A los 74 años, María Sorté revela los cinco nombres más odiados

María Sorté siempre fue reconocida por su sonrisa amable, su talento y la dulzura con la que se ganó al público. Durante décadas, se convirtió en una de las figuras más queridas de la televisión mexicana, símbolo de elegancia y profesionalismo. Sin embargo, a los 74 años, la actriz decidió mostrar un lado de sí misma que pocos imaginaban. En una entrevista íntima y sin filtros, pronunció una frase que paralizó a los presentes:

“Sí, tengo personas a las que odio. Y hoy voy a decir sus nombres.”

El silencio en la sala fue absoluto. La actriz, que tantas veces había interpretado a mujeres valientes en la pantalla, ahora mostraba una valentía distinta: la de revelar sentimientos que durante años mantuvo en secreto.

Muchos creyeron que se trataba de una exageración. María Sorté, odiar a alguien, parecía imposible. Pero en su mirada había una mezcla de cansancio y determinación. Era evidente que no hablaba por impulso, sino con una convicción que había madurado durante décadas.

“En mi vida —dijo— me enseñaron a sonreír, a callar y a no incomodar. Pero hoy entiendo que la verdad también merece ser contada. Yo también he sufrido traiciones, envidias y golpes bajos. Y aunque mi corazón ha intentado perdonar, hay cicatrices que no sanan.”

Con la voz firme, comenzó a enumerar.

El primer nombre fue el de una colega de la televisión. María relató cómo, en los años setenta, esa persona la humilló públicamente para quedarse con un papel protagónico que originalmente era suyo. “No fue solo una traición profesional —explicó—, fue una herida personal. Me hizo dudar de mi talento y me robó años de confianza.”

El segundo nombre correspondió a un productor poderoso. Según ella, ese hombre le cerró puertas por rechazar sus insinuaciones. “Nunca lo conté, porque en ese tiempo no se hablaba de estas cosas. Pero yo sé lo que viví. Me negó proyectos, me hizo sentir invisible y me castigó por no ceder.”

El tercero sorprendió más: era alguien de su círculo familiar. María se detuvo antes de pronunciarlo, como si luchara contra sus propios recuerdos. Finalmente, confesó: “Fue un pariente cercano que nunca creyó en mí. Me decía que nunca lograría nada, que las actrices eran solo adornos. Ese desprecio me persiguió durante años.”

El cuarto nombre sacudió aún más al público. Se trataba de un periodista que, en repetidas ocasiones, inventó rumores crueles sobre ella. “Publicó mentiras que dañaron mi imagen, que hicieron llorar a mi madre y que me persiguieron en cada entrevista. Ese veneno no lo olvido.”

Y finalmente, llegó al quinto. María hizo una pausa larga, respiró hondo y declaró: “El último nombre es el mío. Sí, me odio a mí misma por haber callado tanto tiempo, por haber permitido que otros me hirieran, por haber puesto la sonrisa cuando por dentro me rompía. Ese es el odio más difícil de superar.”

Las lágrimas en sus ojos conmovieron a todos los presentes. No era solo una lista de nombres; era una confesión descarnada, un desahogo que llevaba décadas esperando salir.

La revelación de María causó un terremoto mediático. Las redes sociales estallaron. Miles de usuarios aplaudieron su valentía por hablar de lo que muchas actrices callan. Otros, sin embargo, criticaron que sacara viejas heridas a la luz y que “manchara su legado con resentimientos”.

Pero ella no se mostró arrepentida. “He pasado la vida intentando agradar. Ahora me debo a mí misma la verdad. No tengo miedo de lo que piensen, porque la mayor liberación es reconocer lo que llevamos dentro, incluso si es oscuro.”

En los días posteriores, algunos de los aludidos intentaron defenderse. Una actriz negó rotundamente haberla traicionado, mientras que el periodista en cuestión aseguró que “todo lo publicado estaba basado en rumores de la época”. Sin embargo, la fuerza de las palabras de María pesaba más que cualquier réplica.

Su confesión abrió un debate nacional sobre las heridas ocultas en la industria del entretenimiento, el poder de los productores, la competencia desleal y el silencio de las figuras públicas que, por décadas, prefirieron callar para sobrevivir.

Más allá de la polémica, el momento más impactante de la entrevista fue cuando María habló de sí misma con crudeza:

“Sí, me odio por no haberme defendido antes. Pero también me perdono. Hoy me miro al espejo y reconozco a la mujer que sobrevivió, que construyó una carrera pese a todo. Tal vez tarde, pero entendí que no hay nada más poderoso que aceptar nuestras heridas.”

El público, acostumbrado a ver en ella una imagen perfecta, descubrió a una mujer de carne y hueso, con resentimientos y cicatrices. Y, paradójicamente, fue esa vulnerabilidad la que la hizo más humana, más cercana y, de alguna manera, más admirable.

La entrevista cerró con un mensaje que quedó grabado en la memoria de todos:

“El odio que llevamos dentro puede consumirnos, pero también puede impulsarnos a liberarnos. Hoy yo elijo liberarme.”

Ese día, a los 74 años, María Sorté no solo nombró a quienes más odiaba. También se nombró a sí misma, se enfrentó a sus demonios y, en ese acto, mostró al mundo que incluso las estrellas más brillantes esconden sombras que merecen ser contadas.