocó tres carpetas sobre la mesa.
Su madre, Beatriz, la observó desde la cocina.
—Te dije que esa mujer no iba a quedarse quieta.
—Yo tampoco.
—Tú no eres como ella.
—Por eso necesito documentos.
Beatriz dejó la taza.
—Gabriel también decía eso.
Camila bajó la mirada.
En la pared seguía colgada una fotografía de Gabriel Montalvo durante una comida familiar. Era un hombre ancho, de bigote canoso y sonrisa tímida. Había conocido a Beatriz cuando ambas mujeres trabajaban en una pequeña imprenta del centro.
Gabriel no era un magnate.
Tenía una empresa de distribución médica, una casa pagada y algunos terrenos heredados cerca de Chapala.
Para Renata había sido suficiente.
Llegó a su vida con el nombre de Mariana Beltrán.
Primero se presentó como asesora de imagen.
Después como amiga.
Luego como socia.
Cuando Gabriel comenzó a enfermar, Mariana fue quien organizó sus citas médicas.
Fue quien explicó sus olvidos.
Fue quien lo convenció de firmar un poder para “proteger a la empresa mientras se recuperaba”.
Tres meses después, Gabriel murió.
La empresa fue vendida.
Los terrenos cambiaron de propietario.
Mariana desapareció.
La policía concluyó que Gabriel había mezclado medicamentos.
Beatriz perdió la casa.
Camila abandonó la facultad de Derecho para trabajar.
Y durante tres años, todas las noches antes de dormir, escuchó el último mensaje de voz de su padrastro.
“Cami, creo que Mariana me está poniendo algo en las pastillas. No le digas a tu mamá hasta que esté seguro”.
Gabriel nunca estuvo seguro.
Murió al día siguiente.
—No puedes salvarlo ahora —dijo Beatriz.
—No.
—Entonces dime qué estás tratando de salvar.
Camila abrió la primera carpeta.
Dentro había fotografías de Renata usando tres nombres diferentes.
—Al siguiente.
Beatriz cerró los ojos.
—Ese hombre tiene guardaespaldas, abogados, dinero. No necesita que te destruyan por él.
—No estoy haciendo esto por Alejandro Villaseñor.
—¿Entonces por quién?
Camila tocó la fotografía de Gabriel.
—Por la persona a la que Renata intente acercarse después.
Alguien llamó a la puerta.
Beatriz palideció.
Camila no se movió.
—¿Esperas a alguien?
—No.
La llamada se repitió.
Tres golpes pausados.
Camila tomó el teléfono y abrió la aplicación de la cámara exterior.
Alejandro Villaseñor estaba en la banqueta.
No llevaba chofer.
No llevaba seguridad.
Tenía el saco doblado sobre un brazo y una bolsa de pan dulce en la otra mano.
Beatriz miró la pantalla.
—Los millonarios ya no mandan flores.
—No le abra.
—Trajo conchas.
—Mamá.
—Las conchas no tienen la culpa.
Beatriz abrió.
Alejandro entró con cuidado, como si supiera que su presencia ocupaba demasiado espacio en aquella sala pequeña.
—Señora Ortega —dijo—, lamento presentarme sin avisar.
—¿El pan es una disculpa o un soborno?
Alejandro miró la bolsa.
—Esperaba que fuera desayuno.
Beatriz la tomó.
—Depende de lo que diga.
Camila permaneció junto a las carpetas.
—¿Cómo consiguió mi dirección?
—La misma gente que la publicó en internet trabaja para una empresa contratada por mi prometida.
—Ex prometida.
—Todavía no ha devuelto todo lo que le di. Legalmente parece considerarse en negociación.
—¿Vino solo?
—Sí.
—Mala idea.
—Me lo han dicho varias veces desde anoche.
—¿Quién?
—Mi abogado, mi madre, mi jefe de seguridad y un señor que vendía periódicos en la esquina.
Beatriz casi sonrió.
Camila no.
—Si Renata lo siguió, ya sabe dónde vivimos.
—Lo sabe desde antes.
Alejandro puso un sobre grueso sobre la mesa.
—Esto estaba en la caja fuerte de mi casa.
Camila no lo tocó.
—¿Qué es?
—Un informe médico firmado hace dos semanas. Afirma que he mostrado episodios de pérdida de memoria y juicio alterado.
—¿Los ha tenido?
—Dos desmayos. Una vez desperté en mi oficina sin recordar cómo llegué. Otra vez firmé un documento que no recordaba haber leído.
—¿Quién estaba presente?
—Renata. El doctor Mauricio Salcedo.
Camila conocía el nombre.
Abrió la segunda carpeta.
Sacó una fotografía tomada fuera de una clínica privada.
En ella aparecía Renata junto al doctor Salcedo seis meses antes de conocer oficialmente a Alejandro.
—¿Es él?
Alejandro observó la imagen.
—Sí.
—Renata dijo que usted se lo presentó.
—Ella dijo que era un médico recomendado por una amiga.
—La amiga no existe.
Beatriz colocó tres tazas sobre la mesa.
—Siéntense. Las conspiraciones con el estómago vacío siempre terminan mal.
Alejandro obedeció.
Camila permaneció de pie.
—¿Qué quiere de mí?
—Saber todo lo que sabe.
—¿Para demandarla?
—Para detenerla.
—No es lo mismo.
—Lo sé.
—No, señor Villaseñor. Usted cree que detenerla significa proteger su empresa, su apellido y su dinero. Para mí significa demostrar lo que hizo con tres hombres muertos.
—¿Tres?
Camila abrió la primera carpeta.
Colocó las fotografías en fila.
Ramón Ledesma, constructor de Monterrey.
Óscar Cifuentes, hotelero de Puerto Vallarta.
Gabriel Montalvo, distribuidor de Guadalajara.
Junto a cada hombre había una mujer.
El cabello cambiaba.
El maquillaje cambiaba.
Los nombres también.
Pero los ojos eran los mismos.
—Ramón murió después de cuatro meses de enfermedad —explicó Camila—. Su nueva esposa vendió dos edificios y desapareció.
Señaló la segunda imagen.
—Óscar sobrevivió, pero fue declarado incapaz. Su pareja tomó el control de los hoteles. Cuando la familia recuperó la administración, faltaban más de cuarenta millones de pesos. La mujer ya estaba fuera del país.
Tocó la tercera fotografía.
—Gabriel murió antes de que pudiera cambiar su testamento.
Alejandro contempló las fotos.
—¿Por qué no entregó esto a la fiscalía?
—Lo hice.
—¿Y?
—Los nombres eran falsos. Las pruebas médicas se habían destruido. Las ventas parecían legales. La familia de Ramón llegó a un acuerdo para evitar un escándalo. La de Óscar no quiso hablar. Mi madre y yo no teníamos dinero para seguir.
—Ahora la grabamos poniendo algo en mi vaso.
—Ahora tenemos una muestra.
—Y un patrón.
—Un patrón no basta si los casos están cerrados.
Alejandro abrió el informe médico.
—Entonces necesitaremos que intente hacerlo otra vez.
Beatriz dejó de cortar una concha.
—No.
Camila miró al empresario.
—¿Qué propone?
—Que crea que no le creí.
—No puede regresar con ella como si nada hubiera pasado.
—No como si nada. Como un hombre asustado por el escándalo, preocupado por su salud y dispuesto a escuchar a la persona que ha cuidado de él.
Camila analizó su rostro.
No parecía impulsivo.
Parecía furioso.
Y la furia escondida podía ser tan peligrosa como la furia gritona.
—Está pensando como un hombre que quiere atraparla en dos días —dijo—. Renata lleva años haciendo esto.
—¿Tiene una idea mejor?
—Sí.
—La escucho.
Camila cerró las cortinas.
—Primero cambiaremos a todo su equipo médico.
—De acuerdo.
—Sin anunciarlo.
—De acuerdo.
—Segundo, ninguna bebida, comida o pastilla llegará a usted sin pasar por una persona de confianza.
—Puedo hacerlo.
—Tercero, no confrontará a Renata aunque descubra algo.
Alejandro apretó la taza.
—Eso será más difícil.
—Entonces váyase.
Él levantó los ojos.
—¿Disculpe?
—No necesito un hombre rico jugando al detective. Necesito una víctima capaz de seguir instrucciones.
Beatriz ocultó una sonrisa en la taza.
Alejandro guardó silencio.
Después asintió.
—Seguiré sus instrucciones.
—Cuarto, todo se documenta. Nada de acuerdos privados para evitar vergüenza.
—De acuerdo.
—Quinto, si esto pone a mi madre en riesgo, se termina.
—Le asignaré seguridad.
—No quiero hombres desconocidos frente a la casa.
—Puede elegirlos usted.
—Sexto, no compra mi silencio, mi tiempo ni mi historia.
Alejandro sostuvo su mirada.
—No vine a comprarla.
—Todos los hombres de esas fotografías creyeron que podían controlar la situación porque tenían dinero.
—¿Y usted cree que puede controlarla porque tiene tres carpetas?
Camila se inclinó hacia él.
—No. Creo que puedo controlarme a mí misma. Eso ya es más de lo que Renata espera.
Alejandro bajó la mirada.
—Tiene razón.
Beatriz empujó el plato de pan hacia ambos.
—Perfecto. Ya se midieron el orgullo. Ahora coman.
Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, Alejandro hizo exactamente lo que Camila pidió.
Contrató a una cardióloga sin vínculos con su familia.
Entregó muestras de sangre y cabello.
Suspendió todos los medicamentos recetados por el doctor Salcedo.
Cambió las cerraduras de su casa.
Copió los documentos guardados en la caja fuerte.
Ordenó a su jefe de seguridad revisar los registros de visitas.
También descubrió que Renata había entrado seis veces a su oficina cuando él no estaba.
En tres ocasiones fue acompañada por el notario Ricardo Ugarte.
En otra, por el doctor Salcedo.
Alejandro llamó a Renata el tercer día.
Camila escuchó la conversación desde una oficina prestada por Nora Esquivel, una abogada que había representado a la familia de Óscar Cifuentes.
—Necesito verte —dijo Alejandro.
Hubo un silencio.
—Mi abogado me recomendó no hablar contigo.
—El mío dijo lo mismo.
—Entonces, ¿por qué llamas?
—Porque el resultado del laboratorio pudo ser un error.
Camila miró a Alejandro.
Él tenía la voz firme.
Ni demasiado ansiosa ni demasiado fría.
—¿Ahora lo entiendes? —preguntó Renata.
—Entiendo que todo se salió de control.
—Esa mujer planeó esto.
—Quizá.
—No quizá. Lo hizo. Su familia me culpa por la muerte de un hombre al que apenas conocí.
Alejandro apretó la mandíbula.
—Ven a cenar mañana.
—No.
—Renata.
—Me humillaste en público.
—Lo sé.
—Permitiste que revisaran mis cosas.
—Lo sé.
—Necesito una disculpa.
—Te la daré.
Camila escribió una frase en un papel y se la mostró:
“PÍDELE QUE TRAIGA AL DOCTOR”.
Alejandro continuó.
—También quiero hablar con Salcedo. Estos episodios comenzaron antes del restaurante. Necesito saber si estoy enfermo de verdad.
La respiración de Renata cambió.
—Mauricio no querrá involucrarse.
—Dile que le pagaré una consulta privada.
—No se trata de dinero.
—Todo se trata de dinero para alguien.
Camila levantó una ceja.
Alejandro casi sonrió.
Renata aceptó.
La cena se realizó en la casa de Alejandro, una residencia moderna en Colinas de San Javier.
Camila observó desde una habitación de servicio junto a dos agentes de investigación autorizados para registrar la conversación.
La cardióloga había sustituido los medicamentos por tabletas inofensivas.
Las cámaras cubrían la cocina, el comedor y el estudio.
Renata llegó a las ocho.
Vestía de negro.
No llevaba el bolso azul.
El doctor Salcedo entró detrás de ella con un maletín de cuero.
Era un hombre de cincuenta años, cabello plateado y modales suaves. Saludó a Alejandro como si la escena del restaurante no hubiera ocurrido.
—Lamento lo que estás viviendo —dijo.
—Yo también.
Renata miró alrededor.
—¿Dónde está tu personal?
—Les di la noche libre.
—¿Y tu seguridad?
—Afuera.
Camila vio cómo Renata revisaba discretamente las esquinas.
No encontró las cámaras.
Alejandro sirvió vino.
No bebió.
—Quiero saber qué me sucede —dijo.
Salcedo abrió el maletín.
—He revisado tus estudios. Hay señales preocupantes.
—¿Cuáles?
—Alteraciones en la frecuencia cardíaca. Episodios de desorientación. Pérdida de memoria reciente.
—¿Podría ser causado por medicamentos?
El doctor miró a Renata.
Fue un movimiento mínimo.
Suficiente.
—Todo medicamento tiene efectos secundarios —respondió.
—¿Los que me recetó usted?
—Las dosis son seguras.
—El laboratorio encontró uno de esos medicamentos en mi vaso.
Renata intervino.
—Ya explicamos que intenté ayudarte a tomarlo.
—¿Sin decirme?
—Porque te niegas a cuidarte.
—¿Cuántas veces lo hiciste?
Renata se quedó inmóvil.
Camila contuvo el aliento.
—No sé —dijo ella.
—Intenta recordarlo.
—Alejandro, esto no es un interrogatorio.
—Tienes razón.
Él relajó los hombros.
—Estoy asustado.
Renata lo observó.
La dureza de su rostro se suavizó.
Se acercó.
—Yo también.
—Si estoy enfermo, necesito tomar decisiones.
—No hablemos de eso ahora.
—Mi padre perdió el control de la empresa poco antes de morir. No quiero que me pase lo mismo.
Salcedo cerró el maletín.
—Sería prudente considerar un poder preventivo.
Camila miró a los agentes.
Uno de ellos anotó la frase.
Alejandro fingió sorpresa.
—¿Un poder?
—Para que alguien pueda actuar por ti durante un episodio.
Renata tomó su mano.
—No tienes que decidir hoy.
—¿A quién pondría?
—Puede ser un familiar —dijo Salcedo—. Tu madre, tu hermano.
Renata bajó la mirada con modestia.
Demasiada modestia.
—O tu futura esposa —añadió el doctor.
Alejandro guardó silencio.
—¿Ya tienen el documento?
Renata levantó la cabeza.
—¿Qué?
—La noche del restaurante llevabas un sobre de una notaría.
—Era un contrato de compraventa.
—¿De qué?
—Un departamento.
—¿Dónde?
—Providencia.
—¿A nombre de quién?
Renata retiró la mano.
—No tengo que justificar cada papel que llevo en mi bolso.
Alejandro respiró hondo.
—Perdón.
Camila vio la sorpresa de Renata.
No esperaba una retirada.
Esperaba una pelea.
Alejandro bajó la voz.
—Dije que te pediría disculpas. Lo siento.
Renata lo observó durante varios segundos.
Después le tocó el rostro.
—Estás cansado.
—Mucho.
—Mauricio trajo algo para que duermas.
Salcedo abrió el maletín.
Sacó una ampolleta.
Uno de los agentes se inclinó hacia la pantalla.
Camila negó con la cabeza.
Todavía no.
Necesitaban saber hasta dónde llegarían.
—¿Una inyección? —preguntó Alejandro.
—Actúa más rápido —respondió el doctor.
—No me gustan las agujas.
—Será un segundo.
Renata se puso de pie.
—Yo te sostengo la mano.
Camila vio la antigua coreografía.
La misma frase aparecía en el expediente de Óscar Cifuentes.
Su hija había declarado que Mariana siempre estaba presente cuando el doctor aplicaba inyecciones.
Alejandro se levantó.
—Antes quiero firmar algo.
Renata se detuvo.
—¿Qué cosa?
—Una carta para el consejo. Si tengo otro episodio, aplazarán la votación de la próxima semana.
—¿La votación sobre los terrenos de Los Laureles?
—Sí.
La mirada de Renata cambió.
Camila lo vio.
No fue codicia.
Fue alarma.
—No puedes aplazarla —dijo Renata.
—¿Por qué?
—Porque el acuerdo vence este mes.
—Creí que no te interesaban los asuntos de la empresa.
—Me interesan las cosas que te preocupan.
—Entonces sabes que quieren vender ocho mil hectáreas.
—Sé que la oferta es buena.
—Es baja.
—Es segura.
—¿Para quién?
El doctor Salcedo guardó la ampolleta.
—Quizá deberíamos continuar otro día.
Renata lo detuvo con una mirada.
Alejandro caminó hacia el estudio.
—La carta está en mi escritorio.
Renata lo siguió.
Camila y los agentes cambiaron de cámara.
En el estudio, Alejandro abrió un cajón.
Fingió buscar.
Renata se acercó a la computadora.
—¿Ya enviaste el informe al consejo?
—Todavía no.
—Déjame verlo.
—No.
—Puedo ayudarte.
—Solo necesito encontrar la carta.
Renata tocó el teclado.
La pantalla se encendió.
—Alejandro, ¿cambiaste la contraseña?
—Seguridad lo hizo.
Ella retiró la mano.
—¿Por qué?
—Hubo accesos extraños.
El silencio fue inmediato.
Camila sintió que todo el plan comenzaba a tensarse.
Renata caminó hacia la puerta.
—Debo irme.
Alejandro la tomó suavemente del brazo.
—Pensé que me ayudarías a firmar el poder.
Ella lo miró.
—Mañana.
—¿Por qué no ahora?
—Porque estás alterado.
—El doctor está aquí.
—El notario no.
—Podemos llamarlo.
—No.
La palabra salió demasiado rápido.
Alejandro soltó su brazo.
—¿Qué hay en Los Laureles?
Renata no respondió.
—¿Qué hay en esos terrenos que te importa más que mi salud?
—No sé de qué hablas.
—Entonces mírame y dime que jamás conociste a Gabriel Montalvo.
Renata se quedó inmóvil.
El doctor Salcedo salió del comedor.
—Renata.
Era una advertencia.
Ella cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, parecía cansada.
—Gabriel era cliente de una firma donde trabajé.
—¿Bajo qué nombre?
—Eso no importa.
—A Camila sí.
—Camila —repitió Renata con desprecio—. ¿Está aquí?
Alejandro no respondió.
Renata miró directamente hacia la cámara escondida detrás de un libro.
—Puedes salir, mesera.
Camila sintió un golpe de frío.
Los agentes intercambiaron una mirada.
—Nos descubrió —susurró uno.
Camila abrió la puerta y entró al estudio.
No tenía sentido seguir ocultándose.
Renata sonrió.
—Sabía que no podía pensar esto solo.
Alejandro dio un paso hacia ella.
—No la insultes.
—¿La estás defendiendo?
—Estoy escuchándola.
—Eso es peor.
Camila se detuvo junto al escritorio.
—¿Cómo supo que estaba aquí?
Renata señaló una pequeña bandeja.
Había cuatro tazas de café.
—Alejandro vive solo. Su personal recibió la noche libre. Salcedo no toma café. Yo tampoco.
Camila miró a Alejandro.
Él había cometido el error.
Renata se acercó a la cámara y arrancó el libro falso que la ocultaba.
—También escuché el zumbido del transmisor.
Los agentes entraron.
—La conversación queda registrada —dijo uno—. Nadie está detenido. Por favor, mantengan la calma.
Renata miró la placa.
—Esto no es una investigación. Es una trampa organizada por un hombre despechado.
El doctor Salcedo cerró su maletín.
—No diré nada más sin mi abogado.
—No le preguntamos nada —respondió el agente.
Camila observó a Renata.
—¿Qué hay en Los Laureles?
Renata la miró con una expresión casi divertida.
—Pregúntale a tu padrastro.
Camila sintió el golpe.
No lo mostró.
—Gabriel nunca tuvo relación con esos terrenos.
—Eso crees.
—Renata —dijo Salcedo.
Ella volvió a ignorarlo.
—Tu padrastro encontró algo que no le pertenecía.
—¿Qué cosa?
—Por eso murió.
El estudio quedó en silencio.
Camila dio un paso.
—Repítalo.
Renata sonrió.
—Dije que murió porque estaba enfermo.
—No. Dijo que encontró algo.
—Entendiste mal.
Camila miró a los agentes.
—Está grabado.
Por primera vez, Renata pareció calcular mal.
No había confesado un asesinato.
Pero había conectado la muerte de Gabriel con los terrenos de Alejandro.
El doctor Salcedo tomó a Renata del brazo.
—Nos vamos.
Alejandro bloqueó la puerta.
—La ampolleta se queda.
Salcedo apretó el maletín.
—Es propiedad médica.
—Se queda.
—No tienes derecho.
Uno de los agentes intervino.
—Podemos solicitar una orden para asegurarla. Hasta entonces, nadie la manipulará.
Salcedo miró a Renata.
Ella asintió.
El doctor dejó el maletín sobre el escritorio.
Salieron de la casa sin despedirse.
En el auto, Salcedo comenzó a gritarle.
Las cámaras exteriores no tenían sonido, pero su rostro estaba rojo.
Renata permaneció inmóvil.
Después sacó otro teléfono de su abrigo.
Un aparato pequeño que no había aparecido en el bolso azul.
Hizo una llamada de siete segundos.
Esa misma noche, un incendio destruyó la bodega donde Nora Esquivel guardaba los expedientes originales de Óscar Cifuentes.
No hubo heridos.
Los bomberos rescataron algunas cajas.
Las copias médicas desaparecieron.
Al amanecer, Camila recibió una fotografía en su teléfono.
Mostraba a Beatriz saliendo de una farmacia.
Debajo había un mensaje:
“DEJA DE BUSCAR MUERTOS O TU MADRE SERÁ LA SIGUIENTE”.
Camila no se lo mostró a su madre.
Se lo envió a los agentes.
Después llamó a Alejandro.
—Se termina —dijo.
—No.
—Mi condición era clara.
—Puedo protegerla.
—No se trata de cuántos hombres ponga afuera. Renata conoce nuestras rutinas.
—Entonces cambiamos las rutinas.
—Alejandro.
—Camila, quemaron un archivo. Amenazaron a su madre. Si nos retiramos ahora, aprenderán que funciona.
—No voy a usar a mi madre como carnada.
—Yo tampoco.
—Entonces déjeme hacerlo a mi manera.
—¿Cuál es su manera?
Camila observó las carpetas sobre la mesa.
—Que crean que ganaron.
Dos días después, Camila apareció en un programa local de televisión.
Llevaba una blusa sencilla, el cabello recogido y ninguna carpeta.
El conductor esperaba una mujer furiosa.
Encontró a una mujer tranquila.
—¿Se arrepiente de haber acusado a Renata Cárdenas? —preguntó.
—Me arrepiento de haber involucrado a personas que no tenían relación con un asunto familiar.
—¿Eso significa que la señora Cárdenas es inocente?
—Significa que no tengo pruebas suficientes para sostener públicamente algunas afirmaciones.
—¿El empresario Alejandro Villaseñor le pagó?
—No.
—¿Mantiene una relación con él?
—No.
—¿Por qué trabajaba en el restaurante?
—Porque necesitaba pagar mis gastos.
—La familia de la señora Cárdenas afirma que usted está obsesionada con la muerte de su padrastro.
Camila miró a la cámara.
—Perder a alguien deja preguntas. A veces uno confunde el deseo de responderlas con la certeza.
—¿Le ofrecerá una disculpa?
—Lamento el daño causado por cualquier afirmación que no pueda demostrar.
No dijo que Renata fuera inocente.
No retiró la denuncia.
No negó la grabación.
Pero los titulares hicieron el trabajo.
“Mesera admite que no tiene pruebas”.
“Camila Ortega se retracta”.
“Renata Cárdenas, víctima de una obsesión familiar”.
Alejandro fingió romper toda relación con Camila.
La despidió públicamente de una asesoría que nunca existió.
Reapareció junto a Renata en una misa por el aniversario de la muerte de su padre.
Las cámaras los fotografiaron entrando juntos.
Renata no llevaba el anillo.
Pero tomó el brazo de Alejandro.
Dos días después, el anillo volvió a su mano.
La sociedad tapatía celebró la reconciliación.
El compromiso se reanudó.
La boda se adelantó.
Se realizaría en la Hacienda Villaseñor, cerca de Tequila, antes de la votación sobre los terrenos de Los Laureles.
Renata creyó que había ganado.
No sabía que Camila había aceptado perder en público para obligarla a moverse en privado.
Beatriz salió de Guadalajara con un nombre distinto y se instaló temporalmente con una prima en Tepic.
Don Julián entregó su teléfono a la fiscalía.
Nora reconstruyó parte del expediente quemado usando copias enviadas años antes a una compañía de seguros.
Alejandro volvió a tomar las pastillas falsas frente a Renata.
Fingió cansancio.
Olvidos.
Temblor en las manos.
Permitió que el doctor Salcedo lo examinara.
Aceptó hablar del poder notarial.
Y cada noche, después de que Renata se marchaba, enviaba a Camila un mensaje de una sola palabra.
“Limpio”.
Significaba que estaba vivo.
La semana anterior a la boda, Alejandro dejó de responder durante nueve horas.
Camila llamó a su jefe de seguridad.
Nadie sabía dónde estaba.
El automóvil de Alejandro apareció abandonado cerca de la barranca de Huentitán.
El teléfono estaba en el asiento.
Había sangre en el volante.
Las noticias hablaron de secuestro.
Renata apareció llorando frente a las cámaras.
—Alejandro ha estado muy enfermo —dijo—. Tememos que haya sufrido un episodio de confusión.
Camila supo de inmediato que algo no encajaba.
Renata lloraba.
Pero llevaba puesto el anillo de compromiso.
No era extraño.
Lo extraño era el otro anillo.
Una pieza sencilla de oro en la mano derecha.
Camila había visto aquella pieza en una fotografía del expediente de Ramón Ledesma.
Renata la usaba cada vez que estaba a punto de completar una transferencia.
Era su amuleto.
Alejandro no estaba perdido.
Renata había iniciado la fase final.
Camila condujo hasta la casa de Colinas de San Javier.
La seguridad le negó la entrada.
—Órdenes de la señora Cárdenas —dijo el guardia.
—Ella no es propietaria.
—Tiene un poder temporal.
—¿Firmado cuándo?
—Ayer.
Camila sintió un vacío en el estómago.
Alejandro no iba a firmar.
A menos que lo hubieran obligado.
O a menos que formara parte del plan.
—Necesito hablar con su jefe.
—No está.
—¿Dónde está?
—Fue despedido.
Renata había cambiado la seguridad.
Camila regresó al auto.
Un muchacho se acercó a venderle mazapanes en el semáforo.
—Señora, uno por diez, tres por veinte.
—No, gracias.
El muchacho acercó la caja a la ventana.
—El de cacahuate trae premio.
Camila miró dentro.
Entre los dulces había una llave pequeña.
Tomó tres mazapanes y pagó cien pesos.
—Quédese con el cambio.
—El señor dijo que usted diría eso.
—¿Qué señor?
El muchacho ya corría hacia la banqueta.
Camila examinó la llave.
Tenía grabadas dos letras: LV.
Los Laureles.
Condujo hacia las oficinas del Grupo Villaseñor.
La policía aún no tenía una orden para entrar.
El consejo se encontraba reunido.
Renata presidía la sesión en calidad de representante temporal de Alejandro.
Camila esperó en el estacionamiento subterráneo.
A las seis, Elena Villaseñor, madre de Alejandro, salió acompañada por un chofer.
Era una mujer elegante, de sesenta y cinco años, cabello gris impecable y una expresión que podía convertir una disculpa en sentencia.
Camila se acercó.
—Señora Villaseñor.
Elena la miró con desprecio.
—Usted.
—Necesito hablar con usted.
—Mi hijo desapareció después de acercarse a usted.
—Su hijo desapareció después de firmar un poder a favor de Renata.
—Renata intenta proteger la empresa.
—Renata intenta vender Los Laureles.
Elena se detuvo.
—Esa venta fue propuesta por Alejandro.
—No.
—Yo vi los documentos.
—Vio documentos preparados después de que comenzó a enfermar.
—Mi hijo lleva meses perdiendo el control.
—Porque lo estaban medicando.
Elena apretó el bolso.
—Ya escuché esa historia.
Camila sacó la llave.
—¿Reconoce esto?
La mujer palideció.
—¿Dónde la consiguió?
—Alejandro me la envió.
—Esa llave pertenecía a mi esposo.
—¿Qué abre?
Elena miró a los guardias.
—Suba al auto.
Durante el trayecto, Elena no habló.
El chofer condujo hasta una antigua casa de campo dentro de Los Laureles, al norte de la región tequilera.
El cielo estaba rojo sobre los campos de agave.
Las hileras azules se extendían hasta las montañas.
La casa parecía abandonada.
Tenía paredes de adobe, techo de teja y una puerta de madera cerrada con un candado nuevo.
La llave lo abrió.
Dentro no había muebles.
Solo polvo, cajas vacías y una fotografía del padre de Alejandro junto a Gabriel Montalvo.
Camila se acercó.
Ambos eran más jóvenes.
Estaban de pie frente a un pozo.
—¿Por qué estaban juntos? —preguntó.
Elena tomó la fotografía.
—Gabriel trabajó para mi esposo.
—¿En la distribuidora médica?
—Antes. Era contador de una empresa de perforación.
—Mi madre nunca lo supo.
—Nadie debía saberlo.
Elena movió una vieja mesa.
Debajo había una trampilla.
La llave abrió una segunda cerradura.
Bajaron por una escalera estrecha.
Camila encendió la luz del teléfono.
Encontraron un archivo subterráneo.
Mapas.
Contratos.
Estudios geológicos.
Registros de agua.
En una pared había un plano de Los Laureles marcado con líneas rojas.
—¿Qué es esto? —preguntó Camila.
Elena se quedó inmóvil.
—La verdadera razón por la que quieren los terrenos.
No era el agave.
No eran las casas.
Bajo Los Laureles existía un acuífero de enorme capacidad conectado con varias comunidades y zonas industriales.
Décadas antes, el padre de Alejandro había adquirido derechos de extracción mediante empresas intermediarias.
La operación nunca se completó.
Si el Grupo Villaseñor vendía las tierras junto con una cláusula escondida en el contrato, una sociedad privada controlaría el acceso al agua durante cincuenta años.
—Gabriel descubrió que los estudios estaban manipulados —dijo Elena—. El acuífero no podía explotarse sin dejar pueblos enteros sin agua.
—¿Se lo dijo a su esposo?
—Sí.
—¿Y qué hizo él?
Elena bajó la mirada.
—Guardó los documentos. Canceló la venta. Pero alguien dentro del grupo ya había recibido dinero.
—¿Quién?
—Nunca lo supimos.
Camila encontró una carpeta con el nombre de Gabriel.
Dentro había copias de transferencias, fotografías de reuniones y una lista de empresas.
Una de ellas aparecía también en los papeles de Ramón Ledesma.
Otra había comprado los hoteles de Óscar Cifuentes.
Renata no elegía hombres ricos al azar.
Los tres estaban relacionados con propiedades que esa red necesitaba adquirir.
Gabriel había descubierto la conexión.
Ramón poseía edificios sobre rutas de distribución.
Óscar controlaba hoteles construidos junto a zonas costeras con permisos de agua.
Alejandro tenía Los Laureles.
Camila sostuvo la carpeta.
—Renata no es la cabeza.
—No —respondió Elena—. Es la llave que usan para entrar.
Un ruido sonó arriba.
Pasos.
Elena apagó la luz.
La trampilla se abrió.
Un haz de linterna recorrió la escalera.
—Señora Villaseñor —llamó una voz—. Sabemos que está abajo.
Camila reconoció al hombre de traje que había grabado en el restaurante.
Había seguido a Elena.
Camila guardó la carpeta dentro de su chaqueta.
—¿Hay otra salida? —susurró.
Elena señaló el fondo.
Un túnel estrecho conducía hacia el pozo.
Caminaron agachadas.
Detrás, los hombres bajaban.
El túnel olía a tierra húmeda.
Elena tropezó.
Camila la sostuvo.
—No puedo correr —dijo la mujer.
—No tiene que correr. Solo siga respirando.
Llegaron a una reja oxidada.
Estaba cerrada.
Camila examinó la llave.
No encajaba.
Las voces se acercaban.
Elena buscó en el suelo.
—Mi esposo escondía una palanca aquí.
No encontraron nada.
Camila observó el mecanismo.
La reja no estaba asegurada por la cerradura.
Estaba trabada por una piedra acumulada en la base.
Se arrodilló, tomó un trozo de metal y comenzó a retirar tierra.
—Nos alcanzarán —susurró Elena.
—Entonces ayúdeme.
La mujer se arrodilló.
Trabajaron en silencio.
Los pasos llegaron al túnel.
Una linterna iluminó la curva.
Camila retiró la última piedra.
Empujó.
La reja cedió.
Salieron a una zanja detrás de la casa.
Camila cerró la reja y atravesó el mecanismo con el trozo de metal.
Los hombres golpearon desde el otro lado.
Ella y Elena corrieron hacia los campos de agave.
No tenían señal.
El automóvil estaba frente a la casa.
Camila escuchó un motor a lo lejos.
Una camioneta apareció por el camino de tierra.
Por un segundo creyó que pertenecía a los perseguidores.
Después vio a Don Julián al volante.
—¡Suban! —gritó.
Camila abrió la puerta.
—¿Qué hace aquí?
—El joven Alejandro me dejó un mensaje.
—¿Dónde está él?
—En la hacienda.
—¿Está vivo?
—Cuando me llamó, sí.
Don Julián aceleró mientras dos hombres salían de la casa.
Uno levantó un arma.
La camioneta cruzó entre los agaves.
Un disparo rompió el espejo lateral.
Elena se agachó.
—¡Más rápido!
—Señora, esta camioneta tiene veinte años —respondió Don Julián—. Ya va dando todo lo que tiene.
Llegaron a una carretera secundaria.
Un vehículo negro comenzó a seguirlos.
Camila sacó su teléfono.
La señal apareció durante unos segundos.
Envió fotografías de los documentos a Nora y a los agentes.
Después llamó a Alejandro.
No respondió.
Llamó otra vez.
Nada.
Don Julián tomó una curva cerrada.
El vehículo negro se acercó.
Elena miró hacia atrás.
—Nos alcanzarán.
Camila observó el mapa.
—Gire hacia Tequila.
—La policía está en Guadalajara.
—No vamos con la policía.
—¿Entonces adónde?
—A la boda.
La Hacienda Villaseñor estaba iluminada como si nada ocurriera.
Cientos de velas rodeaban el patio.
Los trabajadores montaban mesas bajo los portales.
Una banda ensayaba junto a la fuente.
La ceremonia estaba programada para el día siguiente.
Pero al llegar, Camila vio automóviles de invitados.
—Ya empezó —dijo Elena.
Renata había adelantado la boda.
No veinticuatro horas.
Solo unas horas.
Necesitaba convertirse en esposa de Alejandro antes de que alguien pudiera detener la venta.
Don Julián estacionó junto a la cocina.
Camila, Elena y él entraron por la zona de proveedores.
Nadie detuvo a Elena.
Era su casa.
En el patio central, más de cien personas observaban a Alejandro y Renata frente a un altar cubierto de bugambilias blancas.
Alejandro estaba de pie.
Vivo.
Pálido.
Su mano izquierda temblaba.
El doctor Salcedo permanecía cerca.
El notario Ricardo Ugarte estaba sentado en primera fila con un portafolio.
El sacerdote levantó la mano.
Camila sintió alivio y rabia al mismo tiempo.
Alejandro había planeado parte de aquello.
Pero no todo.
Su rostro mostraba señales reales de debilidad.
Renata lo había vuelto a medicar.
Elena avanzó hacia el altar.
—Detengan la ceremonia.
Las conversaciones se apagaron.
Renata giró.
Por primera vez en semanas, pareció sorprendida.
—Elena, creí que estaba en Guadalajara.
—Y yo creí que tú amabas a mi hijo.
Alejandro levantó la cabeza.
—Mamá.
Camila salió detrás de Elena.
La expresión de Renata cambió.
—¿Qué hace ella aquí?
—Traer lo que intentaste quemar —respondió Camila.
El notario cerró el portafolio.
Salcedo dio un paso hacia la salida.
Dos agentes vestidos de civiles bloquearon las puertas del patio.
Nora había recibido las fotografías.
La fiscalía había reaccionado.
Renata miró alrededor.
—Esto es una invasión.
—Esta es mi hacienda —dijo Elena.
—Su hijo me concedió autoridad sobre todas sus propiedades.
—Mientras estuviera incapacitado.
—Lo está.
Alejandro intentó hablar.
La voz le falló.
Camila se acercó.
—¿Qué le dieron?
Renata se interpuso.
—No lo toques.
—Aléjate de él.
—Soy su esposa.
El sacerdote bajó el libro.
—Todavía no.
Un murmullo recorrió el patio.
Renata lo ignoró.
—Alejandro necesita descansar.
Camila miró la mesa lateral.
Había una copa de agua.
La misma cuchara de plata descansaba junto a ella.
—Esa copa —dijo.
Salcedo intentó tomarla.
Don Julián fue más rápido.
La cubrió con una servilleta y la guardó dentro de una hielera vacía.
—Esta vez no va a terminar en una maceta —dijo.
Los agentes se acercaron al doctor.
Renata tomó el brazo de Alejandro.
—Vamos adentro.
Camila bloqueó el paso.
—El poder que firmó es inválido.
El notario se levantó.
—Eso lo determinará un juez.
—Fue emitido bajo medicación.
—El señor Villaseñor fue evaluado por un especialista.
—Un especialista relacionado con tres casos anteriores.
Salcedo palideció.
—Eso es falso.
Camila sacó las fotografías.
—Ramón Ledesma. Óscar Cifuentes. Gabriel Montalvo.
Las colocó sobre una mesa.
—Los tres recibieron tratamientos supervisados por clínicas vinculadas a usted.
—Yo atiendo a cientos de pacientes.
—Y Renata se comprometió con tres de ellos usando nombres diferentes.
Los invitados comenzaron a grabar.
Renata soltó el brazo de Alejandro.
—No necesito escuchar otra vez esta locura.
—No —dijo Camila—. Necesita escuchar la parte que no conocía.
Sacó los documentos de Los Laureles.
—Gabriel descubrió que las propiedades de los tres hombres estaban conectadas con una red de empresas. Renata no tomaba solo dinero. Tomaba permisos, rutas y derechos de agua.
Alejandro miró los papeles.
—¿Dónde los encontraste?
—En la casa de Los Laureles.
Elena sostuvo la fotografía de su esposo junto a Gabriel.
—Tu padre trabajaba con él.
Alejandro leyó una de las transferencias.
Su rostro se endureció.
—Esta empresa presentó la oferta por los terrenos.
—Y también compró los edificios de Ramón Ledesma —dijo Camila—. Otra filial recibió los hoteles de Óscar.
Renata permaneció quieta.
Su silencio fue más revelador que cualquier grito.
El notario tomó su portafolio.
—Me retiro.
Nora apareció en la puerta.
—No tan rápido, licenciado Ugarte.
Estaba acompañada por una fiscal.
—Tenemos una orden para asegurar sus documentos y dispositivos.
El notario miró a Renata.
Ella no le devolvió la mirada.
Salcedo comenzó a retroceder.
Los agentes lo detuvieron.
—Doctor, necesitamos revisar el contenido de su maletín.
—No pueden hacer esto.
—La orden dice que sí.
Renata observó cómo se cerraban las salidas.
Después miró a Alejandro.
—Tú organizaste todo.
Él luchó por mantenerse de pie.
—Organizamos una parte.
—¿Qué parte?
—La desaparición del auto.
Camila lo miró.
—¿La sangre?
—Carne del refrigerador de seguridad —respondió él—. Necesitábamos que creyeras que yo estaba completamente aislado.
—No me avisaste —dijo Camila.
—Si la policía detectaba que habías reaccionado, Renata también.
—Pudiste morir.
—Eso no estaba en el plan.
Miró la copa.
Renata lo había medicado de verdad antes de la ceremonia.
No confiaba ni siquiera en un hombre aparentemente vencido.
—Te habría dado el control temporal —dijo Alejandro—. Nunca la venta.
Renata se acercó.
—La venta ya está firmada.
Elena palideció.
—No.
Renata sonrió.
—A las cuatro de esta tarde.
Alejandro miró al notario.
Ugarte bajó los ojos.
—Eso es imposible —dijo Nora—. La aprobación del consejo requiere mayoría.
—La obtuve —respondió Renata.
—El poder solo le permitía votar en nombre de Alejandro.
—Y las acciones de Elena fueron transferidas hace tres meses.
Todos miraron a la madre.
—Yo no transferí nada —dijo.
Renata señaló al doctor.
—Después de su caída en la escalera, firmó varios documentos médicos.
Elena recordó.
Meses antes, había sufrido un mareo en una cena organizada por Renata.
Salcedo la atendió.
Ugarte llevó documentos de seguro al hospital.
—Me drogaron —susurró.
—Usted estaba consciente —dijo el notario.
La fiscal ordenó que nadie abandonara el lugar.
Renata se acercó a Alejandro.
—Aunque me detengan, Los Laureles ya no son tuyos.
—La transferencia puede impugnarse —dijo Nora.
—Cuando lo hagan, la sociedad habrá vendido los derechos.
—¿A quién?
Renata sonrió.
—A alguien que no pueden tocar.
Camila observó el patio.
Renata no estaba intentando escapar.
Esperaba algo.
Miró las velas.
Las puertas.
Los teléfonos.
Después vio al hombre de traje cerca de la destilería.
Sostenía un control remoto.
—¡Todos al suelo! —gritó Camila.
El hombre presionó el botón.
No hubo explosión.
Las luces se apagaron.
El patio quedó a oscuras.
Los invitados gritaron.
Se escuchó un golpe.
Cristales.
Pasos.
Cuando las luces de emergencia se encendieron, Renata ya no estaba.
Tampoco el notario.
Alejandro había caído junto al altar.
Camila se arrodilló.
—Míreme.
Él abrió los ojos.
—La destilería.
—¿Qué?
—Hay un túnel viejo bajo la destilería. Sale al camino norte.
Camila miró a los agentes.
Dos corrieron hacia afuera.
La fiscal ordenó asegurar la hacienda.
Camila se puso de pie.
Alejandro le tomó la muñeca.
—No vayas.
—Ella lleva el contrato.
—La policía puede seguirla.
—La policía no sabe dónde termina el túnel.
Elena sujetó el otro brazo de su hijo.
—Yo me quedo con él.
Camila miró a Don Julián.
—¿Conoce la destilería?
—Trabajé aquí cuando tenía veinte años.
—Entonces venga.
—No.
—¿No?
—Su madre me matará si la dejo entrar a un túnel con criminales.
Camila tomó una linterna.
—Mi madre no está aquí.
—Ese argumento no le servirá cuando vuelva.
Don Julián agarró otra linterna.
—Voy adelante.
Entraron por una puerta lateral.
El olor a madera, agave cocido y alcohol llenaba la destilería.
Las sombras de los alambiques se alargaban sobre las paredes.
Don Julián abrió una compuerta detrás de un horno antiguo.
Una escalera descendía.
—Este túnel se usaba para llevar botellas durante la Revolución —dijo—. O eso decían los viejos.
—¿Cuántas salidas?
—Dos. Una al camino norte. Otra a la capilla abandonada.
—¿Cuál usaría Renata?
—La que tenga automóvil.
Bajaron.
Escucharon pasos delante.
Camila apagó la linterna.
Una luz se movía al final del pasillo.
Renata discutía con el notario.
—Dame el contrato —exigió ella.
—Necesito mi garantía.
—Tu garantía es que aún estás vivo.
—No pienso cargar con todo.
—Tú certificaste las firmas.
—Porque Salcedo aseguró que estaban conscientes.
—Entonces repite eso ante la fiscalía.
—No, Renata. Se acabó.
Hubo un golpe.
El notario cayó.
Camila encendió la linterna.
Renata estaba de pie sobre él con una piedra en la mano.
—Suéltela —dijo Camila.
Renata giró.
No pareció sorprendida.
—Sabía que vendrías.
—Deje el contrato.
—¿Por qué? La transferencia está registrada.
—Entonces no lo necesita.
—Necesito entregarlo.
—¿A quién?
Renata retrocedió hacia la salida norte.
—A personas que no escriben advertencias en menús.
Don Julián se arrodilló junto al notario.
Estaba inconsciente, pero respiraba.
Camila avanzó.
—Gabriel descubrió a esas personas.
—Gabriel robó información.
—Intentó evitar que vaciaran el acuífero.
—Intentó vender los documentos.
—Eso es mentira.
—Todos venden algo, Camila.
—Usted vendió tres hombres.
Renata apretó el contrato.
—Ramón golpeaba a su esposa. Óscar robaba a sus socios. Gabriel ayudó a esconder operaciones ilegales. Alejandro heredó una fortuna construida sobre pueblos sin agua. No conviertas a esos hombres en santos.
—No lo hago.
Camila dio otro paso.
—Pero sus pecados no le dieron derecho a envenenarlos.
Renata respiró con dificultad.
—Mi padre perdió su fábrica por una deuda creada por Villaseñor. Mi madre limpió casas de la gente que se quedó con nuestras máquinas. Mi hermano murió