“¿Por qué el padre de mi hija está en tu retrato?” — La anciana reveló lo impensable
El sonido del reloj marcaba el silencio incómodo en el salón. Las cortinas de encaje dejaban pasar la luz dorada del atardecer, iluminando una pared repleta de retratos antiguos. Fue allí, entre cuadros de familia, donde Emma vio algo que la dejó sin aliento.
Había ido a visitar a Margaret, una anciana amable que vivía sola al final del vecindario. Su hija pequeña, Lily, había entablado amistad con la señora semanas atrás, ayudándola a cuidar el jardín y escuchando sus historias.
Aquella tarde, Emma había ido simplemente a recoger a su hija. No esperaba descubrir un secreto que cambiaría su vida.
Mientras Lily jugaba con el gato de la anciana, Emma observó las pinturas en la pared. Y entonces lo vio. En un retrato grande, de marco dorado, aparecía un hombre de unos 30 años, de cabello castaño y mirada intensa. Su corazón dio un salto.
Era él. El padre de su hija.
Emma se quedó helada. La taza de té casi se le cayó de las manos.
—¿Señora Margaret…? —dijo con voz temblorosa—. ¿Quién es el hombre del cuadro?
La anciana sonrió, sin advertir la conmoción de su visitante.
—Ah, ese es Thomas, mi hijo —respondió con ternura—. Hace años que no lo veo.
Emma se quedó sin aire.
—¿Thomas qué? —preguntó, con el corazón latiendo con fuerza.
—Thomas Miller, mi querido hijo —contestó la mujer, suspirando—. Se fue hace más de siete años. Dijo que necesitaba empezar una nueva vida.

Emma sintió que el mundo giraba a su alrededor.
Thomas Miller. El mismo nombre, la misma cara. El hombre que había amado, el padre que desapareció antes de saber que ella estaba embarazada.
Lily, ajena al caos, se acercó con una flor en la mano.
—Mamá, mira, la señora Margaret dice que esta flor trae suerte.
Emma la abrazó con fuerza.
—Cariño, ¿te acuerdas del retrato que pintaste en la escuela, el de papá?
—Sí, mamá. ¿Por qué?
—Porque ese hombre —dijo Emma señalando el cuadro— es tu papá.
Margaret, confundida, frunció el ceño.
—¿Qué dices?
—Mi hija es hija de Thomas —susurró Emma—. Él y yo estuvimos juntos… hasta que un día desapareció.
La anciana se llevó una mano al pecho.
—Dios mío… —murmuró, mirando alternativamente a Emma y a Lily—. ¿Dices que… él es el padre de esta niña?
Emma asintió.
—Nunca supe qué pasó con él. Pensé que me había abandonado.
Margaret se sentó despacio, visiblemente afectada.
—No… no te abandonó —dijo en voz baja—. Yo lo alejé.
El silencio llenó la habitación.
Emma la miró, horrorizada.
—¿Qué? ¿Por qué haría algo así?
Margaret respiró hondo.
—Thomas conoció a una chica, hace muchos años. Decía que la amaba, pero yo… yo era una mujer orgullosa. Pensé que no era suficiente para él. Cuando supe que ella esperaba un hijo, le mentí. Le dije que el bebé no era suyo. Que se fuera.
Emma sintió que el alma se le rompía en dos.
—¿Le mintió? ¿Por qué?
—Porque tenía miedo de perderlo —confesó la anciana, con lágrimas en los ojos—. Él era todo lo que tenía. Después de la muerte de su padre, me volví posesiva, egoísta. Nunca imaginé que estaba destruyendo su vida… y la tuya.
Lily los miraba sin entender, aferrada a la mano de su madre.
—¿Entonces papá no se fue porque quiso? —preguntó, con su voz infantil.
Margaret rompió a llorar.
—No, cariño. No lo hizo por eso. Yo… yo lo eché.
Emma se apartó, tratando de asimilarlo todo.
—Durante años pensé que él me había olvidado —susurró—. Crié a mi hija sola, preguntándome qué hice mal.
La anciana se levantó con dificultad y se acercó a un cajón. Sacó una caja de madera.
—Después de que se fue, me enviaba cartas. Nunca las abrí. Me daba miedo saber que me odiaba. Pero ahora… —le entregó la caja—. Estas son para ti.
Emma la abrió con manos temblorosas. Dentro había más de veinte cartas. En cada sobre, el mismo nombre: “Para Emma, si alguna vez la vuelvo a ver.”
Emma leyó en voz alta el comienzo de una:
“Te busco en cada ciudad, en cada rostro. Si alguna vez lees esto, sabrás que nunca te olvidé.”
Las lágrimas le nublaron la vista.
—Él me amaba —dijo, apenas susurrando—. Todo este tiempo…
Margaret tomó la mano de su nieta.
—Lily, tu padre era un hombre bueno. Se fue a Nueva York, intentó empezar de nuevo, pero siempre habló de una mujer con una sonrisa triste. Esa eras tú, Emma.
Emma la miró con dolor y compasión.
—¿Sigue vivo? —preguntó.
La anciana bajó la mirada.
—Falleció hace dos años. Un infarto. Yo… nunca tuve el valor de decirte nada. Pero al verte entrar con tu hija, supe que el destino no me daría otra oportunidad para redimirme.
El reloj volvió a sonar, marcando la hora en un silencio absoluto.
Lily abrazó a su abuela con ternura.
—No llores, abuela —dijo—. Papá está con los ángeles, y tú estás con nosotras.
Las tres se abrazaron. La fotografía del retrato, iluminada por la luz del atardecer, parecía mirar la escena con serenidad.
Semanas después, Emma y Lily se mudaron con Margaret. La anciana vendió la casa y donó el dinero a una fundación infantil, diciendo que era “por Thomas”.
Una tarde, Emma encontró una última carta, escondida en el marco del retrato. Decía:
“Si mamá algún día encuentra a Emma, dile que la perdono. Y que amo a la hija que nunca conocí.”
Emma la guardó en una caja junto al retrato. Desde entonces, todos los días al despertar, Lily le dice a su madre:
—Mamá, papá está en el cuadro, pero también está en nuestros corazones.
Y Emma responde, sonriendo:
—Sí, cariño. A veces, el amor no se pierde. Solo espera ser encontrado.
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