«Va a doler, pero no voy a detenerme», dijo el jefe de la mafia mientras hundía las pinzas; entonces ella reconoció la frase que oyó cuando asesinaron a su padre – News

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«Va a doler, pero no voy a detenerme», dijo el jefe de la mafia mientras hundía las pinzas; entonces ella reconoció la frase que oyó cuando asesinaron a su padre

«Va a doler, pero no voy a detenerme», dijo el jefe de la mafia mientras hundía las pinzas; entonces ella reconoció la frase que oyó cuando asesinaron a su padre

—Va a doler, pero no voy a detenerme.

La sangre de Valeria Cruz dejó de correrle por la espalda.

No porque Santiago Montalvo estuviera a punto de sacar una bala de su hombro con unas pinzas de acero.

No porque cuatro hombres armados vigilaran las ventanas de aquella casa abandonada en las afueras de Guadalajara.

Se quedó inmóvil porque había escuchado esas mismas palabras doce años antes, pronunciadas junto al cuerpo de su padre.

Después había sonado un disparo.

—Hazlo —dijo ella.

No gritó.

No preguntó.

No dejó que Santiago viera el terror que acababa de abrirle el pecho por dentro.

Él sostuvo las pinzas bajo la luz de una lámpara de emergencia. Tenía las mangas de la camisa blanca dobladas hasta los codos y una mancha oscura en el cuello. No era su sangre.

—Necesito que no te muevas.

—Ya te escuché.

Santiago alzó la mirada.

Los ojos de aquel hombre eran negros, serenos, insoportablemente atentos. En Guadalajara lo llamaban El Jaguar. Decían que podía distinguir una mentira antes de que la persona terminara de pronunciarla. Decían que había enterrado enemigos en las barrancas de Huentitán. Decían que nadie entraba en su organización sin entregar algo que amaba.

Valeria había entrado seis meses atrás entregando un nombre falso.

Ahora él tenía una mano apoyada contra su espalda desnuda y la otra dentro de su herida.

—Respira —ordenó.

Valeria clavó los dedos en el borde de la mesa.

La bala salió con un sonido húmedo.

El dolor le trepó por el cuello y le explotó detrás de los ojos, pero ella no gritó. Solo soltó el aire lentamente mientras Santiago dejaba el proyectil deformado dentro de una taza de tequila.

—Nueve milímetros —murmuró él—. Casi te atraviesa.

—Qué decepción para quien disparó.

Uno de los hombres soltó una risa nerviosa.

Santiago no sonrió.

Tomó una aguja curva, hilo negro y una botella de alcohol.

—Esto también va a doler.

—Ya sé que no vas a detenerte.

Sus miradas se encontraron.

Durante un segundo, el cuarto entero pareció encogerse.

Santiago inclinó apenas la cabeza.

Había escuchado la acusación escondida en el tono de Valeria.

—¿Dónde oíste esa frase? —preguntó.

Ella no respondió.

El jefe de la mafia sostuvo la aguja sin apartar los ojos de su rostro.

—Valeria.

—En ninguna parte.

—Acabas de mentirme.

—Y tú acabas de salvarme. Supongo que los dos tuvimos una noche complicada.

Santiago hizo el primer punto.

La piel se cerró bajo el hilo.

Valeria miró la pared descascarada y pensó en su padre.

Ernesto Cruz había sido contador público. Un hombre de camisas planchadas, zapatos viejos y una paciencia infinita para explicarle matemáticas a una niña de catorce años.

También había sido el auditor que descubrió cómo la familia Montalvo lavaba millones mediante exportaciones falsas de tequila, empresas de transporte y fundaciones religiosas.

La policía encontró su cuerpo dentro de un automóvil incendiado cerca de Chapala.

Dijeron que el fuego había destruido cualquier evidencia.

No sabían que Valeria se había escondido en la cajuela de una camioneta estacionada a veinte metros.

No sabían que había oído a un hombre arrodillarse junto a su padre.

No sabían que aquel hombre había dicho:

“Va a doler, pero no voy a detenerme”.

Luego vino el disparo.

Luego el fuego.

Luego doce años de silencio.

No iba a llorar delante de Santiago Montalvo.

No iba a acusarlo sin pruebas.

No iba a desperdiciar doce años de preparación por un impulso.

No iba a olvidar la voz que acababa de escuchar.

No iba a salir de aquella casa hasta saber por qué el asesino de su padre le había salvado la vida.

Santiago terminó el último punto y cortó el hilo.

—Seis suturas. Necesitarás antibióticos.

—Lo añadiré a mi lista de pendientes.

—¿Junto con robarme información?

El silencio cayó con más fuerza que un balazo.

Los hombres junto a las ventanas levantaron sus armas.

Valeria bajó despacio la tela de su blusa sobre el hombro vendado.

—No sé de qué hablas.

Santiago tomó la taza donde había dejado la bala y la hizo girar.

—A las diez y diecisiete entraste en la oficina de mi tío Octavio.

—Me pidió los estados de cuenta de la destilería.

—A las diez y veintidós desconectaste una cámara.

—La cámara tenía una falla.

—A las diez y veinticuatro alguien descargó dieciocho gigabytes del servidor privado.

—Entonces deberías contratar mejores técnicos.

—A las diez y veintiséis aparecieron seis hombres de la familia Aranda y trataron de matarte.

Valeria sostuvo su mirada.

—Eso parece una queja dirigida a tu seguridad, no a mí.

Santiago dejó la taza sobre la mesa.

—La memoria USB.

—No tengo ninguna memoria.

Él se acercó.

Valeria olió humo, alcohol y el perfume discreto de madera que siempre llevaba.

—Te dispararon por algo —dijo Santiago—. Mis enemigos no arriesgan seis hombres para asesinar a una asistente administrativa.

—Tal vez soy muy buena haciendo agendas.

—Eres licenciada en finanzas por la Universidad de Guadalajara. Tienes una maestría en auditoría forense cursada bajo el nombre de Valeria Esquivel. Trabajaste tres años investigando empresas fantasma en Monterrey. Tu padre se llamaba Ernesto Cruz.

Valeria sintió que el cuarto se inclinaba.

No permitió que su rostro cambiara.

—Has investigado bastante.

—No lo suficiente. De haberlo hecho, nunca habrías entrado en mi casa.

—Entonces mátame.

Uno de los hombres de Santiago respiró hondo.

Nadie le hablaba así al Jaguar.

Santiago tomó una silla y se sentó frente a ella.

—Si quisiera matarte, no habría metido mis dedos en tu hombro para sacar una bala.

—Quizá te gusta terminar personalmente lo que otros empiezan.

Por primera vez, la calma de Santiago se quebró.

No con ira.

Con algo más extraño.

Dolor.

Pasó tan rápido que Valeria casi creyó haberlo imaginado.

—Yo no maté a tu padre —dijo.

Las palabras eran las que ella había esperado escuchar durante doce años.

No produjeron alivio.

Solo una furia fría.

—Usaste la misma frase.

—Porque esa frase no era para él.

—Yo estaba allí.

Los hombres junto a las ventanas se miraron.

Santiago permaneció inmóvil.

—¿Dónde?

—Lo bastante cerca para oírlo suplicar.

—Ernesto Cruz no suplicó.

Valeria se puso de pie tan rápido que la silla cayó detrás de ella.

El hombro recién suturado ardió.

—No vuelvas a pronunciar su nombre.

Dos armas apuntaron a su pecho.

Santiago levantó un dedo y sus hombres bajaron los cañones.

—Tu padre no suplicó —repitió—. Se negó a entregar el archivo incluso cuando le rompieron dos dedos. Escupió sangre sobre los zapatos de Octavio y le dijo que un día su propia familia lo enterraría.

Valeria dejó de respirar.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque yo también estaba allí.

La rabia le cerró las manos.

—Tú dijiste la frase.

—Sí.

Santiago se puso de pie.

—Se la dije a mi hermano.

Valeria no parpadeó.

Santiago señaló una cicatriz bajo su mandíbula.

—Julián tenía una bala alojada junto a la clavícula. Si no la sacaba, se desangraba. Lo escondí detrás de una camioneta mientras Octavio interrogaba a tu padre. Le dije a Julián que iba a doler, pero que no podía detenerme.

—Después hubo un disparo.

—Octavio mató a Ernesto.

—Mientes.

—Ojalá.

—Tenías veintiséis años. Ya eras un Montalvo.

—Tenía veintidós.

—Edad suficiente para sostener un arma.

—También para saber que, si salía de mi escondite, Octavio mataría a Julián, a mí y a tu padre de todos modos.

Valeria lo abofeteó.

El golpe resonó en la habitación.

Nadie se movió.

Santiago giró lentamente el rostro.

Una marca roja apareció sobre su mejilla.

—Eso fue por estar allí —dijo Valeria.

Él volvió a mirarla.

—Lo merecía.

—No. Merecías haber salido. Merecías haber hecho algo.

—Hice algo.

Santiago metió la mano dentro de su camisa y sacó una cadena de plata.

De ella colgaba un pequeño reloj de bolsillo, ennegrecido por el fuego.

Valeria lo reconoció de inmediato.

Su madre se lo había regalado a Ernesto cuando nació su hija.

Las piernas estuvieron a punto de fallarle.

—¿Dónde lo conseguiste?

—Tu padre me lo entregó antes de que se lo llevaran.

—No.

—Me vio escondido con Julián. Sabía quién era yo. Me lanzó esto por debajo de la camioneta.

Santiago abrió la tapa.

En el interior estaba grabada una frase.

Para que nunca llegues tarde a lo importante.

Valeria había leído aquellas palabras cientos de veces durante su infancia.

—¿Por qué te lo dio?

—Porque había escondido algo dentro.

Santiago presionó el borde del reloj.

Una lámina minúscula se levantó, dejando ver un espacio secreto.

Estaba vacío.

—Había una tarjeta de memoria —continuó—. Tu padre me pidió que se la entregara a una persona llamada Aurora.

—Mi madre.

—Lo sé.

—Ella murió tres meses después.

—Lo sé.

—¿Se la entregaste?

Santiago cerró el reloj.

—Nunca pude encontrarla.

—Mentiroso.

—Octavio vigilaba tu casa. Dos hombres murieron intentando acercarse a ella. Cuando finalmente logré mandar a alguien, tu madre ya había desaparecido.

—Murió en un accidente.

—Eso dice el acta.

Valeria le arrebató el reloj.

El metal estaba tibio por el contacto con el pecho de Santiago.

—¿Dónde está la tarjeta?

—Julián la guardó.

—¿Dónde está Julián?

Santiago miró hacia la ventana.

—Muerto.

—Qué conveniente.

—Lo asesinaron cuatro días después que a tu padre.

—¿Y la tarjeta?

—Desapareció con él.

Valeria cerró los dedos alrededor del reloj.

Doce años de certezas empezaban a resquebrajarse.

Había dedicado su vida a acercarse a Santiago.

Había estudiado cada empresa, cada socio, cada muerte vinculada al apellido Montalvo. Había imaginado cientos de veces el momento en que lo tendría frente a ella.

Nunca imaginó que él llevaría el reloj de su padre sobre el corazón.

—La memoria que robaste esta noche —dijo Santiago—. ¿Es la tarjeta?

—No.

—¿Qué contiene?

—No lo sé.

—Robaste algo sin saber qué era.

—Robé una copia de los archivos financieros privados de Octavio.

—Entonces sabes exactamente lo que buscabas.

Valeria se acercó hasta quedar a un paso de él.

—Buscaba la prueba que lo llevaría a prisión.

—Octavio no llega a prisión.

—Todos llegan a algún sitio.

—Los hombres como él llegan a una tumba. La única pregunta es cuántas personas arrastran antes de caer.

—Eso suena a experiencia familiar.

Santiago no reaccionó a la provocación.

—¿Dónde está la memoria?

—Segura.

—Los Aranda seguirán buscándote.

—Que busquen.

—No entiendes.

—Entiendo perfectamente. Octavio utiliza empresas de la familia Aranda para mover dinero hacia cuentas en Panamá y Belice. Alguien descubrió que yo estaba copiando los movimientos. Mandaron hombres. Tú apareciste demasiado rápido, así que también estabas vigilando a tu tío.

Santiago guardó silencio.

Valeria sintió una pequeña victoria.

—No quieres protegerlo —continuó—. Quieres derribarlo.

—Quiero evitar una guerra.

—Una guerra ya empezó. La bala en mi hombro es una notificación bastante clara.

—Una guerra entre Montalvo y Aranda llenaría las calles de cadáveres.

—Entonces ayúdame a entregar los archivos a la fiscalía.

Santiago soltó una risa seca.

—La mitad de la fiscalía cena en la casa de Octavio.

—No la unidad federal.

—También compra conciencias.

—No todas.

—Basta una.

Valeria dejó el reloj sobre la mesa.

—Entonces estamos perdiendo el tiempo.

Caminó hacia la puerta.

Dos hombres se interpusieron.

—Déjenla pasar —ordenó Santiago.

Los hombres se apartaron.

Valeria abrió la puerta.

Afuera, la madrugada olía a tierra húmeda y gasolina. Unas nubes pesadas cubrían la luna. No había casas cercanas. Solo campos oscuros, mezquites y una carretera a lo lejos.

—Tu automóvil está destruido —dijo Santiago detrás de ella—. Tu departamento ya no es seguro. Tampoco la casa de tu tía en Tlaquepaque.

Valeria se volvió.

—No te acerques a mi tía.

—Mis hombres llegaron antes que los Aranda. Está bien. La trasladaron a un lugar seguro.

—¿La secuestraste?

—La protegí.

—Sin preguntarle.

—Cuando seis hombres armados te persiguen, la cortesía pierde prioridad.

Valeria regresó al cuarto y tomó la taza con la bala.

Se la arrojó al pecho.

Santiago la atrapó.

—La próxima vez que tomes una decisión sobre mi familia, esa bala estará dentro de un arma.

—Entendido.

—Quiero hablar con ella.

Santiago sacó su teléfono y marcó.

Esperó dos tonos.

—Doña Mercedes, su sobrina quiere escucharla.

Le entregó el aparato.

Valeria oyó la voz de su tía antes de acercarlo al oído.

—¡Valeria! ¿Dónde estás? Estos muchachos entraron diciendo que había una fuga de gas y luego me subieron a una camioneta que cuesta más que mi casa.

—¿Te hicieron daño?

—No. Uno hasta cargó mi máquina de coser porque le dije que no salía sin ella. Pero nadie quiere explicarme nada.

Valeria cerró los ojos.

Mercedes era la hermana menor de su madre. La había criado desde los quince años. Vendía vestidos de quinceañera, bendecía la mesa antes de comer y desconfiaba de cualquier hombre que usara zapatos demasiado limpios.

—Estoy bien —dijo Valeria—. Tuve un accidente, pero estoy bien.

Santiago la observó.

Ella cubrió el micrófono.

—No digas nada.

—No pensaba hacerlo.

Valeria volvió a hablar con su tía.

—Quédate donde estás esta noche. Te explicaré todo mañana.

—¿Estás con ese hombre?

Valeria miró a Santiago.

—¿Qué hombre?

—El del periódico. El guapo con cara de que nunca pide permiso.

Santiago arqueó una ceja.

—¿Cómo sabes…?

—Está detrás de ti. Puedo oír cómo respira.

Valeria se alejó un paso.

—Te llamaré pronto.

—Cuídate, niña. Y dile a ese señor que, si te pasa algo, yo misma lo voy a coser a una cortina.

La llamada terminó.

Santiago recibió el teléfono.

—Me agrada.

—No es mutuo.

—Eso también me agrada.

Valeria quiso odiar aquella respuesta.

En cambio, sintió el impulso absurdo de sonreír.

Lo aplastó.

—Necesito una computadora sin conexión —dijo—. Y necesito ver todos los archivos que tú tengas sobre Octavio.

—No confías en mí.

—No.

—Pero quieres trabajar conmigo.

—Quiero utilizarte.

Santiago guardó el teléfono.

—Por fin estamos hablando el mismo idioma.

La llevó a una hacienda escondida entre campos de agave cerca de Amatitán.

Llegaron antes del amanecer.

Desde la carretera, el lugar parecía una casa antigua abandonada. Muros de piedra, tejas rotas y un portón cubierto de bugambilias. Pero detrás había cámaras térmicas, puertas reforzadas y hombres armados distribuidos entre los árboles.

Santiago bajó primero.

Valeria observó los campos azulados bajo la neblina. Las hileras de agaves se extendían hasta las colinas como lanzas inmóviles.

—Bonito escondite —dijo.

—Fue una destilería de mi abuelo.

—¿También lavaban dinero aquí?

—Aquí solo se hacía tequila.

—En tu familia eso cuenta como tradición honesta.

Santiago abrió la puerta de la camioneta.

Valeria bajó sin aceptar su mano.

El dolor del hombro le hizo perder el equilibrio por un instante.

Él la sostuvo por la cintura.

—Puedo caminar sola.

—Lo noté cuando casi besaste el suelo.

—Suéltame.

Santiago obedeció de inmediato.

Aquello la desconcertó más que si hubiera insistido.

Dentro de la hacienda había un patio central con una fuente seca. El olor a piedra fría se mezclaba con café recién hecho. Una mujer de cabello canoso apareció en un corredor sosteniendo una bandeja.

—Santiago, son las cinco de la mañana.

—Lo sé, nana.

—Y traes sangre en la camisa.

—No es mía.

La mujer miró a Valeria, después el vendaje asomando bajo su blusa.

—Eso no mejora la explicación.

—Valeria, ella es Teresa. Teresa, Valeria trabajará con nosotros unos días.

—¿Trabajará o está prisionera?

—Todavía no lo decidimos —respondió Valeria.

Teresa le dedicó una sonrisa.

—Entonces te prepararé chocolate. Las decisiones importantes no deben tomarse con el estómago vacío.

Santiago abrió la boca.

—Tú café —dijo Teresa antes de que hablara—. Sin azúcar, como tu carácter.

Valeria siguió a la mujer por un corredor decorado con fotografías antiguas. En una de ellas aparecían dos muchachos adolescentes junto a un hombre mayor.

Uno era Santiago.

El otro debía de ser Julián.

Tenían el mismo cabello oscuro, pero Julián sonreía con una facilidad que su hermano parecía no haber conocido nunca.

El hombre entre ambos era Octavio Montalvo.

Llevaba sombrero claro, traje de charro y una mano sobre el hombro de cada sobrino.

Parecía un patriarca orgulloso.

Valeria sabía que había ordenado veintitrés asesinatos confirmados y probablemente muchos más.

—La fotografía fue tomada durante las fiestas de octubre —dijo Santiago detrás de ella—. Dos semanas antes de que mi padre muriera.

—¿Octavio lo mató también?

—No pude probarlo.

—Pero lo crees.

—Mi padre quería separar las empresas legales de los negocios de mi tío. Su avioneta cayó antes de presentar los documentos al consejo familiar.

Valeria observó la sonrisa de Octavio.

—Los accidentes parecen seguir a quienes se oponen a él.

—Por eso sigues viva de milagro.

—No fue un milagro. Le cerré la puerta de una camioneta en la mano al primer hombre, le quité el arma al segundo y usé el reflejo de una ventana para ver al tercero.

Santiago la miró.

—¿Y el que te disparó?

—No vi el charco de aceite.

—Entonces resbalaste.

—Fue una retirada táctica involuntaria.

—Claro.

Teresa volvió con chocolate, pan dulce y un pequeño frasco de antibióticos.

—Come —ordenó.

Valeria obedeció.

No por hambre, sino porque el cuerpo necesitaba fuerzas y Teresa tenía la mirada de una mujer acostumbrada a ser obedecida incluso por criminales.

Santiago la condujo después a una habitación subterránea.

La puerta se abría con huella, código y una llave física.

Adentro había seis monitores, servidores aislados y archivadores de metal.

—Parece que también robaste una oficina del gobierno —dijo Valeria.

—La compré.

—Eso no me tranquiliza.

—No era la intención.

Santiago colocó una computadora portátil sobre la mesa.

—Sin conexión. Disco nuevo. Nadie puede entrar desde afuera.

—Necesito la memoria.

—Tú la tienes.

Valeria se quitó un arete pequeño en forma de cruz.

Presionó la parte posterior.

Un conector apareció bajo el metal.

Santiago la observó con una mezcla de sorpresa y respeto.

—La escondiste en el arete.

—Los hombres suelen revisar bolsillos, bolsos y zapatos. Rara vez observan joyas baratas.

—No es una memoria grande.

—Es suficiente.

La conectó.

Aparecieron cientos de carpetas con nombres en clave.

Misas.

Bautizos.

Bodas.

Funerales.

Santos.

Peregrinaciones.

Santiago se apoyó en la mesa.

—Octavio siempre tuvo sentido del humor.

—No es humor. Es un método.

Valeria abrió una carpeta llamada San Judas.

Dentro había hojas de cálculo sin cantidades, solo fechas, iniciales y nombres de pueblos.

—No hay dinero —dijo Santiago.

—Está codificado.

—¿Cómo?

Valeria examinó los datos.

San Judas aparecía cada día veintiocho.

La Virgen de Zapopan aparecía en octubre.

San Juan Diego, en diciembre.

Los registros imitaban un calendario religioso, pero algunas fechas estaban desplazadas.

—Las cantidades están en las festividades —dijo ella.

—Explícate.

—Cada santo representa una empresa. El número de días entre la festividad real y la fecha registrada indica el monto o la ruta. Las iniciales podrían ser bancos.

Santiago se inclinó más cerca.

—¿Puedes descifrarlo?

—Sí.

—¿Cuánto tardarás?

—Depende.

—¿De qué?

—De si continúas respirando sobre mi cuello.

Santiago retrocedió.

—Trabaja.

Valeria pasó tres horas comparando fechas.

A las ocho de la mañana había identificado siete empresas fantasma, cuatro rutas de transporte y pagos regulares a funcionarios.

A las nueve encontró una transferencia vinculada al fiscal que debía investigar el homicidio de su padre.

A las nueve y diecisiete encontró su propio nombre.

No “Valeria Cruz”.

Solo V.C.

Junto a las iniciales aparecía una fecha: 14 de septiembre.

Faltaban cinco días.

—Santiago.

Él se acercó.

Valeria señaló la pantalla.

—¿Qué ocurre el catorce?

El rostro de Santiago cambió.

—La gala de la Fundación Montalvo.

—¿Dónde?

—En el Hospicio Cabañas.

—Mi nombre aparece ligado a esa fecha.

—Podría significar otra persona.

—No.

—Hay muchas personas con esas iniciales.

—La anotación se creó anoche, tres minutos después de que entrara en la oficina de Octavio.

Santiago leyó el resto de la fila.

—También aparece una letra R.

—¿Ruta?

—Rescate.

—¿Iban a secuestrarme?

—En nuestra organización, R significa recuperación.

—¿Recuperar qué?

Los dos miraron el arete conectado.

Santiago sacó su teléfono.

—Tenemos que irnos.

—¿Por qué?

—Octavio sabe dónde estamos.

Las luces se apagaron.

Un segundo después, una explosión sacudió la hacienda.

Polvo y fragmentos de yeso cayeron del techo.

Santiago empujó a Valeria bajo la mesa mientras un disparo atravesaba la puerta.

—¿Tu lugar seguro siempre recibe visitas así? —preguntó ella.

—Solo cuando traigo compañía difícil.

Sacó un arma de la espalda.

La puerta de seguridad resistió una ráfaga.

Desde el corredor se escucharon gritos.

Santiago abrió un cajón y le lanzó una pistola.

Valeria revisó el cargador.

—¿Hay otra salida?

—Detrás del archivador.

—¿Un túnel?

—Mi abuelo sobrevivió a tres revoluciones familiares. Construía salidas en todas partes.

Santiago empujó un archivador.

Detrás había una puerta estrecha.

Otra explosión estremeció la habitación.

—Primero tú —dijo él.

—No.

—Valeria.

—Si entran mientras estoy en el túnel, me dispararán por la espalda.

—Yo cubriré.

—Tú conoces el camino. Ve primero.

Santiago la miró durante medio segundo.

Después entró.

Valeria lo siguió.

El túnel olía a humedad y tierra. Avanzaron agachados mientras arriba sonaban disparos.

—¿Cuántos hombres hay en la hacienda? —preguntó ella.

—Doce.

—¿Y atacantes?

—Por el sonido, más de veinte.

—Eso confirma que los archivos son importantes.

—Me alegra que encuentres el lado positivo.

Llegaron a una bifurcación.

Santiago tomó la derecha.

Valeria observó una marca reciente en el barro del túnel izquierdo.

Una huella.

—Detente.

Él se volvió.

Valeria apuntó su arma hacia el túnel oscuro.

—Alguien pasó por aquí.

—Mis hombres conocen la salida sur.

—La huella viene hacia nosotros.

Santiago apagó la linterna.

Esperaron.

Un roce.

Respiración.

Valeria se pegó a la pared.

Cuando el atacante apareció, Santiago atrapó su muñeca y desvió el cañón. Valeria golpeó la rodilla del hombre y le arrancó el arma.

El atacante cayó.

Santiago lo inmovilizó contra el suelo.

Era joven. Tenía tatuado un alacrán detrás de la oreja.

—Aranda —dijo Santiago.

Valeria recogió el teléfono del hombre.

La pantalla estaba desbloqueada.

Había un mensaje reciente.

Confirmado. El Jaguar está con la contadora. No maten a la mujer hasta recuperar la cruz.

Valeria miró su arete.

—Saben dónde está.

—Lo sabrán si ese mensaje salió.

Revisó la señal.

No había cobertura dentro del túnel.

—No fue enviado —dijo ella.

Borró el texto, cambió una palabra y presionó enviar cuando aparecieron dos barras.

Objetivo perdido. La mujer escapó hacia Tequila. El Jaguar está herido.

Santiago la observó.

—Acabas de mandarlos en dirección contraria.

—Por unos minutos.

—Empiezo a entender cómo sobreviviste anoche.

—Empiezas tarde.

Salieron del túnel entre plantas de agave, a casi un kilómetro de la hacienda.

Un automóvil viejo estaba escondido bajo una lona.

Santiago abrió la puerta.

—¿En serio? —preguntó Valeria al ver el Volkswagen sedán.

—Nadie busca a un jefe criminal en un vocho azul.

—Eso es porque nadie cree que pueda caber.

—Sube.

El motor arrancó al segundo intento.

Condujeron por caminos de tierra mientras humo negro se elevaba detrás de las colinas.

Valeria miró el arete.

—Tus hombres.

—Teresa conoce otro túnel.

—No pregunté por Teresa.

—Todos tenían instrucciones de abandonar la hacienda si atacaban el centro.

—¿Sobrevivirán?

—Los que hayan seguido mis órdenes.

La frialdad de la respuesta irritó a Valeria.

Luego vio cómo Santiago apretaba el volante.

Los nudillos estaban blancos.

No era indiferencia.

Era control.

Algo que ella conocía bien.

—Octavio no envió a los Aranda —dijo.

—¿Por qué estás segura?

—Porque quiere los archivos. Un ataque con explosivos podía destruirlos.

—Tal vez sabía que estaban en la memoria.

—Entonces habría ordenado capturarme, no disparar contra la habitación.

Santiago la miró de reojo.

—¿Quién atacó?

—Alguien que quiere que pensemos que fue Octavio. Alguien que necesita que Montalvo y Aranda empiecen una guerra.

—Eso reduce la lista a casi toda Guadalajara.

—El mensaje decía que no me mataran. Pero el hombre que entró al túnel disparó primero.

—Pudo entrar en pánico.

—O recibió órdenes distintas.

Santiago guardó silencio.

Valeria examinó el teléfono capturado.

Había llamadas a un contacto identificado como M.

—¿Conoces el número?

Santiago lo vio.

Su mandíbula se tensó.

—Es Mateo Salcedo.

—Tu jefe de seguridad.

—Sí.

—¿El hombre que conocía la ubicación de la hacienda?

—Sí.

—¿El hombre que organizó nuestra salida anoche?

—Sí.

Valeria apoyó la cabeza contra el asiento.

—Tu familia tiene problemas serios de confianza.

—Mateo me ha protegido desde que éramos niños.

—Entonces será mejor que tengas una explicación alternativa.

—La tengo.

—¿Cuál?

—Que tú plantaste ese número.

Valeria giró lentamente hacia él.

—¿Crees que organicé un ataque contra mí misma después de recibir un balazo?

—Creo que llevas doce años preparando una venganza.

—No soy tan dramática.

—Te escondiste una memoria en un arete.

—Eso es práctico.

—Falsificaste una identidad completa.

—También práctico.

—Entraste desarmada en la oficina de Octavio Montalvo.

—No estaba desarmada.

Santiago levantó una ceja.

Valeria sacó una pequeña hoja metálica de la hebilla de su cinturón.

—Qué reconfortante —murmuró él.

Llegaron a una gasolinera cerca de El Arenal.

Santiago compró dos teléfonos desechables y una gorra de los Charros de Jalisco. Valeria aprovechó para limpiar la sangre seca de su cuello en el baño.

Cuando volvió, él hablaba por teléfono junto al automóvil.

—¿Teresa?

Pausa.

Sus hombros se relajaron.

—¿Los demás?

Otra pausa.

La tensión regresó.

—¿Quiénes?

Escuchó durante un momento.

—Ve al punto tres. No llames a nadie.

Terminó.

—Dos hombres murieron —dijo Valeria.

—Tres.

—Lo siento.

—Yo los llevé allí.

—Octavio o Mateo enviaron a los atacantes.

—Yo elegí la hacienda.

—No eres responsable de las decisiones de tus enemigos.

—Eso lo dicen quienes no tienen que enterrar a los muertos.

Valeria miró el campo de agaves al otro lado de la carretera.

—Mi padre decidió investigar a Octavio aun sabiendo el riesgo —dijo—. Durante años culpé a mi madre por no detenerlo. Luego me culpé a mí misma porque la noche de su muerte lo seguí. Después entendí que estaba usando la culpa para no aceptar algo más difícil.

Santiago esperó.

—Mi padre eligió —continuó—. Octavio también. Solo uno de ellos es responsable del asesinato.

—¿Y yo?

—Tú elegiste esconderte.

La frase lo golpeó.

Valeria no la suavizó.

—Pero también elegiste salvar a tu hermano —añadió—. Las dos cosas pueden ser verdad.

Santiago apartó la mirada.

—Julián murió porque regresó por la tarjeta.

—¿Qué?

—Después de que Octavio se llevó a tu padre, Julián quiso seguirlos. Yo lo detuve. Estaba herido. Lo llevé a una clínica clandestina. A la mañana siguiente desapareció. Encontraron su cuerpo junto al río Santiago.

—¿La tarjeta estaba con él?

—No.

—Entonces pudo entregársela a alguien.

—Eso pensé.

—¿Investigaste?

—Durante doce años.

—¿Y nunca encontraste nada?

—Encontré esto.

Santiago sacó una fotografía doblada de la cartera.

Mostraba a Julián hablando con una mujer frente a la Basílica de Zapopan.

La mujer estaba de espaldas.

Vestía un suéter amarillo y llevaba el cabello recogido.

Valeria reconoció el lunar detrás de su oreja.

—Mi madre.

—La fotografía fue tomada dos días después de la muerte de tu padre.

—Ella me dijo que no había salido de casa.

—Tal vez te protegía.

—¿Quién tomó la foto?

—Un hombre de Octavio.

—Entonces sabía que se reunieron.

—Sí.

—¿Por qué no la mató en ese momento?

—Porque quería saber dónde escondía la tarjeta.

Valeria sostuvo la fotografía.

El mundo que recordaba empezó a llenarse de grietas.

Su madre había llorado durante el funeral.

Había cerrado las cortinas de la casa.

Había quemado documentos en el patio.

Tres meses después, su automóvil cayó por un barranco camino a Colima.

El cuerpo quedó irreconocible.

Valeria nunca lo vio.

—Necesito el expediente del accidente —dijo.

—Lo tengo.

—¿Dónde?

—En la Ciudad de México.

—¿Por qué?

—Porque la única persona en quien confío fuera de Jalisco vive allí.

—¿Quién?

—Una fiscal federal.

—Dijiste que no confiabas en la fiscalía.

—No confío en instituciones. Confío en personas específicas.

—Nombre.

—Camila Robles.

Valeria conocía el nombre. Camila había dirigido operaciones contra redes de lavado en el norte del país. Tenía fama de negarse a reuniones privadas, grabar cada conversación y cambiar de escoltas con frecuencia.

—¿Sabe quién eres?

—Sabe quién quiero dejar de ser.

Valeria lo estudió.

—¿Estás tratando de salir del negocio?

—Estoy tratando de destruir la parte que Octavio controla.

—Eso no responde.

—Es la única respuesta que tendrás por ahora.

—Entonces no iremos a Ciudad de México.

—No estaba pidiendo permiso.

Valeria levantó el teléfono capturado.

—Yo tengo el archivo que todos quieren. Creo que sí lo estabas pidiendo.

Santiago respiró despacio.

—¿Qué propones?

—Volver a Guadalajara.

—No.

—La gala es en cinco días. Octavio espera recuperar la memoria allí. Eso significa que no sabe que la tenemos completa.

—Ya intentaron matarte dos veces.

—Una.

—La bala.

—Eso fue una vez.

—La hacienda.

—El mensaje decía que no me mataran.

—Las balas no leen mensajes.

—Debemos hacerle creer a Octavio que todavía estoy siguiendo su plan.

—¿Qué plan?

—Me contrató él.

Santiago quedó completamente inmóvil.

—Repite eso.

—Octavio me recomendó para trabajar en Grupo Montalvo. Creyó que yo era Valeria Esquivel, especialista en auditorías. Me pidió revisar discretamente ciertas cuentas tuyas.

—¿Desde cuándo?

—Desde el primer día.

—¿Y nunca pensaste mencionarlo?

—No confiaba en ti.

—Trabajabas para mi tío.

—Fingía trabajar para él.

—¿Qué información le diste?

—Datos verdaderos sin importancia. Gastos de seguridad. Proveedores. Cambios de vehículos.

—¿Cambios de vehículos?

—Nunca rutas completas.

—El ataque de anoche ocurrió después de que supuestamente él descubriera tu robo.

—Sí.

—Y la hacienda fue atacada horas después.

—Sí.

Santiago dio un paso hacia ella.

—Octavio no te contrató para investigarme. Te contrató para localizar mis refugios.

Valeria sintió un frío repentino.

—Nunca le di la dirección de la hacienda.

—No hacía falta. Bastaba con patrones. Combustible, tiempos de viaje, compras de provisiones.

—Los gastos no estaban ligados a ubicaciones.

—Para una persona normal, no. Para alguien con nuestros recursos, sí.

La culpa quiso abrirse paso.

Valeria la cerró.

—Entonces utilizamos eso.

—¿Cómo?

—Octavio cree que soy su informante. Mateo podría estar colaborando con los Aranda. Y alguien quiere una guerra. Todos esperan movimientos distintos de nosotros.

—Eso no es un plan.

—Todavía no.

Valeria miró la fotografía de su madre.

—Primero descubriremos quién llamó a Mateo.

Usó el teléfono capturado para enviar un mensaje.

La mujer escapó. Tengo la cruz. ¿Dónde entrego?

La respuesta llegó treinta segundos después.

Punto original. Esta noche. Solo.

Santiago reconoció el lugar.

—Un estacionamiento en Plaza del Sol.

—Bien.

—No iremos.

—Claro que iremos.

—Es una trampa.

—Por eso iremos preparados.

—Mateo te reconocerá.

—No será Mateo quien aparezca.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque quien está detrás de esto no confía en él.

Santiago esperó una explicación.

—El contacto escribió “punto original”, pero el atacante del túnel no tenía ninguna conversación anterior en el teléfono. Eso significa que recibió instrucciones por otro dispositivo o en persona. Este teléfono era desechable y debía usarse solo después del ataque.

—¿Entonces?

—La persona que responda asumirá que el atacante conoce el punto. No preguntó quién escribe. No confirmó identidad. Está acostumbrada a dar órdenes, no a ensuciarse las manos.

—Octavio.

—Demasiado obvio.

—Mateo.

—Demasiado cercano.

Valeria sonrió sin alegría.

—Vamos a conocer a alguien nuevo.

Pasaron el resto del día en una casa modesta en Zapopan perteneciente a una anciana que llamó a Santiago “Santi” y le dio un golpe con una cuchara porque entró con zapatos.

Era su madrina, doña Inés.

La casa olía a frijoles de la olla, canela y jabón de lavandería.

Nadie buscaría al Jaguar allí.

Doña Inés obligó a Valeria a comer birria y le cambió el vendaje sin hacer preguntas.

—Los hombres de esta familia traen problemas como otros traen flores —dijo mientras revisaba la herida—. Pero al menos Santiago aprendió a cerrar la boca mientras una mujer piensa.

—No siempre.

—Entonces golpéalo.

Desde la cocina, Santiago respondió:

—Ya lo hizo.

—¿Y aprendiste?

—Todavía estoy evaluándolo.

Doña Inés sonrió.

—Hijo de su madre.

Al caer la noche, Santiago consiguió un vehículo diferente, chalecos y dos equipos de comunicación.

Valeria eligió una peluca negra corta y lentes.

—Pareces maestra de secundaria —dijo él.

—Y tú pareces narcotraficante tratando de no parecer narcotraficante.

Santiago llevaba pantalón de mezclilla, sudadera gris y gorra.

—Soy empresario.

—Claro.

—Exportamos tequila.

—Y cadáveres, según los rumores.

—Los rumores exageran.

—¿Cuánto?

—Depende del cadáver.

Valeria lo miró.

Santiago sostuvo su expresión durante dos segundos.

Después sonrió.

Era la primera vez que ella lo veía hacerlo de verdad.

No era una sonrisa cruel ni arrogante.

Lo rejuvenecía.

Por un instante, no vio al Jaguar.

Vio al muchacho de la fotografía junto a Julián.

Santiago notó que lo observaba y la sonrisa desapareció.

—¿Qué?

—Nada.

Llegaron a Plaza del Sol poco antes de medianoche.

El estacionamiento subterráneo estaba casi vacío.

Valeria se ocultó dentro de una camioneta estacionada en el nivel superior. Tenía una cámara conectada a un botón en la chamarra y un micrófono diminuto.

Santiago esperó detrás de una columna.

El atacante capturado en el túnel estaba esposado dentro de otro vehículo, vigilado por dos hombres leales.

A las doce y siete apareció un sedán blanco.

No era de lujo.

No llevaba escoltas visibles.

Una mujer bajó.

Tacones bajos.

Abrigo color crema.

Cabello oscuro cortado a la altura de la barbilla.

Valeria la reconoció.

—No puede ser —susurró.

Santiago habló por el comunicador.

—¿Quién es?

—Mariana Alcázar.

—¿La directora de la Fundación Montalvo?

—También fue compañera de mi madre.

Mariana se acercó al punto indicado.

Miró alrededor.

—Sal —dijo.

El atacante no apareció.

Valeria envió un mensaje desde el teléfono.

Estoy herido. Ven al nivel tres.

Mariana leyó.

No subió.

Escribió una respuesta.

Muéstrame la cruz desde donde estás.

—Es cuidadosa —murmuró Santiago.

Valeria tomó una fotografía borrosa de su arete falso y la envió.

Mariana observó la imagen.

Luego levantó la mano.

Dos camionetas negras entraron por lados opuestos.

Hombres armados descendieron.

—Nos descubrió —dijo Santiago.

—No. Nunca planeó venir sola.

Los hombres comenzaron a revisar automóviles.

Uno subió hacia el nivel donde estaba Valeria.

Santiago salió de su escondite.

Apuntó a Mariana.

—Diles que se detengan.

Ella no pareció sorprendida.

—Santiago.

—Mariana.

—Tu tío dijo que llegarías tarde.

—Siempre decepciono a la familia.

Mariana levantó dos dedos.

Los hombres se detuvieron.

Valeria bajó de la camioneta y apuntó desde arriba.

—También dijo que yo estaba muerta —gritó.

Mariana alzó la vista.

El color desapareció de su rostro.

—Valeria.

—Doce años sin verme y esa es tu bienvenida.

—No entiendes.

—Esa frase es muy popular en esta familia.

Mariana miró a Santiago.

—Octavio te está usando.

—¿Para qué?

—Para limpiar sus cuentas y culpar a Santiago.

Valeria bajó lentamente por la rampa sin dejar de apuntar.

—¿Y tú qué haces?

—Evito que cometas el mismo error que tu padre.

—Mandaste hombres armados a la hacienda.

—No di la orden de matarte.

—Eso no convierte el ataque en un abrazo.

Mariana apretó los labios.

—Dame la cruz.

—Primero dime por qué la quieres.

—La memoria contiene nombres.

—Ya vi algunos.

—No los importantes.

Santiago se acercó un paso.

—¿Qué nombres?

—Personas que Octavio ha financiado durante décadas. Policías, jueces, empresarios, políticos. Si esa información sale sin control, no solo caerá él.

—Eso suena exactamente a lo que debería ocurrir —dijo Valeria.

—Morirán inocentes.

—Siempre dicen eso quienes quieren proteger culpables.

Mariana metió lentamente una mano en su bolso.

Santiago levantó el arma.

—Despacio.

Sacó una fotografía y la dejó caer al suelo.

Valeria se acercó sin bajar su pistola.

La imagen mostraba a su madre sentada en una cama de hospital.

La fecha impresa era de ocho meses después de su supuesto accidente.

Valeria sintió que algo se rompía dentro de ella.

—¿Dónde está? —preguntó.

Mariana no respondió.

—¿Dónde está mi madre?

—Dame la memoria.

Valeria apuntó entre sus ojos.

—No negocies con lo único que me queda.

Santiago habló sin apartar el arma de los hombres.

—Mariana, si sabes dónde está Aurora, dilo.

—Está viva.

Valeria oyó las palabras.

No las comprendió.

—¿Dónde?

—Octavio la ha mantenido escondida durante doce años.

—¿Por qué?

—Porque ella tiene la clave.

—¿Qué clave?

—La tarjeta que Julián le entregó no contenía los archivos. Solo contenía una parte de la contraseña. La otra parte está dentro de la memoria que robaste.

Valeria recordó las carpetas codificadas.

—¿Qué abre la contraseña completa?

Mariana miró hacia las entradas del estacionamiento.

—Algo por lo que Octavio incendiaría todo Jalisco.

Un disparo rompió el parabrisas del sedán.

Mariana cayó.

Los hombres a su alrededor abrieron fuego.

Santiago corrió hacia Valeria y la derribó detrás de una columna.

Las balas golpearon el concreto.

—¡No fueron mis hombres! —gritó Mariana desde el suelo.

Santiago respondió dos veces hacia el nivel superior.

Un tirador cayó detrás de la barandilla.

Los escoltas de Mariana disparaban en todas direcciones.

Valeria se arrastró hacia ella.

La bala le había entrado por el costado.

Mariana respiraba con dificultad.

—¿Quién sabe que viniste? —preguntó Valeria.

—Mateo.

—¿Dónde está mi madre?

—La gala.

—¿Qué significa eso?

—La trasladarán antes de la gala.

—¿A dónde?

Mariana tomó la muñeca de Valeria.

—Busca… la virgen sin rostro.

Su mano perdió fuerza.

Valeria presionó la herida.

—Mariana. Mírame.

La mujer volvió los ojos hacia ella.

—Tu madre… nunca dejó de esperarte.

Otro disparo golpeó la columna.

Santiago levantó a Valeria.

—Tenemos que salir.

—No voy a dejarla.

—Si te quedas, mueren las dos.

Dos hombres de Santiago arrastraron a Mariana hacia una camioneta.

El sedán blanco explotó.

El fuego llenó el estacionamiento.

Escaparon por una rampa lateral mientras sirenas comenzaban a sonar a lo lejos.

Mariana sobrevivió.

La llevaron a una clínica privada bajo el nombre de otra persona.

El médico dijo que la bala no había tocado órganos vitales, pero tardaría horas en despertar.

Valeria permaneció sentada junto a una ventana mientras Santiago hablaba con sus hombres.

Habían identificado al tirador.

No era Aranda.

Tampoco trabajaba directamente para Octavio.

Había sido policía estatal.

Su último depósito provenía de una empresa controlada por Mateo Salcedo.

—Tenías razón —dijo Santiago al acercarse—. Mateo está involucrado.

—No sabemos si dio la orden.

—El dinero salió de su empresa.

—Alguien pudo usarla.

—Sigues buscando una explicación alternativa.

—Porque matar a una persona antes de entender su motivo es una costumbre de tu familia, no mía.

Santiago apoyó las manos sobre el respaldo de una silla.

—Mateo sabía de la hacienda. Sabía del encuentro. Sabía que Mariana iba a hablar.

—También pudo informarle a Octavio.

—Eso no mejora las cosas.

—No.

Valeria miró la fotografía de su madre.

—La virgen sin rostro.

—Puede ser una iglesia, una pintura o una estatua.

—Mariana dirigía la fundación. Tenía acceso a las obras de arte de la familia.

—Octavio colecciona arte sacro.

—¿Dónde guarda la colección?

—En tres propiedades. La casa de Chapala, una bodega en Tonalá y la hacienda de Atemajac.

—Necesito inventarios.

Santiago llamó a Teresa.

Una hora después recibieron fotografías de catálogos privados.

Valeria revisó imágenes de crucifijos, retablos, esculturas y cuadros coloniales.

En el inventario de la hacienda de Atemajac había una Virgen de los Dolores del siglo XVIII.

El rostro estaba cubierto por una mancha oscura debido a un incendio.

—La virgen sin rostro —dijo.

Santiago leyó la descripción.

—La obra fue trasladada hace tres semanas.

—¿A dónde?

—Al Hospicio Cabañas para exhibirse durante la gala.

Valeria cerró la carpeta.

—Mi madre estará allí.

—O Mariana quería que pensaras eso.

—Octavio cree que tiene controlada la memoria. La gala reúne empresarios, funcionarios y donantes. Es el lugar perfecto para obligarme a entregarla sin provocar un escándalo.

—También es el lugar perfecto para matarnos y culpar a los Aranda.

—Entonces necesitaremos público.

Santiago la miró.

—¿Qué estás pensando?

—Que Octavio ha sobrevivido porque todos sus crímenes ocurren en lugares sin testigos.

Valeria señaló el programa de la gala.

—Esta vez tendrá quinientos.

Durante los siguientes cuatro días fingieron estar huyendo.

Santiago dejó que circulara el rumor de que estaba gravemente herido.

Valeria envió mensajes a Octavio diciendo que los Aranda la habían secuestrado y que aún conservaba una copia parcial.

Octavio respondió como un hombre preocupado.

Hija, lo importante es que estés viva. Confía en mí. Puedo sacarte de esto.

Valeria leyó el mensaje varias veces.

—“Hija” —dijo—. Mi padre murió por investigar sus cuentas y él me llama hija.

—Octavio utiliza afecto cuando no puede utilizar miedo.

—¿Lo hizo contigo?

—Después de la muerte de mi padre, me llevó a vivir a su casa. Me enseñó a disparar. Me llevó a los partidos de las Chivas. Me dijo que la familia era lo único que nadie podía comprar.

—Mientras compraba a todos los demás.

—Sí.

—¿Alguna vez lo quisiste?

Santiago tardó en responder.

—Todavía lo quiero.

Valeria no esperaba aquella honestidad.

—Eso no significa que vaya a perdonarlo —añadió él.

—Lo sé.

—¿Tú perdonarías a tu madre?

Valeria miró la fotografía.

—Primero tendría que preguntarle por qué me dejó creer que estaba muerta.

—Tal vez no pudo volver.

—Siempre hay una forma.

—No siempre.

—Para una niña de quince años, la diferencia no importa.

Santiago se sentó frente a ella.

—No tienes que fingir conmigo.

—No estoy fingiendo.

—Llevas cuatro días sin dormir más de dos horas. Revisaste cuarenta mil registros. Te arrancaste dos puntos del hombro y no has mencionado que tu madre está viva desde hace doce años.

—Lo mencioné.

—Como si fuera una cifra en una hoja de cálculo.

Valeria cerró la computadora.

—¿Qué quieres que haga? ¿Que grite? ¿Que rompa algo? ¿Que me tire al suelo para que todos sepan que estoy destruida?

—Quiero que respires.

—Estoy respirando.

—No. Estás funcionando.

La frase entró donde las balas no habían podido.

Valeria apartó la mirada.

Santiago tomó su mano.

No la apretó.

No intentó acercarla.

Solo dejó la palma bajo la de ella.

Una opción.

Valeria pudo retirarse.

No lo hizo.

—Cuando mi madre murió —dijo lentamente—, mi tía vendió su casa para pagar mis estudios. Yo prometí que descubriría la verdad. Cada examen, cada trabajo, cada noche sin dormir tenía un propósito. Si Aurora está viva, entonces construí mi vida alrededor de una tumba vacía.

—La tumba era real para ti.

—Pero ella no estaba allí.

—El dolor no se vuelve falso porque alguien te haya mentido.

Valeria cerró los dedos alrededor de la mano de Santiago.

—No sé qué voy a decirle.

—Empieza con su nombre.

—¿Y después?

—Después decide si quieres abrazarla o abofetearla.

Valeria soltó una risa breve.

—Tu familia resuelve demasiadas cosas a golpes.

—Tú me abofeteaste primero.

—Y aprendiste.

—Todavía estoy evaluándolo.

Esta vez ella sí sonrió.

El momento duró poco.

Uno de los teléfonos sonó.

Era Mateo.

Santiago activó el altavoz.

—Pensé que estabas muerto —dijo Mateo.

—Lamento decepcionarte.

Hubo silencio.

—¿Dónde estás?

—Eso depende. ¿Quién pregunta? ¿Mi amigo o el hombre que pagó al tirador de Plaza del Sol?

Mateo maldijo en voz baja.

—Santiago, escucha.

—Llevo cuatro días escuchando.

—Octavio tiene acceso a mis empresas. Usó una cuenta que yo no revisaba desde hace meses.

Valeria escribió una pregunta en un papel.

¿Por qué sabía del encuentro?

Santiago la leyó.

—¿Cómo supo el tirador que Mariana estaría allí?

—Porque alguien intervino mis comunicaciones.

—¿Quién?

—No lo sé.

—Respuesta equivocada.

—¡Estoy tratando de mantenerte vivo!

—Atacaron la hacienda.

—Yo envié hombres para sacarte.

—Tus hombres dispararon contra nosotros.

—No eran míos. Alguien cambió el equipo antes de salir. Cuando me di cuenta, ya habían entrado.

—¿Por qué no llamaste?

—Porque Octavio tenía a mi hijo.

Santiago quedó quieto.

Mateo tenía un niño de nueve años llamado Nico.

Valeria lo sabía por los informes de personal.

—¿Dónde está? —preguntó Santiago.

—Lo liberó esta mañana.

—Quiero hablar con él.

Unos segundos después se oyó una voz infantil.

—¿Tío Santi?

Santiago cerró los ojos.

—Hola, campeón. ¿Estás bien?

—Sí. Papá dice que vamos a ir de viaje.

—Hazle caso. Empaca tu camiseta de la suerte.

—La de Chicharito ya no me queda.

—Entonces compraremos otra.

El niño se alejó.

Mateo volvió al teléfono.

—Octavio quiere que te presente solo en la gala.

—Lo suponía.

—Dice que Aurora Cruz será el seguro.

Valeria se inclinó hacia el aparato.

—¿La viste?

Mateo guardó silencio.

—Soy Valeria —dijo ella—. ¿Viste a mi madre?

—Sí.

La palabra casi la partió.

—¿Está bien?

—Está débil. Pero está consciente.

—¿Dónde la tienen?

—En una habitación bajo el Hospicio. Octavio financió restauraciones hace años. Hay pasillos cerrados que no aparecen en los planos públicos.

—¿Cuántos guardias?

—Doce dentro. Más de treinta durante la gala.

—¿Por qué nos cuentas esto? —preguntó Santiago.

—Porque hice todo lo que Octavio pidió y aun así puso una pistola contra la cabeza de mi hijo.

—Trabajaste para él.

—Trabajé para ti.

—Vendiste mis refugios.

—Después de que secuestró a Nico.

—Pudiste decírmelo.

—¿Y arriesgarme a que lo matara?

—Podías confiar en mí.

Mateo soltó una risa rota.

—Mira dónde nos llevó confiar en la familia.

La llamada terminó con una dirección.

Santiago envió hombres por Mateo y el niño.

Valeria revisó planos antiguos del Hospicio Cabañas. El edificio era enorme, construido alrededor de patios, corredores y capillas. Durante la gala habría cámaras, periodistas y funcionarios.

También habría música, brindis y suficiente ruido para ocultar un asesinato.

—No podemos entrar por la fuerza —dijo Santiago.

—No lo haremos.

—Octavio revisará a cada invitado.

—Yo soy invitada.

—Cree que estás secuestrada.

—Entonces apareceré escapando de mis captores.

—¿Y yo?

—Tú estarás muerto.

Santiago la miró.

—Empiezo a preocuparme por cuánto disfrutas decir eso.

El plan fue simple solo en apariencia.

Mariana, ya despierta, aceptó enviar un mensaje a Octavio diciendo que había recuperado a Valeria y la memoria. A cambio, exigió inmunidad y protección para su familia.

Camila Robles, la fiscal federal, llegó desde Ciudad de México con un equipo reducido.

No confiaba en Santiago.

Tampoco fingió hacerlo.

—Cuando esto termine, usted responderá por sus propios delitos —le dijo.

—Lo espero.

Camila miró a Valeria.

—¿Está segura de continuar?

—No.

—Buena respuesta.

La fiscal colocó un pequeño transmisor dentro del broche de su vestido.

—Transmitirá audio y ubicación. No podemos intervenir hasta tener pruebas de secuestro o confesiones claras. Hay demasiados funcionarios comprometidos. Si entramos antes, Octavio alegará persecución y los jueces presentes destruirán la orden.

—Entonces le daremos una escena imposible de ignorar —dijo Valeria.

La noche de la gala, el Hospicio Cabañas brillaba bajo cientos de luces cálidas.

Automóviles negros llegaban frente a la entrada.

Mujeres con vestidos de diseñador caminaban sobre una alfombra roja. Empresarios, políticos y celebridades locales sonreían a las cámaras.

Valeria llegó en una camioneta conducida por hombres de Mariana.

Llevaba un vestido verde oscuro que cubría el vendaje del hombro. El arete en forma de cruz colgaba de su oreja izquierda.

No contenía los archivos.

Solo un programa diseñado para copiar cualquier dispositivo al que fuera conectado.

La memoria real estaba en manos de Camila.

Mariana bajó primero.

Todavía caminaba con dificultad.

—Si algo sale mal —dijo—, corre hacia el patio principal.

—Si algo sale mal, mi madre muere.

—Si tú mueres, ella también.

Valeria miró hacia las puertas.

—Entonces ninguna morirá.

Entraron.

La música de un cuarteto de cuerdas llenaba el patio.

Mesas blancas rodeaban una fuente iluminada. Sobre una tarima estaba la Virgen de los Dolores con el rostro ennegrecido.

La virgen sin rostro.

Octavio Montalvo conversaba con un senador bajo los murales de Orozco.

Vestía un esmoquin impecable.

Su cabello era completamente blanco.

Al ver a Valeria, sonrió como un abuelo recibiendo a una nieta perdida.

—Gracias a Dios —dijo abriendo los brazos—. Estás viva.

Valeria se permitió un segundo de silencio.

Luego lo abrazó.

Sintió el arma escondida bajo su saco.

—Me encontraron antes que Santiago —susurró.

—El Jaguar ha perdido velocidad.

—Está muerto.

Octavio se apartó.

Buscó dolor en su rostro.

—¿Lo viste?

—Mariana le disparó.

Mariana sostuvo su mirada sin pestañear.

Octavio pareció satisfecho.

—Es una tragedia —dijo—. Pero algunas tragedias salvan familias.

—Tengo la memoria.

Los ojos del hombre bajaron hacia la cruz.

—Hablaremos en privado.

—Primero quiero ver a Aurora.

La sonrisa de Octavio permaneció.

Sus ojos no.

—¿Quién?

—Mi madre.

—Valeria, tu madre murió hace años.

—Entonces no tendrás problema en dejarme revisar la habitación bajo la capilla.

Octavio miró a Mariana.

—Te dije que no mencionaras eso.

—No lo hice —respondió ella.

Octavio volvió hacia Valeria.

—Has sido una niña muy valiente.

—Ya no soy una niña.

—Para mí, siempre lo serás. Te vi crecer desde lejos. Pagué tus estudios. Me aseguré de que consiguieras trabajo.

—¿Por culpa?

—Por respeto a tu padre.

—Lo mandaste matar.

Una pareja pasó cerca.

Octavio sonrió para ellos.

—No aquí.

—Aquí exactamente.

—Entrégame la cruz.

—Mi madre primero.

Octavio hizo un gesto discreto.

Un camarero se acercó.

—Acompaña a la señorita Cruz a ver a nuestra invitada.

Valeria siguió al hombre por un corredor lateral.

Mariana quedó junto a Octavio.

El transmisor continuaba enviando.

Bajaron por una escalera de piedra oculta tras una puerta de servicio.

Había dos guardias en cada descanso.

Valeria contó ocho antes de llegar al sótano.

El camarero abrió una puerta de madera reforzada.

Dentro había una cama, una mesa y una mujer sentada junto a una lámpara.

Tenía el cabello gris y el rostro delgado.

Sostenía un rosario entre las manos.

Valeria se quedó en el umbral.

La mujer levantó la vista.

Sus ojos eran los mismos que Valeria veía cada mañana en el espejo.

—Mamá.

Aurora Cruz dejó caer el rosario.

Intentó ponerse de pie.

Las piernas no respondieron.

Valeria cruzó la habitación y la sostuvo antes de que cayera.

Durante doce años había imaginado volver a escuchar aquella voz.

En sus sueños, su madre le explicaba todo.

En la realidad, Aurora solo pudo pronunciar su nombre.

—Valeria.

La abrazó.

Valeria no lloró de inmediato.

Primero sintió los huesos frágiles bajo la ropa.

El temblor de sus manos.

El olor a jabón de lavanda que reconoció de la infancia.

Luego las lágrimas llegaron sin permiso.

Silenciosas.

Calientes.

Aurora le tocó el rostro.

—Perdóname.

—¿Por qué no volviste?

—No podía.

—Siempre podías.

—Tenían tu fotografía. Tu escuela. Tus horarios. Dijeron que, si escapaba, te llevarían conmigo.

—Doce años.

—Conté cada día.

Valeria cerró los ojos.

Quería abrazarla.

Quería gritarle.

Quería creerle.

No tenía tiempo para ninguna de las tres cosas.

—¿Tienes la clave de la tarjeta?

Aurora se apartó apenas.

—¿Santiago está vivo?

—Sí.

Un alivio profundo cruzó el rostro de su madre.

—Entonces Julián cumplió.

—Julián murió.

Aurora bajó la cabeza.

—Me entregó la tarjeta después de que mataron a tu padre. Estaba herido. Dijo que Santiago vendría por nosotros.

—Nunca llegó.

—Octavio encontró a Julián primero.

—¿Qué contiene el archivo?

—No es solo contabilidad.

La puerta se abrió.

Octavio entró con dos hombres.

—Qué reunión tan conmovedora.

Valeria se puso delante de su madre.

—Ya la vi. Ahora déjala ir.

—La memoria.

Valeria se quitó el arete.

—Primero ella sube al patio.

—No estás en posición de negociar.

—Entonces dispárame y pierde el archivo.

Octavio extendió la mano.

—Tu padre también creyó que podía vencerme con información.

—Y doce años después sigues buscándola.

El comentario borró su sonrisa.

—Ernesto era brillante —dijo—. Pero confundió inteligencia con poder.

—Tú confundes miedo con respeto.

Uno de los guardias avanzó.

Valeria conectó la cruz a un pequeño dispositivo que Mariana le había entregado.

—Si mi pulso deja de transmitir, el contenido se envía a veinte medios nacionales.

Era mentira.

Octavio no podía saberlo.

Levantó una mano y el guardia se detuvo.

—Eres igual a tu padre.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—De ti, nada lo sería.

Octavio miró a Aurora.

—Dile que entregue la memoria.

Aurora se puso de pie apoyándose en la cama.

—Ernesto tenía razón. Tu propia familia te enterrará.

El rostro de Octavio se endureció.

Sacó el arma.

—Una palabra más…

—¿Y qué? —preguntó Aurora—. ¿Vas a matarme después de tenerme doce años encerrada? Ya me quitaste mi esposo. Mi hija. Mi nombre. No puedes quitarme nada más.

Octavio apuntó a su pecho.

Valeria dio un paso adelante.

—Hazlo frente a las cámaras.

Octavio miró el broche del vestido.

Comprendió.

Arrancó el transmisor y lo aplastó bajo el zapato.

—Ya no hay cámaras.

—No era el único.

La mentira funcionó otra vez.

Octavio revisó su cabello, sus aretes, el vestido.

Valeria lanzó la cruz hacia la mesa.

—Ahí está.

Uno de los guardias la tomó y la conectó a una computadora.

El programa comenzó a copiar archivos.

Octavio introdujo una contraseña.

Aurora observó sus manos.

—La fecha está equivocada —dijo.

Octavio la miró.

—Cállate.

—Ernesto nunca usó nuestro aniversario.

Valeria entendió.

La contraseña incompleta no era una fecha sentimental.

—Usó el día que descubrí lo que eras —continuó Aurora.

Los guardias intercambiaron miradas.

Octavio escribió otra combinación.

La pantalla mostró acceso concedido.

Las carpetas se abrieron.

El programa de Valeria empezó a copiar todo hacia la cruz.

Octavio sonrió.

—Al fin.

—Gracias —dijo Valeria.

Él frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Por escribir la contraseña completa.

La barra de copia llegó al cien por ciento.

Valeria arrancó la cruz de la computadora y la lanzó hacia Aurora.

Aurora la atrapó.

Las luces se apagaron.

Santiago había cortado la energía.

En la oscuridad, Valeria golpeó la garganta del guardia más cercano, tomó su arma y disparó contra la cerradura.

Aurora se arrojó al suelo.

Octavio respondió.

El balazo rozó el brazo de Valeria.

Ella disparó hacia el sonido.

Un hombre cayó.

Las luces de emergencia se encendieron en rojo.

Santiago apareció en la puerta con Mateo.

—Se acabó, tío.

Octavio giró el arma hacia él.

Mateo disparó primero.

La bala golpeó la mano de Octavio.

El arma cayó.

Santiago lo pateó lejos.

—Pensé que estabas muerto —dijo Octavio.

—También lo pensaste hace doce años.

—Yo te crié.

—Después de matar a mi padre.

—Tu padre era débil.

Santiago lo golpeó.

Octavio cayó de rodillas.

—Tú necesitabas un hombre que te enseñara a sobrevivir —escupió.

—Me enseñaste.

Santiago apuntó a su cabeza.

—Por eso no voy a convertirme en ti.

Bajó el arma.

Sirenas y pasos llenaron los pasillos.

Camila Robles entró con agentes federales.

Detrás llegaron dos camarógrafos que habían sido introducidos como personal de la gala.

Octavio miró las cámaras.

Por primera vez, tuvo miedo.

—Octavio Montalvo —dijo Camila—, queda detenido por secuestro, homicidio, operaciones con recursos de procedencia ilícita, asociación delictuosa y delitos que le iremos explicando durante el resto de su vida.

Octavio sonrió.

—No tienen nada que permanezca en un tribunal.

Aurora levantó la cruz.

—Ahora sí.

Los agentes esposaron a Octavio.

Cuando lo llevaron hacia la puerta, se detuvo frente a Valeria.

—Crees que esto termina conmigo.

—Para mi padre, sí.

—Tu padre no murió por mis cuentas.

Valeria sintió un escalofrío.

—¿Por qué murió?

Octavio sonrió otra vez.

—Pregúntale a Aurora qué había debajo de la destilería.

Los agentes lo sacaron.

Valeria miró a su madre.

Aurora había perdido el color.

—¿De qué habla?

—Debemos salir.

—Mamá.

—Aquí no.

—He esperado doce años.

—Y esperarás diez minutos más si quieres seguir viva.

Subieron al patio.

La gala se había convertido en caos.

Invitados corrían hacia las salidas. Funcionarios intentaban ocultarse de las cámaras. Agentes federales revisaban mesas y detenían a varios hombres.

La Virgen de los Dolores seguía sobre la tarima.

Su rostro ennegrecido parecía observarlos.

Camila recibió la cruz y verificó el contenido.

—Tenemos registros suficientes para abrir cuarenta y siete investigaciones —dijo—. Incluidas empresas de la familia Aranda.

—¿Quién ordenó el ataque en la hacienda? —preguntó Valeria.

—Octavio.

—Los hombres recibieron órdenes contradictorias.

Camila miró a Mateo.

—Porque el equipo de Octavio fue infiltrado por otro grupo.

—¿Quién?

La fiscal bajó la voz.

—Todavía no lo sabemos.

Valeria pensó en las palabras de Octavio.

Esto no termina conmigo.

Santiago se acercó a Aurora.

Durante un momento, ninguno habló.

Ella tocó la cicatriz bajo su mandíbula.

—Te pareces a Julián.

Santiago tragó saliva.

—Él dijo que cuidaría de ustedes.

—Lo hizo. Murió para darme tiempo de esconder la tarjeta.

—Yo debí encontrarla.

—Eras un muchacho perseguido por su propia familia.

—Pude hacer más.

Aurora tomó su rostro entre las manos.

—Sobreviviste. A veces eso es lo único que podemos hacer antes de encontrar la manera de luchar.

Santiago cerró los ojos.

Valeria observó cómo una culpa de doce años abandonaba parcialmente sus hombros.

No desapareció.

Las culpas antiguas rara vez se iban por completo.

Pero algunas dejaban de gobernar.

Mateo apareció con Nico.

El niño corrió hacia Santiago y lo abrazó.

Mateo se quedó a distancia.

—No espero que me perdones —dijo.

Santiago miró al niño.

—Te ayudaré a sacarlo del país mientras el proceso avanza.

—Gracias.

—Después responderás por los hombres que murieron en la hacienda.

Mateo asintió.

—Lo sé.

No hubo abrazo.

No hubo absolución fácil.

Solo consecuencias.

Valeria agradeció que fuera así.

En las semanas siguientes, Jalisco despertó cada mañana con un nuevo escándalo.

Los archivos revelaron empresas fantasma, propiedades ocultas y pagos a funcionarios.

Tres jueces renunciaron.

Dos mandos policiales fueron detenidos.

Un senador aseguró ante las cámaras que jamás había conocido a Octavio, hasta que apareció una fotografía de ambos brindando en su cumpleaños.

La familia Aranda intentó negar cualquier vínculo.

Luego desapareció uno de sus contadores con una copia de los registros.

Camila puso a Valeria y Aurora bajo protección.

Doña Mercedes llegó al refugio cargando dos maletas, una máquina de coser y suficiente comida para alimentar a un ejército.

Cuando vio a su hermana viva, no dijo nada.

Caminó hacia Aurora.

La abofeteó.

Después la abrazó tan fuerte que ambas cayeron de rodillas.

—Doce años —repetía Mercedes—. Doce años, desgraciada.

—Lo sé.

—Te hicimos una misa.

—Lo sé.

—Compré flores cada aniversario.

—Lo sé.

—Valeria dejó de celebrar su cumpleaños.

Aurora miró a su hija.

Aquello dolió más que cualquier golpe.

Durante meses, madre e hija aprendieron a conocerse de nuevo.

No fue sencillo.

Aurora quería recuperar el tiempo perdido con abrazos, recetas y preguntas.

Valeria necesitaba respuestas.

Discutieron.

Guardaron silencios.

Lloraron.

Una noche, Aurora admitió que había tenido una oportunidad de escapar durante el tercer año.

No lo hizo porque Octavio le mostró una grabación de Valeria entrando a la universidad.

—Pensé que te vigilaban cada día —dijo—. Si huía y te mataban, no habría podido vivir.

—Y yo viví creyendo que estabas muerta.

—Lo sé.

—No sé si puedo perdonarte.

—No te lo pediré.

Aquella respuesta abrió una puerta que las disculpas no habían podido abrir.

Valeria comprendió que perdonar no significaba fingir que nada había ocurrido.

Significaba elegir qué parte del dolor seguiría cargando.

No tomó la decisión de inmediato.

Pero empezó.

Santiago entregó propiedades, rutas y registros a la fiscalía.

A cambio, no recibió inmunidad completa.

Enfrentó cargos por asociación delictuosa, encubrimiento y operaciones ilegales cometidas durante sus años al frente de la familia.

—Podrías huir —le dijo Valeria la noche antes de su audiencia.

Estaban en una terraza desde la que se veía Guadalajara iluminada.

—Podría.

—Tienes dinero, contactos y pasaportes.

—También tengo muertos.

—Octavio ordenó muchas de esas muertes.

—Algunas ocurrieron bajo mi mando.

Valeria guardó silencio.

Santiago llevaba un traje oscuro y no portaba armas.

Parecía más vulnerable sin ellas.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó.

—Camila cree que entre cuatro y siete años si el juez acepta mi cooperación.

—Es mucho.

—No comparado con lo que otros perdieron.

—Podrías dirigir las empresas legales desde afuera.

—No quiero dirigir nada hasta saber quién soy sin el apellido.

Valeria se acercó.

—Seguirás siendo Montalvo.

—Tú seguiste siendo Cruz incluso cuando utilizaste otro nombre.

—Porque mi padre me enseñó qué significaba.

—El mío murió antes de poder hacerlo.

—Entonces decide tú.

Santiago la miró.

—¿Me esperarías?

Valeria sintió miedo.

No a él.

A la promesa.

—No voy a congelar mi vida durante siete años.

—No te lo pediría.

—Pero tampoco voy a fingir que no siento nada.

Santiago rozó su mejilla con los dedos.

Esperó.

Siempre esperaba ahora.

Valeria cerró la distancia y lo besó.

No fue un beso desesperado.

No fue una promesa eterna.

Fue una verdad pequeña y presente.

Cuando se separaron, Santiago apoyó la frente contra la de ella.

—Eso dolerá cuando me vaya.

—Sí.

—No puedo detenerme.

Valeria sonrió.

—Esta vez tampoco quiero que lo hagas.

Santiago fue condenado a cinco años.

Cumplió poco más de tres por cooperación, buena conducta y entrega de activos utilizados para reparar a víctimas.

Valeria no lo visitó cada semana.

No construyó su vida alrededor de una sala de visitas.

Volvió a trabajar.

Ayudó a Camila a crear una unidad independiente de auditoría forense.

Declaró en juicios.

Fundó una organización con el nombre de su padre para apoyar a familias de denunciantes asesinados.

También discutió con Aurora sobre recetas, muebles y la costumbre de su madre de llamar tres veces al día.

Algunas heridas sanaron.

Otras dejaron cicatrices.

Todas se volvieron parte de una vida que ya no estaba guiada únicamente por la venganza.

El día que Santiago salió, Valeria lo esperó frente al centro penitenciario.

No llevaba vestido elegante.

No había automóviles negros.

Solo un vocho azul restaurado.

Santiago se quedó mirando el vehículo.

—No puede ser.

—Nadie busca a un exjefe criminal en un vocho azul.

—Eso es porque nadie cree que pueda caber.

—Sube.

Él abrió la puerta.

Antes de entrar, miró hacia el cielo.

Respiró el aire libre como si nunca hubiera conocido su sabor.

—¿A dónde vamos?

—A Amatitán.

—La hacienda quedó destruida.

—La reconstruimos.

—¿Quiénes?

—Teresa, doña Inés, mi tía, tu madrina y treinta trabajadores que aseguran que les debes salarios atrasados.

—Suena peligroso.

—También habrá comida.

—Entonces vale la pena el riesgo.

La antigua destilería se convirtió en una cooperativa legal.

Familias que habían trabajado para los Montalvo recibieron participación.

No hubo armas en las oficinas.

No hubo túneles secretos.

Valeria insistió en conservar uno como salida contra incendios.

Santiago decía que era porque disfrutaba recordarle que ella había tenido razón.

Ella no lo negaba.

Dos años después, Octavio murió en prisión.

No hubo funeral público.

Ningún político admitió haberlo conocido.

Aurora colocó una flor sobre la tumba vacía de Ernesto y, por primera vez, le contó toda la verdad.

—Tu padre descubrió algo más que lavado —dijo.

Valeria recordó la advertencia de Octavio.

—Lo que había debajo de la destilería.

Aurora asintió.

—Durante los años ochenta, el abuelo de Santiago construyó cámaras bajo una propiedad en Los Altos. No eran para almacenar tequila.

—¿Qué guardaban?

—Archivos.

—¿De quién?

—No lo sé. Ernesto decía que los nombres llegaban más arriba que cualquier persona que apareciera en las cuentas de Octavio.

—¿Por qué nunca se lo dijiste a Camila?

—Porque la entrada fue sellada y la ubicación estaba codificada en una segunda tarjeta.

—¿Dónde está?

Aurora miró el reloj de bolsillo de Ernesto, que Valeria llevaba ahora en una cadena.

—Creí que estaba dentro de ese reloj.

Valeria abrió el compartimiento.

Seguía vacío.

—Santiago dijo que Julián sacó la tarjeta.

—Julián solo recibió una.

—¿Había dos?

—Sí.

Un viento frío cruzó el cementerio.

Esa misma noche, Valeria revisó el reloj bajo una lámpara.

Había examinado el compartimiento decenas de veces.

Nada.

Santiago observaba desde la mesa.

—Tal vez Octavio encontró la segunda tarjeta.

—Si la hubiera tenido, no habría buscado la primera durante doce años.

—Tal vez Julián escondió ambas.

—Mi madre asegura que él solo le entregó una.

Valeria giró la corona del reloj.

Escuchó un clic.

No provenía del compartimiento trasero.

Provenía del borde del cristal.

Usó una aguja para levantar el marco.

Debajo apareció una tira delgada de papel encerado.

No era una tarjeta.

Era una serie de coordenadas y una frase escrita con la letra de Ernesto.

Valeria sintió que el corazón golpeaba contra sus costillas.

Santiago leyó por encima de su hombro.

La ubicación señalaba una zona montañosa al norte de Jalisco, lejos de las antiguas propiedades registradas.

La frase decía:

Aurora, si encuentras esto, no confíes en la fiscalía. Octavio solo era el guardián.

Debajo había una última línea.

Valeria reconoció el nombre.

Era el de Camila Robles.

En ese instante, el teléfono de Santiago sonó.

Número desconocido.

Contestó.

Nadie habló durante tres segundos.

Después se oyó la voz de un hombre.

Una voz que Valeria había escuchado en viejas grabaciones familiares.

Una voz imposible.

—Hija —dijo Ernesto Cruz—, si abriste el reloj, significa que Octavio está muerto. No vayas a las coordenadas. Ellos ya saben que me encontraste.

La llamada terminó.

Valeria miró a Santiago.

En la carretera, más allá de los campos de agave, aparecieron cuatro pares de luces avanzando hacia la hacienda.

Esta vez no eran automóviles de la familia Montalvo.

Y ninguno venía con las placas encendidas.

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