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Las hermanas que conquistaron el cine mexicano escondían un secreto imperdonable… y la noche en que una murió, la otra descubrió quién había ordenado matarlas

Las hermanas que conquistaron el cine mexicano escondían un secreto imperdonable… y la noche en que una murió, la otra descubrió quién había ordenado matarlas….!

La noche en que encontraron muerta a Madison Carter, su hermana recibió un sobre con fotografías tomadas después del accidente.

En la última imagen, Madison estaba de pie junto al coche destrozado, mirando directamente a la cámara.

Y en el reverso alguien había escrito con tinta roja:

«Una de las dos tenía que desaparecer».

Evelyn Carter no gritó.

No dejó caer el sobre.

No corrió hacia la ventana para comprobar si alguien la observaba desde la calle.

Se limitó a cerrar con llave la puerta de su camerino, bajar la persiana y colocar las seis fotografías sobre la mesa iluminada por bombillas.

Afuera, en el plató número cuatro de los Estudios Churubusco, más de cien personas seguían esperando que la actriz regresara para rodar la última escena de La viuda del general.

Nadie sabía todavía que Madison había muerto.

Nadie excepto Evelyn.

Nadie excepto la persona que había deslizado aquel sobre bajo su puerta.

En la primera fotografía aparecía el Mercedes negro de Madison bajando por la carretera de Toluca, bajo una lluvia feroz.

En la segunda, el coche se desviaba hacia el arcén.

En la tercera, atravesaba la barrera de protección.

En la cuarta, caía por el barranco.

En la quinta, el vehículo ardía entre los pinos.

Y en la sexta, Madison estaba viva.

Su vestido blanco tenía manchas de barro.

Su cabello rubio estaba pegado a la cara.

Una fina línea de sangre le bajaba desde la sien hasta la mandíbula.

Detrás de ella había un hombre alto con sombrero oscuro.

No se distinguía su rostro, pero sí el anillo que llevaba en la mano derecha.

Un anillo de oro con una serpiente enroscada alrededor de una pequeña piedra negra.

Evelyn conocía aquel anillo.

Lo había visto centenares de veces sobre mesas de restaurantes, contratos de cine y copas de coñac.

Pertenecía a Victor Hale, el productor más poderoso de México.

También era el hombre que había convertido a las hermanas Carter en estrellas.

Evelyn guardó las fotografías dentro de su bolso.

Después se miró al espejo.

A sus treinta y seis años seguía teniendo el rostro que las revistas llamaban perfecto: ojos verdes, pómulos altos, labios rojos y una melena castaña que los estudios aseguraban por una cantidad absurda de dinero.

Pero aquella noche no vio a la actriz que llenaba salas de Monterrey a Madrid.

Vio a la niña que, veinte años atrás, compartía una cama estrecha con Madison en una pensión de la colonia Guerrero.

Vio a la hermana mayor que le guardaba la mitad de su pan.

Vio a la joven que había prometido no abandonarla jamás.

No era la primera promesa rota entre ellas.

Pero quizá fuera la última.

Evelyn tomó el teléfono del camerino.

Marcó el número de la residencia de Madison en Lomas de Chapultepec.

Sonó nueve veces.

Nadie respondió.

Marcó de nuevo.

Esta vez contestó una voz masculina.

—Residencia de la señorita Carter.

Evelyn permaneció en silencio.

La voz no pertenecía al mayordomo de Madison.

Tampoco a su chófer.

—¿Quién habla? —preguntó ella.

Hubo una pausa breve.

—Se ha equivocado de número.

La llamada se cortó.

Evelyn dejó el auricular en su sitio y abrió la puerta del camerino.

El director, los técnicos y los extras se volvieron hacia ella.

—¿Ocurre algo? —preguntó Samuel Reed, el director de la película.

Evelyn caminó hasta el decorado del salón presidencial.

—Mi hermana ha sufrido un accidente.

Los murmullos atravesaron el plató.

Samuel se acercó.

—Dios mío. ¿Está…?

—Todavía no lo sé.

Era mentira.

O quizá no.

Las fotografías demostraban que Madison había sobrevivido al impacto.

Pero no demostraban que siguiera viva.

—Podemos suspender el rodaje —dijo Samuel.

Evelyn observó el enorme reloj del estudio.

Eran las diez y diecisiete de la noche.

Victor Hale llegaba siempre a las diez y media para revisar las escenas del día.

—No —respondió—. Terminaremos la secuencia.

Samuel la miró como si no hubiera entendido.

—Evelyn, tu hermana…

—Termina la secuencia, Samuel.

Su voz no tembló.

Quince minutos después, Evelyn estaba frente a la cámara interpretando a una mujer que descubría la traición de su marido.

Debía caminar hasta una mesa, levantar una pistola y decir una frase:

—Hay pecados que no merecen perdón.

Cuando pronunció aquellas palabras, Victor Hale acababa de entrar en el plató.

Llevaba un traje gris, un pañuelo de seda y el anillo de la serpiente en la mano derecha.

Evelyn apretó el gatillo.

El arma de utilería hizo un ruido seco.

Victor no parpadeó.

Pero su mano desapareció inmediatamente dentro del bolsillo de su chaqueta.

—¡Corten! —gritó Samuel.

Durante un instante nadie se movió.

Después el equipo comenzó a aplaudir.

Victor avanzó entre los focos con una sonrisa tranquila.

—Magnífica —dijo—. Tu mejor toma en años.

Evelyn dejó la pistola sobre la mesa.

—Madison ha sufrido un accidente.

Victor inclinó ligeramente la cabeza.

—Me han llamado hace unos minutos.

—¿Quién?

—La policía.

—La policía todavía no ha llamado a la familia.

La sonrisa de Victor se mantuvo intacta.

—Quizá porque me tienen registrado como representante legal.

—Ya no eres su representante.

—Los documentos tardan en actualizarse.

—Los anulamos hace ocho meses.

Victor la observó durante dos segundos demasiado largos.

Después apoyó una mano sobre su hombro.

—Ven a mi despacho. No deberías recibir la noticia delante de toda esta gente.

Evelyn apartó suavemente su mano.

—¿Qué noticia?

La sonrisa del productor desapareció.

Sólo durante un instante.

Luego volvió.

Más débil.

Más fría.

—Será mejor que hablemos en privado.

Caminaron por el pasillo principal de los estudios.

En las paredes colgaban carteles de las películas que habían convertido a las Carter en leyendas.

Dos corazones en Acapulco.

La noche de las gardenias.

El último tren a Veracruz.

En casi todos los carteles, Madison aparecía a la izquierda y Evelyn a la derecha.

Madison era la sonrisa luminosa.

Evelyn, la mirada misteriosa.

Madison conquistaba al público.

Evelyn inquietaba a la crítica.

Juntas eran invencibles.

Separadas apenas se hablaban.

Habían pasado once meses desde su última conversación verdadera.

Once meses desde que Madison había abandonado el rodaje de una película y acusado públicamente a Evelyn de intentar destruir su carrera.

La prensa había convertido la pelea en un espectáculo.

“LAS HERMANAS DE ORO SE ODIAN”.

“CELOS, DINERO Y UN HOMBRE CASADO”.

“EVELYN LE ROBA EL PAPEL DE SU VIDA A MADISON”.

Cada titular había sido cuidadosamente alimentado por alguien.

Ahora Evelyn comenzaba a sospechar quién.

Entraron en el despacho de Victor.

Había una botella de coñac abierta y dos vasos preparados.

Aquello no parecía una reacción improvisada ante una tragedia.

Parecía una reunión prevista.

Victor cerró la puerta.

—El coche de Madison cayó por un barranco a las ocho y cuarenta —dijo—. Los bomberos encontraron un cuerpo dentro.

Evelyn tomó uno de los vasos, olió el coñac y lo dejó intacto.

—¿Han identificado el cuerpo?

—Llevaba su pulsera.

—Pregunté si han identificado el cuerpo.

—Estaba quemado.

—Entonces no saben si era ella.

Victor se sirvió una copa.

—No te aferres a falsas esperanzas.

—No me aferro a nada.

—Evelyn…

—¿Quién conducía?

El productor bebió un sorbo.

—Madison.

—Nunca conducía bajo la lluvia.

—Tal vez bebió.

—No bebía desde hacía tres años.

—Tal vez estaba alterada.

—¿Por qué?

Victor dejó la copa sobre el escritorio.

—Habíais discutido.

—Eso fue hace once meses.

—Para algunas personas, las heridas duran más.

Evelyn miró el anillo.

La serpiente dorada rodeaba la piedra negra.

Exactamente igual que en la fotografía.

—¿Dónde estabas a las ocho y cuarenta?

Victor soltó una risa breve.

—¿Me estás interrogando?

—Estoy preguntando.

—Cenando con dos distribuidores españoles en el Club de Industriales.

—¿Nombres?

—No seas absurda.

Evelyn abrió el bolso.

Victor tensó la mandíbula.

Ella sacó un pañuelo, se limpió una pequeña mancha de maquillaje de la mano y volvió a guardarlo.

No enseñó las fotografías.

Todavía no.

—Quiero ver el lugar del accidente —dijo.

—La carretera está cerrada.

—Conoces a todo el mundo.

—Ni siquiera tú puedes convertir una tragedia en una escena de cine.

Evelyn se acercó al escritorio.

—No necesito convertirla en nada. Sólo necesito saber quién escribió el guion.

Victor sostuvo su mirada.

Por primera vez desde que había entrado en el despacho, el productor pareció medir sus palabras.

—Estás conmocionada.

—Estoy perfectamente lúcida.

—Vete a casa.

—Primero iré al barranco.

—No te lo aconsejo.

—Entonces iré.

Victor golpeó suavemente la mesa con la yema de un dedo.

Una vez.

Dos veces.

Tres veces.

—Tu hermana estaba asustada —dijo—. Las últimas semanas veía amenazas en todas partes.

—¿Te habló de ellas?

—Me pidió ayuda.

—¿Cuándo?

—Esta mañana.

Aquello hizo que Evelyn se detuviera.

Madison detestaba a Victor desde hacía meses.

Había roto su contrato con él.

Había vendido varias joyas para pagar abogados.

No habría pedido ayuda al productor salvo que estuviera desesperada.

—¿Qué te dijo?

—Que alguien la seguía.

—¿Quién?

—No lo sabía.

—¿Y tú qué hiciste?

Victor se encogió de hombros.

—Le recomendé descansar.

—Mi hermana te dijo que alguien la seguía y tú le recomendaste dormir.

—Madison llevaba años confundiendo el miedo con la intuición.

Evelyn tomó la botella de coñac y llenó el vaso de Victor hasta el borde.

—Mi hermana podía ser cruel, impulsiva y orgullosa. Pero nunca confundía el miedo.

Dejó la botella.

—Hacía que los demás lo confundieran por ella.

Salió del despacho sin despedirse.

Mientras caminaba hacia el aparcamiento, repitió mentalmente cinco frases.

No habían llamado a la familia.

No habían identificado el cuerpo.

Victor conocía la hora exacta.

Victor sabía que Madison estaba asustada.

Victor tenía preparado el coñac.

No era una prueba.

Pero era un comienzo.

Porque Madison había mentido muchas veces.

Porque Madison había traicionado a muchas personas.

Porque Madison había utilizado su belleza como una llave y su fama como un cuchillo.

Porque Madison había roto contratos, matrimonios y promesas.

Porque Madison podía fingir lágrimas delante de una cámara sin sentir una sola.

Pero Madison jamás conducía bajo la lluvia.

Evelyn llegó al barranco a medianoche.

La carretera olía a tierra mojada, gasolina y madera quemada.

Dos patrullas bloqueaban el acceso.

Más abajo, entre los árboles, las luces de los bomberos iluminaban el esqueleto retorcido del Mercedes.

Un agente joven se acercó al coche de Evelyn.

—La carretera está cerrada, señora.

Ella bajó la ventanilla.

—Soy Evelyn Carter.

El agente la reconoció de inmediato.

Su expresión cambió de autoridad a incomodidad.

—Señorita Carter, lo siento mucho.

—¿Quién está al mando?

—El comandante Ruiz.

—Dígale que necesito hablar con él.

—No puede bajar.

—No he dicho que vaya a hacerlo. He dicho que necesito hablar con el comandante.

El agente dudó y después se alejó.

Evelyn examinó la zona.

A la derecha de la carretera había marcas oscuras sobre el asfalto.

No empezaban junto al barranco.

Empezaban casi cuarenta metros antes.

Dos líneas paralelas.

Una pertenecía al Mercedes.

La otra, probablemente, a otro vehículo.

Encendió las luces largas.

En el barro del arcén distinguió huellas profundas de neumáticos.

Un coche había frenado junto al de Madison.

Tal vez lo había obligado a desviarse.

Tal vez había esperado a que cayera.

El comandante Ruiz apareció con el impermeable abierto y el rostro cansado.

—Señorita Carter.

—¿Encontraron un cuerpo?

—Sí.

—¿Dentro del coche?

—En el asiento del conductor.

—¿Podría ser un hombre?

El comandante frunció el ceño.

—¿Por qué pregunta eso?

—Porque mi hermana llevaba tacones esta noche.

—El cuerpo llevaba un zapato de mujer.

—¿Uno?

Ruiz guardó silencio.

—¿Encontraron el otro?

—Todavía estamos revisando la zona.

Evelyn señaló las marcas del asfalto.

—Había otro vehículo.

—Podrían ser antiguas.

—Ha llovido durante tres horas. Las marcas antiguas estarían borradas.

El comandante miró hacia la carretera.

—Los peritos decidirán.

—¿Quién informó a Victor Hale?

Ruiz volvió a mirarla.

—No conozco a ese señor.

Era una respuesta demasiado rápida.

—Ha dicho que la policía lo llamó.

—Yo no lo llamé.

—¿Alguien de su equipo?

—Señorita Carter, tenemos trabajo.

—¿Identificaron el cuerpo por una pulsera?

Ruiz respiró hondo.

—Una pulsera de platino con las iniciales M. C.

—Yo tengo una igual.

El comandante bajó la vista hacia la muñeca de Evelyn.

Ella llevaba la pulsera gemela.

Victor se las había regalado a ambas durante el estreno de La noche de las gardenias.

—Necesitarán pruebas dentales —dijo Evelyn—. Y quiero una autopsia completa.

—Naturalmente.

—También quiero que recojan las huellas del segundo coche antes de que vuelva a llover.

Ruiz apretó los labios.

—No puede dar órdenes en una investigación.

—No estoy dando órdenes. Estoy evitando que mañana tenga que explicar por qué ignoró una evidencia evidente delante de veinte periodistas.

El comandante sostuvo su mirada.

Después llamó a un agente.

—Fotografíen esas marcas y protejan el arcén.

Primer resultado.

Pequeño.

Pero suficiente.

Evelyn abrió la puerta del coche.

—No puede bajar —dijo Ruiz.

—Mi hermana pudo salir del vehículo.

El comandante se puso delante.

—Encontramos un cuerpo.

—Eso no significa que fuera ella.

—¿Tiene algún motivo para pensar lo contrario?

Evelyn pensó en las fotografías.

Si las entregaba, quedarían en manos de la policía.

Y si Victor tenía a alguien dentro del cuerpo, las imágenes desaparecerían antes del amanecer.

—Intuición —respondió.

Ruiz no pareció convencido.

Evelyn tampoco necesitaba que lo estuviera.

Regresó a Ciudad de México a la una y veinte.

No fue a su casa.

Fue a la residencia de Madison.

La mansión estaba a oscuras, salvo por una luz en la cocina.

La verja principal permanecía abierta.

Eso nunca ocurría.

Evelyn aparcó dos calles más abajo y caminó bajo la lluvia.

No llevaba paraguas.

La seda de su vestido se pegó a sus piernas.

Al acercarse a la entrada lateral, vio una sombra moverse detrás de una cortina.

Esperó.

Un hombre salió por la puerta de servicio cargando una caja de madera.

Llevaba guantes negros y una gabardina clara.

No era el mayordomo.

El hombre dejó la caja en el maletero de un Chevrolet y regresó a la casa.

Evelyn anotó la matrícula en el reverso de una invitación.

Luego rodeó el jardín.

La ventana del despacho de Madison estaba entreabierta.

Evelyn metió los dedos, levantó el marco y entró.

El olor de su hermana seguía allí.

Jazmín.

Tabaco mentolado.

Polvo compacto.

Sobre una silla descansaba el abrigo rojo que Madison había usado aquella mañana en una entrevista televisiva.

En el escritorio había una taza de café seco.

Dos cigarrillos apagados.

Y una máquina de escribir con una hoja a medio sacar.

Evelyn encendió una lámpara pequeña.

La página estaba en blanco.

Pero la cinta de la máquina conservaba la impresión de las últimas palabras mecanografiadas.

Sacó un lápiz de labios del bolso, rompió un trozo de papel fino del bloc y lo colocó sobre la cinta.

Presionó con cuidado.

Las letras aparecieron invertidas.

No podía leerlas todavía.

Oyó pasos en el pasillo.

Apagó la lámpara.

El hombre de la gabardina entró en el despacho acompañado por otro.

—El cajón está vacío —dijo el segundo.

—Entonces lo llevaba encima.

—¿Y si se lo dio a la hermana?

—No tuvieron contacto.

—Eso dice Hale.

Evelyn contuvo la respiración.

—Revisa detrás de los cuadros —ordenó el primero—. Nos vamos antes de que llegue el notario.

Los hombres comenzaron a registrar la habitación.

Evelyn se deslizó detrás de las cortinas.

Uno de ellos abrió cajones.

El otro retiró un cuadro de la pared.

—¿Qué estamos buscando exactamente? —preguntó.

—Una película.

—¿Una película de cine?

—Una cinta de dieciséis milímetros.

—¿Qué contiene?

—No te pagan por hacer preguntas.

Evelyn miró hacia el escritorio.

Debajo de la máquina de escribir sobresalía el borde de una llave pequeña.

Recordó algo.

Cuando eran jóvenes, Madison escondía dinero pegándolo con cinta bajo los muebles.

Decía que los ladrones miraban dentro de los cajones, nunca debajo.

Evelyn esperó a que los hombres se alejaran hacia la biblioteca.

Después se agachó, arrancó la llave y la guardó en el escote del vestido.

El hombre de la gabardina regresó sin avisar.

Quedaron separados por menos de dos metros.

Evelyn no corrió.

Cogió un cenicero y lo lanzó contra la ventana del lado opuesto.

El cristal estalló.

Los dos hombres se volvieron hacia el ruido.

Evelyn salió de detrás de la cortina, cruzó el despacho y alcanzó el pasillo antes de que comprendieran lo ocurrido.

—¡Eh!

Bajó las escaleras.

No gritó.

No miró atrás.

En el recibidor vio el bolso de Madison sobre una consola.

Lo agarró sin detenerse.

Uno de los hombres apareció en lo alto de las escaleras.

—¡Detente!

Evelyn abrió la puerta principal.

El segundo hombre intentó cortarle el paso desde la cocina.

Ella arrojó una lámpara contra el suelo.

La oscuridad cubrió el vestíbulo.

Salió al jardín.

Corrió hasta la calle.

Cuando llegó a su coche, el Chevrolet ya arrancaba detrás de ella.

Evelyn encendió el motor.

No tomó el camino hacia su casa.

Condujo hacia el Paseo de la Reforma y se mezcló entre taxis, autobuses nocturnos y coches que salían de los cabarés.

El Chevrolet la siguió durante seis manzanas.

Evelyn redujo la velocidad cerca del Ángel de la Independencia.

Un policía de tránsito estaba deteniendo vehículos en un control.

El Chevrolet giró bruscamente por una calle lateral.

Segundo resultado.

Ya tenía una matrícula.

Una llave.

Y el bolso de Madison.

A las dos y cinco llegó al apartamento de Noah Bennett, un antiguo fotógrafo de prensa que había trabajado con las hermanas durante sus primeros años en el cine.

Noah abrió la puerta en camiseta, con una cámara colgada del cuello.

—Cuando una actriz famosa llama a mi puerta a las dos de la mañana —dijo—, suele ser por una de tres razones.

—Necesito tu laboratorio.

Noah observó su vestido mojado.

—Ésa no estaba entre las tres.

Evelyn entró.

El apartamento estaba lleno de negativos, periódicos viejos y cámaras desmontadas.

Noah había sido uno de los mejores fotógrafos de México.

Hasta que una serie de imágenes comprometedoras desapareció de su archivo y ningún estudio volvió a contratarlo.

Victor Hale se había asegurado de ello.

Evelyn colocó las fotografías del accidente sobre la mesa.

Noah dejó de bromear.

—¿De dónde las has sacado?

—Las dejaron en mi camerino.

El fotógrafo examinó la última imagen con una lupa.

—Es Madison.

—Lo sé.

—Y éste es Hale.

—No se ve su cara.

—No necesito verla.

Noah señaló el borde izquierdo de la imagen.

—Mira el reflejo en el metal del coche.

Evelyn se inclinó.

En la carrocería destrozada aparecía una figura deformada.

Sombrero oscuro.

Hombros anchos.

La mano levantada.

Y un rostro parcial.

Victor.

—¿Puedes ampliarlo?

—Sí.

—Haz varias copias.

Noah levantó la vista.

—¿La policía cree que está muerta?

—Han encontrado un cuerpo.

—Pero tú no.

—Todavía no.

Evelyn vació el bolso de Madison sobre la mesa.

Un monedero.

Un peine.

Un pequeño frasco de perfume.

Un paquete de cigarrillos.

Dos entradas de cine.

Un recibo de una farmacia.

Y una medalla de la Virgen de Guadalupe que Madison siempre llevaba colgada al cuello.

La cadena estaba rota.

Noah la tocó.

—Madison nunca se quitaba esto.

—Alguien se lo arrancó.

Dentro del monedero encontraron una tarjeta doblada.

No tenía nombre.

Sólo una dirección escrita a mano:

Calle de Londres, 144. Coyoacán. Sótano.

Y debajo:

Jueves. Medianoche. Si no llego, busca a Evelyn.

Era jueves.

Medianoche había pasado hacía dos horas.

Noah se puso una chaqueta.

—Voy contigo.

—No.

—Te siguen hombres que registran casas y buscan películas. No vas sola.

—Precisamente por eso.

—Evelyn…

—Necesito que hagas las ampliaciones y guardes los negativos en un lugar que Hale no conozca.

Noah miró las fotografías.

—Yo ya me enfrenté a él una vez.

—Y te destruyó.

—Sigo aquí.

—Quiero que sigas aquí mañana.

Noah apretó la mandíbula.

—Madison me llamó hace cuatro días.

Evelyn se quedó inmóvil.

—¿Qué quería?

—Saber si aún conservaba los negativos de vuestra primera prueba de cámara.

—¿Por qué?

—No quiso decírmelo.

—¿Los conservas?

—Sí.

—Enséñamelos.

Noah abrió un armario metálico y sacó una caja etiquetada con el año en que las hermanas habían llegado al estudio.

Colocó los negativos sobre una mesa de luz.

Las imágenes mostraban a Evelyn y Madison con diecisiete y diecinueve años.

Vestidos prestados.

Zapatos demasiado grandes.

Sonrisas tensas.

En una de las fotografías aparecía Victor Hale detrás de ellas.

Más joven.

Sin canas.

Con el mismo anillo.

En otra imagen se veía a un hombre desconocido hablando con Madison.

Era delgado, llevaba gafas redondas y sostenía una carpeta contra el pecho.

—¿Quién es? —preguntó Evelyn.

Noah acercó la lupa.

—Thomas Blake. Contable de los estudios.

—No lo recuerdo.

—Desapareció una semana después de vuestra prueba.

—¿Desapareció?

—Dijeron que robó dinero y huyó a Estados Unidos.

—¿Quién lo dijo?

Noah no respondió.

No era necesario.

Victor Hale.

Evelyn miró la dirección de Coyoacán.

—Haz una copia de esta foto.

—¿Crees que está relacionado?

—Creo que Madison sí lo creía.

A las tres menos cuarto, Evelyn llegó a la calle de Londres.

Coyoacán dormía bajo una llovizna fina.

Las fachadas de colores parecían oscuras y húmedas.

El número 144 correspondía a un antiguo cine cerrado desde hacía años.

Sobre la marquesina aún se leía un nombre descolorido:

CINE IMPERIAL.

La puerta lateral estaba abierta.

Evelyn entró.

El vestíbulo olía a polvo y humedad.

Había carteles arrancados, butacas apiladas y una taquilla cubierta de telarañas.

Encontró las escaleras hacia el sótano.

La llave de Madison encajó en la cerradura.

Abajo había una pequeña sala de proyección.

Un proyector de dieciséis milímetros ocupaba el centro.

Sobre una mesa descansaban tres latas de película.

Dos estaban vacías.

La tercera tenía una etiqueta:

PRUEBA C. 17 — ORIGINAL.

Evelyn abrió la lata.

Dentro no había película.

Sólo una nota.

«Si has llegado hasta aquí, Victor ya sabe que encontré la cinta.»

Evelyn continuó leyendo.

«No confíes en la policía. No confíes en el estudio. No confíes en nadie que estuviera presente la noche de nuestro primer contrato.»

Debajo había otra frase.

«Y, sobre todo, no creas que mamá murió como nos contaron.»

Evelyn leyó la línea dos veces.

Su madre, Margaret Carter, había muerto cuando ellas eran niñas.

Al menos eso les había dicho su padre.

Una fiebre.

Un hospital en Texas.

Un entierro al que nunca asistieron.

Evelyn dio la vuelta al papel.

Había un dibujo.

Una serpiente rodeando una piedra negra.

Debajo, una fecha:

18 de octubre de 1948.

La fecha de su primera prueba de cámara.

Un ruido metálico sonó arriba.

Alguien había cerrado la puerta del cine.

Evelyn apagó la lámpara del sótano.

Escuchó pasos.

Uno.

Dos.

Tres hombres.

—Revisad la cabina —ordenó una voz.

Era el hombre de la gabardina.

La habían seguido.

Evelyn examinó la sala.

No había ventanas.

Sólo una puerta secundaria detrás de la pantalla.

Corrió hacia ella.

Estaba cerrada con un candado oxidado.

Los pasos bajaban por la escalera.

Evelyn cogió una de las latas vacías y la colocó en el proyector.

Después encendió la máquina.

El motor comenzó a girar con un traqueteo fuerte.

La luz del proyector iluminó la pared.

—Está abajo —gritó uno de los hombres.

Evelyn se escondió junto a la puerta.

El primero entró con una pistola.

Miró hacia el proyector.

Evelyn golpeó su muñeca con la lata metálica.

El arma cayó.

Ella la recogió antes de que tocara el suelo.

—No te muevas.

El hombre levantó las manos.

Los otros dos se detuvieron en la escalera.

—Tengo una pistola —dijo Evelyn—. Y vuestro amigo está delante.

—No vas a disparar —respondió el hombre de la gabardina.

—Probablemente no.

Apuntó al proyector y disparó.

La bombilla explotó.

La sala quedó completamente a oscuras.

Los hombres gritaron.

Evelyn cruzó la puerta principal del sótano, subió las escaleras y llegó al vestíbulo.

La salida estaba encadenada.

Buscó otra vía.

Detrás de la taquilla encontró una puerta estrecha que daba al antiguo patio.

La abrió de una patada.

Salió a un callejón.

Corrió hacia su coche.

Una figura apareció frente a ella.

Evelyn levantó la pistola.

—Baja el arma —dijo una voz femenina.

Evelyn dejó de respirar.

La mujer estaba empapada.

Tenía el cabello rubio pegado al rostro.

Una venda cubría su sien.

Vestía pantalones oscuros, botas y una chaqueta que le quedaba demasiado grande.

Pero no había duda.

Era Madison.

Viva.

Evelyn no corrió a abrazarla.

No lloró.

No bajó el arma.

—Di algo que sólo mi hermana sepa.

Madison miró hacia la puerta trasera del cine.

—A los once años robaste seis dólares de la cartera de papá para comprarme un vestido azul.

—Eso lo sabía papá.

—Después me obligaste a prometer que diríamos que el dinero se había caído por la ventana.

—Eso también podía saberlo.

Madison apretó los dientes.

—Cuando dormíamos en la pensión de la Guerrero, contabas hasta setenta cada vez que tenías miedo. Nunca llegabas a ochenta porque yo te cogía la mano.

Evelyn bajó lentamente la pistola.

Madison dio un paso hacia ella.

—Tenemos que irnos.

—Encontraron un cuerpo en tu coche.

—Lo sé.

—¿Quién era?

Madison miró hacia el cine.

—Una mujer que Victor ya había matado antes de meterla allí.

Evelyn abrió la puerta del coche.

—Sube.

Arrancaron justo cuando los tres hombres salían al callejón.

Uno disparó.

La bala rompió la luz trasera.

Evelyn aceleró.

Atravesaron Coyoacán en silencio hasta llegar a la avenida Universidad.

Madison miraba continuamente por el espejo.

—Cambia de coche —dijo.

—Primero dime por qué fingiste tu muerte.

—Yo no la fingí.

—Las fotografías te muestran viva junto al barranco.

—El coche me golpeó por detrás. Perdí el control. Caí, pero el Mercedes quedó atrapado entre dos árboles antes de llegar al fondo. Salí por la puerta del acompañante.

—¿Y el fuego?

—Lo provocaron después.

—¿Victor estaba allí?

Madison se tocó la venda.

—Llegó cinco minutos más tarde.

—¿Te vio?

—No.

—Hay una fotografía en la que estás frente a él.

Madison giró la cabeza.

—¿Qué fotografía?

Evelyn no respondió.

Madison extendió la mano.

—Enséñamela.

—No hasta que me cuentes todo.

La actriz mayor soltó una risa amarga.

—Sigues creyendo que esto es una negociación.

—Todo es una negociación cuando alguien oculta información.

—Me estaban siguiendo desde hacía semanas.

—Lo sé.

—Victor quería una película que encontré en un archivo privado.

—¿Qué contiene?

—Nuestra primera prueba de cámara.

—He visto los negativos.

—No hablo de la prueba oficial.

Evelyn la miró brevemente.

—Entonces, ¿de qué hablas?

—De lo que ocurrió después.

Madison sacó un cigarrillo, pero tenía las manos tan rígidas que no pudo encenderlo.

Evelyn tomó el mechero y acercó la llama.

—Después de la prueba, Victor nos hizo esperar en un camerino —continuó Madison—. Tú te quedaste dormida. Yo salí a buscar agua.

—No recuerdo nada.

—Porque alguien puso un sedante en tu café.

Evelyn mantuvo los ojos en la carretera.

—¿Quién?

—No lo sé. Cuando regresé, había tres hombres en la habitación. Victor. Thomas Blake. Y otro al que nunca había visto.

—¿Qué hacían?

Madison fumó.

—Discutían sobre unos contratos, varias cuentas bancarias y una lista de nombres. Thomas decía que no participaría. Victor le dijo que ya era demasiado tarde.

—¿Y la cámara?

—Había un operador rodando pruebas en el pasillo. Dejó el equipo encendido. La película registró la conversación a través de la puerta entreabierta.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque Thomas escondió el rollo y me dio la llave del lugar donde pensaba guardarlo.

Evelyn sintió el peso de la llave en el bolsillo.

—Tenías diecinueve años.

—Y estaba aterrorizada.

—¿Por qué no me lo contaste?

Madison miró por la ventana.

—A la mañana siguiente Thomas desapareció. Tres días después, Victor consiguió nuestro primer contrato. Una semana después, papá recibió dinero para regresar a Estados Unidos sin nosotras.

—Papá dijo que nos había abandonado.

—Eso fue lo que Victor quiso que creyéramos.

Evelyn apretó el volante.

—¿Por qué buscaste la película ahora?

—Porque Thomas Blake no huyó.

—¿Está vivo?

—No.

Madison sacó un recorte de periódico del bolsillo.

Era una noticia pequeña sobre la demolición de una bodega antigua en las afueras de Puebla.

Durante las obras habían encontrado restos humanos bajo el suelo.

Junto al esqueleto había unas gafas redondas y una placa metálica con las iniciales T. B.

—La policía no relacionó los restos con el estudio —dijo Madison—. Pero yo sí.

—¿Cómo encontraste la cinta?

—No la encontré. Encontré a la hija del operador de cámara. Su padre guardó el rollo durante años. Antes de morir, le contó que era un seguro contra Victor.

—¿Dónde está ella?

—Muerta.

Evelyn la miró.

—¿También?

—Atropellada hace dos semanas.

—¿La cinta estaba en su casa?

—Había una copia. La original desapareció.

—¿Viste la copia?

Madison asintió.

—La conversación está incompleta, pero se oye suficiente.

—¿Qué nombres mencionan?

Madison tardó en responder.

—Productores. Políticos. Dueños de periódicos. Jefes de policía.

—¿Y nuestra madre?

Madison cerró los ojos.

—También.

El coche pareció volverse más pequeño.

—Nuestra madre murió antes de que llegáramos a México.

—Eso nos dijeron.

—¿Aparece en la película?

—No su rostro. Su nombre.

—Margaret Carter no es un nombre extraño.

—Mencionan a “Margaret Carter, cantante del Hotel Reforma”. Nuestra madre cantaba allí antes de conocerse con papá.

Evelyn aparcó junto a un parque vacío.

Apagó el motor.

La lluvia golpeó el techo.

—Dime la verdad completa.

Madison la miró.

Por primera vez, ya no parecía una estrella.

Parecía cansada.

Mucho mayor.

—Victor no nos eligió por talento —dijo—. Nos eligió porque sabía quiénes éramos.

—¿Quiénes éramos?

—Las hijas de una mujer que había intentado denunciarlo.

Evelyn permaneció inmóvil.

Madison continuó:

—Mamá descubrió que Victor y varios socios utilizaban los estudios para lavar dinero. También organizaban fiestas privadas donde grababan a jueces, empresarios y funcionarios para chantajearlos. Ella consiguió documentos. Quiso entregarlos a un periodista.

—¿Y Victor la mató?

—No lo sé.

—Has escrito que no murió como nos contaron.

—Porque encontré una carta suya fechada tres años después de su supuesto entierro.

Madison sacó un sobre arrugado.

El papel estaba amarillento.

La letra era delicada.

Evelyn reconoció la firma.

Margaret.

—¿Dónde estaba?

—Dentro de la copia de la película.

Evelyn abrió la carta.

Sólo había cuatro líneas.

Mis niñas:

Si algún día veis esto, significa que no conseguí volver. No confiéis en Victor Hale. Vuestro padre aceptó un trato para salvaros, pero el trato nunca fue salvaros. Fue convertirlas en algo que ellos pudieran controlar.

Perdonadme.

Evelyn dobló la carta con cuidado.

—¿Por qué discutiste conmigo hace once meses?

Madison apartó la mirada.

—Porque Victor sabía que yo estaba investigando.

—No has respondido.

—Necesitaba que pareciera que nos odiábamos.

—Me acusaste de acostarme con tu marido.

—Lo sé.

—Dijiste que había robado tu papel.

—Lo sé.

—Hiciste que medio país me llamara traidora.

—Era la única forma de alejarte de mí.

Evelyn observó a su hermana durante varios segundos.

—Podías haberme contado la verdad.

—No sabía quién estaba contigo.

—No confiabas en mí.

—Confiaba en ti. No confiaba en las personas que te rodeaban.

—No es lo mismo.

—Para alguien que estaba siendo vigilada, sí lo era.

Evelyn volvió a encender el motor.

—¿Dónde está la copia?

—En un lugar seguro.

—¿Dónde?

—No voy a decírtelo.

—Han intentado matarte.

—Precisamente.

—Y han entrado en tu casa.

—Precisamente.

—Madison, si mueres de verdad, la cinta desaparece.

Su hermana guardó silencio.

Evelyn condujo hasta un hotel pequeño cerca de la Alameda Central.

No usaron la entrada principal.

El recepcionista nocturno reconoció a ambas, pero Evelyn colocó varios billetes sobre el mostrador.

—No nos ha visto.

El hombre miró el dinero.

—No he visto a nadie.

Subieron a una habitación del tercer piso.

Madison se encerró en el baño para limpiar la herida.

Evelyn llamó a Noah desde el teléfono de la habitación.

Nadie respondió.

Llamó otra vez.

Nada.

A la tercera llamada, alguien descolgó.

—¿Noah?

Silencio.

Luego una respiración.

—¿Quién está ahí?

La voz de Victor Hale respondió:

—Te pedí que fueras a casa.

Evelyn no dijo nada.

—Tu amigo ha tenido una noche difícil —continuó Victor—. Pero todavía respira.

—Quiero escucharlo.

Se oyó un golpe.

Después, la voz débil de Noah:

—No les des nada, Evelyn.

Otro golpe interrumpió la frase.

—Las fotografías —dijo Victor—. Los negativos. Y cualquier cosa que Madison te haya entregado.

—Madison está muerta.

Victor soltó una risa baja.

—Siempre fuiste mejor actriz que ella.

Evelyn miró la puerta del baño.

Madison había salido y escuchaba.

—¿Dónde está Noah? —preguntó Evelyn.

—En un lugar lleno de recuerdos.

—Eso no significa nada.

—Para vosotras sí. El primer plató. La primera prueba. El primer contrato.

Estudios Churubusco.

—¿Qué quieres?

—Un intercambio.

—¿A qué hora?

—Antes del amanecer.

—Necesito comprobar que Noah está vivo.

—Ya lo has oído.

—Quiero hablar con él durante un minuto.

—Treinta segundos.

Hubo ruidos.

Noah volvió al teléfono.

—Evelyn, escucha. En la ampliación… hay otra persona en el reflejo.

La línea se cortó.

Evelyn sostuvo el auricular.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Madison.

—Que hay otra persona en la fotografía.

—¿Quién?

—No lo sé.

Madison comenzó a vestirse.

—No puedes ir al estudio.

—Voy a ir.

—Es una trampa.

—Claro que es una trampa.

—Entonces ¿por qué?

Evelyn abrió su bolso y sacó las fotografías.

—Porque Victor cree que tiene todas las piezas.

Extendió la última imagen sobre la cama.

Madison se acercó.

Su rostro perdió el color.

—Dijiste que Victor no te vio —dijo Evelyn.

—No me vio.

—Está detrás de ti.

—Yo no estaba delante de él.

—La fotografía demuestra lo contrario.

Madison tomó la imagen con manos temblorosas.

—Esto no ocurrió así.

—¿Qué ocurrió?

—Salí del coche. Me escondí detrás de unos árboles. Vi a Victor llegar. Dos hombres colocaron el cuerpo en el asiento. Luego incendiaron el Mercedes.

—¿Dónde estabas cuando tomaron esta foto?

—A unos veinte metros, detrás de ellos.

Evelyn examinó la imagen.

—Entonces está manipulada.

Madison negó con la cabeza.

—En aquella carretera no había ningún fotógrafo.

—Alguien hizo seis fotografías.

—No, Evelyn.

Madison señaló la esquina inferior.

Había una pequeña marca blanca.

Un número de fotograma.

—Esto no son fotografías independientes. Son fotogramas extraídos de una película.

Evelyn acercó la imagen a la lámpara.

Una película.

Alguien había filmado el accidente.

—La persona que dejó el sobre tenía acceso a la grabación —dijo.

—Y quería que sospecharas de Victor.

—Victor estaba allí.

—Sí, pero quizá no fue quien planeó el accidente.

Evelyn recordó las palabras de Noah.

Había otra persona en el reflejo.

Volvieron a observar la carrocería del Mercedes.

Junto al reflejo deformado de Victor había una silueta más pequeña.

Una mujer.

Su rostro estaba parcialmente cubierto por la luz del incendio.

Pero llevaba un abrigo rojo.

El mismo abrigo que Evelyn había visto horas antes en la residencia de Madison.

—Tu abrigo —dijo Evelyn.

Madison retrocedió.

—No.

—Estaba en tu casa.

—No lo llevaba esa noche.

—¿Quién más podía tenerlo?

Madison miró la fotografía como si acabara de abrirse una grieta bajo sus pies.

Después susurró un nombre.

—Claire.

—¿Quién es Claire?

—Mi asistente.

—Nunca me hablaste de ella.

—La contraté hace seis meses. Me ayudó a localizar los archivos y a contactar con la hija del operador.

—¿Dónde está ahora?

—Creí que había huido.

—¿Por qué?

—Desapareció esta mañana.

Evelyn guardó las fotografías.

—¿Claire conocía la ubicación de la copia?

Madison no respondió.

—Madison.

—Sí.

—¿Podía acceder a tu casa?

—Sí.

—¿Tenía un juego de llaves?

—Sí.

—Entonces quizá Victor no busca la película porque ya la tiene.

—No. Claire no sabía la combinación de la caja.

—¿Qué caja?

Madison se sentó lentamente.

—La copia está en una caja de seguridad.

—¿En qué banco?

—No es un banco.

—¿Dónde?

Madison cerró los ojos.

—Debajo del escenario del plató número cuatro.

Evelyn sintió un escalofrío.

El mismo plató donde había estado rodando esa noche.

El mismo lugar al que Victor acababa de citarla.

—¿Cuándo la escondiste?

—Hace tres días.

—Victor no quiere que lleves la película al estudio.

Madison abrió los ojos.

—Quiere que vayamos a buscarla.

—Y que lo conduzcamos directamente hasta ella.

Durante unos segundos sólo se oyó la lluvia.

Entonces llamaron a la puerta.

Tres golpes suaves.

Evelyn levantó la pistola.

Madison se colocó detrás de la pared.

—Servicio de habitaciones —dijo una voz femenina.

No habían pedido nada.

Evelyn se acercó sin hacer ruido.

Miró por la mirilla.

Una mujer joven empujaba un carrito.

Llevaba uniforme del hotel.

El cabello negro recogido.

El rostro pálido.

Y un abrigo rojo doblado sobre el carrito.

Evelyn abrió la puerta de golpe y apuntó.

La mujer levantó las manos.

—No dispares.

Madison apareció.

—Claire.

La asistente entró rápidamente.

Evelyn cerró la puerta.

—¿Nos has seguido? —preguntó Madison.

—Yo no. Ellos sí.

—¿Quiénes?

Claire miró a Evelyn.

—Victor no controla esto.

—Estaba en el barranco —dijo Evelyn.

—Porque lo obligaron a ir.

Madison soltó una risa incrédula.

—¿Ahora Victor es una víctima?

—No. Victor es muchas cosas. Pero esta noche no intentaba matarte.

Claire sacó una pequeña grabadora del bolsillo.

—Yo filmé el accidente.

Evelyn no bajó el arma.

—¿Por qué?

—Madison me pidió que la siguiera a distancia. Sabía que alguien iba detrás de ella.

—¿Quién conducía el segundo coche?

Claire miró hacia la ventana.

—No pude ver el rostro. Pero vi quién dio la orden después.

—¿Victor?

—No.

—Entonces habla.

Claire dejó la grabadora sobre la cama.

—Primero tenéis que escuchar esto.

Pulsó un botón.

La cinta comenzó a girar.

Se oyó viento.

Lluvia.

El sonido lejano de un motor.

Después, la voz de Victor:

—Dijiste que no tocaríais a las hermanas.

Otra voz respondió.

Era una mujer.

Su tono era sereno, elegante, casi maternal.

—Dije que no tocaríamos a las dos.

Evelyn sintió que Madison le agarraba el brazo.

En la grabación, Victor dijo:

—El acuerdo era controlarlas.

—El acuerdo cambió cuando Madison encontró la película.

—Si la matas, Evelyn investigará.

La mujer respondió con una calma terrible:

—Por eso le enviaremos fotografías. Por eso dejaremos que sospeche de ti. Y por eso, antes del amanecer, ella misma nos llevará hasta la copia.

Evelyn detuvo la grabación.

—¿Quién es?

Claire no respondió.

—¿Quién es esa mujer?

La asistente abrió el abrigo rojo y sacó un sobre.

Dentro había una fotografía antigua.

Mostraba la entrada del Hotel Reforma, décadas atrás.

Una joven cantante sonreía junto a un coche.

Tenía el cabello oscuro, ojos verdes y los mismos pómulos de Evelyn.

En el reverso había una fecha reciente.

No antigua.

Tres meses antes.

Y una frase:

«Margaret Carter regresa a Ciudad de México».

Madison dejó escapar el aire.

—Mamá está viva.

Claire negó lentamente.

—Esa mujer usa el nombre de vuestra madre.

—¿Quién es entonces? —preguntó Evelyn.

Antes de que Claire respondiera, la ventana de la habitación estalló.

Una bala atravesó el cristal y golpeó a Claire en el pecho.

Madison se tiró al suelo.

Evelyn apagó la lámpara y arrastró a Claire detrás de la cama.

La asistente respiraba con dificultad.

La sangre oscurecía su uniforme.

—¿Quién es? —insistió Evelyn, presionando la herida con una toalla—. Dime quién es esa mujer.

Claire intentó hablar.

No salió ningún sonido.

Evelyn acercó el oído.

—La… película…

—¿Qué ocurre con la película?

—No muestra… un asesinato…

—¿Qué muestra?

Claire abrió los ojos.

—Vuestro nacimiento.

En el pasillo comenzaron a oírse pasos.

Muchos.

Madison tomó la pistola.

—Tenemos que salir.

Evelyn levantó a Claire.

—No la dejaremos.

—Van a entrar.

Los pasos se detuvieron frente a la puerta.

Una voz femenina habló desde el otro lado.

La misma voz de la grabación.

Serena.

Elegante.

Maternal.

—Evelyn, abre la puerta.

Evelyn se quedó paralizada.

Había escuchado aquella voz antes.

No en una película.

No en una entrevista.

No en un sueño.

En una vieja cinta infantil que su padre les ponía cada cumpleaños para que recordaran a su madre.

Madison también la reconoció.

La pistola tembló por primera vez en sus manos.

La mujer volvió a hablar.

—Sé que Madison está contigo.

Evelyn miró la ventana rota.

Tres pisos de caída.

Ninguna salida.

La cerradura comenzó a girar desde fuera.

—No os haré daño —dijo la mujer—. Sólo quiero recuperar lo que me pertenece.

La puerta se abrió unos centímetros.

Una mano apareció en la rendija.

Llevaba un anillo de oro.

Una serpiente enroscada alrededor de una piedra negra.

Pero no era la mano de Victor Hale.

Era una mano femenina.

Y en su muñeca brillaba una pulsera de platino con las iniciales:

M. C.

La misma pulsera que llevaba el cuerpo quemado dentro del coche.

La misma pulsera que llevaba Evelyn.

La misma pulsera que, según Madison, sólo existía por duplicado.

La puerta siguió abriéndose.

Y la mujer dijo:

—Ya es hora de que sepáis cuál de vosotras es realmente mi hija.

(FIN)

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