“Por favor, finge que me amas” — La súplica de una pobre al director millonario

El edificio de cristal de Harrington Enterprises reflejaba el amanecer de Manhattan como un espejo perfecto. Allí trabajaba Clara Evans, una joven asistente que luchaba por mantener a su madre enferma y pagar las deudas que le habían quedado tras la muerte de su padre.

Cada mañana, atravesaba el vestíbulo con paso rápido, esquivando a los ejecutivos de traje y las miradas de superioridad.
Pero esa mañana era diferente: tenía los ojos hinchados, el corazón acelerado y una petición imposible que la llevaría directo a la oficina del hombre más poderoso de la empresa: Alexander Harrington, el millonario director ejecutivo.


El encuentro

Clara había trabajado dos años en la compañía, pero nunca había hablado directamente con él. Era un hombre frío, distante, el tipo de persona que medía el tiempo en contratos y ganancias, no en emociones.

Cuando su secretaria la dejó pasar, Alexander apenas levantó la vista de su computadora.
—Tiene cinco minutos —dijo, sin expresión.

Clara respiró hondo.
—Señor Harrington… necesito pedirle un favor.

Él arqueó una ceja.
—¿Un favor? No suelo hacerlos.

Clara apretó las manos.
—Mi madre está muy enferma. Necesita una cirugía urgente. No tengo dinero, y el banco rechazó mi préstamo. Pero… —su voz se quebró— hay una forma en que usted podría ayudarme.

Alexander la miró con curiosidad.
—Continúe.

Clara tragó saliva.
—El señor Collins, su principal socio, organiza una gala esta noche. Me invitó… pero no por razones profesionales. Él… —dudó— cree que soy su prometida.

El silencio se hizo pesado.
—¿Su prometida? —repitió Alexander, sorprendido.
—Lo dije para protegerme —explicó ella, con lágrimas contenidas—. Y ahora quiere que vaya con él a la gala. No sé qué hacer. Si no voy, me despedirán. Si voy… me arriesgo a algo peor.

Entonces, mirándolo a los ojos, dijo la frase que lo dejó sin palabras:
—Por favor, señor Harrington… finja que me ama.


La decisión del millonario

Por un instante, el tiempo pareció detenerse. Alexander la observó, intentando descifrar si era ingenuidad o valentía lo que veía en ella.
Finalmente, cerró la computadora y dijo:
—A las ocho. La recogeré en su apartamento.

Clara apenas podía creerlo.
—¿De verdad… aceptó?
—No me gusta ver cómo mis socios aprovechan su poder. Si Collins va a jugar sucio, lo haremos perder su propio juego.


La gala

Esa noche, Clara se presentó en un vestido azul sencillo pero elegante. Cuando Alexander llegó a buscarla, no pudo evitar quedarse mirándola un segundo más de lo necesario.
—Está… apropiada —dijo, intentando sonar indiferente.
Ella sonrió nerviosa.
—Y usted parece alguien imposible de amar.
Él arqueó una ceja.
—Veremos si logra fingirlo.

En la gala, todas las miradas se centraron en ellos. Collins, el socio, los observaba desde lejos, visiblemente incómodo.
—Alexander —dijo al acercarse con una sonrisa fingida—, no sabía que tenías… compañía.
—No suelo presumir lo que es importante para mí —respondió el millonario, colocando su mano en la cintura de Clara con una naturalidad que la hizo estremecerse.

Durante toda la noche, fingieron ser una pareja perfecta: risas, miradas, caricias sutiles. Pero en medio de aquel teatro, algo inesperado comenzó a surgir.

En los ojos de Alexander ya no había cálculo. Había ternura.


El peligro

Cuando Collins los invitó a brindar en privado, Clara sintió una corriente de temor.
—Sabes, Alexander —dijo el hombre con una sonrisa cínica—, pensé que tu “novia” era más… accesible.

Alexander lo miró fijamente.
—Cuidado con tus palabras.
—Vamos, no me digas que crees en el amor. Todos sabemos que la gente como ella se acerca a ti por interés.

Antes de que Clara pudiera responder, Alexander lo golpeó.
El ruido del vaso rompiéndose en el suelo hizo que todos voltearan.

—Te atreviste a tocar lo que es mío —dijo el millonario con voz grave.

La seguridad intervino, y Collins fue expulsado del evento. Clara lo miraba, atónita.
—¿Por qué lo hiciste?
—Porque, aunque fingía… —respondió él—, por un momento creí que no lo era.


Una verdad incómoda

Días después, la historia del incidente se extendió por la empresa. Collins renunció, y Clara temía ser despedida. Pero Alexander la llamó a su oficina.
—Tiene una deuda conmigo —dijo él, sin mirarla.
—Lo sé. No tengo cómo pagarle por todo lo que hizo.
—Sí lo tiene —respondió—. Quédese aquí. Trabaje conmigo directamente.

Desde entonces, Clara se convirtió en su asistente personal. Al principio, su relación era estrictamente profesional. Pero cada día, algo los unía más.
Ella le hablaba de su madre, de su infancia difícil, de sus miedos. Y él, un hombre acostumbrado a controlar todo, descubría que no podía controlar lo que sentía por ella.

Una tarde, Clara lo encontró en su oficina, observando una foto vieja.
—¿Quién es? —preguntó.
—Mi madre —respondió él—. Me crió sola. Nunca la escuché decir que me amaba, pero lo demostraba con su sacrificio. Supongo que por eso fingir amor me resultó tan fácil… hasta ahora.

Clara lo miró con ternura.
—¿Y ahora?
Él suspiró.
—Ahora ya no sé si sigo fingiendo.


El final que nadie esperaba

Un mes después, Clara regresó del hospital con buenas noticias: la operación de su madre había sido un éxito.
Esa noche, Alexander la invitó a cenar.

—Hay algo que no sabes —dijo él, sacando un sobre de su chaqueta.
Dentro había un documento.

“Fundación Evans-Harrington para mujeres en situación de vulnerabilidad.”

—La creé a tu nombre —dijo él—. Quiero que ninguna mujer vuelva a pedirle a un hombre que finja amarla para salvarse.

Las lágrimas rodaron por el rostro de Clara.
—No sé qué decir…
—Solo dime si aún tengo que fingir —respondió él con una sonrisa.

Ella lo miró, con los ojos llenos de emoción.
—No. Esta vez no hay que fingir.

Se tomaron de las manos, y por primera vez en mucho tiempo, Alexander Harrington dejó de ser el millonario inalcanzable.
Era solo un hombre, amando de verdad a la mujer que le enseñó a sentir.