“Me dijo ‘no quiero lastimarte, tomemos distancia’… y seis meses después volvió destruida: él la dejó sin nada, pero lo peor fue lo que traía escondido en su bolso aquella noche.”

La última vez que vi a Lucía como “mi Lucía”, tenía los ojos secos y la voz suave, como si hubiera aprendido a hablar sin romperse.

—No quiero lastimarte —dijo, sin mirarme del todo—. Tomemos distancia.

La frase quedó colgando en el aire de nuestro pasillo, entre la puerta del departamento y el cuadro torcido que nunca enderezamos. Yo llevaba una bolsa con pan caliente que ya no importaba. Ella sostenía las llaves como si fueran un amuleto.

—¿Distancia de cuánto? —pregunté.

Lucía tragó saliva. Su boca hizo un gesto mínimo, como un intento de sonrisa.

—De nosotros… de todo. Necesito pensar.

En esos días yo todavía creía que “pensar” era lo que se hacía cuando uno estaba confundido, no cuando uno ya había decidido.

No lloré. Me quedé quieto, como si el cuerpo pudiera convencer al tiempo de que no avanzara.

—¿Hay alguien más? —solté al fin, porque la mente siempre busca el atajo más doloroso.

Lucía negó rápido.

—No, no es eso. No inventes cosas. Solo… quiero estar sola.

El problema con las frases que suenan correctas es que también pueden ser perfectas para esconder una verdad incómoda.

Lucía salió con una mochila al hombro y el paso apurado. Yo la vi bajar las escaleras, escuché el golpe suave de la puerta del edificio, y entonces el silencio se metió en mi casa como un invitado indeseado.

Durante la primera semana, me convencí de que era una pausa temporal. Me repetí que las parejas sanas respetan espacios. Que el amor madura. Que ella volvería cuando “pensara”.

En la segunda semana, empecé a escribirle mensajes que nunca envié. En la tercera, me acostumbré a dormir con un lado de la cama intacto, como una frontera.

Con el tiempo, los detalles se transformaron en rutinas: ya no compraba su café favorito, ya no dejaba el cepillo extra en el baño, ya no guardaba dos entradas de cine “por si acaso”.

Y aun así, cada tanto, mi cuerpo se giraba esperando verla entrar. Como un reflejo que no se resigna.

Los seis meses pasaron con una lentitud extraña: a veces volaban, a veces pesaban. Me concentré en el trabajo, volví al gimnasio, salí con amigos, repetí la palabra “bien” tantas veces que terminó sonando real.

Hasta que una noche de lluvia, exactamente seis meses después, alguien tocó mi puerta.

Tres golpes.

No fuertes. No tímidos. Los golpes de quien no sabe si merece que le abran.

Me levanté del sofá con una incomodidad que empezó en el estómago y subió a la garganta. Miré por la mirilla, y el mundo se encogió.

Lucía.

Pero no era la Lucía que se fue.

Su cabello, antes impecable, estaba húmedo y pegado a la frente. Tenía los ojos hinchados, la piel pálida, y una ojeras marcadas que parecían dibujadas con paciencia. Llevaba una chaqueta demasiado grande, como si fuera prestada. Sus manos temblaban.

Abrí sin pensar.

—¿Qué haces aquí? —pregunté, y mi voz salió más dura de lo que yo quería.

Lucía me miró como si yo fuera la única luz en una calle oscura.

—Yo… —empezó, pero la palabra se quebró—. No tengo a dónde ir.

El agua de su cabello goteó al piso. Por un segundo, solo escuché la lluvia y mi corazón exigiendo explicaciones a gritos.

—¿Dónde estabas? —dije, aunque la pregunta era enorme y ridícula—. ¿Qué pasó?

Lucía bajó la mirada. Sus labios se movieron, pero no salió sonido. Entonces vi algo que me atravesó: vergüenza. Una vergüenza cruda, como si alguien la hubiera despojado de todo, incluso de la dignidad.

—Él me dejó sin nada —logró decir al fin.

La palabra “él” cayó como una piedra.

Sentí el impulso inmediato de preguntar su nombre, pero también sentí que ya lo sabía: el tipo que existía en las sombras de mis sospechas. El motivo real de esa “distancia” que se suponía noble.

—Pasa —murmuré, y me odié por decirlo tan rápido.

Lucía cruzó el umbral despacio, como si el departamento fuera un lugar sagrado al que no tenía permiso. Se quitó los zapatos, por costumbre, y ese gesto doméstico me apretó el pecho.

La guié hasta la sala. Le ofrecí una toalla. Ella la tomó con las manos temblorosas y se secó el cabello sin mirarme.

—¿Quieres té? —pregunté, porque no sabía qué hacer con el ruido dentro de mí.

Lucía asintió, apenas.

Fui a la cocina, puse agua a calentar y me obligué a respirar. Mis pensamientos eran un caos de preguntas, recuerdos, rabia y una ternura que no se había ido del todo.

Cuando volví con la taza, Lucía estaba sentada en el sofá, encogida, mirando el piso. Tenía el bolso apretado contra el cuerpo como si fuera un escudo.

—Gracias —susurró.

Me senté frente a ella, en la silla, manteniendo una distancia ridícula entre nosotros.

—Empieza por el principio —dije—. Porque no entiendo nada.

Lucía apretó la taza entre las manos.

—Cuando te dije que tomáramos distancia… estaba mintiendo —admitió.

Ahí estaba. Sin adornos. Sin “pero”. Una confesión que me dolió más por lo simple que por lo inesperada.

—¿Por qué? —pregunté.

Lucía tragó saliva.

—Porque me daba miedo decirte la verdad —dijo—. No quería que me odiaras.

Solté una risa seca.

—¿Y esto qué es, Lucía? —señalé el aire entre nosotros—. ¿Una forma suave de conseguir lo mismo?

Lucía cerró los ojos. Su respiración se volvió más rápida, como si estuviera a punto de desmoronarse.

—No lo planeé así —dijo—. Te juro que no. Solo… me dejé llevar.

Seis meses. Seis meses de mí intentando reconstruirme, y ella aparecía de pronto, empapada, derrotada, diciendo “me dejé llevar” como si fuera una hoja en el viento.

—¿Quién es él? —pregunté al fin, sin rodeos.

Lucía dudó. Miró su bolso.

—Se llama Sergio —respondió—. Lo conocí en un evento del trabajo. Era encantador. Seguro. Me hizo sentir… vista.

“Vista.” Esa palabra me dio un golpe. Yo la había visto todos los días, pensé. La había visto incluso cuando ella no se veía a sí misma.

—¿Y por eso te fuiste? —pregunté, y la rabia se me filtró en la voz—. ¿Porque alguien te miró bonito?

Lucía negó, y una lágrima rodó sin permiso.

—No solo por eso —dijo—. Yo estaba… mal. Me sentía estancada. Tú estabas concentrado en lo tuyo. Yo no supe decirlo. Y Sergio apareció con promesas. Con planes. Con la idea de una vida distinta.

La escuchaba, pero por dentro una parte de mí solo repetía: “Se fue”. “Se fue”.

—¿Y ahora qué pasó? —pregunté, sin suavidad.

Lucía apretó la taza hasta que sus nudillos se pusieron blancos.

—Me dejó sin nada —repitió, y esta vez su voz tuvo un tono distinto: miedo real—. Al principio era perfecto. Me decía que yo merecía más. Que si confiaba en él, íbamos a construir algo juntos. Me ayudó con “inversiones”, con cuentas, con trámites… y yo, tonta, le entregué acceso a todo.

Sentí un peso frío en el estómago.

—¿Acceso a todo? —repetí.

Lucía asintió.

—Mis ahorros. Mi tarjeta. Incluso… la cuenta que tenía con mi mamá, porque yo era la que la administraba. Me dijo que era temporal, que era para “organizar”. Yo confié.

Yo apreté los dientes. La rabia, por primera vez, dejó de ser solo contra ella y apuntó hacia un enemigo invisible.

—¿Y después? —pregunté.

Lucía bajó la cabeza.

—Después empezó a cambiar —dijo—. Se ponía distante. Me decía que era por estrés. Que lo entendiera. Luego empezaron las excusas: que el dinero estaba “movido” pero no perdido, que era parte del plan. Un día le pedí que me mostrara todo… y se rió. Como si yo fuera una niña preguntando por dulces.

Ella levantó la mirada y me miró con una expresión que nunca le había visto: una mezcla de terror y humillación.

—Y ayer… desapareció —dijo—. Cerró cuentas, bloqueó mi número, se llevó cosas. Yo volví al departamento y ya no estaba. Ni su ropa. Ni su computadora. Nada.

Se quedó callada, tragando lágrimas.

—Me dejó con deudas —añadió en un susurro—. Con un contrato que yo firmé sin leer bien. Y con una vergüenza que no me deja respirar.

Miré el piso. Mi mente buscaba la frase correcta, y no encontraba ninguna.

Porque había dos realidades chocando: la Lucía que me lastimó, y la Lucía que estaba ahí, rota, pidiendo un lugar.

—¿Por qué viniste aquí? —pregunté finalmente—. Después de todo… ¿por qué aquí?

Lucía abrazó el bolso con más fuerza.

—Porque eres el único lugar que aún se siente seguro —dijo, y su voz tembló—. Porque cuando Sergio empezó a volverse raro, yo pensaba en ti. En tu calma. En cómo tú… tú sí eras real. Pero me daba vergüenza volver. Me decía a mí misma que tenía que arreglarlo sola, que me lo merecía por haberte dejado.

Se le quebró la voz.

—Y hoy… no pude más.

Su confesión me dejó un sabor amargo. Había sinceridad, sí. Pero también había algo incómodo: yo no sabía si estaba ahí porque me extrañaba o porque necesitaba refugio.

—Lucía —dije despacio—. ¿Tú me amas?

La pregunta fue un disparo en mi propia casa.

Lucía parpadeó. Su mirada se llenó de agua.

—Yo… —dijo—. Yo te amé. Y creo que una parte de mí todavía…

Se detuvo, como si no se atreviera a usar palabras grandes.

—Pero ahora mismo estoy rota —admitió—. Y no sé qué siento con claridad. Solo sé que me equivoqué. Que me equivoqué contigo. Y que tengo miedo.

Yo cerré los ojos un segundo. Respiré.

—Te voy a decir algo —dije, abriéndolos—. Puedo ayudarte. Porque no soy de piedra. Pero no voy a fingir que no pasó nada. Ni voy a ser tu salvavidas para que mañana te vayas cuando estés mejor.

Lucía asintió con urgencia, como si hubiera esperado esa condición.

—Lo entiendo —dijo—. Lo juro.

Me quedé mirándola. Y entonces noté el bolso otra vez. No lo soltaba. Lo protegía como si dentro hubiera algo valioso o peligroso.

—¿Qué tienes ahí? —pregunté, señalándolo.

Lucía se sobresaltó. Sus dedos se tensaron.

—Nada —respondió rápido. Demasiado rápido.

Mi estómago se apretó.

—Lucía.

Ella respiró hondo. Sus ojos se movieron hacia la puerta, luego hacia la ventana, como si calculase rutas de escape.

—No quería traerlo aquí —susurró—. Pero no tenía a dónde llevarlo.

—¿Traer qué?

Lucía dudó unos segundos que se sintieron eternos. Luego abrió el bolso lentamente y sacó un sobre grueso, arrugado por la humedad, y un pequeño dispositivo negro: un pendrive.

Mi corazón hizo un salto seco.

—¿Qué es eso? —pregunté.

Lucía tragó saliva.

—Sergio no solo me robó dinero —dijo—. Estaba metido en algo más. Y yo… yo encontré cosas.

La miré sin entender.

—¿Cosas de qué tipo?

Lucía apretó el sobre.

—Documentos, listas, transferencias, nombres —dijo—. Mensajes impresos. Capturas. Yo los saqué de su computadora una noche que él se quedó dormido y dejó la sesión abierta. Lo hice porque… porque algo no me cuadraba. Y porque tenía la sensación de que si todo salía mal, al menos necesitaba una salida.

Me quedé helado.

—¿Y por qué no fuiste a la policía? —pregunté.

Lucía negó despacio.

—Porque me asusté —admitió—. Porque hay nombres ahí que no son cualquiera. Y porque… yo estoy implicada en algunas firmas, aunque no supiera. Si voy sola, me hunden. Si me callo, me hunden igual.

Se le escapó un sollozo.

—Y hoy, cuando él desapareció, me di cuenta de que quizá ya sabe que yo tengo esto. Por eso vine. Porque no quería estar sola.

Mi pecho se apretó como una mano cerrándose.

De pronto, la historia cambió de género: de drama romántico a algo más oscuro.

Yo miré el sobre. Miré el pendrive. Miré a Lucía.

Seis meses atrás, ella había salido por esa puerta diciendo “no quiero lastimarte”. Y ahora volvía con miedo en los ojos y pruebas en un bolso, como si la vida se hubiera empeñado en convertir nuestras decisiones en consecuencias.

—¿Alguien más sabe que tienes esto? —pregunté.

Lucía negó.

—Solo tú.

Esa frase pesó como una responsabilidad que yo no había pedido.

Me levanté y caminé hasta la ventana, mirando la lluvia. Mi mente buscaba una salida racional: decirle que se fuera, cerrar la puerta, elegir mi paz. Pero incluso mientras imaginaba hacerlo, la veía ahí, temblando, y algo en mí se resistía.

Volví a mirarla.

—Escucha —dije con voz baja y firme—. Hoy te quedas aquí. Pero hay reglas. Una: nada de mentiras desde ahora. Dos: mañana mismo buscamos ayuda profesional. Alguien que sepa manejar esto. Un abogado, una entidad formal, lo que sea. Tres: tú y yo no vamos a hablar de “volver” hasta que pase la tormenta y tú estés estable. ¿Entendido?

Lucía lloró en silencio, y asintió una y otra vez.

—Sí —susurró—. Sí, lo prometo.

Me senté frente a ella otra vez, más cerca, pero todavía sin tocarla.

—Y quiero que me digas la verdad, aunque duela —añadí—. Cuando me pediste distancia… ¿ya estabas con él?

Lucía apretó los labios. Sus ojos se llenaron de culpa.

—Sí —admitió—. No físicamente al principio, pero sí en la cabeza. Ya había cruzado una línea. Y por eso supe que si me quedaba contigo, te iba a arrastrar a mi caos.

Su respuesta me atravesó. Porque era una mezcla rara: egoísmo y una forma torcida de protección.

—Entonces sí querías lastimarme —dije, sin gritar—. Solo querías hacerlo sin sentirte la mala.

Lucía bajó la mirada, derrotada.

—Sí —dijo con voz diminuta—. Y lo siento. Lo siento de verdad.

No supe qué responder. La verdad no cura, pero al menos deja de engañar.

Esa noche, le preparé una manta en el sofá. No fue un gesto romántico. Fue un gesto humano. Un refugio temporal en medio del desastre.

Lucía se acomodó, todavía con el bolso cerca. Yo le quité el sobre y el pendrive con cuidado.

—Los guardo yo —dije—. No por controlarte. Por seguridad.

Lucía asintió, demasiado cansada para discutir.

Apagué las luces y fui a mi cuarto, pero no pude dormir. Me quedé mirando el techo, recordando la última frase que me dijo seis meses atrás: “No quiero lastimarte.”

Era casi irónico.

Porque el daño ya estaba hecho. Y ahora había uno nuevo, más grande, entrando por mi puerta con forma de documentos y miedo.

Al amanecer, mi teléfono vibró. Un número desconocido.

No lo contesté. Volvió a sonar. Y luego llegó un mensaje:

“Sé que volvió contigo. No te metas donde no te corresponde.”

Sentí que la sangre se me iba a los pies.

Miré hacia la sala. Lucía dormía, encogida, como una niña agotada por llorar. Su rostro, en la luz tenue de la mañana, parecía el de alguien que ya había perdido demasiado.

Volví al mensaje y comprendí, con claridad brutal, que esto no era solo un “él la dejó sin nada”.

Era un “él la dejó marcada”.

Y ahora, por haberle abierto la puerta, yo también estaba en la lista.

Me senté en el borde de la cama, apreté el teléfono con fuerza y respiré hondo.

No sabía si algún día podría perdonar a Lucía como pareja.

Pero sí sabía otra cosa:

Si alguien había decidido usarla, vaciarla y luego amenazarla… no iba a dejar que terminara sola en la oscuridad.

No por amor.

No por nostalgia.

Sino por algo más simple y más difícil: porque todavía era capaz de hacer lo correcto, incluso con el corazón roto.

Y porque, esta vez, la distancia ya no era una opción.

Era una trampa.