Aquel día creí que mi cita a ciegas me había dejado plantada, pero cuando vi entrar a dos gemelas pidiendo disculpas por su padre… comprendí que el destino no siempre llega puntual, pero cuando lo hace, cambia tu vida para siempre.
“El día que el destino llegó con dos coletas idénticas”
Nunca fui fan de las citas a ciegas.
De hecho, solía pensar que eran una pérdida de tiempo, una lotería emocional donde casi siempre salías perdiendo. Pero ese día, después de meses de insistencia por parte de mi amiga Marina, cedí.
—Solo ve, Lucía —me decía con su voz cargada de entusiasmo—. Es un buen hombre. Viudo, trabajador, honesto.
—Suena más a anuncio de periódico que a cita —le respondí entre risas.
—Tal vez, pero te aseguro que vale la pena.
A mis 33 años, había cerrado demasiadas puertas. Mi último intento de amor terminó en un silencio que dolió más que una pelea. Pero esa tarde, mientras me miraba al espejo, pensé que quizás era momento de dejar que la vida me sorprendiera.

Me vestí con un vestido azul sencillo, el cabello suelto, y un toque de perfume de jazmín. Quería verme bien, pero sin parecer que me había esforzado demasiado. Llegué al restaurante quince minutos antes, pedí un café y esperé.
Pasaron diez minutos.
Luego veinte.
Treinta.
Mi optimismo comenzó a diluirse entre el aroma del café y la voz suave del pianista en la esquina del salón. Miré el reloj una vez más. Nada. Ni un mensaje, ni una llamada. Solo el incómodo murmullo de los comensales y mi reflejo en la copa vacía.
Decidí que ya era suficiente. Tomé mi bolso y me levanté.
Pero entonces, la puerta del restaurante se abrió de golpe.
Dos niñas pequeñas, idénticas, entraron corriendo, con las mejillas sonrojadas y las mochilas tambaleando.
—¡Perdón, perdón, mi papá se retrasó! —gritó una, mientras la otra se reía.
Todos en el restaurante las miraron, incluida yo. Y detrás de ellas, apareció él.
Alto, con el cabello ligeramente despeinado por el viento, una mirada cálida y un gesto entre cansado y avergonzado. Llevaba en la mano un ramo de tulipanes blancos algo desordenado.
—Buenas tardes —dijo acercándose—. Soy Daniel… supongo que tú eres Lucía.
No sé si fue por su voz, o por la torpeza con la que intentaba contener a las niñas, pero no pude evitar sonreír.
—Supongo que sí —le respondí—. Pensé que no vendrías.
—Yo también… por un momento. Pero tuve un pequeño contratiempo con estas dos —dijo señalando a las gemelas, que ahora miraban el menú con curiosidad.
Nos sentamos. Él pidió jugo de naranja para las niñas y un vino para nosotros. La conversación comenzó torpe, como suelen empezar las conversaciones entre dos desconocidos que intentan no parecerlo. Pero poco a poco, el silencio se fue llenando de risas, de anécdotas, de miradas que duraban más de lo habitual.
Daniel me contó que había perdido a su esposa hacía tres años. Que las niñas, Emma y Sofía, eran su mundo. Que había decidido volver a intentar abrir su corazón, aunque le costara.
Yo lo escuchaba, y algo dentro de mí se ablandaba. No era lástima. Era comprensión. Una sensación de estar frente a alguien que también había aprendido a vivir con cicatrices.
Cuando las niñas se durmieron sobre la mesa, él las miró con ternura y murmuró:
—A veces siento que no lo estoy haciendo bien.
—Estás aquí —le dije—. Eso ya es hacerlo bien.
Esa noche, antes de despedirnos, me entregó el ramo de tulipanes.
—No están perfectos —dijo—, pero son sinceros.
—Como esta cita —respondí sonriendo.
Nos reímos. Fue un momento simple, pero cargado de algo que no supe nombrar.
Los días siguientes se convirtieron en mensajes, llamadas, y luego en paseos por el parque con Emma y Sofía, que insistían en peinarme igual que ellas. Daniel y yo hablábamos de todo y de nada. A veces solo nos mirábamos en silencio, y bastaba.
Una tarde, mientras ayudábamos a las niñas a construir un castillo de arena, una de ellas me preguntó con total inocencia:
—¿Tú vas a ser nuestra nueva mamá?
Daniel se sonrojó, yo también.
Pero en vez de responder, simplemente las abracé.
El tiempo hizo el resto.
Un año después, en el mismo restaurante donde nos conocimos, Daniel se arrodilló frente a mí. No con un anillo costoso, sino con las manos de sus hijas sosteniendo una flor de papel.
—No puedo prometerte una vida fácil —me dijo—. Pero sí una vida llena de amor, risas y tulipanes desordenados.
No pude contener las lágrimas.
Y respondí con un “sí” que aún resuena en mi pecho cada vez que lo recuerdo.
A veces el amor no llega puntual.
A veces se retrasa, tropieza, entra corriendo con dos coletas idénticas y una sonrisa cansada.
Pero cuando llega… entiendes por qué todos los intentos anteriores no funcionaron.
Porque el destino no se equivoca. Solo se toma su tiempo.
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