El director del banco se reía de todos… hasta que alguien cerró su cuenta

El banco olía a café, dinero y miedo.
Aquel martes, todos fingían normalidad. Los clientes llenaban formularios, los cajeros sonreían, y en el centro del salón, el director caminaba con su eterno aire de superioridad.

—¡Más rápido, Laura! —gruñó, sin mirar a la joven empleada que temblaba al contar los billetes.
Él disfrutaba del poder. No por el salario, sino por el placer de ver a los demás inclinar la cabeza.

Pero esa mañana, algo era distinto.

Una anciana de cabello blanco entró lentamente. Llevaba un sobre amarillento, cerrado con cera roja.
—Vengo a cerrar una cuenta —dijo con voz quebrada.

El director, impaciente, apenas la miró.
—¿Número de cuenta?

La mujer lo miró con unos ojos tan tranquilos que resultaban perturbadores.
—La suya —susurró.

Hubo un silencio incómodo.
Un segundo después, las luces parpadearon. Las computadoras se reiniciaron. En la pantalla principal apareció un mensaje:

“TRANSFERENCIA COMPLETADA — CUENTA 999 — SALDO: CERO.”

El director corrió hacia su oficina, pero la puerta estaba abierta.
Sobre su escritorio, el sobre de la mujer reposaba intacto.
Dentro, una nota escrita a mano:

“Nunca humilles a quien puede quitarte todo sin levantar la voz.”

La mujer ya no estaba. Nadie recordaba haberla visto salir.
Horas después, el director fue hallado en su despacho, mirando en blanco la pantalla vacía.
El banco siguió funcionando… pero nadie volvió a ocupar su puesto.

Algunos dicen que, a las 9:09 de la mañana, cada martes, la computadora del gerente enciende sola… y aparece una sola línea de texto:

“CUENTA 999: ACTIVA.”