La noche anterior a la boda del hombre que había p...

La noche anterior a la boda del hombre que había prometido amarla para siempre,

Part 2: Muerta e invisible, Jazmín presencia la boda que la reemplaza

Jazmín esperaba desaparecer, pero abrió los ojos dentro de una hacienda iluminada por cientos de lámparas y tardó varios segundos en comprender que estaba de pie en el lugar donde Alejandro y Renata celebrarían su boda a la mañana siguiente. Intentó tocar una mesa y sus dedos atravesaron la madera, intentó abrir una puerta y su cuerpo incorpóreo pasó directamente a través de ella, mientras ninguna de las personas que decoraban el salón parecía capaz de verla. Entonces Alejandro entró acompañado por Renata y Mateo, y una fuerza invisible arrastró a Jazmín hacia él hasta dejarla a pocos pasos del hombre que había sido su esposo. Mateo corrió hacia Alejandro llamándolo “papá”, y Alejandro se inclinó para levantarlo con una ternura que hizo que Jazmín recordara las veces que había sostenido a Alma exactamente de aquella manera. Renata sonrió como una mujer que finalmente había conseguido todo cuanto deseaba.

—¿Crees que Jazmín venga mañana? —preguntó Renata mientras observaba los arreglos de flores, muchos de ellos hechos con jazmines blancos porque Alejandro había insistido en utilizarlos pese a la evidente incomodidad de su futura esposa. —Vendrá —respondió él—, necesito que entienda que esto terminó y que todos debemos seguir adelante. Jazmín quiso golpearlo, gritarle que Alma llevaba una semana muerta y que ningún padre decente hablaba de “seguir adelante” siete días después de perder a una hija, pero sus manos atravesaron su cuerpo. El sistema había desaparecido, aunque una nueva regla parecía mantener su conciencia encadenada a Alejandro y obligarla a seguir cada uno de sus movimientos. Aquello no era una segunda oportunidad, sino una condena.

A la mañana siguiente llegaron empresarios, políticos locales, familiares y amigos convencidos de que presenciarían una de las bodas más comentadas del año en Yucatán, mientras Alejandro preguntaba repetidamente a sus asistentes si el automóvil enviado por Jazmín había regresado. Cuando le dijeron por tercera vez que nadie la había encontrado, su expresión se endureció y ordenó continuar con la ceremonia. Renata apareció vestida de blanco y Mateo caminó delante de ella llevando los anillos, mientras Jazmín permanecía junto al altar mirando cómo el hombre que había permitido la muerte de Alma prometía proteger a otra familia. Cuando Alejandro besó a Renata, los invitados aplaudieron. Entonces las puertas de la hacienda se abrieron.

Elena Rivas, madre de Alejandro, entró acompañada por Doña Chayo, dos abogados y varios agentes, y el rostro de Alejandro cambió inmediatamente porque su madre no llevaba vestido de celebración, sino ropa negra. —Mamá, ¿qué significa esto? Elena no respondió al principio, porque estaba mirando a su hijo con una mezcla de horror y vergüenza que Jazmín jamás había visto en ella. Doña Chayo sostenía una pequeña memoria digital entre sus dedos y lloraba tan intensamente que apenas consiguió pronunciar las palabras. —Señor Alejandro, la niña Jazmín no vendrá. Alejandro frunció el ceño y respondió: —Entonces iremos por ella después.

—Jazmín murió —dijo Elena.

La música se detuvo, Renata perdió el color del rostro y Alejandro permaneció inmóvil mientras Elena explicaba que Jazmín había recogido las cenizas de Alma la noche anterior, había dejado documentos, mensajes y una grabación para las autoridades y después había desaparecido cerca de Progreso. Alejandro negó con la cabeza como si la realidad pudiera modificarse mediante insistencia. —No, ella no haría eso; Jazmín siempre regresa. Jazmín, invisible frente a él, comprendió de pronto el verdadero significado de aquellas palabras: él había contado durante años con que ella regresara sin importar cuánto daño recibiera. Elena avanzó hasta quedar frente a su hijo y lo abofeteó con tanta fuerza que el sonido atravesó el salón.

—Tu hija murió hace siete días y hoy estabas celebrando una boda —dijo Elena—, así que no vuelvas a decirme lo que Jazmín haría o dejaría de hacer porque claramente nunca entendiste a ninguna de las dos. Alejandro abandonó el salón, subió a su automóvil y condujo hasta la casa donde había vivido con Jazmín, mientras la conciencia de ella era arrastrada detrás de él. Entró en la habitación de Alma y encontró una pequeña caja con ropa que Jazmín había preparado para cuando la bebé cumpliera seis meses. Sacó un vestido amarillo, lo apretó contra su pecho y por primera vez desde la muerte de la niña comenzó a llorar sin preocuparse por quién pudiera verlo. Jazmín permaneció frente a él sin sentir compasión.

—Lloras porque ahora el dolor te pertenece —susurró aunque él no pudiera escucharla—; cuando era mío, solamente me pedías paciencia.

Part 3: Una prueba demuestra que Alma murió por una mentira

Renata llegó aquella noche convencida de que podía recuperar el control de la situación y encontró a Alejandro sentado en el suelo de la habitación de Alma rodeado por juguetes, mantas y fotografías, sosteniendo entre las manos el pequeño brazalete del hospital donde aparecía el nombre de su hija. Intentó acercarse y le recordó que Mateo estaba vivo gracias al sacrificio realizado, utilizando deliberadamente aquella palabra porque durante meses ambos habían convertido la muerte potencial de Alma en una especie de ecuación moral donde una niña podía ser arriesgada para salvar a otro niño. Alejandro levantó lentamente la cabeza. —Alma no se sacrificó; tenía cuatro meses y nadie le preguntó nada. Renata retrocedió porque aquella era la primera vez que él pronunciaba en voz alta una verdad que ambos habían evitado.

—Jazmín tomó su decisión —respondió Renata—, no puedes responsabilizarnos por lo que hizo después. Alejandro soltó una risa amarga y recordó las semanas durante las cuales había permitido que guardias controlaran las llamadas de Jazmín, las veces que ella le pidió solamente cinco minutos con su hija y la ocasión en que se arrodilló frente a él ofreciendo renunciar a cada propiedad que compartían a cambio de recuperar a Alma. No había necesitado golpearla para destruirla; había utilizado médicos, abogados, empleados y la autoridad que su apellido le proporcionaba hasta convertirla en una prisionera dentro de su propia vida. —Vete —dijo. Renata se negó.

El teléfono sonó antes de que pudiera continuar y Elena pidió que ambos fueran inmediatamente al hospital privado donde un especialista había repetido varias pruebas relacionadas con Mateo, porque algo encontrado en los expedientes de la clínica clandestina no coincidía con los archivos médicos originales. Dos horas después, un genetista colocó frente a Alejandro resultados que excluían de manera concluyente la paternidad biológica. Durante varios segundos nadie habló. Alejandro leyó el documento una vez, después otra, buscando desesperadamente una interpretación alternativa que no existía. Mateo no era su hijo.

Renata comenzó diciendo que aquello no cambiaba los años durante los cuales Alejandro había actuado como padre, pero él golpeó la mesa con ambas manos y preguntó quién era el verdadero padre del niño. Ella aseguró no saberlo con certeza. Elena colocó entonces sobre la mesa otros documentos recuperados de una cuenta bancaria y varias conversaciones donde Renata había pagado a intermediarios para alterar estudios médicos y construir la apariencia de una relación genética entre Alejandro y Mateo. Lo había hecho años antes porque necesitaba dinero para tratar la enfermedad del niño y sabía que Alejandro jamás abandonaría a alguien a quien considerara hijo suyo. Después, cuando apareció la posibilidad de utilizar material biológico de Alma, permitió que la mentira creciera hasta convertirse en una sentencia de muerte.

Alejandro vomitó en el baño del hospital.

Jazmín lo observó desde el pasillo y descubrió que la revelación no le producía la satisfacción que había imaginado, porque demostrar que Renata era una manipuladora no convertía a Alejandro en una víctima inocente. Renata había mentido, pero él había elegido creerle incluso cuando Jazmín gritaba que estaban poniendo en peligro a una bebé indefensa. Había tenido dinero suficiente para consultar especialistas legítimos, poder suficiente para detener la clínica y oportunidades suficientes para escuchar a su esposa. No lo hizo.

La investigación avanzó rápidamente porque Jazmín había preparado pruebas antes de desaparecer, incluyendo copias de mensajes, registros de llamadas, fotografías de los hombres que vigilaban la casa y una grabación donde narraba cronológicamente lo ocurrido desde que descubrió la existencia de Mateo. Alejandro escuchó aquella grabación sentado frente a un fiscal, y cuando la voz de Jazmín dijo “si están escuchando esto, probablemente yo ya no tenga fuerzas para seguir luchando”, bajó la cabeza. Renata fue detenida junto con dos intermediarios y tres personas relacionadas con la clínica. Varios ejecutivos de una empresa de la familia Rivas también quedaron bajo investigación por facilitar recursos. Y aunque los abogados intentaron proteger a Alejandro, él tomó una decisión inesperada.

—No quiero que eliminen mi responsabilidad —dijo a su madre.

Elena lo miró como si no lo reconociera.

—Podrías perderlo todo.

—Ya lo perdí.

Aceptó declarar, entregar comunicaciones y reconocer públicamente que había autorizado decisiones relacionadas con Alma pese a las objeciones de Jazmín, aunque aquello significara consecuencias civiles y posiblemente penales. Después regresó a la casa y pasó horas mirando videos de su hija. En uno, Alma estaba sobre el pecho de Jazmín mientras Alejandro aparecía detrás de la cámara haciendo sonidos ridículos para conseguir que sonriera. La bebé soltó una carcajada.

Alejandro detuvo el video.

—¿Me odiabas, pequeña?

Jazmín sintió rabia.

Alma no había vivido suficiente para aprender a odiar.

Entonces Alejandro levantó los ojos.

Miró directamente hacia donde Jazmín estaba.

Y susurró:

—¿Jaz?

Part 4: Alejandro comienza a recordar al hombre que fue antes

Jazmín retrocedió porque durante semanas Alejandro había atravesado su presencia sin verla, pero ahora sus ojos seguían cada movimiento que hacía mientras una interferencia violenta explotaba dentro de su cabeza y la voz del sistema regresaba después de un silencio que había parecido definitivo. —Anomalía narrativa detectada; protagonista desarrollando conciencia transversal. Jazmín preguntó qué significaba aquello, pero el sistema respondió únicamente con fragmentos incomprensibles sobre recuerdos bloqueados y contaminación entre mundos. Alejandro se puso de pie. —Sé que estás aquí.

No podía verla completamente, solamente percibir una silueta donde no debería existir nadie, pero aquella noche comenzó a recordar sueños que en realidad pertenecían a otras vidas. Vio a Jazmín usando vestidos de otra época, después ropa revolucionaria, después uniformes de una vida moderna que nunca había vivido, y en cada recuerdo él tenía otro nombre aunque siempre terminaba destruyendo a la misma mujer por orgullo, miedo, poder o cobardía. En una existencia había elegido a su familia por encima de ella. En otra la castigó por un supuesto engaño que jamás ocurrió. En todas recordaba demasiado tarde.

Los recuerdos aumentaron durante los días siguientes y Alejandro comprendió que una voz similar a la que Jazmín llamaba sistema también había intervenido sobre él, aunque de manera distinta, presentándose como intuiciones, certezas y reglas narrativas que siempre le aseguraban que ella era la protagonista y, por lo tanto, sobreviviría. Cuando permitió que se llevaran a Alma, aquella voz había repetido que Jazmín no abandonaría definitivamente porque “la heroína debe permanecer vinculada al protagonista hasta el cierre”. Cuando vio el miedo de Jazmín frente a la clínica, el sistema le aseguró que todavía existía una ruta de reconciliación. Cuando dudó antes del procedimiento, escuchó que Alma era un personaje secundario cuya pérdida activaría una etapa necesaria. Alejandro había aceptado aquellas ideas porque le permitían posponer la decisión moral que tenía delante.

Pero comprender la manipulación no borraba su responsabilidad.

Eso fue lo primero que dijo cuando finalmente consiguió ver a Jazmín durante algunos segundos completos.

—No quiero que esto se convierta en una excusa.

Ella lo miró con frialdad.

—Me alegra porque no lo es.

—Yo escuchaba una voz.

—Y yo te gritaba en la cara.

Alejandro cerró los ojos.

—Lo sé.

—Entonces elegiste cuál escuchar.

Aquellas palabras permanecieron entre ambos.

Alejandro comenzó a recuperar recuerdos más antiguos y descubrió que las seis historias anteriores no eran el principio, porque detrás de ellas existía otra vida donde él no se llamaba Alejandro Rivas. Su nombre había sido Adrián Mendoza. Había conocido a Jazmín cuando ambos eran adolescentes, habían estudiado juntos, compartido un pequeño departamento después de graduarse y finalmente se habían casado en un jardín lleno de flores blancas.

En aquella vida Adrián no había sido cruel.

Había sido el hombre que Jazmín llevaba siete mundos intentando recuperar.

Una Nochevieja, mientras celebraban entre una multitud, ocurrió una estampida después de un incidente que desató pánico en la plaza y Adrián utilizó su cuerpo para proteger a Jazmín. Ella sobrevivió prácticamente ilesa. Él sufrió una lesión cerebral devastadora y nunca volvió a despertar realmente.

Jazmín permaneció a su lado durante décadas.

Se hizo vieja hablando con un hombre inmóvil.

Celebró aniversarios.

Le leyó libros.

Le contó cómo cambiaba la ciudad.

Cuando Adrián murió, ella era una anciana.

Poco antes de su propia muerte deseó encontrarlo nuevamente si existía algo después.

El sistema escuchó aquel deseo.

Y lo convirtió en siete historias.

Alejandro cayó de rodillas cuando recuperó el último recuerdo, porque recordó también algo que Adrián decía mucho antes de que Alma existiera en aquella séptima vida.

—Si algún día tenemos una hija, quiero llamarla Alma.

Jazmín comenzó a llorar.

Durante seis mundos había tolerado versiones terribles de aquel rostro porque esperaba reencontrar al hombre que había sacrificado su futuro para salvarla.

Pero cuando Alejandro sacrificó a su propia bebé, aquella esperanza terminó.

—Ahora entiendes por qué me fui —dijo.

Alejandro levantó los ojos.

—Sí.

—Tú no eras Adrián.

—No.

Por primera vez dejó de pedir perdón.

Porque comprendió que algunas palabras, cuando llegan demasiado tarde, pueden convertirse en otra forma de egoísmo.

Part 5: Siete vidas revelan que su amor había sido una prisión

Los recuerdos completos demostraron que el sistema no había creado aquellas vidas para recompensar a Jazmín, sino para estudiar hasta dónde podía mantenerse un vínculo emocional cuando dos conciencias eran colocadas repetidamente dentro de historias diseñadas alrededor de pérdida, poder, separación y reconciliación. Jazmín había sido presentada como participante voluntaria porque aceptó las siete misiones, pero nunca le explicaron que Adrián también sería utilizado como plantilla para fabricar protagonistas con personalidades alteradas. Cada nuevo hombre conservaba fragmentos emocionales del original sin recordar de dónde procedían. Por eso todos sentían una atracción inexplicable hacia ella. Y por eso el sistema podía convertir ese amor en obsesión, posesión o crueldad dependiendo del conflicto requerido.

Jazmín sintió náuseas cuando comprendió que había interpretado aquella repetición como destino romántico, cuando en realidad había estado atrapada dentro de una máquina que utilizaba su esperanza para mantenerla participando. Había perdonado demasiado porque pensaba que abandonar a cualquiera de aquellos hombres equivalía a abandonar a Adrián. Había confundido resistencia con fidelidad. Había considerado el sufrimiento una prueba de que su amor era profundo. Alma había sido la primera pérdida suficientemente grande para obligarla a romper esa lógica.

—Entonces ella nos salvó —dijo Alejandro.

Jazmín lo miró.

—No conviertas su muerte en algo necesario.

Alejandro bajó la cabeza inmediatamente.

—Tienes razón.

—Alma no murió para enseñarnos una lección.

—Lo sé.

—Murió porque adultos que podían protegerla no lo hicieron.

Él asintió.

Aquella diferencia era importante.

Durante toda su vida Alejandro había transformado tragedias en narraciones donde eventualmente aparecía una razón que hacía soportable lo ocurrido. Jazmín ya no quería razones. Quería reconocer que algunas cosas eran simplemente injustas y que ninguna revelación posterior podía convertirlas en correctas.

El sistema comenzó a perder estabilidad a medida que ambos recuperaban recuerdos, porque el programa dependía de mantener separadas las identidades de cada historia. Alejandro empezó a recordar conversaciones que no pertenecían a aquel mundo. Jazmín comenzó a percibir puertas invisibles, fragmentos de escenarios y líneas de luz atravesando edificios. Algunas personas repetían movimientos durante segundos sin notarlo. El cielo se congelaba ocasionalmente como una imagen detenida.

—El mundo está colapsando —advirtió el sistema.

—Entonces déjanos salir —respondió Jazmín.

—La anfitriona falló la misión siete.

—Entonces elimíname como prometiste.

—La conciencia del protagonista permanece vinculada.

Alejandro escuchó aquello.

—¿Qué ocurre si yo rompo el vínculo?

Silencio.

Jazmín sintió miedo.

—No hagas nada estúpido.

Él sonrió tristemente.

—Eso llega bastante tarde.

Alejandro comprendió que su papel como protagonista funcionaba como ancla narrativa y que mientras siguiera intentando recuperar a Jazmín, el sistema podía mantener activa la historia. La única forma de destruir aquella estructura era rechazar voluntariamente el objetivo que había definido su existencia. No bastaba con arrepentirse. Debía aceptar que Jazmín podía marcharse para siempre.

Fue a la tumba de Alma al amanecer.

Dejó una rama de jazmín blanco.

Después visitó el lugar simbólico donde habían colocado el nombre de Jazmín aunque nunca encontraron un cuerpo.

Ella estaba a su lado.

—Durante todas estas vidas siempre pensé que amar significaba conseguir que volvieras —dijo Alejandro.

Jazmín permaneció callada.

—Adrián te amaba bien una vez.

—Sí.

—Yo no.

Ella no discutió.

—Así que si destruir esto significa que nunca volveré a encontrarte, lo aceptaré.

El suelo tembló.

La voz del sistema gritó.

—Protagonista: comportamiento incompatible con ruta principal.

Alejandro sonrió entre lágrimas.

—Perfecto.

Miró a Jazmín.

—Vete.

El cielo se partió.

Part 6: Para liberarla, Alejandro debe aceptar perderla para siempre

La ciudad comenzó a desintegrarse alrededor de ellos como un escenario construido con recuerdos, primero desaparecieron edificios lejanos, después calles enteras y finalmente el cementerio quedó suspendido dentro de una oscuridad atravesada por líneas blancas, mientras el sistema ordenaba a Alejandro restablecer el vínculo emocional antes de que el mundo fuera cancelado. Él se negó. Jazmín intentó alcanzarlo, pero una barrera invisible apareció entre ambos. Por primera vez ella era quien no quería marcharse.

—¡Alejandro!

Él levantó la mirada.

Durante un segundo su rostro cambió.

Ya no era solamente Alejandro.

Jazmín vio a los hombres de las seis vidas anteriores y finalmente a Adrián, el joven que una vez había compartido ramen barato con ella dentro de un departamento donde la lluvia entraba por una ventana rota.

—No me llames Adrián —dijo él.

Jazmín sintió que algo se rompía dentro de su pecho.

—¿Por qué?

—Porque necesito responder por Alejandro antes de poder recordar con orgullo quién fui.

El sistema ofreció entonces una última ruta: restaurar la historia una semana antes del procedimiento de Alma, borrar los recuerdos de ambos y permitir que la misión continuara desde allí. Jazmín casi dejó de respirar. Podría recuperar a su hija. Podría impedir la clínica.

—Acepto —dijo inmediatamente.

—No —respondió Alejandro.

Ella lo miró con furia.

—¡Podemos salvarla!

—¿A qué precio?

—¡No me importa!

El sistema explicó que la restauración eliminaría la conciencia adquirida por ambos, lo que significaba que repetirían las personalidades y decisiones originales sin garantía de cambiar el resultado. La posibilidad de salvar a Alma existía, pero también la posibilidad de condenarla nuevamente y reiniciar el ciclo indefinidamente. Jazmín comenzó a temblar. El sistema estaba utilizando exactamente aquello que sabía que ella jamás podría rechazar fácilmente.

Alejandro se acercó a la barrera.

—Mírame.

—Cállate.

—Jaz.

—¡Cállate!

—No puedes entregar eternamente tu libertad por una posibilidad diseñada para mantenerte aquí.

Ella golpeó la barrera.

—Era mi hija.

—También era la mía.

—Entonces deberías querer volver.

Alejandro cerró los ojos.

—Quiero volver cada segundo.

Aquello la silenció.

—Pero querer deshacer una tragedia no significa que quien ofrece hacerlo sea digno de confianza.

Jazmín comprendió la trampa.

Durante siete vidas el sistema había sobrevivido gracias a una sola cosa: su incapacidad para aceptar una pérdida.

Primero Adrián.

Ahora Alma.

Siempre le ofrecía una puerta hacia atrás.

Nunca una vida hacia adelante.

Jazmín apoyó la frente contra la barrera y lloró hasta que no pudo mantenerse de pie.

—Quiero a mi bebé.

—Lo sé.

—Quiero cargarla una vez más.

—Yo también.

—Quiero escucharla reír.

Alejandro comenzó a llorar.

—Yo también.

No intentó decir que todo estaría bien.

No lo estaría.

Alma seguiría muerta.

Y esa verdad era precisamente lo que debían aceptar para impedir que alguien utilizara su dolor como cadena.

Jazmín levantó la cabeza.

—Rechazo la restauración.

La oscuridad tembló.

—Confirmación requerida.

—La rechazo.

—La decisión es irreversible.

Jazmín cerró los ojos.

—Lo sé.

Alejandro pronunció lo mismo.

El sistema comenzó a colapsar.

Entonces la barrera desapareció.

Alejandro quedó frente a Jazmín.

Podía haberla abrazado.

No lo hizo.

—¿Qué quieres ahora? —preguntó.

Aquella pregunta parecía sencilla.

Pero durante siete vidas nadie se la había formulado sin esperar una respuesta determinada.

Jazmín miró hacia la oscuridad.

—Quiero una vida que no esté escrita alrededor de ti.

Alejandro palideció.

Aun así, asintió.

—Entonces espero que la tengas.

La luz los separó.

Y esa vez Alejandro no corrió detrás de ella.

Part 7: Jazmín recibe un deseo, pero rechaza borrar su pasado

Cuando Jazmín abrió los ojos estaba dentro de un espacio blanco sin paredes visibles y frente a ella apareció una puerta cerrada, mientras la voz del sistema sonaba diferente, debilitada y carente de la seguridad mecánica que había mostrado durante siete vidas. Explicó que el colapso había revelado irregularidades fundamentales en el programa y que las decisiones independientes de ambos habían invalidado los parámetros de la misión. Técnicamente Jazmín había fracasado. Sin embargo, también había demostrado que el sistema estaba manipulando participantes de maneras incompatibles con sus propias reglas.

—La recompensa será concedida.

Jazmín soltó una risa agotada.

—Después de todo esto todavía quieres darme un premio.

—Puedes solicitar una modificación.

Su primera reacción fue inmediata.

—Devuélveme a Alma.

Hubo un silencio largo.

—No puedo reconstruir una conciencia que solamente existió dentro de un mundo cancelado sin recrear ese mundo completo.

Jazmín cerró los ojos.

—Entonces devuelve a Adrián.

—Es posible.

—¿Con sus recuerdos?

—Puedes elegir.

Aquello era más difícil.

Podía pedir un Adrián que recordara siete vidas y cargara el peso de cada atrocidad cometida por sus distintas versiones. También podía pedir que olvidara todo y regresara como el joven que ella había amado originalmente.

Pero entonces comprendió algo.

No quería fabricar un hombre perfecto para recompensarse.

Eso sería otra historia escrita.

—Quiero una vida real —dijo.

—Define “real”.

—Sin misiones, sin protagonistas, sin obligarnos a encontrarnos, sin convertir el dolor en puntos y sin garantizar que alguien me ame.

La voz permaneció silenciosa.

—¿Y Adrián?

Jazmín pensó durante mucho tiempo.

—Dale una vida también.

—¿Debe encontrarte?

—No.

Pronunciarlo dolió.

—¿Debe recordarte?

—No lo sé.

—Se requiere una elección.

Jazmín respiró.

—Que conserve solamente aquello que su conciencia pueda soportar naturalmente; nada impuesto.

La puerta comenzó a abrirse.

Del otro lado había una ciudad iluminada por el sol.

—¿Y mis recuerdos? —preguntó.

—Puedes eliminarlos.

Jazmín pensó en Alma.

Si borraba todo, también desaparecerían de su memoria las cuatro semanas durante las cuales su hija había dormido sobre su pecho, los dedos diminutos, la manta rosa y aquella risa que ningún sistema podría reproducir correctamente.

—No.

—Los recuerdos causarán dolor.

—También son míos.

La puerta terminó de abrirse.

Jazmín cruzó.

Despertó con veintinueve años en Guadalajara, una carrera como restauradora de libros antiguos, un pequeño departamento, una familia adoptiva que la quería y una historia personal completamente distinta. Los recuerdos de aquella nueva vida existían dentro de ella como si siempre hubieran estado allí. Pero también conservaba los anteriores.

Durante meses no buscó a Adrián.

Fue a terapia.

Trabajó.

Aprendió a dormir sin esperar voces.

Plantó jazmines en el balcón y durante semanas no consiguió mirarlos sin llorar.

En el cumpleaños que Alma habría tenido, compró un pequeño pastel y encendió una vela.

Nadie entendía por qué.

No necesitaba que entendieran.

—Feliz cumpleaños, pequeña —susurró.

Apagó la vela.

Aquella noche soñó con Alma.

No como cenizas.

Como una bebé riendo.

A la mañana siguiente Jazmín se levantó con los ojos hinchados y fue a trabajar.

Eso era vivir.

No olvidar.

No convertir el dolor en identidad.

Simplemente continuar llevando aquello que no podía dejar atrás.

Pasaron casi dos años.

Jazmín comenzó a creer que Adrián había recibido otra vida muy lejos.

Quizá se había casado.

Quizá tenía hijos.

La idea todavía dolía, pero ya no la destruía.

Entonces una tarde salió de una librería con cuatro volúmenes apoyados contra el pecho y chocó con un hombre que llevaba café.

Los libros cayeron.

—Perdón —dijo él.

Jazmín reconoció la voz antes de levantar la mirada.

Su corazón se detuvo.

Adrián estaba frente a ella.

Part 8: Esta vez Adrián debe conocerla sin destino ni promesas

Adrián parecía tener aproximadamente su edad, vestía una camisa azul sencilla y llevaba una cámara colgada del hombro, pero lo que paralizó a Jazmín no fue su rostro sino la expresión de confusión que apareció en sus ojos al verla, como si una parte de él acabara de reconocer algo que su memoria consciente no podía nombrar. Se agachó inmediatamente para recoger los libros. Jazmín hizo lo mismo. Sus manos casi se tocaron.

—¿Nos conocemos? —preguntó él.

Durante siete vidas Jazmín habría respondido que sí.

Habría buscado una señal.

Habría interpretado aquel encuentro como destino.

Esta vez respiró.

—No creo.

Adrián sonrió.

—Qué raro.

—¿Qué?

—Sentí que sí.

Jazmín sostuvo los libros contra su pecho.

—A veces pasa.

Podía marcharse.

Y durante unos segundos consideró seriamente hacerlo.

Entonces Adrián levantó el vaso de café derramado.

—Como acabo de sacrificar mi café para intentar asesinar tus libros, supongo que te debo uno.

Jazmín rio.

La risa salió antes de que pudiera detenerla.

Adrián quedó inmóvil.

Algo atravesó su expresión.

No un recuerdo completo.

Una sensación.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella.

—Nada.

Él tocó su sien.

—Por un segundo imaginé un jardín lleno de jazmines.

Jazmín sintió lágrimas.

Pero no dijo nada sobre siete vidas.

Aceptó el café.

Hablaron cuarenta minutos.

Adrián era fotógrafo documental y había regresado recientemente a Guadalajara después de varios años trabajando fuera del país. No recordaba a Jazmín, Alejandro, Renata ni Alma. Sin embargo, confesó que desde niño tenía sueños recurrentes donde una mujer anciana permanecía sentada junto a una cama de hospital tomándole la mano.

Jazmín tuvo que mirar hacia la ventana.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Parece que vas a llorar.

—Es una historia demasiado larga.

Adrián sonrió.

—Tengo tiempo.

Ella negó suavemente.

—No hoy.

Él aceptó.

Eso también era diferente.

No exigió respuestas.

No convirtió su curiosidad en derecho.

Antes de marcharse preguntó si podía volver a verla.

Jazmín sintió miedo.

No el miedo sobrenatural de perder una misión.

Un miedo humano.

Normal.

El miedo de permitir que alguien importante volviera a entrar.

—Puedes darme tu número —respondió.

Adrián lo hizo.

No la llamó esa noche.

Ni al día siguiente.

Jazmín comenzó a irritarse consigo misma por mirar el teléfono.

El tercer día llegó un mensaje.

“Encontré una cafetería con pastel terrible y café excelente. Parece un riesgo razonable.”

Jazmín sonrió.

Respondió.

Comenzaron lentamente.

Durante meses no hubo confesiones sobrenaturales.

Solamente cenas, paseos, discusiones sobre películas y silencios cómodos.

Jazmín descubrió cosas nuevas sobre él que jamás habían existido en su primera vida.

Adrián descubrió que ella odiaba las sorpresas, necesitaba dormir con una pequeña luz encendida y algunas noches despertaba llorando sin poder explicar por qué.

Nunca la presionó.

Un año después, Jazmín decidió contarle.

No todo de una vez.

Primero habló de los sueños.

Después del sistema.

Después de Alejandro.

Finalmente de Alma.

Adrián permaneció en silencio durante mucho tiempo.

—¿Yo hice eso?

—Una versión de ti.

—Pero tenía mi conciencia.

—Sí.

Adrián se levantó y caminó hasta la ventana.

Jazmín esperó.

Cuando volvió estaba llorando.

—No sé cómo pedirte perdón por algo que no recuerdo.

—No quiero que lo hagas.

—Pero siento…

—Adrián, si vamos a tener algo, necesito que entiendas esto: tú no eres una deuda que el universo me debe.

Él la miró.

—¿Entonces qué soy?

Jazmín respiró.

—Un hombre al que estoy conociendo.

La respuesta pareció liberarlo.

Meses después visitaron el mar.

Jazmín llevó una pequeña caja con una rama seca de jazmín, una fotografía que había dibujado de memoria y una cinta rosa.

La dejó junto al agua.

Adrián permaneció lejos.

No intentó apropiarse de aquel duelo.

Jazmín regresó hacia él cuando estuvo preparada.

—¿Alma tenía tus ojos? —preguntó.

Ella sonrió entre lágrimas.

—No.

—¿Los tuyos?

—Sí.

Adrián tomó su mano.

—Me habría gustado conocerla.

Jazmín apretó sus dedos.

—A mí me habría gustado que ella conociera al verdadero tú.

El mar continuó moviéndose frente a ellos.

Ninguna voz apareció.

No recibieron puntos.

Ninguna música anunció que habían completado una misión.

Y precisamente por eso aquel momento significó más que cualquiera de las siete vidas anteriores.

Part 9: Después de siete vidas, finalmente escribieron su propio final

Cinco años después, Jazmín despertó una mañana de primavera y encontró a Adrián intentando preparar desayuno mientras el detector de humo protestaba desde la cocina, una escena tan ordinaria que durante algunos segundos permaneció en la puerta observándolo con una felicidad que jamás habría reconocido como extraordinaria en sus vidas anteriores. No vivían en una mansión, no poseían empresas poderosas y nadie había diseñado tragedias espectaculares para demostrar la intensidad de su amor. Tenían una casa pequeña, trabajos que a veces los agotaban, discusiones sobre dinero, una perra llamada Luna que destruía zapatos y un jardín donde Adrián había plantado jazmines sin saber inicialmente por qué aquella flor significaba tanto para ambos. Se habían casado dos años antes en una ceremonia sencilla. Jazmín había llevado una pequeña cinta rosa cosida dentro del vestido.

Nunca intentaron reemplazar a Alma.

Cuando finalmente decidieron tener hijos, Jazmín pasó meses aterrorizada.

Cada consulta médica despertaba recuerdos de aquella séptima vida.

Adrián jamás le decía que todo estaría bien porque ambos sabían que nadie podía prometer algo así.

En cambio decía:

—Estoy aquí.

Cuando nació su primera hija, Adrián lloró antes incluso de poder cargarla.

La niña estaba sana.

Jazmín la sostuvo durante horas.

Habían elegido llamarla Lucía.

No Alma.

Ese nombre pertenecía a una niña que había existido y merecía conservar su propia identidad.

Años después llegó un niño llamado Gabriel.

Jazmín les habló de Alma cuando tuvieron edad suficiente para entender.

No explicó sistemas ni vidas paralelas al principio.

Solamente dijo que habían tenido una hermana que vivió muy poco pero fue profundamente amada.

Lucía preguntó dónde estaba.

Jazmín señaló su corazón.

Después señaló una fotografía dibujada que permanecía en una pequeña caja.

—Aquí también.

Adrián nunca volvió a recuperar todos los recuerdos de Alejandro, pero algunas noches despertaba después de soñar con una habitación llena de ropa de bebé o una mujer caminando sola por una playa. Jazmín lo abrazaba. Él preguntaba si alguna vez podría liberarse completamente de aquello. Ella respondía que quizá liberarse no significaba olvidar.

Elena, Doña Chayo y las demás personas de aquella séptima vida no existían en este mundo de la misma manera.

Eso también dolía.

Jazmín había aprendido que empezar de nuevo significaba aceptar que no todo podía acompañarla.

Había querido durante mucho tiempo una vida perfecta donde cada persona perdida regresara.

Finalmente entendió que esa fantasía era exactamente la puerta por la cual el sistema había entrado.

Una tarde, cuando Lucía tenía ocho años, encontró una vieja caja guardada en el armario de Jazmín.

Dentro había siete pequeñas piedras.

Una por cada vida.

Y una octava de color blanco.

—¿Qué significan?

Jazmín se sentó junto a ella.

—Son historias que alguna vez pensé que tenía que terminar correctamente.

—¿Y la blanca?

Jazmín sonrió.

—Esa representa la vida donde aprendí que no existe un final correcto.

Lucía frunció el ceño.

—Eso suena triste.

—Al principio sí.

—¿Y después?

Jazmín miró hacia el jardín.

Adrián estaba enseñando a Gabriel a reparar una bicicleta.

—Después se vuelve libertad.

Aquella noche cenaron afuera.

Los jazmines estaban abiertos.

Gabriel derramó jugo.

Luna robó comida de la mesa.

Adrián discutió con Lucía porque ella quería permanecer despierta hasta medianoche.

Nada era perfecto.

Jazmín amaba precisamente eso.

Después de acostar a los niños, ella y Adrián se sentaron en el porche.

—¿En qué piensas? —preguntó él.

—En que durante mucho tiempo creí que el amor verdadero debía sobrevivir cualquier cosa.

Adrián tomó su mano.

—¿Y ahora?

—Ahora creo que algunas cosas no deberían pedirse en nombre del amor.

Él asintió.

Jazmín continuó.

—No deberíamos soportar crueldad para demostrar fidelidad, ni convertir el perdón en obligación, ni llamar destino a una relación solamente porque duele perderla.

Adrián la miró.

—Eso habría sido útil saberlo siete vidas atrás.

Ella rio.

—Éramos lentos.

—Especialmente yo.

—Especialmente tú.

Adrián apoyó la cabeza contra la de ella.

—¿Volverías a elegirme?

Jazmín permaneció callada durante unos segundos.

En otra época habría respondido inmediatamente.

Sí, en todas las vidas.

Sí, para siempre.

Sí, aunque tuviera que atravesar el infierno.

Pero ya no quería amar de esa manera.

—Te elegiría hoy —dijo.

Adrián levantó la cabeza.

—¿Solo hoy?

—Hoy sí.

—¿Y mañana?

Jazmín sonrió.

—Pregúntame mañana.

Él comenzó a reír.

Después la besó.

No existía una promesa más honesta.

Muchos años más tarde, cuando ambos tenían el cabello gris, volvieron a visitar aquella misma costa donde Jazmín había despedido simbólicamente a Alma en esta nueva vida. Lucía tenía su propia familia y Gabriel vivía en otra ciudad. Adrián caminaba más despacio. Jazmín también.

Llevaron una rama de jazmín.

Se sentaron frente al mar.

—¿Crees que existe algo después de esto? —preguntó Adrián.

Jazmín observó el horizonte.

Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que escuchó al sistema.

A veces incluso dudaba si aquellas siete vidas habían sucedido exactamente como las recordaba.

Pero Alma seguía siendo real dentro de ella.

El amor también.

—No sé —respondió.

Adrián sonrió.

—Esa respuesta habría vuelto loco al joven que fui.

—A mí también.

—¿Y si existe otra vida?

Jazmín apoyó la cabeza contra su hombro.

—No me busques durante siete mundos.

Adrián rio.

—¿Cuántos tengo permitidos?

—Uno.

—Qué estricta.

—Aprendí.

El sol comenzó a desaparecer.

Adrián tomó su mano.

—Si nos encontramos otra vez, quiero que sea por accidente.

—Eso me gusta.

—Y si no nos reconocemos…

Jazmín terminó la frase.

—Nos conocemos otra vez.

Permanecieron allí hasta que aparecieron las primeras estrellas.

Jazmín pensó en la anciana que había pasado décadas junto a una cama esperando que Adrián despertara, en las seis mujeres que habían amado versiones equivocadas de él, en la madre desesperada que había corrido por un pasillo de una clínica gritando el nombre de Alma y en la conciencia invisible que observó una boda mientras todos creían que ella ya no existía.

Todas habían sido ella.

Pero ninguna tenía que decidir quién sería hasta el final.

Antes de regresar a casa, Jazmín dejó la rama de jazmín sobre la arena.

No pidió recuperar a Alma.

No pidió otra vida.

No pidió garantías.

Solamente cerró los ojos y susurró:

—Te amamos, pequeña.

Adrián apretó su mano.

El viento llevó el aroma de las flores hacia el mar.

Durante un instante Jazmín creyó escuchar la risa de una bebé.

Tal vez fue solamente una ola.

Tal vez un recuerdo.

Esta vez no necesitaba saberlo.

Se levantó y caminó junto a Adrián hacia las luces de la ciudad.

No delante de él.

No detrás.

A su lado.

Después de siete vidas buscando un amor escrito por alguien más, Jazmín había descubierto finalmente que la libertad no consistía en encontrar a la misma persona una y otra vez, sino en poder marcharse cuando el amor se convertía en destrucción y poder quedarse únicamente cuando permanecer seguía siendo una elección.

Alejandro había aprendido demasiado tarde que amar no daba derecho a poseer, sacrificar ni exigir perdón.

Adrián había recibido la oportunidad de aprenderlo desde el principio.

Y Jazmín había aprendido algo todavía más importante.

Ella nunca había sido una protagonista creada para salvar a un hombre.

Era una mujer capaz de elegir su propia vida.

Alma no fue el precio de aquella libertad.

Nunca lo sería.

Fue su hija.

Cuatro meses de existencia.

Cuatro meses de amor.

Y un nombre que Jazmín llevaría consigo hasta el último día.

Cuando llegaron al automóvil, Adrián abrió la puerta para ella y sonrió.

—¿Lista para volver a casa?

Jazmín miró una última vez hacia el mar.

Durante siete vidas había esperado que alguien le dijera cuál era su hogar.

Ahora conocía la respuesta.

No era un hombre.

No era una misión.

No era un mundo determinado.

Era cualquier lugar donde pudiera vivir sin traicionarse para merecer amor.

Jazmín entró en el automóvil.

—Sí —respondió—. Vamos a casa.

Y por primera vez en siete vidas, ninguna voz anunció el final.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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