Fue a un chequeo rutinario y salió embarazada del rey vampiro por un error médico imposible… pero la sangre del bebé reveló un secreto enterrado bajo Madrid…..
Fue a un chequeo rutinario y salió embarazada del rey vampiro por un error médico imposible… pero la sangre del bebé reveló un secreto enterrado bajo Madrid…..
—Señorita Parker, está embarazada.
Emily Parker no parpadeó.
Solo dejó de girar el anillo de plata que llevaba en el dedo índice y miró al médico como si acabara de decirle que el cielo se había desplomado sobre Madrid.
—Repítalo.
El doctor Samuel Ortega tragó saliva.
—Está embarazada. De aproximadamente siete semanas.
Emily apoyó lentamente ambas manos sobre las rodillas.
No gritó.
No lloró.
No preguntó si aquello era una broma.
Simplemente inclinó la cabeza.
—Entonces su laboratorio ha cometido un error.
El médico evitó mirarla.
Ese pequeño gesto fue suficiente.
Emily llevaba ocho años trabajando como auditora forense para una empresa estadounidense con sede europea. Se ganaba la vida encontrando anomalías que otros preferían esconder.
Una factura duplicada.
Una firma que no coincidía.
Un número alterado.
Una pausa demasiado larga antes de responder.
Y el doctor Ortega acababa de hacer una pausa de tres segundos.
Demasiado larga.
—Doctor —dijo ella—. Yo no he mantenido relaciones sexuales en más de un año.
El hombre palideció.
Emily observó cómo sus dedos apretaban el borde de la carpeta azul que tenía delante.
—Hay… circunstancias extraordinarias.
—No existen embarazos extraordinarios. Existen explicaciones.
—En su caso quizá existan ambas cosas.
Emily se puso de pie.
—Quiero mis análisis.
—No puedo entregárselos todavía.
Ahí llegó la segunda anomalía.
En España, cualquier paciente podía solicitar su propia documentación clínica.
Emily lo sabía.
El doctor también.
—Eso es ilegal.
—Señorita Parker…
—Mis análisis.
—Por favor, siéntese.
—Mis análisis.
—Hay algo más.
Emily permaneció de pie.
Al otro lado de la ventana, Madrid hervía bajo un sol blanco de septiembre. Un autobús de la EMT frenó junto a la acera. Dos turistas discutían mirando Google Maps. Una mujer empujaba un carrito de bebé.
Todo parecía absurdamente normal.
Dentro de aquella consulta privada de la calle Serrano, la normalidad acababa de desaparecer.
Ortega abrió la carpeta.
Sacó una hoja.
Luego otra.
Después una fotografía de una ecografía.
La dejó sobre la mesa sin deslizarla hacia Emily.
—El embarazo se está desarrollando demasiado rápido.
Emily miró la imagen.
Una pequeña forma gris flotaba dentro de un círculo oscuro.
—¿Demasiado rápido cuánto?
—Según la analítica hormonal y el desarrollo embrionario… debería encontrarse entre la semana once y la doce.
—Acaba de decir siete.
—Porque hace siete semanas usted vino a esta clínica para un chequeo.
Emily sintió un frío ligero subirle por la espalda.
Recordaba perfectamente aquella visita.
Había cumplido treinta y dos años.
Su empresa le pagaba una revisión médica anual.
Analítica.
Cardiología.
Ginecología.
Una resonancia menor por unas migrañas recientes.
Nada especial.
Había salido del centro, tomado un café con leche en una terraza y regresado a la oficina.
—¿Qué ocurrió aquel día?
El médico apretó los labios.
—No lo sabemos todavía.
—Usted sabe algo.
Silencio.
—Doctor.
—Hubo una incidencia en el laboratorio.
Emily no se movió.
—¿Qué clase de incidencia?
—Una muestra fue etiquetada incorrectamente.
—¿Una muestra de qué?
Ortega se pasó una mano por la frente.
—Material reproductivo.
Emily sintió que algo duro se formaba en su estómago.
No miedo.
Rabia concentrada.
—¿Me inseminaron por error?
—No exactamente.
—¿Exactamente qué hicieron?
—Su procedimiento ginecológico requería introducir una pequeña cánula para obtener una muestra endometrial. El material utilizado… no estaba vacío.
Durante varios segundos, Emily oyó únicamente el zumbido del aire acondicionado.
Una cánula contaminada.
Material reproductivo.
Siete semanas.
Embarazo.
Todo encajaba de una forma tan monstruosa que resultaba imposible.
Y, sin embargo, aún faltaba algo.
Porque un médico asustado por una negligencia hablaría de abogados.
De seguros.
De indemnizaciones.
El doctor Ortega estaba asustado por otra cosa.
—¿De quién era la muestra?
El médico cerró la carpeta.
—No puedo decírselo.
—Entonces lo averiguaré.
—No debería.
—Eso no ha sonado como un consejo médico.
—No lo es.
Emily lo miró con calma.
—¿Me está amenazando?
—Estoy intentando protegerla.
—¿De quién?
Ortega bajó la voz.
—Del hombre al que pertenece esa sangre.
Emily frunció el ceño.
—¿Sangre?
El médico se quedó inmóvil.
Había hablado demasiado.
Emily lo vio comprenderlo.
—Usted ha dicho material reproductivo —continuó ella—. Ahora dice sangre.
—Olvide eso.
—No.
—Señorita Parker…
—¿Quién es el padre?
El doctor Ortega tardó cinco segundos en responder.
Esta vez, Emily los contó.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
—Adrian Blackwood.
Emily casi sonrió.
No porque le hiciera gracia.
Porque el nombre era absurdo.
—¿El empresario?
Ortega no respondió.
Claro que Emily conocía aquel nombre.
Cualquiera que viviera en Madrid lo había visto alguna vez.
Adrian Blackwood.
Ciudadano estadounidense.
Cuarenta años, según las revistas económicas.
Propietario de hoteles, bodegas, laboratorios biomédicos y una fundación que restauraba edificios históricos en Castilla.
Nunca concedía entrevistas televisadas.
Nunca aparecía de día en fotografías públicas.
Y llevaba más de una década comprando terrenos alrededor de Toledo a precios que nadie entendía.
Había rumores.
Sectas.
Contrabando de obras de arte.
Experimentación genética.
Ricos excéntricos tenían el privilegio de generar rumores.
Pero aquello no explicaba por qué un médico temblaba al pronunciar su nombre.
—Llámelo —dijo Emily.
Ortega levantó la vista de golpe.
—¿Qué?
—Si realmente cree que estoy embarazada de Adrian Blackwood, llámelo.
—No funciona así.
—Entonces deme su número.
—No lo tengo.
Emily señaló el teléfono fijo sobre la mesa.
—Pero sabe cómo localizarlo.
El doctor miró el aparato.
Otra pausa.
Emily ya tenía suficiente.
Cogió su bolso.
—Voy a solicitar oficialmente mi historial completo. También presentaré una denuncia ante la clínica y otra ante Sanidad. Si falta una sola página, mis abogados tendrán esa información antes del almuerzo.
—Señorita Parker, espere.
Emily llegó a la puerta.
—¿Qué?
Ortega respiró hondo.
—No vaya a su casa esta noche.
Por primera vez desde que había escuchado la palabra embarazada, Emily sintió miedo de verdad.
No vaya a su casa esta noche.
No confíe en que fue un accidente.
No permita que nadie tome otra muestra de sangre.
No diga el nombre de Adrian Blackwood por teléfono.
No abra la puerta aunque conozca a quien llama.
Cinco advertencias.
Cinco cuchilladas invisibles.
Cinco formas diferentes de decirle que aquello ya no era un error médico.
Emily regresó lentamente hacia la mesa.
—Doctor Ortega, míreme.
El hombre obedeció.
—¿Estoy en peligro?
—Sí.
—¿Por el padre?
El médico abrió la boca.
Pero nunca respondió.
La ventana explotó.
El sonido fue seco.
No como en las películas.
No hubo una lluvia elegante de cristales.
Hubo un impacto brutal, un gemido ahogado y una pequeña mancha roja que apareció de golpe en el cuello del doctor Ortega.
Emily cayó al suelo detrás de la mesa.
El médico se desplomó hacia atrás con los ojos abiertos.
Una flecha corta, negra, sobresalía de su garganta.
No una bala.
Una flecha.
Emily tardó menos de dos segundos en reaccionar.
Sacó el móvil.
No había cobertura.
Miró hacia la puerta.
La luz del pasillo se apagó.
Después escuchó pasos.
Lentos.
Sin prisa.
Alguien sabía que no tenía salida.
Emily metió la mano dentro de la chaqueta del médico caído, encontró su tarjeta de acceso y la guardó.
Luego cogió la carpeta azul.
Los pasos se acercaron.
Ella observó la consulta.
Una puerta.
Una ventana rota en un tercer piso.
Un armario.
Un aseo pequeño.
Nada.
Pero los edificios antiguos de aquella zona de Madrid casi siempre tenían patios interiores.
Corrió hacia el baño.
Abrió la ventana.
Allí estaba.
Un patio estrecho con tuberías antiguas, aparatos de aire acondicionado y una escalera metálica de mantenimiento.
Detrás de ella, la puerta de la consulta empezó a abrirse.
Emily no miró atrás.
Subió al alféizar.
La carpeta bajo el brazo.
Los tacones eran un problema.
Se quitó uno.
Luego el otro.
Saltó.
Cayó sobre una estructura metálica dos metros más abajo.
El golpe le arrancó el aire.
Una mano apareció por la ventana.
Emily vio un guante negro.
Después una cara.
Un hombre alto.
Pálido.
Demasiado pálido.
No llevaba máscara.
Eso significaba que no esperaba dejar testigos.
Emily descendió por la escalera exterior.
Escuchó metal crujir sobre su cabeza.
El desconocido la seguía.
Dos plantas.
Una.
Llegó al patio.
Corrió descalza por un pasillo de servicio que olía a lejía y humedad.
Empujó una puerta.
Salió a una cafetería.
Un camarero dejó caer una bandeja.
—¡Señora!
—Llame a la policía.
No se detuvo.
Atravesó el local entre clientes sorprendidos y salió a la calle.
Sol.
Tráfico.
Gente.
Seguridad.
O eso quiso creer.
Caminó rápido sin correr.
La experiencia le había enseñado que una persona huyendo llamaba la atención.
Una mujer caminando con decisión podía desaparecer dentro de una ciudad.
Tomó un taxi.
—Atocha.
El conductor la miró por el retrovisor.
—Señorita, va descalza.
—Me robaron los zapatos.
—¿Quiere que llame a…?
—Atocha, por favor.
El taxi arrancó.
Emily miró hacia atrás.
El hombre pálido salió de la cafetería.
Se quedó en la acera.
No corrió detrás de ella.
Solo levantó la cabeza.
Y sonrió.
Esa sonrisa fue peor que la persecución.
En la estación de Atocha compró un par de zapatillas deportivas, una sudadera gris y un billete de tren a Toledo que salía en veintidós minutos.
No pensaba ir a Toledo.
Precisamente por eso compró aquel billete.
Después bajó al metro, cambió dos veces de línea y salió en Argüelles.
Entró en una pensión pequeña donde aceptaban clientes sin reserva.
Pagó en efectivo.
Subió a la habitación.
Cerró con llave.
Bloqueó la puerta con una silla.
Solo entonces abrió la carpeta.
Había resultados médicos.
Análisis sanguíneos.
Hormonas.
Ecografías.
Una copia parcial del registro del procedimiento.
Y una hoja marcada con un código.
B-17.
Paciente receptora: Emily Parker.
Muestra origen: A.B.
Clasificación: HEM-PRIMUS.
Compatibilidad: 99,97 %.
Observación: reacción celular acelerada.
Emily leyó la línea tres veces.
HEM.
Sangre.
PRIMUS.
Primero.
Origen.
Adrian Blackwood.
Debajo aparecía otra frase.
En caso de implantación viable, notificar inmediatamente al Consejo de la Corona.
Emily dejó la hoja sobre la cama.
Consejo de la Corona.
No consejo médico.
No comité de investigación.
Corona.
Sintió una náusea súbita.
Corrió al baño.
Pero no vomitó.
Se apoyó sobre el lavabo respirando despacio.
Cuando levantó la cabeza, vio en el espejo una pequeña gota roja bajo su nariz.
Sangre.
Se limpió.
La gota volvió a aparecer.
Entonces sintió un latido.
No en el pecho.
Más abajo.
En el vientre.
Uno.
Dos.
Tres.
Demasiado fuerte.
Emily colocó la palma sobre su abdomen.
—Esto no es posible.
La lámpara del baño parpadeó.
El espejo vibró.
Durante una fracción de segundo, Emily creyó ver dos ojos rojos detrás de su reflejo.
Se giró.
No había nadie.
El móvil sonó en la habitación.
Un número oculto.
Emily no respondió.
Volvió a sonar.
Después apareció un mensaje.
Si quieres vivir hasta el amanecer, sal de esa pensión en tres minutos.
Emily miró la pantalla.
Segundo mensaje.
El hombre que mató al médico está en recepción.
Ella no perdió tiempo.
Guardó los documentos dentro de la sudadera.
Cogió el móvil.
Abrió la ventana.
Segundo piso.
Demasiado alto para saltar.
Entonces escuchó un golpe en la puerta.
Una vez.
Dos.
La madera crujió.
Emily miró la ventana.
Había un toldo debajo.
No era buena opción.
Era la única.
Subió al alféizar.
La puerta se abrió.
Emily saltó.
Cayó sobre el toldo.
La tela cedió.
Rodó y terminó sobre una mesa de terraza vacía, rompiendo dos vasos.
Un anciano se levantó sobresaltado.
Emily ya estaba corriendo.
Un coche negro frenó junto a la acera.
La puerta trasera se abrió.
Una voz masculina dijo:
—Sube.
Emily se detuvo.
Dentro había un hombre vestido con traje oscuro.
Cabello negro.
Rostro anguloso.
Piel casi blanca.
No necesitó que nadie se presentara.
Había visto aquella cara en fotografías de periódicos económicos.
Adrian Blackwood.
Emily miró hacia la entrada de la pensión.
El hombre pálido apareció.
Tenía una ballesta pequeña en la mano.
Adrian ni siquiera giró la cabeza.
—Puedes subir conmigo o puedes quedarte aquí y descubrir cuánto tarda una flecha de plata en atravesarte el corazón.
Emily entró.
La puerta se cerró.
El coche arrancó.
Durante diez segundos nadie habló.
Emily estudió al hombre sentado frente a ella.
Adrian Blackwood parecía más joven en persona.
Treinta y cinco.
Quizá treinta y ocho.
Tenía los ojos grises.
No rojos.
No mostraba colmillos.
No llevaba capa.
Resultaba irritantemente normal.
—¿Usted me dejó embarazada?
Adrian la miró.
—No.
—Los análisis dicen otra cosa.
—Mis análisis dicen algo peor.
Emily cruzó los brazos.
—Tiene treinta segundos antes de que abra esta puerta en marcha.
Una sombra de sorpresa apareció en el rostro de Adrian.
Después, curiosamente, sonrió.
—Entiendo por qué sobreviviste.
—Veintisiete.
—La muestra de sangre utilizada en tu procedimiento me pertenecía.
—Eso ya lo sé.
—No era semen.
—También lo sé.
—Entonces probablemente ya has entendido que tu embarazo no debería ser biológicamente posible.
—Veinte segundos.
Adrian se inclinó hacia delante.
—Porque no soy humano.
Emily sostuvo su mirada.
—Quince.
—Soy lo que vuestra cultura llamaría vampiro.
—Diez.
—Y, técnicamente, soy el rey de los míos.
Emily abrió la puerta.
El viento entró de golpe.
El conductor maldijo.
Adrian estiró una mano y cerró la puerta sin tocarla.
Emily se quedó inmóvil.
No había cuerda.
No había mecanismo.
La puerta simplemente había obedecido.
Adrian volvió a acomodarse.
—Ahora podemos hablar.
Emily miró su mano.
—Repítalo.
—Soy un vampiro.
—La otra parte.
—Soy rey.
—Eso suena peor.
—Lo es.
Emily respiró despacio.
Su mente rechazaba la idea.
Pero su mente también recordaba una flecha atravesando una ventana.
Un hombre que parecía no respirar.
Una puerta moviéndose sin contacto.
Un embrión creciendo demasiado rápido.
Negar los datos no los hacía desaparecer.
—¿Por qué guardaba su sangre en una clínica?
Adrian no respondió de inmediato.
—Para un tratamiento.
—¿De fertilidad?
—De supervivencia.
—Explíquese.
Adrian miró por la ventana.
—Mi especie está muriendo.
—Conveniente.
—No espero que me creas.
—Me importa poco lo que espere.
Algo parecido a respeto cruzó el rostro del vampiro.
—Hace casi cien años nació el último niño de sangre real.
Emily miró su vientre.
—¿Y ahora yo estoy embarazada de uno?
—Eso parece.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—Miente.
Adrian regresó la mirada hacia ella.
—No del todo.
—No existe “no del todo”. O sabe por qué ocurrió o no.
El coche giró hacia una avenida.
Adrian guardó silencio.
Emily comprendió que allí estaba la parte importante.
No el vampirismo.
No la corona.
La parte que él evitaba.
—Mi compatibilidad era del 99,97 % —dijo ella.
Adrian se tensó apenas.
Miniatura de reacción.
Suficiente.
—¿Cómo sabe eso?
—Me llevé los documentos del médico.
—¿Dónde están?
—A salvo.
Mentira.
Los tenía dentro de la sudadera.
Adrian la observó durante dos segundos.
Luego sonrió.
—Mientes bien.
—Usted también.
—Es una habilidad necesaria para gobernar.
—¿Qué significa HEM-PRIMUS?
La sonrisa desapareció.
Emily lo vio.
Había encontrado una puerta.
—¿Qué significa?
Adrian miró al conductor.
—Cambia de ruta.
—¿Adónde vamos? —preguntó Emily.
—Fuera de Madrid.
—No he aceptado.
—El hombre que te persigue se llama Marcus Vale. Dirige una facción que lleva décadas intentando acabar con mi linaje. Mientras estés embarazada, eres su objetivo principal.
—¿Y usted espera que confíe en el otro vampiro de la ecuación?
—No.
—Bien.
—Espero que seas lo bastante inteligente para entender que, si quisiera hacerte daño, no necesitaría este coche.
Emily sostuvo su mirada.
Era una amenaza.
Pero también un hecho.
El vehículo tomó la autovía hacia Toledo.
Cincuenta minutos después, abandonaron la carretera principal.
Atravesaron campos secos, encinas y pequeñas fincas de piedra.
Finalmente llegaron a una propiedad rodeada por muros altos.
No parecía un castillo.
Parecía un antiguo monasterio rehabilitado.
Piedra clara.
Patios interiores.
Cipreses.
Tejas rojizas.
Una fuente central.
España del siglo XVI escondiendo algo mucho más antiguo.
Emily bajó del coche.
—¿Dónde estamos?
—Cerca de Toledo.
—Eso ya lo veo.
—La finca se llama San Aurelio.
—Suena muy católico para un rey vampiro.
—La Iglesia construyó encima de nosotros. No al revés.
Emily lo miró.
Adrian siguió caminando.
Dentro de la casa, varias personas se inclinaron ligeramente al verlo.
No exageradamente.
No como súbditos de una película.
Pero había jerarquía.
Miedo.
Respeto.
Una mujer rubia, de unos cincuenta años, se acercó.
—Majestad.
Emily levantó una ceja.
Adrian cerró los ojos durante un instante.
—Te he dicho que no me llames así delante de invitados.
—Ella no es una invitada.
El silencio cayó.
La mujer miró el vientre de Emily.
Después sus pupilas se dilataron.
—Dios mío.
Adrian dio un paso.
—Helena.
—Puedo oírlo.
Emily sintió un escalofrío.
—¿Oír qué?
Helena retrocedió.
—Dos corazones.
Emily colocó una mano sobre su abdomen.
—Eso ocurre en los embarazos.
Helena negó lentamente.
—No así.
Adrian miró a la mujer.
—Prepara la sala médica.
Emily respondió antes que ella.
—No.
Adrian giró la cabeza.
—Necesitamos comprobar al bebé.
—No entrará ninguna aguja en mi cuerpo hasta que yo sepa exactamente qué están buscando.
—Emily…
—Hace siete semanas alguien introdujo material biológico en mi útero sin mi consentimiento. Hace dos horas asesinaron al médico que iba a explicármelo. Después dos hombres intentaron matarme. Ahora un desconocido que asegura ser un rey vampiro quiere llevarme a otra sala médica. Si espera cooperación, empiece a darme respuestas.
Helena la miró con una expresión extraña.
Casi admiración.
Adrian pasó la lengua lentamente por el interior de la mejilla.
—De acuerdo.
Los llevó a una biblioteca.
Había libros antiguos, lámparas modernas y un gran ventanal protegido por cortinas gruesas.
Adrian abrió un pequeño armario de hierro.
Sacó una caja.
Dentro había una fotografía antigua.
Emily la tomó.
Era una foto en blanco y negro de una mujer joven.
Cabello oscuro.
Vestido de los años veinte.
Rostro serio.
Emily sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
La mujer se parecía a ella.
No un poco.
Demasiado.
La misma mandíbula.
La misma forma de ojos.
Incluso la pequeña asimetría del labio superior.
—¿Quién es?
—Eleanor Parker.
Emily dejó de respirar.
Ese era el nombre de su bisabuela.
—Eso es imposible.
—Nació en Boston en 1901 —continuó Adrian—. Viajó a España en 1924. Oficialmente vino como enfermera voluntaria durante una epidemia local.
—Murió joven.
—Eso te dijeron.
Emily apretó la fotografía.
—¿La conoció?
Adrian no respondió.
Eso fue respuesta suficiente.
Emily sintió una presión incómoda en el pecho.
—¿Cuántos años tiene usted?
—Más de los que aparecen en Forbes.
—¿La conoció?
—Sí.
—¿Qué era para usted?
Adrian caminó hacia la ventana.
La luz del atardecer quedaba bloqueada por una cortina casi cerrada.
—Eleanor salvó mi vida.
—Eso no responde.
—Es la única respuesta que importa.
Emily se acercó.
—Mi ADN coincide con su sangre por ella.
Adrian giró.
—Probablemente.
—¿Ella también quedó embarazada?
Helena intervino.
—Adrian.
El tono contenía una advertencia.
Emily miró de uno a otro.
—¿Qué ocurrió con ella?
Adrian no apartó la vista.
—Desapareció.
—Eso tampoco es una respuesta.
—Porque no tengo otra.
Emily dejó la foto sobre la mesa.
—Entonces dígame lo que sí sabe.
Adrian tardó unos segundos.
—Eleanor tenía algo raro en su sangre. Una mutación que permitía a sus células sobrevivir al contacto con la nuestra. Los médicos de mi casa la llamaron Compatibilidad Primaria.
Emily recordó la hoja.
HEM-PRIMUS.
—Primus.
—Sí.
—¿Y desde entonces han buscado descendientes?
Adrian no respondió.
Emily lo entendió.
La rabia regresó.
Fría.
Precisa.
—¿Mi chequeo fue organizado?
—Yo no ordené tu procedimiento.
—No he preguntado eso.
Silencio.
—¿Sabían quién era yo antes de que entrara en aquella clínica?
Adrian miró a Helena.
Error.
Emily lo vio.
—Sí —dijo ella.
Helena bajó los ojos.
Emily soltó una risa corta, sin humor.
—Así que la gran coincidencia empieza a parecer menos coincidente.
—Emily —dijo Adrian—, escuchame.
—No. Ahora usted me escucha. Si alguien de su gente me seleccionó, me vigiló o manipuló mi historial médico, voy a averiguar quién. Y si usted participó…
—No participé.
—Entonces demuéstrelo.
Adrian abrió la boca.
Un grito resonó desde el pasillo.
Después un disparo.
Helena se giró de golpe.
Adrian ya no estaba frente a Emily.
Estaba junto a la puerta.
Demasiado rápido.
Imposiblemente rápido.
—Quédate aquí.
—No.
—Emily.
—Ya hemos probado la estrategia de dejarme sola. No funcionó.
Otro disparo.
Luces rojas se encendieron en el techo.
Helena abrió un cajón y sacó una pistola.
Emily la miró.
—¿Las balas sirven contra vampiros?
—Estas sí.
Un golpe sacudió el edificio.
Adrian miró a Emily.
—Marcus nos encontró.
—¿Cómo?
Nadie respondió.
Y Emily entendió otra cosa.
No los había encontrado.
Alguien lo había dejado entrar.
Las puertas del pasillo se cerraron automáticamente.
Se escucharon pasos.
Helena agarró a Emily por el brazo.
—Por aquí.
Atravesaron la biblioteca hasta una estantería móvil.
Detrás había una escalera descendente.
—¿Un pasadizo secreto? —murmuró Emily.
—El edificio tiene cuatrocientos años —respondió Helena—. Sería extraño que no tuviera uno.
Adrian entró primero.
Bajaron.
El aire se hizo más frío.
Llegaron a una galería subterránea de piedra.
Emily esperaba una salida.
En cambio encontró una puerta de hierro.
Adrian la abrió.
Detrás había algo que no pertenecía al monasterio.
Un laboratorio.
Pantallas.
Neveras criogénicas.
Equipos médicos.
Archivadores metálicos.
Emily se quedó inmóvil.
—¿Qué es esto?
Adrian parecía tan sorprendido como ella.
Helena no.
Emily lo vio enseguida.
—Tú sabías que estaba aquí.
Helena levantó el arma.
Pero no apuntó hacia el pasillo.
Apuntó a Adrian.
—Lo siento.
Adrian no se movió.
—Helena.
—No podíamos esperar otros cien años.
Emily sintió el corazón acelerarse.
—¿Tú organizaste la clínica?
Helena miró brevemente hacia ella.
—No exactamente.
—Otra persona que responde “no exactamente”. Qué costumbre tan irritante.
Helena apretó el arma.
—Tu nacimiento fue el acontecimiento que llevábamos tres generaciones esperando.
—Mi nacimiento.
—Tu familia fue vigilada desde Eleanor.
Adrian dio un paso.
—Baja el arma.
—No.
—Helena.
—Tu consejo estaba dejando morir a nuestra especie por miedo.
—Experimentar con humanos nunca fue una opción.
—Por eso no te lo dijimos.
Emily sintió que su mente ordenaba piezas.
Clínica.
Compatibilidad.
Sangre de Adrian.
Su genealogía.
El embarazo.
—¿Cuántas mujeres?
Helena no respondió.
Emily caminó hacia una mesa.
Había expedientes.
Docenas.
Los abrió.
Fotografías.
Nombres.
Fechas.
Resultados negativos.
Abortos espontáneos.
Fallo celular.
Rechazo agudo.
Muerte embrionaria.
Emily sintió náuseas.
—¿Cuántas?
—Cincuenta y ocho —dijo Helena.
Adrian cerró los ojos.
Su rostro cambió.
No físicamente.
Algo más profundo.
La calma desapareció.
Cuando volvió a abrirlos, había una oscuridad feroz en ellos.
—Has utilizado mi sangre.
—Para salvarnos.
—Sin permiso.
—Tu permiso nos habría condenado.
—¿Y ellas?
Helena endureció la mandíbula.
—No sabían nada.
Emily pasó páginas.
Paciente 31.
Paciente 44.
Paciente 52.
Todas humanas.
Todas compatibles parcialmente.
Ninguna había llegado más allá de diez días.
Hasta Emily.
Paciente 59.
Éxito.
Adrian movió la cabeza.
—Te mataré por esto.
Helena sonrió con tristeza.
—Lo sé.
Un disparo atravesó su pecho.
Pero no vino de Adrian.
Vino desde la puerta.
Helena cayó.
Marcus Vale estaba allí.
El hombre pálido de la clínica.
Detrás de él había cuatro figuras vestidas de negro.
—Qué conmovedor —dijo—. La familia reunida.
Adrian se colocó delante de Emily.
—Marcus.
—Majestad.
El sarcasmo era evidente.
Marcus miró a Emily.
—Llevamos cien años intentando impedir ese nacimiento.
Emily retrocedió lentamente hacia la mesa.
—Entonces supongo que no vienes con un regalo.
Marcus sonrió.
—No eres graciosa.
—Y tú no eres tan aterrador como crees.
Uno de los hombres se movió.
Adrian desapareció de la vista.
Hubo un golpe brutal.
El atacante salió despedido contra una pared.
El laboratorio estalló en violencia.
Disparos.
Cristales.
Gritos.
Emily se agachó.
No podía seguir los movimientos de Adrian.
Era demasiado rápido.
Marcus también.
Parecían sombras golpeándose.
Emily vio caer un cargador de plata cerca de Helena.
Se arrastró.
Cogió el arma de la mujer.
Un hombre apareció frente a ella.
Emily disparó.
Una vez.
La bala le dio en el hombro.
El vampiro gritó como si lo hubieran quemado.
Emily disparó otra vez.
Al pecho.
Cayó.
—Funciona —murmuró.
Otro atacante se abalanzó.
Emily apuntó.
Click.
Sin munición.
El hombre sonrió.
Emily lanzó el arma.
No para herirlo.
Para distraerlo.
Después golpeó con un extintor que había arrancado de la pared.
El metal impactó contra su mandíbula.
El vampiro cayó de rodillas.
Emily no esperó.
Corrió hacia la salida contraria.
Sintió un dolor punzante en el abdomen.
Se detuvo.
El mundo vibró.
Las pantallas se apagaron.
Las luces parpadearon.
Todos los vampiros de la sala se quedaron inmóviles.
El dolor volvió.
Más fuerte.
Emily cayó sobre una rodilla.
—¡Emily! —gritó Adrian.
Una onda invisible recorrió el laboratorio.
Los cristales de las vitrinas explotaron al mismo tiempo.
Marcus se llevó las manos a los oídos.
Los demás vampiros gritaron.
Solo Emily permaneció en silencio.
Entonces escuchó algo.
Una voz.
Pequeña.
Lejana.
Dentro de su cabeza.
Mamá.
Emily dejó de respirar.
Adrian llegó hasta ella.
—¿Qué ocurre?
Emily lo miró.
—He oído al bebé.
Adrian palideció.
—Eso no es posible.
—Últimamente esa frase está perdiendo fuerza.
Marcus, todavía arrodillado, empezó a reír.
Adrian giró.
—¿Qué sabes?
Marcus levantó la cabeza.
Tenía sangre oscura bajándole por la nariz.
—Crees que ese niño es tu heredero.
Adrian dio un paso.
—Cállate.
Marcus rió más fuerte.
—Todavía no lo has entendido.
Adrian lo agarró del cuello.
Lo levantó.
—¿Qué no he entendido?
Marcus miró directamente a Emily.
—La muestra no se mezcló con ella por error.
Silencio.
—Helena lo planeó —dijo Emily.
Marcus negó.
—Helena solo ejecutó la última parte.
Emily sintió otro latido dentro del vientre.
—¿Quién empezó?
Marcus sonrió.
—Eleanor Parker.
Adrian se quedó inmóvil.
—Mientes.
—¿Eso te dijiste durante cien años?
Marcus sacó algo del interior de su chaqueta.
Una fotografía.
La lanzó hacia Emily.
Cayó junto a sus pies.
Era Eleanor.
Pero no la Eleanor de la fotografía anterior.
Aquí parecía mayor.
Estaba delante del mismo monasterio.
La fecha escrita detrás decía:
1956.
Emily sintió un escalofrío.
Su bisabuela supuestamente había muerto en 1931.
Adrian soltó lentamente a Marcus.
—¿Dónde conseguiste eso?
Marcus respiró con dificultad.
—Ella nunca murió.
Emily recogió la fotografía.
En el borde había otra persona parcialmente recortada.
Un hombre.
Solo se veía una mano.
Llevaba un anillo idéntico al que Emily tenía en el dedo índice.
El anillo heredado de su madre.
El anillo que había pertenecido a Eleanor.
—¿Dónde está? —preguntó Emily.
Marcus la miró.
Y por primera vez, el vampiro dejó de sonreír.
—Si el niño ya puede hablarte, entonces es demasiado tarde.
Adrian lo golpeó contra la pared.
—¿Dónde está Eleanor?
Marcus empezó a reír otra vez.
—Debajo de Madrid.
Una alarma comenzó a sonar.
No la del monasterio.
Una alarma del laboratorio.
Una de las pantallas se encendió sola.
Letras blancas aparecieron sobre fondo negro.
PROTOCOLO PRIMUS ACTIVADO.
Debajo apareció una cuenta atrás.
23:59:57.
23:59:56.
23:59:55.
Emily miró a Helena.
La mujer seguía viva.
Apenas.
Se arrastraba hacia una consola.
—¿Qué es eso? —preguntó Adrian.
Helena escupió sangre.
—No… fui yo.
Emily se acercó.
—¿Qué ocurre cuando llegue a cero?
Helena cerró los ojos.
—Se abre la Cámara.
Adrian se quedó rígido.
—¿Qué Cámara?
Helena lo miró.
—La que está bajo el Palacio Real.
Marcus dejó escapar una carcajada.
Emily sintió que el bebé se movía.
No como un embrión.
Como algo mucho más grande.
Su mano fue al vientre.
Y entonces la voz regresó.
Esta vez más clara.
Más fuerte.
No dijo mamá.
Dijo un nombre.
Eleanor.
La pantalla cambió.
Apareció una imagen en directo.
Una habitación subterránea de piedra.
Un ataúd de cristal.
Dentro descansaba una mujer.
Cabello oscuro.
Rostro joven.
El mismo rostro de la fotografía de 1924.
El mismo rostro de Emily.
Los ojos de Adrian se abrieron con horror.
—No puede ser.
La mujer dentro del ataúd abrió los ojos.
Eran rojos.
Miró directamente hacia la cámara.
Y sonrió.
Después levantó una mano.
En la palma tenía escrito con sangre:
TRAEDME A MI BISNIETA.
La transmisión se cortó.
El teléfono de Emily vibró.
Número desconocido.
Un único mensaje.
NO CONFÍES EN ADRIAN. ÉL SABE QUIÉN ES REALMENTE EL PADRE.
Emily levantó lentamente la mirada.
Adrian ya estaba observándola.
Y por primera vez desde que lo conocía…
el rey vampiro parecía aterrorizado.
( FIN )