“El galán eterno habla sin guion: Jean Carlo Simancas revela verdades guardadas sobre amores que no pudieron ser, pérdidas que lo marcaron, pactos que se quebraron y secretos profesionales que transforman la memoria de una industria completa, desatando sorpresa y una oleada de empatía continental.”
Su mirada sigue teniendo ese brillo de protagonista que, por décadas, llenó hogares en Venezuela y en gran parte de América Latina. Pero el tono de su voz cambió. Jean Carlo Simancas, a los 77 años, decidió hablar sin guion y sin prisa, con una serenidad que solo concede el paso del tiempo. No buscó titulares estridentes ni revancha. Buscó ordenar su historia, nombrar silencios, reconciliarse con lo que fue y con lo que no pudo ser.

El amor cuando las cámaras se apagan
Los romances en la vida de una figura pública suelen convertirse en trama ajena. Simancas admite que hubo amores imposibles: encuentros atravesados por agendas, ciudades distintas, proyectos que pedían exclusividad y un foco que no admite sombras. “No todo puede vivirse en alta voz”, confiesa. Hubo afectos que eligió preservar lejos de la vitrina; otros, que se quedaron en ese territorio ambiguo donde la ilusión y la prudencia conversan sin resolverse. Comprendió tarde —dice— que proteger la intimidad también es una forma de amor.
No hay nombres propios ni cuentas pendientes. Hay una lección: la fama multiplica los espejos, pero no garantiza casa. Y la casa, en la vida afectiva, es tiempo compartido, rutinas sencillas, acuerdos que no se improvisan con un llamado entre rodajes. En esa aritmética, perdió más de una oportunidad; ganó, en cambio, la certeza de que ninguna carrera vale si te deja vacío al volver.
Conflictos sin ruido, decisiones con costo
En su relato asoman desencuentros profesionales: lecturas distintas de un personaje, contratos que pedían más horas que salud, directores que exigían una velocidad imposible. Evita el inventario del reproche y elige la cartografía del aprendizaje. Reconoce que a veces dijo que sí por inercia, por miedo a perder el tren; a veces dijo que no por cansancio o por intuición. Ambas decisiones, comprende ahora, tuvieron precio.
Cuenta que hubo sets donde aprendió más en una madrugada de ensayo que en una temporada completa; producciones pequeñas que, por cuidado y rigor, le devolvieron la alegría del oficio; escenas que lo reconciliaron con su vocación cuando el cuerpo pedía pausa. “El público no ve las renuncias —dice—, pero las siente en la pantalla: la verdad o su ausencia”.
Las pérdidas que no entran en un obituario
Habla de pérdidas irreparables con cautela y respeto. No se detiene en el dolor como espectáculo; lo usa como maestro. La ausencia de colegas y afectos le enseñó a no posponer abrazos, a dejar asentado el agradecimiento, a llamar antes del estreno y no después. A comprender, sobre todo, que el tiempo es más corto de lo que promete la agenda. De esas despedidas nació su hábito reciente: ensayar la gratitud. Escribir notas a mano, llegar cinco minutos antes, mirar a los técnicos por su nombre, agradecer la paciencia en un día difícil. “El prestigio —sostiene— también se mide en esos gestos”.
El personaje, la máscara y el hombre
Durante años, la pantalla lo fijó como galán: trajes impecables, frases precisas, miradas que resolvían capítulos. La etiqueta, admite, se volvió cómoda y asfixiante a la vez. Detrás de esa máscara, el actor quería explorar fisuras: hombres que dudan, padres que no llegan a tiempo, amantes que no encuentran el idioma correcto, villanos que esconden fragilidad. Hubo momentos en que peleó por escenas con silencios; otros en que aceptó la fórmula porque las circunstancias mandaban.
Hoy, sin urgencia, entiende que la madurez del intérprete no está en acumular protagónicos, sino en elegir mejor el riesgo. Por eso defiende el derecho a roles más sobrios, más breves, incluso secundarios, cuando le piden verdad. “Una escena honesta vale más que veinte autopistas repetidas”, dice con una sonrisa.
Secretos del oficio: lo que la cámara no registra
Hay secretos que no son escándalo, sino artesanía. Simancas comparte algunos: el libreto subrayado la noche anterior, el ejercicio de voz en pasillos sin luz, el pacto tácito con el sonidista para respirar donde nadie lo nota, la mirada que se ensaya frente a una taza de café hasta que encuentra la temperatura justa. Ahí, lejos del aplauso, se fabrica la credibilidad.
Otro secreto que hoy cuenta: aprender a parar. Descubrir que el cuerpo también es herramienta y que el descanso no es flojera, sino condición para la verdad. Durante años creyó que resistir era una medalla. Ahora sabe que elegir bien los silencios sostiene la voz.
La industria frente al espejo
Sus confesiones también hacen diagnóstico de época. Recuerda una televisión que corría, sí, pero cuidaba los detalles: ensayos de mesa, correcciones de dicción, maquillajes pensados para la historia y no para la foto de estreno. Aplaude lo que llegó con el tiempo —más diversidad de historias, equipos jóvenes con hambre de lenguaje— y lamenta lo que se perdió: el ensayo como espacio sagrado, la paciencia para encontrar el tono, la idea de que cada plano es una oración entera y no una frase al vuelo.
No suena a nostalgia vacía: suena a defensa del método. “No vine a decir que antes todo era mejor —aclara—. Vine a recordar que lo que sigue valiendo cuesta tiempo, atención y respeto por el público”.
La reconciliación posible
Romper el silencio, en su caso, no significa desnudar biografías ajenas ni abrir expedientes. Significa hacerse cargo: de los aciertos, de las torpezas, de los miedos que disimuló con prisa, del orgullo que a veces le impidió pedir ayuda. Dice que aprendió a pedir perdón a tiempo, a volver a llamar cuando un diálogo quedó mal cortado, a sentarse con un productor para decir “no puedo así, hagámoslo mejor”.
Esa reconciliación consigo mismo trae un efecto lateral: habilita la ternura. Se permite hablar de los suyos con alegría, de colegas con cariño, de rivales con reconocimiento. Y, por primera vez, se concede el beneficio de la duda hacia el hombre que fue: “Hice lo que supe con lo que tenía. Hoy sé un poco más”.
Lo que viene: menos prisa, más verdad
A los 77, no anuncia despedidas altisonantes ni maratones de retorno. Anuncia criterio. Menos proyectos, más ensayos; menos alfombra, más mesa de lectura; menos ruido, más trabajo fino con directores que le pidan mirar distinto. Quiere devolver al oficio lo que el oficio le dio: tiempo con actores jóvenes, laboratorios de escena, lecturas públicas que recuperen el gusto por la palabra dicha al ras del oído.
Si hay un resumen posible de su nueva etapa, es este: “hacer menos, pero mejor”. Y allí, quizá, radique la mayor de sus confesiones: la decisión de poner la verdad por encima de la inercia.
Epílogo: la memoria que se honra trabajando
Las “verdades dolorosas” que Jean Carlo Simancas comparte no buscan incendiar titulares. Buscan aliviar peso y encender faros. Nos recuerdan que detrás del icono hay un trabajador, detrás del galán hay un hombre, y detrás del mito hay un conjunto de decisiones —a veces acertadas, a veces no— que definen una vida.
El público, que lo acompañó desde el living de casa hasta la última fila del teatro, tal vez aplauda distinto después de escucharlo: menos estruendo, más gratitud. Porque, al final, el gran papel de cualquier artista no es parecer eterno, sino atreverse a ser verdadero. Y en eso, a los 77, Jean Carlo Simancas sigue dando cátedra.
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